Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

Creación y evolución

A PROPÓSITO DEL MENSAJE DEL SANTO PADRE A LA PONTIFICIA ACADEMIA DE LAS CIENCIAS (22-X-96)

A raíz del mensaje del Papa a la Pontificia Academia de las Ciencias, se ha reavivado el debate en torno a la teoría de la evolución, con el telón de fondo de un tema más general: la relación entre la ciencia y la fe. Si bien la recepción del mensaje ha sido en general positiva, no han faltado las críticas.
Por una parte se ha recurrido al lugar común del supuesto oscurantismo de la Iglesia y su reticencia y lentitud frente a los progresos en el campo de las teorías científicas. En esta línea, algunos autores han querido establecer una analogía entre el "caso Galileo" y la actitud de desconfianza o de rechazo de la Iglesia de cara a la teoría de la evolución.

Por otra parte, no han faltado voces que han sostenido que el Papa ha ido demasiado lejos en sus concesiones a una doctrina que iría en contra tanto de la Revelación como de los dogmas de la Iglesia.

Frente a ambos extremos, puede constatarse la posición de equilibrio, de amor a la verdad, de fidelidad a la doctrina cristiana y de sensibilidad pastoral de Juan Pablo II.

Por lo demás, este pronunciamiento del Santo Padre se encuentra en la línea de lo que él mismo, en otra ocasión, pedía a los teólogos de la Iglesia, invitándoles a un sano diálogo con la ciencia contemporánea, para enriquecerse de sus aportaciones válidas .

Nos proponemos, en el presente estudio, presentar la situación de la teoría – o mejor, como puntualizará el mismo Papa, las teorías – de la evolución, a la luz del mensaje de Juan Pablo II a la Pontificia Academia de las Ciencias, desde dos perspectivas: la posición del Magisterio de la Iglesia al respecto, y la situación actual de dichas teorías, sobre todo desde el punto de vista epistemológico.

Estado de la cuestión. Debate entre creacionistas y evolucionistas.

De cara a la teoría de la evolución, encontramos dos corrientes diametralmente opuestas:

a) Por una parte se encuentran los así llamados creacionistas. Se trata de una posición de tipo fundamentalista, que excluye de plano la teoría de la evolución, por interpretar la Biblia de modo literal, y por considerar que tal teoría es fruto de una ideología materialista y atea, o al menos agnóstica y cientificista. Este grupo se atrinchera en una posición fideísta, en contraposición al racionalismo que predomina en la ciencia moderna. Se trata de un “movimiento” de carácter militante, y aunque es más bien minoritario, se hace sentir por su actitud proselitista. Se da no sólo en el ámbito protestante, sino también en algunos núcleos católicos de tipo integrista-tradicionalista.

b) Por otra parte, en el extremo opuesto, se encuentran los evolucionistas a ultranza. Su índole es racionalista, agnóstica, materialista, cientificista, e ilustrada. Esta corriente de pensamiento es por ahora la predominante a nivel científico e incluso a nivel de opinión pública, gracias al apoyo de la mayor parte de los medios de comunicación social. En algunos casos tiene también un carácter proselitista, como puede observarse en algunas de sus publicaciones o en ciertas páginas de internet.

Análisis del mensaje del Papa a la Pontificia Academia de las Ciencias

Como punto de partida de nuestro estudio, vamos a analizar someramente el mensaje del Santo Padre. Éste nos ofrecerá una guía segura para orientar oportunamente nuestras reflexiones y llegar a buen puerto.

El Santo Padre aprovecha el tema tratado en la semana de estudio de la Pontificia Academia de las Ciencias para hablar sobre este argumento. No es la primera vez que lo hace (ya lo había hecho, por ejemplo, el 26 de abril de 1985, en un discurso en el Simposio científico internacional sobre Fe cristiana y teoría de la evolución , refiriéndose, a su vez, a lo que el Papa Pío XII había dicho al respecto en la encíclica Humani Generis; también había tratado el tema en alguna audiencia general, como por ejemplo en la del 29 de enero de 1986 , y en la del 16 de abril de ese mismo año ).

La evolución da una respuesta científica al problema de la naturaleza y del origen del hombre.

En primer lugar, el Papa explica por qué este tema interesa a la Iglesia. La evolución da una respuesta científica al problema de la naturaleza y del origen del hombre. Por otra parte, la Revelación contiene también enseñanzas al respecto, pues ésta nos dice que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

Problema y vía de solución

A primera vista parece que existen conflictos entre lo que dicen los científicos y el mensaje de la Revelación. ¿Cómo podemos resolverlos?
Sabemos que la verdad no puede contradecir a la verdad . El progreso de la ciencia hace surgir nuevas cuestiones. Por eso la Iglesia está interesada en conocer tales progresos, para esclarecer sus consecuencias de tipo ético y religioso, lo cual es conforme a su misión específica.

El Papa hace notar que precedentemente el Magisterio ya se había definido sobre el tema de la evolución "en el ámbito de la propia competencia", es decir: en el ámbito religioso. En efecto: ya Pío XII, en la encíclica Humani Generis, declaró que, en línea de principio, no hay oposición entre la teoría de la evolución y la doctrina de la fe sobre el hombre, si se respetan ciertas condiciones.

El mismo Juan Pablo II, en un discurso precedente a la Pontificia Academia de las Ciencias, a propósito del "caso Galileo" , había puntualizado que, para interpretar correctamente la palabra inspirada, hace falta servirse de una hermenéutica rigurosa. Es necesario definir bien el sentido propio de la Escritura, para no hacerla decir lo que no pretende (como sucede, por ejemplo, en el caso de las lecturas de tipo fundamentalista ). Por otra parte, para delimitar bien los campos respectivos de la ciencia y la teología, es necesario que los teólogos conozcan los resultados de las ciencias de la naturaleza.

Aplicación al caso del evolucionismo

A partir de los conocimientos científicos de la época de Pío XII, y de las exigencias de la teología, en la encíclica Humani Generis se consideraba la doctrina del evolucionismo como una hipótesis seria, tan digna de una investigación y de una reflexión profunda como lo era la hipótesis opuesta. Sin embargo, habría que respetar dos premisas metodológicas muy significativas e importantes:

Primero, que no se adoptara el evolucionismo como si se tratara de una doctrina cierta y demostrada (y esto en contraste con lo que ciertos autores han pretendido, incluso en el ámbito católico).

Segundo, que no se afrontara esta cuestión como si se pudiera prescindir de la revelación respecto a las cuestiones que la doctrina de la evolución pudiera suscitar.

Ahora, continúa Juan Pablo II, nos encontramos con una nueva situación, pues nuevos conocimientos científicos conducen a no seguir considerando la teoría de la evolución como una simple hipótesis (el texto original francés dice: "de nouvelles connaissances conduisent à reconnaitre dans la théorie de l’évolution plus qu’une hypothèse”). Es decir, más que de una mera hipótesis, se puede hablar ahora de la evolución como de una teoría. ¿Por qué? En primer lugar porque tenemos que tomar en consideración los nuevos descubrimientos científicos; en segundo lugar por la convergencia de resultados de diversas investigaciones llevadas a cabo independientemente unas de otras.

Valoración de la teoría de la evolución

Se trata aquí de una cuestión de tipo epistemológico, pues la teoría se propone ir más allá de los datos observados, si bien se encuentra en relación con éstos, y permite relacionar e interpretar a la vez una serie de datos y hechos independientes entre sí por medio de una explicación global. Para que una teoría científica sea válida, debe ser verificable. Si ésta no corresponde a los datos que pretende explicar, entonces no es válida; debe replantearse.

Por otra parte, en una teoría como la de la evolución, hay que tener en cuenta ciertos presupuestos de tipo filosófico, metafísico. De hecho no existe una única teoría de la evolución, sino varias, no sólo en lo que se refiere a los mecanismos de la evolución, sino también en lo que respecta a los contextos filosóficos en los que se encuentran (materialista, espiritualista), los cuales también deben ser considerados, tanto en sede filosófica como teológica (no hay que olvidar que no existe una ciencia "químicamente pura").

De hecho, como se dijo al inicio del mensaje, la cuestión de la evolución es de interés para la Iglesia, pues está en juego la concepción del hombre, y de modo particular su dignidad como persona. El hombre es semejante a Dios por su inteligencia y voluntad libre, que lo hacen capaz de entrar en comunión con Dios y con los demás hombres. La dignidad del hombre (de todo él, también de su cuerpo) deriva de su alma espiritual, la cual no puede surgir por emanación de la materia, sino que es creada inmediatamente por Dios.

En consecuencia, las teorías de la evolución que, en base a sus presupuestos filosóficos, consideran el espíritu como algo que emerge de la materia, o como un simple epifenómeno de la materia , son incompatibles no sólo con la religión, sino aún antes con la verdad del hombre, y no son capaces de fundar su dignidad

Finalmente hay que agregar que existe una diferencia ontológica entre el hombre y todos los demás seres vivos. En efecto, entre lo simplemente animal y el hombre se da un "salto ontológico", una "discontinuidad ontológica", si bien, afirma el Papa, ésta de por sí no se opone a una posible continuidad física respecto al origen del cuerpo humano.

La infusión del alma por parte de Dios en un cuerpo apto para recibirlo no puede ser objeto de la ciencia, pues no se trata de un fenómeno empírico, observable. Sin embargo, se podría tener una cierta experiencia empírica de este hecho de modo indirecto, a través de ciertas pistas y manifestaciones que pondrían en evidencia que nos encontramos ante seres dotados de un alma espiritual; pero estas manifestaciones son más bien objeto de la filosofía y de la teología. Tales serían, por ejemplo, los fenómenos que hicieran referencia a una experiencia de un saber metafísico, de la conciencia de sí, de la conciencia moral, de la libertad, de la experiencia estética y religiosa.

Algunas consideraciones en torno a la teoría de la evolución en general, a la luz del mensaje del Papa.

Es de admirar la posición prudente y a la vez abierta del Magisterio de la Iglesia, que evita tanto la adhesión ciega como la oposición indiscriminada a las nuevas teorías científicas.
En efecto, hay que tener en cuenta que, si bien la evolución puede ser considerada como una hipótesis seria, e incluso "más que una hipótesis", sin embargo no puede ser tomada sin más como "un hecho", como algunos pretenden. Se trata, más bien, de una teoría científica, la cual trata de interpretar y de relacionar una serie de hechos científicos. Sólo contamos con indicios que parecen apuntar hacia esa dirección, pero no tenemos evidencia experimental de su realidad.

Por otra parte, hay que reconocer con honestidad intelectual que la teoría de la evolución se enfrenta con serios problemas, tanto de índole científica (por ejemplo el hecho de la estabilidad de las especies, la lentitud o la aceleración en la aparición de nuevas especies, etc.), como de índole filosófica (hay que esclarecer cómo se compagina la teoría de la evolución con el principio de causalidad, la regularidad de la naturaleza, la pasividad de la materia, la discontinuidad entre lo inerte y lo viviente, o entre lo material y lo espiritual,...).

Asimismo, hay que tener en cuenta la variedad de teorías evolucionístas (el transformismo de Lamarck, por adaptación al ambiente; el darwinismo, que habla de “evolución de las especies” en virtud de las mutaciones casuales y la selección natural; la así llamada teoría sintética o neodarwinismo, que a la selección natural añade la teoría genética; la teoría del equilibrio puntuado de S.J. Gould, etc.). También hay que tener en cuenta los diversos contextos filosóficos en los que la teoría de la evolución se sitúa (materialismo: concepción "espontánea", ciega, del mecanismo evolutivo, cf. Ch. Darwin, S.J. Gould, R. Dawkins; finalismo-espiritualismo, que admite una causalidad, un orden, un “telos", e incluso la intervención directa de Dios en algunos pasos).

Finalmente hay que reconocer los argumentos que parecen ponerse a favor de la teoría de la evolución: en la biología, se puede constatar la afinidad que existe entre especies de un mismo género biológico ("árbol taxonómico"); en la paleontología, con el estudio de los fósiles; en la geología, con el desarrollo de la estratigrafía y el estudio de las “eras geológicas”; en la ecología, con la relación entre vida y medio ambiente (vgr. los ecosistemas y la biodiversidad geográfica); en la genética, con la transmisión de los caracteres hereditarios a través de los genes; en la embriología, con la ontogénesis según diversos estadios, que parecen reproducir el proceso evolutivo; en la anatomía comparada, etc. La teoría de la evolución ha impulsado a los científicos a investigar y profundizar en todos estos ámbitos. Al mismo tiempo, empero, hay que tener en cuenta los puntos débiles de la teoría de la evolución: faltan muchos "eslabones" en la cadena evolutiva, prácticamente se desconocen los verdaderos "mecanismos" de la evolución; la selección natural se muestra insuficiente para explicar el proceso evolutivo, lo mismo que el recurso a la casualidad.

Todas estas consideraciones nos invitan a seguir el ejemplo de prudencia y de equilibrio que nos ofrece el Santo Padre, evitando el doble peligro que nos acecha: por una parte el de un juicio precipitado, por otra, el de una postura indecisa, concordista o ambigua . Esta posición prudente nos librará de incurrir en un nuevo “caso Galileo”, cuyas perniciosas consecuencias podemos imaginar fácilmente.

Conclusión

Creemos justificado afirmar que la cuestión del evolucionismo, desde el punto de vista de la explicación natural, sigue abierta, que conviene no confundir los diversos planos que están implicados en la misma (el científico, el filosófico y el religioso), y que no hay por qué temer el auténtico progreso de la ciencia, pues en definitiva “la verdad no puede contradecir a la verdad”.

Texto publicado en L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 25-X-96, p. 5 (553). El texto oficial se encuentra en AAS 89 (1997), pp. 186 ss.

Cf. JUAN PABLO II, Carta dirigida al P. Coyne, director de la Specola Vaticana con ocasión del tercer centenario de la publicación del libro Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton, el 1 de junio de 1988; cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 12-II-89, pp. 19-21 (127-129).
“En cuanto al aspecto puramente naturalista de la cuestión, ya mi inolvidable predecesor, el Papa Pío XII, en la Encíclica Humani Generis, llamaba la antención en 1950 sobre el hecho de que el debate referente al modelo explicativo de evolución no es obstaculizado por la fe si la discusión se mantiene en el contexto del método naturalista y de sus posibilidades [sigue la cita de la Humani Generis, que ofrecemos en la nota sucesiva]. Según estas consideraciones de mi predecesor, una fe rectamente entendida sobre la creación y una enseñanza rectamente concebida de la evolución no crean obstáculos: en efecto, la evolución presupone la creación; la creación se encuadra en la luz de la evolución como un hecho que se prolonga en el tiempo – como una creatio continua – en la que Dios se hace visible a los ojos del creyente como ‘Creador del cielo y de la tierra’” (Cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 7-VII-85, p. 4 (400)).

Dada la importancia de este texto, al cual se referirá Juan Pablo II en casi todas las ocasiones en que trata el tema de la evolución, lo reproducimos a continuación: “El Magisterio de la Iglesia no prohíbe que, según el estado actual de las ciencias y de la sagrada teología, se trate en las investigaciones y disputas de los entendidos en uno y otro campo, de la doctrina del ‘evolucionismo’, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva y preexistente –pues las almas nos manda la fe católica sostener que son creadas inmediatamente por Dios” (PÍO XII, Humani Generis, 1950, DS 3896; cf. E. DENZINGER, El magisterio de la Iglesia, Herder, Barcelona 1963, nº 2327).

Al comentar los primeros versículos del libro del Génesis, el Papa afirma: “Este texto tiene un alcance sobre todo religioso y teológico. No se pueden buscar en él elementos significativos desde el punto de vista de las ciencias naturales. Las investigaciones sobre el origen y el desarrollo de cada una de las especies ‘in natura’ no encuentran en esta descripción norma alguna ‘vinculante’, ni aportaciones positivas de interés sustancial. Más aún, no contrasta con la verdad acerca de la creación del mundo visible – tal como se presenta en el libro del Génesis – , en línea de principio, la teoría de la evolución natural, siempre que se la entienda de modo que no excluya la causalidad divina” (cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 2-II-86, p. 3 (51); la cursiva aparece en el texto de L’Osservatore Romano).

El Santo Padre, tras citar de nuevo el texto de la encíclica Humani Generis (cf. supra, nota 4), concluye: “Por tanto se puede decir que, desde el punto de vista de la doctrina de la fe, no se ve dificultad en explicar el origen del hombre, en cuanto cuerpo, mediante la hipótesis del evolucionismo. Sin embargo hay que añadir que la hipótesis propone sólo una probabilidad, no una certeza científica” (L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 20-IV-86, p.3 (231); la cursiva aparece en el texto de L’Osservatore Romano).
Cf. LEÓN XIII, encíclica Providentissimus Deus: “(...) porque, no pudiendo en manera alguna la verdad oponerse a la verdad, necesariamente ha de estar equivocada o la interpretación que se da a las palabras sagradas o la parte contraria” (cf. LEONIS XIII Pont. Max. Acta, vol. XIII, 1894, p. 361). En esta misma encíclica, León XIII afirma lo siguiente: “Al maestro de la Sagrada Escritura le prestará también buen servicio el conocimiento de las cosas naturales, con el que más fácilmente descubrirá y refutará las objeciones dirigidas en este terreno contra los libros divinos. A la verdad, ningún verdadero desacuerdo puede darse entre el teólogo y el físico, con tal de que uno y otro se mantengan en su propio terreno, procurando cautamente seguir el aviso de San Agustín de ‘no afirmar nada temerariamente ni dar lo desconocido por conocido’ (cf. S. AUG., De Gen. ad litt. c.9, 30 [PL 34, 233])” (ibid.; cf. E. DENZINGER, El magisterio de la Iglesia, Herder, Barcelona 1963, nº 1947). Se trata de un principio fundamental para este tipo de cuestiones, que cuenta con una larga tradición (se podría remontar a la condena de la teoría averroísta de la doble verdad), y que ha sido invocado con cierta frecuencia en el Magisterio reciente, como lo muestran los siguientes textos: "A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber desacuerdo entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios y comunica la fe ha hecho descender en el espíritu humano la luz de la razón, Dios no podría negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero" (Conc. Vat. I: Dei Filius, DS 3017); "(...) la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios" (Conc. Vat. II: GS 36); cf. también Catecismo de la Iglesia católica, nº 159, (cita el texto de la Dei Filius y de GS), y JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias del 10-XI-79, cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 2-XII-79, pp.9-10 (621-622).

Cf. JUAN PABLO II, discurso a la Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias, 31 de octubre de 1992, L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 13-XI-92, pp.6-8 (634-636).

Cf. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1993, pp.63-66: "F. Lectura fundamentalista".
Tal es el caso de P. Teilhard de Chardin, quien afirmaba que "la evolución ha dejado de ser desde hace mucho tiempo una ´hipótesis´ para convertirse en una condición general del conocimiento (una dimensión nueva) a la que deben satisfacer todas las hipótesis" (L´apparizione dell´uomo, Il Saggiatore, 1979, p. 258; las traducciones del italiano son nuestras); "¿Una teoría, un sistema, una hipótesis la evolución...? Absolutamente no, sino mucho más que eso: una condición general a la que deben conformarse y satisfacer ya todas las teorías, hipótesis, sistemas, si quieren ser pensados y verdaderos" (Il fenomeno umano, p. 204).
Aquí el Papa parece aludir de nuevo, entre otros, a Teilhard de Chardin, quien afirma: "el espíritu no es ya independiente de la materia, ni opuesto a ella, sino que emerge fatigosamente de ella bajo la atracción de Dios, por síntesis y centración [!]" (L´avvenire dell´uomo, Il Saggiatore, 1972, p. 149); "la materia matriz del espíritu; el espíritu, estado superior de la materia" (Il cuore della materia, Queriniana, 1993, p. 27); "el espíritu emerge experimentalmente en el mundo sólo a partir de una materia cada vez más sintetizada" (La mia fede, Queriniana, 1993, p. 161).
“En virtud de su misión propia, la Iglesia tiene el deber de estar atenta a las incidencias pastorales de su palabra. Conviene aclarar, ante todo, que esta palabra debe corresponder a la verdad. Pero se trata de saber cómo tomar en consideración un dato científico nuevo, cuando parece contradecir alguna verdad de fe. [...] Digamos, de manera general, que el pastor debe mostrarse dispuesto a una auténtica audacia, evitando un doble escollo: el de la actitud de timidez, y el de un juicio apresurado, pues ambos pueden hacer mucho mal” (JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias del 31-X-92; cf. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 13-XI-92, p. 7 (635)).

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