Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

EVOLUCIÓN Y CREACIÓN (EN EL 200 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE DARWIN)

La lectura del libro “Darwin y el diseño inteligente” de Francisco Ayala, es un ejemplo de ponderación y madurez intelectual. Nos hace descubrir las falsificaciones ideológicas del debate sobre la evolución, especialmente en Estados Unidos.

Unos intentan apoyarse en los datos de la ciencia para hacer teología: entre otros, y porque pega más o menos fuerte ahora, los partidarios del Diseño Inteligente. Sostienen que las estructuras biológicas complejas son irreductibles y, en consecuencia, hacen continuamente intervenir al Creador, como si la creación fuera algo incompleto y permanentemente remendado. Filosóficamente es insostenible; científicamente, no tiene interés. En su mayor parte, son protestantes fundamentalistas que hacen un flaco favor a la teología, en general paupérrima, interpretando la Biblia como si de un texto científico se tratara, o al menos, leyéndola al pie de la letra. Ya es penoso que se les denomine “creacionistas” con la carga ideológica de desprecio que comporta y la lamentable confusión que se produce con el término. Porque evolución se opone a fijismo; y materialismo a creacionismo. Por tanto, se puede ser creacionista y evolucionista, al igual que se puede ser materialista y fijista.

No hay que olvidar que en la Iglesia Católica nunca se ha leído la Biblia sólo en su literalidad, sino que ya desde el inicio del Cristianismo –el mismo Jesucristo lo hace- se lee la Sagrada Escritura en cuatro sentidos: el textual, el alegórico, el moral y el espiritual. Orígenes y la escuela de Alejandría –siglo III de nuestra era-, por ejemplo, constituye un paradigma de lo que digo.

Los cientificistas, por su parte, arrojan leña al fuego, al intentar instrumentalizar los datos empíricos de la biología para argumentar la necedad de la existencia de un Dios, o al menos hacerlo superfluo y, en consecuencia, innecesario: la ciencia se bastaría a sí misma para arrojar luz acerca de los grandes problemas de la humanidad y de la existencia. Pero confundir metodologías suele constituir, en el mejor de los casos, un pasteleo. El método científico sólo es verificable en las realidades materiales, pero no en las que no son empíricas: Dios, el alma, el sentido de la vida, etc. porque no son mensurables. Para ello, está la razón filosófica con sus propios métodos. En consecuencia, para los cientificistas la Biblia es un cuento para niños, un mito ya “felizmente” superado. Lo que produce una cierta desazón en los creyentes, por la utilización fraudulenta de la propia ciencia. Un ejemplo gráfico puede aclararlo. No hace mucho leía un libro sobre el cambio climático. Su autor, al que tengo por ponderado y buen conocedor del tema, exponía con total candidez que, de no haber sido por un meteorito que abortó el desarrollo de los reptiles hace 65 millones de años, y que provocó la conquista de la tierra por parte de los mamíferos,... hoy seríamos lagartos inteligentes. Claro que se trata de una hipótesis inverificable, pero no deja de espantar al sentido común tal supuesto, que va, no sólo contra el “factum” de que estamos aquí y somos así, sino contra cualquier visión filosófica: “la ciencia lo explica todo”.

En realidad el evolucionismo (o las diferentes teorías evolucionistas, para ser más exactos), nada o poco tiene que ver con las posturas de ambos bandos. Ayala (biólogo, profesor de la Universidad de California en Irvine) sostiene que unos y otros están mucho más próximos de lo que se imaginan, unidos por sus errores: los extremos se tocan. La línea argumentativa en la que sostiene esta afirmación está ampliamente desarrollada en el libro, en el que analiza estas dos posturas antagónicas. Desde el principio, deja bien claro lo que intenta realizar a lo largo del ensayo: que no hay contradicción entre ciencia y religión. En realidad, son materias diferentes que en las “líneas fronterizas” pueden –y deben- tender puentes de un lado hacia el otro. En mi opinión, la ciencia empírica, y la tecnología subsiguiente, no se explica sino por la noción de un Dios creador, sabio y racional que puso su impronta en la naturaleza: el logos que rige el mundo de Heráclito; las ideas divinas subsistentes de Platón; la búsqueda de una verdad más profunda que las meras apariencias empíricas en Aristóteles; o las “razones seminales” de las cosas que habrían de manifestarse y desplegarse en el tiempo de Agustín de Hipona. Este era el humus que posibilitó la explosión de la matemática primero, y de las ciencias empíricas después.

Según Ayala, se puede ser partidario de la evolución –como teoría científica- sin que esto afecte en absoluto en la creencia de un Dios creador: el concepto científico de la evolución no niega la noción filosófica y teológica de la creación a partir de la nada, ni a la inversa.

Pedro López

Biólogo. Grupo de Estudios de Actualidad

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