Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

EVOLUCIÓN AMOROSA

La evolución es una teoría científica explicativa de cómo se ha desarrollado la vida en el planeta, muy interesante, aunque sujeta a las continuas revisiones propias de cualquier teoría. Considerarla una explicación completa y última de la existencia va más allá de la ciencia empírica y constituye una tarea propia de la filosofía. Es hacer fraude a costa de la ciencia y vender un producto de baja calidad. Flaco favor se hace a la ciencia cuando en su nombre se despacha un sucedáneo. Para un creyente, pongamos por caso, igual hace una teoría que otra, con tal de que sea verificable, que es de lo que precisamente trata la ciencia: para él la evolución no es un casus belli, sencillamente porque no afecta a su fe. En cualquier caso, llega un momento en que todos tenemos lagunas explicativas, porque las cosas no son evidentes, aunque unos supuestos sean más razonables que otros. Y en última instancia, creer o no en un Dios creador es una cuestión sujeta a la propia decisión del individuo, porque compromete su propia libertad: es decir, se trata en ambos casos, desde el punto de vista psicológico, de una fe, de una creencia, que implica la visión que uno tiene de sí mismo, de los demás y del entero universo. No es una cuestión baladí. Lo importante, al menos para un católico que ha aprendido a leer la Biblia, no es cómo han evolucionado las cosas, sino quién las has hecho y las razones por las que lo ha hecho. Por tanto, se circunscribe a revelar unas verdades religiosas. Por ejemplo, que Dios es amor. Pero lo que revela no es arbitrario o caprichoso, en el sentido de que puede ser así o lo contrario. Cuando uno reflexiona sobre lo que significa que Dios sea amor, resulta entonces que es lo más razonable, por ser la razón esencial explicativa de nuestra realidad vital: si se quita el amor de la vida de una persona, deviene en nada, porque queda despojada, desposeída de la razón de vivir. De hecho, nadie puede vivir sin amor: en esto somos absolutamente carenciales, porque necesitamos de los demás. La persona humana sólo se realiza en el amor. Esto ya lo decían los clásicos. Plutarco, por ejemplo, indica que “nada es tan imperfecto, sin recursos, desnudo, informe y manchado como un hombre al ser contemplado en su nacimiento. Y sólo es dado coger, besar, abrazar por nadie más que por quien le ama por naturaleza”. Y la moderna psicología no hace más que corroborar experimentalmente un hecho que se ha dado desde el principio de la humanidad: la carencia de amor supone el bloqueo psíquico y la degradación ética. La biología también nos indica que el ser humano es el único animal que nace en unas condiciones lamentables de desprotección e indigencia; y sólo los cuidados que el amor le procura le salvan de una muerte segura, porque instintivamente es un adefesio: no ha sido dotado por la naturaleza para sobrevivir por sí solo, sino en total dependencia. El hombre, como persona, no nace, sino que se hace en la relación con las demás personas. Por tanto, la afirmación cristiana de que Dios es amor no sólo da una razón plausible de Dios -en mi opinión, la única plausible-, sino que conlleva a su vez la noción de racionalidad, porque no puede ser de otra manera: un dios caprichoso o voluptuoso es contrario a razón y sería, en el fondo, una deidad irracional y violenta, un no-dios. Por eso, San Juan, que atestigua esa centralidad del amor en Dios, comienza su evangelio con una afirmación también sorprendente: Dios es palabra, razón (logos, en griego; verbum, en latín). Y esa racionalidad no está reñida con el amor: porque lo racional es lo más amoroso. En lo hondo de nuestro ser nos damos cuenta de que vivimos gracias a la palabra, a la racionalidad, a la relación, en el diálogo con los otros; y en eso consiste precisamente el amor. Que hemos sido llamados a la existencia por otros y que estamos abocados al encuentro con los otros; y esto es el amor. Uno quiere a un ser racional, a un semejante, porque es con quien puede realizarse. A los animales se les estima, se les mira con dulzura o se les mima; pero uno no se enamora de una mona. Es más, cuando el hombre se comporta como un irracional, es objeto de desprecio o de temor, pero en ningún caso de amor, salvo la lógica conmiseración natural de ver aherrojado a un congénere a comportamientos infrahumanos. Definitivamente, hemos de evolucionar amorosamente.

Pedro López. Biólogo

Grupo de Estudios de Actualidad

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