Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

7Abr/100

Científicos y Dios

FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)

LOS CIENTÍFICOS Y LA FE . (Tomado de feyrazon.org)

En lo que sigue se presentan algunos textos con la única finalidad de mostrar la actitud religiosa más o menos intensa, más o menos clara y más o menos explícita de los más grandes científicos modernos. Hay algunos conceptos filosóficos y teológicos en estos textos que no son compatibles con fe cristiana y católica, o al menos, con una sana filosofía realista. Otros conceptos de orden estrictamente científico han sido superados por el progreso de la ciencia. Tampoco pretendemos que deba ser aceptada la existencia de Dios o la religión por la autoridad de estos grandes sabios. Pero lo que no se puede discutir es que a la vista de estos textos, y de las firmas que figuran al pie de cada uno, debe desecharse definitivamente el prejuicio de que la ciencia no es compatible con la religión.

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"Algunos antiguos calificaron a la ciencia de los astros con el nombre de "perfección" y "sabiduría", porque ella es como la corona de todas las artes liberales y la más digna de un hombre libre. Todas las ciencias sirven a la astronomía: la aritmética, la geometría, la óptica, la geodesia, la mecánica: ella es como la clave de bóveda donde ellas encuentran su ensamble y su unión. Si hay una ciencia capaz de ennoblecer el alma del hombre y de hacerla remontar por encima de las miserias de la Tierra, es la astronomía...porque ¿ cómo se podría observar el orden magnífico con el que nuestro Dios gobierna el Universo, sin sentirse inclinado a una vida reglada, a practicar toda clase de virtudes, a considerar por encima de todo y en todo al Creador mismo, fuente de toda bondad? "

Nicolás Copérnico, prefacio al "De revolutionibus orbium celestium".

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"SALVIATI: (...) desde luego la verdad cuyo conocimiento proporcionan las cosas matemáticas es la misma que conoce la divina sabiduría; pero otorgaré que el modo como Dios conoce las innumerables verdades unas pocas de las cuales son las alcanzadas por nosotros, es muy superior al modo nuestro (...) Tales pasos, para los cuales nuestra mente requiere tiempo, el intelecto divino los realiza en un instante, como la luz, o lo que es lo mismo, siempre están simultáneamente presentes en él. De ello infiero que nuestro entendimiento, tanto en lo que concierne al modo como al número de sus conocimientos, es muy inferior al divino. Pero no lo menosprecio hasta el punto de tenerlo por una pura nada. Por el contrario, cuando reflexiono y veo cuántas y cuán admirables cosas los hombres han entendido, investigando y ejecutando, percibo con toda claridad que la mente humana es verdaderamente una obra de Dios, y sin duda una de las más sublimes."

Galileo Galilei, "Diálogo sobre los dos sistemas máximos".

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"Pienso que la mayoría de las causas de las cosas que hay en el mundo podrían deducirse del amor de Dios hacia los hombres. Desde luego, a nadie habrá de ocurrírsele poner en duda que Dios, al disponer los lugares de habitación del Universo, pensó en sus futuros moradores. Ya que en efecto, el hombre es la finalidad del mundo y de toda criatura."

Johannes Kepler. Prefacio al lector de la obra "Mysterium Cosmographicum".

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"Nuestro texto es el libro de la Naturaleza, tan alabado por la Sagrada Escritura. Pablo lo recomienda a los paganos, para que en él vean a Dios reflejado como el Sol en las aguas o en un espejo. ¿Y porqué nosotros, los cristianos, habríamos de gozar menos de tal lectura, ya que nuestra misión es la de adorar, honrar y admirar a Dios de justa manera? Al hacerlo, tanto mayor será nuestro recogimiento, cuanto mejor entendamos la creación y su majestad. En verdad, ¡cuántos cantos al Creador, al Dios verdadero, entonó David, su verdadero siervo! Él nos enseña a adorarlo contemplando al cielo con admiración: "Los cielos proclaman la majestad de Dios - dice David - , "Miraré tu cielo, la obra de tus manos, la Luna y las estrellas que tú hiciste. Grande es nuestro Señor, y grande su poderío; Él cuenta la multitud de las estrellas y las nombra a a todas por su nombre." En otro pasaje, David, henchido por el Santo Espíritu y por una santa alegría, invoca al Universo: "Load, cielos, al Señor, loadlo, Sol y Luna," etc. ¿Tienen los cielos voz, la tienen las estrellas? ¿Pueden loar a Dios como los hombres? Cierto: loan a Dios por cuanto inspiran a los hombres pensamientos en su alabanza. Por eso en nuestras páginas dejamos que el cielo y la Naturaleza hablen y eleven su voz; y nadie nos reproche que, haciendo esto, nos consagramos a una labor vana e inútil."

Johannes Kepler, Dedicatoria de la primera edición del "Mysterium Cosmographicum".

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"No me detendré en observar que mi tema constituye un valioso testimonio del hecho de la creación, que ciertos filósofos han negado. Vemos, en efecto, que Dios ha intervenido en la formación del Universo siguiendo un orden y una regla, asemejándose a un arquitecto humano y disponiéndolo todo de tal modo que pudiera creerse que, lejos de haber el arte tomado por modelo a la Naturaleza, el propio Dios se ha inspirado para su creación en los modos de construir del futuro hombre."

Johannes Kepler, Dedicatoria de la primera edición del "Mysterium Cosmographicum".

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"Son principalmente tres las cosas cuyas causas, el porqué son así y no de otro modo, investigué incansablemente, a saber, el número, la magnitud y el movimiento de las trayectorias planetarias. A tanto atrevimiento me decidió la hermosa armonía de las cosas inmóviles, o sea del Sol, de las estrellas fijas y del espacio intermedio, con la Trinidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo."

Johannes Kepler. Prefacio al lector de la obra "Mysterium Cosmographicum".

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"La Geometría, eterna como Dios y surgida del espíritu divino, ha servido a Dios para formar el mundo, para que éste fuera el mejor y más hermoso, el más semejante a su Creador".

Johannes Kepler, "Harmonices Mundi".

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"Este admirable ordenamiento del Sol, los planetas y los cometas no puede ser sino la obra de un Ser todopoderoso e inteligente. Y si cada estrella fija es el centro de un sistema semejante al nuestro, es cierto que, llevando todo el sello de un mismo designio, todo debe estar sometido a un solo y mismo Ser...Este Ser infinito gobierna todo, no como alma del mundo, sino como el Señor de todas las cosas. Y a causa de este imperio, el Señor Dios es llamado "Señor Universal"...Dios es el Ser supremo, eterno, infinito, absolutamente perfecto."

Sir Isaac Newton, conclusión de los "Philosophia naturalis principia mathematica"-

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"Y en lo que respecta al rechazo de ese medio, tenemos la autoridad de los más antiguos filósofos de Grecia y Fenicia, que hicieron de un vacuum, de los átomos y de la gravitación de éstos, los primeros principios de su filosofía, atribuyendo tácitamente la gravitación a alguna causa distinta de la materia densa. Estos últimos filósofos destierran de la filosofía la consideración de una causa tal, inventando hipótesis para explicar mecánicamente todas las cosas y deducir causas de efectos hasta que lleguemos a la Primera Causa misma, la cual, ciertamente, no es mecánica, y no sólo para descifrar el mecanismo del mundo, sino, principalmente, para resolver las siguientes y parecidas cuestiones: ¿Qué hay en los lugares casi desprovistos de materia, y por qué causa el sol y los planetas gravitan los unos hacia los otros , sin que exista materia densa entre ellos? ¿Porqué la naturaleza no hace nada en vano, y de dónde proviene aquel orden y belleza que vemos en el mundo? ¿Para qué existen los cometas, y por qué causa se mueven los planetas, todos de la misma manera, en órbitas concéntricas, mientras que los cometas se mueven de diversas maneras en órbitas muy excéntricas, y qué evita que las estrellas fijas caigan las unas sobre las otras? ¿Cómo han sido ideados con tanto arte los cuerpos de los animales, y para qué fin lo fueron sus diferentes partes? ¿Fue ideado el ojo sin habilidad en óptica y el oído sin conocimiento de los sonidos? ¿Cómo siguen los movimientos a la voluntad, y de dónde proviene el instinto en los animales? ¿No es el sensorio de los animales aquel lugar donde está presente la sustancia sensitiva, y hacia el cual los nervios y el cerebro conducen las formas sensibles de las cosas, para que sean percibidas por su presencia inmediata? Y habiendo resuelto correctamente estas cosas, ¿no se deduce de los fenómenos que existe un ser incorpóreo, viviente, inteligente, omnipresente, que en el espacio infinito, como si fuera en su sensorio, ve íntimamente las cosas mismas y las percibe enteramente y las comprende enteramente, por su presencia inmediata: de las cuales sólo las imágenes, conducidas a través de los órganos de los sentidos hasta nuestro sensorio, son allí vistas y observadas, por lo que en nosotros percibe y piensa? Y aunque cada verdadero paso realizado en esta filosofía no nos lleva de inmediato al conocimiento de la Causa Primera, sin embargo nos acerca a ella, y por ese motivo debe ser altamente estimada. "

Sir Isaac Newton. Cuestiones propuestas al final de la "Óptica".

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"La suprema sabiduría de Dios ha hecho que elija sobre todo las leyes del movimiento mejor ajustadas y más convenientes a las razones abstractas o metafísicas. Consérvase en ellas la misma cantidad de la fuerza total y absoluta o acción, la misma cantidad de fuerza respectiva o reacción, y, por último, la misma cantidad de fuerza directiva. Además, la acción es siempre igual a la reacción, y el efecto es siempre equivalente a su causa plena. Y es sorprendente de que estas leyes del movimiento, descubiertas en nuestro tiempo, y parte de las cuales ha sido descubierta por mí mismo, no pueda darse razón por la sola consideración de las causas eficientes o de la materia. He hallado que hay que recurrir a las causas finales y que esas leyes no dependen del principio de la necesidad, como las verdades lógicas, aritméticas y geométricas, sino del principio de la conveniencia, es decir, de la sabia elección. Esta es una de las más eficaces y sensibles pruebas de la existencia de Dios , para los que pueden profundizar estas cosas".

Godofredo Guillermo Leibniz, "Principios de la naturaleza y de la gracia", n. 11, año 1714.

Leibniz, el último pensador moderno que pudo estar al tanto del progreso de las ciencias en todas las ramas fecundas de su tiempo, y que hizo avanzar a varias de ellas en particular, creador del cálculo infinitesimal, descubridor de la ley de conservación de la energía, precursor de la moderna lógica simbólica, anticipador de la noción freudiana de "inconsciente", jurista y teólogo (protestante), precursor del ecumenismo moderno por su búsqueda de la unidad de católicos y protestantes que lo llevó a un interesante intercambio epistolar con Bossuet como representante del lado católico.

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"Yo soy cristiano, es decir, yo  creo en la divinidad de Jesucristo con Tycho-Brahe, Copérnico, Descartes, Newton, Fermat, Leibniz, Pascal, Grimaldi, Euler, Guldin, Boscovich, Gerdil, con  todos los  grandes astrónomos, todos los grandes físicos, todos los grandes matemáticos de los siglos pasados. Yo soy también católico como la mayor parte de ellos; y, si me preguntan la razón, yo la daré con mucho gusto. Se vería que mis convicciones son el resultado, no de prejuicios de nacimiento, sino de un examen profundo".

Augustin Louis Cauchy (1789 - 1857)

Dice al respecto Mariano Hormigón en "Las matemáticas en el siglo XIX", Akal, 1991:

"Resaltar las aportaciones originales de Cauchy es sencillamente imposible en las reducidas dimensiones de esta obra. Cualquier persona que se adentre mínimamente en el estudio en serio de las Matemáticas o de la Física Teórica se encuentra hoy con el nombre de Cauchy unido a una multitud tal de  conceptos y entes matemáticos que quizá lo sitúen en fama por encima del mismísimo Euler. Los problemas de valor inicial de ecuaciones diferenciales, los teoremas de existencia y unicidad de solución de los problemas de valor inicial, la fórmula de acotación de Cauchy, el teorema del límite de Cauchy, las fórmulas integrales de Cauchy, el determinante de Cauchy, los criterios de convergencia de Cauchy, etcétera, etcétera." (p. 13).

Sin embargo, y guiado sin duda por criterios extracientíficos, Hormigón no puede privarse de decir que Cauchy era un "personaje un tanto insólito en el universo de la racionalidad a causa de su fanática religiosidad...", y cita a Abel, que dice: "Cauchy es extremadamente católico y mojigato. Esta es una circunstancia muy extraña en un matemático."

Como vemos, tanto Hormigón como Abel están en desacuerdo con el propio Cauchy, que para nada se consideraba a sí mismo como una rara excepción, ni veía oposición alguna entre su "racionalidad" matemática y su fe católica.

La forma de razonar que aquí exhiben Abel y Hormigón es más bien apriorística, o como diría alguno, prejuiciada:

"La religión es irracional. Luego, es extraño que Cauchy sea religioso ".

¿No hubiera sido más científico razonar así:

" Cauchy es religioso. Luego, ¿será verdad que la religión es irracional ? ".

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"Todo investigador que tenga experiencia sabe que el sistema teórico de la física depende del mundo de la percepción sensorial y está controlado por él, aunque no exista un camino lógico que nos permita elevarnos desde la percepción hasta los principios que rigen la estructura teórica. De todos modos, la síntesis conceptual, que es un trasunto del mundo empírico puede ser reducida a unas cuantas leyes fundamentales sobre las cuales se construye lógicamente toda la síntesis. En cualquier progreso importante, el físico observa que las leyes fundamentales se simplifican cada vez más a medida que avanza la investigación experimental. Es asombroso ver cómo de lo que parece ser el caos surge el más sublime orden. Y esto no puede ser referido al trabajo mental del físico, sino a una cualidad que es inherente al mundo de la percepción. Leibniz expresaba adecuadamente esta cualidad denominándola armonía preestablecida."

Albert Einstein. Prefacio al libro "A dónde va la ciencia", de Max Planck.

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"La palabra "religiosa" es la que mejor expresa esta confianza en la naturaleza racional de la realidad y su peculiar accesibilidad para la mente humana. Cuando no existe esta confianza, la ciencia se convierte en algo carente de inspiración. Que se preocupe el demonio si los curas se aprovechan de esto. No se puede remediar."

Albert Einstein, Lettres á Maurice Solovine, París, 1956, citado por JAKI, Stanley, Ciencia, fe y cultura, Ed. Palabra, Madrid, 1990.

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"...los conceptos que ahora demuestran ser fundamentales en nuestra comprensión de la naturaleza - un espacio finito, un espacio vacío, en el que un punto difiere de otro solamente por las propiedades del espacio mismo, espacios cuatridimensionales, septidimiensionales, y más, un espacio que se expande indefinidamente, una secuencia de eventos que sigue la ley de probabilidad en vez de la ley de causalidad - o, alternativamente, una secuencia de eventos que sólo pueden ser descritos completa y consistentemente como ocurriendo fuera del tiempo y del espacio, todos estos conceptos me parecen ser estructuras de puro pensamiento, incapaces de realización en cualquier sentido que se pueda describir como propiamente material...En mi opinión, las leyes a las que obedece la naturaleza sugieren menos aquellas que una máquina obedece en sus movimientos que aquellas que un músico obedece al escribir una fuga, o un poeta al componer un soneto. ..Si esto es así, entonces el Universo puede ser mejor representado, si bien aún muy imperfecta e inadecuadamente, como consistiendo en puro pensamiento, el pensamiento de lo que, por falta de una expresión más amplia, debemos describir como un pensador matemático. "

Sir James Jeans, "El Universo misterioso".

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"Cualquiera que se haya dedicado seriamente a tareas científicas de cualquier clase se da cuenta de que en la puerta del templo de la ciencia están escritas estas palabras: "Hay que tener fe". Ésta es una cualidad de la que los científicos no pueden prescindir.

El hombre que tiene ante sí una serie de resultados obtenidos mediante un proceso experimental, debe forjarse una imagen de la ley que persigue, y debe estructurarla en una hipótesis imaginativa...Esta visión imaginativa y esa fe en el triunfo son indispensables. El racionalista puro está aquí de más....Realmente, Kepler es un ejemplo magnífico de lo que acabo de decir. Fue siempre un hombre inflexible, tuvo que sufrir desilusión tras desilusión...Pero estudiando su vida es posible darse cuenta de que la fuente de sus energías inagotables y de su capacidad productiva se encontraba en la profunda fe que tenía en su propia ciencia, y no en la creencia de que eventualmente lograse llegar a una síntesis aritmética de sus observaciones astronómicas; es decir, su fe inextinguible en la existencia de un plan definido oculto tras el conjunto de la creación. La creencia en ese plan le aseguraba que su tarea era digna de ser continuada, y la fe indestructible en su labor iluminó y alentó su árida vida. Comparémoslo con Tycho de Brahe. Brahe tenía entre sus manos el mismo material que Kepler e incluso mejores oportunidades, pero se limitó a ser un investigador, pues no poseía la misma fe en las leyes eternas de la creación. Brahe, repito, fue sólo un investigador, mientras que Kepler fue el creador de la nueva astronomía."

Max Planck, "A dónde va la ciencia".

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"Los físicos combaten algunas veces a los filósofos que se ocupan de las teorías del conocimiento, alegando que estos últimos no llegan a apreciar completamente este hecho. Yo creo que ésta fué la base de la controversia entablada hace pocos años entre Ernst Mach y Max Planck. El último tuvo probablemente la sensación de que Mach no apreciaba completamente el afán del físico por la percepción de esta armonía preestablecida. Este afán ha sido la fuente inagotable de la paciencia y persistencia de que ha hecho gala Planck al dedicarse a las cuestiones más comunes que surgen en relación con la ciencia física, cuando hubiera podido intentar otras vías que le condujeran a resultados más atrayentes."

Albert Einstein. Prefacio al libro "A dónde va la ciencia", de Max Planck.

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"¿Cuáles son las razones que los defensores de la educación humanística aducen una y otra vez, para justificar la atención que se dedica a las lenguas y a la historia de la antigüedad? En primer lugar, se destaca con razón que toda nuestra vida cultural, todo nuestro obrar, pensar y sentir arraiga en el trasfondo espiritual del Occidente, es decir, en un ente de espíritu que apareció en la antigüedad, formado en sus comienzos por el arte, la literatura y la filosofía de los griegos, al que el cristianismo y la constitución de la Iglesia dieron la más decisiva inflexión, y en cuyo seno finalmente, al cerrarse la Edad Media, se realizó una espléndida combinación de la religiosidad cristiana con la libertad intelectual de los antiguos, engendrando la concepción del mundo como mundo de Dios, y transformando de raíz precisamente a este mundo mediante los viajes de exploración y la creación de la ciencia natural y de la técnica. Es por lo tanto inevitable que, en cualquier sector de la vida moderna, en cuanto ahondamos en las cosas, sea sistemática, histórica o filosóficamente, hayamos de topar siempre con estructuras espirituales que se constituyeron en el seno de las culturas antigua y cristiana. Cabe pues sostener, en defensa de la educación secundaria humanística, que es ventajoso conocer dichas estructuras, aún cuando ello no reporte ningún beneficio en muchos aspectos de la vida práctica. "

Werner Heisenberg, "La imagen de la naturaleza en la física actual".

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El citado libro de Heisenberg, uno de los padres de la "mecánica cuántica", famoso por su "principio de indeterminación o de incertidumbre", libro del cual hemos tomado muchos de los textos citados arriba, termina con un "Apéndice", que en realidad es más de la mitad del libro, en el cual describe lo que para él son las tres etapas por las que ha pasado la moderna ciencia de la naturaleza. 

En la primera etapa, que es la de Copérnico, Galileo, Kepler y Newton, la ciencia reconoce aún la validez del enfoque metafísico de la realidad y aún de la fe en la Revelación cristiana. La ciencia tiene en esta etapa, dice Heisenberg, una actitud modesta, "formula enunciados válidos para dominios estrictamente delimitados, y sólo en tales límites les atribuye validez."

Lo que esto quiere decir se ve con más claridad al ver cómo Heisenberg caracteriza la segunda época, que es la de "la formación de la imagen del Universo mecanicista y materialista":

"De modo que el pensamiento mecanicista dio el primer impulso a una concepción materialista del Universo, que fue imponiéndose paulatinamente, hasta florecer completamente en la época de la Ilustración, luego que John Locke (1632 - 1704), la hubo propagado desde Inglaterra. La ilustración francesa, cuyo documento principal es la famosa "Encyclopédie des Sciences, Artes et Métiers" (1751ss.), recibe su carácter intelectual de Voltaire y d'Alembert. El siguiente fragmento de la Introducción a la Enciclopedia revela claramente cómo se perdió la cauta actitud de los científicos clásicos, y la consecuencia con que delimitaban el dominio de validez de los resultados de sus investigaciones. El empeño capital ha pasado a ser el de derivar todo el conjunto del saber de las percepciones sensibles de los hombres. De modo que, sobre la base de la ciencia de la Naturaleza, aparece una peculiar "filosofía no - crítica". Otros pasajes de autores materialistas contribuirán a hacer perceptible dicha evolución." (Op. cit.).

Lo interesante es comprobar qué nombres ilustran en la recopilación de Heisenberg esta "segunda etapa": Voltaire, D'Alembert, De la Mettrie, Ostwald,. Sin duda que hay otros, más notorios y meritorios científicamente, que siguen esa misma tendencia. Pero los que figuran aquí, comparados con los nombres que Heisenberg cita en su "primera etapa" (Copérnico, Galileo, Kepler, Newton) hacen una impresión en verdad lamentable, e incluso inexistente, desde el punto de vista científico. Los continuadores mecanicistas y materialistas de la ciencia newtoniana se limitaron en buena medida a desarrollar, aplicar y especializar el enfoque creador que había sido alcanzado desde una filosofía diametralmente opuesta a la de ellos.

Pero finalmente, en la "tercera etapa", se da lo que Heisenberg denomina "La crisis de la concepción mecanicístico - materialista del Universo". Aquí Heisenberg dice que, por razones de espacio, se limitará a exponer un extracto de una obra de Louis de Broglie acerca de dicho tema. Agrega Heisenberg:

"Servirá de transición la introducción a los "Principios de la Mecánica" (1876) de Heinrich Hertz (1857 - 1894). En este texto se pone de manifiesto cómo la Física, que comenzó nuevamente a percatarse de ello, no es más que una ciencia natural, cuyos enunciados, al referirse a dominios limitados de la Naturaleza, no tienen más que una validez limitada; que la Física no es una filosofía que pueda soñar en desarrollar una concepción integral sobre el conjunto de la Naturaleza y sobre la esencia de las cosas." (Op. cit.)

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Es cierto que algunos, como Eddington, también citado en esta parte, partiendo de la limitación nuevamente descubierta de la ciencia física, llegan a una postura idealista según la cual la realidad es incognoscible, y todo el orden que descubrimos en la naturaleza es producto de nuestra mente. Ya vimos en el fragmento arriba citado que Einstein, por ejemplo, es totalmente contrario a esta tesis. Veamos ahora un pasaje de un diálogo entre Einstein, Planck y Murphy, recogido al final del libro "A dónde va la ciencia" de Max Planck:

"MURPHY: ...Si usted dice que el científico se contenta con asegurar la lógica matemática en su construcción mental, sería usted inmediatamente considerado como partidario del idealismo subjetivo defendido por algunos científicos modernos, como Sir Arthur Eddington."

EINSTEIN: Eso sería ridículo.

MURPHY: Claro que sería una conclusión injustificada, pero usted ya ha sido muchas veces mencionado en la prensa británica como partidario de la teoría de que el mundo exterior es un derivado de la conciencia (...)

EINSTEIN: Ningún físico puede creer eso. De ser así no podría ser físico...¿Quién se tomaría el trabajo de contemplar las estrellas si no creyera que existen realmente? En esto estoy completamente de acuerdo con Planck. Nosotros no podemos lógicamente demostrar la existencia del mundo exterior, como tampoco podemos probar lógicamente que yo estoy hablando con Ud. y que me encuentro aquí; pero usted sabe perfectamente que estoy aquí, y ningún idealista subjetivo podrá convencerle de lo contrario.

MURPHY: Ese punto fue completamente dilucidado hace mucho tiempo por los escolásticos, y no puedo abandonar el pensamiento de que gran parte de la confusión reinante en el siglo XIX, y que reina ahora podría haber sido evitada si la ruptura con la tradición filosófica no hubiera sido tan profunda en el siglo XVII. Los escolásticos plantearon muy claramente el caso para los físicos modernos considerando las imágenes mentales de la realidad externa como existiendo "fundamentaliter in re" [fundamentalmente en la realidad] "formaliter in mente" [formalmente en la mente]."

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"Al concluir estas observaciones, me gustaría esbozar una imagen que está conectada con las intuiciones más profundas que siempre experimento ante la logística. Esa imagen arrojará quizá mayor luz sobre el auténtico trasfondo de esta disciplina, al menos en mi caso, que cualquier descripción discursiva. Hela aquí: cada vez que me ocupo de un problema logístico, por insignificante que sea - por ejemplo, cuando busco el axioma más corto del cálculo proposicional implicacional - tengo siempre la impresión de que estoy frente a una estructura poderosa, dotada de la máxima coherencia y resistencia. Siento esa estructura como si fuera un objeto concreto, tangible, hecho del más duro metal, cien veces más fuerte que el acero y que el hormigón. Nada puedo cambiar en ello; no  estoy creando nada por mi voluntad, sino que mediante un trabajo tenaz descubro constantemente en ello nuevos detalles y llego a verdades inconmovibles y eternas. ¿Dónde está y qué es esa estructura ideal? Un creyente diría que está en Dios y que es Su pensamiento."

Jan Lukasiewicz, lógico polaco fundador de los sistemas polivalentes. De un artículo publicado en 1937.

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"En segundo lugar - y éste es uno de los puntos que más deseo subrayar en esta conferencia - existen cuestiones que surgen de la ciencia y que insistentemente reclaman una respuesta, pero que, por su propio carácter, trascienden el ámbito de competencia de la ciencia. Existe una sensación, ampliamente difundida entre los científicos en activo, especialmente entre aquellos de nosotros que hemos trabajado en física fundamental, de que en el mundo hay más de lo que encuentra el ojo científico. Como resultado de esa sensación, vivimos en una época en la que está teniendo lugar un resurgimiento de la teología natural, en gran parte por obra de los científicos más que de los teólogos."

John C. Polkinghorne. Citado de su artículo: A Revived Natural Theology, en Jan Fennema y Ian Paul (eds.), Science and Religion. One World: Changing perspectives on Reality (Kluwer, Dordrecht, 1990), p. 88, citado por Mariano Artigas, La Mente del Universo, Eunsa, Pamplona, 1991, p. 43.

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"Incluso si hay una teoría unificada posible, se trata únicamente de un conjunto de reglas y de ecuaciones. ¿Qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descrito por ellas? El método usual de la ciencia de construir un modelo matemático no puede responder a las preguntas de porqué debe haber un universo que sea descrito por el modelo. ¿Porqué atraviesa el universo por todas las dificultades de la existencia? ¿Es la teoría unificada tan convincente que ocasiona su propia existencia? ¿O se necesita un creador y, si es así, ¿tiene éste algún otro efecto sobre el universo? ¿Y quién lo creó a él? "

HAWKING, Stephen, Historia del tiempo, Ed. Crítica, Barcelona, 1988, trad. Miguel Ortuño (p. 223).

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Acerca del tema de los orígenes medievales de la ciencia moderna, damos una somera noticia del libro de JAKI, Stanley L., La ciencia y la fe. Pierre Duhem, Ed. Encuentro, Madrid, 1996.

El P. Jaki es Doctor en Física y en Teología, historiador de la ciencia.

Pierre Duhem, católico, físico francés (1861 - 1916), historiador de los orígenes de la ciencia moderna, señala la dependencia de los fundadores de ésta (Leonardo da Vinci, Copérnico, Galileo, etc.) respecto de la escolástica del siglo XIV mayoritariamente inspirada por el nominalismo.

Su tesis consiste básicamente en oponer el determinismo griego, unido a la idea de la eternidad del mundo y el tiempo cíclico, a la concepción cristiana de un Creador que libremente crea "ex nihilo" un mundo contingente.

Destaca el papel que la condena de las tesis averroístas en 1277 por Esteban Tempier, Obispo de París, tuvo en impulsar a los teólogos y filósofos católicos a buscar una nueva concepción de la naturaleza que terminó siendo precursora de la física moderna.

Da gran importancia a la teoría del "ímpetus", ésta, preparada por Juan Filopón, comentarista cristiano de Aristóteles, y retomada por discípulos de Scoto, seguidos a su vez por el nominalista Buridán, que anticipa el "principio de inercia" de los modernos, en contra de la explicación aristotélica del movimiento.

Esta teoría le parece importante porque evita las "inteligencias" motoras de las esferas.

Discípulos de Buridán son Alberto de Sajonia, que influye en Leonardo y Galileo, y Nicolás de Oresme, que llegó a ser Obispo de Lisieux, y que conoció y defendió con toda lógica un sistema cósmico basado en el movimiento de la tierra antes que Copérnico.

La obra máxima de Duhem en este sentido es el "Systéme du Monde", historia de las teorías cosmológicas desde Platón hasta Copérnico.

El libro del P. Jaki destaca la heroica dedicación de Duhem a la ciencia por sí misma (a la "perfección de la física") a pesar de la marginación de que fue objeto por obra del anticatolicismo entonces imperante en la ciencia francesa (y en la política universitaria) en la persona de Marcelino Berthelot, cuyo máximo logro intelectual, la teoría del "trabajo máximo", valga la redundancia,  había sucumbido además precisamente ante la filosa crítica de Duhem.

"Entonces, en junio de 1885, ocurrió la tragedia. Su tesis, refutación indirecta del principio de trabajo máximo de Berthelot, hizo que recayera sobre sus espaldas el amargo resentimiento del "establishment" académico, en el cual demasiados debían demasiado a Marcelin Berthelot. Excelente químico experimental, Berhtelot era deplorable como teórico. Peor aún, se sentía llamado a actuar como gurú principal y árbitro supremo del mundo académico francés (...) Por último y no menos pertinente: era un celoso masón del militante rito Galicano." (p. 40).

Algunos textos de Duhem tomados de la obra del P. Jaki :

(Comienza por una descripción de un lugar de Francia, donde un río (la Vis) brota de una cueva (la Foux) al final de un desfiladero seco, antiguo lecho del río).

"Cuando la historia clásica, falseada por los presupuestos y mutilada por simplificaciones voluntarias, pretende descubrir el desarrollo de las ciencias exactas, la imagen que nos evoca semeja en todo al curso de la Vis. Antaño, la ciencia helena derramó en abundancia sus aguas fertilizantes; entonces el mundo vio germinar y crecer los grandes descubrimientos, por siempre admirables, de los Aristóteles y de los Arquímedes. Luego, la fuente del pensamiento griego se secó y el río que había hecho nacer dejó de vivificar a la Edad Media. La ciencia bárbara de esa época no fue más que un caos en que se apilaban en desorden los escombros irreconocibles de la sabiduría antigua; fragmentos resecos y estériles a los que sólo se aferran - a modo de líquenes parásitos - las glosas pueriles y vanas de los comentadores.

De repente, un gran rumor conmovió a esta aridez escolástica; mentes poderosas partieron la roca cuyas entrañas escondían, dormidas durante siglos, las aguas puras de las fuentes antiguas; liberadas tras este esfuerzo, esas aguas se precipitaron, alegres y abundantes; provocaron, por doquiera a su paso, el renacimiento de las ciencias, de las letras y de las artes; el pensamiento humano recobró su fuerza y a la vez su libertad; y, pronto, se asistió al nacimiento de grandes doctrinas que, siglo tras siglo, hundirán siempre más profundamente sus penetrantes raíces, extenderán cada vez más lejos su imponente armadura.

¡Historia insensata! En el transcurso de la evolución por medio de la cual se desarrolla la ciencia humana muy escasos son los súbitos nacimientos y los renacimientos repentinos - así como en el caso de las fuentes, la Foux es una excepción -. (p. 190).

"Desde su origen, la ciencia helena está enteramente impregnada de teología, pero de una teología pagana. La teología enseña que cielos y astros son dioses; enseña que no pueden tener ningún movimiento que no sea circular y uniforme, movimiento, éste, que es perfecto, maldice al impío que osara atribuir algún movimiento a la tierra, hogar sagrado de la divinidad. Si estas doctrinas teológicas proporcionaron algunos postulados provisoriamente útiles para la ciencia de la naturaleza, si guiaron sus primeros pasos, pronto se convirtieron para la física en lo que los andadores se convierten para los niños: en trabas. Si la mente humana no hubiese hecho añicos dichas trabas, en física no habría ido más allá de Aristóteles, ni de Ptolomeo en astronomía.

Ahora bien, ¿quién rompió dichas trabas? El cristianismo. ¿Quién aprovechó, en primer lugar, la libertad así conquistada para lanzarse al descubrimiento de una nueva ciencia? La escolástica. ¿Quién se atrevió a mediados del siglo XIV, a declarar que los cielos no eran movidos por inteligencias divinas o angélicas, sino por un indestructible impulso recibido de Dios en el momento de la creación, como si fuera un bolo lanzado por un jugador? Un maestro en artes de París: Juan Buridán. ¿Quién declaró, en 1377, que el movimiento diurno de la tierra era más simple y más satisfactorio para el espíritu que el movimiento diurno del cielo? ¿Quién refutó claramente todas las objeciones planteadas en contra del primero de dichos movimientos? Otro maestro de París, convertido en Obispo de Lisieux: Nicolás de Oresme. ¿Quién fundó la dinámica, descubrió las leyes de la caída de los graves, planteó los fundamentos de cierta geología? La escolástica parisiense, en una época en que la ortodoxia católica de la Sorbona era proverbial en todo el mundo. ¿Qué papel han desempeñado, en la formación de la ciencia moderna, aquellos espíritus libres, tan alabados, del Renacimiento? Con su admiración supersticiosa y rutinaria de la Antigüedad desconocieron y despreciaron todas las ideas fecundas emitidas por la escolástica del siglo XIV, para volver a considerar las teorías menos sostenibles de la física platónica o peripatética. ¿En qué consistió, a fines del siglo XVI y a comienzos del siglo XVII, ese gran movimiento intelectual que produjo las teorías admitidas en lo sucesivo? En un puro y simple retorno a las enseñanzas que impartía, en la Edad Media, la escolástica de París, de suerte que Copérnico y Galileo son los continuadores y como los discípulos de Nicolás de Oresme y de Juan Buridán. Así pues, si esta ciencia que tan legítimamente nos enorgullece pudo nacer, es porque la partera fue la Iglesia Católica". (p. 221)

"Si se quisiera separar, mediante una línea precisa, el reinado de la ciencia antigua del reinado de la ciencia moderna, nos parece, habría que trazarla en el instante en el cual Juan Buridan concibió esta teoría, en el instante en el cual se dejó de considerar a los astros como movidos por seres divinos, en el cual se admitió que los movimientos celestes y los movimientos sublunares dependían de una misma mecánica." (p. 210).

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Citamos a continuación un largo pasaje del libro de ARTIGAS, Mariano, La mente del Universo, EUNSA, Pamplona, 2000, pp. 254-256.

"A veces se dice que la ciencia experimental es el resultado natural de la observación e interpretación del mundo natural, y que no nació hasta el siglo XVII sólo porque prejuicios ideológicos, principalmente en forma de doctrinas religiosas, impidieron su desarrollo durante muchos siglos. Esa idea se asocia frecuentemente con un modo de pensar positivista que asocia la religión con estados primitivos de la humanidad, y ve a la ciencia experimental moderna como el resultado obvio de sustituir la religión por la observación y la lógica. Los hechos históricos, sin embargo, son mucho más complejos, y muestran que la combinación peculiar de los aspectos explicativo y predictivo en la ciencia experimental fue un resultado muy difícil que exigió una gran dosis de fe en la posibilidad de la ciencia, concretamente una fe en la existencia de los supuestos ontológicos de la ciencia (la existencia de un orden natural), y también de los supuestos epistemológicos (la capacidad humana para conocer el orden natural).

La ciencia experimental moderna encontró su único nacimiento viable como una empresa auto-sostenida en el siglo XVII, en una Europa occidental que, aunque estaba atormentada por disputas religiosas, compartía unánimemente la fe en la existencia de un Dios personal que es el creador del universo y de los seres humanos. El universo, como obra de un Dios infinitamente sabio, todopoderoso y benevolente, era visto como un mundo ordenado, y el ser humano, como criatura que participa del carácter personal de Dios, era visto como capaz de conocer el mundo racional y como receptor del mandato de Dios de conocer y dominar ese mundo. Aunque existían algunos fragmentos de ciencia natural en la época antigua, su nacimiento sistemático moderno sólo fue posible, de hecho, porque muchos desplegaron, durante un amplio período de tiempo, gran audacia en su búsqueda de explicaciones de los fenómenos naturales, guiados por su fe en la existencia de un orden natural que puede ser descubierto por el hombre.

Refiriéndose al trabajo de muchos estudiosos que, durante la Edad Media, prepararon el camino para la revolución científica del siglo XVII, Thomas Kuhn ha escrito:

Durante el siglo XVII, precisamente en el momento en que quedaba demostrada por primera vez toda su utilidad, la ciencia escolástica se vio duramente atacada por quienes intentaban construir una línea de pensamiento radicalmente nueva. Los escolásticos se revelaron como presa fácil a todo tipo de críticas, imagen que perduró con el transcurso del tiempo. Los científicos de la Edad Media encontraron más a menudo sus problemas en los textos que en la naturaleza. En la actualidad, buen número de dichos problemas no parece merecer tal calificación. Desde un punto de vista moderno, la actividad científica de la Edad Media era increíblemente ineficaz. Sin embargo, ¿de qué otra forma hubiera podido renacer la ciencia en occidente? Los siglos durante los que imperó la escolástica son aquellos en que la tradición de la ciencia y la filosofía antiguas fue simultáneamente reconstruida, asimilada y puesta a prueba. A medida que iban siendo descubiertos sus puntos débiles, éstos se convertían de inmediato en focos de las primeras investigaciones operativas en el mundo moderno. Todas las nuevas teorías científicas de los siglos XVI y XVII tienen su origen en los jirones del pensamiento de Aristóteles desgarrados por la crítica escolástica. La mayor parte de estas teorías contiene asimismo conceptos claves creados por la ciencia escolástica. Más importante aún que tales conceptos es la posición de espíritu que los científicos modernos han heredado de sus predecesores medievales: una fe ilimitada en el poder de la razón humana para resolver los problemas de la naturaleza. Tal como ha remarcado Whitehead, "la fe en las posibilidades de la ciencia, engendrada con anterioridad al desarrollo de la teoría científica moderna, es un derivado inconsciente de la teología medieval". (KUHN, Thomas, The Copernican Revolution. Planetary Astronomy in the Development of Western Thought (Harvard University Press, Cambridge, Massachussetts, 1957), p. 122. [La revolución copernicana. La astronomía planetaria en el desarrollo del pensamiento occidental, Ariel, Barcelona, 1978, pp. 170-171].

La cita de Whitehead está tomada de un capítulo titulado "El origen de la ciencia moderna", una parte de las Lecturas Lowell impartidas por Alfred North Whitehead en 1925 (Alfred North WHITEHEAD, Science and the Modern World (Macmillan, New York, 1967), pp. 1 - 18.) Allí Whitehead nos dice que "no puede existir ciencia viva a menos que exista una convicción ínstintiva ampliamente difundida acerca de la existencia de un orden de las cosas y, en particular, de un orden de la naturaleza. Añade que desde la época de Hume, la filosofía científica de moda ha negado la racionalidad de la ciencia (yo diría que ha negado los supuestos ontológicos y epistemológicos de la ciencia, a saber, la existencia de un orden natural objetivo y de nuestra capacidad para conocerlo). Y prosigue buscando el origen de la fe en la racionalidad de la naturaleza y del hombre que hicieron posible el nacimiento de la ciencia experimental moderna. Argumenta que "en la Edad Media se formó un largo entrenamiento del intelecto de la Europa occidental en el sentido del orden", y también que "el hábito del pensamiento exacto definido fue implantado en la mente europea debido al duradero dominio de la lógica escolástica y de la teología escolástica". Escribe, además, que "la mayor contribución del medievalismo a la formación del movimiento científico" es "la creencia inexpugnable en que cada suceso particular puede ser relacionado con sus antecedentes de modo perfectamente definido, ejemplificando principios generales. Sin esta creencia, los trabajos increíbles de los científicos no tendrían esperanza", y concluye que la fe en la posibilidad de la ciencia es una derivación inconsciente de la teología medieval."

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Es interesante comparar esta larga cita anterior de la excelente obra de ARTIGAS con esta otra, no menos larga tal vez, del trabajo ya citado de JAKI:

"El primer capítulo ("El origen de la ciencia") en la célebre obra de Whitehead Science and the Modern World (de la que tras su publicación en 1926 se vendieron más de un millón de ejemplares en una década) hubiese debido ser, apenas aparecido, minuciosamente examinado por los católicos, incluso si el capítulo hubiese constado de esta sola frase: "La creencia en la posibilidad de la ciencia, engendrada con antelación a la elaboración de la teoría científica moderna, se desprende de modo inconsciente de la teología medieval."

Esta frase hubiese debido aparecer tal cual es, "una condena bajo el aspecto de un elogio", a los ojos de cualquiera que hubiese reflexionado, incluso de pasada, en las frases precedentes: "No pretendo que la confianza de los europeos en el carácter escrutable de la naturaleza estuviese lógicamente justificada, incluso por su propia teología. Lo único que me interesa es comprender cómo nació." Claramente, Whitehead tenía pendiente un ajuste de cuentas con la Cristiandad Medieval y con la fe cristiana ortodoxa. Ambas se enraizaban en la creencia en un Creador personal que no estaba constreñido a crear un universo; Whitehead, partidario de un panteísmo en el que Dios mismo evoluciona, no tenía alternativa: debía tratar sin consideración alguna esa fe. ¿Notaron los lectores católicos en los países de habla inglesa o en Francia, que en este libro, pese a hablar a menudo de Dios, Whitehead jamás le designaba como un Creador? ¿Se preguntaron alguna vez porqué razones Whitehead expuso ante un auditorio atónito la idea de un origen medieval de la ciencia moderna?

Puesto que tal idea no estaba en el aire en 1925, y menos en Harvard, donde Whitehead dio a conocer su libro en forma de una serie de conferencias, necesariamente hubo de echar mano de estudios recientes que en aquella época sólo podían ser las publicaciones de Duhem. (...) En tal caso, surge legítimamente la pregunta: ¿Quería Whitehead desviar la atención de Duhem dando a los católicos una brillante ofrenda propiciatoria que estaban dispuestos a recibir con los brazos abiertos (de hecho, un hueso duro de roer) para así no herir la susceptibilidad de los agnósticos a propósito de los orígenes medievales de la ciencia?

(...) A medida que su perplejidad con respecto de sí mismos se incrementaba - a partir de mediados de este siglo en adelante- los intelectuales católicos se afanaron por subirse al carro propagandístico de Koyré, apenas se puso en marcha, después de su primera gira de conferencias por las universidades norteamericanas. De repente sus Études galiéennes publicados en 1940, se convirtieron en la biblia - en Estados Unidos - de la joven generación de historiadores de la ciencia que pronto serían eminencias en su campo. Les pareció que este libro abría nuevos horizontes y nuevas posibilidades.

Una de ellas provenía del hecho de que Koyré ubicaba a la historia de la ciencia en los moldes de las mutaciones mentales como si la mente consistiese en genes. (nota: Es revelador que la segunda referencia en los Études galiléennes de Koyré sea Bachelard quien fue el primero en proponer, en su Le Nouvel esprit scientifique (1954) la idea de semejante mutación mental como explicación de la historia intelectual). Ahora podía parecer que el darwinismo era dueño y señor, pues, de estar Koyré en lo cierto, aquella teoría era aplicable a la ciencia, considerada en ciertos medios como ciudadela de la razón pura. Otra posibilidad "estimulante": Koyré pretendía que, fueran cuales fuesen sus orígenes medievales, la ciencia moderna debía tener como secuela, durante el Renacimiento, una mutación mental para que pudiera surgir la ciencia de Galileo y de Newton. Si los Études de Koyré hubiesen incluido un índice onomástico, el hecho de que se citara a Duhem más de cincuenta veces ( es decir más que a cualquier otro autor) habría podido dar luces al lector - no advertido - acerca de las verdaderas intenciones de Koyré. Era natural que tras intercambiar su herencia religiosa judía por el panteísmo de Boehme y de Spinoza (nota: Para una discusión del trasfondo "religioso" de la interpretación de la historia de la ciencia de Koyré, ver el capítulo 15, "Paradigms or Paradigm", en mis Glifford Lectures, The Road of Science and the Ways to God. ) y por el racionalismo de la Ilustración francesa, aquél advirtiera la grave amenaza que las investigaciones de Duhem representaban para el secularismo y que opusiera a ello medios sutiles".

Antes, en la p. 19, el p. JAKI ha dicho:

"Acerca de estas páginas nuevas de la historia científica los defensores de una historiografía "racionalista" podían hacer dos cosas. Una de ellas fue la tardía reacción iniciada por Koyré a fines de los años treinta. Consistía ésta en introducir a la fuerza una cuña entre los conceptos medievales y los conceptos galileanos. Otra, mucho más fácil de llevar a cabo, era no hacer frente a la evidencia de la ciencia medieval."

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