Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

28Mar/100

LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA.

LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA.

La Inquisición... La palabra hace temblar y recuerda escenas de torturas y hogueras preparadas para quemar a míseras víctimas. Los libros de historia tratan muy particularmente sobre la Inquisición española. Veamos lo que dice el manual de Malet & Isaac:

" Fernando e Isabel , príncipes muy devotos se los llamaba Reyes Católicos tomaron medidas terribles (...) En 1492 los judíos, y en 1502 los musulmanes, tuvieron que elegir entre el bautismo o el exilio. Muchos prefirieron irse (...) Los que se convirtieron al catolicismo se hicieron sospechosos a ojos de los españoles; se los acusaba de profesar su antigua religión en privado.

Los reyes crearon contra ellos el tribunal religioso de la Inquisición, llamado en España Santo Oficio, del cual designaban sus integrantes. El gran inquisidor Torquemada, dominico, fue célebre a causa de los judíos convertidos que relajó al brazo secular para ser quemados vivos, sin contar los miles que hizo condenar a prisión perpetua... "

Esa es la presentación trágica y confusa que hace la historia laica sobre tema tan controvertido. Sin pretender agotar el asunto, trazaremos un cuadro general que permita situar a la Inquisición española en su contexto histórico, limitándonos a estudiar sus primeros años (1478-1504).

El origen de la Inquisición española: marranos y conversos.

Aunque oficialmente la Inquisición española fue autorizada por la bula "Exigit sincera devotionis" de Sixto IV (1478), hay que remontarse en el tiempo para entender las razones que aconsejaron a Fernando e Isabel pedir a la Santa Sede su constitución.

La situación de la comunidad judía en España difería mucho de la de otros países. Afincados en esas tierras desde hacía siglos, con el paso del tiempo algunas familias judías se convirtieron a la fe cristiana. Si algunos pidieron ser bautizados por temor al poder civil y los progoms , hay que afirmar que la Iglesia jamás impuso el bautismo por la fuerza, consciente de que el amor no se obtiene por la fuerza y que la fe es un donde Dios. Además, siempre se preocupó por la conversión de este pueblo, testimonio de lo cual son las predicaciones de San Vicente Ferrer y la célebre "disputa de Tortosa" organizada por Benedicto XIII , que tenía por objeto demostrar a los judíos la veracidad de la religión católica.

El proceso de conversión se extendió a las capas sociales. Muchos conversos pertenecían a la nobleza y ocupaban altos puestos, administrando los dominios de la corona y cobrando impuestos. Llegaron a ascender a los cargos eclesiásticos, pues rabinos como Salomón Ha Levi fueron consagrados Obispos. Sin embargo, la situación se degrada porque el bautismo podía pedirse menos por convicción que por oportunidad: los judíos ricos convertidos podían acceder a cargos públicos que les conferían el dominio de todo un pueblo, abandonando sólo en público el apego a su antigua creencia. El pueblo español no toleraba su poder y apostasía, de modo que desde 1449 buscó retomar el poder, primero en Toledo y después en Córdoba, en ciertos casos con hechos de sangre. En 1474 la situación era tal, que la revuelta popular apuntaba ya a conversos cercanos al propio poder real.

Los verdaderos conversos pidieron a los reyes que arbitraran algún medio que apartase toda causa de sospecha a su respecto y se hiciera justicia. Se contaron así entre los promotores de la Inquisición. El riesgo de una guerra civil era cada vez más grande y la actitud de los falsos conversos arrojaba un manto de descrédito sobre los que eran y querían seguir siendo católicos. Si no se ha­cía justicia, el pueblo la haría con sus pro­pias manos, con todo lo que ello implicaba en materia de ajustes de cuentas.

Respuesta de la Iglesia: Inquisición antijudaizante pero no antisemita.

En ese estado, los soberanos españoles pi­dieron la creación de la Inquisición. Tal vez hoy se cree que la medida se ordenaba a perseguir a la comunidad judía; en realidad, los reyes siempre la protegieron.

Su único fin era juzgar a los judíos conversos -es decir, a los católicos de origen judío- y aventar toda sospecha que pudiese afectar a los verdaderos con­versos, asegurando la paz social a través del recurso a la Iglesia, que es la autori­dad en materia de fe.

Sixto IV así lo entendió: "Sabemos que en distintos pueblos del reino de España muchos de aquellos que, por propia ini­ciativa, han sido regenerados en Jesu­cristo por las sagradas aguas del bautis­mo, han vuelto secretamente a la obser­vancia de las leyes y costumbres de la superstición judía (...) incurriendo en las penalidades previstas contra los herejes por las constituciones de Bonifacio VIII. En virtud de los delitos de estos hombres y de la tolerancia de la Santa Sede a su respecto, la guerra civil, el homicidio y otros males afligen vuestros reinos (...)

"Queremos hacer justicia a vuestro pedido y aplicar los remedios aptos para curar los males que señaláis. Os autoriza­mos a designar tres, o al menos dos, Obis­pos u hombres probos, que sean sacerdotes del clero secular, religiosos de las órdenes mendicantes o no, de cuarenta años como mínimo, de buena conciencia y vida ejem­plar, maestros o bachilleres en teología, o doctores o licenciados en derecho canónico, escrupulosamente examinados y elegidos, temerosos de Dios, y que juzguéis dignos de ser nombrados al presente en cada ciudad o diócesis de los dichos reinos, según la nece­sidad (...) Además, les acordamos respecto a todos los acusados de delitos contra la fe y a quienes les ayudan y favorecen, los de­rechos particulares y jurisdicción que la ley y la costumbre conceden a los Ordinarios y a los inquisidores de herejía".

La bula de Sixto N define, pues, clara­mente la misión de los inquisidores en razón La comunidad judía, en cambio, resultó protegida, como siempre lo fue por la Igle­sia, que prohibió por boca de Eugenio IV "molestar a los judíos, darles muerte o pri­varlos de sus bienes. Incumbe a todos los cristianos protegerlos, ba j o pena de excomu­nión, frente a todos sus perseguidores, no imponerles nuevas cargas, asistir a los ser­mones, introducirse abusivamente en las si­nagogas, prohibirles la observación del shabbat o de obligarlos a bautizarse".

La Inquisición española ilustra nítida­mente la necesaria unión entre la Iglesia y el Estado para asegurar la salvación de las almas y la concordia social. Importa prote­gen la fe de los fieles, no exterminar a los que están fuera de la vía de la salvación, ce­rrándoles definitivamente las puertas de la Iglesia.

Sensibles a esta misericordia, los sobera­nos españoles no quisieron instalar inmedia­tamente los tribunales inquisitoriales sin permitir a los conversos comprender sus errores y abjurar de ellos.

Anejo a lo dispositivo, predicar "a tiempoy a destiempo". 

Se encaró entonces una verdadera cam­paña de propagación de la fe durante dos años (desde 1478 hasta 1480) a instancias del confesor real, Fernando de Talavera, quien era él mismo un converso, y sobre to­do, por el impulso que le imprimía el Carde­nal Mendoza. 

Los muertos de la Inquisición. 

¿Tiene la Iglesia el derecho de juzgar y de condenar a muerte? Se dice que la Inquisi­ción española es el ejemplo típico al respec­to: trescientos mil muertos, sin contar los exiliados a causa del edicto de extrañamien­to de don Fernando. ¿Abandonaba la Iglesia el precepto de la caridad?

Digamos antes que nada que la caridad no puede existir sin la virtud de fortaleza y de justicia. Si la Iglesia no pudiese juzgar y condenar errores en materia de fe, se vería reducida a la nada. Posee un poder exterior que le permite sancionar leyes y hacerlas cumplir. Por eso, en el ámbito de su compe­tencia, puede y debe juzgar lo que dicen y hacen sus miembros.

Con respecto a la cantidad de condenados a muerte por la Inquisición española, todos los historiadores convienen en dos cosas:

1) No se puede determinar actualmente la cifra exacta, en razón de la desaparición de los archivos.

2) Los números que da Llorente son evi­dentemente exagerados. Habla de trescien­tos mil, pero Henri Charles Léa, no menos desfavorable a la Inquisición que él, lo desmiente tras cua­renta años de minuciosos es­tudios Por su parte, G. y d. Testas hablan de dos mil con­denados a muerte sobre cien mil casos juzgados durante los quince años de Fray To­más de Torquemada. 

La tortura: mito y realidad. 

Respecto al empleo sistemático de la tortura, nada hay más falso que eso. Si bien se empleaba regularmen­te en los juicios civiles, la Iglesia no recurría a ella sino excepcionalmen­te, reduciendo al máximo las circunstancias de aplicación y sus consecuencias. El proce­dimiento estaba específicamente reglamen­tado, porque hacía falta una sentencia espe­cial firmada por los inquisidores y el Obispo del lugar, y no podía extenderse a enfermos, mujeres embarazadas, producir la pérdida de un miembro o un daño corporal irrepara­ble ni, a fortiori, llevar a la muerte.

Además, las confesiones obtenidas debían ser ratificadas a posteriori por el acusado bajo pena de nulidad. De allí que H. C. Léa afirme que "la creencia popular según la cual la sala de tortura de la Inquisición era teatro de encarnizamiento particular desti­nado a arrancar una confesión, es un error imputable a los escritores sensacionalistas que explotan la credulidad pública". 

Las expulsiones. 

Queda aún por dilucidar el edicto de ex­pulsión de la comunidad judía de las tierras de España. Según los historiadores contem­poráneos, entre 150.000 y 200.000 perso­nas salieron del país y se refugiaron en Por­tugal y en Italia, en los Estados Pontificios. La decisión tomada por Isabel y Fernando respondió a la enérgica reacción que se pro­ducía en la comunidad judía cuando alguno de sus miembros se convertía al catolicismo.

Decididos a proteger la fe de los nuevos fieles, evitar cualquier ajuste de cuentas y perpetuar los procesos inquisitoriales, se de­terminaron a extrañar a los judíos, permi­tiéndoles que se llevaran todos sus bienes, excepto oro, dinero, armas y caballos bie­nes cuya salida del país estaba, por lo demás, prohibida a toda perso­na. Los expulsados podían depositar su valor en los bancos y recuperarlo en el exte­rior por medio de letras de cambio. Parece que las medidas tuvieron éxito, ya que a partir del año 1500 decreció notablemente la cantidad de tribunales de la Inquisición y el país fue recuperando pau­latinamente la paz civil.

Conclusión. 

La Inquisición española dista mucho del cuadro de imágenes estereotipado por los medios de prensa y los libros de historia. Si hubiera alguna duda al respecto, véase lo que dice Bartolomé Bennasar, que aunque piensa que la Inquisición era "un emprendi­miento sistemático de control social", mani­fiesta lo que sigue: "Si la Inquisición hubie­se sido un tribunal como los demás, no du­daría en decir, sin peligro de contradicción ni desprecio de las ideas recibidas, que es superior a ellos. 0, por mejor decir, más es­crupulosa. Una justicia que examina aten­tamente los testimonios, que acepta sin dis­cusión las recusaciones hechas por los acu­sados en virtud de testigos sospechosos, una justicia que tortura muy poco. Una justicia preocupada por educar y explicar al acusa­do por qué se equivocó; que reconviene y aconseja, en la cual las condenas definitivas no alcanzaban sino a los reincidentes". 

R. P. Nicolás Portail

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