Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

28Mar/100

EL TESTIMONIO DE LOS MÁRTIRES

EL TESTIMONIO DE LOS MÁRTIRES

Según la etimología del vocablo, mártir equivale á testigo. Y en realidad, llamamos mártires, no precisamente á aquellos que mueren por una idea ó por una opinión, sino á los que, llenos de valor, dieron testimonio, con el derramamiento de su sangre, de la verdad de los hechos evangélicos. Entre los mártires, unos, como los apóstoles y los primeros discípulos, conocieron al Autor de nuestra santa religión; asistieron á su vida, á su muerte, á su resurrección y, para servirnos de una frase de S. Juan, tocaron al Verbo de la vida . Otros, y son ya más numerosos, conocieron los hechos evangélicos por la tradición, viva y segura, más ó menos aproximada al tiempo en que se verificaron. Muchos de ellos oyeron aún de los labios de los apóstoles y discípulos inmediatos de Cristo lo que ellos presenciaron, y admiraron los prodigios obrados por los primeros cristianos en nombre del Salvador resucitado. De estas pláticas y de las indagaciones hechas por ellos mismos sobre acontecimientos de importancia tan capital, sacaron una convicción tan fuerte, que por ella no dudaron en sacrificar sus vidas. ¿Puede darse mayor testimonio de certeza que dar la propia sangré en prueba de lo que se cree y de lo que se atestigua? Por lo demás, Jesucristo nunca intentó ocultar á sus discípulos lo que les esperaba. «Vosotros seréis mis testigos, les dijo en cierta ocasión, en Jerusalén y en toda la Judea, y en la Samaria y hasta en las extre­midades de la tierra.» (Hechos de los Ap., I, S). «Os llevarán á los tribunales, les dijo también; seréis azo­tados con varas en las sinagogas, y os harán com­parecer ante los jueces y los reyes por causa mía, para que sirváis de testigos delante de ellos. El her­mano entregará á la muerte á su hermano, y el padre á su hijo; y los hijos se levantarán contra sus padres y los harán morir, y vosotros seréis aborrecibles á todos por causa de mí; pero el que perseverare hasta el fin, será salvo.» (S. Mare. XIII, 12.-Vid. también Los Hechos de los Ap., I, 22.)

Desde el día en que los acontecimientos hicieron conocer á los cristianos lo que significaban estas pala­bras, se concedió el título de mártir, en el sentido de testigo, á todos aquellos que, por la efusión de su san­gre, dieron testimonio de la realidad de los hechos evangélicos ó de la perpetuidad de la tradición cris­tiana.

Para comprender toda la fuerza del argumento que vamos á exponer, importa considerar:

1.° El número notabilísimo de mártires. -Desde Nerón hasta Constantino, es decir, durante dos siglos y medio, el Cristianismo fue objeto de las más crue­les persecuciones. Un número inmenso de hombres derramaron generosamente su sangre, ya en las persecuciones que la historia señala como más im­portantes, ya en las otras que jamás dejaron de sus­citarse en un punto ó en otro del imperio. Diocleciano puso tanto empeño en perseguir á los cristianos, que al fin se gloriaba de haberlos extinguido. Alguna vez, se extendió la persecución fuera de los límites del imperio romano. En Persia estalló, bajo el reinado de Sapor (de 339 á 379), una persecución que pro­dujo, según el testimonio del historiador. Sozomena, un número inmenso de mártires. Sócrates (Hist. Ec­cles., VII, 18), dice de la persecución persiana bajo el reinado de Bahram (420-438), que los cristianos fueron sometidos á tales suplicios, «que sólo los podían inventar la insolencia de fin tirano y la crueldad persa».

2.° La diversidad de condiciones. - Señores, y es­ clavos, ricos y pobres, hombres y mujeres, niños y viejos, nobles, soldados, filósofos, todos rivalizaron en generoso ardor por confesar la fe de Jesucristo.

3.° La barbarie de los suplicios. -Eran éstos tan variados, que su descripción ha servido para llenar obras enteras; y tan horribles, que no puede uno me­nos de estremecerse al solo escuchar su relato: ex­quisitissimis poenis, dice Tácito. (Anales, XV, 44.) Las persecuciones de Persia fueron las más crueles. En­tre los diferentes suplicios, los unos estaban previstos y prescritos por las leyes, los otros, que solían ser los más atroces, eran inventados por una barbarie incapaz de ser formulada en ley alguna.

4.° La manera como los mártires sufrían estos tor­mentos. -Mostraban en medio de los mayores sufri­mientos la más extraordinaria paciencia y la más admirable mansedumbre. Nada había en ellos que pudiera parecer fanatismo ó frenesí; nada tampoco que pareciera revelar espíritu de venganza: hasta en las calderas hirviendo y en medio de las hogueras, elevaban al cielo su oración por los verdugos (1).

5.º Los brillantes milagros que frecuentemente se produjeron con ocasión del suplicio de estos hombres condenados á muerte por odio á Cristo, y cuya divinidad proclamaban.

6.º Las felices consecuencias del martirio de los cristianos. -El número de conversiones provocadas por estas muertes triunfantes debió ser muy grande, cuando Tertuliano pudo escribir sobre ello: «cuanto más nos segáis, más nos multiplicamos; la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.» A la vista de la paz imperturbable y de la alegre serenidad que irradiaba la frente de los mártires hasta en me­dio de los más atroces suplicios, se vio más de una vez á los verdugos y á los tiranos abrazar la fe de sus víctimas (2).

CONCLUSIÓN. -De este testimonio de los mártires resulta una doble prueba en favor de la divinidad de la religión por quien daban la vida.

1.° Una prueba de autoridad divina.-Es imposi­ble que tantos mártires diferentes en edad, en sexo, en posición social y diseminados por toda la tierra, hubieran podido sufrir con paciencia inalterable, la muerte, no sólo la rápida y sin crueldad, sino las más lentas y refinadas torturas, si Dios izo los hubiera es­forzado y sostenido y, por lo tanto, si su fe no fuese divina. Semejante fuerza moral hizo existe en la naturaleza del hombre. No olvidemos que los sufrimientos eran voluntarios, puesto que para evitarlos les bastaba apostatar. La constancia de los mártires es, pues, un milagro de orden moral. (3)

2.° Una prueba de autoridad humana. -En todos los tribunales del mundo se admite la prueba testi­monial cuando se trata de inquirir hechos; ¿domo, si no, podrían éstos probarse si se prescindiera de los testigos? Pues bien, los mártires murieron , no precisamente por defender opiniones especulativas, sino por atestiguar la verdad de la revelación cristia­na y de todos los hechos sensibles que la apoyan, esto es, los milagros obrados por Jesucristo, su vida y muerte sobrehumanas, su resurrección, su ascensión, el descendimiento del Espíritu Santo, y los milagros de los apóstoles y demás compañeros de Jesús.-A la verdad, esta prueba de autoridad humana no es de estricto valor sino en cuanto concierne á los apóstoles y primeros discípulos que fueron por sí mismos testi­gos de los hechos, y dieron su vida por atestiguarlos. Si bien los suplicios y muerte de sus sucesores no tie­nen ya la misma fuerza apologética, pues no fueron testigos propiamente dichos, su heroísmo indomable no carece, sin embargo, de mérito. Sin duda puede darse el caso de que alguien muera por una opinión falsa creída por verdadera; lo que no se concibe, ni se dará jamás, es que haya quien se arroje á las llamas, por ejemplo, para atestiguar un hecho dudoso ó ciertamente falso. Por lo tanto, los mártires del Cristianismo debían estar bien seguros de la divini­dad de su religión, y muy penetrados de los hechos que le servían de base, cuando no titubearon en sacrifi­car hasta su misma existencia, con tal de obtener los bienes que esta religión les prometía. Cuando vemos á los apóstoles y primeros discípulos de Cristo morir en testimonio de lo que ellos mismos habían presenciado; cuando vemos una multitud de cri s tianos de los primeros siglos verter su sangre por la fe que libremente habían abrazado, nos sentimos autori­zados á repetir la frase de Pascal: « Muy de buen grado creo en las historias cuyos testigos se dejan degollar». (4)

OBJECIONES.-Con el fin de atenuar la fuerza del argumento sacado del testimonio de los mártires, al­guien ha pretendido: 1.°, que el número de mártires ha sido exagerado; 2. ° , que los cristianos han sido perseguidos por delitos de derecho común, ya que el. motivo de las persecuciones fué político más bien que religioso; 3.°, que las víctimas han sufrido más por fanatismo que por convicción.

RESPUESTA Á LA OBJECIÓN SACADA DEL. NÚMERO DE MÁRTIRES. -1. Uno de los primeros que formuló esta objeción fué el protestante Dodwell (1681). Bay­le y Gibbon se contentaron con reproducirla, sin hacer caso de las sabias refutaciones de Machnight, Burnet y sobre todo del P. Ruinart, y sin tener en cuenta la retractación que sobre este punto hizo el mismo Dodwell. En efecto, este escritor reconoció que el número de los mártires era bastante con­siderable para constituir una magnífica prueba de la divinidad del Cristianismo. Lo mismo sucedió á M. Aubé, autor de la historia de las persecuciones de la Iglesia hasta fines de la dinastía de los Antoninos (1875). «Al leer sus primeros escritos, dice Renán, (Journal des Sapants, 1884, p. 697), se siente uno ten­tado á creer que las persecuciones fueron en reali­dad muy poca cosa, que el número de los mártires fué escaso, y que todo el edificio de la historia ecle­siástica no es, sobre este punto, más que una cons­trucción artificial. Pero poco á poco la luz fué ilus­trando este espíritu sincero». (5)

La verdad es que hay autores cristianos y aun paganos de los tres primeros siglos, los cuales están acordes en atestiguar que el número de mártires fué inmenso. Si alguno que otro guarda silencio sobre este punto, este tal no puede prevalecer, en buena crítica, contra las más auténticas aseveraciones. Indi­caremos algunos de estos testimonios.

a. La tradición cristiana ha considerado siempre como muy grande el número de los mártires. La afirmación de los escritores eclesiásticos de los cua­tro primeros siglos, especialmente de Tertuliano, de S. Justino, de S. Ireneo, de Lactancio y de Eusebio, es uniforme: sus historias, sus homilías, sus apolo­gías, sus diversos tratados, como las Actas mismas de los mártires, suponen siempre que las persecucio­nes hicieron mártires sin cuento durante los 249 años que duraron. -b. Bajo el reinado de Marco-Aure­lio, dice el historiador Eusebio (siglo IV), la animosidad y el furor de los pueblos hicieron un número casi infinito de mártires. De los diez libros de que se compone la Historia de Eusebio, no hay uno solo en que no hable de las persecuciones suscitadas por los diversos emperadores. En una obra atribuida á Lactancio (De inorte persecutorum), y que es cierta­mente de un contemporáneo de Diocleciano, se ha­bla de seis emperadores cuya muerte desastrosa pa­rece ser efecto de la venganza divina. «Toda la tierra fué cruelmente atormentada, dice este autor, y, si exceptuamos las Galias, el Oriente y el Occi­dente fueron desolados y devorados por tres monstruos.» -c. Tácito, por su parte, afirma (Anales, XV, 44), que bajo el imperio de Nerón, pereció una mul­titud inmensa de cristianos (multitudo ingens). En su oración fúnebre de Juliano el Apóstata, el retórico Libanio afirma que, al advenimiento de este empera­dor, se preparaban los cristianos para ver de nuevo correr «ríos de sangre, flumina sanguinis». -d. Bajo el imperio de Diocleciano y Maximiano fué tan ho­rrorosa la persecución, que estos emperadores llega­ron á gloriarse de haber exterminado el Cristanismo. Pues bien, al advenimiento de estos perseguidores el Cristianismo florecía en todo el imperio. -e. Es cierto que desde el año 64 al 313 tuvo la Iglesia sus períodos de tregua: Dios no quiso, dice Orígenes, que fuese enteramente destruida la raza de los cristia­nos; sin embargo, desde Trajano á Septimio Severo la persecución fué continua, en el sentido que siem­pre se mantuvo en una ú otra parte del imperio. Después de Septimio-Severo los edictos fueron mu­chas veces revocados, pero por mala voluntad de los gobernadores ó por otra causa, lo cierto es que la sangre cristiana no cesó de correr jamás (6).

RESPUESTA Á LA 2.ª OBJECIÓN. a. Si algún fundamento tuviera tal acusación ¿cómo es que los in­crédulos (7) no invocan en favor de su afirmación ningún argumento serio? Evidentemente los autores paganos, los edictos de los perseguidores y las res­puestas de los apologistas no podrían dejar de ofre­cernos abundante copia de textos, claros todos ellos y muy decisivos.

b. En las apologías dírigidas á los emperadores, á los magistrados y á todo el pueblo, S. Justino, Atená­goras, Minucio-Félix, Clemente de Alejandría, Tertuliano, Orígenes y S. Cipriano, afirman muy alto que no se pueden imputar á los cristianos ni críme­nes, ni sediciones, ni violaciones de las leyes civiles ó del orden público (8); desafían á que les prueben lo contrario; echan en cara á los paganos el que persi­gan á los inocentes, el que condenen la muerte á pacíficos ciudadanos, dóciles en un todo á las leyes, enemigos de tumultos y sediciones y á quienes se acusa únicamente de no querer ofrecer incienso á las falsas divinidades. Pues bien, estas afirma­ciones no han sido nunca desmentidas, y dicho reto jamás ha sido aceptado. Sin duda que los jefes supre­mos del imperio, que eran á la vez Césares y Pontí­fices máximos, pudieron temer que un cambio de religión disminuyera su prestigio; mas la historia prueba que este temor no tuvo otro fundamento que la introducción de una religión nueva y no los pre­tendidos crímenes de los cristianos. «El emperador Decio, dice S. Cipriano, hubiera temido menos ver que se levantaba un competidor de su imperio, que no el que se estableciera en Roma un rival de su sacerdocio.» Si los cristianos fueron tratados como ene­migos del Estado, fue exclusivamente como cristia­nos, es decir, por motivo de religión y no por delito de derecho común.

c. Las declaraciones de los escritores paganos son suficientemente significativas. Tácito no reprocha á los cristianos más que una perniciosa superstición: exitiabilis superslilio; Suetonio refiere que lo que en ellos castigaba Nerón era una secta de perversa y funesta superstición, superstitionis pravae et maleficae Esta es la causa porque castigaban los gentiles la impiedad de los cristianos para con los dioses, por­que miraban esta indiferencia como causa de los reveses del imperio y de las públicas calamidades. Celso, Juliano y Libanio no formulan otros agravios; Plinio habla igualmente de una superstición perversa y excesiva pravam et inmodicam, son las palabras textuales de su famosa epístola á Trajano. El mismó declara que ignora los crímenes que ha de castigar en los cristianos: hace acerca de ellos lisonjeras con­fesiones, y estos elogios de su irreprochable conduc­ta se ven confirmados por la respuesta 'del empera­dor. Dejemos á un lado ciertas vagas acusaciones referidas por algunos autores gentiles; si algún cri­men concreto se les ha echado en cara es el de in­fanticidio, y nadie ignora hoy día que tal acusación se funda sobre el desconocimiento de la sagrada Eu­caristía; pero jamás, y á pesar del reto lanzado por los apologistas, les ha sido posible presentar un solo hecho en confirmación de su aserto.

d. Los mismos emperadores que perseguían á los cristianos veíanse obligados á reconocer su inocen­cia, puesto que, para justificar el rigor de sus edic­tos, no alegaban otro motivo que el de la religión. Diocleciano y Maximiano, en particular, no acusan á los cristianos más que de haber renunciado al culto de sus dioses. Conocida de todos es la respuesta que á Plinio dió el emperador Trajano en la cual decía que se castigara solámente á aquellos cristianos que fue­ren denunciados. Sobre los demás prohibe que se ha­gan investigaciones, y manda declarar su inocencia.

e. Por lo demás existe un medio bien sencillo para averiguar la verdad sobre este punto. Recórranse las actas auténticas de los mártires y se verá que lo mismo en las interrogaciones que en las senten­cias que se dieron no se encuentra rastro alguno de crímenes cometidos; se les condena á muerte por­que no adoran á los falsos dioses y porque son cristia­nos. La prueba más convincente de ello es que, en todas las persecuciones, bastaba para ser absueltos y aun colmados de honores y recompensas, el echar un poco de incienso ante los simulacros de los ídolos. «Los cristianos, dice Orígenes, son los únicos acusa­dos á quienes los magistrados dejan marchar tran­quilos, con tal de que quieran abjurar de su religión, ofrecer sacrificios y hacer los juramentos acostum­brados». (9)

RESPUESTA Á LA 3.ª OBJECIÓN.-Ya queda refu­tada esta objeción por las advertencias precedentes. Lo que con dolor hemos de hacer constar es que la moderna incredulidad se muestra mucho más cruel respecto á los héroes del cristianismo, que no lo fue­ron sus antiguos perseguidores (10). De lo contrario, ¿cómo se atrevieran á tachar de demencia á unos hombres cuya constante intrepidez fué la admiración de los mismos paganos? Al hablar del catolicismo emplean los incrédulos, con una persistencia incalifi­cable, la palabra fanatismo. Pero esto, como se ve, no debiera dispensarlos de aducir alguna sombra al me­nos de razón. En realidad, el simple buen sentido dice bastante claro que el fanatismo, es decir, ese furor ciego inspirado por la pasión y restringido á ciertos tiempos y lugares, nada tiene que ver con lo que estamos tratando.

Es por lo tanto incontestable que una infinidad de hombres, de mujeres, viejos, niños, soldados, magis­trados y aun filósofos convertidos, han sufrido con perfecta resignación, por espacio de cerca de tres siglos, en los países más diversos y en medio del clamoreo de las muchedumbres, suplicios atroces y muchas veces prolongados; y que en ningún rasgo de su conducta se ve señal de orgullo, de ambición, de odio, ni de venganza... ¿Quién podrá creer jamás que tantos hombres lo hayan sacrificado todo, incluso la misma vida, sin motivos sólidos é ignorando á punto fijo el por qué de su inquebrantable firmeza? El resultado que podían prometerse no era segura­mente presente y temporal, sino sólo una recompensa para más allá del sepulcro. Ahora bien, la expecta­ción de tal recompensa, supone necesariamente una fe sobrenatural, fundada sobre las pruebas más convin­centes (11).

R.P. DEVIVER. Curso de Apologética cristiana.

Notas:

(1) Cf. S. Justino, Apología, 11, n.° 12; Tertuliano, Apología, c. 50; Lactancio, Instituciones, V. c. 13.
(2) Cf. Dorn. Ruinart, Acta sincera martyrum, Praep. n.° 68; Martyrum S. Polycarpi, ed. Héfélé, n.° 15-16; Abate Perreyve, Du témoignage des inartyrs, Correspondant, Enero, 1864; Paul Allard, Histoire des persécutions pendant les deux premiers siécles de l'Eglise; Dix lef.ons sur le martyr. Le Christianisme et l'Empire Romain; Ed. Le Blant, Les persécutions et les inar­tyrs aux premiers siécles de notre ére; H. Leclercq, Les martyrs, 2 v. 1901; Labourt, Le Christianisme dans l'Empire perse socas la dynastie sassanide, París, Lecoffre, p. 43 y 1 l0.
(3) No se olvide tampoco que los mártires tenían con frecuen­cia que arrostrar no sólo la prueba, por cierto muy terrible, de los sufrimientos corporales, sino también largas y crueles tortu­ras morales: ruina de sus fortunas, renuncia de las aspiraciones más legítimas, ruptura de los lazos más queridos de la amistad y del parentesco. V. Allard, op. cit., p. 189.
(4) V. Allard, Dix leçons sur te martyre , p. 369.
(5) «Los descubrimientos y los escritos de M. de Rossi, dice M. Paul Allard, han pulverizado el argumento principal de Dod­well, demostrando que muchos de los mártires y aun los más ilustres faltaban en los calendarios. Todos cuantos en Alemania ó en Inglaterra han estudiado concienzudamente la historia de los primeros cristianos, ó la de las persecuciones, como lightfoot, Mommsen, Harnack, Neunmann, Hardy, Ramsay, no piensan en reducir el número de mártires. Actualmente todos convienen en que éste es incalculable.» Les persécutions et la critique moderne, 1904, p. 13 á 17
(6) A propósito de la 3.ª persecución, M. Aubé alegó que ha­bía sido muy abultada; añadiendo que todo se reduce á algunas condenaciones pronunciadas por Plinio el Joven. «¿Qué s abemos nosotros? le responde M. G. Boissier (Un dernier mot sur les persécutions, Revue des Deux-Mondes, 15 de Febr. 1886). La carta de Plinio es, á la verdad, el único documento que hoy nos conserva el recuerdo de aquellos suplicios, mas este docu­mento supone otros muchos. Seria, en verdad, bien extraño pre tender que de todos los gobernadores de provincia, sólo hubiera tenido ocasión de perseguir á los cristianos uno precisamente á cuyo carácter repugnaban las ejecuciones sangrientas. La nece­sidad en que éste se vió debió pesar sobre otros muchos, que sin duda la aceptarían con menos vacilaciones y menos escrúpulos que el citado escritor.» Cf. G. Boissier, Les premiéres persécuons de l'Eglíse, Revue des Deux-Mondes, 15 de Abril 1876; P. Houze, S. J. Les origines chrétfennes; los escritos de M. de Rossi; P. Allard, op. cit
(7) Trajano y Marco Aurelio no son perseguidores, se con­tenta con decir M. Salomón Reinach (Manuel de Philologie clas­sique, 1880, t. I, p. 356); solamente aplicaron, en sus reinados, las leyes existentes. -«Se conformó con aquellos predecesores suyos que habían sido desfavorables á los cristianos, dice Al. Aubé, (L'Eglise el L'Etat daos la seconde moitié du IIIº siécle, 1885):» En el mismo sentido explica dicho autor la persecución de Decio: -una obra seria y, desde el punto de vista romano, patriótica.»
(8) G. Boissier, op. cit Mgr. Freppel, S. Justino, p. 48.
(9) En el opúsculo citado, después de haber expuesto y exa­minado los diferentes motivos que se aducen como causas de las persecuciones, el P. House concluye que todos estos motivos son insuficientes para explicar la persecución, y que la verdadera causa, decisiva y fundamental, es la que expresa así Bossuet en su enérgico lenguaje: «Todos los sentidos, todas las pasiones, to­dos los intereses combatían por la idolatría. Esta es la eterna historia de la lucha del mal contra el bien. El hombre perverso quiere matar, destruir todo lo que sujeta á sus pasiones. Caín mata á Abel; los fariseos matan á Jesucristo; los malvados de todos los tiempos quieren matar á la Iglesia que es el cuerpo de Jesucristo.. Cf. P. Allard, Les persécutions et la critique izo­cierne, 1904, p. 35; Le fondement juridique des persécutions; Dix leçons, p. 117.
(10) Cf. Duruy, Histoire romaine, t. VI, p. 226, 227; Aubé, Histoire des persécutions, p. 184-185.
(11) CL Franssinous, Questions sur tes martyrs; Abbé Per­reyve, op. cil— p. 72; P. Wilmers, Précis de la doctrine chré­tienne, p. 68,6'; Allard, resumen, p. 307.

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