Edith Zirer: Karol Wojtyla me salvó la vida en 1945

Edith Zirer, casada hoy y con 2 hijos, que vive en Haifa, en una colina del Monte Carmelo, quiso estar con el Papa (59 años después de lo ocurrido) en su histórico viaje a Tierra Santa para darle personalmente las gracias justamente en el Memorial del Holocausto Yad Vashem. Fue un día inolvidable para ella y para toda la población judía, así como una lección universal de humanidad.
Edith Zirer narra el episodio como si hubiera sucedido ayer. Era una fría mañana de primeros de febrero de 1945. La pequeña judía, que todavía no era consciente de ser el único miembro de su familia que sobrevivió a la masacre nazi, se dejó llevar en los brazos de un sacerdote de 25 años, alto, fuerte, que sin pedirle nada, simplemente le dio un rayo de esperanza.

Hoy aquel sacerdote, según ella, es el obispo de Roma. Edith quería agradecer finalmente aquel gesto. «Sólo un pequeño gracias en polaco por aquello que hizo, por la manera en que lo hizo, para decirle que nunca me olvidé de él», dice desde su hermosa casa ubicada en las colinas del Carmelo, en la periferia de Haifa.

Edith tiene 66 años y dos hijos. Reconstruyó su vida en Israel, donde llegó en 1951, cuando todavía padecía las lacras de la tuberculosis y los fantasmas de la guerra alteraban sus sueños.

Durante todo este tiempo se ha guardado esta historia. Cuando en 1978, Karol Wojtyla subió a la cátedra de Pedro, comenzó a sentir la necesidad de hablar, de contarlo a alguien, de mostrar su agradecimiento. La pregunta surge inmediatamente: pero, ¿cómo puede estar segura de que aquel sacerdote es el Papa? ¿Por qué ha esperado tanto?. Estos interrogantes se los han planteado también los periodistas de «Kolbo», el semanario de Haifa que hoy publica un artículo sobre este asunto. «El relato es convincente. No trata de hacerse publicidad, todos los detalles que ofrece parecen creíbles», dicen los redactores. Tan convincentes que la embajada israelí ante la Santa Sede ya está moviéndose para tratar de poner en contacto a la señora Zirer con la secretaría del Papa.

La narración habla por sí misma. «El 28 de enero de 1945 los soldados rusos liberaron el campo de concentración de Hassak, donde había estado encerrada durante casi tres años trabajando en una fábrica de municiones –explica Edith, quien entonces tenía trece años–. Me sentía confundida, estaba postrada por la enfermedad. Dos días después, llegé a una pequeña estación ferroviaria entre Czestochowa y Cracovia». Precisamente en Cracovia, Wojtyla acababa de ser ordenado sacerdote. «Estaba convencida de llegar al final de mi viaje. Me eché por tierra, en un rincón de una gran sala donde se reunían decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los uniformes con los números de los campos de concentración. Entonces Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida caliente que había podido probar en las últimas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro polaco, divino. Pero yo no quería comer, estaba demasiado cansada. El me obligó. Después me dijo que tenía que caminar para coger el tren. Lo intenté, pero me caí al suelo. Entonces, me tomó en sus brazos, y me llevó durante mucho tiempo. Mientras tanto la nieve seguía cayendo. Recuerdo su chaqueta marrón, la voz tranquila que me reveló la muerte de sus padres, de su hermano, la soledad en que se encontraba, y la necesidad de no dejarse llevar por el dolor y de combatir para vivir. Su nombre se grabó indeleblemente en mi memoria».

Cuando finalmente llegaron hasta el convoy destinado a llevar a los detenidos hacia Occidente, Edith se encontró con una familia judía que le puso en guardia: «Atenta, los curas tratan de convertir a los niños hebreos». Ella tuvo miedo y se escondió. «Sólo después comprendí que lo único que quería era ayudarme. Y quisiera decírselo personalmente».

Tomado de Zenit, 6.II.04

Kazimierz Majdanski: Un sacerdote superviviente al campo de concentración nazi de Dachau

Entrevista con monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien
La muerte del 20% de los 10.017 sacerdotes polacos que había al inicio de la segunda guerra mundial (incluidos cinco obispos) parece haber sido olvidada por muchos libros de historia, reconoce un obispo que sobrevivió a las torturas del campo de concentración de Dacha.

Monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien, fue arrestado por los nazis cuando era alumno del seminario de Wloclawek, el 7 de noviembre de 1939, junto a otros alumnos y profesores del seminario, y encerrado en el campo de concentración de Sachsenhausen, en un primer momento, y de Dachau, después.

En Dachau fue sometido a criminales experimentos pseudocientíficos. Tras la guerra, fue ordenado sacerdote en París. Sus superiores le enviaron después a continuar sus estudios en Friburgo (Suiza). Al regresar a Polonia, fue nombrado vicerrector del seminario, obispo auxiliar de Wroclawek y arzobispo de Stettino-Kamien.

Participó en las sesiones de trabajo del Concilio Vaticano II y en 1975 fundó el pionero Instituto de Estudios sobre la Familia en Lomianki.

Para recordar el testimonio de aquellos hombres, la Iglesia católica en Polonia celebró el 29 de abril la Jornada del martirio del clero polaco durante la segunda guerra mundial.

En esta entrevista concedida a Zenit, Vladimir Redzioch recoge el testimonio del arzobispo Majdanski.

–Excelencia, ¿por qué le arrestó la Gestapo justo al inicio de la guerra?

–Monseñor Majdanski: Fui arrestado, al igual que otros alumnos y profesores del seminario, porque llevaba sotana. Los alemanes que nos arrestaron no nos preguntaron nuestras señas (lo hicieron después, en la prisión). Se puede decir, por tanto, que fui arrestado como sacerdote católico.

–¿Cómo era la vida en el campo de concentración de Dachau?

–Monseñor Majdanski: En la entrada del campo, estaba escrito «Arbeit macht frei» («El trabajo hace libres»), pero en realidad el trabajo inhumano en el frío del invierno y en el calor del verano, con insuficientes razones de comida, con golpes y humillaciones, buscaba destruir al hombre.

Al final, cuando la persona ya no era capaz de trabajar, era conducida con los así llamados «transportes de los inválidos» en las cámaras de gas.

–Usted fue uno de los prisioneros que fueron sometidos a experimentos médicos.

–Monseñor Majdanski: Sí. En Dachau un tal profesor Schilling hacía pseudoexperimentos científicos. En pocas palabras, experimentaba con los prisioneros la reacción del hombre a las diferentes substancias que nos inyectaban.

Antes de ir a someterme a los experimentaos, había pedido a mi profesor del seminario que informara a mis padres de mi muerte y le dejé mi «tesoro», dos rebanadas de pan duro.

Si sobreviví, fue un auténtico milagro. Por desgracia, el padre Jozef Kocot, mi compañero de habitación, profesor de filosofía en el seminario, murió en silencio, sufriendo de manera inenarrable.

–¿Qué significaba para ustedes, sacerdotes, el campo de concentración?

–Monseñor Majdanski: Creíamos que habíamos vuelto a los tiempos de Nerón y Diocleciano, a los tiempos del odio por el cristianismo y por todo lo que representaba el cristianismo. El campo de concentración era la encarnación de la civilización de la muerte: no es casualidad que en los uniformes de los alemanes había calaveras.

Nuestros verdugos alemanes blasfemaban contra Dios, denigraban a la Iglesia y nos llamaban los «perros de Roma». Nos querían obligar a ultrajar la cruz y el rosario. Para ellos no éramos más que números que había que eliminar.

Nos quedaba la alianza con Dios, la oración recitada a escondidas, la confesión sin que nos vieran. Echábamos mucho de menos la Eucaristía. En esta «máquina de muerte», los sacerdotes eran llamados al sacrificio de la vida, a ser fieles hasta la muerte.

El padre Stefan Frelichowski y el padre Boleslaw Burian crearon una especie de alianza en la que sus miembros se comprometían a soportar de la manera más coherente con el Evangelio todas las humillaciones y sufrimientos del campo, y ha rendir cuentas de todo ello a la Virgen a las nueve de la noche.

El padre Frelichowski, cuando estalló la epidemia de tifus, se ofreció como voluntario para servir a los enfermos. Murió dando la vida por los demás, como san Maximiliano Kolbe (canonizado por el Papa).

–¿Vio morir a muchos compañeros?

–Monseñor Majdanski: Murieron la mitad de los sacerdotes polacos encerrados en Dachau. Vi cómo morían muchos sacerdotes de manera heroica. Fueron fieles a Cristo, quien había dicho a sus discípulos: «Seréis mis testigos». Morían como sacerdotes católicos y como patriotas polacos.

Algunos hubieran podido salvarse, pero ningún negoció pactos: en 1942, las autoridades del campo ofrecían a los sacerdotes polacos la posibilidad de un trato especial, a condición de que declararan su pertenencia a la nación alemana. Ninguno dio el paso adelante.

Cuando al padre Dominik Jedrzejewski le ofrecieron la libertad si renunciaba a sus funciones sacerdotales, serenamente respondió «no». Y murió.

El martirio del clero polaco durante el infierno nazi fue una página gloriosa de la historia de la Iglesia y de Polonia. Es una pena que se haya cubierto con un velo de silencio.

Zenit, ZS04050205

Vasilyi Sirotenko: Un oficial soviético que salvó la vida a Karol Wojtyla

Juan Pablo II no hubiera llegado a ser Papa si, en el año 1945, en Cracovia, un oficial de la Armada Roja de la Unión Soviética, culto y amante de la historia, no hubiera decidido salvar la vida, a pesar de las órdenes de Stalin, a un joven seminarista llamado Karol Wojtyla, que le había ayudado a traducir libros sobre la caída del Imperio romano.

Este episodio, hasta ahora inédito de la vida del Papa, ha sido narrado al semanario italiano «Famiglia Cristiana» por el protagonista, el mayor Vasilyi Sirotenko, a quien Juan Pablo II le ha mandado una felicitación por su cumpleaños.

Cayó Cracovia Sirotenko, profesor de historia medieval, formó parte de la 59ª Armada del general Ivan Stepanovich Konev que arrebató a los alemanes Cracovia el 17 de enero de 1945. Al día siguiente el soldado se encontraba entre los hombres que ocuparon una mina de piedra de la empresa Solvay a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. «También allí los alemanes se rindieron y escaparon casi inmediatamente –recuerda–. Los obreros polacos se habían escondido: cuando llegamos comenzamos a gritar: sois libres, salid, salid, estáis libres. Cuando los contamos, eran ochenta. Poco después descubrí que 18 de ellos eran seminaristas».

La guerra de Stalin no eran un banquete de gala. Los soldados robaban lo que podían: dinero, relojes, ropa… Los primeros rusos que entraron a Cracovia lo único que buscaban era comida. Sirotenko, sin embargo, causó en más de alguno risa: él buscaba libros en latín y alemán.

Por este motivo, al ver a los seminaristas se puso muy contento. «Llamé a uno de ellos y le pregunté si era capaz de traducir del latín y del italiano –revela Sirotenko–. Me dijo que no era muy bueno en estas materias, que había estudiado poco. Estaba aterrorizado, e inmediatamente añadió que tenía un compañero muy inteligente y capaz para los idiomas. Un cierto Karol Wojtyla».

«Entonces di la orden de encontrar a ese tal Karol», continúa diciendo el antiguo soldado. «Descubrí que era bastante bueno en ruso pues su madre era una “russinka”, es decir una “ukrainka” con raíces rusas. Por eso le hice traducir también documentos del ruso al polaco».

Vasilyj se hizo amigo de Karol y pidió que le tradujera también artículos sobre la caída del Imperio romano, que era fruto de todo tipo de interpretaciones por parte de Stalin. Fueron tan amigos que un día el comisario político Lebedev convocó al oficial soviético: «Camarada mayor, ¿qué hace usted con ese seminarista? ¿Piensa ignorar las órdenes de Stalin? ¿La disposición del 23 de agosto de 1940 sobre los oficiales, maestros y seminaristas polacos no le convence?».

Sirotenko respondió: «No puedo fusilarlo. Es demasiado útil. Sabe idiomas y conoce la ciudad». Y añade: El comisario sabía que era verdad, pero no quería correr riesgos. De modo que me dijo que la responsabilidad era mía».

Después, salieron los primeros carros de prisioneros hacia Siberia, personas que no volverían nunca más. Los seminaristas de la cantera Solvay estaban entre los primeros de la lista. Sirotenko, sin embargo, les salvó la vida. La misma excusa volvió a convencer a Lebedev.

Ahora al mayor no le gusta reconocer que sabía lo que significaba partir al destierro. «Escribí una orden en la que, por exigencias relativas a las operaciones militares que tenían lugar en Cracovia, Wojtyla y los demás no deberían ser deportados».

Cuando en 1978 fue elegido Papa un cierto Karol Wojtyla, Sirotenko era el único que conocía ese nombre en Rusia, a excepción del KGB. El 6 de marzo pasado recibió una carta del Papa en la que le felicitaba por sus 85 años. El viejo profesor de historia y antiguo oficial de la Armada Roja mira la carta y dice: «Los dos hemos tenido una vida muy intensa».

Tomado de ZENIT.org, 3.V.01

Una misionera en África: Confianza en Dios

A mí me encantan los niños y disfruto mucho estando y conversando con ellos. Tal vez también a ti te suceda algo igual. Y la razón es muy simple: porque nos fascina su sencillez, su inocencia, su bondad natural, la transparencia de su alma, su pureza y su candor. Casi todos los niños son así. Aunque algunos sean un poco más pícaros, poseen un alma noble y son muy sensibles ante lo grande y lo bello. Te quiero contar hoy una historia para que veas la grandeza de la fe, la inocencia y el candor de los pequeños.

Una noche yo había trabajado mucho ayudando a una madre en su parto. Pero, a pesar de todo lo que hicimos, murió la madre dejándonos un bebé prematuro y una hija de dos años. Nos iba a resultar difícil mantener el bebé con vida porque no teníamos incubadora –¡no había electricidad para hacerla funcionar!–, ni facilidades especiales para alimentarlo. Aunque vivíamos en el Ecuador africano, las noches frecuentemente eran frías y con vientos traicioneros.

Una estudiante de partera fue a buscar una cuna que teníamos para tales bebés, y la manta de lana con la que lo arroparíamos. Otra fue a llenar la bolsa de agua caliente. Volvió enseguida diciéndome irritada que, al llenar la bolsa, había reventado. La goma se deteriora fácilmente en el clima tropical. –”¡Era la última bolsa que nos quedaba! –exclamó–; y no hay farmacias en los senderos del bosque”. –”Muy bien –dije–; pongan al bebé lo más cerca posible del fuego y duerman entre él y el viento para protegerlo. Su trabajo es mantener al bebé abrigado”.

Al mediodía siguiente, como hago muchas veces, fui a orar con los niños del orfanato que se querían reunir conmigo. Les sugerí a los niños varias intenciones para su oración y les hablé del bebé prematuro. Les conté el problema que teníamos para mantenerlo abrigado, pues se había roto la bolsa de agua caliente y el bebé se podía morir fácilmente si cogía frío. También les dije que su hermanita de dos años estaba llorando porque su mamá había muerto. Ruth, una niña de 10 años, oró con la acostumbrada seguridad consciente de los niños africanos: –”Por favor, Dios mándanos una bolsa de agua caliente. Mañana no servirá porque el bebé ya estará muerto. Por eso, Dios, mándala esta tarde”. Mientras yo contenía el aliento por la audacia de su oración, la niña agregó: –”Y mientras te encargas de ello, ¿podrías mandar una muñeca para su hermana pequeña, y así pueda ver que tú la amas realmente?”

Con frecuencia las oraciones de los chicos me ponen en evidencia. No creía que Dios pudiese hacerlo. Sí, claro, sé que Él puede hacer cualquier cosa. Pero hay límites, ¿no? Y yo tenía algunos grandes “peros”. La única forma en la que Dios podía responder a esta oración en particular, era enviándome un paquete de mi tierra natal. Yo llevaba en Africa casi cuatro años y nunca jamás recibí un paquete de mi casa. De todas maneras, si alguien llegara a mandar alguno, ¿quién iba a poner una bolsa de agua caliente?

A media tarde, cuando estaba enseñando en la escuela de enfermeras, me avisaron que había llegado un auto a la puerta de mi casa. Cuando llegué, el auto ya se había ido, pero en la puerta había un enorme paquete de once kilos. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por supuesto, no iba a abrir el paquete yo sola. Así que invité a los chicos del orfanato a que juntos lo abriéramos. La emoción iba en aumento. Treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja. Había vendas para los pacientes del leprosario. Luego saqué una caja con pasas de uvas variadas. Eso serviría para hacer una buena horneada de panecitos el fin de semana. Volví a meter la mano y sentí… ¿sería posible? La agarré y la saqué… ¡Sí, era una bolsa de agua caliente nueva!

Lloré… Yo no le había pedido a Dios que mandase una bolsa de agua caliente, ni siquiera creía que Él podía hacerlo. Ruth estaba sentada en la primera fila, y se abalanzó gritando: –”¡Si Dios mandó la bolsa, también tuvo que mandar la muñeca!”. Escarbé el fondo de la caja y saqué una hermosa muñequita. A Ruth le brillaban los ojos. Ella nunca había dudado. Me miró y dijo: –”¿Puedo ir contigo a entregarle la muñeca a la niñita para que sepa que Dios la ama de verdad?”

Ese paquete había estado en camino por cinco meses. Le había preparado mi antigua profesora de religión, quien había escuchado y obedecido la voz de Dios mucho antes de que sucedieran las cosas, y fue Él quien la impulsó a mandarme la bolsa de agua caliente, a pesar de estar yo en el Ecuador africano. Y una de las niñas había puesto una muñequita para alguna niñita africana cinco meses antes, en respuesta a la oración llena de fe de una niña de diez años que la había pedido para esa misma tarde.

Tomado de www.catholic.net

Luis Ruiz: misionero de 90 años dirige 145 leproserías en China

Acaba de cumplir 90 años, y ha sido la primera vez, desde 1930, que el padre Luis Ruiz lo pudo celebrar en Gijón (España) con su familia. «Es que estos últimos 72 años he estado por ahí, por estos mundos de Dios, ¿sabe usted?», argumenta. Acaba de participar en el Congreso Nacional de Misiones que se ha celebrado este fin de semana en Burgos. Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, arzobispo de Tunja (Colombia), le presentó a los medios como «la estrella del congreso», a lo que él respondió, con el sentido del humor que conserva intacto, «apagada, estrella apagada». «Cuando ves la pobreza no puedes cruzarte de brazos», asegura el P. Ruiz. Hasta hace dos años recorría las calles de Macao en moto. «Ya no, es que ya estoy un poco mayor», alega. Ahora le llevan en coche a sus 145 leproserías, diseminadas por toda China, en las que atienden a 10.000 enfermos. «Allí mismo educamos a los hijos de los leprosos, y tenemos 2.000 alumnos entre primaria y la universidad. En Macao, por ejemplo, tenemos una escuela que ya es muy famosa. Hace poco, un ex alumno, que ahora es un empresario de éxito en Hong Kong me mandó 20.000 dólares de donativo. Y los alumnos que tuve en Cuba en los años 40, que ahora viven en EE UU, aún me mandan dinero», explica.

-Y usted, ¿no piensa retirarse a descansar?

-Yo descanso trabajando. A mis 90 años, llevo un régimen de vida similar al de un hombre de 60. Me levanto a las 6:30 de la mañana. Me encanta el fútbol; a través de la televisión china veo los partidos de equipos españoles. Pero quiero seguir trabajando: tenemos 15 proyectos en espera.

-En 1941, llegó usted a China.

-Sí, y allí comencé a estudiar el chino mandarín, que es una lengua endiabladamente difícil. En 1942 tuve que huir de Pekín por la II Guerra Mundial entre EE UU y Japón. En 1945 fui ordenado sacerdote, y estuve destinado a la misión de Anking, donde daba clase de inglés. En 1951 los comunistas ocuparon nuestra misión, y estuve prisionero en casa, donde enfermé de tifoidea, y me expulsaron de China. 30.000 refugiados

-¿Qué hizo entonces?

-Mis superiores me mandaron a Macao, que era colonia portuguesa. Llegué a una ciudad llena de refugiados que huían del régimen comunista chino. Venían muertos de hambre, sin dinero y sin trabajo. Olvidé mi enfermedad, porque tenía que dar salida a todas esas pobres familias. Les repartía arroz, fideos y queso. Había algunos refugiados que incluso llegaban a nado, y no tenían absolutamente nada. Cada día venían 20, 40, 80. Hasta 30.000 refugiados chinos llegaron a pasar por nuestra misión. Después, cuando he vuelto algunas temporadas a España, me he encontrado con chinitos que estuvieron en mi casa.

-¿Cuándo comenzó su trabajo con los leprosos?

-En 1986 (con 73 años) comencé a trabajar en la provincia de Guangdong. Allí, en una isla, tenían tirados a todos los leprosos. Una noche fuimos en una lancha de pesca hacia la isla. Debería habernos visto; parecíamos contrabandistas. Yo llevaba cigarrillos para repartirlos entre los leprosos. Cuando llegamos a la isla, vimos algo que no se me olvidará jamás. Aquella gente vivía en un lugar sucio y asqueroso. Se me acercó un leproso y le extendí mi mano. Cuando él acercó la suya, me di cuenta de que no tenía más que un muñón. Y así todos los habitantes de la isla que se iban acercando. ¿Y qué podía hacer yo con los cigarrillos que había traído? Pues los iba encendiendo yo, y se los ponía a ellos entre los muñones.

-¿Qué le llevó a dedicarse a los leprosos?

-Cuando ves la pobreza, no puedes cruzarte de brazos. Cuando llegamos, no había agua ni electricidad; las casas estaban destrozadas, y todos pasaban hambre. Empezamos a hacer pozos, y conseguimos unas placas solares para calentar agua. Había muchos leprosos que me decían: «Padre, es la primera vez que nos duchamos con agua caliente».

-Hablando de dinero, ¿cómo lo consigue?

-Yo no consigo el dinero; el dinero me llega. Nunca pido; el Señor me lo envía. El Señor a veces envía unas gotitas de dinero, y a veces es una lluvia torrencial de dólares. Y tenemos más de 100.000 euros al mes en donativos. Yo no me comprendo ni a mí mismo: físicamente tengo 90 años, y aún aguanto. El dinero, sencillamente, llega.

-Todo el mundo conoce a la Madre Teresa, a Vicente Ferrer… ¿Por qué no se conoce al padre Luis Ruiz?

-No me preocupa eso; no hago propaganda de lo que hacemos. Nosotros hacemos la labor de Dios: Él es nuestro Padre, y también el Padre de los leprosos. La labor cristiana es la de la caridad, no la de hacer ruido. Recuerdo que, cuando iba a entrar en China, las autoridades comunistas me dijeron que me daban el visado si no predicábamos a Cristo. Pero el mismo Jesús dijo que «si no creéis en mis palabras, creed al menos en mis obras». Hace unos años, un señor chino que se vino una semana conmigo a visitar las leproserías, me dijo: «Yo no creo en Dios, pero creo en el trabajo que hace el padre Ruiz». Y yo le respondí: «Pues si cree en mí, crea también en Dios».

-Vayamos a sus inicios. Usted fue expulsado de España en 1931 por el Gobierno Republicano.

-Sí, nos desterraron a todos los jesuitas del país. La Compañía me mandó entonces a Bélgica, y en 1937 marché a Cuba, a estudiar Magisterio. Yo era profesor en el colegio al que asistía Fidel Castro, que estaba haciendo el bachillerato en aquella época.

-¿Y cómo era? ¿Ya apuntaba en sus maneras a que llegaría a ser un dictador?

-Pues sí, ya era muy trasto. Cuando yo estaba ya en China, me enteré que lo habían echado del colegio por sacar una pistola en medio de clase. Después engañó a los jesuitas y a sus compañeros y amigos de clase que le ayudaron. Nuestro colegio era el mejor de Sudamérica, y él, cuando alcanzó el poder, lo cerró y expulsó a todos los españoles de la isla. Después, en la subida a la Sierra Madre, numerosos jesuitas se fueron con él de capellanes, y les traicionó a todos.

-Algunos dicen que Juan Pablo II se debería retirar, que está mayor. A usted, ¿qué le parece?

-El Papa está más derrotado físicamente que yo. Pero tiene una cabeza y una conciencia que no están derrotadas. Mientras se pueda servir, sirve; cuando el Señor te diga basta, pues basta. Yo, todos los días, antes de salir a trabajar, paso por la capillita de mi casa y le digo al Señor: «Oye, si quieres llamarme hoy, me llamas». Y por la noche, cuando vuelvo a casa, le digo: «Gracias, Señor, porque has querido darme un día más para servirte».

-Mirado atrás, ¿vale la pena lo que ha hecho? ¿Repetiría su vida?

-¿Ufff! No hay nada mejor que tratar de hacer felices a los demás. No sólo es que valga la pena ser misionero; es que es necesario. Siento que he tenido una vida privilegiada.

Tomado de La Razón, Álex Navajas, 24.IX.03

Odoardo Focherini: Arriesgar la vida por los perseguidos

Odoardo Focherini (1907-1944), figura importante de los scouts en Italia, era desde 1937 director administrativo del diario «Avvenire», que entonces dirigía Raimondo Manzini, autor de encendidas polémicas contra el fascismo.

En 1938, Focherini contrató en «Avvenire» al periodista judío Giacomo Lampronti, despedido a causa de las leyes raciales, y en 1942, a petición de Manzini –a quien el cardenal de Génova, Pietro Boetto, había enviado algunos judíos de Polonia para defenderlos–, se encargó de proteger de la persecución a estos refugiados en un tren de Cruz Roja Internacional.

Su labor para salvar a judíos de la deportación se convirtió desde octubre de 1943 en la principal ocupación de Focherini. Con la agudización de las leyes antijudías y el comienzo de las deportaciones raciales, en colaboración con otras personas, organizó una eficaz red para la expatriación hacia Suiza de más de un centenar de judíos.

Como alma de la organización, Focherini contactaba con las familias, conseguía los documentos desde las sinagogas, buscaba financiación y proporcionaba documentación falsa.

El 11 de marzo de 1944, Focherini fue detenido por los nazis en un hospital mientas atendía a un judío enfermo. Aislado en el «lager» de Flossenburg, fue trasladado al campo de Hersbruck donde se trabajaba desde las tres y media de la mañana hasta la tarde. Quien no resistía este ritmo, era inmediatamente enviado a los hornos crematorios.

Herido en una pierna y jamás atendido, Focherini murió de septicemia el 27 de diciembre de ese mismo año, a los 37 años.

Antes de morir, dictó a su amigo Olivelli una carta-testamento: «Mis siete hijos… Querría verlos antes de morir… No obstante, acepta, oh, Señor, también este sacrificio, y protégelos Tú, junto a mi mujer, a mis padres, a todos mis seres queridos».

«Declaro morir en la más pura fe católica apostólica romana y en la plena sumisión a la voluntad de Dios –añadió–, ofreciendo mi vida en holocausto por mi diócesis, por Acción Católica, por el Papa y por el retorno de la paz al mundo».

«Os ruego que digáis a mi esposa que siempre le he sido fiel, que siempre he pensado en ella y que siempre la he amado intensamente», concluyó.

En su memoria, la Unión de las Comunidades judías de Italia le otorgó una medalla de oro en 1955. Igualmente, el «Instituto conmemorativo de los mártires y de los héroes Yad Vashem» de Jerusalén le proclamó «Justo entre las Naciones».

En la diócesis italiana de Carpi se ha iniciado el proceso de beatificación de este hombre ejemplar, a quien 105 judíos le deben haberse librado de la deportación nazi.

Alojzije Stepinac: El resto de su vida en la cárcel por no ceder al chantaje

Stepinac asumió la sede del Arzobispado de Zagreb el 7 de diciembre de 1937, en condiciones sumamente difíciles respecto de la religión, la sociedad, la política y la economía, tanto en Croacia como en todo el mundo. En la vorágine de los hechos bélicos, Stepinac, arriesgando su vida tanto ante los nazis como ante los comunistas, continuó luchando por el valor indudable de su nación croata, y al mismo tiempo se transformó en un luchador intrépido de los derechos fundamentales de cada hombre y cada nación, defensor de la verdad y de la moral, protector de todas las personas amenazadas, sin tener en cuenta su pertenencia nacional y religiosa.

Cuando llegó el nuevo gobierno, Stepinac continuó trabajando en forma impávida, según lo dictaba su conciencia. Los comunistas sabían que no podían acusarlo de nada, por lo que lo dejaron trabajar en las nuevas condiciones. Sin embargo, se decepcionaron cuando vieron que no podían ponerlo de su parte ni convencerle de separar a la Iglesia Católica en Croacia de la Santa Sede, aun después de quince meses de nuevo gobierno.

El 12 de junio de 1946 Stepinac fue detenido. Acusado de colaboracionismo con el régimen ustacha, se le preparó una farsa de juicio. El tribunal popular admitió 58 testigos en contra del acusado y sólo siete a su favor, pese a que la defensa había propuesto 35. Uno de los siete era un serbio ortodoxo, Milutin Radetic, director de la clínica universitaria de Zagreb, a quien, en la guerra, los ustacha habían apresado y condenado a muerte por haber prestado asistencia médica a partisanos. Se salvó de la ejecución por la intervención personal de Stepinac. Su testimonio no fue tenido en cuenta por los jueces, que lo expulsaron de la sala llamándolo “clero fascista”. Parecida suerte corrieron los otros testigos favorables. Poco después, Radetic perdió su puesto en la clínica.

El 11 de octubre Stepinac fue condenado a 16 años de trabajos forzados y cinco de privación de los derechos cívicos. Fue enviado a un campo de prisioneros en Lepoglava. Los carceleros no se atrevieron a imponer al arzobispo los trabajos que mandaba la sentencia: sabían que era un símbolo de la nación croata y cualquier violencia contra él podría provocar una revuelta por parte de los demás presos. Por ello, le mantuvieron encerrado en una celda pequeña, sin apenas ventilación.

En 1951, el arzobispo estaba muy enfermo. La presión internacional logró por fin que fuera dejado bajo arresto domiciliario. Estrechamente vigilado, permaneció recluido en la parroquia de Krasic hasta su muerte.

Aislado, Stepinac consiguió sin embargo hacer llegar su voz a numerosas personas a través de una abundante correspondencia. Durante los ocho años que pasó en Krasic, escribió más de cinco mil cartas. En algunas empleaba un tono especialmente enérgico, cuando tenía que exhortar a sus sacerdotes a resistir las presiones de los mandos políticos para que se sumaran a las asociaciones de clérigos controladas por el régimen. Veía el daño que tales manejos causarían a la catolicidad y unidad de la Iglesia, que para él era lo más sagrado.

Aunque rogaba a los destinatarios que destruyesen sus cartas, algunos las conservaron. Quizá lo más llamativo en la correspondencia de Stepinac está en sus referencias a los guardianes: rezaba por ellos constantemente. El proceso de beatificación ha confirmado que en los escritos del cardenal no se ha encontrado una palabra de resentimiento contra sus perseguidores.

En 1952, Pío XII anunció su decisión de hacer cardenal a Stepinac. El régimen yugoslavo reaccionó rompiendo las relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Sin embargo, el Papa hizo efectivo el nombramiento al año siguiente.

El 5 de diciembre de 1959, Stepinac envió una carta al gobierno yugoslavo en la que hacía constar los malos tratos de que había sido objeto. En ella escribió: “Los guardias pueden continuar vigilándome, según vuestras instrucciones, para hacerme la vida imposible. Yo, con la gracia de Dios, seguiré adelante hasta el final, sin odiar a nadie, pero sin miedo de nadie”. Murió dos meses después, el 10-II-1960. Para evitar que se encontraran pruebas que apoyaran los rumores de envenenamiento, se destruyeron las vísceras del cadáver. En 1996, los restos fueron exhumados y analizados por especialistas de la Congregación para las Causas de los Santos, que hallaron restos de veneno en sus huesos. Este descubrimiento fue el motivo de que la Congregación declarara mártir a Stepinac el 11-XI-1997.

El 14 de febrero de 1992, el Parlamento de la nueva Croacia independiente decidió por unanimidad rehabilitar la memoria del Card. Stepinac, junto con los demás condenados en los procesos políticos de aquella época, incluidos comunistas que fueron víctimas de las purgas. Sobre Stepinac, el Parlamento afirmó que el cardenal “fue condenado, pese a ser inocente, porque había rehusado realizar el cisma eclesial que le ordenaban los gobernantes comunistas”, y “porque actuó contra la violencia y los crímenes de los gobernantes comunistas, como había hecho durante la II Guerra Mundial para proteger a los perseguidos, con independencia del origen étnico y de las convicciones religiosas”.

El Cardenal Alojzije Stepinac fue beatificado el 3 de octubre de 1999 por Juan Pablo II, a sólo 38 años de su muerte. Fue un luchador incansable por la paz durante la Segunda Guerra Mundial, además de un valiente defensor de la dignidad del hombre y protector de la Iglesia en Croacia durante el régimen comunista. Juan Pablo II se ha referido a Stepinac llamándolo “baluarte de la Iglesia croata”, que “resistió el yugo del comunismo en nombre de los derechos humanos y de la dignidad cristiana”.

Nguyen Viet Chung: Una vocación nacida en el trabajo entre los leprosos

La dedicación de las religiosas de San Vicente de Paúl hacia los leprosos fue el punto de partida de la conversión al catolicismo de un médico vietnamita que hoy es sacerdote.

El doctor Augustinus Nguyen Viet Chung, de 48 años, médico de Ho Chi Minh, conoció la fe católica hace unos diez años. Tras el adecuado camino espiritual y de formación teológica, fue ordenado sacerdote el pasado 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de María.

El obispo auxiliar de Ho Chin Minh –Joseph Vu Duy Thong– presidió el rito de ordenación en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de la diócesis del sur de Vietnam. Más de medio centenar de personas, entre parientes del padre Chung, religiosos y religiosas, se unieron a la celebración.

Muchas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que conocen y trabajan con el doctor Chung, manifestaron: «La gracia de Dios hace milagros: no es corriente que un médico, y además a la edad de 40 años, se convierta y elija ofrecer su vida totalmente al Señor».

El padre Chung se sintió atraído por los estudios de medicina a través de un misionero extranjero que había optado por dedicar su vida al servicio de los leprosos.

Después de la licenciatura y de la especialización en dermatología, hizo sus prácticas en la leprosería estatal de Ben San, donde trabajan algunas religiosas vicencianas.

«Ejerciendo la medicina, me decía: puedo curar las heridas de los pacientes, pero ¿cómo curar su soledad y el sentido de abandono que experimentan? –recuerda el padre Chung–. Después conocí la fe católica y encontré la medicina para el alma de los enfermos, esto es, a Jesucristo».

El padre Chung fue bautizado en 1994. Cuatro meses después ingresó en el noviciado de la Congregación Vicenciana. «En mi conversión fue decisivo el ejemplo de las religiosas de San Vicente de Paúl: su dedicación y el amor hacia los leprosos hablaron a mi corazón», reconoce el sacerdote.

En la actualidad, el padre Chung trabaja en el centro para enfermos terminales de Sida dirigido por religiosas Hijas de la Caridad en el distrito de Cu Chi, a 45 kilómetros al noroeste de Ho Chi Minh City.

La Congregación Vicenciana llegó a Vietnam en 1954. Hoy cuenta en el país con 13 sacerdotes, 12 diáconos y 43 seminaristas que trabajan en la evangelización de las minorías étnicas y en el servicio a los pobres y enfermos.

Tomado de Zenit, ZS03051402

* * *

Antoine de Saint-Exupery, literato francés creador del entrañable Principito, solía decir que para salir de la vacuidad que sume a los hombres en la soledad, es preciso recurrir a la amistad, al amor, al don de sí.

Esto fue precisamente lo que descubrió el vietnamita Nguyen Viet Chung cuando, al terminar la carrera de medicina, empezó a desempeñar su labor como doctor entre los leprosos de un hospital de Ho Chi Minh. Hoy, diez años después, el doctor Chung reconoce el gran bien que le ha hecho el servicio a los más necesitados.

Su forma de entender la vida fue cambiando paulatinamente con el ejemplo diario de las religiosas de San Vicente de Paúl, dedicadas por entero al cuidado de esos pacientes. “Comprendí” afirma el doctor Chung “que ejerciendo la medicina podía curar las heridas de los enfermos, pero ¿cómo curar la soledad y el sentido de abandono que experimentaban? Pues bien, aquellas mujeres lo conseguían”.

Pronto descubrió que el secreto de esas enfermeras no era otro que su amor a Dios y a los demás. Cualquiera de ellas habría podido expresarse como lo hizo la Madre Teresa de Calcuta ante una periodista occidental que le dijo que ella “no haría aquello ni por todo el oro del mundo” . “Por dinero nosotras tampoco seríamos capaces”, le respondió, “lo hacemos por amor a Jesucristo”.

Como le dijo el Principito a Antoine: “Lo importante no se ve”. Ciertamente ese amor y esa solidaridad se habían clavado en el corazón de nuestro protagonista oriental sin que éste apenas lo percibiera. La labor escondida del hospital fue acercando al doctor Chung cada vez más a Cristo, al que enseguida logró percibir tras el sufrimiento de los leprosos. Los veía como otros crucificados y le sirvió para tratarles con mucho cariño e interesarse por la salud de sus corazones. También por las miles de pequeñas cosas que a esos pobres hombres les preocupaban.

Comenzó a aprender la doctrina cristiana. Esto le ayudó a desempeñar su labor médica de una modo bastante más humano. Y finalmente, tras años al servicio de los demás, el doctor Chung pidió ser bautizado.

Ahora, tras desechar ofertas de otros centros médicos más prestigiosos y con superiores expectativas económicas, atiende a los enfermos terminales de SIDA de la capital vietnamita. Tal vez la causa de su decisión haya sido el descubrimiento de la Felicidad en el don de sí a los demás por amor.

Carlos González, PUP, 17.V.03

Raúl Oreste: El encuentro con Dios en la cárcel

La prisión puede ser un lugar frío e inhumano, pero también una prodigiosa escuela de oración, tal vez solo superable por la guerra o la pobreza extrema. Sí, realmente hay que reconocer que Dios se vuelca con ese tipo de ambientes, quizá porque allí está la gente que más necesita de su gracia: los ciegos, cojos y endemoniados del siglo XXI.

Uno de los últimos casos de conversión entre rejas es el de Raúl Oreste, banquero Leer el resto de esta entrada »

Stanislaw Dziwisz: 13 de mayo de 1981

Una crónica detallada de Mons. Stanislaw Dziwisz, Secretario de Juan Pablo II.

El pasado domingo 13 de mayo la Universidad católica de Lublin (Polonia) confirió el doctorado “honoris causa” en teología a mons. Stanislaw Dziwisz, obispo titular de San León, prefecto adjunto de la Casa pontificia. Al cumplirse exactamente en ese día el XX aniversario del atentado contra el Papa en la plaza de San Pedro, mons. Stanislaw dedicó su discurso a explicar detalladamente la evolución de los hechos, poniendo de relieve que fue la Providencia divina, por intercesión de la santísima Virgen, quien salvó al Santo Padre de la muerte. Ofrecemos a continuación el texto del discurso traducido al español.

Querido Rector Magnífico; ilustres huéspedes:

Este encuentro tiene lugar en una circunstancia particular. En efecto, hoy se cumplen veinte años del día en que la divina Providencia, por intercesión de la Madre santísima, salvó al Santo Padre de la muerte a manos del atentador.

La fecha del 13 de mayo no puede dejarnos indiferentes, especialmente a esta universidad, que se honra de haber tenido entre sus profesores al Papa Juan Pablo II.

Así pues, esta ceremonia nos brinda la ocasión de revivir aquel acontecimiento, del que fuimos testigos. En su contexto, parece conveniente situar este encuentro en la doble dimensión de “don y misterio”, ante los cuales es preciso inclinar la cabeza y respetar su profundo valor. El don es la vida del Santo Padre, que sigue dando frutos para bien de la Iglesia y del mundo; el misterio es el atentado, que, a pesar del drama que vivimos, tratamos de ver desde la perspectiva de los designios salvíficos de la divina Providencia.

Había pedido que se prescindiera de la laudatio. De todos modos, agradezco al profesor Nagy sus palabras, presentadas en forma de evocación. Sin embargo, no habrá lección, sino más bien un testimonio, el testimonio de una persona que sólo ha rozado el misterio, en el que tal vez fue un instrumento en los planes de Dios (me resulta difícil reconocerlo), y que en cambio es ciertamente un testigo ocular de cómo, a lo largo de veinte años, se está realizando ese don, el don de la vida del Santo Padre.

Quiero sacar de la historia, no demasiado lejana pero importante, algunos hechos referentes a la fecha del 13 de mayo de 1981. Están profundamente grabados en mi corazón y hasta hoy no he tenido el valor de hablar de ellos en público. Sé que no es posible contarlos ni comprenderlos en su totalidad. Pero creo que vale la pena volver a ellos con el recuerdo. Espero que referir los detalles de aquellos acontecimientos, por lo general desconocidos, sirva, más que para satisfacer la curiosidad, sobre todo para ver cómo la vida del Santo Padre fue verdaderamente salvada por una gracia admirable de Dios, por la que debemos dar incesantemente gracias.

* * *

El año 1981 constituyó para Polonia un año de tensiones sociales y políticas, pero fue también el anuncio de tiempos nuevos. Las palabras que el Santo Padre pronunció en Gniezno, durante la peregrinación de 1979, sobre el respeto de la dignidad y de los derechos del hombre, de los derechos de las naciones y de las sociedades a la libertad, a la soberanía y a la autodeterminación quedaron profundamente grabadas en la conciencia de la gente. Aún resonaban los ecos de la homilía pronunciada por el Papa durante la santa misa de inauguración de su pontificado: “¡No tengáis miedo; abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!”.

A pesar de todo, también en Italia, el mes de mayo de 1981 fue turbulento. Debía celebrarse el referéndum sobre la ley del aborto. Para el 13 de mayo estaba anunciada, al respecto, una gran manifestación, convocada en Roma por el partido comunista. Ese mismo día, el Santo Padre debía fundar el Instituto de estudios sobre matrimonio y familia en la Pontificia Universidad Lateranense y crear en la Sede apostólica el Consejo pontificio para la familia.

La tarde del día 11 de mayo, por deseo del Papa, visité, en su residencia de Polonia, al cardenal Wyszynski. El “Primado del milenio” ya se veía obligado a guardar cama a causa de una grave enfermedad. Mantuve con el cardenal una larga conversación, durante la cual quiso transmitir al Santo Padre su última voluntad. Le escribió también una carta. Era consciente de que podía morir. Me pareció muy débil y completamente abandonado a la voluntad de Dios. Se alegraba de la ceremonia, anunciada para el día 8 de junio, de la consagración de la Iglesia y del mundo a la Madre santísima, por el Santo Padre juntamente con los obispos. El Primado tenía un grandísimo deseo de participar en ese acto, que había promovido con todo su empeño. Sin embargo, dado su estado de salud, se limitó a nombrar una delegación que acudiera a Roma.

Volví de Polonia el día siguiente a la visita que había hecho al cardenal. El 13 de mayo el Santo Padre invitó a comer con él al profesor Jerôme Lejeune, de París, experto en genética, de fama mundial, y gran defensor de la vida. A las cinco de la tarde, en la plaza de San Pedro, debía tener lugar la tradicional audiencia general de los miércoles.

Hora 17.17. Mientras daba la segunda vuelta a la plaza, se escucharon los disparos contra Juan Pablo II. Alí Mehmet Agca, un asesino profesional, disparó con una pistola, hiriendo al Santo Padre en el vientre, en el codo derecho y en el dedo índice. Un proyectil traspasó el cuerpo y cayó entre el Papa y yo. Escuché dos tiros. Las balas hirieron a otras dos personas. A mí no me alcanzaron, aunque tenían tanta fuerza que podían atravesar a varias personas.

Pregunté al Santo Padre:

- ¿Dónde?

Respondió:

- En el vientre.

- ¿Le duele?

- Me duele.

Y en aquel instante comenzó a agacharse. Al estar yo detrás de él, pude sostenerlo. Estaba perdiendo las fuerzas.

Fue un momento dramático. Hoy puedo decir que en aquel instante entró en acción una fuerza invisible, que permitió salvar la vida del Santo Padre, que corría peligro de muerte. No había tiempo para pensar; no había un médico al alcance de la mano. Una sola decisión equivocada podía tener efectos catastróficos. No intentamos prestarle los primeros auxilios, ni pensamos en llevar al Herido a su apartamento. Cada minuto era precioso. Así, inmediatamente lo introdujimos en la ambulancia, se encontró también a su médico personal, el doctor Renato Buzzonetti, y a gran velocidad nos dirigimos al Policlínico Gemelli. Durante el trayecto el Santo Padre estaba aún consciente; perdió el conocimiento al ingresar en el hospital. Mientras le fue posible, oró en voz baja.

En el Policlínico encontramos consternación, pero eso era de esperar. El Herido primero fue trasladado a una habitación del piso décimo, reservada a los casos especiales, y desde allí inmediatamente fue llevado a la sala operatoria. Desde aquel momento pesó sobre los médicos una enorme responsabilidad. Desempeñó un papel especial el cirujano doctor Francesco Crucitti. Más tarde me contó que aquel día no le tocaba su turno, se encontraba en casa, pero una fuerza misteriosa lo impulsó a dirigirse al Policlínico.

Durante el trayecto escuchó por radio la noticia del atentado. Inmediatamente se ofreció para realizar la intervención, sobre todo teniendo en cuenta que el médico jefe de la clínica de cirugía, doctor Castiglioni, se hallaba en Milán y llegó al Gemelli ya al final de la operación. El doctor Crucitti fue asistido por otros médicos. La sala operatoria estaba abarrotada. La situación era muy seria. El organismo se había desangrado. La sangre destinada a la transfusión no resultó adecuada. Con todo, en el Policlínico se encontraron médicos con el mismo grupo sanguíneo, los cuales, sin dudarlo, dieron sangre al Santo Padre para salvarle la vida.

La situación era muy grave. En cierto momento el doctor Buzzonetti se dirigió a mí, pidiéndome que administrara al Paciente la unción de los enfermos, dado que su estado era muy grave: la presión bajaba, y los latidos del corazón apenas se escuchaban. La transfusión de sangre le devolvió una condición que permitió comenzar la intervención quirúrgica, la cual se presentaba sumamente complicada. La operación duró cinco horas y veinte minutos. Pero minuto tras minuto aumentaban las esperanzas de vida.

Muchísimas personas acudieron al Policlínico: cardenales, empleados de la Curia. No estaba el secretario de Estado, cardenal Agostino Casaroli, porque se hallaba de viaje en Estados Unidos. Llegaron también políticos, con el presidente Sandro Pertini, el cual permaneció al lado del Santo Padre hasta las dos de la mañana. No quiso alejarse antes de que el Papa abandonara la sala operatoria. El comportamiento del Presidente fue conmovedor, lejos de cualquier cálculo.

Asimismo llegaron los jefes de los partidos: Piccoli, Forlani, Craxi, Berlinguer y otros. Añado, al margen, que Berlinguer desconvocó la manifestación en favor del aborto fijada para la tarde del 13 de mayo.

Después de la intervención quirúrgica, el Santo Padre fue trasladado a la Unidad de cuidados intensivos. Los médicos temían una infección y otras complicaciones. El Santo Padre, en cuanto volvió en sí, preguntó:

- ¿Hemos rezado las Completas?

Ya estábamos en el día siguiente al atentado. Durante dos días el Papa sufrió mucho, pero también aumentaban las esperanzas de vida. Permaneció en la Unidad de cuidados intensivos hasta el 18 de mayo.

El primer día después de la operación el Santo Padre recibió la sagrada Comunión, y en los días sucesivos, estando en la cama, participaba en la concelebración eucarística.

Se comenzó a hablar de una consulta médica internacional. Insistía en hacerla el cardenal Macharski. El domingo por la mañana, día 17 de mayo, el Santo Padre grabó una alocución para el Regina caeli. Fueron palabras de agradecimiento por las oraciones de muchos fieles, de perdón para el atentador y de abandono en manos de la Virgen. El atentado había unido a la Iglesia y al mundo en torno a la persona del Santo Padre. Fue el primer fruto de su sufrimiento. Polonia velaba de rodillas. En Cracovia tuvo lugar la inolvidable “Marcha Blanca” de los jóvenes.

El Policlínico Gemelli estaba invadido de periodistas, personalidades eclesiásticas y laicas, y millares de personas, gente sencilla. Acudían al Papa con amor. De todo el mundo llegaron telegramas; en los primeros días se contaron quince mil.

Ese mismo día llegaron los expertos: dos médicos de Estados Unidos, uno de Francia, uno de Alemania, uno de España y uno de Cracovia. Se pronunciaron positivamente con respecto al estado de salud del Santo Padre y al desarrollo de los cuidados médicos.

Una semana después del atentado cantamos el Te Deum.

Se comenzó a relacionar insistentemente la fecha del atentado con las apariciones de Fátima. Cada vez con mayor frecuencia se habló de una curación milagrosa realizada por intercesión de la Virgen de Fátima.

El Santo Padre, en cuanto se sintió más fuerte, comenzó a recibir visitas, especialmente de sus colaboradores, de los cardenales, y también de representantes de otras confesiones. De ordinario, a las seis de la tarde celebrábamos la santa misa; luego, juntamente con nuestras religiosas, cantábamos las letanías del mes de mayo.

Mientras tanto, de Varsovia llegaban noticias de la agonía del Primado Wyszynski. El Papa participaba muy intensamente en esos últimos momentos. El 24 de mayo -por teléfono, a través de don Gozdziewcz- le transmitió aún su saludo y su bendición. Al día siguiente, a las 12.15, el Santo Padre pudo hablar por primera vez con el Primado agonizante. La conversación fue breve. En mi memoria quedaron grabadas las palabras: “Le envío la bendición y un beso”.

El 27 de mayo el Santo Padre grabó en una cinta el discurso a los peregrinos de Piekary Slaskie. Con todo, se sentía cansado. Se quejaba de un dolor en el corazón. El estado del Paciente estaba empeorando. Se le hizo un reconocimiento a fondo. Durante toda la noche los cardiólogos velaron. Los problemas cardíacos, como explicaban los médicos, surgieron a causa de un pequeño émbolo en los pulmones, que gradualmente se fue absorbiendo. Día tras día, del electrocardiograma desaparecían los signos de preocupación.

El 28 de mayo, solemnidad de la Ascensión, el estado de salud mejoró, pero, a pesar de ello, se tuvo que alargar el tiempo de internamiento en el hospital. Aquel día, a las 4.40 de la mañana, murió el Primado Wyszynski. Su muerte no constituyó una sorpresa, pero nos conmovió profundamente a todos. La noticia oficial llegó hacia las 10.00. Sin embargo, en privado, don Piasecki ya nos había dado la noticia a las 6.30. Informé al Santo Padre un poco más tarde. Acogió el anuncio con profunda conmoción.

El 30 de mayo el Papa recibió al cardenal Casaroli y le entregó la carta con el texto que se debería leer durante el funeral del Primado. El secretario de Estado tomó parte en él, en nombre del Santo Padre, que hubiera deseado mucho participar personalmente.

El día 31 de mayo, domingo, el Santo Padre grabó el discurso para el rezo del Regina caeli. Su voz ya era más fuerte. A las cinco de la tarde, a través de Radio Vaticano, participó en la ceremonia fúnebre del Primado Wyszynski. Mientras se desarrollaba la liturgia fúnebre, celebró su propia misa en el Policlínico Gemelli. Después de la eucaristía dijo: “Me faltará. Me unía a él una gran amistad; necesitaba su presencia”.

La mañana del 1 de junio, como siempre, el Papa se dedicó a la meditación y a las oraciones. Luego se sometió a las visitas médicas. Además de los médicos de la clínica, se hallaba siempre presente un doctor del Vaticano. El doctor Buzzonetti lo seguía todo puntualmente. Más tarde el Santo Padre solía recibir las visitas oficiales y también las de los amigos. Aquel día, después de la santa misa vespertina, comenzamos las celebraciones en honor del Sagrado Corazón de Jesús.

El 3 de junio fue el día del regreso a casa. Celebramos la santa misa a las 12.30. Antes de abandonar el Policlínico, el Papa recibió al profesor Lazzati, rector de la Universidad Católica, y por la tarde a los médicos y al personal paramédico. A las 19.00 partió hacia el Vaticano. El encuentro con la Curia y con los habitantes del palacio pontificio fue muy emotivo. La presencia del Santo Padre llenó de nueva vida la Sede apostólica.

Así se concluía la primera etapa después del atentado y los dramáticos momentos de lucha por la vida.

* * *

El Santo Padre seguía bajo la atención de los médicos del Policlínico Gemelli y de los del Vaticano. El viernes 5 de junio grabó el discurso para la solemnidad de Pentecostés, a la que estaban invitados los obispos de todo el mundo, con ocasión del 1600° aniversario del primer concilio de Constantinopla y del 1550° del de Éfeso. Durante esas celebraciones, el Papa, con el espíritu del mensaje de Fátima, deseaba consagrar a la Madre santísima la Iglesia y el mundo, de modo particular los países que esperaban ese acto más que todos.

El domingo 7 de junio, solemnidad de Pentecostés, el cardenal Carlo Confalonieri, decano del Colegio cardenalicio, presidió la liturgia en la basílica de San Pedro. La homilía del Santo Padre se escuchó en una grabación, y al final de la liturgia él mismo se asomó al balcón interior de la basílica e impartió la bendición. Fue grande la alegría. También el discurso del Papa que precedió la oración del Regina caeli había sido grabado. El Santo Padre sólo se asomó a la ventana de su biblioteca privada para impartir la bendición a las numerosas personas reunidas en la plaza de San Pedro.

Por la tarde tuvo lugar la gran ceremonia en Santa María la Mayor, con la participación de las delegaciones de los obispos de todos los continentes, durante la cual el Santo Padre consagró la Iglesia y el mundo a la Madre de Dios. Las palabras de este acto, preparadas por el Papa, fueron transmitidas por Radio Vaticano. El Santo Padre siguió por televisión toda la ceremonia. La celebración fue presidida por el cardenal Otunga, de Nairobi, y la procesión fue encabezada por el cardenal Corripio, de México.

De este modo se cumplió el gran deseo del Episcopado polaco y del Primado Stefan Wyszynski, expresado también durante el concilio Vaticano II.

Sin embargo, el martes 9 de junio reapareció la fiebre, y con ella volvió el malestar general. Comenzaron los análisis y la búsqueda de las causas. El Pontífice sentía dolores agudos. Comenzó a perder las fuerzas. Por añadidura, los continuos análisis eran muy pesados y no llevaron a resultados concretos. La fiebre alcanzó los 40 grados y se mantuvo durante varios días, debilitando cada vez más el organismo. Al equipo de médicos se añadieron otros dos: el doctor Giunchi, especialista en medicina, y el famoso cirujano doctor Fegiz.

El domingo 14 de junio, el Santo Padre se asomó una vez más para la oración del Regina caeli.

El 17 de junio el Papa recibió brevemente al sindicato “Solidaridad” de agricultores.

La consulta médica, preocupada por su estado de salud, e incluso temiendo por su vida, tomó la decisión de que volviera al Policlínico Gemelli. Se encontraba tan débil que no podía rezar por sí solo el breviario.

El 20 de junio, a las 16.30, el Papa fue trasladado de nuevo al Policlínico para análisis más minuciosos, los cuales, sin embargo, no revelaron inmediatamente las causas del estado del Paciente.

El 22 de junio se descubrieron infiltraciones en los pulmones, que desaparecieron gradualmente. Aquel día se identificó por primera vez el citomegalovirus, causa de todas aquellas complicaciones, muy serias. Ese descubrimiento permitió aplicar la terapia adecuada.

En el Policlínico Gemelli el Santo Padre solía despachar muchos asuntos de oficio. Durante la jornada recibía a los colaboradores, entre ellos al nuncio aquí presente, y también a monseñor Rakoczy, que entonces constituían la sección polaca de la Secretaría de Estado.

En aquel tiempo hubiera debido producirse el nombramiento del nuevo Primado de Polonia. Eso ocupaba la mente y el corazón del Santo Padre. Después de una amplia consulta del Episcopado, la elección recayó en el obispo Józef Glemp. Llegó a Roma el cardenal Franciszek Macharski. Y llegó también el mismo monseñor Józef Glemp.

El 6 de julio el Santo Padre escribió una carta a la Iglesia en Polonia sobre el nombramiento del nuevo Primado.

El estado de salud del Papa mejoraba de tal manera que los médicos comenzaron a pensar en la segunda intervención quirúrgica para cerrar la colostomía. Sin embargo, la mayoría de los doctores proponía posponer la intervención, teniendo en cuenta la debilidad del organismo del Paciente. El Santo Padre opinaba que no se debía aplazar la operación. Quería salir del hospital completamente curado.

El 10 de julio su estado de salud volvió a empeorar. En los pulmones se manifestó un proceso inflamatorio. Según el parecer de los médicos, estos graves síntomas y estas complicaciones eran provocados aún por la presencia del citomegalovirus. Debo subrayar aquí la enorme entrega y solicitud de los médicos del Policlínico Gemelli y de los del Vaticano. Expresamos nuestra gratitud en particular a las enfermeras y a las religiosas del Sagrado Corazón, esclavas fieles del Sacratísimo Corazón de Jesús.

El 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, se produjo una evolución decisiva de la enfermedad y se registró una mejoría en las condiciones generales. El Santo Padre afrontó, con renovada vitalidad, los problemas de todos los días: comenzó a elaborar el programa del futuro Sínodo con el arzobispo Jozef Tomko, y siguió los trabajos de la Curia recibiendo cada día al cardenal Casaroli, al arzobispo Martínez Somalo, y a otros jefes de dicasterio. Reanudó el seguimiento de los eventos políticos y de modo particular la situación en Polonia.

El 20 de julio se inició el proceso contra el atentador. La cuestión era delicada para el Santo Padre y para la Sede apostólica. El Papa había perdonado, pero los órganos de la justicia italiana debían cumplir las obligaciones previstas por la ley.

El 23 de julio el Santo Padre participó en la consulta médica, durante la cual presentó su propio punto de vista sobre la terapia, pidiendo que los médicos lo tuvieran en cuenta. Con firmeza insistía en que quería ser operado para poder volver a casa con plena eficiencia. Los médicos parecían desconcertados, pero no excluyeron la posibilidad de la segunda intervención. Fue especialmente el doctor Crucitti quien persuadió a los demás de la conveniencia de tener en cuenta la voluntad del Paciente.

El Santo Padre se sentía cada vez mejor, aunque la resistencia de su organismo fuera aún débil. A pesar de las condiciones de hospitalización, trabajaba con gran empeño. Comenzaba la jornada con el rezo del Oficio parvo en honor de la Virgen y de las oraciones de la mañana y la meditación; luego venían las visitas de los médicos, el rezo del breviario, las visitas de los huéspedes, tanto las oficiales como las ocasionales. Naturalmente se recibía también a los amigos que llegaban de Polonia. En las conversaciones volvían siempre, de modo recurrente, los temas esenciales de la vida de la Iglesia y las cuestiones que se presentaban en los diversos campos de la cultura y la ciencia.

Por la tarde el Santo Padre concelebraba la eucaristía. Siempre participaba en ella un pequeño grupo de invitados. En los últimos días, ante el hospital se daban cita numerosos peregrinos: grupos parroquiales, folclóricos, coros y personas diversas. El Papa los saludaba desde la ventana, e impartía la bendición apostólica.

El 31 de julio debía tomarse la decisión médica con respecto a la segunda intervención quirúrgica. Después de un intenso debate, se fijó la fecha del 5 de agosto. El Santo Padre mismo eligió ese día, dedicado a la Virgen de las Nieves. La operación comenzó a las siete de la mañana y duró una hora. La realizó de nuevo el doctor Crucitti, asistido por otros médicos. Todo se desarrolló de forma favorable. La intervención produjo al Santo Padre un gran alivio y le permitió una vida normal. Durante el tiempo de la operación, sus más íntimos colaboradores estaban celebrando la santa misa en la capilla del hospital.

El 6 de agosto el Paciente ya pudo dar algunos pasos en su habitación. Ese día recibió también la visita del Primado Józef Glemp con el arzobispo Bronislaw Dabrowski. Concelebraron juntos la santa misa por Pablo VI, en el aniversario de su muerte.

Durante los días siguientes fue mejorando su salud, ya sin complicaciones.

El 10 de agosto los médicos comenzaron a hablar del regreso a casa. El Santo Padre, cada vez con mayor frecuencia, saludaba desde la ventana del hospital a los numerosos grupos de peregrinos, especialmente a los que acudían desde Polonia. Además de su solicitud por toda la Iglesia, vivía intensamente la situación de Polonia, de la que llegaban noticias sobre maniobras militares, sobre protestas de “Solidaridad” y sobre la convocación del pleno del Comité central del Partido.

El 13 de agosto se reunieron los médicos y, después de la consulta, emitieron un comunicado anunciando la conclusión del internamiento en el hospital y la vuelta a casa del Santo Padre.

La mañana del 14 de agosto, después de las oraciones y la adoración, el Papa dirigió un discurso a las personas internadas, y se despidió de los doctores y del personal paramédico que lo había atendido. En el atrio del Policlínico Gemelli y ante el edificio se había congregado una gran multitud de gente y entre ella numerosos periodistas. El Santo Padre saludó una vez más a los médicos, y luego volvió en automóvil al Vaticano. Después de atravesar la plaza de San Pedro, se dirigió a la basílica. En el patio de San Dámaso dijo a los cardenales y empleados de la Curia presentes: “He hecho una visita a San Pedro para darle gracias por haber querido dejar con vida a su Sucesor. He visitado las tumbas de Pablo VI y de Juan Pablo I, porque junto a ellas podía haber ya una tercera tumba”

El 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen, fue el primer día, después del atentado, en que el Santo Padre pudo sentirse completamente libre de los cuidados de los médicos y del hospital. Decenas de miles de personas llegaron a la plaza de San Pedro para participar a mediodía en el Ángelus juntamente con el Papa. Aquel día se concluyó el gran drama, durante el cual el Santo Padre pudo experimentar de modo singular la bondad, la solicitud y la protección de la Madre santísima. El Papa ha albergado y alberga esta convicción hasta hoy. Cuando, cuatro meses después, volvió a la plaza de San Pedro para encontrarse de

nuevo con los fieles durante la audiencia general, agradeció a todos las oraciones y confesó: “Y nuevamente me siento deudor de la Virgen santísima y de todos los santos patronos. ¿Podría olvidar que ese acontecimiento tuvo lugar en la plaza de San Pedro en el día y a la hora en que, desde hace más de sesenta años, se recuerda en Fátima, Portugal, la primera aparición de la Madre de Cristo a los pobres campesinos? Porque en todo lo que me sucedió precisamente en ese día he percibido la extraordinaria protección y solicitud materna, que se mostró más fuerte que el proyectil asesino” (7 de octubre de 1981).

* * *

Don y misterio.

Don fue el regreso, el milagroso regreso del Santo Padre a la vida y a la salud. Sigue siendo un misterio, en la dimensión humana, el atentado. En efecto, no lo ha aclarado ni el proceso ni el largo encarcelamiento del atentador. Fui testigo de la visita del Santo Padre a Alí Agca en la cárcel. El Papa lo había perdonado públicamente ya en su primer discurso después del atentado. No he escuchado una sola palabra de petición de perdón por parte del preso. Sólo le interesaba el misterio de Fátima, turbado por la fuerza que lo había superado. Él había apuntado bien, pero la Víctima había permanecido viva. En el año del gran jubileo el Santo Padre se dirigió, mediante una carta, al presidente de la República italiana para que Alí Agca fuera liberado: esta petición, como se sabe, fue aceptada por el presidente Carlo Azeglio Ciampi. El Santo Padre acogió con alivio la liberación de Alí Agca. Muchas veces había recibido a su madre y a sus familiares. A menudo preguntaba por él a los capellanes de la cárcel.

En la dimensión divina el misterio está constituido por este dramático evento, que debilitó fuertemente la salud y las fuerzas del Santo Padre, pero al mismo tiempo no quedó sin efecto en lo que atañe a los contenidos y a la fecundidad de su ministerio apostólico en la Iglesia y en el mundo. Recuerdo que, durante una conversación, el Santo Padre confesó: “Ha sido una gran gracia de Dios. Veo en esto una analogía con el encarcelamiento del Primado. Sólo que aquella experiencia duró tres años, y esta…”.

Creo que no es exagerado aplicar a este caso el dicho antiguo: Sanguis martyrum, semen christianorum. Tal vez hacía falta esa sangre en la plaza de San Pedro, en el lugar del martirio de los primeros cristianos. En este contexto me vienen a la mente cuatro reflexiones.

Sin duda, el primer fruto de aquella sangre derramada fue la unión de toda la Iglesia en la gran oración por la salvación del Papa. A lo largo de toda la noche que siguió al atentado, los peregrinos que habían acudido a la audiencia general, y una multitud cada vez mayor de romanos, oraban en la plaza de San Pedro. Durante los días sucesivos, en las catedrales, en las iglesias y en las capillas del mundo entero se celebraron santas misas y se ofrecieron oraciones según sus intenciones. El mismo Santo Padre decía a este respecto: “Me resulta difícil pensar en todo esto sin conmoción, sin una profunda gratitud hacia todos. Hacia todos los que el día 13 de mayo se reunieron en oración. Y hacia todos los que han seguido orando durante todo este tiempo. (…) Doy las gracias a Cristo Señor y al Espíritu Santo, el cual, mediante este acontecimiento que tuvo lugar en la plaza de San Pedro el día 13 de mayo a las 17.17, impulsó a tantos corazones a la oración común. Y pensando en esta gran oración, no puedo olvidar las palabras de los Hechos de los Apóstoles, que se refieren a Pedro: “la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios” (Hch 12, 5)” (5 de octubre de 1981).

En aquellos días llegaron expresiones de benevolencia también de numerosos ambientes que no tenían relación con la Iglesia, de jefes de Estado, de representantes de organizaciones internacionales y de diversos organismos políticos y sociales de todo el mundo. Parece que los sentimientos que se expresaban entonces contribuyeron a formar, hasta hoy, su convicción de que el Santo Padre es una Autoridad moral en el mundo.

La preocupación por la vida y la salud del Papa no sólo se manifestó en la Iglesia católica, sino también en las comunidades de otras confesiones cristianas, e incluso de otras religiones. Recuerdo que el Secretariado para la unión de los cristianos recibió centenares de telegramas de sus representantes. Desde Constantinopla llegó un enviado especial del patriarca Demetrio, para expresar su profunda participación en los sufrimientos del Obispo de Roma. Se recibieron telegramas de los patriarcas de Moscú, Jerusalén, Armenia y muchas otras Iglesias ortodoxas. Enviaron telegramas el Primado de la Comunión anglicana y también los jefes de numerosas comunidades protestantes. Estoy profundamente convencido de que el sufrimiento del Papa dio una gran contribución a la obra de la unidad de los cristianos, a la que él se ha entregado con tanto empeño.

Ya he mencionado que aquel día, que se ha hecho memorable, estaba prevista en Roma una gran manifestación organizada por ambientes que se pronunciaban en favor del derecho al aborto; manifestación que, a causa del atentado, fue desconvocada. En los planes de la divina Providencia nada acontece por casualidad. Tal vez fuera necesaria aquella sangre inocente y aquella desesperada lucha por la vida, para que se despertara en el corazón de los hombres la conciencia del valor de la vida y la voluntad de defenderla desde la concepción hasta su muerte natural. El hecho de que aquel día se instituyeran tanto el Consejo pontificio para la familia como el Instituto para la familia en la Pontificia Universidad Lateranense, parece confirmar esa intuición. Independientemente del estado efectivo de las leyes y de las costumbres, en la cuestión del respeto por la vida en las sociedades contemporáneas, se puede decir que el compromiso del Santo Padre y de la Iglesia en favor de la familia y de la vida concebida recibió aquel día un nuevo impulso y una nueva motivación existencial. Ciertamente, se podría profundizar más en el misterio del atentado, de aquella lucha por la vida y la salvación del Santo Padre, citando ulteriores frutos que se han producido y que hoy, a veinte años de distancia, es posible descubrir. Sin embargo, soy consciente de que su sentido definitivo permanecerá en los inescrutables designios de la divina Providencia. A pesar de ello, en este momento deseo expresar mi profunda convicción de que la sangre derramada en la plaza de San Pedro el 13 de mayo fructificó en la primavera de la Iglesia del año 2000. No ceso de dar gracias a Dios por este don y por este misterio, del que he podido ser testigo ocular. Al concluir este testimonio, quiero citar las palabras del cardenal Wojtyla tomadas de su poesía Stanislaw: “Si la palabra no ha convertido, será la sangre la que convierta”.

(©L’Osservatore Romano – 25 de mayo de 2001)