Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

28Mar/100

¿QUE HACEMOS CON JESUCRISTO?

¿QUE HACEMOS CON JESUCRISTO?
(1950)

"¿Qué hacemos con Jesucristo?" Esta pregunta es sumamente cómica, en cierto sentido, porque en realidad no deberíamos preguntarnos qué hacemos con Cristo, sino qué debe hacer El con nosotros. Es cómica la imagen de una mosca decidiendo qué hacer con un elefante. Sin embargo, la persona que formuló la pregunta tal vez quiso decir lo siguiente: "¿Cómo resolvemos el problema histórico que presentan las palabras y los actos conocidos de este Hombre?" El problema consiste en conciliar dos aspectos. Por una parte, en general casi siempre se reconoce la profundidad y sensatez de Su enseñanza moral, y ni siquiera los opositores del cristianismo la objetan. En realidad, las personas muy contrarias a Dios insisten en señalar, cuando discuto con ellas, que están a favor de la enseñanza moral del cristianismo, y al parecer en general existe acuerdo en el sentido de que la verdad moral está presente en su mejor forma y con la mayor pure­za en la doctrina de este Hombre y Sus seguido-res inmediatos. No es idealismo sentimental. Es una enseñanza llena de sabiduría y agudeza, todo es realista y de máxima frescura en ella, producto de una mente sana. Este es un aspecto del problema.

El otro aspecto es el carácter tan sorprenden-te de las observaciones teológicas de este Hom­bre. Todos ustedes saben a qué me refiero, y me interesa destacar el hecho de que Jesucristo no hace estas afirmaciones asombrosas sólo en una etapa de Su vida pública. En el momento anterior a Su ejecución, cuando el Sumo Sacerdote, le preguntó"¿Quién eres?", El respondió "Soy el Ungido, el Hijo del Dios increado, y me veréis aparecer al final de toda la historia como juez del universo"; pero, en realidad, estas palabras no son producto de este momento dramático. En Su conversación, encontramos con frecuencia este tipo de afirmaciones. Por ejemplo, él solía decir "Te perdono tus pecados". Es muy natural que un hombre nos perdone si hemos hecho algo contra él. Si alguien me estafa, robándome cinco libras, es posible y razonable que yo diga "Bue­no, lo perdono, no hablemos más del asunto". ¿Pero qué dirían ustedes si una persona les roba­ra cinco libras y yo dijera "Está bien, la perdono"? Por otra parte, un hecho curioso ocurre aparentemente en forma casi accidental. En una ocasión, este Hombre está sentado mirando Jerusalén des-de lo alto de una colina y de repente hace una observación extraordinaria: "Os sigo enviando pro­fetas y hombres sabios". Nadie comenta estas palabras. Sin embargo, de pronto, en forma casi incidental, El afirma ser el poder que a través de los siglos envía al mundo a los hombres sabios y a los guías. Hay otra observación curiosa. En casi todas las religiones existen prácticas desagrada­bles, como el ayuno. Jesucristo dice de repente en una ocasión: "Nadie necesita ayunar mientras Yo esté aquí". ¿Quién es este Hombre, que sos­tiene que con Su mera presencia se suspenden todas las normas? ¿Quién es la persona que de pronto dice en la escuela que se puede tener medio día de asueto? A veces las afirmaciones sugieren la idea de que El, el que habla, está libre de pecado o imperfección. Esta actitud es permanente. "Todos vosotros, con quienes estoy hablando,' sois pecadores." En ningún momento El sugiere ni siquiera una posibilidad remota de que puedan hacerle el mismo reproche. También dice El "Yo he salido del Dios Único antes de existir Abraham, Yo soy", y recordemos que las palabras "Yo soy" fueron pronunciadas en he-breo, eran el nombre de Dios, que ningún ser humano debía pronunciar, el nombre que oca­sionaba la muerte si se mencionaba.

Bueno, ése es el otro aspecto. Por una parte, tenemos una enseñanza moral clara y definida; por otra parte, afirmaciones que si no son verdaderas serían propias de un megalómano, en com­paración con el cual Hitler sería el hombre más sano y humilde del mundo. No existe una situa­ción intermedia ni paralelo alguno en otras reli­giones. Si una persona le hubiera preguntado a Buda "¿Eres hijo de Abrahma?", él le habría dicho "Hijo mío, todavía estás en el valle de la ilusión". Si le hubiéramos preguntado a Sócrates "¿Eres tú Zeus?", él se habría reído de nosotros. , Si le hubiéramos preguntado a Mahoma "¿Eres tú Alá?", él habría rasgado sus vestiduras y luego nos ha­bría cortado la cabeza. Si le hubiéramos pregun­tado a Confucio "¿Eres tú el Cielo?", creo que probablemente habría respondido "Las observa­ciones contrarias a la naturaleza son de mal gus­to". Es inconcebible la idea de un gran predicador moral afirmando lo que dijo Cristo. En mi opi­nión, sólo Dios puede decir ese tipo de cosas o un individuo loco de remate, víctima de- una for­ma de delirio que ofusca la mente humana. Si una persona cree ser un huevo cocido, tiene la posibilidad de actuar con sensatez cuando no está buscando una tostada; pero si alguien cree ser Dios, no tiene remedio. De paso, podemos decir que El nunca fue considerado puramente un predicador moral; al conocerlo, nadie tuvo esa impresión. El producía sobre todo tres efec­tos: Odio, Terror y Adoración. En la historia no aparecen personas que hayan reaccionado expre­sando una leve aprobación.

¿Cómo podemos conciliar estos dos aspectos contradictorios? Una manera de resolver el pro­blema sería sosteniendo que este Hombre en realidad no dijo esas cosas y Sus seguidores contaron la historia con exageración, a raíz de lo cual se llegó a creer que El las había dicho. Esta hipóte­sis es poco probable, porque todos Sus discípulos eran judíos, es decir, habitantes de la nación más convencida en el mundo de que sólo existía un Dios y no podía haber otro. Sería muy extra­ño que esta horrible falsedad respecto a un líder religioso hubiera aparecido en el pueblo de la tierra donde existían menos probabilidades de cometerse semejante error. Por el contrario, al parecer para ninguno de sus discípulos directos y tampoco para los autores del -Nuevo Testamento fue fácil adoptar la doctrina.

Por otra parte, desde este punto de vista, los relatos sobre este Hombre podrían considerarse leyendas. Ahora bien, en calidad de historiador de la literatura, estoy absolutamente convencido de que los Evangelios son todo menos eso. He leído muchas leyendas y para mí es muy claro que no pertenecen a este género. No son artísticos, tienen poco vuelo imaginativo y no elaboran las cosas en la forma debida. Desconocemos la mayor par-te de la vida de Jesús, y lo mismo ocurre con la vida de todas las personas de esa época, y al crear una leyenda nadie deja esos vacíos. Con excep­ción de algunos pasajes de los diálogos de Platón, no conozco en la literatura antigua conversacio­nes como las del cuarto Evangelio; no se encuen­tran ni siquiera en la literatura moderna y sólo aparecen alrededor de cien años atrás, con la novela realista. La historia de la mujer adúltera nos cuenta que Cristo se inclinó y escribió con el dedo en la tierra. Nada surge a partir de esta escena, nunca una creencia se ha basado en ella. Es moderno el arte de inventar pequeños detalles sin importancia para dar un carácter más convincente a una escena imaginaria. ¿La única explica­ción de este pasaje es que el hecho ocurrió en la realidad? Simplemente, el autor lo señaló porque lo había visto.

La Resurrección es la más extraña de todas las historias. Es muy necesario aclararla. Escuché decir a un hombre lo siguiente: "La importancia de la Resurrección es el hecho de demostrar que la personalidad humana sobrevive a la muerte". Desde ese punto de vista, a Cristo le habría suce­dido lo mismo que a todos los hombres, pero en este caso tuvimos el privilegio de verlo. Por cier­to, los primeros autores cristianos no tenían esa idea. Había ocurrido algo nuevo en la historia del universo. Cristo había derrotado a la muerte. La puerta que siempre había estado cerrada se había abierto por primera vez. Este fenómeno es muy diferente a la supervivencia de un espíritu. No quiero decir que en esa época los hombres no creyeran en esa posibilidad. Por el contrario, creían con tanta firmeza que en más de una ocasión Cristo debió asegurarles que El no era un espectro. En este sentido, es importante observar que aun cuando creían en la supervivencia, la Resurrección representaba algo completamente distinto y nuevo para ellos. Los relatos de la Resurrección no son una imagen de la supervi­vencia después de la muerte; son testimonio de la manifestación de una forma de ser totalmente nueva en el universo, tan nueva como la apari­ción de la vida orgánica. Este Hombre, después de la muerte, no se divide en "espíritu" y "cadáver". Ha surgido otra forma de ser. Esa es la historia. ¿Qué hacemos con ella?

Nos preguntamos –supongo– si alguna hipó-tesis da cuenta de los hechos tan bien como la hipótesis del cristianismo, de acuerdo con la cual Dios descendió al universo creado, a la humani­dad, y ascendió de nuevo elevándola con El. La otra posibilidad no es una leyenda, una exagera­ción o la historia de las apariciones de un espectro; es una locura o una mentira. A menos que elijamos la segunda alternativa (y yo no puedo), preferiremos la teoría cristiana.

"¿Qué hacemos con Cristo?" No nos pregunte­mos qué hacemos con El, sino sólo qué quiere hacer El con nosotros. Debemos aceptar o recha­zar la historia.

Las cosas que El dice son muy distintas a las afirmaciones de todos los demás maestros. Los otros dicen: "Esta es la verdad sobre el universo . Esta es la forma de proceder"; El, en cambio, dice: "Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida". El dice: "Ningún hombre puede llegar a la realidad absoluta sin Mí. El que procure conservar su pro­pia vida, la perderá. El que dé su propio ser, se salvará". El dice: "Si os avergonzáis de Mí, si al oír este llamado miráis en otra dirección, Yo tam­bién miraré en otra dirección cuando vuelva nue­vamente como Dios, sin velos. Si cualquier cosa os aparta de Dios y de Mí, arrojadla. Si es un ojo, arrancadlo. Si es una mano, cortadla. Si os colo­cáis en primer lugar, ocuparéis el último puesto. Venid a Mí todos los que tengáis una carga pesa-da, Yo la aliviaré. Todos vuestros pecados son perdonados, Yo puedo hacerlo. Soy el Renaci­miento, soy la Vida. Comed de Mí, bebed de Mí, Yo soy vuestro Alimento. Y finalmente, no te­máis, Yo he conquistado la totalidad del Universo". Ese es el problema.

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