Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

El hombre: capaz de Dios

La armonización de las ciencias empíricas y de la filosofía, especialmente en la antropología, es una de esas maravillosas novedades que nos desvelan no sólo aspectos interesantes del cómo de la evolución y de la aparición del hombre sobre la tierra, sino que también nos hacen intuir el por qué y el para qué de las cosas, tal y como podemos observarlas. Helmuth Plessner es uno de esos hombres de ciencia, no excesivamente conocido, que, junto a filósofos fenomenológicos como Max Scheler y Arnold Gehlen, han desarrollado algunas bases antrobiológicas que requieren ulteriores desarrollos, pero que, en el fondo, son una vuelta a los orígenes de la concepción del hombre en Platón y Aristóteles. Plessner estudió zoología y después, con Husserl, realizó estudios de filosofía. Su punto de partida es denso, aunque preñado de aspectos prácticos. Para él, el ser humano tiene una posición excéntrica: es decir, no sólo se mueve en su medio circundante, como cualquier otro animal, sino que es capaz de observarse a sí mismo en su condición de objeto: es sujeto y objeto a la vez, de ahí su excentricidad. El animal vive en el “centro” al que retorna una y otra vez, cuando cesa la solicitación del medio circundante. El hombre, en cambio, puede permanecer fuera de ese centro, de esa solicitación de los sentidos. En frase agustiniana: “curvatio in se ipsum”. Es decir, puede poseerse a sí mismo a través de la reflexión, como observador de sí mismo, que se experimenta en su posición central desde fuera, distanciándose de sí. Este situarse fuera de sí, determina lo que este autor designa como la primera ley de la “artificialidad natural”: es un ser que formando parte de la naturaleza, sin embargo, la trasciende. Está, en cierto sentido, fuera de ella, y, por tanto, debe suplir esta distancia con el recurso a los instrumentos y artefactos para establecer de nuevo ese contacto con la naturaleza, y poder sobrevivir a un ambiente hostil para el que la misma naturaleza no le ha dotado. Es el mito de Prometeo. Cuando por encargo de Zeus, rey del Olimpo de los dioses, Epimeteo repartió entre los animales todos los dones que Zeus había asignado para tal fin (cuero, cuernos, garras, mandíbulas, fortaleza, velocidad, alas, entre otros), Prometeo, su hermano, trabajaba cuidadosamente haciendo en barro una criatura a semejanza de los dioses: un humano. Sin embargo, Prometeo tardó tanto en hacer su obra maestra que, cuando terminó, se habían agotado ya todos los recursos. Prometeo se afligió de ver al hombre inerme (el mono desnudo como lo intitulara Desmond Morris), tiritando de frío en el crudo invierno, y decidió robar el fuego de los dioses (la ciencia y la tecnología, la racionalidad en una palabra) proporcionando de esta forma al hombre los medios con los que subsistir en un mundo adverso, estableciendo una nueva relación con esa naturaleza que le hostiga; y poder cubrir sus necesidades biológicas y superar su fragilidad natural.

Estrechamente vinculado a lo anterior, Plessner define también otra ley: la de la “inmediatez mediata”. El hombre, a diferencia del animal, necesita trabajar porque, aunque vive en la naturaleza, su excentricidad le exige la cultura: cultum, cultivo. El animal interactúa con su mundo circundante, pero no necesita trabajar. Es guiado por el instinto y se circunscribe exclusivamente a su mundo de estímulos: lo demás no existe para él. El trabajo humano, por el contrario, abarca todo el mundo. Es la capacidad de hacer surgir cosas nuevas que antes no existían de este modo en la naturaleza: una transformación de lo preexistente y, en cuanto tal, mediada por la razón. Naturaleza y razón van, pues, de la mano; y forman parte necesariamente del ser y del obrar humanos. Y esto provoca admiración, de ad-mirare: darse cuenta de, salir de sí, mirar hacia. El ser humano es curioso. Indaga continuamente sin descanso.

Finalmente Plessner deduce una tercera ley, la del “lugar utópico” (el lugar de ninguna parte). El hombre se experimenta a sí mismo y al mundo como carente de fundamento; y busca, lo necesita, un fundamento absoluto que, según este autor, sólo se puede encontrar en Dios. Aunque, añade, cabe otra posibilidad: la del nihilismo, la no existencia, el vacío más absoluto. Pero éste no lleva a ninguna parte, es un callejón sin salida. Un laberinto como el del Minotauro, en el que se puede entrar, pero no salir; salvo que uno porte, desde el inicio, el hilo que le permita volver sobre sus pasos. Una pérdida de tiempo y de recursos. Por el contrario, Plessner aboga por un fundamento externo a nosotros; y, en este sentido habla de la capacidad del hombre para abrirse a la divinidad. El hombre como capax Dei, capaz de Dios.

Pedro López
Biólogo. Grupo de Estudios de Actualidad

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