Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

¿Científicos o filósofos?

El 22 de diciembre del 2008 tendrá lugar el acto oficial de apertura del año astronómico, coincidiendo con el 150º aniversario de la primera edición de “El origen de las especies” escrito por Charles Darwin, y del 200º aniversario del nacimiento de este último. A su vez, otro acontecimiento –y éste, sin duda, más relevante- nos viene a recordar al emblemático Galileo quien, hace cuatrocientos años, construyó su primer telescopio, hizo las primeras observaciones galácticas –con los consiguientes descubrimientos- y comenzó la redacción de su significativo trabajo llamado “Siderius Nuntius” (Anuncio Sideral).

A decir verdad, no hablaremos sobre Galileo, menos sobre la figura de Darwin; eso lo podemos dejar para otra ocasión. Me ayudo de esta introducción para anunciar la segura cadena de acontecimientos que se desencadenará en el próximo año respecto al “conflicto” existente entre fe y razón, o Iglesia y ciencia.

El 31 de octubre de este año, el astrofísico Steven Hawking, nada menos que sucesor de A. Einstein en la cátedra de Newton (Cambridge), dirigió un discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias con motivo de un congreso donde se debatía las distintas teorías sobre la evolución del universo y de la vida. Palabras que no pasaron desapercibidas para los medios de comunicación del mundo entero, con títulos de lo más significativos, dentro de la literatura sensacionalista, donde implícita o explícitamente se refiere el “conflicto” mencionado anteriormente: “El físico Hawkins ante el Papa para defender el evolucionismo”, “El origen del mundo sin Dios”…, y títulos por el estilo.

En su discurso, Hawking dijo cosas muy interesantes, pero no quiero dejar de destacar una actitud “filosófica” de éste que me llamó poderosamente la atención. Entre otras reminiscencias mencionó a Aristóteles. “Aristóteles, el más famoso de los filósofos griegos, creía que el universo ha existido siempre. De hecho, lo que es eterno es más perfecto que lo que ha sido creado”. A continuación dirá que “la expansión del universo es uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX (…), y ha transformado el debate sobre si el universo haya tenido o no un inicio”. Después habló sobre algunas teorías que defendían la eternidad del universo. Luego refiere sobre la postura de un “Big bang” que habría dado inicio al cosmos, respaldada por la famosísima teoría General de la Relatividad y el descubrimiento de las Microondas Cósmicas –que vendrían a ser los “fósiles” o la prueba de un inicio espacial. Después de unas cuantas motivaciones más, dirá: “La cosmología es una materia entusiasmante y activa. Estamos siempre más cerca para responder a las preguntas de siempre: ¿por qué estamos aquí?, ¿de dónde venimos? Yo creo que estas preguntas pueden hallar respuesta dentro del mismo campo de la ciencia”.

¿Para qué tantas referencias a Hawking?, ¿dónde está el problema? En realidad, el problema no es Hawking en particular, sino la postura que muchos científicos toman a propósito de su conocimiento.

Cuando invitan a Steven Hawking a realizar un discurso en la Pontificia Academia de las Ciencias es para que aporte, en la medida de sus posibilidades y de sus experimentos, un poco más de luz al mundo científico sobre los temas debatidos, en este caso sobre la cuestión acerca de la evolución del universo y de la vida. Sucede demasiado a menudo que los científicos, o no distinguen, o no quieren distinguir los límites propios de su ciencia y deciden sentenciar en cuestiones que, desde el punto de vista puramente científico, son ajenas a su competencia.

Recordarán la mención hecha a Aristóteles. Habla de él como el más famoso de los filósofos griegos. Aristóteles no sólo era filósofo, también era físico. Era un gran observador.

Anteriormente decía que había ciertos comentarios que me llamaban la atención. El primero, Aristóteles como filósofo. Esa distinción me complace,viniendo de un físico, porque nuestro famoso griego habla –y no olvidemos que hipotiza- sobre la eternidad del universo desde el punto de vista filosófico, no físico. Recuerden que la siguiente aportación de su discurso fue “aquello que es eterno es más perfecto que lo que ha sido creado”; y aquí Hawking nos tira de la lengua.

Esta reflexión es propia de un metafísico en toda regla. Creación, eternidad, sin duda vinculada al espacio y al tiempo, no a la eternidad de Dios, grados de perfección, ¡todo un filósofo! Después se centra más en tratar las conclusiones logradas junto con Roger Penrose sobre la aceleración del universo y la afirmación, según los datos actuales de cálculos obtenidos, de que el universo seguirá expandiéndose hasta su debilitación completa –sin duda un campo mucho más propicio para la discusión científica.

También transcribimos acerca de su conclusión: “Estamos siempre más cerca para responder a las preguntas de siempre: ¿Por qué estamos aquí?, ¿De dónde venimos? Yo creo que estas preguntas pueden hallar respuesta dentro del mismo campo de la ciencia”. Volvemos a lo de antes, ¡Ecce homo filosoficus!

La intención de este análisis no es la de criticar un discurso académico de un renombrado científico invitado por la Santa Sede, sino la de ayudarles a discernir cuando se produzca el Big Bang mediático, en este año que entra, por un sinfín de acusaciones y de falacias –en su más estricto significado- con respecto a la posición de la Iglesia, del evolucionismo, del creacionismo, y de la pobre figura de Galileo –que, por otra parte, murió de vejez a los 77 años de edad, en su casa de Florencia, acompañado por una de sus hijas y con la bendición del Papa, y no quemado y torturado como nos lo quieren hacer creer-.

El científico, cuando habla como científico (y aquí me refiero a una implicación de ciencias experimentales en general), dice de aquello que se puede observar, medir, calcular…, o sea su objeto de estudio es lo material, lo espacial, lo que se mueve… Claro que el científico, para realizar su ciencia –a la que damos, sin dudarlo, una clara autonomía- necesita de unos supuestos filosóficos. Por ejemplo, la regularidad de la naturaleza es un principio filosófico que afecta e interesa a la ciencia ya que sin ella no se podrían formular hipótesis, ni confirmarlas a través de repetidas observaciones; pero a la pregunta ¿qué es la regularidad de la naturaleza? corresponde únicamente a la filosofía pronunciarse. Y así sucesivamente.

Cuando un científico pretende con su ciencia convencernos de que Dios no existe, de que el hombre es sólo materia, o cualquier otra sentencia que afecta a una visión cristiana, y no sólo cristiana, pero sobretodo cristiana- del hombre y de la realidad, sepan que no lo hace como científico. Si lo hace como científico lo hace ilegítimamente; si lo hace aprovechándose de su posición de científico para hablar como filósofo, mal hecho, por la boca muere el pez; si lo hace como filósofo, que acredite su competencia y su formación en este campo; y si lo hace como un ciudadano más, que se ponga a la cola y promulgue sus apologías vulgares –también en el más estricto sentido del término- escribiendo “cartas al director” de cualquier periódico.

El filósofo de la ciencia Stanley Jaky que, además de conseguir el premio Templeton es miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias, comentó “la ciencia es una fuente de conocimiento ilimitada cuando se aplica a la materia mesurable. Pero allá donde no existan cantidades a ser medidas, fracasa estrepitosamente” (artículo en la revista Muy interesante, nº de abril del 2000). En el mismo artículo, Allan Sandage –uno de los pocos que ha sido capaz de ponerle edad al universo- dirá: “mi carrera científica me ha conducida a la conclusión inevitable de que el mundo es demasiado complicado para que la ciencia, por sí sola, pueda explicarlo”.

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