Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento (*)

Dios ha entrado en nuestro mundo y ha cambiado el rumbo de la historia. Conocemos realmente a Dios a través de la Biblia. Allí se relata la historia de Dios con los hombres y se describen las grandes obras del Señor, que guía a su pueblo.

Por Jutta Burggraf
Arvo Net, 2 de mayo 2006

LAS ETAPAS DE LA REVELACIÓN

Al confesar a Dios, los cristianos no miramos sólo a la armonía del cosmos, ni tampoco nos referimos a mitos de tiempos primitivos. No hablamos sólo del Dios que se experimenta en la intimidad del corazón humano, o del Dios de los filósofos. Nos referimos al Dios vivo de la historia, al Dios de los patriarcas,[1] al Dios de Israel,[2] y sobre todo al Dios que es “Padre de nuestro Señor Jesucristo”.[3] Miramos, en definitiva, a una Persona, a Jesucristo y partimos de acontecimientos concretos: Dios ha entrado en nuestro mundo y ha cambiado el rumbo de la historia. Los esclavos son liberados, los enfermos son curados, los pobres son iluminados por la verdad, y las mujeres son valoradas como personas humanas iguales a los varones.

Conocemos realmente a Dios a través de la Biblia. Allí se relata la historia de Dios con los hombres y se describen las grandes obras del Señor, que guía a su pueblo.[4]

I. EL DIOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Dios se revela desde el origen del mundo por medio de la creación y, especialmente a través de la conciencia moral del hombre y de su orientación en la historia. Existe, pues, una historia universal de la revelación divina.[5]

1. La Revelación primitiva

Además, Dios se dio a conocer a nuestros primeros padres de un modo claro y explícito, según destaca el Concilio Vaticano II: “Queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, (Dios) se manifestó... personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio.”[6] Los revistió de gracia y justicia, y los invitó a vivir en una íntima comunión con Él.[7]

Después de la caída, Dios hizo a Adán y a Eva una promesa de redención. Alentó en ellos la esperanza de la salvación y tuvo incesante cuidado con todo el género humano, “para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras.”[8]

Al pasar los tiempos, los hombres no han podido olvidar esta primera Revelación, como una persona no puede olvidar las fuertes impresiones de su juventud.[9] La encontramos, aunque desfigurada y en parte corrompida de múltiples formas, disfrazada y escondida, en muchas representaciones y creencias religiosas. En todas las religiones se mezclan elementos de los misterios divinos revelados a los hombres al principio del mundo.

Rota la unidad del género humano por el pecado, Dios decide salvar a la humanidad, y lo hace a través de una serie de etapas. La Revelación primitiva es continuada en la alianza con Noé después del diluvio.[10] Pues Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.”[11] Noé puede considerarse como el representante de todos aquellos hombres que no conocen al Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento, agrupados “según sus países, cada uno según su lengua, y según sus clanes.”[12] Dios ofrece su ayuda eficaz a todos ellos. Pero, a causa del pecado,[13] el politeísmo y la idolatría suponen una amenaza constante para los hombres.

La Biblia se refiere, en diversos pasajes, a personas honradas y extraordinarias que son testigos del Dios vivo: “Abel el justo”, el mismo Noé, el rey-sacerdote Melquisedec[14] y otros.[15] De esta manera, la Escritura expresa qué cercanía de Dios pueden alcanzar también los que no forman parte visible del “pueblo elegido”.

En los escritos tardíos del Antiguo Testamento se encuentran múltiples y extensas consideraciones sobre la posibilidad de conocer a Dios a través de la creación y sobre la insensatez de rechazarlo. “Vanos son por naturaleza todos los hombres en quienes hay desconocimiento de Dios, y que a partir de las cosas visibles son incapaces de ver al que es, ni por consideración de las obras vieron al artífice.”[16]

Pero Dios no quiso revelarse a los humanos solamente de modo individual, sino al hombre como ser social e histórico. Quiso formar un pueblo y hacer de éste la luz de todas las naciones.[17] De esta manera, además de la historia universal de Dios con los hombres, hay también una historia especial de la Revelación divina. En tiempos y lugares concretos, Dios se ha dado a conocer de un modo nuevo y sobrenatural a determinadas personas, a las que ha conferido la misión de anunciar su palabra públicamente a los demás hombres.

La historia especial de Dios con los hombres comienza con la vida de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob.

2. La elección de Abraham

Para reunir a la humanidad dispersa, Dios elige a Abram, le llama “fuera de su tierra, de su patria y de su casa”,[18] para hacer de él “Abraham”, es decir, “el padre de una multitud de naciones”.[19] En él “serán benditas todas las naciones de la tierra.”[20]

En la historia de los patriarcas, Dios se manifiesta como un Dios que hace una elección inmerecida, un Dios que muestra el camino y que guía en un país extranjero. Promete la posesión de una tierra maravillosa y numerosa descendencia; pero todavía faltan unas normas legales y de culto. En repetidas ocasiones, la historia de esta promesa corre el peligro de perderse en una maleza de comportamientos humanos poco edificantes; pero Dios sigue guiándola a través de toda la confusión humana. Acompaña al hombre en su camino y le hace sentirse seguro en su proximidad confiada y amigable. A veces, sin embargo, se oculta a los ojos humanos.

El pueblo nacido de Abraham será el depositario de la promesa hecha a los patriarcas, el pueblo de la elección.[21] Está llamado a preparar la venida del Salvador y la reunión un día de todos los hijos de Dios en la Iglesia.[22] Será la raíz en la que serán injertados los paganos hechos creyentes.[23]

Todo esto significa que la vida de los patriarcas es, antes que nada, la protohistoria de la alianza con Israel. La narración de José, el penúltimo de los hijos de Jacob, es ya el paso a una nueva fase de la Revelación.

3. La formación del pueblo de Israel

Con Moisés comienza plenamente la historia de Dios con los hombres. Israel vivía entonces en un destierro sumamente duro en Egipto. Allí se revela Dios a Moisés: “Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob... He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.”[24]

Dios constituye a Israel como su pueblo liberándolo de la esclavitud. En la travesía del Mar Rojo y en la marcha por el desierto del Sinaí, en la llegada a la tierra prometida y en la construcción del reino de David, Israel experimenta una y otra vez que Dios está con él. Le lleva “sobre alas de águila”,[25] para establecer con él una alianza, y de entre todos los pueblos hacer de él su propiedad especial, que le pertenece “como un reino de sacerdotes y una nación santa”.[26]

Esta alianza no es un contrato entre socios que se encuentran al mismo nivel, con iguales derechos y deberes; al contrario, Dios la confirma gratuita y libremente. Obliga a Israel con unas indicaciones éticas y sociales, los diez mandamientos (que son el “estatuto de la alianza”);[27] a la vez promete al pueblo vida, tierra y futuro. El resumen más breve de esta alianza es: “Yo, vuestro Dios; vosotros, mi pueblo.”[28] El Dios de Israel, por tanto, no es un Dios que presida impasible la suerte de los hombres y el curso de la historia. Es un Dios vivo, que ve la miseria del hombre y escucha sus clamores. Es un Dios que tiene compasión con los que sufren, un Dios que libera y guía, un Dios que interviene en la historia y abre camino a una historia nueva. Es un Dios de esperanza.

La historia de la alianza transcurre de un modo extraordinariamente dramático. Con frecuencia, Israel cae en la miseria y la opresión, porque abandona al único Dios vivo y se olvida del precepto fundamental de su ley, para adorar a los ídolos de los pueblos vecinos. En esas situaciones, Dios hace surgir hombres y mujeres, para ayudar a su pueblo en las horas de necesidad. Pero sobre todo, Dios llama a los profetas como mensajeros, portavoces y pregoneros suyos: “Ve y di a ese pueblo...”[29] Los profetas reciben de Dios el encargo de hacer que el pueblo vuelva a la obediencia y a la justicia, y en la época difícil del exilio, deben darle ánimo y consolarle. Por eso, hablan del Dios que es Padre de Israel, su pastor y rey, de Dios como protector y liberador de los pobres y oprimidos. Al mismo tiempo, los profetas advierten el peligro de una confianza falsa. A causa de la injusticia y por la desobediencia del pueblo, la elección se transforma en juicio.[30] Por eso, el profeta Amós predica el “día de Yahveh” como día de juicio, “día de tinieblas y no de luz”.[31]

En las dos catástrofes, del 722 (caída del reino del Norte) y del 587 (caída del reino del Sur con la destrucción de Jerusalén y el exilio babilónico), la sentencia se convierte en realidad. Israel pierde su autonomía como pueblo. Vive en el destierro, en una tierra ocupada. Pero este desmoronamiento no es definitivo, porque Dios jamás abandona a los suyos. Es fiel a su alianza a pesar de la infidelidad humana: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.”[32]

A través de los profetas, Dios forma a su pueblo en la esperanza de la salvación, en la espera de una Alianza nueva y eterna destinada a todos los hombres.[33] Los profetas anuncian una redención radical del pueblo de Dios, la purificación de todas sus infidelidades,[34] una salvación que incluirá a todas las naciones.[35]

Cuando la Biblia quiere explicarnos quién es Dios, no acude a conceptos abstractos y complicados. Habla de Dios sirviéndose de imágenes sencillas, e incluso a veces de expresiones humanas. Así, leemos, por ejemplo, en los Salmos: “Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte”.[36]

Naturalmente, el pueblo elegido sabe también que no pueden ni deben hacerse imágenes de Dios,[37] ya que Yahvé es único e incomparable: “¿Con quién compararéis a Dios, qué imagen vais a contraponerle?”[38] Para expresar que Dios trasciende todo lo terreno y humano, la Biblia en muchos pasajes lo llama el Señor (en hebreo, adonai). Es el Dios-Señor, que está por encima de todo lo creado. “Señor, Dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.”[39]

Dios abre las puertas del futuro. Las grandes obras del pasado -exilio, alianza, posesión de la tierra, construcción del templo- se repetirán en el futuro de una forma superior. Al final de los tiempos, Dios levantará de nuevo a Israel y hará una nueva Alianza, que no se escribirá como los diez mandamientos en tablas de piedra, sino en el corazón.[40] Así, los Apóstoles no descenderán de la montaña como Moisés, llevando en sus manos tablas de piedra. Ellos saldrán del cenáculo llevando el Espíritu en su corazón, como si fuesen libros animados por la gracia del Espíritu Santo.[41] Un día todos los pueblos acudirán en masa, atraídos por el resplandor de la nueva Jerusalén y reconocerán al Dios de Israel. Habrá paz perpetua, y un mundo unido bajo un solo Dios.[42]

De esta raíz del Antiguo Testamento no puede ni debe separarse nunca el anuncio cristiano de Dios, que no aporta una idea general de la divinidad, sino que da testimonio del Dios concreto que se ha dado a conocer por Abraham, Moisés y los profetas. De esta historia y este testimonio del Antiguo Testamento ha hablado también el mismo Jesucristo.

II. EL DIOS DEL NUEVO TESTAMENTO

1. El Dios de Jesucristo

A través de las diversas etapas de la historia sagrada, Dios ha preparado a su pueblo para la Revelación definitiva en Jesucristo. Él es el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. La renovación anunciada del final de los tiempos ha llegado con Él.

Durante su vida sobre la tierra, Jesús comunica a los hombres quién es Dios en realidad. Su predicación tiene el sello del lenguaje y de las ideas del Antiguo Testamento. En la mayoría de sus afirmaciones pueden encontrarse paralelismos con los escritos veterotestamentarios y con la tradición judía. Como para el Antiguo Testamento, también para Jesús, Dios es el Creador que ha dado el ser a todas las cosas, que todo lo cuida, guía y conserva. Para Jesús, la solicitud de Dios como Creador amoroso se manifiesta en toda la naturaleza, en la hierba y en los lirios del campo[43] y en las aves del cielo.[44] “Hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos.”[45] Ni un solo cabello cae de nuestra cabeza sin que Él lo sepa y quiera.[46] De manera especial las parábolas muestran cómo en todos los hechos de la vida humana podemos descubrir la huella de Dios y de sus obras. Por eso, Jesús advierte: “¡No estéis agobiados!”[47] “¡No tengáis miedo!”[48] Como para el Antiguo Testamento, también para Jesús, Dios es el Señor de la historia, que ayuda y salva, libera y redime, que aquí y ahora produce lo nuevo y que todo lo hace no sólo en la interioridad del corazón, sino también en el cuerpo del hombre. Los milagros de Jesús son la más clara prueba.[49] No han de entenderse como espectaculares manifestaciones de fuerza, sino como acciones del poder divino,[50] con las que Jesús enseña a sus oyentes a creer en Dios, para quien todo es posible, y a pedirle con fe.

A pesar de estas semejanzas con el Antiguo Testamento, la predicación de Jesús acerca de Dios tiene un acento completamente nuevo y es, por tanto, inconfundible y única. El contenido central de esta predicación es que el reino de Dios esperado en el Antiguo Testamento está ya muy próximo;[51] se encuentra en sus palabras, sus obras y en su misma Persona. Pero Jesús no ve el comienzo del reino de Dios como Juan el Bautista, bajo el signo de la ira, sino de la gracia, de la misericordia y del perdón divinos. Compara el reino de Dios con un banquete de bodas[52] o con una cosecha grande y rica.[53] Su mensaje sobre Dios es un mensaje de alegría, como se expresa sobre todo en las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña.[54] Esta alegría se dirige sobre todo a los pecadores, para que se conviertan y sigan su llamada. Pueden confiar en que Dios es para ellos como un padre que aguarda al hijo pródigo, le perdona, le entrega de nuevo todos los derechos de hijo e incluso celebra su vuelta con una gran fiesta.[55] Este mensaje sobre Dios como amor sin límites es el núcleo más profundo de las palabras de Jesús sobre Dios.

2. El Verbo encarnado

Jesucristo habló de Dios de un modo enteramente único. Sólo pudo hablar así de Dios, vivir de Dios, con Dios y para Dios, porque su relación con Él era verdaderamente única. Según el testimonio de los Evangelios, la relación de Jesús con el Padre es distinta de la que mantenemos nosotros. Su relación con el Padre es tan peculiar que nunca está al mismo nivel que los discípulos. Nunca dice “Padre nuestro” en el sentido de igualarse a los otros hombres. Después de la Resurrección dice a María Magdalena: “Ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.”[56]

Jesús está por encima de Moisés y los profetas, está por encima de la Ley y del Templo: “Habéis oído que se dijo a los antiguos... Pero yo os digo...”[57] Jesús es más que un profeta. Sabe que está en una relación única de Hijo con su Padre. Es el Hijo único del Padre, el Verbo divino.[58]

El carácter histórico de la Revelación alcanza su máxima intensidad en Cristo. Por esta Revelación sabemos que la relación de Hijo que Jesús mantiene con su Padre forma parte de la esencia eterna de Dios. Jesucristo es el Hijo eterno, a quien Dios ha enviado al mundo.[59] En Él, Dios no se contentó con intervenir en la historia humana con obras y palabras, sino que Él mismo se hizo presente como Sujeto que obra y habla. “De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo.”[60]

Para comprender más perfectamente la Revelación de Dios hecha en Cristo, pueden ayudarnos algunas aclaraciones que suministra la Teología trinitaria. Según ella, Dios Padre habla eternamente toda la abundancia del ser y de la vida en una Palabra personal, el Verbo, su Hijo. En la “plenitud de los tiempos” envió esta Palabra hasta nosotros y para nuestra salvación. La pronunció, en cierto modo, en una naturaleza humana, de forma que ésta sólo tiene consistencia en el Verbo personal de Dios:[61] “Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros.”[62]

Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es “la Palabra única, perfecta e insuperable”[63] con la que desde la eternidad se expresa el Padre. Constituye tanto en su aparición histórica como en su predicación y obra la plenitud de todas las revelaciones divinas. En Él, Dios nos ha comunicado todo su misterio, se nos ha entregado completamente. No habrá otra palabra más que ésta.

Cristo es la imagen de Dios invisible,[64] el esplendor de su gloria.[65] En Él, Dios se hace visible como un Dios con rostro humano. En lo que Jesús hace y dice, obra y habla el mismo Dios. De sus acciones y palabras se puede decir en consecuencia: así habla y obra Dios; Dios habla y obra tal como podemos ver y oír en Cristo. En Él, Dios se manifiesta definitiva y enteramente, de modo que en sentido cristiano ya no se puede hablar de Dios prescindiendo de Jesucristo.

Cristo vive y actúa con constante y fundamental referencia al Padre. En cierta manera, es la revelación del Padre mismo.[66] Eternamente procede del Padre[67], pero sin dejarlo, sin abandonarlo jamás: ”Yo estoy en el Padre.”[68] Es Cristo quien nos ”abre” el misterio de la Trinidad, nos muestra la intimidad de Dios. Sin embargo, es muy poco lo que podemos entender. A menudo nos portamos como el Apóstol Felipe, que pidió a Jesús ”muéstranos al Padre”. A lo cual Jesús respondió claramente: ”¿Tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre.”[69]

Dios se nos manifiesta en el Nuevo Testamento como Padre, Hijo y Espíritu Santo. El mismo mandato del bautismo, en boca de Jesús resucitado, recoge la Revelación de la Trinidad: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”[70] De este origen procede que la confesión de la Trinidad sea lo más esencial de la fe cristiana. La confesión de un Dios trino no es más que un desarrollo de la expresión: “Dios es Amor.”[71] Que Dios desde la eternidad es en sí vida y amor significa su bienaventuranza plena, y es para nosotros, en medio de un mundo de dolor y sufrimientos, el fundamento de nuestra esperanza. Gracias a la Revelación sabemos que la realidad última y más profunda es vida y amor y que por Jesucristo, en el Espíritu Santo, se nos ha dado parte en esta realidad.

3. Amor paterno

De ninguna manera, Dios Padre ”impera”, o ”ejerce un dominio” sobre el Hijo. Él es Padre en el amor. ”Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado hoy;”[72] así comienza el diálogo amoroso entre las Personas divinas. El Hijo - que es el “Hijo de su amor”, el “Bien-amado”[73] - responde confiadamente ¡Abba, mi Padre! - ¡Papá!”[74] Este nombre “Papá” es la novedad más profunda del cristianismo. Indica la extraordinaria cercanía entre el Hijo y el Padre, una intimidad sin precedentes.[75] La comunidad primitiva estaba convencida de que Jesús hace aquí un uso muy personal del lenguaje; de aquí que la palabra “Abba” fuera para ella una palabra sagrada, tanto que la ha transmitido a los textos griegos en su transcripción aramea original.[76]

La expresión que resume la Buena Nueva es el hecho de que Jesús habla con Dios como Padre de un modo completamente único y nos enseña a decir: “Padre nuestro”.[77] Por esta razón, la Iglesia pensó firmemente desde el principio que lo auténtica y específicamente cristiano consiste en una comunión íntima y personal con Dios, en tomar conciencia de que somos hijos e hijas de Dios. Al mismo tiempo, el cristiano debe saber que el que llama a Dios “Padre” tiene hermanos y hermanas; nunca está aislado y solo ante su Padre. De este Padre común surge la nueva familia, el nuevo Pueblo de Dios como comienzo de una humanidad nueva.

Tal como el Padre, en la vida intratrinitaria, es completa ”entrega” y nada más que entrega, así es también su amor al mundo. Es Padre para su Hijo Unigénito y para todos los hombres. Eternamente se entrega a su Hijo y en él, que para el Padre lo es ”todo”, se entrega también totalmente al mundo. El Padre nos dona a aquél, por quien Él es lo que es; nos da a aquél por quien Él vive. ¡El Padre se da a sí mismo! Se entrega al mundo, para salvarlo, para purificarlo, para redimirlo: ”Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito.”[78] Anticipo de esa entrega total es el sacrificio de Abraham, en el cual un padre humano “no perdonó” a su propio hijo Isaac.[79]

La redención, por tanto, no es ni mucho menos un frío negocio jurídico, según el cual se deba realizar un sacrificio para calmar a una majestad ofendida. No es necesario reconciliar a Dios Padre con la humanidad. Es Él quien reconcilia a los hombres consigo en su propio Hijo.[80] Es Él quien da a los hombres una nueva vida y les regala su gracia.[81] Toda la iniciativa proviene del Padre.[82] Cuando Él envía a su Hijo al mundo, no le “manda lejos” de sí, no le aparta de sí. Dado que Él vive en su Hijo, también viene con Él al mundo. Que el Padre realice la redención mediante el sacrificio de su Hijo, significa, de alguna manera, que el sacrificado es Él mismo. La redención es la historia del amor de Dios por el mundo, del amor del Padre unido con el Hijo en el Espíritu Santo, una historia que supera con mucho la capacidad del entendimiento humano.

También en su Pasión dolorosa muestra Cristo el rostro del Padre.[83] Al mirar al Crucificado, podemos vislumbrar algo de ese amor infinito, de esa entrega total y completa, “hasta el fin”.[84] ”El Redentor del Universo, al ser inmolado, vence. Dios, dueño de todo lo creado, no afirma su presencia con la fuerza de las armas... sino con la grandeza de su amor infinito.”[85] Dios es un Padre amoroso - Padre de Jesucristo y Padre nuestro - y todas sus obras son paternales.

Sin embargo, a pesar de la plena confianza familiar que entraña la palabra “Padre”, no debe malinterpretarse en sentido unilateral. Jesús no habla simplemente de un Dios bondadoso. Por el contrario, la palabra “Padre” expresa en Jesús el ser divino de Dios de un modo completamente nuevo e inédito. Para la gran familia de Palestina, de organización patriarcal, el padre es siempre también señor. El mensaje de Jesús sobre Dios incluye asimismo la amenaza del juicio sobre todo tipo de maldad que se oponga a Dios y rebaje la dignidad del hombre. El “Dichosos vosotros” incluye también el “¡Ay de vosotros!”[86] En la salvación y en el juicio se manifiesta de igual manera la omnipotencia de Dios. Sólo porque Dios es todopoderoso, puede, movido por su amor, ayudarnos eficazmente en cualquier situación, contra todos los poderes y violencias del mal. Sólo porque Dios es la omnipotencia del amor, su amor no significa una alabanza ingenua de nuestra vida, sino fuerza que la interpela y la transforma desde la raíz. Sólo un amor todopoderoso puede ser fundamento de nuestra esperanza.

Desde la muerte y Resurrección de Jesucristo sabemos definitivamente quién es Dios: es el que se dirige de un modo radical al débil y desamparado y rompe las ataduras del pecado;[87] es el que da la vida.[88] La muerte de Cristo es uno de los misterios contenidos en los planes divinos. El Padre no condena a muerte, sino que más bien salva, rescata,[89] incluso glorifica en la muerte.[90] Él está ininterrumpidamente en el Hijo con el Espíritu Santo. Sus enemigos han dado muerte a Jesús; pero Dios invierte – da la vuelta, por así decirlo - al sentido de su muerte. Lo que era condena y vergüenza, Dios lo convirtió en entrada en la gloria.[91] El acto propio de Dios no es la muerte, sino la Resurrección. En el Espíritu Santo, el Padre despierta a su Hijo de la muerte, para regalárnoslo de nuevo y mostrarnos, definitivamente, su amor infinito.[92]

La Encarnación, muerte y Resurrección de Jesús son núcleo de la Revelación definitiva de Dios, de su fidelidad y de su omnipotencia en el amor.[93] El último libro de la Escritura expresa con toda claridad que Cristo ha inaugurado los tiempos nuevos en los que Él es “el Primero y el Último, el Viviente.”[94]

[1] Cf. Ex 3,6; Mt 22,32.

[2] Cf. Sal 72,18; Is 45,3; Mt 22,32.

[3] 2 Co 1,3 y otros.

[4] Para este capítulo cf. CCE 54-73. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA: Catecismo Católico para Adultos. La fe de la Iglesia, cit., pp.60-88.

[5] Cf. el capítulo 2 de este libro.

[6] DV 3.

[7] Sin embargo, la idea de una revelación primitiva como fuente del conocimiento histórico de Dios no es una tesis que se admita actualmente de modo general.

[8] DV 3.

[9] Cf. M. SCHMAUS: Teología dogmática I, cit., p.28s.

[10] Cf. Gn 9,9.

[11] 1 Tm 2,4.

[12] Cf. Gn 10,5; cf. 10,20-31.

[13] Cf. Rm 1,18-25.

[14] Cf. Gn 14,18.

[15] Cf. Ez 14,14.

[16] Sab 13,1.4-5.

[17] Cf. Is 42,6.

[18] Gn 12,1.

[19] Gn 17,5.

[20] Gn 12,6; cf. Ga 3,8.

[21] Cf. Rm 11,28.

[22] CF. Jn 11,52; 10,16.

[23] Cf. Rm 11, 17-18.24.

[24] Ex 3,6-8.

[25] Ex 19,4.

[26] Ex 19,6.

[27] Cf. Ex 20, 1-17; Dt 5, 1-22.

[28] Cf. Jr 7,23.

[29] Is 6,9. Cf. Am 1,3.6 y otros.

[30] Cf. Am 3,2.

[31] Cf. Am 5,18.

[32] Is 49,15.

[33] Cf. Is 2,2-4.

[34] Cf. Ez 36.

[35] Cf. Is 49, 5-6; 53,11.

[36] Sal 18,2-3.

[37] Cf. Ex 20,3; Dt 5,8.

[38] Is 40,18.

[39] Sal 8,2.

[40] Cf. Jr 31,31-34; Hb 10,16.

[41] Cf. SAN JUAN CRISÓSTOMO: Homilías sobre el Evangelio de Mateo, I.

[42] Is 2,2-4.

[43] Cf. Mt 6,28-30.

[44] Cf. Mt 6,26; 10,29-31.

[45] Mt 5,45.

[46] Cf. Mt 10,20.

[47] Mt 6,25.31.

[48] Mt 10,31.

[49] En sentido amplio, un milagro es un hecho difícil e insólito, que supera la capacidad de quien lo observa; en sentido estricto, un milagro es “aquello que ha sido hecho por Dios fuera del orden de toda la naturaleza creada” (Santo Tomás).

[50] Cf. Mt 12,28; Lc 17,21.

[51] Cf. Mc 1,14-15.

[52] Cf. Mt 22,1-14.

[53] Cf. Mt 9,37-38; Mc 4,26-29. Estas, ciertamente, son sólo imágenes, pero no podemos hablar del reino de Dios de otro modo que con imágenes y parábolas.

[54] Cf. Mt 5, 3-12.

[55] Cf. Lc 15,11-32.

[56] Jn 20,17.

[57] Mt 5,21-22.27-28 y otros.

[58] Cf. Mt 11,27; 16,16; Mc 1,1.11; 13,32; Rm 1,3; 8,3 y otros

[59] Cf. Rm 8,3; Ga 4,4; Jn 3,17.

[60] Hb 1,1-2.

[61] Cf. M. SCHMAUS: Teología dogmática I, cit., p.30.

[62] Jn 1,14.

[63] CCE 65.

[64] Cf. Col 1,15; 2 Co 4,4.

[65] Cf. Hb 1,3.

[66] Cf. Jn 1,18: ”A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer”.

[67] Cf. Jn 8,42: ”Yo he salido de Dios”. – Cf, Jn 13,3; 17,18; 27s.

[68] Jn 14,20. – Cf. también Jn 6,57; 15,10.

[69] Jn 14, 8s; cf. 12,45.

[70] Mt 28,19.

[71] 1 Jn 4,8.16.

[72] Sal 2,7. - Hch 13,33.

[73] Co 1,14. - El hecho de que el Padre engendra al Hijo “con amor” hace referencia a la actuación del Espíritu Santo en lo más profundo de la Santísima Trinidad.

[74] Mc 14,36. - Rom 8,15. - Gal 4,7. - “Abba” e “Imma” (Papá y Mamá) son las primeras palabras que un niño puede balbucear; expresan confianza y algo que le es muy familiar. Contienen una ”reacción”, una respuesta que da el niño a quienes le dan amor.

[75] Juan Pablo II destaca que, en las religiones del antiguo Oriente, la divinidad era invocada como padre ya en el segundo y tercer milenio antes de Cristo. También en el Antiguo Testamento, en catorce textos de gran importancia (Is 63,16; Ex 4,22), Dios es llamado Padre (del pueblo de Israel). “Pero, cuando se profundiza en la predicación de Jesús, surge un descubrimiento absolutamente nuevo: la palabra ‘Abba’, el término con que los niños llamaban en arameo a su ‘papá’.” El hecho de que Dios es “Papá”, es la revolución teológica traída por Jesús. Cf. Zenit, 10.3.1999.

[76] Ga 4,6; Rm 8,15.

[77] Mt 6,9; cf. Lc 11,2.

[78] Jn 3,16. - Cf. también Rm 8,32: ”El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”.

[79] Cf. Gn 22,16.

[80] Cf. Rm 5,10; 2 Co 5, 18-22. - 1 Jn 4,14: ”Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo”.

[81] Desde el punto de vista del hombre, éste puede ofender a Dios: “el pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con El”; “el pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de El nuestros corazones.” CCE 1440 y 1850. - Sin embargo, en realidad, Dios no “se queda ofendido”. Él es Amor (lo cual, en realidad, endurece, no palia la gravedad del pecado). Ofrecer el sacrificio de la Misa es bueno para el hombre, pues a través de él se dirige a su salvación y es ”salvado”.

[82] Cf. Jn 5,19 ss; 5,30; 8,29.

[83] Para profundizar en el misterio del “sufrimiento de Dios”, en contraposición a la antigua herejía “patripasionista”, pueden ayudar las meditaciones que el teólogo italiano Raniero CANTALAMESSA dio en presencia del Santo Padre Juan Pablo II durante la liturgia del Viernes Santo, en los años 1980-1998, en la Basílica de San Pedro en Roma: Das Kreuz, Gottes Kraft und Weisheit, Köln 1999, pp.128-138. (Original italiano: Noi predichiamo Cristo crocifisso, 1999).

[84] Cf. Jn 15,13.

[85] J. Escrivá de Balaguer: Es Cristo que pasa, 30ª ed. Madrid 1994, n. 100.

[86] Lc 6,20-26; 11,42-52.

[87] Hch 2,24.

[88] Cf. Rm 4,17; 2 Co 1,9.

[89] Cf. Hb 5, 7-9.

[90] Previas a la Pasión de Jesús escuchamos las palabras divinas: ”Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.” Jn 12,28.

[91] Cfr. Hch 2,36: ”Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado”.

[92] JUAN PABLO II destaca: “En el sacrificio de Cristo se revela el infinito amor del Padre por el mundo.” Zenit, 10.3.1999. - Por otro lado, la Resurrección es, por supuesto, obra de la Trinidad y, por tanto, también Cristo resucita por su propia virtud. Cf. 2 Co 5,15: ”resucitó por ellos”; también Hch 3,26; 26,23.

[93] Cf. Tit 3,4. 1 Jn 4,8.16.

[94] Ap 1, 17s.

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*Capítulo IV del libro de Jutta Burggraf, Teología Fundamental
Ed. Rialp 2002

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