Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

EL HOMBRE, ESE ABSURDO ó «DIOS CONTRA SÍ MISMO»

Por Antonio Orozco Delclós

Arvo Net, 10.3.2006

Un Miércoles de Ceniza
En un intento desesperado de poner orden a mis papeles, fui a comprar una carpeta con clasificador. Mientras andaba buscando por los anaqueles aquello que me pareciera de utilidad, un muchacho joven pero muy alto y fuerte me sorprendió con la pregunta: ¿A qué hora y dónde ponen la ceniza? Era el miércoles que iniciaba la Cuaresma. La secularización es un mito. La imposición de la ceniza, interesa a la gente joven. ¿Por qué será? Yo había celebrado el rito litúrgico por la mañana, con la fórmula «Convertíos y creed en el Evangelio». La otra, más clásica, «recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir»:son palabras tomadas del libro del Génesis -lo ha dicho el Papa ese mismo día-, que «evocan la condición humana, marcada por la caducidad y el límite, y quieren impulsarnos a volver a poner nuestra esperanza únicamente en Dios» [Audiencia general, 1 de marzo 2006].

Caducidad y límite. Expresan una parte insoslayable de la realidad: la dura realidad de la muerte, de la ceniza, del polvo al que hay que volver, cuando todo nuestro ser clama por la vida. El recuerdo puede suscitar un cierto desasosiego. De hecho, vemos cómo se intenta quitar la muerte de la memoria, o de restarle importancia, como si fuera una nada, algo insignificante, natural, con lo que todo se acaba y no hay que darle más vueltas.

Juan Pablo II, decía en un mensaje a la juventud que se reuniría en Denver, en 1992: «En todas las lenguas existen varios términos para expresar lo que el hombre no quiere perder bajo ningún concepto, lo que constituye su aspiración, su deseo, su esperanza; pero ninguna otra palabra como el término "vida" logra resumir en todas ellas de forma tan completa las mayores aspiraciones del ser humano. "Vida" indica la suma de los bienes deseados y al mismo tiempo aquello que los hace posibles, accesibles, duraderos». Y a continuación se preguntaba el papa Wojtyla: «¿Acaso la historia del hombre no está marcada por una fatigosa y dramática búsqueda de algo o alguien que sea capaz de liberarlo de la muerte y de asegurarle la vida?» [Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la VIII Jornada Mundial De La Juventud, 15-VIII 1992]

La ciencia, en el mejor de los casos ofrece una solución transitoria y parcial. Por mucho que avance será incapaz de resolver la dura realidad de la muerte, de la ceniza, del polvo al que hay que volver.

El cristiano, en coherencia con su fe en la verdad revelada por Cristo y recibida en su Iglesia, ¿ha de ver la muerte con entusiasmo o acaso con indiferencia estoica? Conviene no apresurarse en la respuesta. De una parte tenemos el testimonio de santos que en la madurez de su amor a Dios, desean tanto verle, contemplar su Rostro y disfrutar de su Amor infinito, que la muerte les resulta no una trivialidad, pero sí un momento sumamente gozoso, aun en medio del dolor que puedan sufrir en la enfermedad previa. Es un dato de experiencia a retener.

Ahora bien, el cristiano que percibe en su corazón una cierta angustia ante la muerte, o lo que viene a ser lo mismo, ante la caducidad, el límite, ¿ha de inquietarse por ello, es decir, poner angustia sobre angustia, como si su obligación fuese entusiasmarse ante la dura realidad? Pienso que conviene tranquilizarse si se experimentan esos sentimientos naturales: se trata de sentimientos naturales ante un acontecer inesquivable no natural. Nos puede ayudar a comprender esto el que fuera profesor insigne de teología, Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI.

¿Qué significa ser hombre?

Leer a Joseph Ratzinger es ir de asombro en asombro. Cuando uno espera una ardua y difícil argumentación se encuentra resuelta en unas pocas líneas una cuestión de siglos; cuando espera un alarde de erudición, se encuentra con la sencillez evangélica; cuando piensa que ya está todo dicho sobre una palabra evangélica se abisma en un pozo sin fondo; cuando se dispone a un lenguaje escolástico, se topa con términos que parecen sacados del más puro existencialismo ateo. Así, en su libro El Dios de los Cristianos: «Ser hombre significa ser para la muerte. Ser hombre es tener que morir, ser contradictorio». ¿¡Contradictorio!? Esto equivale a «absurdo». No se atreverá a decir tal cosa. Pues sí, lo dice más adelante: «El hombre, el ser absurdo…» [J. Ratzinger, El Dios de los cristianos, Ed. Sígueme, 2005, p. 84]

Pero antes explica en qué consiste la absurdidad: «morir por necesidad biológica y natural, y al mismo tiempo albergar en su bios un centro espiritual abierto que pide eternidad; desde este centro, la muerte no es natural sino, ilógicamente, una expulsión del ámbito de la vida, ruina de una comunicación llamada a durar. En este mundo, vivir quiere decir morir.» [ibid.]

Esta es la realidad de la existencia humana, por más que uno se empeñe en negar: la muerte no es natural, ser hombre es –existencialmente hablando- ser contradictorio. Reconozcamos que la razón se estrella ante esa monstruosidad que es la muerte. La muerte de los seres más queridos se experimenta como un «no es posible», ya no está; hoy, mañana, pasado mañana no volverá a casa, «¡es absurdo!», no es racional. «De todos los males humanos, el peor es la muerte.» Ella constituye «el dolor más extremo de todos los que el hombre puede padecer, porque nos despoja del más amado de todos los bienes: la vida.» Estas expresiones implacables no proceden del materialismo ni del sensualismo, sino de Santo Tomás de Aquino. Contra todas las sentencias más o menos estoicas, según las cuales deberíamos aceptar la muerte como algo natural, pues todo lo que nace está destinado obviamente a morir, la muerte continúa siendo para todos, si somos sinceros, «no sólo algo espantoso, sino algo incomprensible…, una violación, una afrenta, un escándalo» (J. Maritain), un hecho que nada tiene de «natural» (J. B. Torelló).

Cabe decir que la palabra más elocuente del Dios humanado sobre la muerte, en el mundo, es el llanto. La demostración de la absurdidad de la muerte se encuentra en las lágrimas de Jesús ante la tumba de su amigo Lázaro, cuando bien sabía que Él mismo lo devolvería a la vida instantes después [cfr. Jn 11, 35]. Es éste un momento privilegiado para captar la verdad de la encarnación del Logos y la verdad de la muerte. El Logos –Palabra, Razón, Sentido, como suele puntualizar Ratzinger a la traducción del término de la Vulgata latina, Verbo –, el Logos ante la irracionalidad, la contradicción, la absurdidad de la muerte de un ser creado para la inmortalidad, llora. No es para menos. El Rostro de Dios humanado ante el rostro del pecado, la muerte, llora. El muerto puede ser un santo, pero en cada muerte humana se refleja el rostro, el drama, la absurda tragedia del pecado de la humanidad.

Negar esa cierta contradicción que alberga en sí misma la muerte del ser humano, además de escamotear la realidad de la existencia, sería a la vez bloquear el paso al fondo de la esencia del Cristianismo y del sentido de la existencia humano-divina de Jesucristo en la tierra; sería desconocer la gravedad de lo que necesitamos ser salvados: el absurdo; por otro nombre, el mal.

En rigor, el mal no es «criatura» (su autor sí es criatura, no Dios) porque en el Creador no hay sombra alguna de mal. Como dice en otro lugar el cardenal Ratzinger: «el mal no es una criatura nueva, algo espontáneo y real en sí mismo, sino que es, por naturaleza, negación, una corrosión de la criatura. No es un ser –porque el ser sólo puede proceder de la Fuente del Ser-, sino una negación. Que la negación pueda ser tan poderosa tiene que conmocionarnos. Pero creo que es consolador saber que el mal no es una criatura, sino algo parecido a una planta parasitaria. Vive de lo que arrebata a otros y al final se mata a sí mismo igual que lo hace la planta parasitaría cuando se apodera de su hospedante y lo mata. El mal no es algo propio, existente, sino pura negación. Y si me entrego al mal, abandono el ámbito del despliegue positivo de la existencia a favor del estado parasitario, del autocarcomerse y de la negación de la existencia.» [J. Ratzinger, Dios y el mundo, Galaxia Gutenberg 2002, p. 120]

¿Qué significa «Se hizo hombre»?

Para liberarnos de tal monstruosidad, el Verbo se hizo carne, el Logos se hizo hombre. «Se hizo hombre» [artículo del Credo] significa, por consiguiente, también esto: fue a la muerte. La contradicción propia de la muerte humana adquiere en él su máxima agudización». [El Dios…, p. 84]

Ratzinger considera que lo más grave de la muerte de Cristo es la interrupción del inefable diálogo con el Padre que constituía el eje de toda la existencia humana de Jesús. Pero este aspecto tiene una profundidad que ahora no podemos abarcar. «El grito mortal del salmo 21, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», nos permite conjeturar algo de la hondura de este acontecimiento». [El Dios…, p. 85]

Un párrafo impresionante de la Encíclica Deus cáritas est, confirma la crudeza objetiva de la humana existencia: «Es cierto que Job puede quejarse ante Dios por el sufrimiento incomprensible y aparentemente injustificable que hay en el mundo. Por eso, en su dolor, dice: « ¡Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su morada!... Sabría las palabras de su réplica, comprendería lo que me dijera. ¿Precisaría gran fuerza para disputar conmigo?... Por eso estoy, ante él, horrorizado, y cuanto más lo pienso, más me espanta. Dios me ha enervado el corazón, el Omnipotente me ha aterrorizado » (23, 3.5-6.15-16). A menudo no se nos da a conocer el motivo por el que Dios frena su brazo en vez de intervenir. Por otra parte, Él tampoco nos impide gritar como Jesús en la cruz: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? » (Mt 27, 46). Deberíamos permanecer con esta pregunta ante su rostro, en diálogo orante: « ¿Hasta cuándo, Señor, vas a estar sin hacer justicia, tú que eres santo y veraz? » (cf. Ap 6, 10). San Agustín da a este sufrimiento nuestro la respuesta de la fe: «Si comprehendis, non est Deus», si lo comprendes, entonces no es Dios. Nuestra protesta no quiere desafiar a Dios, ni insinuar en Él algún error, debilidad o indiferencia. Para el creyente no es posible pensar que Él sea impotente, o bien que «tal vez esté dormido» (1 R 18, 27). Es cierto, más bien, que incluso nuestro grito es, como en la boca de Jesús en la cruz, el modo extremo y más profundo de afirmar nuestra fe en su poder soberano. En efecto, los cristianos siguen creyendo, a pesar de todas las incomprensiones y confusiones del mundo que les rodea, en la « bondad de Dios y su amor al hombre » (Tt 3, 4). Aunque estén inmersos como los demás hombres en las dramáticas y complejas vicisitudes de la historia, permanecen firmes en la certeza de que Dios es Padre y nos ama, aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros.» (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, n. 38). Obviamente la protesta filial de que nos habla el Papa puede referirse justamente a la muerte.

¿Por qué?

¿Por qué Dios nos ha creado "para enviarnos" a la muerte?, es la pregunta que no cesa. Ciertamente no es Dios quien nos ha enviado a la muerte: «Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza» [Sab, 2, 23] ¿Entonces? ¿Estamos ante la frustración de la omnipotencia divina? Per peccatum mors [Rom 5, 12], por el pecado entró la muerte en el mundo. Por una libertad creada buena, que eligió el mal, entró el absurdo en el universo y en nuestro mundo. El mal es lo ininteligible; por lo absurdo de la soberbia –obra de la criatura autoendemoniada- entró el absurdo de la muerte en el mundo. El absurdo desencadena una sarta de mentiras, engaños, errores buscados, aparentes autosuficiencias de lo insuficiente, poderes fantasmales y despóticos, odios a la vida, al alma y al cuerpo, en una palabra, lo que no se quiere nombrar: el pecado, lo monstruoso.

«Hacerse hombre», significa que el Logos, es decir, el Hijo de Dios vivo, eternamente engendrado en el seno amoroso del Padre, que es toda la sabiduría, el orden, la paz, la vida en plenitud, el principio de inteligibilidad de todas las cosas, desciende al terreno del absurdo, de la contradicción, de la muerte, para vivir en ello, para morar en ello, para morir en ello, para salvarnos de todo ello. Desciende del Cielo y desciende «a los infiernos», al lugar de los muertos, viviendo la muerte, si se puede hablar así.

Debiéramos calar hondo, con la ayuda de la Gracia, en la grandeza de la humildad del Hijo de Dios, en la magnitud del abismo del que habíamos de ser salvados, y por tanto, en la magnitud de la obra de la Redención. Nunca lo haremos bastante.

Con su descendimiento a la profundidad de la muerte, el Hijo de Dios no nos ofrece un argumento racional explicativo del misterio del dolor, porque no lo hay. Responde a nuestras angustiosas y justificadas preguntas no con un argumento, sino con un hecho elocuentísimo: su encarnación para morir.

«Todo se hizo por él y sin él no se hizo nada de cuanto existe» [Jn 1, 3]. Entrar en él sería el modo de entenderlo todo. Establece su morada entre nosotros. Con ello –entre otras muchas cosas que aquí es imposible resumir- viene a decirnos algo así: Yo, el Logos, la Sabiduría misma, no puedo explicaros lo inexplicable; pues bien, asumo la responsabilidad de vuestra dolorosa existencia, asumo vuestra misma naturaleza mortal, asumo la contradicción, el absurdo, la muerte, salvo el pecado, para que entendáis esto que os demuestro como mi vida y con mi muerte: vale la pena ser hombre, vale la pena vivir y vale la pena morir. Tengo poder para dar mi vida y poder para recobrarla. Lo haré. Así podréis confiar plenamente en mí. Así vuestra fe será fe razonable. Tened fe Mí. Mirad mi llanto sobre todos los Lázaros del mundo, y sobre toda Jerusalén de la tierra. Tomad y comed: esto –este pan- es mi cuerpo (transustanciación) que se entrega a la tortura de la Cruz. Tomad y bebed: esto –este vino- es mi sangre que se derrama para el perdón de los pecados. Yo he venido a transformar la violencia en amor, la muerte en vida, el fracaso en victoria, el absurdo en coherencia…

«Dios contra sí mismo»

«Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mu­jer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, -dice Benedicto XVI- sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical» [BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 12]

«Dios contra sí mismo». El Papa utiliza libremente el lenguaje, aunque en apariencia rompa esquemas intocables, con tal de despertar la mente al misterio del amor de Dios involucrado en el misterio del hombre; y, aquí, apunta a esa especie de dialéctica figurada que, en el amor, «sintetiza» la justicia con la misericordia para liberarnos del absurdo en que nos hallamos inmersos.

Un nuevo lenguaje para la lógica de Dios. Hay la lógica de la física, la lógica matemática, la lógica de la biología, la lógica de la razón, las razones del corazón que la razón no entiende…; y la lógica del amor. Todas encuentran su unidad y armonía profundas en el Logos divino. Sólo chirría con su estridencia absurda la lógica del mal, cuyo autor es criatura. Y esa estridencia perturbadora será por fin anulada por la sobreabundancia de aquella sabiduría que es todavía hoy «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» [1 Cor 1, 23-24]. La lógica de Cristo crucificado, el Logos humanado en la cruz, torturado, muerto y enterrado como el grano de trigo.

Lo que al absurdo parece absurdo es la sabiduría que salva: «pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan - para nosotros - es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado» [1 Cor, 1-18-23]

Transitando de la Vida a la muerte, el Logos ha pasado de la muerte a la Vida y «no puede sucumbir ya: resurge al otro lado del umbral de la muerte y crea una nueva plenitud. Sólo la resurrección descubre así lo último, lo definitivo en el artículo de fe «Se hizo hombre»: por ella sabemos que eso de ser hombre vige eternamente: Jesucristo se ha hecho hombre para siempre. Por él entró la humanidad en el propio ser de Dios: ese es el fruto de su muerte. Estamos en Dios. Dios es el totalmente otro (Ganzandere) y el no-otro (Nichtandere) simultáneamente. Cuando decimos Padre con él, lo decimos en Dios mismo. Esa es la esperanza de los hombres, la alegría cristiana, el evangelio: aún hoy es hombre. En él Dios se ha hecho verdaderamente el no-otro. El hombre, el ser absurdo, ya no es absurdo. El hombre, el ser desconsolado, ya no está desconsolado: podemos alegrarnos. Él nos ama: Dios nos ama de tal modo que su amor se hizo carne y carne permanece. Esta alegría debería ser el impulso más fuerte para comunicar eso mismo a otros, para darles también a ellos la alegría de la luz que nos ha nacido y anuncia el día en medio de la noche del mundo» [El Dios…, p. 85-86].

No hay pues por qué minimizar ese cierto absurdo del que partimos, sino –unidos a la vida de Cristo- superarlo («ya no es absurdo»), como hacen los santos, con la gozosa certeza de una resurrección que no sólo aguarda en el futuro, sino que actúa ya en el presente… «hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo, Manifestación que a su debido tiempo hará ostensible el Bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y el Señor de los señores, el único que posee Inmortalidad, que habita en una luz inaccesible… A él el honor y el poder por siempre. Amén.» [1 Tim 6, 14-15].

La Iglesia celebra todos los días el Misterio Pascual tantas veces cuantas ce celebra el Santo Sacrificio Eucarístico, pero se prepara durante cuarenta días –la Cuaresma- con especial intensidad, para celebrarlo más solemnemente en el Tiempo Pascual, y así –año tras año-, participemos también más intensamente en la Vida del Verbo encarnado.

Así, pues, «la Cuaresma nos impulsa a dejar que la palabra de Dios penetre en nuestra vida para conocer así la verdad fundamental: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde debemos ir, cuál es el camino que hemos de seguir en la vida. De este modo, el tiempo de Cuaresma nos ofrece un itinerario ascético y litúrgico que, a la vez que nos ayuda a abrir los ojos a nuestra debilidad, nos estimula a abrir el corazón al amor misericordioso de Cristo» [Benedicto XVI, Audiencia general, 1 de marzo 2006]

No hay fuera del cristianismo –fuera de Jesucristo- una promesa de auténtica vida eterna, personal, plena, semejante –por participación- a la de Dios, que es Amor. De este modo, la vida humana no sólo queda salvada del absurdo sino sanada y elevada en cierto modo a la altura del mismo Hijo de Dios, ya que él nos hace partícipes de su filiación: hijos en el Hijo. Se entiende ahora lo que dicen los santos:

«Cara a la muerte, ¡sereno! --Así te quiero. --No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. --¿Morir?... ¡Vivir!» [San Josemaría Escrivá, Surco, n. 76]. «¡No me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres.» [Surco, n. 885]. «Esta ha sido la gran revolución cristiana: convertir el dolor en sufrimiento fecundo; hacer, de un mal, un bien. Hemos despojado al diablo de esa arma...; y, con ella, conquistamos la eternidad». [Surco 887]. «Hemos de andar sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, sin rehuir a toda costa el dolor, que para un cristiano es siempre medio de purificación y ocasión de amar de veras a sus hermanos, aprovechando las mil circunstancias de la vida ordinaria.» [Amigos de Dios, 141].

Como del grano de trigo enterrado brota la espiga granada, de la ceniza emerge la memoria de la Vida, ya presente, que no tendrá fin.

Por lo tanto, a pesar de todo:

VALE LA PENA SER HOMBRE *

Sucede que me canso de ser hombre. Este conocido verso de Pablo Neruda podría ser expresión de un sentimiento oculto en lo hondo de muchos corazones contemporáneos. El siglo XX no se caracterizó por su optimismo existencial. Los existencialismos ateos –necesariamente pesimistas - menudearon. Con la «muerte de Dios» vino el cansancio del hombre. A muchos se les hace de noche antes de que llegue la tarde. Jóvenes en edad, están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte; han estragado su paladar informe degustando frutos prematuros, agraces. Si hubieran tenido esperanza, si hubieran querido esperar un poco...

A fuerza de analgésicos y anestésicos (por lo demás, muy de agradecer), de abundancia y de consumo a tope, el hombre atraviesa sus momentos de mayor blandura. Un pequeño dolor resulta insufrible. El trabajo serio estresa. La familia agobia. La pasión por el fin de semana neutraliza toda posible sedación. Se espera tanto del descanso, que frustra. Hombre y mujer se cansan de serlo. Una enfermedad de regular consideración es insoportable. La muerte es trágica o anhelada. ¿Quién es el culpable de tan lamentable situación? Obviamente, ¡Dios!..., si existe. ¿Por qué nos ha hecho así? En el libro de Jeremías se encuentra el lamento de muchos: «¡Maldito el día en que nací! ¡el día que me dio a luz mi madre no sea bendito!» (Jer 20, 14).

Pero también en el cristiano profundamente esperanzado se encuentra el drama de san Pablo: «¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rom 7, 24). Es otro estilo, otro género, no es trágico, pero sí dramático. Nada humano le es ajeno. La respuesta de Dios es «Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la flaqueza» (Cor 12, 9). Es cosa de abrirse a la vida divina, ya que Dios se abre a la humana. Tanto, que exclama: «¡mis delicias están con los hijos de los hombres!» (Prov 8, 31). Lo que para algunos es insoportable levedad del ser, ansiosa fragilidad, para EL QUE ES, resulta apasionante.

Es sorprendente. A pesar de las rebeldías y crueldades, a pesar de haberle pesado de haberlo hecho (cf Gen 6, 6), «la Trinidad se ha enamorado del hombre» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 85) y el Verbo se ha hecho carne (Jn 1, 14 ). Dios se ha hecho hombre; no en plan «realidad virtual», sino de carne, sangre y hueso, con exquisita sensibilidad, capaz de sufrir y de morir como el que más. Asume una verdadera naturaleza de modo irreversible. Sin marcha atrás, para siempre. Verbo y carne –después de la Encarnación- son ya una unidad indivisible.

Es un impresionante compromiso el que asumió el Verbo al hacerse carne. Se comprometió a correr nuestra misma suerte, sin trampa ni cartón, sin ventaja alguna. Se «anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Fil 2, 7). No hace como un rico que va a indagar, para satisfacer su curiosidad, cómo se vive en un miserable suburbio, y adopta la miseria con el mayordomo aguardando una señal, por si acaso. La Encarnación es un compromiso de vivir en toda su hondura la humana existencia.

Se encarna en María y no la convierte en emperatriz de Roma, la deja a su suerte, es decir, sometida al dinamismo propio del mundo y de la sociedad de su lugar y tiempo. Ha de dar a luz en un pesebre. Cuando Herodes decide eliminar al Mesías degollando a todos los niños como Él, no se utiliza la omnipotencia para pulverizarlo, han de huir escondidos por lugares desiertos. El Verbo se ha hecho pobre e indefenso de veras. Después del exilio vuelve a Nazaret.

LA COMPLICADA VIDA DE NAZARET

Suele pensarse en aquellos años «ocultos» de la Sagrada Familia en Nazaret, como un vivir pacífico sin complicaciones, en una más bien idílica convivencia con los nazarenos. Pero es de temer que no fuera así. «¿De Nazaret puede salir algo bueno?», suelta Natanael (Jn 1, 46). Fama de gente encantadora no tenían los de aquel pueblo. Y ciertamente no lo eran. Cuando Jesús ha predicado ya su mensaje de salvación en otros sitios, vuelve a sus paisanos, con la gran ilusión de llevarles la Buena Noticia, el Evangelio. ¿Y qué hacen éstos? Lo conducen a lo alto de una peña para despeñarlo (cf Lc 4, 29). No eran buenos, eran agresivos, fanáticos, crueles. No fueron fáciles los años del Verbo hecho carne en Nazaret. Sólo un gran amor pudo soportar aquella zafiedad, aquel natural iracundo y despiadado. Cristo es el Amor encarnado y no rehuye la dificultad, no juega con ventaja. ¡Le merece la pena vivir entre nazarenos!

Y viene la murmuración, la calumnia, que si es un impostor, que si está endemoniado, que si expulsa los demonios con el poder de Belcebú, que si es enemigo de César y del pueblo... Lo juzgan inicuamente. Lo flagelan. Él hubiera podido decir ¡basta! En cualquier momento; pero no juega con dados trucados y es absolutamente fiel al misterio de la Encarnación. Se somete a la inhumana crueldad humana, a la coronación de espinas, a los puñetazos y esputos en la cara, y al tormento de la cruz. No cabe situación más vejatoria. Es la muerte dedicada a los peores los criminales. Sus verdugos le gritan desde abajo, burlándose: «¡baja de la cruz y creeremos en ti...! » (cf Mt 27, 40-42). Hubiera podido fulminarlos con una mirada, pero hubiera sido jugar con ventaja.

Resulta que al Verbo le merece la pena todo eso que nos horroriza. De lo contrario, no hubiera asumido el compromiso. Si lo asume es que le vale la pena ser hombre con todas sus consecuencias; indigente, perseguido y crucificado. ¡Le vale la pena!. No se cansó de ser hombre. Sufrió angustia, tedio, tristeza de muerte, horror, los más indeseables sentimientos humanos.

LA RESPUESTA DE DIOS

He aquí la respuesta divina a nuestros posibles o reales cansancios y desesperaciones: «el Verbo se hizo carne y puso su morada [vivió, convivió, padeció y murió] entre nosotros». En ocasiones parece que lo nuestro no es vida; que no merece la pena engendrar hijos para este mundo, que más vale vivir el presente sin pensar en el pasado ni en el futuro para gozar con la mayor intensidad posible de este momento, que «es todo lo que hay». Se diría que el hedonismo es la única respuesta a los angustiosos interrogantes del hombre: carpe diem!.

Pero, no. La respuesta es: el Verbo se hizo carne. «En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22). Sólo Cristo «manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación... El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con cada hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado» (JPII, RH 8). Esta es la respuesta. Si Dios –Omnipotencia, infinitud de gozo en el Amor inmenso- se hace hombre, es que ¡vale la pena ser hombre, aunque sea en la más deplorable situación!. No hay que darle más vueltas.

Si Dios asume plena y exhaustivamente la naturaleza humana, sin ventaja alguna, comprometiéndose libre e íntegramente con el sufrimiento humano, entonces es evidente que el sufrimiento vale la pena. Cuando se contempla a la luz de la Encarnación del Verbo el sufrimiento se convierte en luz y fuente de gozo. «Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, QUE FUERA DEL Evangelio Nos envuelve en absoluta oscuridad» (GS, 22; cf y véase Salvifici doloris, 31). Cristo dice: ¡vale la pena!. Él es «el ‘Redentor del hombre’, el ‘Varón de dolores’, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico» (Salvifici 31). «Fuera de esta perspectiva, el misterio de la existencia personal resulta un enigma insoluble. ¿Dónde podría el hombre buscar la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor, el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino no en la luz que brota del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo?» (Fides et ratio, intr.)

AMOR HABÍA PARA MUCHO MÁS

Cabría pensar que Cristo no asumió «todos» los sufrimientos humanos. En la distancia, puede parecer que la cruz no es todo lo que el hombre puede sufrir. Indudablemente es todo lo que puede sufrir en un tiempo limitado, física y, mucho más aún, en el orden de los afectos. ¿Qué puede haber más doloroso que ser crucificado por los propios hijos y hermanos?

Pero si queda alguna duda sobre la universalidad de sus dolores físicos y morales, si por una empecinada terquedad nos parece que Cristo no se ha comprometido con «mi» concreto, particular e insufrible sufrimiento, san Juan de Ávila nos ofrece una consideración muy plausible: el amor de Cristo es tanto que ni siquiera su muerte en la cruz logra expresarlo, «porque así como le mandaron padecer una muerte, le mandaran millares de muertes, para todo tenía amor. Y si lo que le mandaran padecer por la salud de todos los hombres le mandaran hacer por cada uno de ellos, así lo hiciera por cada uno como por todos. Y si como estuvo aquellas tres horas penando en la cruz fuera menester estar allí hasta el día del juicio, amor había para todo si nos fuera necesario. De manera que mucho más amó que padeció, mucho mayor amor le quedaba encerrado en las entrañas del que mostró acá de fuera en sus llagas» (Trat. del amor de Dios, 10).

A luz de la revelación divina sobre el corazón de Cristo no cabe duda de que, si hubiese sido menester, Cristo Jesús hubiera muerto de cáncer, de lepra o de la enfermedad de Alzheimer. Su actitud, su ejemplo, su entrega, nos declaran que cualquier sufrimiento que pueda padecer el hombre sobre la tierra, vale la pena si se incorpora al suyo r

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