El enigma del mal

El problema del mal

no es otra cosa,

en gran parte,

que el problema de la libertad.

Nikolai Berdaiev

¿No es el mal una crueldad de Dios?

—Hay gente que dice que no cree porque en el mundo suceden cosas que le parecen una auténtica crueldad divina.

No deja de ser un curioso razonamiento: Dios es cruel, luego Dios no existe; no comprendo por qué Dios permite eso, luego no hay Dios; no me gusta que suceda esto, luego no le concedo el derecho a existir.

No parece una lógica demasiado clara. Salvando las distancias, sería como decir: yo estoy sufriendo; si mi madre realmente me quisiera, no me habría traído a este mundo cruel; ergo… mi madre no existe.

Me parece una postura más razonable tratar de comprender por qué Dios, siendo infinitamente bueno, permite que exista el mal.

Dios es necesariamente bueno (si no, no sería Dios), y por tanto tuvo que crear un mundo bueno. El mal es algo dramáticamente real, pero no es metafísicamente necesario, sino una realidad contingente: el mal es la ausencia del bien debido, aquello que no debería haber sido, y que, por tanto, en el origen de los tiempos no existió.

Por otra parte, si hablamos del bien debido es porque hay un orden (si no, ¿qué es el mal y qué el bien?), y si hay un orden será porque hay un principio ordenador, que difícilmente puede explicarse sin Dios.

La situación presente del mundo, ostensiblemente marcada por el mal, no puede ser considerada como constitutiva de la creación, sino que ha de ser entendida como resultado de una caída, de una herida, de una corrupción que padece el mundo creado. Y tuvo que ser la libertad humana quien introdujo el mal en la creación.

—Supongo que te referirás a lo del pecado original. Pero todo eso de Adán y Eva, y la manzana, a la gente suele parecerle una fábula, o un mito.

Lo de la manzana concedo que pueda ser un mito, entre otras cosas porque el Génesis habla del “árbol del conocimiento del bien y del mal”, pero en ningún momento habla de manzanas.

El relato del Génesis sobre la caída original utiliza en ocasiones un lenguaje de imágenes, pero afirma un acontecimiento real que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La creación, tal como salió de las manos de Dios, era íntegra y estaba destinada a la integridad. Todo cuanto ahora la desfigura estaba ausente en la armonía original del mundo, y es precisamente el resultado de la degradación introducida como consecuencia del mal uso de la libertad por parte del hombre.

Partiendo de la existencia de un Dios infinitamente bueno, y de la evidente existencia del mal, el pecado original es la única solución razonable al enigma del mal. Los que pretenden achacar el mal a un destino fatal, ante el que el hombre nada puede hacer, acaban por tener que negar la libertad humana (y no parece serio decir que la libertad no existe). Y los que dicen que el hombre es efectivamente libre, pero que no tiene culpa de la existencia del mal en el mundo, ¿a quién cargan esa culpa? Solo les quedaría explicar la existencia del mal como una eterna lucha entre una divinidad del bien y otra del mal, pero es difícil defender ese viejo maniqueísmo, entre otras cosas, por la intrínseca contradicción que supone pensar que haya dos dioses. Si el mal no puede estar en Dios, ni en el primer instante de la creación, tuvo que surgir de nuestros primeros antecesores en la tierra.

—¿Pero no es injusto que carguemos nosotros con la culpa de Adán?

Comprendo que a primera vista puede parecer injusto, pero es que todos los hombres participamos de esa culpa. La Iglesia afirma que todo el género humano es en Adán como el cuerpo único de un único hombre, y que por esta unidad del género humano, todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la salvación de Cristo.

Quizá nos gustaría que hubiera sido de otra manera, pero eso sería meterse a organizadores de la creación, querer hacer el papel de Dios. Algo parecido a los que se quejan de no haber sido hijos de unos padres más buenos o más ricos o más inteligentes. Aparte de que no todo el mundo puede tener unos padres así, el asunto es que nadie escoge ni su fecha ni su lugar de nacimiento, y nadie piensa que eso sea una injusticia: la vida es así.

—Hay otras personas que no niegan a Dios, pero sí dicen que no pueden ni dirigirse a Él después de lo que pasó, por ejemplo, en Auschwitz…

Es una queja que siempre impresiona, por supuesto. Pero podemos fijarnos en el testimonio personal y vivo de personas que lo entendieron más profundamente. Y si hablas de Auschwitz, podemos pensar, por ejemplo, en Maximiliano Kolbe. En medio de los horrores del campo de exterminio, Kolbe da testimonio de una esperanza confiada en Dios, y no solo dando la vida para que otro pueda seguir viviendo, sino también ofreciendo su testimonio para que quienes después fueron condenados a muerte pudieran morir mejor. Tales proezas no son solo testimonio de la grandeza de un hombre, sino también de la presencia de la fuerza de Dios, con cuya ayuda se puede superar cualquier pena o desgracia humana.

Kolbe supera la mentalidad acusadora contra Dios y se alza en testimonio de valentía y de confianza. Y es Dios quien le libera de las angustiosas presiones de la existencia, del miedo a la muerte, de la sensación del absurdo, en definitiva, del pecado y de sus consecuencias. El dolor, la enfermedad, la injusticia…, son como un anuncio y preludio de la muerte. La interpretación que cada uno haga de todo eso es lo que confiere seriedad y espesor a la vida, lo que más influye en darle sentido.

¿De grandes males, grandes bienes?

La aparente contradicción entre la bondad de Dios y la innegable existencia del mal en el mundo ha llevado a muchas personas a una actitud un tanto trágica. Niegan una realidad compleja porque no logran entenderla totalmente, y acaban en una visión de profundo pesimismo vital ante el escándalo que les produce esa presencia del mal. Algo parecido a la triste resignación de un enfermo que muriera en medio de terribles sufrimientos, negándose a tomar una medicina mientras explica con vehemencia que no comprende cómo una cosa tan simple puede curarle.

Hay una idea que puede contribuir a entender mejor este misterio. Si hay una inteligencia divina, ordenadora del universo y omnipotente, ese Dios no permitiría el mal si no fuera a sacar de esos males –reales o aparentes– grandes bienes.

—¿Cómo puede salir bien del mal…? ¿No es una contradicción?

Hay que pensar, de entrada, que no sabes si ese mal que te ha venido ha podido librarte de otro mal peor y, por tanto, te ha supuesto un bien.

Quizá, por ejemplo, ese pinchazo que te ha impedido llegar a una cita importante y te ha hecho perder una buena oferta de trabajo, a lo mejor ha sido un contratiempo que ha impedido un accidente que habrías tenido en ese trayecto; o te ha librado de inconvenientes en ese puesto de trabajo que tú desconocías; o te ha permitido encontrar luego otro trabajo mejor. Y sin embargo, quizá estés muy enfadado y no veas ninguna lógica en ello, y pienses que se trata de un acto de crueldad por parte de Dios.

Cuando un hombre intenta hacer el bien a su prójimo, hace directamente el bien. En cambio, cuando obra mal, hace directamente ese mal; pero es un mal que Dios aprovecha para sacar otro bien, según sus planes sapientísimos que tiene trazados desde la eternidad.

Más ejemplos. Piensa en una persona que es habitualmente ruin y egoísta, pero que con ese mal produce un bien en otro compañero que, por reacción ante esa actitud tan desagradable, hace un firme propósito de no caer en esas actitudes. O una empresa que despide injustamente a uno de sus empleados y, sin saberlo, le aleja con eso de un peligro cierto de corrupción en el que estaba a punto de caer. O un conductor temerario que atropella a una persona, y la larga convalecencia sirve para unir a la familia del accidentado.

La vida es misteriosa. ¿Cuántas veces al cerrarse una puerta –que parecía la elegida para nosotros– no se nos abre otra aún mejor? Esas consecuencias buenas de los males, a veces se ven al poco tiempo. En otros casos, tardan más. O no llegamos siquiera a conocerlas nunca. Pero eso no significa que no puedan existir.

Todo esto no quiere decir que el mal deje de serlo, o que deje de tener gravedad, o importancia. El mal existe, y Dios sacará bienes de nuestras maldades, pero no tenemos que ver en esto una excusa para continuar haciéndolas. Cuando, por ejemplo, la Iglesia afirma que la Crucifixión de Jesucristo es el punto central de la Redención de la Humanidad, no dice que por ello la traición de Judas deje de ser un acto malvado. El enfoque cristiano del sufrimiento es compatible con poner gran empeño en nuestro deber de dejar el mundo mejor que como lo hemos encontrado.

¿La fe ayuda a sobrellevar el dolor?

El dolor puede conducir a una triste rebelión en las personas que no lo quieren aceptar. Sin embargo, el dolor es siempre una oportunidad que el hombre tiene para crecer interiormente. Todos nos habremos admirado alguna vez de la gran altura de espíritu de las personas que sufren serenamente. De aquellos a quienes los años de sufrimiento les han hecho madurar. De aquellos a quienes la enfermedad ha producido tesoros de fortaleza y humildad. Se descubre en todos, al final de su vida, una serie de rasgos que difícilmente habrían surgido si no hubieran sufrido tanto.

Y para quienes son testigos de cualquier experiencia dolorosa bien llevada, el sufrimiento es también una escuela de grandes enseñanzas: tanto por el ejemplo de aceptación serena, como por la compasión que despierta en otros y los actos de misericordia a los que conduce, o por esa visión más trascendente de la vida que viene a presentarnos. El sufrimiento, las inquietudes y turbaciones que Dios permite que nos lleguen, pueden ser a veces una excelente advertencia acerca de una insuficiencia de la vida en la tierra, como un aviso que nos recuerda que no confiemos en las fuentes pasajeras de la felicidad.

La vida de todos los hombres tiene unas cosas buenas y otras menos buenas. Lo que no podemos pretender es que, por tener fe, nuestra vida tenga que ser como una balsa de aceite, o disfrutar de la felicidad de un cuento de hadas, o vivir en un perpetuo descanso físico, psíquico y afectivo. No podemos pretender que los problemas tengan que desaparecer por sí solos por el mero hecho de creer en Dios. O que los dolores de cabeza deban convertirse en efluvios místicos. O que las preocupaciones tengan también que desvanecerse como por arte de magia. Es verdad que la fe ayuda a afrontar esas situaciones y a estar alegre, pero no las hace desaparecer. Las personas con fe no dejan de ser personas normales.

Sentido cristiano del sufrimiento

El dolor está presente en el mundo animal. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre, y se pregunta entonces por qué. Y sufre de una manera más profunda cuando no encuentra para ese dolor una respuesta satisfactoria. Es una pregunta difícil, casi universal, que ha acompañado al hombre a lo largo de su vida en todas las épocas y lugares, un enigma que se vincula de modo inmediato al del sentido del mal. ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo?

En la Antigüedad era bastante corriente pensar que el sufrimiento se abatía sobre el hombre como consecuencia de sus propios malos actos, como castigo del propio pecado personal. Sin embargo, el mensaje cristiano afirma que el sufrimiento es una realidad que está vinculada al mal, y que este no puede separarse de la libertad humana, y, por ella, del pecado original, del trasfondo pecaminoso de las acciones personales de la historia del hombre.

En el sufrimiento está como contenida una particular llamada a la virtud, a perseverar soportando lo que molesta y causa dolor. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que le mantiene en la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él. Y a medida que busque y encuentre su sentido, hallará una respuesta. A veces se requiere mucho tiempo hasta que esta respuesta comience a ser interiormente perceptible, pero es cierto que el sufrimiento, más que cualquier otra cosa, abre el camino a la transformación de un alma.

En el sufrimiento bien asumido se esconde una particular fuerza que acerca interiormente al hombre a Dios, que le hace hallar como una nueva dimensión de su vida. Un descubrimiento que es, por otra parte, como una confirmación particular de la grandeza espiritual de una persona.

El sufrimiento posee, a la luz de la fe, una elocuencia que no pueden captar quienes no creen. Es la elocuencia de la alegría que se deriva de verse libre de la sensación de inutilidad del dolor. La fe cristiana, además, lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre completa lo que falta a los padecimientos de Cristo. Que sus sufrimientos sirven, como los de Cristo, para la salvación de los demás hombres y, por tanto, no solo son útiles a los demás, sino que incluso realiza con ello un servicio insustituible al resto de la humanidad.

—¿Y por qué unos parecen sufrir tanto, y otros tan poco? ¿No podría Dios hacer que cada uno sufriera proporcionalmente a su capacidad de soportar el dolor?

Pienso que ya lo hace. Cada uno tiene el sufrimiento que es capaz de soportar. Y, por otra parte, ese dolor tiene mucho que enseñarle. Lo que sucede es que no todos lo aceptan igual.

El dolor es una escuela en donde se forman en la misericordia los corazones de los hombres. La familia, y todas las instituciones educativas, deberían esforzarse seriamente por despertar y encauzar esa sensibilidad hacia el prójimo, de modo que –como señala Juan Pablo II– todo hombre se detenga siempre junto al sufrimiento de otro hombre, y se conmueva ante su desgracia.

Es necesario cultivar esa sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. Una compasión que no será siempre pasiva, sino que procurará proporcionar una ayuda, de cualquier clase que sea y, en la medida de lo posible, eficaz. Una responsabilidad que no debe descargarse solo sobre las instituciones, puesto que, con ser muy importantes e incluso indispensables, ninguna de ellas puede de suyo sustituir a la compasión y la iniciativa humana personal.

La explicación cristiana al problema del mal tiene sus puntos de difícil comprensión, como sucede siempre con las realidades complejas, y la del mal ciertamente lo es. Sin embargo, las demás explicaciones –que intentan resolver el problema negando a Dios o presentando el absurdo de la vida– son como un círculo cerrado de retornos incesantes, en el que lo único que puede hacer el hombre es soñar con escapar a la pesadilla del tiempo, liberándose de esta cárcel que gira sin tregua, arrastrada por los deseos y dolores humanos. Como la ardilla que hace girar su jaula tanto más rápidamente cuanto más se agita para librarse de ella, el hombre que entiende así el mundo se pierde en el ciclo de la historia. Solo la revelación cristiana rompe el círculo, lo hiende de arriba abajo, lo transforma en una historia con sentido, en la que Dios está presente y conduce a los hombres a su salvación.

El enigma del dolor

El escándalo del universo

no es el sufrimiento,

sino la libertad.

Georges Bernanos

¿Quién es el culpable del dolor?

El dolor es una realidad que nos encontramos por todas partes. Que afecta a unos y a otros, a los buenos y a los malos, a los menos buenos y a los menos malos.

—Pero Dios podría haber creado el mundo de otra manera, y que todos fuéramos buenos, y nadie tuviera la posibilidad de hacer el mal.

Eso sería poco compatible con la libertad humana. Si el hombre es un ser libre, hay que contar con la posibilidad de que emplee mal esa libertad, y que exista por tanto el mal en el mundo.

—Pero Dios sabe lo que va a pasar, antes de que suceda. Si ya lo tiene previsto, no somos entonces muy libres.

Una cosa es el conocimiento de algo que va a suceder y otra es la responsabilidad de hacerlo. Si yo me asomo a la calle y veo a una persona tirar a otra por la ventana de un quinto piso, sé que se estampará contra la acera, pero saberlo no quiere decir que yo sea el responsable. Dios, tampoco. Lo será, en todo caso, quien le haya empujado.

Y si veo en diferido un partido de fútbol previamente grabado en vídeo, por el hecho de saber cuál es el resultado final del encuentro no quito a los jugadores la libertad de jugar al fútbol tranquilamente. Algo semejante sucede cuando decimos que Dios sabe lo que va a pasar. No por eso coarta nuestra libertad.

—Pero, si Dios es omnipotente, ¿no podría haber hecho compatible la libertad con un mundo bueno? ¿No es capaz Dios de hacer cualquier cosa?

Ser omnipotente significa tener poder para realizar todo aquello que sea intrínsecamente posible. Pero ya sabes que no todo es intrínsecamente posible. Dios puede sin ninguna dificultad hacer milagros, pero no puede hacer disparates.

Y esto no es imponer límites a su poder. Para demostrar que todas las cosas son posibles para Dios, no podemos pretender que haga algo que es intrínsecamente contradictorio (que un círculo fuera cuadrado, por ejemplo). Porque eso, si fuera posible hacerlo –que no lo es–, no demostraría ninguna potencialidad.

Quizá podríamos imaginar un mundo –te respondo glosando ideas de C. S. Lewis– en el que Dios corrigiese a cada momento los resultados de los abusos de la libertad de los hombres, obligando a que todos sus actos fueran “buenos” en el sentido que tú dices.

Entonces, el palo tendría que volverse blando cuando quisiera usarse para golpear a alguien. El cañón de la escopeta se haría un nudo cuando fuera a ser utilizada para el mal. El aire se negaría a transportar las ondas sonoras de la mentira. Los malos pensamientos del malhechor quedarían anulados porque la masa cerebral se negaría a cumplir su función durante ese tiempo. Y así sucesivamente.

Comprenderás que, si Dios tuviera que evitar cada uno de esos actos malos, este mundo sería algo realmente grotesco. Desde luego, toda la materia situada en las proximidades de una persona malvada estaría sujeta a impredecibles alteraciones, sería un auténtico show.

Se harían imposibles los actos malos, es verdad, pero la libertad humana quedaría anulada.

Dios puede modificar las leyes de la naturaleza y producir milagros –de hecho, a veces los hace–, y eso es algo ciertamente razonable, pero el concepto de mundo normal exige que tales milagros sean algo poco habitual.

Podemos compararlo a una partida de ajedrez. Puedes, si quieres, hacer algunas concesiones a tu adversario inexperto sin alterar mucho el juego. Puedes darle ventaja cediendo unas piezas al comienzo. Puedes incluso dejarle rectificar un error en algún movimiento. Pero, si le concedes todo lo que le conviene todas las veces, si le dejas rectificar y volver atrás en todas las jugadas, entonces…, entonces no estás jugando al ajedrez. Sería otra cosa distinta.

Pues algo así ocurre con la vida de los hombres en este mundo. Si tratas de excluir la posibilidad del mal y del sufrimiento, te encontrarías con que has excluido la libertad misma. Si intentáramos ir corrigiendo a cada momento la Creación, como si este o aquel elemento pudiesen ser eliminados, cada vez nos daríamos más cuenta de que no es posible lograrlo sin desnaturalizarlo todo. El devenir del mundo trae consigo, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto, lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza, también las destrucciones; y junto con el bien existe también el mal.

¿Por qué el mal se ceba en los hombres buenos?

—¿Y no podría Dios, al menos, hacer que las desgracias afectaran menos a los hombres buenos? A veces parece como si se ensañaran con quienes menos las merecen.

Entonces, cuando hubiera un accidente, Dios tendría que enviar un ángel para poner a salvo de forma extraordinaria a los viajeros virtuosos.

Y si una helada destruyera una cosecha, otro ángel tendría que ir para proteger las parcelas del hombre bueno, para que así no le afecten los fríos.

Y si se tratara de una inundación, entonces tendría que contener las aguas, como en el paso del Mar Rojo, antes de que destruyeran la vivienda de la familia honrada. Y volveríamos a lo mismo de antes.

El mundo está sometido a ciertas leyes generales que Dios no suspende sino de vez en cuando, y esas leyes, por lo general, afectan sin distinción a todos. Ya sabemos que lo que va bien a los corderos, va mal a los lobos, y viceversa. Pero no sería sensato que unos u otros exigieran a Dios milagros continuos que perturbasen incesantemente el orden regular del universo.

—Pero entonces parece que los hombres buenos siempre salen perdiendo, porque se privan de las ventajas ilícitas que tienen los malos, y en cambio sufren igual que ellos las desgracias naturales.

Pero, a pesar de todo, los hombres virtuosos son mucho más felices, aun en la tierra, que los viciosos y malvados. Quien se desvía de la moral, obtiene quizá una satisfacción inmediata, pero es siempre una felicidad efímera, cimentada sobre el egoísmo, y que va poco a poco labrando su propia ruina. Una ruina que no vendrá solo en la otra vida, sino también ya en esta.

—Pues a veces se ve a los pecadores bastante felices. Al menos, eso aparentan. No parece que siempre sea cierto aquello de que el mal produce tristeza y el bien, alegría.

Es cierto, pero hay que matizarlo un poco. A veces, efectivamente, nos da la impresión de que es al revés –señala José Luis Martín Descalzo–, porque no siempre vemos tristes a los pecadores, sino que casi parecen más bien rebosar de satisfacción, como si hubieran encontrado su plenitud en el ejercicio del mal. Vemos que la apuesta humana por el bien lleva a la alegría, pero más bien a largo plazo, cuando se ha conseguido una cierta madurez en el alma. Lo vemos como una idea profundamente cierta, pero paradójica y a veces casi insoportable. Porque el hombre honrado sufre. Y en alguna ocasión podemos incluso sentir envidia de esos personajes inmorales que parecen los triunfadores de este mundo.

Pero no debemos engañarnos. A veces, el hombre parece poder convivir sin problemas con el mal, pero no es así. Tarde o temprano advierte que el mal ha entrado muy hondo en él, y que se ha hecho fuerte ahí dentro. Quizá se ha afincado en una zona muy íntima de su ser, y su corrupción no se percibe con claridad desde fuera, pero sin duda está allí.

El bien resulta costoso en términos de esfuerzo, pero es una buena inversión. El mal, en cambio, se compra muy barato. Incluso es agradable al principio. Pero, antes o después, acaba por hipotecar la vida.

La apuesta humana por el mal, aunque sea una apuesta pequeña, viene siempre acompañada de toda una amalgama de sinsabores, de pesares inconfesables y vergonzantes. ¿Qué idea podemos formarnos de la felicidad de esos hombres, que estarán rendidos por sus propios sufrimientos interiores, por su vida llena de temores y sobresaltos, de recelos, de tortuosidades, de ambiciones que se alimentan de intrigas y de bajezas?

La dicha está en el corazón, y va unida al bien. Por eso, quien deja anidar al mal en su corazón, será una persona infeliz, sean cuales fueren las apariencias de éxito y ventura de las que se encuentre rodeado. El vicio introduce siempre un trastorno de la armonía del hombre, aunque en su inicio parezca quizá inocuo. El vicio somete a vasallaje a la razón y a la voluntad. Y cuando lo ha conseguido, atormenta a su pobre sometido con el pensamiento de la muerte, donde no espera ni puede esperar ningún consuelo, y donde teme encontrar el castigo de sus desórdenes.

Es cierto que las claudicaciones morales pueden proporcionarnos placer, dinero, poder, o muchas otras cosas. Pero el coste humano que debe pagarse en la propia carne es siempre muy alto. Al abrir las puertas del alma al mal, lo que este nos otorga ya no nos pertenecerá, pues somos esclavos de aquello a lo que nos entregamos.

¿Por qué Dios no nos ha hecho mejores?

—Hay mucha gente que no logra entender por qué Dios consiente que tantos inocentes sufran. O por qué media humanidad pasa hambre. O por qué Dios no arregla este mundo. Y por qué no lo hace de una vez, ya.

No parece serio echar a Dios la culpa de todo lo que se nos antoja que no va bien en este mundo. “Son los hombres –decía C. S. Lewis–, y no Dios, quienes han producido los instrumentos de tortura, los látigos, la esclavitud, los cañones, las bayonetas y las bombas. Debido a la avaricia o a la estupidez humana, y no a causa de la mezquindad de la naturaleza, sufrimos pobreza y agotador trabajo”.

En muchas de esas quejas que lanzan algunas gentes contra Dios, hay una lamentable confusión. Consideran a Dios como un extraño personaje al que cargan con la obligación de resolver todo lo que los hombres hemos hecho mal, y, si es posible, incluso antes de que lo hubiéramos hecho. Es como una rebelión ingenua ante la existencia del mal, una negativa a aceptar la libertad humana. Y, como consecuencia de ambas cosas, un cómodo echar a Dios culpas que son solo nuestras.

En vez de sentirse avergonzados, por ejemplo, por no hacer casi nada por los millones de personas que cada año mueren de hambre, se contentan –es bastante cómodo, realmente– con echar a Dios la culpa de lo que, en gran medida, no es otra cosa que una gran falta de solidaridad de quienes poblamos el mundo desarrollado. ¿Tendremos que pasarnos la vida –se preguntaba Martín Descalzo– exigiendo a Dios que baje a tapar los agujeros que a diario producen nuestras injusticias? Cuando tendríamos que preocuparnos de resolver esa asombrosa situación por la que unos no logran dar salida a sus excedentes alimentarios mientras otros se mueren de inanición, y cuando parece que la mitad de la humanidad pasa hambre y la otra mitad está con un régimen bajo en calorías para adelgazar, es una pena que lo único que se les ocurra –en vez de trabajar más, o ser más solidarios, de una forma o de otra– sea echar en cara a Dios que el mundo (en el que suelen olvidar incluirse, curiosamente) es horrible.

Mucha gente parece haber sido educada en la idea de que todo lo malo que sucede en el mundo es culpa de otros. Y se dirigen a Dios como jueces y le reprochan todo lo malo que hacen todos. En vez de dirigirse a Dios para pedirle perdón de los propios errores, le increpan duramente, o como mucho se esfuerzan para solo quejarse de que haya creado un mundo tan injusto. Pienso que si una persona no comienza a analizar el mal en el mundo comenzando por el propio, por los propios errores, por todas las veces que no ha estado a la altura que debía, es difícil que haga juicios claros de lo que sucede en el mundo y sobre cómo arreglarlo. En cambio, si tiene valor para reconocer sus errores, es sorprendente cómo se acierta en el blanco.

Podemos hacer mucho por mejorar el mundo. No somos simples accidentes de la bioquímica o de la historia, a la deriva en el cosmos. Podemos, como hombres y mujeres con responsabilidad moral, convertirnos en protagonistas, no en meros objetos o víctimas del drama de la vida.

—¿Pero cómo es que Dios permite tanta persistencia nuestra en el mal? ¿Por qué no nos cambia y nos hace, efectivamente, más solidarios?

La bondad humana es el resultado libre del esfuerzo de quien, pudiendo ser malo, no lo es. Y Dios ha dado al hombre un infinito potencial de bondad, pero también ha respetado la libertad de ese hombre –como hace, por ejemplo, cualquier padre sensato al educar a su hijo–, y ha aceptado el riesgo de nuestra equivocación.

No es muy serio decir que Dios tiene que cambiarnos, cuando cambiar es el primero de nuestros deberes. Si Dios nos hubiera hecho incapaces de ser malos, ya no seríamos buenos en absoluto, puesto que seríamos marionetas obligadas a la bondad.

—Pero se ven tantos errores en el mundo, tantas calamidades, tanto egoísmo, tantas lamentables aberraciones y tan difíciles de explicar…

La respuesta cristiana a esto es clara: los desequilibrios que fatigan el mundo están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano, que sumerge en tinieblas el entendimiento y lleva a la corrupción de la voluntad. Esta es la clave para descifrar el enigma.

El verdadero mal proviene del interior del hombre, radica en una escisión que tiene su origen en el pecado. Igual que hay una experiencia clara de la existencia de la libertad, la hay también de que la libertad está herida, así como del mal que el hombre puede ser capaz de hacer.

Las situaciones de injusticia social proceden de la acumulación de injusticias personales de quienes las favorecen, o de quienes pudiendo evitar o limitar ciertos males sociales, no lo hacen.

Los que se eximen de culpa personal para pasársela toda a las estructuras del mal, niegan al hombre su capacidad de culpa, y niegan por tanto su libertad y su responsabilidad personales, y disminuyen su propia dignidad. Los verdaderos creyentes, en cambio, se sienten responsables. Y cuanto más acentuado sea el sentido de responsabilidad de una persona, tanto menos buscará excusas y tanto más se examinará a sí mismo –sin absurdos complejos de culpabilidad–, para mejorar él y ayudar a mejorar a los que le rodean.

—Pero arreglar un poco este mundo se ve como una labor muy a largo plazo, con un final lejano…

Si algo resulta muy necesario, y además tardará en llegar, es entonces también muy urgente. Como dijo aquel mariscal francés al tomar posesión de su cargo: si estos árboles van a tardar veinte años en dar sombra, hay que plantarlos hoy mismo.

¿”Enseñar” a crear a Dios?

«Solo veo dos opciones posibles: o Dios no existe y el mundo es desesperante y absurdo; o bien Dios existe, pero nos ha dejado abandonados a nuestra suerte.

»Pero no pretendas decirme que Dios es bueno y todopoderoso, si permite semejantes injusticias. Dios tendría que haber hecho el mundo de otra manera.»

Así hablaba una persona afligida por una grave injusticia profesional que no había sabido encajar.

Siempre me ha parecido que hay que ser muy comprensivos ante este tipo de reacciones. Suelen ser situaciones que ponen a prueba la categoría humana de cada uno, y no sabemos cómo lo llevaríamos nosotros (es mejor no ser presuntuosos).

Pero la solución no es pensar que lo haríamos nosotros mejor que Dios si contáramos con su omnipotencia. Es una idea que quizá provenga de esa vocación oculta de dictadores que todos llevamos dentro. ¿A quién no le encantaría ser Dios durante un ratillo para dirigir mejor la libertad humana, con la seguridad de organizar el mundo mucho mejor de lo que lo hizo el auténtico Dios…?

De todas formas, personalmente agradezco que haya sido Dios quien organizara el mundo. Porque quién sabe cuántas tonterías impondrían con su capricho quienes pretenden dar lecciones a Dios sobre cuál debe ser la mejor solución para cada uno de los movimientos de la historia de los hombres.

Es verdad que a veces resulta difícil ahondar en el profundo enigma de la existencia del mal en el mundo. No siempre es fácil comprender cómo se compagina el sufrimiento propio o ajeno con la bondad de Dios.

A veces la confusión proviene del concepto de bondad que aplicamos a Dios. Probablemente cuando éramos jóvenes nos molestaba que nuestros padres nos prohibieran hacer algunas cosas o nos obligaran a otras. O que aquel profesor fuera tan exigente y nos hiciera trabajar tanto. Y quizá entonces veíamos todo eso como la imposición de unos dictadores injustos, y nos rebelábamos ante lo que no entendíamos. Sin embargo, ahora, que ha pasado el tiempo, comprendemos mejor por qué lo hacían, al menos en bastantes de esas cosas. Comprendemos que el amor de los padres por sus hijos, o el desvelo de un buen profesor por sus alumnos, necesita de la corrección y de la exigencia. Y que la educación en la libertad no impide la posibilidad de sufrir injusticias, ni excluye de modo absoluto el sufrimiento. Una educación basada en consentirlo todo y resguardar de todo, sería una pésima educación. Un padre temeroso que anulara la libertad de su hijo para impedir que pudiera hacer o recibir cualquier daño, sería el más engañoso símbolo de la bondad y la paternidad. Y ese profesor con el que no hacíamos nada útil en todo el curso –y al que quizá entonces apreciábamos mucho por eso–, es un pésimo profesor.

Volviendo al origen de nuestra comparación, podemos decir que las personas que se desesperan cuando Dios permite que suframos cualquier inconveniente, son –de algún modo– como los niños que se impacientan y patalean cuando las decisiones movidas por el cariño de las personas que les aprecian no coinciden exactamente con sus gustos y preferencias. En el fondo de sus mentes, desean un Dios que fuera algo parecido a lo que representa una benevolencia complaciente y senil para un niño mimado. Quisieran que el mundo fuera una suerte de Disneylandia, o como un bucólico paseo por un parque en un día de primavera. Y si no, para algunos, esa es su más sólida justificación para asegurar que Dios no existe.

Hacer compatible el sufrimiento humano con la existencia de un Dios que nos ama, es un problema insoluble si consideramos un significado trivial de la palabra amor. Aproximadamente igual de insoluble que la perplejidad del niño que se rebela, y que dice que su madre no le quiere, porque le hace tomar una medicina que no le gusta, pero que le va a curar. Es cuestión de que pase el tiempo, tenga una visión más completa de las cosas, y entonces irá comprendiendo mejor la esencia de lo que verdaderamente es el amor de los padres.

Además, nadie ha logrado resguardar a sus hijos hasta del más pequeño sufrimiento. Entre otras cosas porque implicaría negar la capacidad de gozar, que, en esta tierra, es básicamente una capacidad que sentimos por contraste. Es como si uno quisiera perder el sentido del tacto en la piel para así no notar el frío o el calor: tampoco entonces podría sentir el bienestar de una temperatura agradable. O como si alguien quisiera acabar totalmente con la oscuridad y que todo fuera luz: desaparecería el contraste visual y, con él, los contornos y el color: quedaría como ciego.

¿Por qué Dios permite el mal?

Un individuo desaliñado y sucio se puso en pie, en medio de un bullicioso grupo de personas que escuchaba a un predicador en Hyde Park. Se dirigió al orador y, con potente voz, le planteó una pregunta que era más bien un grito de indignación: “Usted dice que Dios vino al mundo hace ya dos mil años… ¿Cómo es posible entonces que el mundo continúe lleno de ladrones, adúlteros y asesinos?”.

Se hizo un silencio muy grande. A todos los presentes les pareció que era una objeción incontestable. Sin embargo, el predicador le miró serenamente y contestó: “Tiene usted toda la razón. Pero también existe el agua desde hace millones de años…; y, sin embargo…, ¡fíjese cómo va usted de sucio!”.

Igual que aquel individuo podía aprovecharse o no de las benéficas posibilidades higiénicas del agua, los hombres tenemos la posibilidad de usar bien o mal de nuestra libertad. Pero esa decisión será responsabilidad nuestra, no de Dios. Dios fue el primero en “apostar” por el hombre, el primero en querer “correr el riesgo” de nuestra libertad. Y hasta el punto de permitir que el hombre pueda emplear esa libertad precisamente para oponerse a su creador.

—¿Y no habría sido mejor, entonces, que no naciéramos libres?

Hombre, no sé qué decirte. Para la mayoría de los mortales, la libertad ha sido siempre algo muy grande, quizá lo último en que se pensara renunciar. La libertad es, según el decir de Cervantes, “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

Dios pudo haber creado una humanidad de individuos solo capaces de hacer el bien. Pero antes que un conjunto de bondadosos imbéciles prefirió crear un mundo de hombres dotados de libertad, que en virtud de su ejercicio pueden hacer el bien o el mal.

No podemos evadirnos de la libertad. La solución es que procuremos ser mejores, y, de paso, que procuremos ayudar a los demás a que lo sean también. Es lo más práctico y eficaz. Pensar fundamentalmente en mejorar uno mismo y en mejorar cada uno su entorno. Porque, como dice aquel proverbio ruso, si cada uno barriera delante de su puerta, estaría muy limpia la ciudad.

—Pero… ¿y Dios? ¿Él no tiene nada que hacer?

Claro, y ya lo ha hecho. Nos ha hecho a ti y a mí, y a todos los demás, para que luchemos por el bien. Procura hacer, por tu parte, todo el bien que puedas. Intenta que quienes te rodean comprendan que vale la pena luchar por mejorar el mundo. Pero demuéstraselo con tu vida, respetando su libertad como Dios hace con nosotros. Y no echemos a Dios las culpas que solo son nuestras. Sería demasiado cómodo…, y demasiado injusto.

¿Qué sentido tiene el dolor?

«Tanto la pierna izquierda como la espalda me duelen casi continuamente.

»Y después de treinta años, aún no me he acostumbrado a ello. No obstante, cada día le doy gracias a Dios precisamente por ese dolor, que a veces me deja totalmente agotada.

»A lo largo de los años, al rezar sobre mi dolor, que a veces puede llegar a ser tan severo como para obligarme a pedirle a Dios que lo alivie, me he sentido transportada a otra dimensión, en la que impera la paz.

»¿Podría haberla alcanzado sin esos años de dolor? Jamás lo sabré, pero a mí solo se me abrió después de cruzar la barrera del dolor.»

Traigo aquí el testimonio de una mujer norteamericana que da una explicación muy personal, hecha con su propia vida en medio de la enfermedad, de cómo Dios permite nuestro sufrimiento porque tiene con él un propósito.

El sufrimiento es casi siempre difícil de aceptar, y quizá ha de transcurrir el tiempo, a veces muchos años, hasta descubrir lo positivo de todo aquello. Hasta encontrar una razón en lo que ahora no vemos quizá más que algo terrible y absurdo.

No suele entenderse bien el sufrimiento en el momento mismo en que llega. Sucede algo parecido a lo que comprobamos cada mañana a la hora de salir de la cama. Cuando suena el despertador –y siempre parece que se adelanta a su hora–, la gran mayoría de las personas está en muy malas condiciones para meditar sobre las razones por las que ha de superar la pereza y levantarse. Si uno se descuida, puede –contra toda lógica y a costa de atropellar sus obligaciones– arrebujarse entre las mantas durante diez o veinte minutos suplementarios, o muchos más, totalmente convencido de que ayer ajustó mal el despertador, o de que anoche tardó mucho en dormirse, o de que ha tenido una noche muy mala, mientras piensa que esos minutillos de sueño aliviarán sin duda el dolorcillo de garganta que amenaza…, probablemente más en la imaginación que en la propia garganta. Es verdad que algo se sufre al levantarse, pero a los pocos minutos uno suele ya ver en su debida perspectiva el acierto de haber afrontado ese sufrimiento y haber saltado de la cama. Lo normal es que tenga que pasar un poco de tiempo hasta encontrar sentido a cualquier sufrimiento. Lo raro sería que uno se despertara todos los días fresco como una rosa.

El dolor siempre tiene algo que decirnos. “El verdadero dolor –decía Dostoievski–, el que nos hace sufrir profundamente, hace a veces serio y constante hasta al hombre irreflexivo; incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor.” El sufrimiento une a las personas, las abre a la compasión, y las hace volverse en busca de las causas de las cosas. Las hace más comprensivas, más sensibles a la pena y a la soledad de otros. Es quizá uno de los principales ingredientes de la maduración afectiva de las personas. Por eso decía Tommaseo que el hombre a quien el dolor no educó, siempre será un niño.

¿La fe aleja de la vida real?

Nadie es más esclavo

que quien se considera

libre sin serlo.

Goethe

Facilidades para pensar

—Las razones que has venido dando hasta ahora son interesantes… para pensar en ellas. Pero a veces, luego, parece como si la vida real fuera por otro lado.

Recuerdo una anécdota que contaba el profesor Bloom. Un día se le acercó un estudiante y le dijo que después de leer “El banquete”, de Platón, había concluido que hoy sería imposible aquel ambiente cultural ateniense, en el que aquellos hombres reflexivos y educados se reunían para mantener apasionantes conversaciones sobre el significado de los anhelos de su espíritu.

Pero lo que ese alumno no sabía –continuaba Bloom– es que ese ambiente cultural tenía lugar en Atenas en medio de una terrible guerra.

Fue el amor de aquellos hombres por la sabiduría lo que aportó a la civilización occidental unas conquistas intelectuales de un valor inestimable. Buscaban apasionadamente la verdad, por difíciles que fueran las circunstancias en que vivían.

Y no puede decirse que en nuestra época sea menos necesario pensar. Al contrario: nuestros problemas son tan complejos y sus orígenes tan profundos, que para comprenderlos necesitamos reflexionar y buscar soluciones quizá más que nunca.

No es sensato escudarse en la “vida real” para dejar de pensar en la verdadera realidad. La vida humana es una cuestión abierta, un proyecto en constante desarrollo. La pregunta es: ¿Cómo llevar a buen término ese proyecto? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva hacia la felicidad?

Los creyentes estamos convencidos de que en Dios se encuentra la respuesta a esas preguntas fundamentales. Vivir y transmitir la fe es, por tanto, vivir y mostrar ese camino hacia la felicidad, aprender y enseñar el arte de vivir. Y la pobreza más profunda –como ha escrito Joseph Ratzinger–, es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria, que lleva a la incapacidad de amar, la envidia, el egoísmo, el odio, la avaricia…, a todos los vicios que arruinan la vida de las personas y del mundo. Ante todo eso, hace falta redescubrir a Dios y al Evangelio, porque si no se acierta en el arte de vivir, lo demás tampoco funciona bien.

No está tan mal… porque yo lo hago

El hombre tiende a establecer una cierta barrera entre las ideas y lo que llama la “vida real”. Y quizá, por ejemplo, cuando piensa en la fe, su imaginación representa en su mente un viejo y destartalado templo donde un sacerdote antipático se dirige a unas personas grises y serias, que además cantan mal, y que a su juicio pierden lamentablemente el tiempo, lejos del mundo real en el que ellos sí están. Y probablemente concluya que la religión no tiene sentido. O que la Iglesia funciona mal, cuando quizá lo que funciona mal, sobre todo, es su conocimiento y su imagen de la fe y de la Iglesia.

Algunos se han hecho esa idea –u otra peor– sin culpa de su parte, o al menos con poca culpa. Otros, en cambio, fomentan esa imagen para tranquilizar su conciencia, que quizá les reprocha algunas cosas a las que no se atreven a llamar por su nombre.

O se vive como se piensa, o se acaba pensando como se vive. Es un proceso sencillo, en el que cada hecho práctico de dudosa moralidad se apuntala rápidamente con la correspondiente teoría. Y quizá entonces esa comisión ilegal deja de parecerme tan mala… porque yo estoy cobrándola. O no veo tan grave eso de engañar a mi novio o a mi novia, o a mi mujer o mi marido, o emborracharme, porque… yo lo hago de vez en cuando. “Al comienzo fueron vicios, hoy quieren llamarse costumbres”, decía Séneca. Hay personas que, cuando no han sido fieles a su mujer, reconocen su debilidad; y otras, que lo que hacen es exigir a la Iglesia que dé marcha atrás en una regla que ellos ya no pueden seguir. Les gustaría reformar la Iglesia para no tener que reformarse a sí mismos, a pesar de que parece hacerles bastante falta.

Sin miedo a la verdad

A nadie le gusta que le engañen –decía Platón–, y eso es una prueba más de que existen la verdad y la falsedad.

Luchar por encontrar la verdad es un instinto connatural a todo ser humano. La grandeza del hombre radica en que podemos decidirnos por la verdad y por el bien, y así construir nuestra vida a la luz de la sabiduría y la libertad.

El cristianismo irrumpió en la historia hace veinte siglos. La fe cristiana establecía una sólida conexión entre la verdad y el bien, que se reclamaban y apoyaban mutuamente. Además, defendía al débil frente al poderoso, pues proclamaba que todos los hombres tienen el mismo derecho a la verdad, que tienen igual libertad y dignidad. Mostraba al corazón humano sus esperanzas y posibilidades de bondad. Impulsaba a cada hombre a esclarecer la verdad, que no es propiedad de nadie, sino que es superior a todos e ilumina la vida de todos. Animaba a no tener miedo a la razón, ni a la verdad, provenga de donde provenga. Es cierto que el misterio que rodea a la fe desborda la capacidad del hombre. Pero eso no significa que no podamos reconocerlo, ni que todos los acercamientos a ese misterio sean igualmente válidos, ni que no haya en la historia signos claros de su presencia, ni que las acciones del hombre sean todas igualmente buenas o malas.

¿Es una vida más cómoda?

—Pero la vida sin fe suele ser más cómoda…

No creo que la vida sin fe sea más cómoda. Al contrario, la falta de fe hace la vida más oscura, con menos esperanza.

Cuando una persona vive bien su fe, encuentra en ella una felicidad que no se consigue de ninguna otra forma. Pero ha de ser una fe bien vivida, entendida no como un conjunto de obligaciones y restricciones, sino como una luz que ilumina hacia dónde podemos ir.

La conquista de la libertad es un camino de conocimiento y de exigencia personal. El conocimiento de la realidad es importante porque favorece la libertad. Si un navegante conoce la proximidad de un temporal, puede cambiar el rumbo, y sortearlo, o bien refugiarse en el puerto. Pero si ignora el temporal, se pondrá en peligro, y aunque se sienta muy libre, y muy cómodo, estará en camino de perder su libertad. Por eso, escoger el error, aunque la elección sea libre, no puede llamarse propiamente libertad.

Para ser libre hay que ponerse en guardia contra el influjo de la masificación y las corrientes de pensamiento de moda. No hay que olvidar que gran parte de nuestro acceso a la realidad es a través de los medios de comunicación, que poseen una gran capacidad de persuasión, y si una persona se descuida puede creerse muy libre al seguir su imperiosa espontaneidad, sin darse cuenta de que está siendo dirigida por una ingeniosa propaganda. Por eso dice José Antonio Marina que “la libertad es siempre cautelosa y algo desconfiada, y en cambio el hombre excesivamente espontáneo es carne de agencia de publicidad”.

Además, una cosa es saber lo que hay que hacer y otra conseguir hacerlo. Hay que saber lo que hay que hacer, pero además es preciso tener un suficiente nivel de autoexigencia para lograr hacerlo.

Kant contaba la parábola de la paloma que creía que sin la resistencia del aire se ahorraría esfuerzos y volaría con más libertad. La pobre paloma no se daba cuenta de que esa resistencia era, precisamente, lo que le mantenía en vuelo. Por eso, para acertar en la vida hay que distinguir bien lo que ata de lo que libera. Porque las cadenas surgen al hombre como a la tierra los abrojos, que crecen y rebrotan a poco que uno se descuide. La libertad es cara y dolorosa, y por eso a veces elegimos una cómoda esclavitud frente a una costosa libertad.

Querer liberarse de la exigencia personal es un engaño utópico. La verdadera libertad empieza por ser capaz de obedecer a los propios mandatos.

¿Para qué sirve rezar?

Nunca están cerradas

todas las puertas

mientras estemos vivos.

José Luis Martín Descalzo

La sordera de Dios

«Me siento engañada. Me habían dicho que Dios era bueno y protegía y amaba a los buenos, que la oración era omnipotente, que Dios concedía todo lo que se le pedía.

»¿Por qué Dios se ha vuelto sordo a lo que le pido? ¿Por qué no me escucha? ¿Por qué permite que esté sufriendo tanto?

»Empiezo a pensar que detrás de ese nombre, Dios, no hay nada. Que es todo una gigantesca fábula. Que me han engañado como a una tonta desde que nací».

Esta queja, amarga y crispada, de una mujer afligida por una serie de desgracias, corresponde a un tipo de quejas de las más antiguas que se escuchan contra Dios.

Y al hecho de ser actitudes muy poco apropiadas para la oración, se une el hecho de que, en muchos casos, lamentablemente, son las primeras palabras que esa persona dirige hacia Dios en mucho tiempo. Y si no reciben rápidamente un consuelo a su medida, tacharán a Dios de ser sordo a sus peticiones. Son ese tipo de personas –decía Martín Descalzo– que tienen a Dios como un aviador su paracaídas: para los casos de emergencia, pero esperando no tener que usarlo jamás.

Visión utilitarista de Dios

Al parecer, su dios era algo que servía para hacerla feliz a ella, y no ella alguien destinada a servir a Dios. Su dios era bueno en la medida que le concedía lo que ella deseaba, pero dejaba de ser bueno cuando le hacía marchar por un camino más costoso o difícil.

Con la oración, nos dirigimos a Dios y le expresamos nuestras inquietudes y preocupaciones. Es cierto que con la oración Dios nos concede lo que le pedimos, pero solo cuando eso que pedimos sea lo que realmente necesitamos. No tendría sentido que nos concediera cosas que no nos convienen, y el hombre no siempre acierta a saber qué es realmente mejor para él. La buena oración no es la que logra que Dios quiera lo que yo quiero, sino la que logra que yo llegue a querer lo que quiere Dios.

Tratar a Dios como a un fontanero, del que solo nos acordamos cuando los grifos marchan mal, denotaría una visión utilitarista de Dios. Amar a Dios porque nos resulta rentable es confundir a Dios con un buen negocio, una instrumentalización egoísta de Dios. Un dolor, por grande que sea, puede ser el momento verdadero en que tenemos que demostrar si amamos a Dios o nos limitamos a utilizarlo.

Es verdad que el sufrimiento es a veces difícil de aceptar y de entender. Pero nuestros sufrimientos –ha escrito la Madre Teresa– son como caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él.

Son muchos los males que afligen al mundo y a nuestra propia vida, pero eso no debe llevarnos al pesimismo, sino a la lucha por la victoria del bien. Y esta lucha por la victoria del bien en el hombre y en el mundo nos recuerda la necesidad de rezar.

La oración… ¿no es hablar solo?

Una profesora explica a sus alumnos de nueve años un ejercicio práctico.

Un grupo debe sembrar unas semillas en dos macetas y ponerlas junto a la ventana del aula.

Luego, ese mismo grupo se encargará de regar todos los días el primero de esos dos tiestos. El resto de los alumnos se dedicará a rezar para que germine lo que han sembrado en el segundo, pero sin echar una sola gota de agua.

El resultado en las mentes de los chicos es fácil de imaginar: el aplastante peso de la realidad les hace ver que rezar es una gran ingenuidad, puesto que de la primera maceta pronto brotó una hermosa planta, y en cambio de la segunda la oración no consiguió absolutamente nada.

He recordado esta anécdota, que sucedió realmente, porque a veces nos hacemos una idea de la oración casi tan extraña como la que aquella profesora quería inculcar en sus alumnos.

La fe y la esperanza cristianas no son ese balido paciente de ovejas cobardes con que algunos parecen identificarlo:

* El que reza no puede pretender que Dios haga el trabajo que le corresponde hacer a él.
* La oración no es una simple espera de que alguien venga a resolver lo que nosotros hemos de resolver.
* Ni es la aceptación cansina de errores o injusticias que estaría en nuestra mano atajar.
* Tampoco es un vano y supersticioso intento de obtener un poder oculto sobre los bienes de este mundo.

Rezar no es una especie de diálogo de un maníaco con su sombra. La oración es algo muy distinto, y millones de seres humanos han encontrado en ella a lo largo de los siglos, no solo consuelo, sino una luz y una fortaleza grandes.

No son pocos los que desdeñan o incluso se pitorrean ante la misma idea de la oración. Hablan con sarcasmo de todo lo que suponga rezar a Dios para que se resuelva un problema social o se abrevie cualquier desgracia o maldad humana. Los que se burlan de todo eso –señala Juan Manuel de Prada– son los mismos que luego solucionan el mundo cada día, ensartando rutinarias condenas o repitiendo cansinas obviedades. ¿Acaso son más eficaces esas manifestaciones de protesta o sus expresiones archisabidas de lamento? Si nos burlamos de la palabra musitada en soledad, si encontramos irrisorio el coloquio con Dios, en el que el hombre emplea todas sus potencias intelectuales (la imaginación y la memoria, la inteligencia y la voluntad), a las que suma el fervoroso deseo, ¿no deberíamos también carcajearnos de cualquier otra reacción pacífica?

¿Por qué ese regodeo de algunos en negar y pisotear la posibilidad del misterio? Un rezo no va a imponer nuestros anhelos a la realidad, pero puede que, al conjuro de esas palabras, nuestra pobre naturaleza humana, desvalida y apabullada, ascienda sobre el barro de sus debilidades y halle una luz que le infunda fortaleza y convicciones. Esas palabras que pujan por encontrar un interlocutor sobrenatural no son ridículas, ni estériles, ni pazguatas; son la expresión de hombres que se resisten a desfallecer y claman justicia y enarbolan la voz, como un incienso votivo, para contrarrestar la fuerza de la maldad.

—Pero muchos dicen que han intentado hablar con Dios y no oyen ninguna respuesta…, que no escuchan nada en la oración, que es algo inútil.

Nadie profano en la música consideraría inútil un piano por el simple hecho de haber obtenido una penosa melodía al teclearlo al azar. El problema no es que la oración sea inútil, sino que hay que aprender a hacer oración. Y en la oración no escucharemos ninguna respuesta con voz de ultratumba que nos hable solemnemente. La oración no es cosa de fantasías. La respuesta se escucha con el corazón.

Es en el silencio del corazón donde habla Dios. Dios es amigo de ese silencio. Y necesitamos escuchar a Dios, porque lo que importa no es lo que nosotros le decimos, sino sobre todo lo que Él nos hace ver.

Dios no habla demasiado alto, pero nos habla una y otra vez a través de todo lo que nos sucede. Oírle depende de que, como receptores, logremos estar en buena sintonía con el emisor, que es Dios, y sepamos vencer las muchas interferencias que a veces produce nuestro propio estilo de vida. Así escucharemos lo que nos pide, o lo que nos reprocha, y caeremos en la cuenta de lo que espera de nosotros.

Algunos pensarán que orar es cosa de sugestión. Sin embargo, quienes verdaderamente tratan con cercanía y profundidad a Dios mediante la oración son más reflexivos, más ponderados, más certeros en sus juicios, con una humanidad más sensible.

—¿Y con tanto rezar, no corren peligro de alejarse un poco de la realidad?

El silencio interior –el que Dios realmente bendice– no aísla jamás a las personas de los otros seres. Al contrario, les hace comprenderlos mejor, entrar más en su interior. La verdadera oración otorga al hombre una madurez, un equilibrio de alma y unos modos sensatos y profundos de entender la vida propia y la de los demás.

La oración enriquece enormemente a cualquier persona que la practique. Buscar unos minutos al día de pausa cordial para el encuentro con Dios en el fondo del alma, elevándose un poco por encima del trajín y el ruido de nuestras actividades cotidianas, dejando por un rato esas preocupaciones que agobian (o precisamente tratando de ellas en la presencia de Dios); y tomar, por ejemplo, el Evangelio, o cualquier libro que nos ayude a elevar nuestro pensamiento hacia Él; y leer una frase, unas pocas líneas, y dejarlas calar dentro de sí, como la lluvia cae sobre la tierra. Eso, aunque solo sea unos pocos minutos, pero cada día, a la vuelta de poco tiempo produce un sorprendente enriquecimiento interior.

¿Y cuando aparecen dudas?

Muy débil es la razón

si no llega a comprender

que hay muchas cosas que la sobrepasan.

Blas Pascal

He perdido la fe

«Recuerdo –me contaba en confianza un antiguo compañero mío– aquellas devociones de mi niñez y mi primera adolescencia, y la verdad es que siento haber perdido la fe. Pero así ha sido.

»Cuando mi pensamiento vuelve, con nostalgia, a aquellos recuerdos, aún adivino que había en ellos algo grande y valioso. Me sentía a gusto entonces, en esa inocencia, pero ahora pienso que todo aquello era demasiado místico, que la realidad no es así.

»Mi afición a la filosofía y aquellas ávidas lecturas de juventud deshicieron enseguida, como un terrón de azúcar en el café, aquel clima religioso de la niñez. La imprecisión y vaguedad de mi fe infantil se convirtió con los años en una demoledora duda intelectual. Yo quisiera creer, pero ahora no me parece serio creer. La razón me lo estorba.»

En muchas ocasiones, como sucede en esta, una persona avanza con los años en su preparación profesional, en su formación cultural, en su madurez afectiva e intelectual…, y, sin embargo, su conocimiento de la fe se queda estancado en unos conceptos elementales aprendidos en la niñez.

Y a ese desfase hay que añadir, en algunos casos, el triste hecho de que esa formación religiosa quizá fue impartida por personas de conducta poco coherente.

Cuando todo esto sucede, la fe va dejando de informar la vida, y se va rechazando poco a poco, de una manera insensible. Y esas personas acaban por decir que Dios no les interesa, que no tiene sitio en su vida, o que para ellos es poco importante.

Ese proceso, lamentablemente corriente, demuestra la fragilidad de la fe en personas que se educaron asumiendo unas simples prácticas religiosas sin preocuparse por alcanzar un conocimiento real y profundo de la fe. La vida espiritual no puede reducirse a una actividad sentimental ajena a lo racional. El creyente debe buscar en su vida espiritual una fuente de luz que facilite una vida intelectual rigurosa.

La fe y la duda

—¿Y qué hacer, entonces, cuando aparecen dudas?

Es natural que a veces se presenten dudas. Eso no es perder la fe, pues se puede conservar la fe mientras se profundiza en la resolución de esas dudas. Es más, en muchos casos la duda abre la puerta a la reflexión y a la profundización, para así alcanzar una fe más madura. Y en ese sentido puede incluso resultar muy positiva.

Es preciso buscar respuesta a las dudas, a esas aparentes contradicciones, aunque no siempre se llegue a comprender todo enseguida. La fe –explica Joseph Ratzinger– no elimina las preguntas; es más, un creyente que no se hiciera preguntas acabaría encorsetándose.

Por otra parte, aunque sea cierto que el creyente puede sentirse amenazado por la duda, hay que recordar que tampoco el no creyente vive una existencia cerrada a la duda. Incluso aquel que se comporte como un ateo total, que ha logrado acallar casi por completo la llamada de lo sobrenatural, siempre sentirá la misteriosa inseguridad de si su ateísmo será un engaño.

El creyente puede sentirse amenazado por la incredulidad, pero quien pretenda eludir esa incertidumbre de la fe, caerá en la incertidumbre de la incredulidad, que no puede negar de manera definitiva que la fe sea verdadera. Al ateo y al agnóstico siempre les acuciará la duda de si la fe no será real. Nadie puede sustraerse a ese dilema humano. Solo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.

La duda debe llevarnos a profundizar. “Si te asalta el pensamiento –decía Tolstoi– de que todo cuanto has imaginado sobre Dios es falso y equivocado y que Dios no existe, no te sobresaltes por eso. Pero no creas que tu incredulidad procede de que Dios no existe. Quizá en tu fe había algo equivocado y tienes que esforzarte en comprender mejor eso que llamas Dios. Cuando un salvaje deja de creer en su dios de madera, eso no significa que no hay Dios, sino que el verdadero Dios no es de madera.”

¿Caminar entre nieblas?

«Es inevitable –ha escrito Rosario Bofill– que a veces tengamos que caminar entre nieblas. En cierta manera, la fe es la capacidad de soportar la duda.

»Y de vez en cuando, una persona, una reflexión, o una lectura nos hacen atisbar un poco de ese misterio por el que uno ha optado. Cada creyente sabe que alguna vez ha tenido evidencias de la existencia de Dios, pequeñas pruebas que quizá vistas por otro, fuera de su contexto, le harían sonreír displicente…

»Y a lo largo de los siglos la mayoría de los hombres han experimentado esa necesidad de Dios. ¿Es esto una prueba de que existe? Pienso que sí, invocado de distinta forma en las distintas religiones y en los distintos siglos.

»Si me repugna creer que el mundo está abocado al absurdo, debo creer que más allá de la muerte hay algo, que tendremos otra vida distinta a la de ahora. Hay una razón de justicia que me parece imperiosa: ¿cómo Dios no va a dar a los pobres, a los desheredados, a los que viven en la miseria, a los que sufren tanto en esta vida, su parte de felicidad? Ha de haber algo que restablezca el orden y dé a los que aquí no han tenido nada, la plenitud. Y que los que aquí han amado no vean acabado su amor.

»Siento una voz íntima, un grito interior que me hace creer que es imposible un mundo sin Dios, un mundo del absurdo. Porque un mundo sin Dios me parece un absurdo total. ¿A qué esa sed interior, esa angustia, ese deseo de vida del hombre? Ese amasijo de sentimientos, inteligencia, deseos, nostalgias, que somos las mujeres y los hombres, cada uno a su manera, ¿qué sentido tienen perdidos en el cosmos sin un Dios que al fin dé respuesta a tanto deseo, tanto vacío, tanto anhelo?

»He tenido que madurar mi educación religiosa de la infancia y la juventud, pero recibí unos principios básicos a los que he sido fiel. Hay gente que cuando se hace adulta rechaza lo que le enseñaron y cómo le educaron. Sin duda al hacerse adulto uno tiene que reflexionar sobre su fe y madurar, pero creo que es una suerte haber vivido rodeada de gente que ha vivido a fondo su fe, y también haberse encontrado con personas críticas, buenos creyentes, que son los que más me han ayudado.

»La fe es como una herencia que no quisiera echar por la borda y a la que en lo más hondo de mí estoy muy agradecida.»

—A veces lo que plantea dudas no es la fe, sino la práctica de la fe: lo difícil no es creer, sino vivir lo que se cree.

Todo el mundo siente esa tensión en su interior. Todo hombre se siente atraído por extremos diferentes, y experimenta el tirón de lo que sabe que va contra sus convicciones. Pero eso no significa una rotura.

De vez en cuando pueden surgir dudas sobre la propia capacidad de vivir la fe. Se nos puede hacer un poco más cuesta arriba. Es preciso entonces seguir esforzándose por mejorar, con la confianza de que precisamente gracias a esa fe, iremos recibiendo más luz y más fortaleza, profundizaremos más en esa fe y la viviremos mejor. La fe ayuda a vivir con coherencia de vida, sin que esas tensiones tengan por qué producir frustración o ruptura.

—Pero muchos, en esa cuesta arriba, abandonan la práctica religiosa.

Suele suceder cuando se ve la práctica religiosa como un fin y no como un medio. Por eso es importante levantar la vista por encima del acontecer diario para atisbar la meta a la que nos dirigimos. Ser buen cristiano puede a veces resultar costoso, pero merece la pena. Además, esos momentos de cuesta arriba siempre brindan al hombre una oportunidad de dar lo mejor de sí mismo. Son la piedra de toque que identifica la calidad del edificio que estamos construyendo con nuestra vida.

“El ser humano –escribe Javier Echevarría– posee una capacidad de infinito que solo el Infinito, Dios mismo, puede saciar. Hay en nosotros un fondo que nada ni nadie, excepto Dios, logra llenar; y, en consecuencia, existe –incluso en las más grandes amistades y en los más grandes amores– una cierta experiencia de límite, de soledad no superada. En ocasiones, esa experiencia engendra miedo, repliegue sobre sí mismo para conservar un reducto de intimidad en el que nadie entre; en otras, impulsa hacia adelante, a buscar algo más. De este modo se encauza una inquietud del espíritu que solo en Dios puede encontrar finalmente reposo.”

¿Está anticuada la Iglesia?

—A ojos de muchos, la Iglesia aparece como algo anticuado, cuyos métodos se han ido anquilosando.

Son muchos, en efecto, los que tienen esa extraña imagen. Pienso que si conocieran la fe y la realidad de la Iglesia con mayor profundidad, comprobarían que en la Iglesia sopla un aire fresco de novedad y de ideales grandes. Verían que brinda una espléndida posibilidad de transformar la propia vida.

Por eso es importante que los cristianos promuevan, por decirlo así, una cierta curiosidad por lo que significa realmente ser cristiano, y que fomenten el interés por contemplar la riqueza que la fe contiene, su variedad, su capacidad de resolver los problemas del hombre de hoy. Para descubrirlo hay que acercarse un poco, pues la fe se entiende mucho mejor cuando uno se pone en camino.

—Algunos ven la fe como una simple coraza que el hombre se fabrica para sentirse mejor consigo mismo.

La religión da respuesta a muchas preguntas y miedos que el hombre lleva consigo, y le ayuda a superarlos. En ese sentido, es cierto que ayuda a sentirse mejor con uno mismo. Pero aunque tenga esos efectos psicoterapéuticos, la fe no es eso, es mucho más. En todas las épocas de la humanidad ha existido la tendencia del hombre hacia lo eterno, hacia Dios. Y de la misma manera que el hombre se siente mejor cuando lleva bien sus relaciones humanas, es lógico que sienta lo mismo, y con más intensidad, cuando lleva bien su relación con Dios.

Vivir sin fe

—Parece bastante más fácil no creer que creer.

Puede parecer más sencillo, o más cómodo, en el sentido de que quien no cree no se liga a nada. En ese sentido es fácil. Pero vivir sin fe no es tan fácil. La vida sin fe es complicada generalmente, porque el hombre no puede vivir sin puntos de referencia. No tenemos más que recordar la filosofía de Sartre, Camus, o de otros muchos, para comprobarlo enseguida. La carga que conlleva la falta de fe es mucho más pesada.

Tener fe es, en cierta manera, una opción. Elegir entre dos modos de ver la vida. Ambos modos –vivir con fe o sin ella– se presentan como dos posibilidades coherentes. Sin embargo, pienso que la razón y la observación de la naturaleza y del hombre llevan indefectiblemente hacia la fe. De todas formas, al final hay siempre una decisión de la voluntad. Una decisión perfectamente compatible con que después uno pueda sentir a veces el atractivo de la otra opción. Pero la vida con fe es más esperanzada, más optimista, más alegre.

Nuestras certezas… ¿y las de los demás?

Buscando el bien

de nuestros semejantes,

encontramos el nuestro

Platón

Una novedad en la historia

La triste novedad de aquella guerra fue que, por primera vez en la historia, el asesinato se organizó como una industria de producción en serie. La historia no había conocido nada semejante.

Quizá solo quienes estuvieron en Mauthausen, en Auschwitz, en Maidanek, o en cualquier otro campo de exterminio de la Segunda Guerra Mundial, pueden hacerse una verdadera idea de lo que fue aquello. Hasta las descripciones más realistas que se han hecho sobre los lager probablemente palidecerían ante la realidad de aquel horror.

Afirma Claudio Magris que los testimonios más expresivos de esa realidad no son los de las víctimas, sino los de los verdugos. Quizá por eso, el testimonio más revelador de lo que ocurrió entre aquellos barracones y las cámaras de gas, lo escribió el propio Rudolf Höss en las semanas que transcurrieron entre su condena y su muerte. Su autobiografía, titulada “Comandante en Auschwitz”, relata fríamente una serie interminable de atrocidades que sobrepasa cualquier medida humana. Höss cuenta de forma imperturbable todo lo que ocurre, la ignominia y la vileza, los episodios de ruindad y de heroísmo entre las víctimas, las dimensiones monstruosas de aquella terrible masacre.

—¿Y cómo pudo llegarse a una aberración semejante?

Es difícil responder. Lo sorprendente es que el nacionalsocialismo hitleriano detentaba el poder con un gran respaldo de la población, que votó masivamente a un partido totalitario que les presentaba una visión del mundo que entonces consideraron plenamente satisfactoria.

Hitler dominaba las técnicas de comunicación de masas. Supo manejarlas, crear un estado de opinión, alcanzar el poder y convertir luego el Estado en una mortífera organización criminal. Ni él ni los mandos de su partido disimulaban su radical y violento antisemitismo. Proclamaron sus consignas de sangre y de raza, de las cuales se derivaba el derecho a tratar a otros pueblos como inferiores. De los 9.600.000 judíos que vivían en Europa durante la dominación nazi, se calcula que más de 5.700.000 fueron expulsados de sus casas, tratados como cabezas de ganado y exterminados con una crueldad inhumana.

Atropellos desde la mayoría

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la opinión pública llegó a conocer en toda su dimensión los horrores del Tercer Reich, se planteó una cuestión crucial. Muchos habían defendido hasta entonces que la opinión de la mayoría social marcaba lo que era justo o injusto. Pero Hitler había actuado con el respaldo de la mayoría parlamentaria, y también tuvo un gran apoyo de la opinión pública de su país. Es verdad que durante la guerra nunca se propuso públicamente el exterminio masivo, pero sí había una amplia aprobación popular acerca del despojo y la expulsión de los judíos.

Había sido legal. Y en gran parte, también socialmente aceptado. Pero no por eso dejaba de ser un crimen patente y horrible. Nadie había imaginado que se podía llegar a semejante desprecio por el hombre y por sus derechos, a una infamia que reunió una cantidad de odio sin precedentes, que pisoteó al hombre y a todo lo humano con una fuerza hasta entonces desconocida.

Aquellos dirigentes nazis fueron condenados como autores de crímenes contra la humanidad, porque se consideró evidente que existe una ley moral universal a la que todos los hombres estamos sujetos, independientemente de lo que digan las leyes de ese Estado, o de lo que apruebe o desapruebe la opinión pública.

Hubo juristas coherentes con el relativismo moral que siempre habían postulado, y que argumentaron que no se podía condenar a esos generales nazis, ya que no habían transgredido las leyes entonces vigentes en su país. Pero aquella protesta fue tan solo una prueba más de la precariedad de esa forma de pensar. Porque si un acto tuviera que ser bueno simplemente por estar ordenado o permitido por una ley, entonces no se podría acusar de injusto a ningún régimen político que viole los derechos humanos.

Ningún porcentaje de apoyo social puede hacer bueno lo que de por sí es perverso. Los votos que llevaron o mantuvieron a Hitler al poder no hicieron aceptable su racismo ni sus criminales designios. Hay cosas que están mal aunque las permita o fomente el poder legítimamente establecido.

Cuando el relativismo moral se impone, la dignidad humana corre un grave peligro. Los derechos básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo. El régimen nazi es una prueba de que esas ideas no son un mero entretenimiento de intelectuales, sino que tienen consecuencias importantes.

Auschwitz reveló, entre otras cosas, la profunda depravación en la que podía sumergirse el hombre al olvidar a Dios. Muchos años antes, ciertos sectores de la cultura europea habían intentado borrar a Dios del horizonte humano, y una de sus consecuencias había sido la aparición del paganismo nazi y el dogmatismo marxista, dos ideologías totalitarias que Hitler y Stalin pretendieron convertir en religiones sustitutivas. Así fue como el desprecio a Dios llevó al desprecio a la humanidad y a la vida de las personas. El resultado fue un abismo de inmoralidad que la historia jamás podrá olvidar.

La ley del más fuerte

Si treinta sádicos –sugiere Peter Kreeft– acordasen torturar a una persona, ¿podría el número hacer que la acción fuese correcta? ¿Y si fuera la sociedad entera quien lo aprobara?

Si la tortura es mala, no es porque la sociedad lo diga, sino porque lo es en sí misma.

Un linchamiento suele estar “consensuado” por la masa popular, que aplica justicia –y rápidamente– conforme a un veredicto dictado también por abrumadora mayoría. Sin embargo, aunque cumpla los postulados de la moral relativista, no resulta aceptable.

Si en 1939 se hubiera hecho en Alemania una encuesta sobre si es lícito exterminar a los adultos mal constituidos, es probable que hubiera contado con una aprobación general. Sin embargo, la opinión mayoritaria no convertiría en morales esos actos.

En bastantes países islámicos se niega la posibilidad de cambiar de la fe musulmana a otra religión. Es una prohibición legal, y aceptada por la opinión pública, pero atenta contra la libertad religiosa, que es un derecho humano previo a todo eso.

El hecho de que algo esté aceptado por una mayoría social no es garantía moral segura. Es solo un indicador del nivel de reconocimiento de la verdad que hay en esa sociedad. La historia de los progresos humanos –y no solo en los progresos éticos, sino también en los científicos– muestra que la comprensión de la verdad suele ser, en los comienzos, minoritaria. Piénsese, por ejemplo, en los primeros movimientos en contra de la esclavitud o la discriminación racial, que nacieron con una reducida aceptación social.

—Sin embargo, el Estado puede y debe elaborar leyes y reglas, y luego cambiarlas cuando sea preciso. Y hoy se dice a los automovilistas que circulen por la derecha, pero mañana se les puede decir que circulen por la izquierda. Y no parece que haya nada malo en eso.

Efectivamente, hay leyes y normas que no tienen una calificación moral directa, y el Estado puede decidir sobre ellas en uno u otro sentido. Sin embargo, hay otras cosas que son buenas o malas en sí mismas, independientemente de que el Estado las imponga o no, o que le gusten más o menos a los ciudadanos. Los hombres no pueden inventar las reglas de la moral: solo pueden procurar descubrirlas (algo parecido a lo que sucede, por ejemplo, con las reglas de la salud corporal).

El buen legislador es el que legisla buscando verdades que conducen a la justicia, no el que pretende decidir arbitrariamente lo que es justo o injusto (igual que el buen médico es el que descubre verdades relacionadas con la salud, no el que decide arbitrariamente qué es estar sano o enfermo).

Al recordar el genocidio nazi hemos visto cómo una mayoría que no reconoce más límites que ella misma, incurre fácilmente en la tentación de arrollar los derechos básicos de las minorías. Y esas minorías pueden ser minorías étnicas (racismo), no nacidos (aborto), ancianos enfermos o deficientes mentales (eutanasia), o cualquier colectivo que no pueda defenderse de la mayoría que ostenta el poder. Una actitud de ese tipo lleva al dominio tiránico del grupo más fuerte en cada momento. Como en la selva, se impone la ley del más fuerte (que en este caso es la inapelable mayoría).

No se puede forzar a la verdad a estar en relación directa con el número de personas a las que persuade. La ética natural, y con ella la dignidad de la persona, debe respetarse como algo que está por encima de la decisión de cualquier colectivo humano. No es el Estado quien otorga a los hombres sus derechos fundamentales: esos derechos no son otorgados, sino reconocidos y protegidos por el Estado, puesto que son derechos inherentes a la dignidad humana. El Estado no concede el derecho a la vida ni a la propia dignidad: ha de limitarse a reconocer y defender esos derechos.

El encuentro más liberador

El encuentro con la verdad exige conformar la propia vida con esa verdad, y en ese sentido puede decirse que la verdad se nos impone. Pero el encuentro con la verdad es lo más liberador que puede haber en la vida de una persona.

Por el contrario, quien pretende “liberarse de la verdad”, no se libera, sino que cae en el autoengaño. Y un engaño, aunque lo cause uno mismo, no puede liberar de nada. Liberarse de la verdad atenta además contra los mismos fundamentos de la democracia, pues la verdadera democracia se apoya en el respeto a una gran verdad: la dignidad humana, que debe considerarse como algo innegociable.

Es necesario establecer normas por consenso si se quiere que haya democracia. Y ese consenso puede ser la vía más adecuada para acercarse a la verdad. Pero –como ha explicado Andrés Ollero– ha de asumirse con realismo que, pese a nuestros buenos deseos, podemos equivocarnos al intentar captarla. Y solo si ese consenso coincide con la verdad puede convertirse en instancia ética. No es el consenso quien nos dice lo que es éticamente adecuado, sino la ética la que nos exhorta a consensuar sus exigencias.

Tres lugares comunes de las leyendas negras

Tres lugares comunes de las leyendas negras

Por Antonio Caponnetto

Introducción

La conmemoración del Quinto Centenario ha vuelto a reavivar, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada. Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para desechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente, aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida, y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas.

El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.

Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades. Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta.
La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una “justicia” claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre             “Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital”. Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu.
La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento. Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria— la que funda la posesión territorial en las más altos razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular. Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas “en las heredades de los indios”. Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna “internacional reaccionaria”, sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras.
Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias. Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en “Carlos V y sus banqueros”, eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que Ios pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas. Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados Borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.

La sed de Oro

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con Ios metales preciosos americanos. Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones. Unicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente -y reprueba- semejantes tropelías. Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre “portador de valores eternos”, como decía José Antonio, u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo aeconomicus.

Pero aclaremos un poco mejor las cosas.

Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones finaneieras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales. Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España. Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la “cría del dinero”, las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo. No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera “acusación” ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuicios antiprotestantes y antirabínicos. La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos. De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero seria después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible. Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre “Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo”. Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y estructuras que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña. Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por que España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato. Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española. Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu. El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.

El genocidio indígena

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas.
Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indios dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas malthussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curioso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla. Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su artículo “Hambre divina de los aztecas”. Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable. Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de “una belleza bárbara” nos consolará Vaillant. “No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales”, nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama “amenaza de desequilibrio demográfico”. La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicida como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luís Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas. La verdad es que “los indios de América”, dice Pierre Chaunu, “no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral”, la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia. La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida.
Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los indios de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a Méjico.
Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mudos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante.
Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.
Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacia otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.

La Hispanidad de Isabel y de Fernando, la del yugo y las flechas prefiguradas desde entonces para ser emblema de Cruzada, no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.

6. Leyenda negra/5

6. Leyenda negra/5

Por lo tanto, las denuncias de Bartolomé de Las Casas fueron tomadas radicalmente en serio por la Corona española, lo cual la impulsó a promulgar severas leyes en defensa de los indios y, más tarde, a abolir la encomienda, es decir, la concesión temporal de tierras a los particulares, con lo que causó graves daños a los colonos.
Jean Dumont dice al respecto: «El fenómeno de Las Casas es ejemplar puesto que supone la confirmación del carácter fundamental y sistemático de la política española de protección de los indios. Desde 1516, cuando Jiménez de Cisneros fue nombrado regente, el gobierno ibérico no se muestra en absoluto ofendido por las denuncias, a veces injustas y casi siempre desatinadas, del dominico. El padre Bartolomé no sólo no fue objeto de censura alguna, sino que los monarcas y sus ministros lo recibían con extraordinaria paciencia, lo escuchaban, mandaban que se formaran juntas para estudiar sus críticas y sus propuestas, y también para lanzar, por indicación y recomendación suya, la importante formulación de las “Leyes Nuevas”. Es más: la Corona obliga al silencio a los adversarios de Las Casas y de sus ideas.»
Para otorgarle mayor autoridad a su protegido, que difama a sus súbditos y funcionarios, el emperador Carlos V manda que lo ordenen obispo. Por efecto de las denuncias del dominico y de otros religiosos, en la Universidad de Salamanca se crea una escuela de juristas que elaborará el derecho internacional moderno, sobre la base fundamental de la «igualdad natural de todos los pueblos» y de la ayuda recíproca entre la gente.
Se trataba de una ayuda que los indios necesitaban de especial manera; tal como hemos recordado (y a menudo se olvida) los pueblos de América Central habían caído bajo el terrible dominio de los invasores aztecas, uno de los pueblos más feroces de la historia, con una religión oscura basada en los sacrificios humanos masivos. Durante las ceremonias que todavía se celebraban cuando llegaron los conquistadores para derrotarlos, en las grandes pirámides que servían de altar se llegaron a sacrificar a los dioses aztecas hasta 80.000 jóvenes de una sola vez. Las guerras se producían por la necesidad de conseguir nuevas víctimas.
Se acusa a los españoles de haber provocado una ruina demográfica que, como vimos, se debió en gran parte al choque viral. En realidad, de no haberse producido su llegada, la población habría quedado reducida al mínimo como consecuencia de la hecatombe provocada por los dominadores entre los jóvenes de los pueblos sojuzgados. La intransigencia y a veces el furor de los primeros católicos desembarcados encuentran una fácil explicación ante esta oscura idolatría en cuyos templos se derramaba sangre humana.
En los últimos años, la actriz norteamericana Jane Fonda que, desde la época de Vietnam intenta presentarse como «políticamente comprometida» defendiendo causas equivocadas, quiso sumarse al con­formismo denigratorio que hizo presa de no pocos católicos. Si estos últimos lamentan (cosa increíble para quien conoce un poco lo que eran los cultos aztecas) lo que llaman «destrucción de las grandes religiones precolombinas», la Fonda fue un poco más allá al afirmar que aquellos opresores «tenían una religión y un sistema social mejores que el impuesto por los cristianos mediante la violencia».
Un estudioso, también norteamericano, le contestó en uno de los principales diarios, y le recordó a la actriz (tal vez también a los católicos que lloran por el «crimen cultural» de la destrucción del sistema religioso azteca) cómo era el ritual de las continuas matanzas de las pirámides mexicanas.
He aquí lo que le explicó: «Cuatro sacerdotes aferraban a la víctima y la arrojaban sobre la piedra de sacrificios. El Gran Sacerdote le clavaba entonces el cuchillo debajo del pezón izquierdo, le abría la caja torácica y después hurgaba con las manos hasta que conseguía arrancarle el corazón aún palpitante para depositarlo en una copa y ofrecérselo a los dioses. Después, los cuerpos eran lanzados por las escaleras de la pirámide. Al pie, los esperaban otros sacerdotes para practicar en cada cuerpo una incisión desde la nuca a los talones y arrancarles la piel en una sola pieza. El cuerpo despellejado era cargado por un guerrero que se lo llevaba a su casa y lo partía en trozos, que después ofrecía a sus amigos, o bien éstos eran invitados a la casa para celebrarlo con la carne de la víctima. Una vez curtidas, las pieles servían de vestimentas a la casta de los sacerdotes.»
Mientras que los jóvenes de ambos sexos eran sacrificados así por decenas de miles cada año, pues el principio establecía que la ofrenda de corazones humanos a los dioses debía ser ininterrumpida, los niños eran lanzados al abismo de Pantilán, las mujeres no vírgenes eran decapitadas, los hombres adultos, desollados vivos y rematados con flechas. Y así po­dríamos continuar con la lista de delicadezas que dan ganas de desearle a Jane Fonda (y a ciertos frailes y clericales varios que hoy en día se muestran tan virulentos contra los «fanáticos» españoles) que pasara por ellas y que después nos dijera si es verdad que «el cristianismo fue peor».
Algo menos sanguinarios eran los incas, los otros invasores que habían esclavizado a los indios del sur, a lo largo de la cordillera de los Andes. Como recuerda un historiador: «Los incas practicaban sacrificios humanos para alejar un peligro, una carestía, una epidemia. Las víctimas, a veces niños, hombres o vírgenes, eran estranguladas o degolladas, en oca­siones se les arrancaba el corazón a la manera azteca.»
Entre otras cosas, el régimen impuesto por los dominadores incas a los indios fue un claro precursor del «socialismo real» al estilo marxista. Obviamente, como todos los sistemas de este tipo, funcionaba tan mal que los oprimidos colaboraron con los pocos españoles que llegaron providencialmente para acabar con él. Igual que en la Europa oriental del siglo XX, en los Andes del siglo XVI estaba prohibida la propiedad privada, no existían el dinero ni el comercio, la iniciativa individual estaba prohibida, la vida privada se veía sometida a una dura reglamentación por parte del Estado. Y, a manera de toque ideológico «moderno», adelantándose no sólo al marxismo sino también al nazismo, el matrimonio era permitido sólo si se seguían las leyes eugenésicas del Estado para evitar «contaminaciones raciales» y asegurar una «cría humana» racional.
A este terrible escenario social, es preciso añadir que en la América precolombina nadie conocía el uso de la rueda (a no ser que fuera para usos religiosos), ni del hierro, ni se sabía utilizar el caballo que, al parecer, ya existía a la llegada de los españoles y vivía en algunas zonas en estado bravío, pero los indios no sabían cómo domarlo ni habían inventado los arreos. La falta de caballos significaba también la ausencia de mulas y asnos, de modo que si a ello se añade la falta de la rueda, en aquellas zonas montañosas todo el transporte, incluso el necesario para la construcción de los enormes palacios y templos de los dominadores, lo realizaban las hordas de esclavos.

Sobre estas bases los juristas españoles, dentro del marco de la «igualdad natural de todos los pueblos», reconocieron a los europeos el derecho y el deber de ayudar a las personas que lo necesitasen. Y no puede decirse que los indígenas precolombinos no estuviesen necesitados de ayuda. No hay que olvidar que por primera vez en la historia, los europeos se enfrentaban a culturas muy distintas y lejanas. A diferencia de cuanto harían los anglosajones, que se limitarían a exterminar a aquellos «extraños» que encontraron en el Nuevo Mundo, los ibéricos aceptaron el desafío cultural y religioso con una seriedad que constituye una de sus glorias.

I. ESPAÑA, LA INQUISICIÓN Y LA LEYENDA NEGRA

I. ESPAÑA, LA INQUISICIÓN Y LA LEYENDA NEGRA

2. Leyenda negra/1

Bailando con lobos, la película norteamericana que se pone del lado de los indios, ganó siete Oscars.
Hacia mediados de los años sesenta el western se dispuso a experimentar un cambio; las primeras dudas acerca de la bondad de la causa de los pioneros anglosajones provocaron una crisis del esquema «blanco bueno-piel roja malo». Desde entonces, esa crisis fue en aumento hasta conseguir la inversión del esquema: ahora, las nuevas categorías insisten en ver siempre en el indio al héroe puro y en el pionero al brutal invasor.
Como es lógico, existe el peligro de que la nueva situación se convierta en una especie de nuevo conformismo del hombre occidental PC, politically correct, como se denomina a quien respeta los cánones y tabúes de la mentalidad corriente.
Mientras que antes se producía la excomunión social de todo aquel que no viera un mártir de la civilización y un campeón del patriotismo «blanco» en el coronel George A. Custer, ahora merecería la misma excomunión todo aquel que hablara mal de Toro Sentado y de los sioux, que aquella mañana del 25 de junio de 1876, en Little Big Horn, acabaron con la vida de Custer y con todo el Séptimo de Caballería.
A pesar del riesgo de que aparezcan nuevos eslóganes conformistas, es imposible no acoger con satisfacción el hecho de que se descubran los pasteles de la «otra» América, la protestante, que dio (y da) tantas desdeñosas lecciones de moral a la América católica. Desde el siglo XVI las potencias nórdicas reformadas —Gran Bretaña y Holanda in primis— iniciaron en sus dominios de ultramar una guerra psicológica al inventarse la «leyenda negra» de la barbarie y la opresión practicadas por España, con la que estaban enzarzadas en la lucha por el predominio marítimo.
Leyenda negra que, como ocurre puntualmente con todo lo que no está de moda en el mundo laico, es descubierta ahora con avidez por curas, frailes y católicos adultos en general, quienes, al protestar con tonos virulentos en contra de las celebraciones por el Quinto Centenario del descubrimiento ignoran que, con algunos siglos de retraso, se erigen en seguidores de una afortunada campaña de los servicios de propaganda británicos y holandeses.
Pierre Chaunu, historiador de hoy, fuera de toda duda por ser calvinista, escribió: «La leyenda antihispánica en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo
XIX. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen
Entendámonos, antes de ocuparnos de semejantes temas sería preciso que nos librásemos de ciertos moralismos actuales que son irreales y que se niegan a reconocer que la historia es una señora inquietante, a menudo terrible. Desde una perspectiva realista que debería volver a imponerse, habría que condenar sin duda los errores y las atrocidades (vengan de donde vengan) pero sin maldecir como si se hubiera tratado de una cosa monstruosa el hecho en sí de la llegada de los europeos a las Américas y de su asentamiento en aquellas tierras para organizar un nuevo hábitat.
En historia resulta impracticable la edificante exhortación de «que cada uno se quede en su tierra sin invadir la ajena». No es practicable no sólo porque de ese modo se negaría todo dinamismo a las vicisitudes humanas, sino porque toda civilización es fruto de una mezcla que nunca fue pacífica. Sin ánimo de incodar a la Historia Sagrada misma (la tierra que Dios prometió a los judíos no les pertenecía, sino que se la arrancaron a la fuerza a sus anteriores habitantes), las almas bondadosas que reniegan de los malvados usurpadores de las Américas olvidan, entre otras cosas, que a su llegada, aquellos europeos se encontraron a su vez con otros usurpadores. El imperio de los aztecas y el de los incas se había creado con violencia y se mantenía gracias a la sanguinaria opresión de los pueblos invasores que habían sometido a los nativos a la esclavitud.
A menudo se finge ignorar que las increíbles victorias de un puñado de españoles contra miles de guerreros no estuvieron determinadas ni por los arcabuces ni por los escasísimos cañones (que con frecuencia resultaban inútiles en aquellos climas porque la humedad neutralizaba la pólvora) ni por los caballos (que en la selva no podían ser lanzados a la carga).
Aquellos triunfos se debieron sobre todo al apoyo de los indígenas oprimidos por los incas y los aztecas. Por lo tanto, más que como usurpadores, los ibéricos fueron saludados en muchos lugares como liberadores. Y esperemos ahora a que los historiadores iluminados nos expliquen cómo es posible que en más de tres siglos de dominio hispánico no se produjesen revueltas contra los nuevos dominadores, a pesar de su número reducido y a pesar de que por este hecho estaban expuestos al peligro de ser eliminados de la faz del nuevo continente al mínimo movimiento. La imagen de la invasión de América del Sur desaparece de inmediato en contacto con las cifras: en los cincuenta años que van de 1509 a 1559, es decir, en el período de la conquista desde Florida al estrecho de Magallanes, los españoles que llegaron a las Indias Occidentales fueron poco más de quinientos (¡sí, sí, quinientos!) por año. En total, 27.787 personas en ese medio siglo.
Volviendo a la mezcla de pueblos con los que es preciso hacer las cuentas de un modo realista, no debemos olvidar, por ejemplo, que los colonizadores de América del Norte provenían de una isla que a nosotros nos resulta natural definir como anglosajona. En realidad, era de los britanos, sometidos primero por los romanos y luego por los bárbaros germanos —precisamente los anglos y los sajones— que exterminaron a buena parte de los indígenas y a la otra la hicieron huir hacia las costas de Galia donde, después de expulsar a su vez a los habitantes originarios, crearon la que se denominó Bretaña. Por lo demás, ninguna de las grandes civilizaciones (ni la egipcia, ni la romana, ni la griega, sin olvidar nunca la judía) se creó sin las correspondientes invasiones y las consiguientes expulsiones de los primeros habitantes.
Por lo tanto, al juzgar la conquista europea de las Américas será preciso que nos cuidemos de la utopía moralista a la que le gustaría una historia llena de reverencias, de buenas maneras, y de «faltaba más, usted primero».
Aclarado este punto, es preciso que digamos también que hay conquistas y conquistas (y en películas como la muy premiada Bailando con lobos se empieza a entender) y que la católica fue ampliamente preferible a la protestante.
Como escribió Jean Dumont, otro historiador contemporáneo: «Si, por desgracia, España (y Portugal) se hubiera pasado a la Reforma, se hubiera vuelto puritana y hubiera aplicado los mismos principios que América del Norte (“lo dice la Biblia, el indio es un ser inferior, un hijo de Satanás”), un inmenso genocidio habría eliminado de América del Sur a todos los pueblos indígenas. Hoy en día, al visitar las pocas “reservas” de México a Tierra del Fuego, los turistas harían fotos a los supervivientes, testigos de la matanza racial, llevada a cabo además sobre la base de motivaciones “bíblicas”.»

Efectivamente, las cifras cantan: mientras que los pieles rojas que sobreviven en América del Norte son unos cuantos miles, en la América ex española y ex portuguesa, la mayoría de la población o bien es de origen indio o es fruto de la mezcla de precolombinos con europeos y (sobre todo en Brasil) con africanos.