Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

EL DIOS DE LA BIBLIA

El texto siguiente es una adaptación al lenguaje actual de las páginas 37 ss, del libro de Carles Cardó, titulado Emmanuel, Ed. Rialp, Madrid 1989. Obra de alta catequesis, sintética, de madurez. Excelente en su momento y en conjunto muy útil también hoy. Lo publico en esta página advirtiendo que he modificado bastantes expresiones, he introducido ladillos y dispuesto los a parte de modo más amplio por motivos didácticos. En consecuencia, no vale para ser citado en publicaciones académicas ni para otro uso que no sea el de información personal. A.O.D.

LA IDEA DE DIOS DE LA TRADICIÓN JUDAICO-CRISTIANA.

La Biblia nos da los hitos para seguir la evolución de esta idea desde dos mil años antes de Jesucristo, desde la emigración de Abraham. Exponer en detalle aquella evolución llenaría el libro y el libro entero no bastara.

El Dios que se revela a Abraham y a los patriarcas descendientes, Isaac y Jacob, es un Dios único, fiel a la palabra, guía y protector de la familia de Abraham, señor soberano y universal, providente y omnipotente. Como omnipotente se nombra al declararse a Abraham (Ex 6, 1).

Pero el verdadero Dios no reveló su verdadero nombre sino a Moisés sobre la zarza ardiente: Él es el que es (Ex 3, 14), definición esencial de la que derivan uno tras otro todos los atributos divinos. El que es, el ser existente por ser, con todo el alcance de la noción pura del ser, es infinito en perfección, por consiguiente en perfecciones; puesto que dentro del ser cabe todo cuanto sea real y cuanto sea posible; y fuera del ser no hay nada.

En el puro ser se encuentra la unidad (Ex 20, 3), la omnipotencia (Am 4, 3; V, 8) la omnisciencia (Ps 139), la eternidad (Ps 90, 2; 102, 25-28), la vida y el poder de comunicarla (Gen 16, 5; Ps 42, 3); la universalidad, insistentemente afirmada (Ex 19, 5; Is 2, 1-4; ler 3, 17; etc.), la espiritualidad (Ps 56, 5; Is 31, 5; Gen 6, 3), la trascendencia sobre el mundo (Ps 139, 2) y el consiguiente señorío sobre todo cuanto haya (Ps 104; Is 6, 3).

Este Dios que creó el mundo de la nada (Gen 1, 1; II, Mach 7, 28) y lo conserva (Prv 7, 27, ss. Job 38, 5, etc.), es providente sobre el mundo (Job 38, 28-30) y por él se manifiesta a los hombres (Ps 14, 1).

Siguen las perfecciones morales: la veracidad y la justicia, afirmadas sin cesar; la santidad (Is 5, 3), la misericordia (Am 9, 14), la autoridad para imponer mandamientos, citada en casi todas las páginas del Pentateuco.

No es un Dios lejano, no es en absoluto nada de la criatura pero habita en el alma (Ps 23; 51, 12; Prv 16, 9). Su paternidad sobre los hombres (claramente indicada en Ex 6, 22; Is 1, 4; Os 1; ler 3, 4, etc.) será plenamente expuesta más que por Cristo. Dios se comunica con los hombres (Dt 34, 10 ss.); les impones leyes morales (Gn 27, 1; Es 20, 1-17), se ofrece para oír las oraciones de los hombres (Gen 18, 23ss.), exige y premia la obediencia de ellos (Gen 20, 10 ss.); y a su pueblo, ya constituido, le exige santidad (Ex 19, 6; Is 1, XVI).

Semejante monoteísmo espiritualista, conservado durante siglos por el pueblo judío entre naciones idólatras y mezclado con ellas, a pesar de la fuerte tendencia del pueblo judío al politeísmo, constituye un verdadero milagro moral.

LA PROMESA MESIÁNICA

Pero el elemento más característico de la teología judaica que más la separa de las concepciones pre-cristianas de la Divinidad es la promesa mesiánica.
Hecha veladamente desde la caída de los orígenes (Gen 3, 15)
es transmitida de palabra por los patriarcas
y concretada en Abraham, de cuya descendencia ha de salir la salud del mundo: «todas las familias de la tierra serán bendecidas en ti» (Gen 12, 3).

Así es la misteriosa forma primitiva de la promesa, reiterada en términos semejantes a los descendientes de Abraham: Isaac (Gen 14, 4) y Jacob (Gen 28, 14). Al ser transmitida a Judá por boca del padremoribundo, la promesa empezó a perfilarse: «No cederá el cetro de Judá ni se alejará de sus pies la vara de mando, hasta que llegue el Pacificador; al que obedecerán los pueblos» (Gen 49, 10). Otra versión, en vez de «el Pacificador» se expresa «aquel al que pertenece» [el cetro]. Según esta profecía, el Mesíastenía que ser ungido con la dignidad real. La gran figura va definiéndose a través de los Salmos y de losProfetas:

EL MESÍAS

El Mesías hará reinar el derecho y la justicia (Is 9, 6; 9, 3; ler 23, 5);
poseerá los dones del espíritu (Is 11, 1);
reunirá todos los pueblos en el reino de Dios (Ag 2, 6-9; Zach 2, 6-15, etc.);
no sin antes morir, víctima de los pecados de los hombres (Is 53, 10 ss. Ps 21).

«El hijo del hombre»: Mesías, Rey.
Daniel lo nombrará «el hijo del hombre» (7, 13), diciendo que le fueron dados gloria y reino; su dominio extendido a todos los pueblos es eterno e indestructible. Este título, «el hijo del hombre», se emplea después casi exclusivamente para designar al Mesías en los libros judaicos no canónicos de los últimos tiempos antes de Jesucristo, como los Salmos de Salomón y el Apocalipsis.
Jesucristo lo adoptó para designarse como una denominación humilde, consagrada por el uso para señalar al Mesías. Hijo del hombre y por consiguiente hombre auténtico, este Rey no deja de ser Dios.

Se diría que el Salmo II da el salto de la dignidad real a la divina. Dios dice a su ungido (Rey): «Tú eres mi hijo. Yo mismo te he engendrado hoy». Es, pues, no un hijo, cosa que podría decirse de todos en sentido lato, sino el Hijo engendrado por el padre en el hoy de la eternidad.

Otros profetas que se expresan con igual claridad: ler 23, 5-6; «Yo levantaré en David un germen justo; reinará y será sabio e impondrá derecho y justicia en el país... y el nombre que le darán será el de Yahvé-justicia-nuestra»; se nombra a Yahvé, el que es, nombre exclusivo de Dios; e Is (7, 14), en la célebre profecía sobre el hijo de la Virgen dice: «He aquí que una virgen ha concebido y da a luz un hijo y le da el nombre de Emmanuel»: Emmanuel, esto es, Dios-con-nosotros. De este modo preludiaba el Antiguo Testamento la revelación dogmática de Dios que el Nuevo Testamento cumpliría con Jesucristo.

MISTERIOS DE LA TRINIDAD Y LA ENCARNACIÓN REVELADOS EN JESUCRISTO

Hay una relación íntima entre los dos misterios principales de Dios manifestados por Cristo: la Trinidad y la Encarnación. En un Dios solitario, persona única, el - Dios de los judíos y de los mahametanos-, el amor, como relación de persona a persona, sería tan imposible como la reciprocidad. Al revelarnos Cristo que en Dios hay tres personas tan distintas como tú y yo y tan idénticas en naturaleza como yo conmigo mismo, nos reveló al mismo tiempo la existencia en Dios de corrientes de reciprocidad y de amor. Tanto más cuanto que cada Persona en Dios no añade ni sustancia ni ser absoluto; puesto que las tres son relación pura, subsistente, infinita. Proyección de cada Persona hacia Otro, sin reservarse nada, en íntegra apertura, éxtasis de cada Persona que toda ella es toda ella en cuanto mira a otra, mirada de inteligencia entre el Padre y el Hijo, aliento de amor entre el Padre y el Hijo por un lado y el Espíritu Santo por otro2.

A partir de ahí podemos empezar a comprender que semejante comunión de Personas distintas en purísimo ser infinito, se haya proyectado hacia fuera. Dios se lanza hacia fuera con igual intensidad amorosa. En su intimidad el lanzamiento va de una Persona a las otros dos. Por decirlo así, en horizontal.

En la Creación Dios se lanza hacia abajo, condesciende, es un “movimiento que va de Dios a la criatura y finalmente al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Dios se da al hombre en la Encarnación, de suerte que toda la naturaleza humana pertenece a Dios y toda la naturaleza divina pertenece personalmente al hombre. Donación infinita de Dios que penetra en la historia del hombre y en la del corazón, lanzamiento completo del Amor, que llegará por consiguiente al sacrificio. La creación, como después la redención, imita en el tiempo las relaciones eternas que hay en el seno de la Divinidad.

La Trinidad hace posible la misión de una Persona por otra; un Dios que viene, en contraposición con el Dios inmóvil de la más alta filosofía de la Grecia 3. Al Triálogo eterno, hecho de relación pura, sin reserva de absoluto, responde en el tiempo el diálogo interior de Dios y hombre en unidad de persona. Ahí tenemos al Emmanuel, al Dios-con-nosotros, en nosotros, al Dios amante con medida tan radicalmente divina que parecerá una locura; al Dios humilde, al Dios débil por elección de amor; que Él cala este amor a fondo, fundiendo cualidades en apariencia opuestas: la suma libertad y la suma esclavitud; la inmanencia humana e histórica y la trascendencia celeste; sin ésta, la gran venida habría sido inútil.

LAS DOS FIGURAS MESIÁNICAS

¿A qué venía el Ungido? ¿Qué venía a hacer? He ahí el nódulo del misterio.

Salmos, profetas y libros históricos abundan en expresiones inspiradas que pintan al Ungido como a un gran Rey que ha de reunir en un solo reino a los pueblos todos de la Tierra. (Ag 2, 6-9; Zach 2, 6-12; Mal 1-2, etc.). Los Salmos, sobre todo, están repletos de esta idea; basta leer el 72, en el que se hace una exposición del reino detallado y pleno de alto lirismo.

Mas junto a estas profecías, otras cuentan las que el Mesías será entregado a los gentiles morir violentamente por los pecados de los hombres. El Salmo 21 se complace en una tremenda descripción de los tormentos del Afligido, del que dice serán horadados manos y pies; del que dice se repartirán las vestiduras, echando la túnica a suertes. Pasajes que parecen escritos al pie de la Cruz en el Calvario. Es conocida la espeluznante descripción que hace Isaías del siervo de Dios en el capítulo.5.3 de su profecía; y Zacarías nos transmite el misterioso Oráculo de Yahvé, en que Dios en persona dice: «Yo esparciré sobre la casa de David y sobre el habitante de Jerusalén un espíritu de gracia y de piedad; y tornarán los ojos hacia mí, después de que me hayan atravesado.»

Pero en todas estas predicciones dolorosas los sufrimientos del Ungido son presentados como fecundos: gracias a ellos habrá una fuente pura para lavar los pecados y manchas morales (Zach 13, 1); según el Salmo 21, el gran Doliente, después del sacrificio, dará a Dios la alabanza perfecta y dará a los hermanos el alimento que les sacie; gracias a El, todos los términos de la tierra se volverán hacia Yahvé y se prosternarán ante su faz; según la gran profecía de Isaías, cuando el siervo de Dios haya ofrecido el sacrificio expiatorio: «Verá posteridad, prolongará los días, justificará muchos hombres y cargará las iniquidades de ellos; puesto que fue atravesado por nuestros pecados, por nuestra iniquidad; sobre El ha caído el castigo que nos da la paz y hemos sido curados por sus llagas.»

PARECÍAN INCONCILIABLES

Puestos ante estas dos figuras mesiánicas, e incapaces para conciliarlas, los judíos optaron por la gloriosa; y por ella rebajaron el reino de Dios a un reino temporal y la misión mesiánica a una misión política: la libertad de Israel frente a la potencia extranjera y la extensión del reino de Dios por medios guerreros y políticos.

De esa elección dependía el futuro de Israel. Con la idea político-guerrera, se hizo imposible que Israel se entendiera con Cristo. La ruptura era inevitable. Aunque nadie habría podido imaginar que los pontífices judíos llevaran su “opción” al extremo de acusar a Cristo de lo que ellos hubieran querido que hiciera, conspirar contra César para restaurar el remo de Israel. Le odiaron a muerte por no haberlo hecho y le acusaron ante Pilato de haberlo hecho.

La conciliación entre Cristo Rey glorioso del mundo entero y Cristo sacrificado resulta en verdad difícil antes de verla realizada; no era, sin embargo, imposible. Un reino espiritual, universal y eterno, ganado con el propio sacrificio, era sin duda una idea demasiado elevada para que aquellas gentes la entendieran; por mucho que el doble relieve que tenían las dos figuras del Mesías en los libros santos debían inducirles a que trataran de comprender, o a que creyeran sin comprender a ojos cerrados, en espera de la luz que el Redentor traería a la Tierra.

El hecho es que, a pesar de la claridad de los textos inspirados, los judíos anteriores a Cristo y la mayor parte de los coetáneos y de los posteriores no han llegado a entender a idea escalofriante de un Dios que nos ama hasta el sacrificio.

El misterio escondido desde la eternidad, durante millares de siglos y revelado a los judíos por el propio Cristo y predicada a los gentiles por San Pablo con amplificación teológica y grandiosa a los gentiles, sigue siendo asombroso y escalofriante

5. EL SECRETO DE SAN PABLO

San Pablo se presentó ante el mundo gentil con el anuncio maravilloso de un secreto escondido en Dios desde la eternidad, que el Apóstol debía revelar. «Gloria a Dios -dice a los romanos- (16, 25-26), que es lo bastante poderoso para confirmaros en mi evangelio y en el mensaje de Jesucristo, por la revelación del misterio callado de la eternidad entera, pero que ha sido revelado ahora y notificado a todas las naciones gracias a los escritos de los profetas, según el orden de Dios eterno, y para que obedezcan a la fe. »

El evangelio de San Pablo, la buena nueva que él venía a anunciar, se identifica con el mensaje de Cristo y está íntimamente relacionado con el gran secreto. Podemos afirmar que la revelación de este secreto y de la salud que él nos aporta constituyen la esencia de la misión del gran Apóstol.

¿En qué consiste este secreto? Se nos manifiesta en la carta a los Colosenses (1, 25-27): «He sido constituido en ministro (de la Iglesia) por encargo que Dios me ha confiado para que os anuncie con plenitud la palabra de Dios, el secreto oculto a los pueblos y a las generaciones, revelado ahora a sus santos, a los que Dios ha querido hacer conocer cuán valiosa es para los gentiles la gloria de este secreto: esto es, Cristo en vosotros y la esperanza de la gloria.»

Encontramos aquí el secreto, el misterio, identificado con la palabra de Dios, oculto eternamente en Dios hasta que se manifiesta por Cristo y es revelado por Pablo. Este misterio es Cristo mismo, Verbo del Padre, esperanza nuestra de gloria. Y eso, anunciado al mundo entero, no sólo a los judíos, que antes creían tener la exclusiva.

Apunta, pues, la idea de la salvación universal, más claramente expuesta en las siguientes palabras escritas a los Efesios (3, 1-12): «Yo, Pablo, prisionero de Cristo por vosotros, gentiles, si habéis notado cuál es la dispensación de la gracia de Dios que para vosotros me ha sido dada (es decir) que por revelación he tenido noticia del secreto tal como os lo escribí poco ha, en palabras cortas4.Si la leéis, podréis apreciar el conocimiento que yo tengo del secreto de Cristo, que en otras generaciones no fue confiado a los hijos de los hombres y que ahora ha revelado a sus santos apóstoles y profetas en el Espíritu; esto es, que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo y copartícipes en la promesa en Cristo-Jesús, por el evangelio de que soy ministro... Sí, a mí, el ínfimo de todos los santos, me fue dada la gracia de anunciar a las naciones la riqueza insondable de Cristo y poner en claro cuál es la economía del secreto escondido desde la eternidad en Dios, creador de toda cosa.»

El secreto es, pues, el de que todos los hombres, sin distinción de raza, de nacionalidad o de cultura, son llamados, si quieren, a formar en Cristo un solo cuerpo, informado por un mismo Espíritu; y a participar en la gran promesa.

Esto lo predica un prisionero que padece persecución de sus compatriotas judíos, cuando éstos no pudieron soportar el hecho de verse desposeídos de la preeminencia en la integración del reino mesiánico, que ellos concebían como un reino político. Manifestación plena de la grandeza del amor de Dios, de la riqueza de sus designios salvadores, de la profundidad abismal de la Sabiduría.

En pocas palabras, el secreto es el amor de Dios que baja a redimir a los hombres. Nos hallamos, pues, ante la idea tremenda de un Dios enamorado, como sólo Dios puede estarlo, en lo que en términos humanos parecería locura; puesto que está enamorado de su criatura, a pesar de haber despilfarrado su hacienda (parábola del hijo pródigo) viviendo disolutamente. Con todo, Dios hace por el hombre lo que no haría el más entrañable amador: baja, sufre, rescata y se sacrifica. Así constituye con todos los hombres que quieren, sin privilegios y sin gentes fuera de la ley, bajo el patrocinio universal de Dios, un cuerpo místico informado por Él y destinado a gozar con Él de una felicidad de gloria eterna.

Este secreto guardado durante milenios era el alto designio de Dios para salvar a los hombres, mediante la venida del Hijo en carne humana y de su muerte redentora en el abismo del dolor y de las ignominias. Era, en fin de cuentas, la identificación de todos por el Hijo en la unidad de un Cuerpo Místico (la Iglesia). Era, además, el desmoronamiento del muro que separaba a unos hombres de otros, la supresión de privilegios de un pueblo escogido y la admisión de los pueblos todos en la plena participación del don divino.

¿QUIÉN PODÍA IMAGINARLO?

Con ser necesaria para salvar al hombre por condigno modo, era imposible que tan alta idea prosperara en alguien que no fuese Dios. El hombre había caído en todos los abismos, no sólo de debilidad, de dolor y de muerte, sino también de ignominia y de culpa; y su inmensa responsabilidad se abría ante las fauces de un dolor eterno. No pudo levantarse por sí mismo. Era necesario que un poderoso se rebajara para recogerlo,y el único con suficiente poder para ello era Dios. Pero ¿quién se hubiese atrevido a pensar sin irreverencia que Dios se rebajara hasta la mortalidad, hasta el sufrimiento, hasta la muerte, hasta la ignominia, hasta la responsabilidad jurídica del criminal, con objeto de que no hubiera hombre tan bajo que no hallara a su lado, o aun por debajo, al Dios que lo levanta?

Ni la Filosofía ni la Religión puramente humanas habrían llegado a esta idea, tremendamente generosa. Lejos de ella quedaron los mayores pensadores de la antigüedad. Confucio, con los clásicos chinos, llega a concebir a un Dios capaz de amar al hombre, pero no de hacerse hombre. Aristóteles halla un primer motor, entidad matemática sin entrañas, ajeno a todo amor y a toda providencia. Platón, prendado de sus ideas y de su Demiurgo, apenas llega al ser supremo y preconiza el culto a los dioses falsos en la República ideal por él concebida. Los estoicos heredan de Aristóteles la idea de un Dios sin cuidado del hombre. Cleantes lo cree inaccesible. La India funde el hombre en una divinidad absorbente, antípoda perfecta de la divinidad cristiana. La mitología grecorromana diviniza héroes humanos, pero no morales, sino guerreros que, por ser humanos, ostentan la fragilidad moral de los mortales. Se ha hablado de los misterios orientales, pero basta tener noticia de ellos para comprender que se trata de víctimas humanas llevadas por la fuerza y ajenas a toda idea de purificación moral interna.

Aun después de revelada la idea del Dios Encarnado, los filósofos se escandalizaron de ella. Celso encuentra que el descenso de un Dios a la Tierra y su encarnación son imposibles. Igual creyó Porfirio, discípulo y biógrafo de Plotino. Juliano el Apóstata lo creyó indigno de Dios y en este sentido profesaron Spinoza y los seguidores del movimiento deísta de los siglos XVII y XVIII; y hoy, el loable esfuerzo de los protestantes conservadores no puede impedir que una buena parte de sus correligionarios liberales nieguen la divinidad de Jesucristo. Cuando en un alma se debilita el Cristianismo, desaparece de ella el Dios Encarnado; ya que esta idea no es más que cristiana.

LA NUEVA DIMENSIÓN DE DIOS

Sin embargo, de la idea del Ser subsistente, o del Acto puro y aun del primer motor inmóvil de Aristóteles podría deducirse el amor de Dios al hombre, ya que no la Encarnación de una Persona divina. El amor, por ser una perfección pura, un modo de ser, no podía faltar al ser subsistente y tenía que ser en Él un amor de dimensiones divinas, es decir, infinito. ¿Y qué podría ser un amor infinito, bienquerencia pura sin codicia, sino la presteza absoluta para el sacrificio? Puesto que el amor verdadero no es una pasión, aunque en nosotros pueda suscitarla, sino la dedicación de uno mismo, de la capacidad de obrar, de toda la intención que endereza desde dentro la vida a su objeto.

Un Dios que no amara no sería Dios. Y un Dios que ama ha de ser un Dios que se entrega. Henos aquí en presencia de la nueva dimensión cristiana de la infinidad de Dios. La especulación filosófica y la elevación religiosa no revelada habían hallado en Dios diversas dimensiones infinitas: la de la sabiduría, la del poder, la de la bondad, la del señorío; habían visto en él también el amor; pero la infinidad del amor permanecía oculta para ellas. Aquellas mentes religiosas y filosóficas, en caso de ser preguntadas acerca de si era infinito el amor de Dios, habrían contestado seguramente que sí, en el sentido del amor que Dios se profesa a Sí mismo; tal vez Confucio habría llamado teóricamente infinito el amor de Dios al hombre; pero no efectivamente, puesto que amor es donación que iguala, abnegación que se sacrifica, olvido de sí mismo; requiriendo la entrega y el anonadamiento -según la expresión de San Pablo- en favor del amado. Y esta idea no es posible que una mente humana, que sólo fuera humana, la aplicara a Dios.

Dios era visto como infinito en todas las dimensiones -hacia arriba y hacia los lados-, pero no en la descendente, en la del amor que se humilla. Ésta es la nueva idea de la religión revelada, la concepción típicamente cristiana de Dios: no sólo un Dios infinito en todas direcciones, sino contemplado, adorado y amado preferentemente por su cuarta dimensión, la de la infinitud hacia abajo, la de la humildad por amor, que lo ha puesto al alcance de cualquier hombre por muy hondo que haya caído en el dolor o en la pobreza y, lo que es más, en la confusión por su culpa.

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