Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

CARTA SOBRE LA TRINIDAD

Ahí está el centro y el corazón del mensaje cristiano, ahí el manantial, el regazo y la meta de todo lo que existe: ¡Dios es amor! ¡Ahí está lo más importante que nos ha sido dado pensar!

De Bruno Forte,
Arzobispo de Chieti-Vasto, 12.6.2006 (*)

Me dices: ¡ayúdame a conoce al Dios en quien creo! Quiero ahora hablarte de Dios refiriéndome al amor: para animarme a hacerlo está Juan, el Apóstol que puso su cabeza sobre el pecho de Jesús en la Última Cena i ha meditado durante toda la vida sobre la revelación ofrecida a los hombres precisamente mediante aquel corazón, porque es él que nos garantiza que “Dios es amor” y que “quien no ama no ha conocido Dios” (1 Juan 4, 8 y 16). En realidad, Dios mismo en la Biblia nos ha contado la historia de Su amor por nosotros. Es ua narración que comienza siempre para un único fin: hacernos participantes del amor infinito. Para esto Dios nos ha creado, llamándonos a cada uno de nosotros a existir tal como es: ¡y por esto cada uno de nosotros es un don de Dios! Cuando el hombre ha utilizado la libertad que tiene como don para revelarse en contra de Él, este Dios de amor ha sufrido, pero ha respetado la elección de Su criatura. Nos lo cuenta una de las más bellas parábolas de Jesús: “Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo a su padre, dame la parte del patrimonio que me corresponde. Y el padre dividió entre ellos los bienes. Después de pocos días, el hijo más joven, recogiendo todas sus cosas, marchó a un país lejano y derrochó sus bienes viviendo disolutamente…” (Lucas 15, 11-13).

Pero la historia no acaba aquí: Dios ama demasiado a los hombres para abandonarlos a su suerte. Ante nuestro rechazo manifiesta la profundidad y la audacia de su amor: envía Su Hijo, que se hace hombre como nosotros y se entrega a la muerte por amor nuestro: “En esto se ha manifestado el amor que Dios nos tiene: Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo, para que nosotros tuviéramos vida por él. E esto consiste el amor: no hemos sido nosotros quienes hemos amado a Dios, sino que él que nos ha amado y ha envido a su Hijo como víctima reexpiación por nuestros pecados. Queridísimos, si Dios nos ha amado sí, también nosotros debemos amarnos unos a otros… Dios es amor; quien está en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él” (1 Juan 4, 9-11 y 16). Dar la vida por otro significa amarlo con el amor más grande: “Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13). Así nos ama Dios. La Cruz es la declaración de amor d Dios por nosotros, la revelación del corazón divino. La razón por la que Dios nos ama tanto es que Dios es en si mismo amor.

Ahí está el centro y el corazón del mensaje cristiano, ahí el manantial, el regazo y la meta de todo lo que existe: ¡Dios es amor! ¡Ahí está lo más importante que nos ha sido dado pensar! Procuro hacerlo Contigo, de la manera más sencilla posible, sabiéndome balbuceando tan solo palabras de amor sobre el misterio santo del que venimos en el que nos movemos y existimos y hacia el cual vamos en el camino del tiempo. Si Dios es amor, resulta fácil entender como no puede ser soledad en si mismo: para que haya una relación d amor es necesario que sea al menos entre dos. Amarse sólo a sí mismo no es amor, sino egoísmo. Dios amor es por tanto alguien que ama siempre y alguien que siempre es amado y responde al amor: un eterno Amante y un eterno Amado. Aquel que ama desde siempre es la fuente del amor: él no está nunca cansado de comenzar a amar y ama por la sola dicha de amar. Dios Padre existe en el amor, infinitamente libre y generoso en amar, y no tiene ningún otro motivo para amar que el mismo amor: “Dios no nos ama porque seamos buenos y hermosos, sino que nos hace buenos y bellos porque nos ama” (San Bernardo).

El otro, el eterno Amado, es Aquel que acoge desde siempre el amor: es el eterno agradecimiento, la gracia sin principio ni fin, el Hijo. Cuando el Hijo se hace hombre, se une a cada uno de nosotros: por eso el Padre, amándole, ama a cada uno de nosotros que estamos unidos a Él, amados en el Amado, hechos capaces de recibir el amor, que es la vida eterna de Dios. El amor perfecto, no obstante, no se cierra en el “abrazo” de dos: “Amar no significa estar mirándose a los ojos, sino mirar junto hacia el mismo fin” (Antoine de Saint-Exupéry). El Padre y el Hijo viven un amor tan rico y fecundo que les dirige hacia una Tercera Persona divina, el Espíritu Santo. El Espíritu es Aquel en el que Su amor está siempre abierto a darse, a “salir de si”: por esto el Espíritu es llamado don de Dios, fuente viva del amor, fuego que enciende en nosotros la capacidad de devolver el amor con amor. Y por eso aletea sobre la creación en el primer amanecer del mundo y sobre la nueva creación, de la que es signo y promesa la Iglesia, en el día de la Pentecostés. Luego, en cuanto es el Amor recibido por el Hijo y dado por el Padre, el Espíritu es también el vínculo del amor eterno, la unidad y la paz del Amante y del Amado. En el Espíritu todos somos abrazados por el amor que une, libera y salva.

Como Amor, Dios, por tanto, es Trinidad, eterno acontecimiento de amor, que une a los Tres que son Uno, el Padre, origen eterno del Amor, el Hijo, eterno advenimiento del Amor, y el Espíritu, acontecimiento del Amor eterno, Aquel en el que clamor divino, siempre igual a si mismo, es siempre nuevo, eternamente joven y a la vez inmutable en Su fidelidad. Esta eterna historia de amor ha sido narrada en el signo supremo del abandono de Jesús en la Cruz: la Cruz es la historia del eterno Amante, el Padre, que entrega a Su Hijo por nosotros; del eterno Amado, el Hijo, que se entrega a la muerte por amor nuestro; y del Espíritu Santo, el amor eterno que les une y les abre al don de ellos a nosotros, haciéndonos partícipes de la vida divina. Estos Tres son uno: no tres amores, sino uno único, eterno e infinito amor, el único Dios que es amor.

Se puede decir entonces que “ves la Trinidad, si ves el amor”(San Agustín); y ves el amor si miras la Cruz donde el Padre ofrece por nosotros al Hijo, mientras el Espíritu – que viene representado en el Evangelio en forma de paloma – está entre Ellos. La Cruz es la explicación de la Trinidad de Dios, la revelación del infinito amor: por eso, especialmente en la tradición occidental, la Trinidad ha sido representada por Dios Padre que sostiene entre sus brazos el leño de la Cruz, del que cuelga el Hijo abandonado, mientras la paloma del Espíritu une y separa el Amante y el Amado, el Abandonado y Aquel que le Abandona (ver la Trinidad de Masaccio, en Santa Maria Novella, en Florencia). El Oriente cristiano ha querido transmitir el mismo mensaje con la escena de los tres Ángeles que se aparecen a Abraham en el encinar de Mambré y que eran uno, escogido como figura de las tres Personas divinas que acogen a los hombres en el círculo de su amor en el banquete de la ida (como representa Andrei Rublev en el célebre icono de la Trinidad conservado en Moscú).

Intenta ahora a ponerte ante un Crucifijo o ante el icono en el que los tres Ángeles te llaman a entrar en el diálogo divino del amor: disponte a escuchar la declaración de amor de Dios. Busca unirte al Hijo amado, abandonado y resucitado a la vida por ti, y de sentir el amor del Padre que te arrulla y el Espíritu que te une a Jesús y en Él al Padre. Es una experiencia bellísima la de sentirse amado de Dios: entonces, rodeado por el amor de los Tres entenderás que Dios Amor no es una palabra vacía, una historia lejana, sino la narración del eterno Amor, que ha venido a manifestarse en el tiempo para que cada uno de nosotros, escuchándolo y creyendo en el amor de los tres, se deje alcanzar y transformar por esta eterna historia de amor… ¿Quieres probarlo también tu? Pidelo a Dios así:

Dios tres veces Santo, Trinidad divina,

ayúdame a confesar con los labios y el corazón

la infinita belleza de Tu amor:

de Ti Padre, eterno Amante

de quien proviene todo don perfecto,

de Ti Hijo, eterno Amado

que todo o recibes y todo l das,

de Ti Espíritu Santo,

Amor recibido y donado,

vínculo de la caridad eterna

y éxtasis del eterno don.

En Ti, Trinidad Santa, quisiera esconderme,

para ser amado en el Amado

y aprender a amar

a quien en la humilde fidelidad del tiempo

y por siempre en el día del amor

que no mere. ¡Amen! ¡Aleluya!

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