Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

EL SABER HUMANO Y EL DEL CHIMPANCÉ

La cuestión de si el simio es capaz de lenguaje y qué tipo de lenguaje ha sido profusamente estudiada en los últimos cuarenta años. Numerosos autores (R. Allen Gardner, David Premack, Duane M. Rumbaugh, y otros) han realizado experimentos con simios en cautividad, y han investigado la capacidad para el lenguaje. Los resultados, inicialmente fascinantes, fueron después decepcionantes, al comprobar la imposibilidad de que un chimpancé, por ejemplo, fuera incapaz de entender el lenguaje humano, pues si bien es posible que logre combinar algunos signos (sintaxis) le resulta imposible dar sentido (semántica).

Traigo esto a colación, a propósito de un artículo periodístico que he leído recientemente. Los titulares eran un tanto sensacionalistas, pero elocuentes: “Una gran brecha cerebral separa a los seres humanos de los chimpancés”. Procede de los últimos trabajos que recientemente ha publicado, en una revista especializada, David Premack, un investigador norteamericano que lleva muchos años indagando en este campo. En él se concluye, después de haber sostenido con anterioridad tesis ambivalentes, que los comportamientos animales están dirigidos exclusivamente a la supervivencia y la propagación de la especie, pero que no van más allá. Sería prolijo analizar las 10 características esenciales que este autor señala y que da lugar a un auténtico abismo entre nuestra especie y la de los chimpancés. Entre otras cosas, se demuestra que el chimpancé no sabe para qué sirve, por ejemplo, la electricidad, o por qué se congela el agua o el viento arranca un árbol. Es decir, el simio desconoce el porqué de las cosas, el conocimiento causal, característico de los humanos. No digamos ya el lenguaje especulativo, abstracto, y sus implicaciones. Esta es una verdadera brecha, un abismo abisal. Ya los clásicos decían que el hombre es el único animal que sabe que va a morir. Interesante cuestión. Ambos van a morir, pero el chimpancé sencillamente no lo sabe: no es capaz de ir más allá de su propia supervivencia, aquí y ahora. Para el animal cada cosa es única y concreta, actual, y no es capaz de establecer relaciones de causalidad. Es puro nominalismo, puro empirismo. No ve más allá de sus narices. No es capaz de captar algo tan sencillo para una persona como un proyecto vital. No hay coherencia. No tiene futuro, ni es capaz de prever. No es libre. Por eso, su felicidad se cumple una vez ha logrado las bananas y satisfecho su hambre. Pero, en el ser humano, la idea de ver cumplida la aspiración a la felicidad tropieza, afirma Spaemann, indefectiblemente con la idea de la “la insuperabilidad de la contingencia, sobre todo en aquella forma de contingencia debida a la condición mortal del hombre. A diferencia del animal, el hombre tiene el conocimiento de que ha de morir. La muerte emerge hacia la vida como saber acerca del carácter fragmentario de ésta. No querer morir es algo constitutivo de todo ser. Más el hombre sabe que ha de morir.” Esta situación de saber y de saber por qué se sabe, aunque no se quiera saber (yo estoy aquí, pero nadie me preguntó si quería o no estar aquí), es una cuestión sumamente peliaguda, además de interesante, para dar contenido a la propia vida, pues la nuestra no queda satisfecha una vez logrado el alimento. Si sólo se admite, digamos, una concepción materialista -el hombre como un mono más evolucionado- la frustración aparece de inmediato, pues el hombre es un ser permanentemente insatisfecho. Lucrecio, filósofo griego, y primer evolucionista del que se tiene constancia, quiso sustituir la idea de Dios por la de evolución; y como comenta Chesterton, con su acostumbrada agudeza, “había puesto ya ante los ojos de los hombres su danza de brillantes átomos, por los que concebía el cosmos como una creación del caos. Pero no fue su fuerte poesía o su triste filosofía, como imagino, lo que atrajo a los hombres a su punto de vista, sino la impotencia y desesperación con que éstos sacudían sus puños vanamente hacia las estrellas, mientras veían todo el gran trabajo de la humanidad hundirse lentamente y sin rastro de esperanza en un pantano”. Sin duda, porque se daban cuenta de que sus esfuerzos quedarían baldíos y arrasados por la muerte, y eso es muy difícil de aguantar. La persona humana es un ser de anhelos, un alguien anhelante. En mi opinión, la opción materialista –ese no querer saber, no querer indagar- es contradictoria e impropia del ser humano, porque no da explicación de esa sublime aspiración que, con magistral intuición, Agustín de Hipona, ese gran espíritu religioso, sintetizó, con la lucidez que le caracterizaba, en esa ardiente y famosa frase que se lee al inicio de sus Confesiones: “nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti.”

Pedro López
Biólogo. Grupo de Estudios de Actualidad

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