Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

29Mar/100

Mi amigo, el apostata

Publicado por jorgellop en Julio 14, 2008

—¿Me autorizas a escribir un artículo con lo que me contaste ayer?

—Si le sirve a alguien…

—Yo pienso que sí.

—Adelante, entonces.

—No te preocupes. Seré discreto. Esto fue lo que me dijiste:

“Cuando murió mi hermano pequeño de cáncer, abandoné toda práctica religiosa. Fue una decisión firme y fría. No estaba dispuesto a volver nunca más a la Iglesia. Supongo que eso es lo que llaman una apostasía. No perdí la fe. Era demasiado soberbio para pensar que había estado equivocado durante años. Por eso mi rencor hacia la religión y hacia Dios era más fuerte. Le dije a mi mujer que Dios no se merecía que yo creyera en él.

Menuda barbaridad. Ahora, al recordarlo, me parece diabólico. Marta me dijo que estaba volviéndome loco, que eso no tenía ningún sentido; pero a veces el dolor te hace perder la cabeza.

Lo malo es que mi locura duró quince años. Hace cinco o seis, Marta me habló de un matrimonio amigo, de Luis y a Teresa. Usted ya lo sabe, porque la maniobra fue suya. Pero, bueno, funcionó. Luis tiene la risa más alegre y contagiosa que he conocido. Me cayó bien. Me habló de Dios casi enseguida y yo le escuché por eso, porque me caía bien. Luego, sin darme tiempo para encontrar una buena excusa, me invitó a una conferencia sobre la Semana Santa.

El conferenciante habló del mal ladrón, que compartió con Jesús el suplicio de la Cruz y sólo le sirvió para blasfemar. Comprendí entonces que estaba hablando de mí. Luego se refirió al buen ladrón, que supo aprovechar el mismo sufrimiento para robar el Cielo en el último golpe de su vida.

Yo veía que los asistentes estaban todos de acuerdo, y hasta se reían. Se me ocurrió por un momento que se reían de mí, que habían montado aquel tinglado sólo para que yo oyera aquellas cosas. Como ve, seguía siendo un vanidoso estúpido.

No dormí en toda la noche. Al día siguiente le dije a Marta, que me separaba de ella; que me había traicionado contando mis problemas a un cura e inmiscuyéndose en mis asuntos sin tener el menor derecho.

Lloró tanto la pobre… Ya lo sabe usted. Terminamos los dos abrazados, llorando a lágrima viva. Me confesé…, y hasta ahora.”

Tomado del blog Pensar por libre de Enrique Monasterio

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