Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

Qué fácil lo tiene el diablo…

Por Ricardo Piñero Moral

(Universidad de Salamanca)

Nuestra vida hoy está, a veces, tan enmarañada, es tan ajetreada, que no caemos en la cuenta de la realidad que nos rodea. Esto no sólo se debe a las múltiples ocupaciones y tareas que desempeñamos, sino a un descuido de algunos principios básicos que deberían regir nuestros comportamientos cotidianos. Es más fácil dejarse llevar por la inercia de los acontecimientos; es más fácil no poner en cuestión las múltiples opiniones con las que nos bombardean los medios de comunicación; es más fácil renunciar a examinar los valores que nos dan nuestra auténtica identidad, que afrontar, clarificar y jerarquizar nuestras convicciones y nuestras creencias. Si no somos capaces de detectar lo que de verdad estamos viviendo, nuestra existencia se convierte en algo insulso y tedioso, cuando no en un escenario en el que la tibieza termina por devorar aquello que realmente somos.

En la cotidianidad cada uno de nosotros, cuántas veces caemos en el olvido de nuestra filiación divina. Nos comportamos como si no fuéramos hijos de Dios, como si no nos interesaran más que nuestros afanes particulares desde una perspectiva puramente social, económica o política. Sin embargo, estamos llamados a vivir nuestra existencia en la búsqueda de un amor sobrenatural; en la esperanza en un mundo mejor y más justo para nuestros hijos y para nuestros semejantes; hemos de sentir la necesidad de actuar bajo la luz de una fe que ha de hacernos revelar la presencia de Dios en el mundo.

Son demasiadas las ‘cosas’ que empañan esa mirada limpia, esa apertura del corazón hacia lo más profundo de la existencia humana. Nuestros intereses no siempre pasan por la solidaridad, por la esperanza, por la fraternidad… antes bien, muchas veces son egoístas y miopes. Nos parece que nuestras fuerzas son suficientes para todo; nos creemos que con sólo nuestros empeños podemos llegar a nuestras metas; pensamos que las capacidades reflexivas lo han de abarcar y definir todo… En fin, esa soberbia de especie racional privilegiada termina por sacar de nosotros aquello que nos constituye como personas, como criaturas de un Dios manso y humilde del que hemos decidido no aprender nada en virtud de nuestra propia vanidad.

Ante este panorama, qué fácil lo tiene el diablo para seguir vivo, y coleando… Somos nosotros mismos quienes le abrimos la puerta cada día con cierta prepotencia pseudocientífica, con una sangrante falta de delicadeza con los que sufren, con esa mal entendida fe en la que echándonos en las manos de un Dios todopoderoso y misericordioso pretendemos ignorar la responsabilidad de nuestros propios actos. Una de las más cuidadas artimañas del ‘padre de la mentira’ es la de hacernos creer que no existe… Una sociedad tan civilizada, tan tecnificada, tan del bienestar como la nuestra, no puede consentir mantener entre el corpus de sus creencias a un ser tan ‘especial’ como el diablo. Sería como un desajuste racional, y eso supondría reconocer que el ser humano no lo es todo en la realidad, eso sería afirmar que el mundo no está hecho a la medida del hombre. Mientras nos empecinamos en esta soberbia, lo único que estamos alimentando es la protervia del ‘ángel caído’, que es tanto como decir que mientras el hombre de carne y hueso siga ocupado sólo en su carne y en sus huesos, en sus pasiones y en sus deseos, se olvidará del amor de Dios, y por eso sólo se amará a sí mismo.

A veces, nos quieren representar nuestro mundo como si fuera un video-juego, de esos que tanto saben nuestros hijos: un universo en el que el hombre manipula todo a su antojo y en el que se siente señor de la vida y la muerte… El Satán ya no es un acusador con cuernos, pezuñas y rabo; ya no es una gárgola que vomita fuego desde lo más alto de una catedral medieval. El diablo es ahora, como por otra parte ha sido siempre, un ser sutil, inteligente, astuto y cauteloso, que anda metido en nuestras vidas casi sin darnos cuenta, que anda camuflado en nuestras redes, inter-redes, que entabla sus escaramuzas sin alborozos, sabiendo que le es más rentable devorar la voluntad y el interior de las almas de los hombres buenos, que organizar una gran pira en la plaza pública…

Por eso nos hace falta saber del diablo, hemos de perder el miedo a conocer su naturaleza, para así entender mejor sus ardides y sus asechanzas para con nosotros. Saber del ‘príncipe de este mundo’ nos hará vivir mejor la presencia de Dios. Sólo sintiendo que Él es amor podremos enfrentarnos con fuerza y con confianza al odio del adversario, a su mentira, a la vanidad con la que refulge, a la impureza que nos propone, a la pereza en la que nos ata, en fin, a todo aquello que nos hace dejar de amar, que nos impide ver la verdad y que nos saca del camino…

A lo largo de las Escrituras son muchos los pasajes en los que se habla de la naturaleza del diablo y en los que se nos muestra su capacidad de acción. Pero el punto de partida es el reconocimiento de que este ser es un ángel, en origen bueno. Esta afirmación resulta de radical importancia y demarca la tradición cristiana de otras –como el maniqueísmo o el zoroastrismo- en las que se considera que el diablo no es una criatura, sino algo así como un principio metafísico del Mal. Sin embargo, para el cristianismo, desde los mismos textos bíblicos hasta los desarrollos teológicos en los comienzos mismos del Magisterio de la Iglesia, el diablo es, existe; es una criatura angélica, de naturaleza puramente espiritual, dotado de dones preternaturales, y de unas cualidades específicas.

Tal vez pueda extrañar que un ser pervertido, pervertidor, infame, cuya soberbia llega hasta el enfrentamiento directo contra el poder de Dios, sumo Bien, fuera creada como un ser bueno. Pero Dios, el Creador, no ha hecho nada que no sea bueno, ni siquiera al diablo. Así pues, el ángel caído es algo más que una verdad de fe, es un ser real, que en el ejercicio pleno y autónomo de uno de sus dones, el de la libertad, optó por apartarse de manera radical del Bien, eligió establecer una batalla implacable contra Dios mismo, y eligió para ello actuar contra el hombre. ¿Por qué contra el hombre? Entre otras razones, porque el hombre es un ser creado a imagen y semejanza de Dios mismo. Atacar e intentar destruir al ser humano es, en el fondo, atacar e intentar destruir una de las obras más amadas por Dios mismo.

Uno de los objetivos del ‘tentador’ es romper la relación del hombre con Dios, pero no cae en la cuenta de que esa relación es mucho más profunda, mucho más radical de lo que él considera. El vínculo del ser humano con la divinidad no radica en una simple transacción comercial, es decir, no está fundada en que Dios da al hombre riquezas y bienes y por ellos el hombre le adora, sino en un amor desinteresado, en un amor de naturaleza metafísica que tiene su origen en el reconocimiento de una relación filial. Aún así, el diablo persevera porque confía en quebrar esa relación presentando nuevas artimañas, nuevas estrategias que acompañan al ser humano a lo largo de toda su vida. Ese ardid tan extraordinario como constante, se concreta en un hecho tan ordinario que todos padecemos en nuestra vida cotidiana: la tentación.

El Nuevo Testamento refleja claramente las acciones torticeras de este espíritu maligno que anda en el mundo para la perdición de las almas. Son buena prueba de ello la tentaciones que ejerce sobre el propio Cristo, y que resultan ejemplares y ejemplarizantes para la naturaleza humana. Pero los Evangelios relatan la Buena Nueva, la victoria de Jesús de Nazaret sobre el Mal y sobre el Maligno, son una expresión decidida de la llegada del Reino de Dios, que se impone sobre el Principado de este Mundo: “si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Lc. 11, 20). Cristo nos anuncia el camino del bien, la contundencia de la verdad, y el sendero de la vida auténtica. El camino, la verdad y la vida que Cristo mismo es, revelan la implicación radical de la inmanencia con la trascendencia, manifiestan el poder del Creador sobre todas sus criaturas haciendo visible el Amor infinito de Dios.

La Pasión y la Resurrección de Cristo terminan por aleccionarnos acerca de la naturaleza del Adversario. Éste no ceja en su empeño ni siquiera en los últimos instantes de la vida de Jesús. Persigue doblegar la voluntad del Nazareno, porque con ello se apoderaría de la nuestra. Sin embargo, la firmeza de Jesús, que se pone en manos del Padre, que decide libremente hacer Su voluntad, posibilita la salvación de los hombres, de todo hombre que se ponga en las manos de Dios y que renuncie a las artes perversas del Maligno. La resurrección es el triunfo de la vida sobre la muerte, es la victoria del Bien sobre el Mal, es el fruto del Amor fecundo que supera todo odio.

Las tentaciones, incluso la cruz, son escenarios en los que se detecta la presencia maléfica del ángel caído, pero cada vez más caído, cada vez más derrotado. Cristo resucitado representa la excelencia de la Encarnación del Verbo que aniquila, mediante la muerte, al señor de la muerte y que libera a todo hombre de la esclavitud (Hb. 2, 14-15). En conclusión, podemos decir que el diablo es un ser, de naturaleza espiritual, creado por Dios en origen bueno y que en el ejercicio de su libertad decidió enfrentarse al Bien. Esa elección es tan firme que su rebeldía se transforma en protervia, y renuncia explícitamente a restaurar su comportamiento. Por eso el ‘ángel caído’ no tiene posibilidad de redención y su destino no es la gracia de la salvación, sino la oscuridad del pecado. Pero nosotros los hombres, criaturas libres, hijos de un Dios omnipotente, desde nuestra voluntad y con la ayuda divina, siempre podremos decir no a Satán… Qué difícil lo tiene el diablo si tú quieres, si no olvidas que has nacido de la Luz y del Amor. Ya que hemos venido de la Luz, ya que la Luz ha venido a nosotros, no la despreciemos y seamos testigos de ella…

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