Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

28Mar/100

LA AUTENTICIDAD DE LA SÁBANA SANTA DE TURÍN

LA AUTENTICIDAD DE LA SÁBANA SANTA DE TURÍN

Las reliquias hay que estudiarlas. Algunas no hay que estudiarlas porque ciertamente son falsas. En algún sitio te enseñan una pluma del arcángel san Miguel: evidentemente que es falsa. Otras hay que estudiarlas, porque si hay por el mundo cincuenta clavos de Cristo, los cincuenta no pueden ser verdaderos.

No se pueden aceptar las reliquias sin un estudio previo. No puedes tampoco rechazarlas sin más. Tan necio es el que rechaza una cosa sin haberla estudiado como el que la acepta sin más.

El estudio de la Sábana Santa

La Sábana Santa ha sido exhaustivamente estudiada, y todas las investigaciones han sido favorables a su autenticidad. Hace dos mil años que murió Cristo y hoy podemos contemplar su fotografía, ver su estructura atlética, su armonía de proporciones y, sobre todo, su rostro. Ver la cara que tuvo Jesús. A pesar de que la cara de Jesús en la Pasión estaba deforme. Le habían pegado un golpe. Tenía un pómulo hinchado. Pero, aunque deforme, es emocionante estar viendo la huella que dejó en el lienzo el rostro de Cristo sin que mano de hombre lo haya tocado.

Tenemos una foto tridimensional de la NASA americana, obra de los doctores en Ciencias Físicas Jackson y Jumper, técnicos de fotografía aerospacial de la NASA. Se hizo con un complicado aparato, que se llama analizador de imagen VP-8. Se hizo para estudiar la orografía del planeta Marte. Esta máquina tiene la particularidad de reproducir en relieve lo que fotografía.

Tuve la dicha de estar en Turín en un congre­so científico internacional donde se reunieron los que más saben en el mundo sobre la Sábana Santa. Allí nos presentaron una escultura de Cristo, una cabeza de Cristo sacada electrónicamente de la Sábana Santa. Era deforme, porque tenía las cejas abultadas, y el bigote también muy abultado. Empapado con la corona de espinas, que no tenía forma de anillo como representan los artis­tas, sino forma de casquete.

El doctor Tamburelli, catedrático de Electróni­ca de la Universidad de Turín, hizo una foto robot electrónica eliminando del rostro de Cristo todo lo que era dolor. Un rostro de Cristo, también tridi­mensional, pero mucho más suave que el de la NASA. Para hacer esta foto robot electrónica, Tam­burelli tuvo que realizar mil millones de operaciones matemáticas. Con computadora tardó quince horas, sin computadora habría necesitado doscientos años. Así me lo manifestó a mí en Turín.

Sobre estas fotos se lograron dos fotos robot artísticas, siguiendo la técnica que utiliza la poli­cía cuando busca a un individuo al que no ha visto nunca. Con los datos que recoge reconstruye un rostro de enorme parecido. Y así debió de ser el rostro de Jesús que vio María Santísima.

Es emocionante. No ha habido pintor en la historia del arte que haya pintado una cara me­jor que la que Él tuvo. Ni Velázquez, ni el Greco, ni nadie. Es un rostro que tiene majestad, belleza, grandeza, bondad, paz, serenidad, unción, dulzura y virilidad al mismo tiempo. El doctor Marañón, el famoso especialista en sexología, dijo en una ocasión al ver las fotografías de este rostro: «Así debió de ser el rostro del varón per­fecto. »

En aquel congreso al que asistí en Turín había gente de lo más variado. Había un equipo de la NASA, había médicos de talla internacional, el norteamericano doctor Bucklin, el inglés Wednissow, los italianos Rodante y Morano. Estaba tam­bién el criminólogo suizo Max Frei. Por supuesto, también había teólogos, entre los que destacaba monseñor Ricci, uno de los que más saben en el mundo de la Sábana Santa.

Otro gran investigador de la Sábana Santa es un padre jesuita de Chicago. Se llama Filas. Este hombre logró fotografiar una moneda en el ojo de Cristo. Cuando la NASA publicó su foto tridimensional, a todo el mundo le llamaron la atención los ojos muy abultados. La cara de hombre más maravillosa que nadie ha podido imaginarse, ¿con unos ojos saltones? ¿Qué ocurre?

Los hebreos tenían la costumbre de poner so­bre los párpados unas monedas para mantener los ojos cerrados. Son las monedas que había en los párpados las que dan unos ojos abultados. El padre Filas fotografió el ojo, aumentándolo descomunalmente, y se ve la moneda. Maravilloso, la moneda que hoy descubrimos en el ojo de Cristo está en los catálogos de los numismáticos, y resulta ser un leptón, la moneda más pequeña en tamaño y en valor que usaban los hebreos en tiempos de Jesús. Un leptón acuñado por Poncio Pilatos y que circuló en Palestina entre los años 26 y 36 de nuestra era.

En la moneda se ve un bastón de mando y una inscripción griega. En las monedas siempre se pone una cara. Ahora ponemos la cara del rey, en tiempos de Poncio Pilatos, la cara del empera­dor. Pero los hebreos no querían caras, no que­rían efigies, no querían imágenes. Y Pilatos, para no herir los sentimientos de los judíos, en lu­gar de una cara pone un bastón de mando. Se ve perfectamente. Y una inscripción griega. Se lee: UCAI. ¿Qué es UCAI? U es la última letra de Ti­beriou; y CAI las tres primeras de Caisaros. La inscripción total es Tiberiou Caisaros: de Tiberio César. Pero como es de cobre, y es: blanda, y está gastada por el uso, de Tiberiou Caisaros sólo se lee UCAI.

Aunque Caisaros se escribe en griego con k y no con c, como aparece en la moneda, pudo ser una equivocación del grabador, por influjo del latín, en el que se escribe con c. Según el numismático Michael Marx, de Oak Lawn, estas equivocaciones en las grabaciones de las monedas no eran raras, pues las monedas se grababan una a una y a mano.

Todos los descubrimientos vienen en cadena. Cada descubrimiento trae otro mejor. Esta moneda ha tenido el enorme valor de que data la fecha de la Sábana Santa con una precisión de diez años, dado que sabemos que esta moneda circuló en Palestina entre los años 26 y 36. Lo normal es que a Cristo le pusieran la moneda que circulaba, la que llevaban en el bolsillo.

La historia de la Sábana Santa

Vamos a pasar a la parte histórica. Sabemos que la Sábana Santa pasó de Jerusalén a Edesa, hoy Urfa, en Armenia, Turquía meridional. De Edesa pasó a Constantinopla. El emperador quiso reunir en Constantinopla todas las reliquias impor­tantes de la Pasión de Cristo, y entre otras estaba la Sábana Santa. Se exponía todos los viernes a la veneración de los fieles en la iglesia de Blanquer­na, mandada construir para ello por santa Pul­queria, emperatriz de Bizancio. Estuvo en Cons­tantinopla desde el año 944.

Pero, a veces, Dios escribe derecho con renglones torcidos. Fue necesario un latrocinio, el saqueo de Constantinopla por los caballeros de la Cuarta Cruzada, para salvar este lienzo de la destrucción. Otto de la Roche, un jefe de la Cuarta Cruzada, robó este lienzo durante el saqueo de la ciudad y se lo trajo a Europa, a Besançon. Después estuvo en Lirey, Chambéry, y hoy está en Turín.

Dios escribe derecho con renglones torcidos porque cuando aquellos cristianos de Constantinopla descubrieron que los cruzados les habían robado la Sábana Santa, es lógico que montaran en cólera. Pero fue providencial, porque, muy pocos años después de aquel saqueo por los cruzados, Constantinopla fue saqueada por los musulmanes, que arrasaron todo rastro de cristianismo. Si los cruzados no se traen a Europa la Sábana Santa, la habrían destruido los musulmanes, y hoy no la tendríamos.

De su trayectoria por Europa hay abundante documentación en los archivos; sin embargo, no hay documentación alguna sobre los mil prime­ros años.

Pero tenemos un documento infalsificable. ¿Cuál? Los granos microscópicos de polen que el viento incrustó en el tejido. Obra del criminólogo suizo de la Interpol, Max Frei, palinólogo. Este hombre estudia el polen pegado al tejido. El polen se pega al tejido y no hay quien lo despegue, has­ta que el tejido se quema o se entierra.

El polen de cada planta tiene formas muy di­ferenciadas y fácilmente catalogables, y el espe­cialista sabe a qué planta corresponde cada grano de polen. Por otra parte, sabe el área de difusión del polen, porque el viento no se lleva el polen más allá de ciertos límites. El viento amaina y el polen cae. El especialista que conoce las zonas donde está cada planta y el área de difusión del polen de cada planta, al examinar la corbata, la chaqueta o el jersey del presunto criminal, dice: «Este hombre pasó por aquel bosque o estuvo en aquel jardín. »

Max Frei, estudiando el polen de la Sábana Santa, afirma que el lienzo estuvo en Palestina en el siglo I, porque ha encontrado granos de polen que sólo se dan en Palestina. Es más, ha encontrado en la sábana granos de polen de plantas hoy desaparecidas, plantas de Palestina que hoy no existen, pero cuyos granos de polen aparecen en estratos sedimentarios de Palestina del siglo I. Ésta es una de las pruebas irreversibles de la au­tenticidad de la Sábana Santa.

El primer estudio de la Sábana Santa

En 1898, un abogado italiano llamado Seccondo Pia pide permiso y es el primero que fotografía el lienzo. Fotos muy malas porque la fotografía estaba en sus comienzos, pero aunque muy malas tuvieron el valor de descubrir que aquellas manchas que a simple vista no dejaban ver gran cosa, al ser fotografiadas tomaban enorme relieve y se veía perfectamente un hombre de cuerpo entero. Estas fotografías despiertan en el mundo un inte­rés apasionado por estudiar la Sábana Santa.

El papa encarga a la Academia de Ciencias de París que haga un estudio científico de la Sábana Santa. La Academia hace el estudio y llega a una conclusión afirmativa: el lienzo que se conserva hoy en Turín es el mismo que cubrió el cadáver de Jesús de Nazaret.

Esta afirmación tiene un doble valor; primero, por la categoría de la Academia de Ciencias de Pa­rís, y segundo porque algunos miembros de esta Academia no eran creyentes. Eran descreídos, librepensadores, racionalistas. Ellos prescinden de si Cristo es Dios o no es Dios, pero aceptan a Cristo como un personaje de la Historia. Y afirman que el lienzo que hoy está en Turín es el mismo que cubrió el cadáver de Jesús de Nazaret.

¿Por qué llegan a esta conclusión? Primero: esta imagen no es obra de un artista. ¿Por qué? Porque es un negativo. Es absurdo pensar que en la Edad Media un pintor pintara en negativo. Hoy, después de inventada la fotografía, sabemos interpretar la inversión del blanco y el negro, y la técnica del negativo se emplea continuamente en tipografía. ¿Cómo un medieval iba a pintar al revés el blanco y el negro? Es absurdo. El medieval pinta al derecho. Lo blanco, blanco; y lo negro, negro. Pero la inversión del blanco y el negro an­tes de inventarse la fotografía es absurda, es im­posible. Un medieval que pinta un ojo pinta la pu­pila negra y el globo blanco.

Además, con el analizador de imagen se captan matices de contraste que no capta el ojo humano, por eso no ha podido ser obra de un artis­ta medieval.

Segundo: esto no es pintura. En el lienzo están coloreados los hilos, pero entre hilo e hilo no hay grumo de pintura. Si yo doy con un pincel un trazo en un lienzo, coloreo los hilos, pero dejo grumos de pintura entre hilo e hilo. En la Sábana Santa están coloreados los hilos, pero entre hilo e hilo no hay grumos de pintura. Esto no es pintura.

Tercero: esta imagen está grabada a fuego. La tela está chamuscada. La coloración se debe a que la tela está quemada. Esto es impresionante. ¿Por qué un cadáver ha grabado a fuego su imagen en el lienzo que lo cubre? Esto jamás ha ocurrido con ningún cadáver. Explican los doctores de la NASA: esto sólo ha podido ocurrir por una radiación en el momento de la resurrección. No hay otra explicación. La luz que desprendió el cuerpo de Cristo al resucitar grabó a fuego su imagen en el lienzo; y no hay otra explicación. Por eso, la Sábana Santa es un documentó científico que está ahí, para que lo estudie el que quiera, que confirma un dogma de fe: que Cristo resucitó.

Esta radiación también grabó a fuego en la tela las manchas de sangre. Fue un proceso parecido al que utilizan para grabar a fuego en una camiseta un nombre o un dibujo.

Por el otro lado de la tela se transparentan las manchas de sangre, pero no la imagen grabada a fuego.

Los técnicos de la NASA aportan otro dato: el hilo no está carbonizado, está parcialmente cha­muscado; y por la penetración de la quemadura se mide la duración de la radiación, la fracción de segundo que duró la radiación.

El dogma de fe de la resurrección 

La Sábana Santa es un documento que confirma un dogma de fe: que Cristo resucitó; pero los católicos creemos que Cristo resucitó no por la Sábana Santa, sino por la Biblia. Mi fe en Cristo resucitado no se basa en la Sábana Santa, sino en la Biblia, en el Nuevo Testamento.

La Iglesia no me manda creer en las verdades científicas y en las verdades históricas. La Sábana Santa es un documento científico, un documento histórico. Son la ciencia y la historia las que me imponen la Sábana Santa, no la Iglesia. La Iglesia prescinde, no necesita la Sábana Santa. Si la Sábana Santa me apoya en mi fe, muy bien. El teo­rema de Pitágoras será verdad, pero la Iglesia no me lo impone. El principio de Arquímedes será verdad, pero la Iglesia no me lo impone. La Iglesia sólo me impone las verdades reveladas por Dios. Si Dios lo ha dicho, eso sí. ¿Quién soy yo para discutir a Dios lo que Él afirma? La existen­cia del infierno es dogma de fe, verdad revelada por Dios. El infierno es verdad, lo entendamos o no. Por tanto, las verdades dogmáticas son verda­des afirmadas por Dios; que yo las entienda o las deje de entender, está de más. No son verdad porque yo las entienda, son verdad porque Dios las revela.

Quien no crea en la Sábana Santa no comete ningún pecado contra la fe, lo comete contra la ciencia, contra la historia y contra la cultura.

La Sábana Santa estaba doblada en una urna de plata, en la iglesia de Chambéry. Hubo un in­cendio, y la plata recalentada carbonizó los bordes de la tela; es más, parte de la plata recalen­tada se fundió y unas gotas de plata fundida atravesaron el lienzo, y dejaron dieciséis agujeri­tos que después fueron remendados por las religiosas clarisas de Chambéry. Si prescindimos de las dos líneas negras de tela carbonizada y de los dieciséis triangulitos de remiendos, vemos perfec­tamente en medio la figura de un hombre de cuer­po entero en sus dos proyecciones, frontal y dor­sal. La Sábana Santa le cubre por delante y por detrás. Las imágenes frontal y dorsal están yuxta­puestas por la cabeza.

Además de las quemaduras hay una porción de manchas, por ejemplo las de las sales del agua con que apagaron el incendio. Hay también manchas de sangre que han sido estudiadas por el científico americano John Heller, del Instituto de Nueva Inglaterra, Estados Unidos. Este científico ha estudiado las manchas de sangre mediante análisis espectral y ha confirmado los componen­tes de la sangre humana que hay en el lienzo: cris­tales de hemoglobina y proporción correcta de hierro.

Según el científico: «Ninguna de las pruebas hechas hasta ahora demuestran que las manchas de sangre no sean de sangre. Al contrario, un gran número de pruebas inducen a pensar que verda­deramente sean de sangre. Bajo los rayos ultra­violetas, estas manchas resplandecen como si fue­ran de sangre. Adicionalmente, las pruebas de rayos X demuestran el porcentaje correcto de hie­rro en la sangre.»

En la revista de la Sociedad óptica de Améri­ca, Applied Optics, dicen textualmente los docto­res John Heller y Alan Adler: «Mediante pruebas espectroscópicas y químicas hemos identificado la presencia de sangre en la Sábana Santa de Turín, en las zonas consideradas como manchas de sangre.»

El quinto Evangelio

A esta Sábana Santa se la llama el quinto Evange­lio. ¿Por qué? Porque nos dice muchas cosas que no sabíamos. Los Evangelios, como todo el mundo sabe, son cuatro: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Pero los Evangelios se escriben para gente que conocía cómo era la crucifixión. Los evange­listas no se ven obligados a describir la crucifixión. Dicen: «Fueron y lo crucificaron. » Sin más. Pero hoy tenemos muchas dudas acerca de cómo ocurrió aquello. A la Sábana Santa se la llama el quinto Evangelio porque nos informa de muchas cosas que no sabíamos.

Por ejemplo: los artistas nos ponen los clavos en las palmas de las manos. Dicen los médicos, que no pudo ser en la palma. En la palma no hay tejido resistente que aguante el peso del cuerpo. El clavo tuvo que estar en el carpo, en la muñeca: Hay un punto que se llama espacio de Destot que permite introducir un grueso clavo, que desplaza los huesos del carpo, con enorme dolor, pero sin romper ninguno, y sujeta firmemente la mano al madero. En la Sábana Santa, la herida no está en la palma como ponen los artistas, está en el carpo, en la muñeca, como dicen los médicos que tuvo que ser.

Otro dato: hay discusiones sobre el número de clavos. Algunos artistas, como Velázquez, ponen cuatro: las piernas paralelas y un clavo en cada pie. Otros, tres clavos: un pie sobre otro, y un cla­vo para los dos pies. La Sábana Santa decide la cuestión. A Cristo lo crucificaron con tres clavos y no con cuatro. Tiene un pie encogido. El pie derecho deja la huella de la planta perfectamente; y el izquierdo sólo la huella del talón. Estuvo sobre el derecho en la cruz y los dos pies se sujetaron con un solo clavo. Al poner las piernas paralelas en el sepulcro, con la rigidez cadavérica, el derecho dejó la huella de la planta y el izquierdo sólo la huella del talón.

Otro dato: la Sábana Santa nos habla de cómo fue la muerte de Cristo. Cristo murió por asfixia. El crucificado muere por asfixia. Al estar colgado por los brazos, los brazos tiran del diafragma, oprimiendo los pulmones, no puede respirar y se empina para tomar aire; pero, al inclinarse y descansar todo el cuerpo sobre el clavo de los pies, el dolor es tan intenso que se desploma. Pero al des­plomarse se ahoga y se vuelve a empinar.

El doctor Barbet, cirujano de París, afirma que al empinarse y desplomarse, la mano giraba sobre el clavo y le destrozaba el nervio mediano y le producía un dolor de paroxismo. Cristo debió morir de dolor. La naturaleza no puede aguantar tanto dolor. Se inhibe, sobreviene un síncope y se muere de dolor. Lo que dicen de la Pasión los médicos es apasionante. Una auténtica meditación. La Pasión fue mucho más de lo que nosotros nos podemos imaginar. ¡Lo que Cristo sufrió al morir por nosotros!

Finalmente, soy jesuita, voy a citar a mi padre san Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús. Es una frase que él pone en el libro de los Ejercicios: «Viendo todo lo que Cristo ha sufrido por mí, yo ahora, en adelante, ¿qué voy a hacer por Él?»

Ésta es la pregunta que queda para que cada cual la responda en el fondo de su corazón: vien­do todo lo que Cristo ha sufrido por mí, yo ahora, en adelante, ¿qué voy a hacer por Él?

Jorge Loring, S. J. “Motivos para creer”.

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