Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

28Mar/100

Autoridad del Pentateuco

Autoridad del Pentateuco 

OBSERVACIÓN PRELIMINAR. -El fin y objeto de este Curso de Apologética cristiana, como lo indica ya el mismo título de la obra, es demostrar plenamente la divinidad de la religión fundada por Jesucristo, y probar la necesidad en que nos encontramos todos, si no queremos desobedecer los dictámenes de nuestra razón, de creer lo que el Autor de esta religión nos ha enseñado, y practicar todos los preceptos que nos ha impuesto. Ahora bien, para conseguir esto, bastaría que nos fijáramos en de­mostrar la autoridad del Nuevo Testamento y espe­cialmente la de los Evangelios.

Por otra parte, una vez demostrado que la misión de Jesucristo es divina, la sola atestación formal de este enviado de Dios, basta para establecer la divinidad de las dos revelaciones anteriores, la primitiva y la mosaica.

Así pues, si sólo atendiéramos á la simplicidad del método, podríamos, sin dañar á la solidez de la demostración general, suprimir los dos artículos siguientes, que son los que conciernen al Pentateuco. Por lo tanto, si se prevé que ha de faltar tiempo para estudiar seriamente todo este Curso, podránse suprimir las útiles enseñanzas que en estos dos artículos se contienen.

Cierto es que entre las diez pruebas que daremos de la divinidad del Cristianismo hay una importan­tísima, la tercera, la cual se funda en el cumplimiento que tendrán en la persona de Jesucristo las profecías mesiánicas que en él Antiguo Testamento se contienen. Pero, para que esta prueba conserve todo su valor apologético, basta que la razón esté completamente cierta de que estas profecías existen, y de que fueron conocidas mucho tiempo antes de su realización. Ahora bien, está fuera de duda que la versión griega llamada de los Setenta, que se difundió por todas partes, fué empezada hacia el año 280, y acabada hacia el año 125 antes de J. C.

Para que un libro goce de, autoridad completa, para que se imponga á nuestra creencia, debe reunir tres caracteres:

1. La autenticidad substancial; es necesario que el libro, al menos en su parte esencial, se remonte hasta el autor á quien se atribuye (ó á la época que se le asigna, si el autor es desconocido ó dudoso), bien que hayan podido ser utilizados por él docu­mentos anteriores á su época.

2. La integridad substancial: el libro debe haber llegado á nosotros sin haber sufrido alteración en la substancia de las cosas y sin adiciones contrarias á los datos esenciales del fondo primitivo.

3. La veracidad substancial; es decir, que las cualidades morales y las circunstancias todas deben poner al principal autor, y á los que hayan explicado ó completado los primitivos datos, á cubierto de toda suposición de error ó de mentira.

Cuando una obra reúne todos estos caracteres, ningún hombre cuerdo puede negarse á admitir como ciertos los hechos que en ella encuentra consignados, y entonces constituye un documento fehaciente.

Pues bien, tales son los libros de que se compone la Sagrada Escritura. 

I. Autenticidad del Pentateuco 

TESIS. -EL PENTATEUCO RELATA FIELMENTE LA OBRA DE MOISÉS, EL LEGISLADOR DE LOS HEBREOS.

Ante todo, decimos que la autenticidad mosaica del Pentateuco ha sido afirmada por la Comisión bíblica en decreto aprobado por Pío X á 27 de Junio de 1906. He aquí el texto de esta decisión:

«La Comisión pontificia encargada de promover los estudios bíblicos ha juzgado deber responder como sigue á las siguientes dudas que le han sido propuestas:

»I. Los argumentos acumulados por la crítica para atacar la autenticidad mosaica de los Sagrados Libros que se comprenden bajo el nombre de Pentateuco ¿tienen tanta autoridad que ante ellos resulten sin fuerza alguna los numerosos testimonios de uno y otro Testamento, colectivamente tomados, la opi­nión constante del pueblo judío, la tradición per­petua de la Iglesia y los indicios internos que del mismo texto se desprenden, y dan derecho á afirmar, que estos libros no tienen por autor á Moisés, sino que han sido formados con documentos en su mayor parte posteriores á la edad mosaica?

»Respuesta. No.

»II. ¿La autenticidad mosaica del Pentateuco exige necesariamente la redacción de la obra en­tera, de modo que estemos obligados á decir que Moisés escribió de su mano, ó dictó á otros, todos y cada uno de sus rasgos; ó bien se puede permitir la hipótesis de los que estiman que confió á uno ó á muchos secretarios el cuidado de redactar su misma obra, concebida por él bajo el soplo de la divina inspiración, entendiendo siempre que estos secretarios expresaran fielmente sus pensamientos, no escri­biendo ni omitiendo nada que fuera contrario á su voluntad, y que, en fin, la obra, así compuesta y aprobada por Moisés su principal é inspirado autor, haya sido bajo su propio nombre publicada?

» Respuesta. No á la primera parte, sí á la se­gunda.

»III. ¿Puédese conceder, sin mengua de la' auto­ridad mosaica del Pentateuco, que Moisés, para componer su obra, se haya servido de fuentes, como son documentos escritos ó tradiciones orales, de las cuales, según el fin particular que se proponía, y bajo el influjo de la divina inspiración, haya sacado muchas de las partes que ha insertado en su propia obra, ya sea palabra por palabra ó sólo en cuanto al sentido, ya sea resumiendo ó ya amplificando? » Respuesta. Sí.

»IV. Dejando á salvo, en cuanto á la substan­cia, la autenticidad mosaica y la integridad del Pen­tateuco, ¿puédese admitir que en tan largo trans­curso de siglos se hayan introducido algunas„ modificaciones, como, por ejemplo, adiciones hechas después de Moisés, si bien por autor inspirado, ó glosas ó explicaciones interpoladas en el texto, trasladando ciertas palabras ó idiotismos ya anticuados al lenguaje corriente; en fin, lecciones equivocadas debi­das á la impericia de copiantes, cosas todas que sea preciso indagar y fijar, según las reglas de la cri­tica?

» Respuesta. Sí, salvo el juicio de la Iglesia.

El 27 de junio de 1906, en la audiencia benignamente otorgada á los Consultores secretarios, el Padre Santo aprobó las respuestas susodichas y ordenó su publicación. (1)

Como se ve, los miembros de la Comisión encargada por el Soberano Pontífice de promover los estudios bíblicos, declaran que las objeciones acumuladas contra el origen mosaico del Pentateuco no contrarrestan á las pruebas que en su favor se aducen. La decisión dicha nos indica también en qué sentido se puede entender tal autenticidad; admite como legítimas las hipótesis que suponen el recurso á documentos anteriores, el empleo de secretarios, lo mismo que las adiciones ó modificaciones de diversas clases introducidas en él Pentateuco, posteriormente á la época mosaica. Estas hipótesis, bien tomadas y discretamente aplicadas, bajo la vigilante inspección de la autoridad eclesiástica, permiten á los exégetas descartar muchos argumentos que única­mente sirven de sostén á los sistemas imaginados con la mira de arruinar la autenticidad mosaica del Pentateuco.

PRIMER ARGUMENTO. Esta autenticidad se prueba: I.° Por el testimonio tradicional, tan unánime como constante, de los judíos así antiguos como modernos.

a) Los escritores sagrados de la nación judaica, desde Josué hasta Jesucristo, citan ó presuponen el Pentateuco como obra de Moisés. Entre los textos sin número que podríamos citar, los unos son explícitos en favor del origen mosaico de todo el Pentateuco (2); los otros afirman que Moisés ha escrito tales ó cuales partes del mismo, especialmente el Deuteronomio, ó á lo menos su legislación; hay también pasajes que no atribuyen formalmente al legis­lador hebreo la redacción del Pentateuco entero, sino que parecen significar solamente que la legisla­ción divina, contenida en este libro, ha sido dada, por ministerio de Moisés. (3)

Estos textos, diseminados por casi todos los libros del Antiguo Testamento, nos enseñan lo que, de la composición del Pentateuco, pensaba la nación judía, antes de la era cristiana. Remontémonos cuanto queramos por la tradición escrita, y siempre encontraremos pruebas de que los judíos atribuían al legislador de su nación la redacción de las leyes y narraciones que se encuentran en el Pentateuco ac­tual. Además, los mismos críticos atestiguan que, á partir de la época en que se escribieron los Para­lipómenos y se hizo la traducción llamada de los Setenta, los Judíos miran á Moisés como el autor del Pentateuco. Todos los contemporáneos de Jesucristo, sea cual fuere la secta á que pertenezcan, admiten igualmente esta tradición. Jesucristo mismo y sus apóstoles han hablado en idéntico sentido, y ha sido tradición constante entre los judíos. Salvo raras excepciones, y haciendo caso omiso del judío Spinosa (siglo XVII), todos los demás han mirado siempre al Pentateuco como obra de Moisés, su legislador; y aun ahora, en que viven dispersos por todas las na­ciones del mundo, y aunque estos mismos libros les condenan, continúan sosteniendo el mismo aserto.

b) Idéntica consecuencia se desprende de los historiadores profanos de esta nación y de casi todos los talmudistas y rabinos.

En el primer siglo de nuestra era tenemos los tes­timonios de Josefo y de Filón (4), representantes, res­pectivamente, de las dos fracciones del judaísmo, palestino y alejandrino. En el catálogo que com­puso Josefo (5), eco de sus correligionarios de Palestina, nómbranse veintidós libros que los judíos tienen por divinos é inspirados, entre los cuales figuran en primer lugar, y siguiendo el orden de los tiempos y la cronología del asunto, los cinco libros de Moisés. En sus antigüedades judaicas (6), se propone resumir los libros de Moisés, y los hace partir desde el tiempo de la creación del mundo. Al final de su relato, refiere que, habiendo dado Moisés á los Israelitas sus últimas recomendaciones, les entregó el manuscrito que contenía la divina legislación y que él mismo había redactado. Ahora bien, según el sentido de Josefo, este Código no es el Deuteronomio sólo, sino todo el Pentateuco.

Filón de Alejandría, el representante auténtico del judaísmo helénico en los principios de la era cris­tiana, cita constantemente en sus escritos el Penta­teuco como obra de Moisés. Sus citas de la Ley están en la proporción de 25 por uno, relativamente á las de los otros libros canónicos. Esto prueba que para él esta Ley, el Thora, poseía un valor excepcional; por eso lo venera sobre todos los otros Sagrados Libros y proclama á Moisés profeta por excelencia (7).

2º. Por el testimonio de una multitud de escritores de otras naciones, pertenecientes á la antigüedad pagana: egipcios, griegos, romanos, etc., que han admitido el Pentateuco como obra de Moisés y como resumen de su legislación. Celso, Porfirio y Juliano el Apóstata, los mismos que hubieran de tener capital interés en negar la autenticidad de este libro, jamás acusaron á los judíos ó á los cristianos de apoyar sus doctrinas sobre documentos apócrifos, lo cual ciertamente no dejaran de hacer si les hubiera sido posible.

3°. Por el testimonio de Jesucristo y- de los escritores del Nuevo Testamento. Los textos del Nuevo Testamento son aún más explícitos que los del Antiguo. Cuando Jesús empezó su predicación, los Judíos ad­mitían ordinariamente que Moisés era autor del Pentateuco y el que había escrito los cinco libros de la Ley. Por esta razón el Pentateuco se designa indife­rentemente con los nombres de Moisés ó de la Ley-. La misma costumbre tienen Josefo y Filón. Jesús y sus Apóstoles emplearon á su vez la nomenclatura usual. Se cuentan más de sesenta pasajes del Nuevo Testamento en que se habla de Moisés, veinticinco de los cuales se refieren al Pentateuco; todos ellos son ó palabras del mismo Jesucristo, ó expresiones empleadas por los escritores del Nuevo Testamento, ó afirmaciones de los Judíos contemporáneos del Salvador.

4°. Por la tradición perpetua de la Iglesia. La apreciación de los judíos sobre el Pentateuco, se ha transferido, por medio de Jesucristo y de sus apóstoles, á la sociedad cristiana y aun á las mismas sectas heréticas; esta apreciación es perpetua y sin interrupción alguna hasta nuestros días. Después de estos, que podríamos llamar fundadores de la religión cristiana, y bajo su testimonio, los Padres, los doctores, los teólogos, los exégetas, con rarísimas excepciones, han reconocido á Moisés por autor de los cinco libros del Antiguo Testamento. La afirmación de este origen brota constantemente de la pluma de los escritores eclesiásticos, por lo cual constituye una creencia perpetua entre los cristianos. Aun después del siglo XVIII, y á pesar de los esfuerzos seculares de la crítica moderna, la masa de los exégetas y teólogos católicos ha permanecido fiel á la antigua tradición, y así continúa esta doctrina formando parte de la enseñanza católica (8).

Esta prueba extrínseca sacada del testimonio es suficiente para dejar bien sentada nuestra tesis. Añadiremos, con todo, otros argumentos no menos fuertes que el anterior. Comenzaremos por establecer una prueba intrínseca, es decir, sacada del texto mismo de la obra, minuciosamente estudiada.

SEGUNDO ARGUMENTO, -Todo lo que el Pentateuco contiene en punto á religión, historia, geografía, política, usos y costumbres, declara la remota anti­güedad de este libro, y está perfectamente relacionado con el tiempo en que vivió Moisés. Así todo lo que se cuenta de Egipto, con ocasión de la permanencia de los Hebreos en este país y de su salida de él, concuerda perfectamente con el estado de esta comarca bajo la dominación de los Ramsés, muy diferente por cierto de lo que vino á ser más tarde, por ejemplo en la época de Salomón ó en la de los profetas. Lo que más adelante referiremos, art. II, § V, acerca de los modernos descubrimientos en Egipto y en Asiria, basta­ría para demostrar que esta exactitud, aun en los más mínimos pormenores, supone necesariamente un autor contemporáneo, y que ha habitado en los lugares de que nos habla. Señalelnos, con todo, algunas otras particularidades que confirman la misma conclusión.

El carácter de las narraciones contenidas en los cuatro últimos libros del Pentateuco es cual corresponde á un autor contemporáneo del Éxodo, ó, por mejor decir, al mismo conductor de los hebreos. Un escritor posterior habría naturalmente hecho una exposición metódica y regular de la legislación de este pueblo; sin embargo; el modo como se encuentra aquí referida, es por fragmentos separados y entremezclados con los hechos, sin otro orden que el de las circunstancias á las que se refiere cada una de las partes. Un gran número de casos, en los cuales el legislador parece no haber pensado de antemano, se reglamentan con ocasión de un acontecimiento acaecido de improviso y que reclama pronta decisión. -La exactitud y minuciosidad misma de los detalles, suponen también en la confección de dichos libros un testigo ocular y auricular. Ello es manifiesto, que para relatar circunstancias tan insignificantes, el autor ha tenido que escribir bajo la impresión recien­te de los hechos.-«Israel, vuelve á decir M. Vigouroux (9), está muy lejos de sernos presentado por el lado halagüeño, como andando el tiempo hubiera hecho, sin duda, un admirador de sus antepasados que re­firiera esta parte épica de su historia, embellecida por la distancia... El narrador del Éxodo senos muestra como un hombre íntimamente enlazado con las mismas escenas que describe; que ha sufrido todas las resistencias del pueblo y que las sufre aún en el momento en que las cuenta. Lejos de idealizar á Israel, nos lo presenta con los más repulsivos colores, como un pueblo de dura cerviz, siempre acerbo y descontentadizo, sin sentimientos elevados, ni nobles aspiraciones. El gran suceso de la salida de Egipto y del triunfo de un pueblo que sacude su yugo para conquistar la libertad y la independencia; ese nacimiento de una nación que sale á la vida pública, y que hubiera ofrecido á cualquier escritor de siglos posteriores tan buena ocasión para enaltecer la glo­ria de Israel; pues ese hecho, de suyo grandioso y sublime, no sólo no es la apoteosis de los Hebreos, sino su condenación y su vergüenza. No hay ni un solo rasgo que redunde en su honor. Israel ha sido arrancado á la esclavitud como á pesar suyo; Moisés y el mismo Dios han tenido que quebrantar sus cadenas como á viva fuerza. Pues bien, para hablar así de acontecimiento tan grande, para poderlo ver bajo tan negro aspecto y con tan tristes ojos, se necesita, no solamente haberlo presenciado como testigo, sino, por decirlo de una vez, haber sido su víctima: pues un cronista no tan complicado en los acontecimientos, jamás nos hubiera transmitido de ellos semejante cuadro. Por lo demás, el calor y la viveza que animan los discursos del Deuteronomio, muestran bien á las claras que Moisés llevaba en el corazón el cuida­do de grabar la ley de Dios, de una manera indeleble, en el espíritu de sus hermanos. Ahora bien, el medio más eficaz para conseguir este objeto era evi­dentemente el dejar por escrito, para después de sus días, una relación de la misma ley. Y esto es preci­samente lo que se halla consignado en el Éxodo (XVII, I4), á saber, que Dios, después de una victoria reportada sobre los Amalecitas, ordenó á Moisés que escribiera su relato.

En el capítulo XXIV, 4, se dice que escribió Moi­sés «todas las palabras del Señor»; y el versículo 7 añade que Moisés las leyó al pueblo. El libro de los Números (XXXIII, 2), declara á su vez que, desde la partida del Sinaí, Moisés llevaba, por orden de Dios, una especie de diario de todas las estaciones ó para­das que fué haciendo el pueblo en su peregrinación hacia Israel.

También puede probarse la antigüedad del Pentateuco por los recuerdos de Egipto, por cierto muy numerosos y exactos, que se encuentran en cada página de estos libros. Por doquiera se echa de ver que este país ha dejado en sus espíritus y corazones, recuerdos recientes, individuales é imperecederos. Desde el momento en que amenaza al pueblo el menor peligro, ó se deja sentir alguna privación, la multitud compara, con sentimiento, su estado presente con la condición relativamente desahogada con que vivía en Egipto. Si Jehová reclama de Israel la adoración y la obediencia, eso es porque lo ha sacado de Egipto, es decir, de un lugar de servidumbre. Mu­chas leyes y ordenamientos se fundan únicamente en este recuerdo.

Más, sobre todo, donde mejor pueden apreciarse y más al vivo aparecen las influencias egipciacas, es, sin duda, en las instituciones religiosas. El desig­nio visible del legislador es establecer un muro infranqueable entre la legislación monoteísta de Israel y la religión politeísta de los Faraones. Es además manifiesto que el legislador de los Hebreos estaba familiarizado con los usos religiosos de los Egipcios. -En fin, «en la descripción de los objetos sagrados que en el Éxodo encontramos, dice M. Vigouroux, se ve la mano de un hombre acostumbrado á apreciar en Egipto toda clase de obras artísticas, especialmente de orfebrería y mobiliaria, y que, dada su habilidad en la descripción de tales objetos, no extrañaría que hubiese sido un consuinado artífice en la corte de los Faraones (10).

II. Integridad del Pentateuco 

PRIMER ARGUMENTO. -Ante todo hacemos constar que los argumentos alegados para probar la autenticidad del Pentateuco, en su mayoría, pueden también emplearse para establecer su integridad, á lo menos en el sentido de que en ellos no se encuentra contradicción alguna, y de que no están desfigurados por ninguna interpolación. Pero tampoco faltan argumentos especiales. Los estudios realizados á este efecto, especialmente los de Kennicot sobre 58I manuscritos y los de J. B. de Rossi sobre otros 825, demuestran la integridad del texto hebreo del Antiguo Testamento, hasta una época remotísima. Por otra parte no puede señalarse tampoco indicio alguno capaz de amenguar la tradición constante y pública de los Judíos relativa á la integridad de los Sagra­dos Libros.

SEGUNDO ARGUMENTO. -En nuestro caso, es impo­sible una alteración esencial.
a) Siendo este libro el fundamento de la vida de los judíos y su Código, cualquier cambio, en él introducido, hubiera implicado necesariamente otros cambios en las creencias, en las costumbres, en las leyes, en los usos del pueblo, y hubiera, por lo tanto, excitado las más vivas protestas (11).

b) Según el testimonio del historiador Josefo, era el Pentateuco tan familiar á los Judíos, que -éstos sabían hasta las veces que cada letra se encuentra repetida en el volumen. «Nadie, dice, se ha atrevido jamás á añadir, quitar ó cambiar la menor cosa. Nosotros tenemos estos libros como divinos, y así los nombramos; hacemos profesión de observarlos inviolablemente y de morir gozosos, si es menester, por su conservación.»

c) En fin, tenemos una nueva garantía en la versión griega de los Setenta, la cual fué hecha, según la más probable opinión, por orden del rey de Egipto, Ptolomeo Filadelfo, y se difundió antes de que se cumplieran las profecías relativas al Mesías.

III. Veracidad del Pentateuco. 

Evidentemente quedará fuera de duda la veracidad de Moisés, si se prueba que ni se ha engañado, ni ha querido engañar. Y aun podrá llamarse sobreabundante la demostración, si probamos, además, que Moisés no se ha podido engañar.

I. Moisés no se ha engañado.

a) Respecto de los hechos acontecidos en su tiempo, es decir, respecto de los hechos referidos en los cuatro últimos libros del Pentateuco, Moisés estaba perfectamente en condiciones de conocerlos se trata de hechos sensibles y de una importancia excepcional, en los cuales él mismo estaba llamado á ser actor y testigo; de hechos que él mismo había preparado, dirigido ó realizado.

b) Moisés tenía conocimiento cierto de los acontecimientos anteriores á su tiempo por la tradición viviente, á cuya conservación coadyuvó en gran manera la longevidad de los primeros patriarcas. Ni, hay necesidad de recurrir al milagro, propiamente dicho, para explicar la perfecta conservación de las tradiciones patriarcales, aunque bien puede atribuir­se á una amorosa intervención de la Providencia. Los hechos referidos por Moisés eran notorios y de la mayor importancia: entre ellos, contábanse no pocos cuyo recuerdo se había perpetuado, según la costumbre de los tiempos antiguos, por medio de cánticos, inscripciones y monumentos.

II. Moisés no ha querido engañar.

a) La historia y la tradición están contestes en representar á Moisés como hombre de excelente virtud, de completa buena fe y de imparcialidad irreprochable. Su sinceridad ha inspirado siempre la con­fianza más absoluta, hasta el punto de que su libro viniera á ser la norma de vida de todo el pueblo judío.

b) Sus mismos escritos llevan el sello de la sinceri­dad y de la rectitud más escrupulosa; su estilo muestra la tranquila franqueza del escritor que en nada teme ser desmentido; es sencillo sin pretensiones, exento de entusiasmos y lisonjas. En ninguna parte disimula ni las faltas de sus antepasados, ni las de los que le rodean, ni las malas disposiciones de su pueblo, ni sus propias debilidades, ni los castigos que á tales faltas siguieron. En todo se echa de ver que su principal intento es consignar lo que cada uno de sus contemporáneos conoce tan perfectamente como él.

III. Moisés no ha podido engañar.

a) La mayor parte de los acontecimientos que refiere, y de los cuales ha sido autor ó testigo, son públicos, manifiestos y de la mayor importancia; sobre ellos se funda la legislación política y religiosa de su pueblo, y la autoridad que Moisés se atribuye á sí mismo; escribe estos hechos, no de una manera vaga y general, sino con todos sus detalles, designando lugares y personas; los va consignando á medida que se suceden, y esto para q ue los lea el mismo pueblo testigo de ellos, y á cuyo fin se han realizado, apelando al testimonio de sus contemporáneos y de todo el cuerpo de la nación. Recordad, les dice, las grandes cosas que han visto vuestros ojos...; vosotros habéis visto con vuestros ojos las maravillas que ha obrado el Señor. " (Deut., cc. IV, VIII, XI.) Si estos hechos hubieran sido falsos, ¿cómo los judíos, tan propensos á murmurar contra su libertador, no levantaron la más pequeña reclamación, sobre todo cuando este escritor les imponía, en nombre de Dios, muchos deberes y muy penosos para su carnal naturaleza?

Las mismas festividades de los judíos, ya fuesen religiosas, ya civiles, como las de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos; las ceremonias que entre ellos estaban en uso, como la de rescatar los primogénitos; sus cánticos sagrados, que se remontan al tiempo de Moisés, atestiguan la perpetuidad de los prodigios que señalaron la salida de Egipto, la publicación de la Ley en el Sinaí, la permanencia en el desierto y todos los otros grandes portentos obrados en su favor por ministerio del mismo Moisés.

b) Los sucesos que éste refiere, pero de los cua les no fué autor ni testigo, eran sucesos que vivían en la memoria de todo el pueblo. No hay cosa que iguale la diligencia y fidelidad con que guardan y se transmiten los orientales los hechos heroicos de sus antepasados. Por lo cual vese claro que Moisés no hubiera podido añadir ó cercenar cosa alguna estas tradiciones populares, sin ofender á toda la nación en sus más caros sentimientos, levantando por doquiera la más universal y enérgica protesta (12).

Notas:

(1) Etudes, 20 de julio 1906, p. 261; Revue biblique, Julio 1906.

(2) Par., XVI, 40; II Par., XXIII, 18; XXXI, 3; XXXIII, 8; XXXIV, 14; XXXV, 6,12; 1 Esd., III, 2; VI, 18; II Esd. VIII, 1; XIII, 1; VIII, 1, 8, 14, 18; IX, 3; X, 29, 36.

(3) Véase L'Auteuticité iuosaïque du Pentateuque, por M. Mangenot, profesor de Sagrada Escritura en el Instituto católico de París y Consultor de la Comisión bíblica, Letouzey, París, 1907. Cf. sobre todo pág. 204 y sigs., en donde se exponen los argumentos directos y positivos de los cuales entresacamos algunas de las cosas que aquí decimos.

(4) V. Mangenot, op. cit., p. 225.

(5) Contra Apionem, 1. 1, n.° 8. Opera, 1634, p. 1036.

(6) L. 1, c. 1; 1. IV, c. VIII.

(7) De vita Mosis, 1. II, Opera, Ginebra, 1613, p. 511.

(8) La respuesta á los argumentos de la critica hallaráse en Mangenot, op. cit., pág. 126 y sig. En la 3.ª p. de su libro, p. 267 y sig., discute el autor qué nota teológica convendrá dar por ahora á la negación de la tesis de la autenticidad mosaica del Pentateuco; en la pág. 301 y sig., propone la cuestión de si esta tesis está aún entregada á la libre discusión de los católicos. Cornély, S. J., Compendium Introductionis in S. Scrip., Paris, Lethielleux, 1891.

(9) Les Livres Saints et la critique rationaliste t. 111 p 48. En La Bible et les découvertes modernes, t. 11, M. Vigouroux muestra, merced á un careo entre los textos bíblicos y los monu­mentos egipcios, que el autor del Pentateuco conocía el Egipto, sus usos y costumbres, como sólo pudiera conocerlo un escritor que hubiese habitado en él en la época del Exodo. V. Pelt., Hist. de l'Anc. Test., t. 1, p. 179.

(10) V. en Pelt, t. l, p, 295 á 332, La Loi mosaïque el la criti que du Pentateuque, la refutación de las teorías de Welhausen; Vigouroux, op. cit., t. 111, p. 99.

(11) V. Bossuet, Discours sur l' histoire universelle, 2. ª part.. c. III.

(12) En Pelt, op. cit., se hallará la explicación de las principales dificultades que pueden ocurrir en los prúneros capítulos dei Génesis. Véase también en la Revue pratique d'Apologétique, los artículos de M. Lesêtre, intitulados: Les récits de l' histoire sainte, en los números de 15 de Enero, 1906, 1. ° de Febrero, 1." de Abril, 1." de Mayo, 1.° de junio, 15 de julio, 1.° de Septiembre, etc

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