Conocimiento de Dios mediante la inteligencia

Conocimiento de Dios mediante la inteligencia 

Vamos, pues, a conocer a Dios por el entendimiento. Dice san Pablo, en el capítulo primero de la carta a los Romanos (1, 18-21), que «es inexcusa­ble que no conozcamos a Dios al ver las maravi­llas de la naturaleza». Y en el libro de la Sabiduría se dice más. Al principio del capítulo trece dice: «El que después de contemplar la naturaleza no cree en Dios es un necio. » ¡Un necio! Palabra de Dios, lo dice la Santa Biblia.

¿Por qué? Porque si tenemos entendimiento, al conocer la naturaleza, tenemos que caer en la cuenta de que hay un Dios. ¿Por qué? Porque la naturaleza me enseña que tiene que haber alguien que la haya hecho. La naturaleza es tan maravillo­sa, la naturaleza tiene unas leyes tan complicadas, la naturaleza hace unas cosas tan fenomenales, que no tenemos más remedio que pensar en el ta­lento del que ha hecho la naturaleza.

Un catedrático de Madrid, el doctor Meléndez, decía en un artículo: «Quien estudiando la natu­raleza desconoce a Dios, Autor de la naturaleza, es lo mismo que el que examina y observa una máquina automática e ignora al ingeniero que la ha proyectado. »

Visitando una empresa, me enseñaron un tor­no automático de seis cuchillas que hacían al mis­mo tiempo cada una una cosa distinta. El obrero solamente supervisaba el trabajo, que la máquina hacía de manera correcta. ¿Habrá algún necio que diga: ¡qué talento tiene esta máquina!, ¡qué máquina tan inteligente!?

No. La máquina no tiene inteligencia. La má­quina es de hierro, y el hierro no tiene inteligenciles, pero no piensa. El talento es del ingeniero. De la misma manera, examinamos la naturale­za y vemos que hace cosas excelentes, pero la na­turaleza no tiene talento. Es materia, y el talento es de orden espiritual. El talento lo tiene el que ha hecho la naturaleza.

Cuando estudiamos la naturaleza y vemos, por ejemplo, las leyes matemáticas que rigen el cosmos, nos quedamos admirados. Por eso decía James Jeans, astrónomo norteamericano contemporáneo: «El cosmos es obra de un Gran Matemático.» Por eso dice la Biblia: «Los cielos cantan la gloria de Dios», porque cuando estudiamos el cosmos y cae­mos en la cuenta de la técnica matemática que rige el movimiento de las estrellas no tenemos más re­medio que reconocer la inteligencia del Autor del cosmos. El movimiento de las estrellas fue formula­do matemáticamente por Newton y Kepler, pero ellos no hicieron las leyes del movimiento de las es­trellas. El hombre no hace las leyes de la naturaleza, las encuentra en ella. Entonces tenemos que pensar en ese matemático que ha puesto las leyes matemá­ticas en la naturaleza. Ése es Dios.

Lo mismo podríamos decir de las leyes quími­cas. Oparin, un soviético, explicaba en un libro cómo pudo ser químicamente el origen de la vida. Y pudo ser así, es una hipótesis. Él opina que una combinación de metano, amoníaco y vapor de agua, con unas descargas eléctricas formaron los primeros aminoácidos, los primeros ácidos nu­cleicos, que son la base de la vida. El libro se llama El origen de la vida. Está lleno de fórmulas químicas y de leyes químicas. Muy bien, señor bió­logo, usted me explica cómo ha comenzado la vida en el mundo. Bien. Pero esas leyes químicas ¿no suponen una inteligencia? Pues a ese Ser inte­ligente que ha hecho las leyes químicas que han dado origen a los ácidos nucleicos, a los aminoá­cidos, a las proteínas y a la evolución de la vida, a esa inteligencia que ha puesto esas leyes en la na­turaleza, a Éste le llamo Dios.

Pensemos en la función clorofílica de las plan­tas. La hoja verde es una fábrica de oxígeno, un laboratorio de química. Transforma el anhídrido carbónico que expulsamos al respirar en oxígeno con la luz del sol. Gracias a la función clorofílica de las plantas no se agota el oxígeno de la atmós­fera que gastamos al respirar. La función clorofí­lica de las plantas se realiza de acuerdo con unas leyes.

Mediante el estudio de las leyes químicas que hay en la naturaleza, yo descubro a Dios, veo a Dios detrás de esas leyes.

De igual manera ocurre con las leyes biológi­cas; por ejemplo, la maravilla de la gestación de una criatura. ¿Acaso no es maravilloso que de la unión de un espermatozoide microscópico mas­culino y de un óvulo microscópico femenino a los nueve meses nazca un niño que se parece a su ma­dre o que tiene el genio de su padre? Decía la ma­dre de los Macabeos, cuando iban a martirizar a sus hijos: «Hijos míos, sed fieles a Dios, que a Él le debéis la vida. Que yo os he formado en mis en­trañas y no sé cómo os he formado; y no sé cómo os he hecho; ha sido Dios quien os ha formado en mis entrañas. »

El médico, el ginecólogo, estudia el desarrollo de un feto y sabe cuándo el embarazo va bien y cuándo va mal. Hay unas leyes que lo rigen, pero los hijos nacían así muchísimos años antes de que los médicos supieran cómo se desarrollaba el em barazo. Ha habido alguien que ha hecho unas le­yes que rigen el desarrollo de una vida en el seno de su madre.

Si un día naufrago en alta mar y, agarrado a un madero, llego a una isla desierta, y allí me en­cuentro una cabaña, aunque yo no vea a nadie, a ningún hombre, ninguna huella de hombre, si me encuentro una cabaña sé que es obra de un hom­bre. Si yo en esa isla me encuentro unas estacas clavadas en el suelo, unos palos en forma de techo y una puerta giratoria, aunque no vea a ningún hombre, yo sé que esa cabaña es obra de la inteli­gencia de un hombre. Sé que esa cabaña no se ha formado al amontonarse los palos caídos de un árbol. Porque los palos caídos de un árbol no for­man una cabaña sino un montón de leña. No ves al hombre, pero lo reconoces al ver la obra del hombre.

A Dios no se le ve con los ojos, pero lo recono­cemos con nuestra inteligencia, porque al ver las maravillas de la naturaleza caemos en la cuenta de la inteligencia de ese que ha hecho el universo, de ese que ha hecho la naturaleza; y a Ése le lla­mamos Dios.

¿Cómo es que hay hombres de ciencia ateos?

 Si esto es así, ¿cómo es posible que haya hombres de ciencia ateos? Habrá hombres de ciencia ateos, pero su ateísmo hay que buscarlo por otros cami­nos,.no por razones científicas; porque no hay nin­gún argumento científico que demuestre que no hay Dios; en cambio hay muchas razones científi­cas que apoyan la fe del creyente.

Entonces ¿por qué hay hombres ateos? Vamos a analizar un poco por qué hay hombres ateos, hombres que no creen. ¿Cuáles son los caminos que llevan al ateísmo?

Analicemos las distintas clases de ateos. Primero: hay hombres que son ateos por ig­norancia, porque no saben religión. ¡Pero si es una eminencia en matemáticas, o en química! ¡De acuerdo! Es una eminencia en un ramo de la ciencia, pero de religión sabe muy poco. Sabrá mucha química, mucha biología y mucha medici­na, pero si no sabe religión, ¿cómo le va a con­vencer lo que ignora? Si no estudia religión, no sabe religión. Y entonces ¿por qué no es católico? ¿Por qué vive de espaldas a la religión? Porque no sabe de religión. No le puede convencer lo que no conoce. Muchos hombres de ciencia son ateos porque son ignorantes en el terreno religioso. Segundo: otros tienen una formación religio­sa infantil. Saben de religión lo que estudiaron cuando niños, y no han vuelto a estudiar. Y ahora que se han hecho mayores y han aumentado su cultura general, sólo conservan las nociones de religión que aprendieron de niños. ¿Cómo van a resolver sus problemas de hombre con soluciones de niño? Y entonces la religión no los convence. Un adulto necesita otros enfoques, otra argumen­tación. Es como el traje de primera comunión, se le ha quedado pequeño. Cuando hizo la primera comunión le quedaba bien, pero no se lo puede poner ahora. La formación religiosa recibida de niño, para niño iba muy bien; pero ahora, de hombre, tienes que saber religión a lo hombre, no a lo niño. Por eso, el que se ha quedado con una formación religiosa infantil se llena de proble­mas, de dudas y de dificultades.

Otros dicen: «Yo es que no acepto dogmas; y la Iglesia es dogmática.

Es verdad. La Iglesia nos impone dogmas. Te­nemos que aceptar sus verdades. Pero no somos libres para pensar lo que queramos. Tenemos obligación de pensar la verdad. Si pensamos la mentira, estamos equivocados. Nadie es libre de pensar lo que quiera. Y en todas partes hay verda­des dogmáticas, verdades indiscutibles, verdades obligatorias. Todos los médicos del mundo tienen obligación de decir que el órgano de la visión es el ojo. Ningún médico es libre de decir que el órga­no de la visión es la nariz. Todos tienen que decir que vemos con los ojos.

Todos los químicos del mundo tienen que de­cir que la fórmula del agua es H 2 O. Ningún quí­mico es libre de decir que la fórmula del agua es CINa. Ésta es la fórmula de la sal común, no del agua. Todos los químicos del mundo están obliga­dos a decir que el agua es H2O y no son libres de decir lo contrario.

Todos los matemáticos del mundo e stán obli­gados a decir que TT es 3,1416, y ningún matemá­tico del mundo es libre de decir que TT es 8,2452. No, porque si TT es la relación de la circunferencia al diámetro, que es una constante, y en el sistema decimal es 3,141592… Todos los matemáticos lo aceptan y ninguno es libre de decir lo contrario.

En matemáticas, en física, en química, en me­dicina, y en religión, en todos los campos del sa­ber, hay verdades indiscutibles.

La moral católica y las dudas contra la fe

 «Pero es que la moral católica es represiva. No me deja hacer lo que me apetece. »

La moral católica no es represiva, sino que ayuda al hombre a que se realice como hombre, y no se deje llevar por el instinto animal. La moral católica no quita la libertad al hombre, sino que le ayuda a que la use bien. Es como las vías del tren. Le obligan a ir por un camino, pero no le impiden avanzar. Le ayudan a llegar, le impiden que se despeñe. Le ayudan al bien, le defienden del mal. La moral católica quita libertad para lo malo, no para lo bueno. Señala el camino para que el hom­bre se realice y cumpla su misión en la vida. Le impide que viva como un animal, como una fiera. Le ayuda a ser persona humana y a convivir con sus semejantes.

Dios quiere el bien del hombre. Si todos los hombres cumplieran los mandamientos, la vida sería un pedazo de cielo. Nadie haría daño a nadie, y todos nos comportaríamos con los demás como nos gustaría que los demás se portasen con nosotros.

Cuando Cristo dice que el reino de los cielos es una perla preciosa que merece dejarlo todo por conseguirla, no nos engaña.

Otros no creen porque tienen dificultades. Tie­nen dudas. Tienen oscuridades. Tienen proble­mas. Tienen incógnitas. Bien. Todos podemos tener dudas y dificultades. Consiste en estudiarlas, en aclararlas. Pero tener dificultades no significa que la religión no sea verdad. Significa que nues­tro entendimiento es limitado. Lo mismo que po­demos tener dudas en electrónica, medicina o as­tronomía. Un físico advierte oscuridades sobre algunos puntos de la física, como los agujeros ne­gros del cosmos; pero no por eso reniega de la fí­sica. Un médico tiene problemas insolubles en medicina, como el cáncer, pero no por eso renie­ga de la medicina. Un hombre puede tener dudas de fe y ser creyente, porque la religión es verdad a pesar de las dudas. Se puede conocer la realidad de un hecho aunque haya oscuridades sobre su fenomenología. La televisión es un hecho aunque alguien no entienda cómo una antena recoge la transmisión en el tejado de su casa.

El ateo podrá tener sus dudas, problemas, os­curidades, pero nunca un ateo puede estar tan se­guro de que no hay Dios como lo está un creyente de que lo hay. El ateo será ateo porque tiene du­das, problemas, pero convencido de que no hay Dios no puede estarlo. No tiene argumentos. En cambio, nosotros podemos estar convencidos de que hay Dios. Después lo veremos.

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