Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

EL OLVIDO DEL DIABLO

Entrevista a Ricardo Piñero

Por Antonio Orozco

Arvo Net, 23 de marzo 2006

Ricardo Piñero es Profesor Titular de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Salamanca y miembro Académico del Centro de Estudios de Cultura Medieval de la Universidad de San Petersburgo (Rusia). Es autor de numerosos trabajos publicados en revistas especializadas y de varios libros: La estética de Plotino (1995), Filosofía medieval cristiana en España (1999), Teorías del arte clásico (1999), Teorías del arte helenístico y romano (2000), Teorías del arte medieval (2000), Imágenes incompletas (2005).

Recientemente ha publicado El olvido del diablo [1], cosa de entrada sorprendente. ¿Qué interés puede tener un filósofo –encima, con la sensibilidad de estudioso de las teorías del arte y la estética-, en un ser que, precisamente, ha caído en el olvido y cuya aspecto, si existe ha de ser más bien repugnante? Esta es la cuestión que le planteo en primer lugar.

R.P.- Como usted sabe, la filosofía, desde sus comienzos en la antigua Grecia, aspira a un saber universal desde los primeros principios de la realidad. No se trata de pensar en entes abstractos, sino en la realidad tal como es, para descubrirla en sus porqués más profundos. La cuestión del sentido de la realidad es lo que a todos nos interesa. ¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, qué sentido tiene nuestro vivir en el mundo? ¿Qué es el mundo, qué es el hombre, qué es el bien, qué es el mal, qué es la libertad? No son cuestiones de ciencia empírica, sino filosóficas. Y la gran cuestión que se plantea el hombre de todos los tiempos: Dios, en la cumbre del conocimiento racional. Pero centrándonos en su pregunta, el interés por el diablo –quién es y cómo actúa – está implicado en todas estas cuestiones apuntadas. Es una criatura que realmente existe, aunque lo hayamos olvidado; forma parte de la realidad. Y actúa en el mundo; tiene que ver y mucho con la realidad del mal que experimentamos a diario; puede influir de algún modo realmente en el ejercicio de la libertad del hombre; y su acción es fundamentalmente el de un rebelde que se enfrenta a la bondad de Dios. No conocemos bien la realidad del mundo, del hombre y de los designios de Dios, si no conocemos la realidad del diablo.

A.O. Pero usted, como filósofo, ha de atenerse a lo que pueda descubrir con argumentos racionales, partiendo de la experiencia. El diablo ¿no es un ser cuyo conocimiento escapa a la observación, por lo menos de las personas corrientes? ¿Se puede demostrar racionalmente la existencia del diablo?

R.P. – No pretendo demostrar la existencia del diablo, sino mostrarla. No desde premisas filosóficas. Nadie es sólo médico, sólo físico, sólo matemático, o sólo arquitecto. Todos tenemos inteligencia para ampliar el área de nuestro conocimiento, sobre todo el de aquellas realidades próximas o afines a la materia de nuestro estudio. Obviamente, si reflexionamos sobre la vida concreta de la persona humana, sobre su conducta, sobre su libertad, hemos de recurrir al conocimiento teológico y a la reflexión moral. La historia del diablo, incluso su "genética", ha sido relatada en muchas ocasiones y desde tradiciones muy variadas, desde el oriente hasta el occidente. Por mi parte, facilito mi análisis en el marco de la religión cristiana. En cualquier caso, todas las tradiciones que abordan el tema del diablo tienen un punto de encuentro que resalta sobre los demás: su carácter rebelde. La historia del diablo es la historia de una rebelión.

A.O. Ciñéndonos a la tradición cristiana, ¿cómo calificar la afirmación de la existencia del diablo? ¿Forma parte de la revelación divina que la Iglesia enseña como tal para ser creída por todos los fieles?

R.P.- Sin duda alguna. En el libro al que nos estamos refiriendo repaso –aunque sin ánimo de exhaustividad- el Antiguo y el Nuevo Testamento, las enseñanzas de los Padres y Doctores de la Iglesia, así como su Magisterio a lo largo de los siglos, hasta Juan Pablo II. Precisamente el mismo día en que falleció este gran Papa comencé a escribir "El olvido del diablo", con el material que había ido recogiendo sobre el tema durante algún tiempo.

A.O.- ¿Qué importancia práctica tiene, conocer la existencia del diablo? Me parece que no es frecuente en la catequesis habitual oír hablar de él y de su acción en el mundo.

R.P.- No me atrevería a decir que no se habla de ello en la catequesis, pero fuera de la Iglesia sí que se habla y mucho, pero en un sentido diverso. Creer que el diablo –tal como lo presenta la Sagrada Escritura- no existe, es algo mucho más peligroso que afirmar –en el sentido nietzscheano- que "Dios ha muerto". Olvidarse del diablo es infravalorar los dones que Dios nos brinda en cada momento. No reconocer la presencia del Maligno puede incapacitarnos para degustar la suavidad de la Gracia. Ignorar que el diablo busca embaucarnos y envenenarnos con su palabrería puede taponar nuestros oídos para que en ellos deje de resonar la palabra de Dios, que se hace presente en los textos sagrados. En ellos se nos haba de su Ser, de nuestro ser, del universo, de la vida de Dios y de los hombres, de sus flaquezas y de sus dones, de sus luchas y de sus peligros. Con este recurso la Biblia no pretende hacer un compendio de demonología, sino tan solo constatar que el diablo es un personaje fundamental, tan relevante que sólo en el Nuevo Testamento – libros históricamente bien probados - las referencias al Adversario superan el medio millar, y son bien conocidas las escenas de lucha que narra el Apocalipsis. Una de las claves de lectura de los Evangelios –no la única, ni la eminente- es, desde luego, el combate de Cristo mismo contra el diablo, una lucha que termina con el triunfo soberano de Jesús sobre "el Príncipe de este mundo".

A.O. En cierta ocasión el periodista Peter Seewald, entrevistando al cardenal Ratzinger, le dijo: «Según Sartre, el diablo es Hitler».

R.P. Sí, en aquella ocasión, el hoy papa Benedicto XVI, respondió que no es posible asegurar que Hitler fuera el diablo; era un ser humano. No obstante, añadió, sí hay testigos que han aportado testimonios fehacientes para suponer que Hitler tuvo de hecho una especie de encuentros demoníacos y que comentaba tembloroso: «Ha vuelto a estar aquí». Son cosas que no se pueden investigar a fondo. Sin embargo, Ratzinger consideró que la manera en que Hitler detentaba el poder, la magnitud del terror y la desgracia que ocasionó ese poder sí pueden demostrar que Hitler se hallaba inmerso en un entorno diabólico. Por su parte, Pablo VI sintió la necesidad de recordar la fe de la Iglesia sobre esta materia: «el mal no es ya sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad, misteriosa y pavorosa. Quien rehúsa reconocer su existencia, se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica…» [L'Osservatore Romano, 19-XI-1972]. Todos, como san Pablo, no acabamos de explicarnos por qué en ocasiones no hacemos el bien que queremos y en cambio hacemos el mal que no queremos. Una gran fuerza nos tienta.

A.O. ¿Quiere decir que la fuerza del diablo puede anular nuestra libertad?

R.P. Fuera de casos muy raros y extremos, que ahora no vale la pena comentar, no puede hacerlo. Pero es preciso no olvidar que el diablo existe y que sólo la gracia de Dios nos hace inmunes, sólo sabiéndonos en manos de Dios podemos combatir. Nuestra esperanza es nuestra piedad, nuestra fe en Él es nuestro conocimiento, nuestro temor nuestra prudencia, nuestro amor hacia Él nuestra integridad. La creencia en el diablo no se funda en una superstición irracional, sino en la percepción de la presencia del mal, aún más, en el reconocimiento de su realidad. Afirmar su existencia y percibir su presencia son los primeros pasos para poder combatirlo. La derrota sería segura si cerráramos los ojos a su existencia. Entonces nos abandonaríamos o nos creeríamos autosuficientes ante el mal, caeríamos en la gran mentira. El diablo es "padre de la mentira". Ahora bien, si reconocemos la insuficiencia de nuestras fuerzas ante el mal y nos abrimos a la fuerza redentora de Cristo, estamos salvados.

A.O.- Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, fue también tentado por el diablo.

R. P. Es un misterio grande, que manifiesta la verdad de la encarnación del Verbo. Una Persona divina quiso compartir nuestra existencia en todo. Es falso que pudiera «caer» en tentación alguna, ni siquiera podía tener una mala inclinación, por leve que fuera, en absoluto. Pero en su humanidad, podía sentir la misma hambre que nosotros, la misma dificultad ante lo arduo. Siendo de una Persona divina, la naturaleza humana de Jesús se hallaba abandonada a las solas fuerzas humanas ("se anonadó a sí mismo", dice san Pablo). Y se expone también a las sugestiones del diablo, que acude a tentarle en los momentos de mayor debilidad natural. Después de ayunar cuarenta días en un lugar desierto, el diablo le tienta para que busque su alimento fuera de la voluntad de su Padre; para que separe su voluntad humana de la voluntad divina; para que reniegue de un Dios que le hace sufrir, que consiente su padecer. El eje que mantiene la arquitectura de las tentaciones es un condicional que el diablo pronuncia como desafiante, porque ahí está la clave: si eres Hijo de Dios… Lo que pretende no es tanto que haga un espectacular milagro como que Cristo pierda la confianza en el Padre. La claudicación sería esto: desconfiar de Dios, incluso desconfiar de que Él mismo es la Palabra de Dios, el Verbo encarnado, y no que Jesús hiciera un gesto más o menos extraordinario.

Pero Jesús no ignora que Satanás es un calumniador, un mentiroso, un engañador. Lo que Cristo hace en el desierto es iluminar nuestra mirada, fortalecer nuestra voluntad, para que esté atenta, para que se mantenga viva y orientada a Dios. Flaquear en la necesidad no es una culpa, es lo normal. Pero ante esa debilidad propia de la condición humana, lo que Jesús nos dice es que nosotros también somos hijos de Dios, y por eso no debemos perder la esperanza, debemos reforzar la confianza, incluso en medio de nuestros propios desiertos. Si nos sentimos hijos de Dios, estamos a salvo, aunque no para siempre, sino hasta la siguiente ocasión en la que se nos presente Satán. Para eso no hay que hacer una invocación especial, ni rituales satánicos, ni otras supercherías. Ya se encarga el Adversario de retornar en cuanto ve que nos hemos olvidado de nuestra filiación, cuando contempla tranquilamente –siempre está vigilante- que nuestra acción libre está dispuesta a elegir otro sendero que no es el del bien.

* Luso-Española de Ediciones, Salamanca 2006, 139 págs.

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