Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

28Mar/100

El Pentateuco y las ciencias.

El Pentateuco y las ciencias.

«La ciencia, dice José de Maistre, es una especie de ácido que disuelve todos los metales, excepto el oro.» Sólo lo que es divino puede resistir los ataques de la crítica moderna. Y por cierto que no son ataques precisamente lo que ha faltado al cristianismo; y si ha salido de ellos victorioso, atribúyase exclusi­vamente á que es de origen celestial, como él mismo afirma y sostiene. En nuestro siglo, especialmente, hanse puesto en juego todas las ciencias, para que con su valioso apoyo ayudaran á socavar la roca sobre que estriba; pero, por dicha nuestra, todos los trabajos científicos encaminados á menoscabar la autoridad del Pentateuco no han servido sino para robustecerla y consolidarla.

Cierto que en más de una ocasión los descubri­mientos científicos han parecido contradecir, por de pronto, al sagrado texto; pero después que á fuerza de grandes trabajos los zapadores de la ciencia han penetrado más á fondo en lo qué antes les era desco­nocido, estas pretendidas contradicciones se desva­necieron por sí mismas, brillando con nuevo y más bello fulgor la verdad de los sagrados libros.

Ni debemos los católicos asombrarnos de este resultado; porque estamos plenamente convencidos de que no puede haber verdadero antagonismo entre la Je y la ciencia; porque Dios mismo, Criador de todas las cosas, es á la vez el Señor de las ciencias y el Autor de la revelación. Sea cual fuere la vía por donde se digne comunicarnos alguna nueva porción de verdad; sea que la revele directamente al hombre, ó que la descubra, paso tras paso, después de sabias y laboriosas investigaciones, lo cierto es que Dios no puede estar en contradicción consigo mismo y, por consiguiente, que nunca habrá de temer la revelación el mentís lanzado contra ella á nombre de la verdadera ciencia.

Pero esta afirmación sumaria no es suficiente para nosotros. Por ahí andan aún muchas objeciones sacadas de la geología, de la paleontología, de la biolo­gía y de otras ciencias (1), con las cuales se ha pro curado levantar gran polvareda. Y aun en ciertas almas ha ocasionado la ruina espiritual, ó sea la pérdida de la fe, siendo la piedra de escándalo en que han tropezado, al ir con sutiles averiguaciones en pos de la verdad religiosa. A fuerza de oir repetir, en todos los tonos, que la ciencia es incompatible con la revelación, y que los descubrimientos modernos han puesto en evidencia la imposibilidad del milagro, y probado lo absurdo de los dogmas del Cristianismo, muchos hombres han acabado por ver derribadas y deshechas sus creencias religiosas. Mucho importa, pues, que los jóvenes católicos procuren por sí mismos tener fe ilustrada, poniéndose en con­diciones de poder patentizar la vaciedad de estas men­tirosas afirmaciones; necesario es que aprendan á refutar estos sofismas capciosos y aparten á sus hermanos de ciertos prejuicios que pueden serles obstáculo para la adquisición de la verdad (2). He, aquí, pues, el lugar oportuno para examinar las principales dificultades, suscitadas á nombre de la ciencia, contra lo que dice el Pentateuco respecto la formación y edad del mundo, la obra de los seis días, la antigüedad del hombre, etc. Por nuestra parte, demostrare­mos que los modernos descubrimientos, en lo que tie­nen de cierto, dejan absolutamente intactas las verda­des reveladas y las pruebas de la revelación.

ADVERTENCIAS PRELIMINARES. -Para fijar la situación recíproca de la Sagrada Escritura y de las ciencias, se hacen necesarias algunas advertencias preliminares.

PRIMERA ADVERTENCIA. -La Sagrada Escritura no es en modo alguno un libro científico. -Aun en los sitios en que habla de fenómenos especialmente propios de la ciencia, no hay que creer que la Escritura se proponga entonces resolver algunos proble­mas de geología ó de astronomía, sino más bien ense­ñarnos las verdades de la fe, exponer los hechos de la religión y los deberes que de ellos se derivan. Así, por ejemplo, cuando Moisés relata la creación, lo único que se propone es revelar y afirmar el dogma de la creación divina respecto á todas las categorías de los seres, y establecer de esta manera los fundamentos de la religión, y el precepto del descanso hebdomadario, pero de ningún modo pretende enseñarnos historia natural, ó formular una geogonía teórica y completa, ó describirnos científicamente las sucesi­vas transformaciones por que ha pasado el planeta que habitamos.

De aquí resulta que cuando se interpreta la Escritura, hay que considerarla desde este aspecto doctrinal y religioso, y no con la mira de descubrir en ella fórmulas destinadas á zanjar las cuestiones debatidas entre los sabios (3). Resulta también que la Escritura, así como no puede dar por verdaderas pro­posiciones que han sido reconocidas como erróneas por la ciencia (4), así no hay inconveniente alguno en que hable de las cosas según las apariencias exteriores que entran por nuestros sentidos. Nada obsta, pues, que, para enunciar las verdades religiosas, se sirva de expresiones, metáforas y figuras científi­camente inexactas, si se las toma en sentido riguroso, pero qué son conformes, ya con el genio de la lengua en que ella se expresa, ya con el género de literatura que adopta, y a con las cualidades espirituales del pueblo á que se dirige. Así, para dar á entender que la batalla de Gabaón pudo terminarse gracias á una prolongación milagrosa de la luz del día (debida tal vez á una simple modificación local de la atmósfera), el escritor sagrado dirá que se paró el sol, como decimos aún todos los días, que el sol se levanta, que el sol se pone. Los mismos sabios y las mis­mas revistas astronómicas no hablan de otra manera.

«La Escritura, dice el ilustre astrónomo Kepler á propósito de este mismo lugar, enseña verdades sublimes, pero empleando, para su inteligencia, locu­ciones usuales. No habla sino incidentalmente de los fenómenos de la naturaleza, y cuando lo hace, emplea los términos más conocidos para la generalidad de los hombres. Nosotros mismos, los astrónomos, si bien perfeccionamos la ciencia de los astros, no podemos lisonjearnos de perfeccionar el lenguaje; como el pueblo, decimos: el sol se levanta, el sol pasa por el meridiano, el sol se pone; expresamos, como cualquier hijo de vecino, lo que parece que pasa á nuestros ojos, aunque nada de todo ello sea verdad. No debemos, por tanto, exigir más de la Sagrada Escritura en este punto; pues si ella abandonara el lenguaje ordinario para tornar el de la ciencia, no lograría otra cosa que desconcertar á los simples fieles, cerrándose el camino para obtener el fin subli­me que se propone» (5).

Arago habla en el mismo sentido en su Astronomie populaire, t. III, p. 23 (6).

SEGUNDA ADVERTENCIA. -León XIII, en su Encíclica, afirma que no hay que temer, conflicto alguno entre la fe y las ciencias, siempre que éstas no traspasen los dominios que les son propios, invadiendo los que pertenecen á la filosofía y á la fe (7).

En efecto, estos conflictos, en todo caso, no pueden provenir más que de uno de estos dos motivos: ó bien de las pretensiones de ciertos sabios que presentan sus propias opiniones como si fueran decretos irreformables de la misma ciencia; ó bien de la imprudencia de ciertos comentaristas de la Escritura que ofrecen como verdades reveladas lo que no son sino interpretaciones personales del sagrado texto.

Desgraciadamente no faltan hombres, por lo de­más instruídos, que, cegados por el odio á lo sobrenatural se salen del dominio científico, que es propiamente el de los hechos y el de la experiencia, y edifican sin más fundamento que su imaginación, y a priori, teorías sobre teorías, las cuales si algo demuestran es el deseo de anonadar, si pudieran, toda creencia religiosa. A la verdad, nadie niega á los sabios el dere­cho de idear hipótesis, con el fin de llegar un día á más ciertas conclusiones, pero mientras tales idealizaciones no pasen de ser meras hipótesis no tienen dere­cho alguno á imponerlas (8). -Cuanto á los exégetas, no es don privativo de tal ó cual, sino solo de la Iglesia, el formular interpretaciones dogmáticas obligatorias. -Notemos además que los asertos bíblicos relativos á los hechos de que se ocupa la ciencia, y acerca de los que la Iglesia exige que se respete su sentir, son muy pocos en número. La razón es sencilla y se deduce de lo que ya llevamos expuesto; porque siendo, como es, la Biblia un libro religioso y no científico, no se ocupa de los fenómenos de la naturaleza más que para enseñar á los hombres lo que interesa á su fe y á su conducta (9).

Una cosa en especial hemos de advertir, y es que para que, con toda verdad, pueda haber acerca de algún punto relacionado con la naturaleza oposición entre la Biblia y la ciencia, es necesario que se reúnan las tres condiciones siguientes: 1. El sentido preciso de la Escritura debería ser absolutamente cierto, ya por su propia claridad, ya porque haya sido fijado por la autoridad infalible de la Iglesia. 2.ª Sería necesario que la afirmación de la ciencia fuese indiscutible, sancionada por todos los jueces verdaderamente autorizados. 3.a Sería necesaria, en fin, una incompatibilidad absoluta entre el sentido cierto de la Biblia y el resultado adquirido por la ciencia, y perfecta­mente demostrado. -Ahora bien, estas tres condiciones no se han visto, ni se verán juntas jamás. Pasemos ahora á explicarlas algún tanto.

PRIMERA CONDICIÓN. - Aparte de las decisiones dogmáticas de la Iglesia, no es fácil fijar de una manera cierta el sentido literal de la Biblia en los pasajes en que se trata de las ciencias naturales. Nos referimos especialmente á los relatos que se contienen en los primeros capítulos del Génesis, porque ellos son los que ofrecen fecundo campo para las objeciones.

Sin duda que las interpretaciones de los textos de la Escritura, sostenidos por la unanimidad á lo menos moral de los Padres y de los Doctores de la Iglesia, tienen mayores garantías de certeza (10); mas para ello es necesario que los Padres den su interpretación como propia de la Iglesia; y la impongan, por consiguiente, á la fe de los fieles: in rebus fidei et morum ad aedi ficationem docirinae christianae pertinentium, dicen los Concilios Tridentino y Vaticano. Entonces, y sólo entonces, tienen los Padres y Doctores autoridad de fe, porque en este caso su enseñanza representa ó manifiesta la enseñanza auténtica de la Iglesia universal, que ha recibido de Jesucristo el privilegio de la infalibilidad en lo que concierne á la fe y á las costumbres. Fuera de estas circunstancias nadie está obligado á adherirse á las ideas científicas de los Padres. Ellos, en sus trabajos de exégesis, utilizaron las ciencias tales cuales las encontraron en sus respectivos tiempos; tan libres somos nosotros como ellos de servirnos, para la explicación de la Escritura, de los progresos que las ciencias han realizado en nuestro siglo.

De lo que acabamos de decir, resulta que conser­vamos una gran libertad con respecto á la exposición mosaica de la obra de la creación v de la formación de la tierra. En efecto, este relato, como al momento veremos, ha recibido de parte de los Padres de la Iglesia y de los exégetas las más diversas, por no decir las más opuestas, interpretaciones. Ahora bien, es principio fundamental en hermenéutica, que en las cosas dejadas por Dios y la Iglesia á la libre discusión humana, nadie debe atreverse á dar su interpretación privada como si fuera la única y verdadera interpretación de la Biblia.

SEGUNDA CONDICIÓN. -La afirmación científica de­bería ser tan evidente que no admitiera réplica. Mas si bien miramos, veremos que, en la mayor, parte de las ciencias, dista mucho de ser cierto lo que en con­tra de la Biblia ha pretendido invocarse. En los albores, por ejemplo, de la geología, cuando las hipótesis no hacían más que sucederse unas á otras, pretendióse, á nombre de cada una de ellas, convencer á la Biblia de error (11). «La experiencia de lo pasado, dijo Virchow en el Congreso antropológico de Alemania de I882, nos ha prevenido suficientemente para que no nos arrojemos á sacar consecuencias prematuras. Cuando se habla ó escribe para el público, creo debería examinarse muy prolijamente los gramos, por decirlo así, de verdad científica que entran en nuestros escritos; imprímanse por vía de notas y en tipo menor todas las explanaciones puramente hipotéticas, dejando para el texto nada más que lo absolutamente verdadero.»

TERCERA CONDICIÓN. -Después de lo dicho, inútil es insistir en esta condición, por sobrado evidente. Aun en el caso de que el texto bíblico tenga un sentido cierto, y el hecho científico sea indudable, todavía se requiere que entre el uno y el otro exista manifiesta contradicción, que haya incompatibilidad absoluta. Y, como ya hemos visto, este caso no se presenta jamás. Ya lo haremos ver más palpable­mente cuando tratemos de algunas cuestiones en particular.

TERCERA ADVERTENCIA. -Resulta de todo lo anterior, que la Iglesia no tiene motivo alguno para cohibir á los sabios. Por eso el que tiene fe se encuentra tan holgadamente en el terreno de la ciencia como el que no tiene la dicha de creer. Lejos de obstruir las vías de la ciencia, la Iglesia la deja en completa libertad de moverse y progresar en el vasto camino que Dios le ha señalado; aplaude sus esfuerzos, porque segura está de antemano que sus descubrimientos no harán otra cosa que confirmar las verdades reveladas. Por lo demás, ahí está la historia de los tiempos pasados, para atestiguar que la Iglesia ha sido siempre la noble protectora del verdadero saber. Véase la 2.a parte, cap. V, art. III, § l, Acción de la Iglesia sobre las Letras y las Ciencias. ¿No hemos oído proclamar á León XIII, que «la Iglesia en nada se opone á que las ciencias trabajen en desarrollar su actividad dentro de su propia esfera, siempre que no se aparten de los principios y métodos que les son propios?» (12).

Notas:

(1) Entre las ciencias llamadas comúnmente modernas, a causa de los inmensos progresos que en nuestro siglo han realizado, ponemos á la geología ó ciencia de la tierra; a la astronomía ó ciencia de los cielos; a la biología ó ciencia de la vida; a la paleontología ó ciencia de los fósiles; a la antropología, ó ciencia del hombre desde el punto de vista de su origen, de su constitución, de la unidad de su especie y de su antigüedad; á la etnología 6 ciencia de los pueblos considerados en su antigüedad, en sus lenguas 6 idiomas, en sus hábitos, costumbres, escritos y monumentos.

(2) V. Introducción, p. 16.

(3) Pelt. t. 1, p. 40,

(4) Encíclica Providentissimus de León XIII, sobre los Sa­grados Libros, 1893.

(5) Astronomía nova, Introd., p. 4, Praga 1609. -No carecerá (le utilidad decir cuatro palabras sobre un hecho bíblico que ha tenido el privilegio de excitar la burlona risa de ciertos hombres de nuestro tiempo, como ya en siglos anteriores provocara la de los paganos de Africa, á los que respcndió San Agustín. Tratase de la historia de Jonás. Este hecho es a todas luces milagroso, porque el profeta no podía naturalmente vivir tres días en aquella tenebrosa prisión y ser luego arrojado sano y salvo a la orilla: mas, como hace notar San Agustín, éste hecho no es menos maravilloso que el de la conservación de los tres mancebos hebreos en medio de las llamas del horno; y tan fácil cosa es á Dios conservar vivo á un hombre en el vientre de un monstruo marino, como resucitarlo del sepulcro. Pero, además de este mi­lagro, ¿no hay aquí algún nuevo portento, en el hecho de engullir el monstruo á Jonás? Si el monstruo que lo devoró era realmente una ballena, no hay duda que sí, porque el esófago de este ma­mífero es demasiado estrecho para ciar paso a un hombre. Mas el texto hebreo, que es el texto original, no define el monstruo en cuestión. Unicamente dice que era un gran pez; este término, en su acepción vulgar, comprende todos los monstruos marinos sin excepción, lo mismo los cetáceos que los peces propiamente dichos. El vocablo empleado en la versión de los Setenta no es más explícito. Así piensan los mejores comentadores, tanto judíos y protestantes, como católicos. Parece preferible suponer un pez del género de los Pristis, como lo figuran los frescos de las catacumbas y los monumentos de los primeros siglos; ó, mejor aún, del género de los Squálidos, como el tiburón (Carcharias) ó la lamia (Lama Carnubica). Estos peces en todo tiempo han habitado en el Mediterráneo; de ellos los hay tan enormes, que fácilmente pueden tragar a un hombre, sin triturarlo, y no faltan ejemplos que lo confirmen. Cf. Vigouroux, Manuel biblique, 6. ª ed., t. II., p. 640; Bible de Vence, Dissertation sur le poisson qui engloutit Jonás. -Se encontraran observaciones Interesantes respecto del mismo hecho en un trabajo de Mgr. Lamy intitu­lado: Le prophéte Jonas (Louvain, 1874), inserto en el Dicciona­rio apologético de Jaugey.

(6) A esta objeción: Josué no hubiera en modo alguno man­dado al sol que se parara, á no estar convencido de que andaba», he aquí cómo responde Arago: «Si de este modo discurrimos, tampoco sé puede afirmar que los astrónomos de hoy día crean en el movimiento de la tierra, puesto que dicen generalmente: El sol se levanta, el sol pasa por el meridiano, el sol se esconde. Si Josué hubiera dicho: Detente Tierra, no solamente ninguno de los soldados de su ejército hubiera comprendido lo que quería decir, sino que tal lenguaje pareciera á todos imposible y anticientifico.» Por lo demás poco importa que Josué conociera ó no la verdad respecto de este punto: relatase un hecho verdadero y esto basta.

(7) «La religión, ha dicho Mgr. Freppel, en la sesión de clausura del Congreso científico de París, 1891, no pretende en modo alguno poner trabas a las humanas ciencias en su desenvolvimiento normal y regular, y mucho menos tiene la pretensión de emitir juicios doctrinales sobre el mérito de una obra oratoria y literaria. No hay para qué decir que la Iglesia no ha recibido de su divino Fundador ninguna revelación ni sobre las propiedades de los cuerpos, ni sobre las relaciones de distancia ó de volumen que pueden existir entre los astros. En otros términos, y por tomar las palabras en su precisa significación: no hay ni astronomía, ni medicina, ni química, ni física reveladas; no hay, por lo tanto, mas que ciencias naturales que, por su objeto propio y específico, se fundan y se desarrollan, las cuales no pueden pedir prestado a la teología ni las leyes por que deben dirigirse, ni el método que más les sirva para su desenvolvimiento y progreso».

(8) V. Introd. p. 88 y sig.

(9) «La Escritura, dice M. Pelt, prepónese un fin religioso, especialmente en el primer capítulo del Génesis. Quiere instruirnos en las verdades de la salvación, y condenar los errores de la antigüedad pagana sobre Dios y sobre el mundo; no pretende enseñarnos teorías científicas, de astronomía ó de otras ciencias por el estilo. Ademas el relato bíblico tiene un carácter eminentemente popular. Su lenguaje es concreto y llenó de imágenes: Dios se representa como un obrero que trabaja durante el día y cesa a la tarde en su trabajo, y queda satisfecho al ver terminada su labor. La descripción de las obras de la creación es sencilla y breve; en ella no se mencionan sino los hechos principales, sin precisar ni el modo ni la duración; esos se nos representan según las apariencias, y con un lenguaje y modo de hablar que reflejan las concepciones científicas de los primeros lectores de la Biblia.» Histoire de L' Ancien Testament , t. I, p. 4?, Lecoffre, París, 1904 -Moyses rudi populo loquebatur, quorurn imbecilli­tati condescendens, illa solum eis proposuit, quae manifeste sensui apparent. » S. Thom., Summ Theol., 1ª q. 68, árt. 3, c.

(10) Se llaman propiamente Padres de la Iglesia los escritores santos y sabios que han sido reconocidos por la misma Iglesia, como los fieles testigos y doctores de la religión cristiana. Se da especialmente el nombre de Doctores a aquellos cuya cien­cia ha sido mas eminente y cuya autoridad se reconoce como más considerable Tales son, en la Iglesia griega, San Basilio, San Atanasio, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo; y en la Iglesia latina, San Gregorio, San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo, San León, Santo Tomas de Aquino, San Bernar­do; y en los últimos tiempos, San Francisco de Sales y San Al­fonso M. de Liborio.

(11) En su 2.° vol. de los Esplendores de la fe, pone el abate Moigno cinco grandes paginas cíe afirmaciones, todas las cuales pretenden pasar por científicas, pero que, sobre una porción de materias, vienen á ser como el pro y el contra, el sí y el no. V. en la Revue des Quest. scíentif. los artículos de M de la Vallée sobre la certeza en geología.

(12) V. la Encíclica de León XIII Providentissimus, sobre el Estudio de la Sagrada Escritura, 1893; Etudes, P. Prat, S. J., Progrés et tradition ere exégèse, Oct. 190''; J. Guibert, Les Ori­gines, 4ª edic., París, Letouzey, 1905; P. de Smedt, S. J., Prin­cipes de la critique, c. XV.

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