Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

Pruebas de la existencia de Dios (4)

9. La cuarta vía

La cuarta vía es llamada también prueba por los grados de perfección o por los grados de ser. Tiene antecedentes en Platón, Plotino, San Agustín y San Anselmo; posteriormente fue desarrollada por Leibnitz, Maréchal y Blondel.

El punto de partida de esta vía es el hecho de los grados de perfección: existen cosas con diferentes grados de perfección. Se trata aquí de cualquiera de las perfecciones simples, es decir aquellas que no están necesariamente mezcladas con imperfecciones. Las perfecciones simples son de dos tipos: trascendentales y personales.

Las perfecciones trascendentales son la unidad, la verdad, la bondad y la belleza. Resultan directamente de la noción de ser y por ello convienen a todo ser. Las perfecciones personales son la inteligencia, la voluntad, la justicia, la misericordia, etc. No implican por sí mismas ninguna limitación.

Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente de perfección limitada es contingente. Esto es así porque una perfección que existe por sí misma es ilimitada, pues no podría ser el principio de su propia limitación. Por lo tanto el ser de perfección limitada es dependiente, ha debido recibir su perfección de otro (su causa).

Se podría aplicar aquí un razonamiento parecido al expuesto en el numeral 5: La causa del ser de perfección limitada es un ser de perfección ilimitada o limitada. Si es de perfección ilimitada, hemos hallado la causa primera del ser de perfección limitada. Si es de perfección limitada, entonces es causado por otro ser que puede ser a su vez de perfección ilimitada o limitada. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas de perfección limitada, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían esa perfección, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarla. Por consiguiente debe existir un ser de perfección ilimitada, que es llamado “Dios".

Las cosas de nuestro mundo son entes ontológicamente finitos, en desarrollo, perfectibles. Son contingentes porque no poseen toda la perfección. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es infinito, absolutamente perfecto, no necesitado de adquirir perfección. La perfección infinita de la causa primera es finita en sus efectos, pues queda limitada por la capacidad de las esencias que la reciben. Hay una simple participación de las criaturas en la perfección divina.

10. La quinta vía

La quinta vía es llamada también prueba por la finalidad o por el orden del mundo o por el gobierno del mundo. Kant la llamó “prueba físico-teológica". Tiene antecedentes en Anaxágoras, Platón y los estoicos.

El punto de partida de esta vía es el hecho de las leyes naturales: existen seres no inteligentes que obran en vista de un fin. Las actividades naturales presentan una constancia en la búsqueda del bien, lo cual denota una finalidad intencional.

A este hecho se podría oponer la objeción de los desórdenes naturales. Esta objeción subraya que las actividades naturales no realizan siempre el bien de los seres, sino “las más de las veces", como reconoce Santo Tomás. El “desorden” de la naturaleza es en realidad un orden limitado. El mal físico puede encontrar su lugar dentro de este orden.

Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente sometido a leyes naturales es contingente. Esto es así porque un ser carente de conocimiento que actúa en orden a un fin no se ha dado a sí mismo la ordenación al fin sino que la ha recibido de otro ser. Un orden intencional supone la acción de una inteligencia. Ni la casualidad ni la necesidad pueden dar cuenta de este orden. Por lo tanto el ser sometido a leyes naturales es dependiente, ha debido recibir sus leyes naturales de otro ser (su causa), éste sí inteligente.

Se podría aplicar aquí un razonamiento parecido al expuesto en el numeral 5. La causa del ser sometido a leyes naturales es un ser inteligente, que existe por sí mismo o por otro. Si existe por sí mismo, hemos hallado la causa primera del orden del mundo. Si no existe por sí mismo, entonces es causado por otro ser inteligente que a su vez puede existir por sí mismo o por otro. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de inteligencias ordenadoras que no existen por sí mismas, porque en una sucesión infinita todas estas inteligencias recibirían y transmitirían el orden natural, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir una inteligencia ordenadora que existe por sí misma, que es llamada “Dios".

Las cosas de nuestro mundo son entes que operan según una ley natural. Son contingentes porque su contenido ontológico finito las obliga a una determinada acción. Por ello el Ser absoluto que las hace posibles crea libremente, no se apoya externamente sobre una acción determinada.

Esta vía, desarrollada aquí a partir de la causa eficaz, también puede ser desarrollada a partir de la causa final. Dentro del marco de la quinta vía pueden encontrar una fundamentación adecuada los argumentos basados en los conocimientos científico-naturales acerca del orden y la evolución del cosmos y de los seres vivientes. Por ejemplo: Pierre Teilhard de Chardin, en El fenómeno humano, desarrolla una argumentación muy sugerente a partir de datos científicos presentados con gran fuerza expresiva, pero con una pobre fundamentación metafísica.

11. Las críticas a las pruebas clásicas

Dado que las pruebas clásicas de la existencia de Dios dependen del principio metafísico de causalidad, las críticas a las mismas se han concentrado principalmente en dicho principio.

Según el empirismo, cuyo representante principal fue David Hume (1711-1776), la idea de una conexión entre la causa y el efecto resulta de un simple hábito. La observación repetida de un objeto seguido de otro produce en nosotros la noción de un vínculo entre ambos; de modo que la aparición del primer objeto nos hace pensar siempre en el segundo objeto. Esta doctrina de Hume depende de su teoría del conocimiento, según la cual todo el poder creador del espíritu se reduce a combinar, trasponer, acrecentar o disminuir los materiales que nos proporcionan los sentidos y la experiencia. Al negar la inteligencia, el empirismo desemboca en un verdadero escepticismo.

El idealismo de Kant, reaccionando contra el empirismo de Hume, se esfuerza por restablecer el valor del concepto de causalidad. Según Kant, las nociones de causa y efecto no se derivan de la experiencia sino que nacen de la razón pura. El principio de causalidad se convierte así en un principio subjetivo, destinado a unificar la experiencia posible, pero sin valor más allá de ella.

Según la teoría tomista, el principio de causalidad tiene un valor ontológico y un valor trascendental. Su valor ontológico queda garantizado por la teoría de la abstracción: en la misma experiencia la inteligencia descubre el ser universal y los primeros principios, abstrayendo las ideas a partir de los objetos percibidos. Su valor trascendental queda garantizado por la teoría de la analogía: los conceptos de ser, de causa y de fin se aplican analógicamente a todos los diversos seres, incluso a Dios.

La otra gran objeción de Kant a las pruebas cosmológicas de la existencia de Dios consiste en que según él estas pruebas se reducen a la prueba ontológica, que puede ser refutada. Sin embargo, no es así. En las pruebas cosmológicas se pasa de la existencia de seres contingentes a la existencia del ser necesario y de allí a la existencia del ser perfectísimo. Todo el razonamiento se mantiene en el plano existencial. En cambio en la prueba ontológica se pasa de la idea del ser perfectísimo a la idea del ser necesario, de ésta a la existencia del ser necesario (éste es el paso ilegítimo) y de allí a la existencia del ser perfectísimo. Sólo el último paso es igual en ambos argumentos. (Continuará).

(Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica, Centro Cultural Católico “Fe y Razón”, Montevideo 2009, Capítulo 1)

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