Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

9Jul/110

Sobre la evolución de la especie humana

En caso de aceptar la explicación evolucionista del origen del hombre, hay un hecho sobre todo que debería saltar inmediatamente a la vista: la asombrosa excepción que significa el ser humano como momento del proceso evolutivo.

Es decir, durante millones de años las especies de seres vivos procederían unas de otras, pasando, sí, de seres menos perfectos a seres más perfectos, mejor adaptados, pero siempre manteniéndose dentro de los límites del reino natural.

¿En qué consisten esos límites?

En que la "historia", que no es tal precisamente por eso, de las especies irracionales es cíclica, se repite siempre el mismo esquema a lo largo de las generaciones. Los horneros hoy hacen el nido exactamente igual que hace dos mil años, y lo seguirán haciendo así mientras haya horneros en el planeta.

El animal irracional no transforma la naturaleza, incluso cuando parece que lo hace, como en el caso del hornero o de las termitas, lo que hace es seguir un instinto natural que es siempre el mismo para su especie.

El surgimiento del ser humano en medio de toda esa naturaleza viviente no humana es algo así como un fuego de artificio encendido de golpe en la oscuridad de la noche.

Sólo la costumbre y el tedio nos pueden haber vuelto insensibles a una excepción tan clamorosa. De repente aparece sobre la faz del planeta un animal que es capaz de pensar y decidir, de planificar, de prevenir el futuro, de estudiar los mecanismos naturales para imitarlos en sus artefactos o para aprovecharse de los mismos, de reflexionar sobre sí mismo y lo que le rodea y preguntarse nada menos que por el origen y el fin último de todas las cosas, de reconocerse sujeto a leyes morales que no están escritas en ninguna parte pero que son más fuertes que las leyes escritas, de crear civilizaciones, imperios, artes, ciencias, religiones, etc. Y de tener por tanto eso que las otras especies no podrán tener jamás: historia.

Frente a ese hecho macizo y clamoroso, ¿qué dicen los evolucionistas que son materialistas? Apenas si pueden balbucear algo acerca del tamaño del cerebro, el pulgar oponible, la postura erguida, etc.

Es como si ante un cuadro de Rembrandt se comenzase a hacer investigaciones acerca del largo del pincel, la composición química de los pigmentos, la solidez del bastidor, etc.

Es mucho más "científico", creemos, reconocer que en el momento en que aparece el ser humano en el planeta el proceso evolutivo recibe un "plus" de energía externa, algo así como si un potente catalizador hubiese sido arrojado en la materia viviente para hacerla dar el salto que por sí sola no pudo dar en millones de años.

Ese "catalizador" es precisamente el espíritu, que por ser inmaterial no puede proceder de la evolución. Sino que tiene que ser dado por el Espíritu subsistente, Dios.

Los evolucionistas materialistas se las arreglan para tratar de disimular este hecho inmenso recurriendo a la gradualidad y a largos períodos de tiempo. Se ilusionan pensando que si se le da el tiempo suficiente, el bruto irracional podría mover lo bastante su pulgar oponible como para llegar a ser miembro de la raza de Beethoveen, Aristóteles y Miguel Ángel.

¡Calcúlese el tiempo que sería necesario, desde que las especies animales conocidas hoy día no han registrado un cambio importante en su modo de vivir desde los más o menos 6000 años que dura nuestra historia escrita!

Pero el tema de la gradualidad es un tema muy dificultoso. Es cierto que podemos bajar lo más posible el nivel del primer humano, y subir lo más posible el nivel del último pre-humano. ¿Llegarán a tocarse?

El caso es que con ello no se consigue nada.
Porque por más cerca que hayan estado físicamente el hombre y el no-hombre al comienzo, siempre han estado infinitamente lejos uno del otro, no por los resultados inmediatos que hubiese alcanzado la raza humana, sino por la calidad completamente diferente del proceso, del dinamismo en que se hallaba embarcada desde el comienzo.

Y este nuevo tipo de proceso y de desarrollo presupone una base ontológica, una esencia o naturaleza, totalmente nueva y original, que es ella misma en acto, y tiene en potencia todas las infinitas realizaciones posibles de lo humano, que se van desplegando a lo largo de la historia.

No se desenrrolla sino lo que estaba enrollado. Por más parecido físicamente que fuese a los no - humanos que lo rodeaban cuando vino al mundo, el primer ser humano, por el hecho de ser el origen de un proceso que termina en la civilización actual, era ya, en acto, esencialmente diferente de sus vecinos.

Se puede preguntar ¿Y porqué el origen había de ser él, y no sus padres o abuelos no humanos?

Y la respuesta es obvia. La humanidad y la civilización actuales han salido de alguna parte. De la nada, no sale nada. No se llega a ser, sino lo que se puede ser. Cualquiera que haya sido el origen de la civilización actual, era un origen en el que ésta estaba de algún modo "en potencia". No se desenrrolla sino lo que está enrrollado. Era por tanto un origen cuya estatura esencial humana era en el fondo la misma que la de hoy día. No se da lo que no se tiene. Luego, era un origen humano, y entonces, no puede ser un origen más antiguo ( ni más nuevo) que el primer hombre.

Esto es, parece, una respuesta adecuada a todos los evolucionistas cristianos que siguiendo la huella de Theilhard y de Rahner, suponen que no hay intervención especial de Dios desde la creación de la primer materia del Universo. Si es así, entonces esa materia ya era humana en lo esencial, y por tanto, en acto, pues no se da lo que no se tiene. Y entonces, todo el universo, hoy día, es humano, lo cual, obviamente, es absurdo.

Si se dijese que esa materia inicial era humana sólo en potencia, entonces, o se está diciendo que lo más sale de lo menos, lo que es absurdo, o se está diciendo que hace falta un aporte externo a la evolución para que pueda darse actualmente lo humano. Pero entonces no es cierto que todo se reduzca a "dejar evolucionar" la materia inicial.

En realidad, Rahner parece decir que Dios mueve desde dentro el proceso evolutivo, de modo tal que el resultado es a la vez inmanente, sin intervenciones divinas especiales, y trascendente, es decir, superior y nuevo, respecto de sus antecedentes creados. El "plus" estaría dado por ese "concurso evolutivo" divino. Así, si no recordamos mal, en el artículo "Evolución" del diccionario teológico "Sacramentum Mundi".

En primer lugar, hay que tener claro que ni siquiera el poder de Dios puede hacer que lo superior salga de lo inferior. Precisamente el "concurso evolutivo" de Rahner apunta a que no alcanza con lo inferior y anterior para explicar lo superior y posterior. Pero entonces, tampoco es posible decir: "Ahora sí, teniendo el poder divino en juego en el asunto, podemos concebir cómo lo superior sale de lo inferior". Pues no, pues el poder divino no está para dar cuenta de eso, ni de cómo es posible que el círculo sea cuadrado, o que existan fábricas de agujeros.

Pero entonces, si no sale de lo anterior e inferior, lo nuevo y superior no procede, propiamente hablando, por evolución. Y entonces , parece inevitable una intervención divina especial, "categorial", para usar el lenguaje de Rahner.

La evolución, en efecto, en su significado mínimo, es la transformación gradual de una cosa en otra. Ahora bien, la filosofía elemental enseña que no hay cambio posible sin una causa. Y la razón que da, es que ningún ente es por sí solo suficiente para transformarse en otra cosa. Porque la "otra cosa", es precisamente lo que el ente en cuestión no es ahora, sino potencialmente. Y como el acto es más que la potencia, para llegar a actualizar su potencialidad de ser "otro", el ente que cambia necesita el aporte de otro ente que ya tenga en acto eso para lo que él está en potencia. Así, el agua fría por sí sola nunca se calentaría, el fuego, ya caliente "en acto", es capaz de calentarla. Con lo cual muestra que cuando estaba fría, ya era caliente "en potencia", pero también, que esa potencialidad por sí sola jamás llegaría al acto, pues no se da lo que no se tiene.

Luego, si hay una evolución, hay una causa de la evolución. Dejando de lado el punto de si esa evolución es ascendente o no (supongamos por ahora que los nuevos seres pueden ser distintos sin ser superiores), el solo hecho de que indefinidamente se estén transformando los seres existentes en otros seres diferentes, exige que en la base de todo el proceso evolutivo esté en acto la plenitud de ser capaz de actualizar, en última instancia, todas esas potencialidades inéditas que por primera vez en la historia del cosmos se actualizan y por tanto no pueden deber esa actualización a factores intramundanos.

Y mucho más si suponemos que la evolución implica además una ascensión ontológica, de lo inferior a lo superior, como parece ser de hecho el caso, desde que los paleontólogos y los evolucionistas ordenan la serie de las especies vivientes claramente en de modo ascendente, hasta llegar al hombre.

Es cierto, sin embargo, que en la visión aristotélica del cambio el nuevo ser en acto estaba en potencia en el ser anterior, y la función de la "causa eficiente" es "educir", sacar, el acto de la potencia del sujeto. Aplicado a la evolución, esto querría decir que las nuevas y superiores especies están en potencia en las inferiores, y que la función de la Causa Primera es actualizar esa potencia. Esto se puede entender recordando que en Aristóteles la materia prima está en potencia para todas las formas, y que son las formas las que determinan las diversas especies. En este sentido sí, Dios "sacaría" lo superior de lo inferior, pero en un sentido aristotélico, que no va contra el principio de no contradicción, puesto que en la producción del nuevo acto el ser en potencia aporta precisamente su potencialidad de devenirlo, y la causa eficiente aporta su actualidad capaz de actualizar dicha potencialidad del sujeto.

¿Sería necesario para esto una intervención "especial" de Dios?

Ante todo, recordemos que esta filosofía, y cualquier sana filosofía realista, supone que la "intervención" de la Causa Primera en la Creación es continua y fundamental: sin la Causa Primera el ser contingente no tendría razón de ser y por tanto no podría existir ni obrar. Lo que preguntamos ahora es si fuera de ese concurso general y continuo de Dios Causa Primera en la Creación, que hace posible el funcionamiento normal y natural de las naturalezas creadas y por tanto no interfiere con el mismo, es necesario alguna intervención específica en orden al proceso evolutivo como tal.

Decir que "no" significaría decir que el paso de una especie a otra se debería, fuera del concurso general divino, solamente a la acción de las causas segundas, creadas. Pero justamente, antes de que aparezca una especie nueva en el Cosmos, no existe en él ningún ser dotado de la actualidad necesaria para producirla, más aún tratándose de una especie superior. A no ser que se diga que el Creador ha encargado de esta tarea a los ángeles, creaturas puramente espirituales y superiores a toda la naturaleza material. Pero, sea angélica, sea directamente divina, parece que sí es necesaria una intervención especial extramundana para que sea posible el proceso evolutivo.

Y todavía en el caso del hombre tenemos algo más. Porque la forma definitoria de la especie humana, el alma humana, espiritual, no está en potencia en la materia prima, como sí pueden estarlo las formas de las otras especies no humanas. En efecto, todo lo que procede de la actualización de la potencialidad de la materia es un compuesto de materia y forma, y todo lo que se compone de materia y forma es material; el alma humana, que es inmaterial, no puede por tanto proceder de la potencialidad de la materia. Y eso quiere decir que ha de ser dada directamente por Dios Creador.

Toda esta explicación metafísica no tiene por finalidad negar la necesidad de las "causas" o "factores" de la evolución que estudia la biología moderna. Simplemente que esas causas, a tono con el espíritu positivo de la ciencia moderna, nos dicen solamente "cómo" las especies han llegado de hecho a producirse unas a partir de otras. No nos dicen "cómo ello ha sido posible sin contradicción", que es la pregunta propia de la filosofía, que aspira a entender en forma radical.

Podemos aceptar en principio, como lógicamente posible, al menos, una explicación basada en mutaciones genéticas, por ejemplo, y "selección natural". Pero en realidad el problema filosófico crucial se plantea precisamente en esa "mutación genética", desde que ella sería la responsable del surgimiento de lo superior: la selección natural, en efecto, no sería más que la encargada de asegurar la "vigencia histórica" de eso superior que ya existe en acto desde la "mutación".

Pues bien, el paso de la potencia al acto y el surgimiento de lo nuevo y superior dado en esa "mutación genética" es lo que reclama toda la filosofía arriba expuesta. La pregunta, como se verá, no es "científica", en el sentido de nuestras ciencias modernas, pero, como también se verá, es perfectamente racional e inteligible. Eso quiere decir que es filosófica.

Y nótese una diferencia esencial entre las ciencias y la filosofía: es posible, sea probable o no, que mañana la explicación del proceso evolutivo a nivel de la biología vaya por otros cauces, y que en vez de las mutaciones genéticas, se recurra a algún otro tipo de factor. Seguirá igualmente en pie que ha habido un cambio, que ha habido un pasaje de lo inferior a lo superior, que ha habido una actualización de una potencialidad nunca antes actualizada en el Universo material, y que por tanto hace falta para ello una causalidad extracósmica. La filosofía verdadera es "perenne" por vocación y naturaleza, como es "perenne" la verdad misma, que no cambia; mientras que las hipótesis científicas son por naturaleza progresivas, dado que su finalidad es ante todo dar una explicación posible, coherente, pero no necesaria, de los hechos conocidos, a su nivel, que es el de "cómo" suceden de hecho las cosas, y no el de cómo es posible, absolutamente hablando, y sin contradicción, que sucedan. Y eso hace que siempre sea posible, a nivel de las ciencias, que surja una explicación mejor.

Este primer hombre, entonces, si exteriormente no era fácil de distinguir, tal vez, de sus primos primates, en su ser profundo, esencial, era algo de otro orden, cualitativamente diferente, si bien por el momento toda esa riqueza, fuera de su base esencial humana ya en acto, no era más que una inmensa potencialidad, una promesa cierta que debería ir actualizándose, al contacto con la experiencia de la vida, a lo largo de la historia de la humanidad.

En el fondo, es la imagen de la novela de S. Clark, "2001, Odisea del espacio" (véase sin embargo lo que decimos más abajo sobre la naturaleza específica del cuerpo humano). Sólo es necesario sustituir al monolito de origen extraterrestre por el poder de Dios Creador, lo cual como explicación es mucho más satisfactoria, puesto que nos evita el tener que preguntarnos qué otros extraplanetarios plantaron a su vez un monolito en el planeta de los que lo plantaron en la tierra, y así absurdamente hasta infinito.

Comprendemos, entonces, la relación que en el origen del hombre tienen el cambio gradual y lento y la transformación súbita y radical. La formación de un organismo semejante al del hombre actual ha podido llevar sin duda miles o tal vez millones de años. Pero el paso del no - hombre al hombre no ha podido menos de ser instantáneo. Pues no hay término medio entre ellos dos (principio de tercero excluído). No hay término medio pensable entre tener esa potencialidad en cierto modo infinita propia de la raza humana, y no tenerla, entre estar embarcado en ese proceso tendencialmente infinito de transformación y crecimiento histórico, marcado por la inteligencia y la libertad, y no estarlo.

Ahora bien, es claro que toda esa riqueza no puede venir de la nada, ni tampoco de la pobreza anterior. Cuando tras siglos de evolución el cuerpo del homínido estuvo listo para sufrirla, una transformación súbita, inimaginable, invisible en lo más hondo, pero profundísima, alteró radicalmente la naturaleza de aquel ser, y al contacto con el dedo de Dios, Adán abrió por primera vez los ojos.

Esto debería, si no nos equivocamos, aportar un poco de tranquilidad a tantos teólogos contemporáneos que se preguntan angustiados qué hacer con el estado de "justicia original" que la tradición católica enseña a propósito de los primeros padres del género humano. En realidad muchos de ellos ya no se lo preguntan, pues lo han desechado sin más. Les parece incompatible con la visión evolutiva del cosmos. El primer hombre ha sido un ser bastante miserable, a su juicio, apenas algo más que un mono, y es absurdo, dicen, suponer que estaba en estado de gracia, inhabitado por la Trinidad, sin concupiscencia, inocente, iluminado especialmente en su inteligencia y voluntad, sin sujeción a la enfermedad y a la muerte. No hay nada de eso, dicen, en los registros arqueológicos. Y no es evolutivo, agregan, el pasaje de lo superior a lo inferior, es decir, la caída que habría significado para el género humano la pérdida de esos dones "preternaturales".

Por un lado, nuestra explicación muestra que efectivamente es posible pensar una continuidad física bastante estrecha entre el hombre y el prehumano. Con todo, hay que hacer justicia a las reflexiones antropológicas contemporáneas (por ejemplo, Leonardo Polo) que nos dicen que el cuerpo humano es esencialmente diferente del de los irracionales. El hombre, tampoco el primero, no es un mono con alma espiritual. Tampoco puede ser un "homínido" con alma espiritual. Por más cerca que el homínido haya estado físicamente del hombre, hay que reconocer que la irrupción del alma espiritual, forma sustancial del cuerpo humano, ha provocado ciertamente un cambio sustancial, también a nivel físico. Ojo al dualismo.

Por otro lado, no está muy claro, a nuestro juicio, qué clase de prueba le piden los teólogos en cuestión a la paleontología, desde que hablamos de realidades espirituales e invisibles que sería muy raro que dejasen su huella en las capas geológicas. Es cierto que hasta ahora, por ejemplo, los paleontólogos no han podido hallar un alma espiritual lo suficientemente antigua como para decir que era la del Neanderthal o la del Cro Magnon. Y menos aún pueden decidir, por los datos actuales, si estaba dotada de gracia santificante. Pero además es poco probable que lo hagan en el futuro.

No creemos tampoco que al estado de santidad y unión con Dios que la teología tradicional atribuye a los primeros padres debiese necesariamente ir unido un desarrollo cultural e industrial capaz de dejar de sí rastros ya históricos, mediante la invención de la escritura. Creemos, según la fe de la Iglesia, que la santidad es posible aún en medio del analfabetismo, y que en definitiva se trata de cuestiones de orden diferente.

En cuanto a si es "poco evolutivo" que primero haya habido un alto y luego un bajo, sólo podríamos responder que así es la vida, y que las más hermosas creaciones del ingenio humano, como por ejemplo, la "ley evolutiva del cosmos", a veces son desmentidas por la realidad. En todo caso, habría que decir que al Creador la idea de una "ley evolutiva" no le habría hecho tanta fuerza como a Teilhard de Chardin. Cuestión de opiniones, como se ve. Un poco más en serio, es ciertamente al "teilhardismo", y no a la ciencia, que se debe esa extrapolación de la evolución a todo el ámbito de la naturaleza y aún del ser. Eso ya no es ciencia, tampoco es filosofía, al menos, de la buena.

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