Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

29Mar/100

Valor histórico de los evangelios

Basta a menudo

cambiar de modo de vivir

para creer en la verdad

que se negaba.

Hugo de Lamennais
¿Merecen credibilidad los Evangelios que conocemos?

—No voy a ser yo quien niegue ahora la existencia de Jesucristo. ¿Pero cómo sabemos que los Evangelios merecen credibilidad sobre lo que hizo y lo que dijo?

Un libro histórico –como son los Evangelios– merece credibilidad cuando reúne tres condiciones básicas: ser auténtico, verídico e íntegro. Es decir, cuando el libro fue escrito en la época y por el autor que se le atribuye (autenticidad), el autor del libro conoció los sucesos que refiere y no quiere engañar a sus lectores (veracidad) y, por último, ha llegado hasta nosotros sin alteración sustancial (integridad).

Los Evangelios parecen auténticos, en primer lugar, porque solo un autor contemporáneo de Jesucristo o discípulo inmediato suyo pudo escribirlos. Si se tiene en cuenta que en el año 70 Jerusalén fue destruida y la nación judía desterrada en masa, difícilmente un escritor posterior, con los medios que entonces tenían, habría podido describir bien los lugares; o simular los hebraísmos que figuran en el griego vulgar en que está redactado casi todo el Nuevo Testamento; o inventarse las descripciones que aparecen, tan ricas en detalles históricos, topográficos y culturales, que han sido confirmadas por los sucesivos hallazgos arqueológicos y los estudios sobre otros autores de aquel tiempo. Los hechos más notorios de la vida de Jesús son perfectamente comprobables mediante fuentes independientes de conocimiento histórico.

Respecto a la integridad de los Evangelios, nos encontramos ante una situación privilegiada, pues desde los primeros tiempos los cristianos hicieron numerosas copias en griego y en latín, para el culto litúrgico y la lectura y meditación de las escrituras. Gracias a ello, los testimonios documentales del Nuevo Testamento son abundantísimos. En la actualidad se conocen más de 6.000 manuscritos griegos. Hay además unos 40.000 manuscritos de traducciones antiquísimas a diversas lenguas (latín, copto, armenio, etc.), que dan fe del texto griego que tuvieron a la vista los traductores. Nos han llegado 1.500 leccionarios de Misas que contienen la mayor parte del texto de los Evangelios distribuido en lecturas a lo largo de todo el año. Y a todo ello hay que añadir las frecuentísimas citas del Evangelio en obras de escritores antiguos, que son como fragmentos de otros manuscritos anteriores perdidos para nosotros.

Toda esta variedad y extensión de testimonios de los Evangelios constituye una prueba históricamente incontrovertible. Si lo comparáramos, por ejemplo, con lo que conocemos de las grandes obras clásicas, veríamos que los manuscritos más antiguos que se conservan de esas obras son mucho más distantes de la época de su autor. Por ejemplo: Virgilio (siglo V, unos 500 años después de su redacción original), Horacio (siglo VIII, más de 900 después), Platón (siglo IX, unos 1400), Julio César (siglo X, casi 1100), y Homero (siglo XI, del orden de 1900 años después). Sin embargo, hay papiros de los Evangelios datados en fechas muy cercanas a su redacción original (gracias a los avances de los estudios filológicos, se pueden datar con gran precisión): el Códice Alejandrino, unos 300 años después; el Códice Vaticano y el Sinaítico, unos 200; el papiro Chester Beatty, entre 125 y 150; el Bodmer, aproximadamente 100; y el papiro Rylands, finalmente, dista tan solo 25 o 30 años.

—Pero, aunque los manuscritos sean muchos y muy antiguos, siempre los copistas pudieron hacer interpolaciones o deformar algunos pasajes. Supongo que no se puede asegurar que haya una certeza total sobre el texto que conocemos.

Ten en cuenta que, habiendo tantísimas copias y de procedencia tan diversa (son decenas de miles, en varios idiomas, y encontradas en lugares y fechas muy distantes), es facilísimo desenmascarar al copista que hace alguna alteración del texto, porque difiere de las demás copias que nos han llegado. Han aparecido, de hecho, un reducido número de falsificaciones o copias apócrifas, pero siempre se han detectado con facilidad gracias a la prodigiosa coincidencia del resto de las versiones.

Así se ha venido comprobando a lo largo del propio proceso histórico de descubrimiento de los diversos manuscritos. Por ejemplo, en el siglo XVI se hicieron numerosas ediciones impresas basadas en profundos estudios críticos sobre copias manuscritas, algunas de las cuales se remontaban hasta el siglo VIII, que era lo más antiguo que se conocía entonces. Posteriormente se encontraron códices de los siglos IV y V, y concordaban sustancialmente con aquellos textos impresos. Más adelante, se han ido encontrando cerca de cien nuevos papiros escritos entre los siglos II y IV, la mayoría procedentes de Egipto, que han resultado coincidir también de forma sorprendente con las copias que se tenían.

Teniendo en cuenta la diversísima procedencia de cada uno de esos documentos –repito que son decenas de millares, procedentes de lugares muy distintos–, cabe deducir que la prodigiosa coincidencia de todas las versiones que nos han llegado es un testimonio aplastante de la veneración y fidelidad con que se han conservado los Evangelios a lo largo de los siglos, así como de su autenticidad e integridad indiscutibles. El Nuevo Testamento es, sin comparación con cualquier otra obra literaria de la antigüedad, el libro mejor y más abundantemente documentado.

¿Es verdad lo que cuentan los Evangelios?

Respecto a la veracidad de los Evangelios, podrían señalarse multitud de razones. Pascal, refiriéndose al testimonio que dieron con su vida los primeros cristianos, señala un argumento muy sencillo y convincente: creo con más facilidad las historias cuyos testigos se dejan martirizar en comprobación de su testimonio.

Haber llegado a la muerte por ser fieles a las enseñanzas de los Evangelios otorga a esas personas una fuerte garantía de veracidad. Por lo menos, se conocen pocos mentirosos que hayan muerto por defender sus mentiras.

Además, es bastante llamativo, por ejemplo, que los evangelistas no callen sus propios defectos ni las reprensiones recibidas de su maestro, así como que relaten hechos embarazosos para los cristianos, que un falsificador podría haber ocultado. ¿Por qué no se han corregido, o al menos pulido un poco, los pasajes más delicados? ¿Qué razones hay, por ejemplo, para que se narre la traición y dramática muerte de Judas, uno de los doce apóstoles, elegido personalmente por Jesucristo? Ha habido muchas oportunidades –señala Vittorio Messori– para omitir ese episodio, que desde el inicio fue motivo de escarnio contra los cristianos (“¿Qué clase de profeta es este –ironizaba Celso–, que no sabe siquiera elegir a sus seguidores?”). Sin embargo, el pasaje ha llegado inalterado hasta nosotros. La única explicación razonable es que este hecho, por desgraciado que fuera, ocurrió realmente. Los evangelistas estaban obligados a respetar la verdad porque, de lo contrario –y dejando margen a otros motivos–, las falsificaciones habrían sido denunciadas por sus contemporáneos. Los cristianos fueron en aquellos tiempos objeto de burlas, se les consideró locos, pero no se puso en discusión que lo que predicaran no correspondiera a la verdad de lo que sucedió.

Además, puestos a inventar, difícilmente los evangelistas hubieran ideado episodios como la huida de los apóstoles ante la Pasión, la triple negación de Pedro, las palabras de Cristo en el Huerto de los Olivos o su exclamación en la cruz ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"), sucesos que nadie habría osado escribir si no hubieran sido escrupulosamente reales, pues resultaban muy contrarios a la idea de un Mesías, victorioso y potente, tan arraigada en la mentalidad hebrea de la época. Ante contrastes de este tipo, el propio Rousseau, nada sospechoso de simpatía hacia la fe católica, solía afirmar, hablando de los Evangelios: "¿Invenciones...? Amigo, así no se inventa".

En estos dos últimos siglos se ha pretendido innumerables veces negar la veracidad de los Evangelios. Sin embargo, los avances científicos han ido evidenciando que la mayoría de esos argumentos estaban dictados por el prejuicio ideológico. Y toda esa crítica, que en algunos momentos pareció poner en crisis la fe tratando de eliminar su base histórica, ha logrado más bien, como de rebote, fortalecerla. Un gran número de sucesivos descubrimientos ha ido barriendo poco a poco toda la nube de hipótesis que se habían formado en su contra. "Hoy –asegura Lucien Certaux–, después de dos siglos de ensañamiento crítico, estamos descubriendo con sorpresa que, posiblemente, el modo más científico de leer los Evangelios es leerlos con sencillez."

¿Hubo realmente milagros?

—¿No es un poco infantil creer en los milagros? Mucha gente sostiene que todos tienen una explicación natural...

Efectivamente –te respondo glosando ideas de André Frossard–, muchos han buscado dar una explicación natural a los milagros del Evangelio.

Los progresos de la medicina –aseguran esas personas– sugieren hoy día posibles explicaciones naturales a los milagros de curaciones de paralíticos, sordomudos, endemoniados, etc. Por ejemplo, todas las enfermedades pasan por fases de remisión, sobre todo contando con la sugestión que podía darse en estos casos, y con que no se sabe si luego recayeron en su mal. También explican fácilmente la resurrección de muertos. Dicen que en aquella época los certificados de defunción se extendían por simples apariencias, y no es de extrañar que algunos luego se reanimaran (según estos hombres, el número de personas enterradas vivas en la antigüedad debió ser enorme). Otros milagros, como caminar sobre las aguas, o la multiplicación de los panes, los explican como efecto de espejismos, ilusiones ópticas o cosas semejantes. Y los fenómenos sobrenaturales, como modos ingenuos de explicar a los espíritus sencillos las realidades habituales difíciles de entender. Para todos los milagros, incluso para los más espectaculares, encuentran una sencilla explicación. El del paso del Mar Rojo, por ejemplo, aseguran que pudo perfectamente producirse por efecto de un movimiento sísmico o atmosférico que habría separado el mar en dos y, al cesar bruscamente el golpe de viento con el paso del último hebreo, las líquidas murallas del mar se volvieron a juntar engullendo a los soldados del faraón. Desde luego, hay explicaciones naturales de los milagros más milagrosas aún que los propios milagros.

Parece como si esas personas, que se afanan tanto por enseñarnos a leer “de una forma madura” el Evangelio, tuvieran miedo de ser tildadas de espíritus simplistas, y por eso hacen gala de un ingenio muy notable para racionalizar la fe y eliminar de ella todo fenómeno sobrenatural, sugiriendo a cambio asombrosas interpretaciones figuradas, simbólicas o alegóricas. Al final, acaban queriendo que creamos que lo único verdadero de todos los Evangelios son las notas a pie de página que ellos ponen.

Sin embargo, se les podría objetar que, desde los orígenes, todos los grandes espíritus nacidos de la fe cristiana han dado crédito a los relatos –evidentemente milagrosos– de la Anunciación, de la Ascensión o de Pentecostés, sin prestarse jamás a ese tipo de interpretaciones. Por otra parte, no se tiene noticia de que ninguno de esos expertos en enseñarnos a interpretar la Sagrada Escritura haya tenido jamás siquiera alguna de las alucinaciones o espejismos a las que tanto recurren para explicar los milagros que han sucedido a los demás. Tendrían que explicarnos cómo pudieron ser tan corrientes en aquella época, y además de modo colectivo y ante personas enormemente escépticas ante ellos. Quizá sea porque como ellos nunca han visto a un ángel, ni se han encontrado con un cuerpo glorioso –yo tampoco–, no admiten que nadie haya podido tener tan buena suerte. Acaban por parecerse a esas personas que se resisten a creer que Armstrong haya pisado la Luna por el simple hecho de no haber podido estar allí con él.

—Pero quizá cuando avance más la ciencia se encuentre explicación a esos milagros...

La creencia o increencia en los milagros –escribió Lewis– está al margen de la ciencia experimental. No importa lo que esta progrese: los milagros son reales o imposibles con independencia de ella. El incrédulo pensará siempre que se trata de espejismos o hechos naturales de causas desconocidas. Pero no por imperativos de la ciencia, sino porque de antemano ha descartado la posibilidad de lo sobrenatural.

—¿Y te parece muy importante para la fe admitir los milagros?

El Evangelio sin milagros queda reducido a una colección de amables moralejas filantrópicas. La predicación de los apóstoles y el testimonio de los mártires perdería casi todo su sentido. Por otra parte, si los milagros son imposibles, no se puede creer que Dios se hizo hombre, ni su resurrección, que son milagros centrales de la fe cristiana. «Desechados los milagros –asegura Lewis–, solo queda, aparte de la postura atea, el panteísmo o el deísmo. En cualquier caso, un Dios impersonal que no interviene en la Naturaleza, ni en la historia, ni interpela, ni manda, ni prohíbe. Este es el motivo capital por el que una divinidad imprecisa y pasiva resulta para algunos tan tentadora.»

28Mar/103

“LA RESURRECCION DE NUESTRO SEÑOR”

"LA RESURRECCION DE NUESTRO SEÑOR" 

"Y al tercer día resucitó de entre los muertos": no quiere decir que Cristo Nuestro Señor haya estado tres días en el sepulcro, sino que muerto el Viernes revivió y salió del sepulcro el Domingo temprano; estuvo en el sepulcro más de 30 y menos de 40 horas.

La Resurrección de Nuestro Señor es un suceso histórico, el suceso sostenido por mayor peso de testimonio histórico que ningún otro en el mundo.

Los cuatro Evangelistas narran los hechos del Domingo de Pascua en forma enteramente impersonal, lo mismo que el resto de la vida de Cristo; no hay exclamaciones, comentarios, afectos, asombros ni gritos de triunfo. Los Evangelios son cuatro crónicas enteramente excepcionales: el cronista anota una serie de hechos en forma enteramente enjuta y escueta. Aquí los hechos son las apariciones de Cristo redivivo; al cual vieron, oyeron y tocaron los que habían de dar testimonio.

Este testimonio se puede resumir brevemente en las siguientes cabezas:

Hay cuatro documentos diferentes, escritos en diferentes tiempos y sin connivencia mutua, cuyos autores no tenían el menor interés en fabricar una enorme e increíble impostura: al contrario, arriesgaban la vida contando lo que contaron.

Los Fariseos y Pilatos no hicieron nada; y tenían que haber hecho cosas, de ser una impostura; sería una impostura facilísima de reventar: bastaba exponer el cadáver, y juzgar y sentenciar a los impostores. Al contrario, hicieron trampas y violencias para hacerlos callar.

En la mañana de Pentecostés, los antes amilanados Apóstoles salieron audazmente a predicar a la multitud que Jesús era el Mesías y había resucitado. En la multitud había muchos testigos presenciales de los hechos de Cristo, incluso de su pasión y muerte. La multitud creyó a los Apóstoles.

En el espacio de una vida de hombre, en todo el vasto Imperio Romano existían gru­pos de hombres que creían en la Resurrección de Cristo, y se exponían por creerlo y confe­sarlo a los peores castigos.

Tres siglos más tarde todo el Imperio Romano, es decir, todo el mundo civilizado creía en la Resurrección de Cristo; y la religión cristiana era la Religión oficial de Roma; para llegar a eso, millares y aun millones de mártires; y entre ellos los 12 primeros Testigos, habían dado la vida en medio de tormentos atroces. "Creo a testigos que se dejan matar" -decía Pascal en el siglo XVII.

Había incrédulos en el Imperio Romano, por supuesto: siempre los habrá. Contra ellos hacía san Agustín su famoso argumento de "los Tres Increíbles".

"INCREIBLE es que un hombre haya re­sucitado de entre los muertos; INCREIBLE es que todo el mundo haya creído ese increíble; INCREIBLE es que 12 hombres rústicos y sencillos y plebeyos, sin armas, sin letras y sin fama, hayan convencido al mundo, y en él a los sabios y filósofos, de aquel primer INCREIBLE.

"EL primer INCREIBLE no lo queréis creer; el segundo increíble no tenéis más re-medio que verlo; de donde tenéis que admitir el 3er. INCREIBLE. Pero ese tercer increíble es un portento tan asombroso como la Resurrección de un muerto".

Así decía san Agustín; y esto es lo que el Concilio Vaticano llama "el milagro moral" de la Iglesia.

De san Agustín acá, ese hecho histórico asombroso que es el cristianismo siguió adelante; conquistó el mundo, modeló la Europa y después la América, creó la admirablemente adelantada raza blanca, y todas las ventajas y comodidades de lo que hoy llamamos "la civilización". Se puede decir que la mejor parte del mundo ha creído siempre en la Resurrección; y que esa creencia ha producido los, mayores sabios, los mayores artistas, los mayores gobernantes y los mayores moralistas, que son los Santos.

Supongamos ahora que, por un imposible, todos los hombres del mundo actual dejaran de creer en la Resurrección de Cristo y la dieran como una impostura -puesto que física-mente PUEDEN arrojar la fe los que quieren: la fe es un acto libre. Si aconteciese una total apostasía (y algo deso puede suceder) ¿borraría ese hecho nuevo el otro hecho secular de la universal fe cristiana y de la existencia im­perturbable y progresiva de la Iglesia durante 20 siglos? Es imposible: ni Dios mismo puede hacer que un hecho deje de haber sido hecho. "Quod factum est, nequit fíeri infactum", decían brevemente los filósofos antiguos. Simplemente los apóstatas tendrían qué tergiversar, como hicieron los judíos y Herodes después del Domingo de Pentecostés: tendrían que ocultar los hechos, imponer silencio por la fuerza, y dar muerte a los que hablaran; mas en el fondo de su alma tendrían conciencia de que no niegan o descreen por un acto del entendimiento sino por un acto de voluntad; no por la razón sino por un capricho.

"Sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas". Cristo Resurrecto apareció a su Santísima Madre, después a la Magdalena, luego a san Pedro, a Santiago el Mayor, a los dos desconsolados discípulos de Emaús, y finalmente en ese mismo Domingo de Pascua a todos los Apóstoles reunidos en el Cenáculo; y después otras muchas veces en la Galilea, patria de todos ellos. Apareció humilde, sereno y gracioso, llevando en manos, pies y costado las gloriosas heridas de su Pasión, vueltas hermosas como joyas. Habló, comió, alternó con ellos; fue visto y tocado, fue interrogado y adorado. Y después hizo la gran demostración de su Ascender a los Cielos. Y desapareció de la vista de los hombres.

Si estamos engañados, OH Dios, entonces Tú mismo nos has engañado.

Con razón decía san Pablo: "Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, nuestra esperanza es vana: somos los más infelices de todos los hombres". Pero Cristo resucitó; y entonces la contraria es verdadera: somos los más felices de todos los hombres; o si quieren, los menos infelices.

28Mar/100

LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO

LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO

I. IMPORTANCIA PARTICULAR DE ESTE MILAGRO.

Entre los muchos milagros obrados por Jesucristo, hay uno que á todos sobrepuja por su grandeza y excelencia: hablo del portento de su propia resurrección. El cual es tan notable, que basta, por sí solo, para constituir una prueba sumaria y perentoria de la divinidad de la misión y de la doctrina de Jesucristo.

Pero, además, tiene esta prueba la ventaja de que; aun las inteligencias menos cultivadas, pueden apreciar su valor, pues basta tener corazón sincero y que busque de buena fe la verdad, para que al punto se deje seducir por su encanto. Porque, en efecto, cosa clara es que si Jesucristo realmente ha vuelto á la vida, como Él había predicho, su misión es divina; pues es imposible que Dios, cuya santidad, sabiduría y bondad son infinitas, haya querido realizar la pre­dicción de un impostor y sellar su doctrina con el sello más incontestable de la verdad.

Jesucristo mismo, al predecir su resurrección, la presenta como la prueba más convincente de su misión divina. Lo mismo hicieron en sus predicaciones los Apóstoles; y cuando se trató de escoger un discípulo que reemplazara al traidor judas, exigieron como condición que fuese uno de los testigos que presenciaron la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. (Act., 1, 22.) San Pablo no duda en declarar que sería vana su predicación, lo mismo que la fe de los cristianos, si Cristo no hubiese resucitado. (I Corintios, 15.) En fin, los mismos enemigos de Jesucristo, los judíos, estaban tan convencidos de la fuerza de­mostrativa de semejante milagro, si llegara á reali­zarse, que apostaron un cuerpo de guardia, junto al sepulcro, para impedir de este modo cualquier trampantojo; y todo el mundo sabe que no ha habido tiempo alguno en que los adversarios de la Revelación no hayan puesto en juego cuantos medios esta- iban á su alcance para echar por tierra un hecho tan capital.

Mostremos, pues, que el suceso de la resurrección del divino Fundador del Cristianismo aparece, sólo real y muy cierto, sino que además, es, en sí mismo, importante y decisivo. Y, ante todo, proba­remos que le ha dado Dios tales garantías de verdad, que, para no admitirlo, sería necesario cerrar obstinadamente los ojos á la misma luz.

II. Exposición HISTÓRTICA. -Comenzaremos por resumir los principales detalles de este grande acontecimiento, tales como se encuentran en los Evangelios.

El viernes, víspera del sábado, hacia las tres de la tarde, fueron los soldados, como de costumbre, á romper las piernas de los ajusticiados. Después de haber cumplido este requisito con los dos ladrones, viendo que Jesús había ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al punto salió de la herida sangre y agua. (S. Juan, testigo ocular de la muerte de Jesús, cap. XIX.) A la caída de la tarde, José de Arimatea, noble decurión, pide á Pilatos el cuerpo de Jesús; Pilatos se informó, del centurión que había presidido al suplicio, si Jesús había realmente muerto. Fué, pues, bajado el cuerpo de la cruz; José y otro discípulo de Jesús llamado Nicodemus lo embalsa­maron y envolvieron en un lienzo blanco y varias fajas, y lo depositaron, junto con los aromas, en un sepulcro nuevo que José había labrado para sí mismo en la roca. Después de esto, y cerrada la abertura del sepulcro con una gran losa, se reti­raron.

La misma tarde en que los príncipes de los sacerdotes y los fariseos hicieron poner guardia al sepulcro, dijeron á Pilatos (1): -Ahora nos acordamos que ese impostor dijo, cuando aún vivía: Después de tres días resucitaré... Sus discípulos podrían, pues, robar el cuerpo y decir al pueblo que resucitó de entre los muertos; y así sería este último engaño peor que todos los anteriores.» Pilatos les concedió que se encargasen ellos mismos de custodiar el sepulcro, lo cual hicieron ellos sellando la piedra y poniendo guardas.

El domingo, al apuntar la primera luz del día, sobrevino un fuerte temblor de tierra; un ángel, en forma humana, de aspecto fulgurante, como un relámpago, y cubierto de vestiduras blancas como la nieve, revolvió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. El sepulcro estaba vacío; no quedaban en él sino los lienzos y, junto á éstos, el sudario cuidadosamente plegado. Los guardas, sobrecogidos de espanto, se escaparon y fueron á contar á los prínci­pes de los sacerdotes lo que había acontecido. Estos les dieron dinero para que confesaran que, habiéndose ellos dormido, vinieron los discípulos de Jesús y robaron el cuerpo.

El mismo día, y muchos de los siguientes hasta su ascensión, Jesús se dejó ver, por intervalos, de María Magdalena, de otras santas mujeres, de sus discípulos, ya separados, ya reunidos. En estas apariciones les hablaba del reino de Dios, y les daba pruebas sensibles de la verdad de su resurrección, comiendo con ellos, mostrándoles y haciéndoles tocar las llagas, que había querido conservar en los pies, en las manos y en el costado. Por última vez se apareció, en un monte de Galilea, á más de quinientos discípulos reunidos, y delante de ellos se elevó hasta el cielo. (S. Mat., XXVIII; S. Marca, XVI; S. Luc., XXIV; S. Juan, XX, XXI; Actos, I; I Cor., XV.)

Tal es, en resumen, la narración evangélica sobre que se apoya nuestra demostración. Si es exacta, dedúcese, con toda evidencia, que el hecho de que se trata no puede explicarse sino mediante la interven­ción divina. Esto es tan cierto, que ni los mismos in­crédulos han soñado jamás en dar al hecho una explicación natural, sino que si algo han pretendido es negarle toda realidad.

III. CERTIDUMBRE DE LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO. -Para probar la realidad de la resurrección de Jesucristo, nos bastará dejar establecido que verdaderamente estaba muerto cuando le pusieron en el sepulcro, y que, después, apareció lleno de vida. ­Como confirmación más plena de la fuerza de este argumento, demostraremos también que, en el pre­sente caso, se hizo imposible cualquier trapacería, y, en ¡in, que si Jesucristo no hubiese realmente triun­fado de la muerte, el mundo no se hubiese convertido.

PRIMERA PRUEBA. - A. Jesucristo estaba realmente muerto cuando lo bajaron de la cruz.

1. San Juan, testigo ocular, afirma que Jesús expiró en la cruz, y los tres Evangelistas nos dan el mismo testimonio.

2. Por otra parte, no puede dudarse de ello, si se tienen en cuenta las torturas atroces que sufrió antes de ser clavado en cruz; antes bien, si algo puede maravillarnos es que hubiese podido permanecer en ella vivo por tres horas enteras; la sola crucifixión, según el historiador Josefo, bastaba para hacerle morir.

3. Los soldados encargados de quebrarle las piernas, se abstuvieron de hacerlo porque vieron que estaba muerto.

4. La lanzada que recibió en aquellos momentos habría bastado para quitarle el último soplo de vida.

5. Pilatos no concedió el cuerpo de Jesús á José de Arimatea sino bajo la aserveración oficial del centurión de que Jesús había muerto realmente.

6. Los mismos judíos estaban de ello bien persuadidos: y es de creer que pondrían buen cuidado en asegurarse del hecho, antes de hacer, guardar el sepulcro; tanto más que, á ser preciso, tampoco hubieran dejado de rematar á su víctima. Así vemos, que ni el Sanedrín, ni los rabinos, ni los sofistas griegos ó romanos, pensaron jamás en negar que Jesús hubiese muerto. Nuestros mismos racionalistas modernos nunca han recurrido á la hipótesis pueril de una muerte ficticia del Salvador, y ni aun el mismo Renán logró sustraerse á la fuerza de este último argumento (2).

B. Jesucristo se mostró, en verdad, lleno de vida; después de su muerte.

1. Este hecho aparece comprobado por numerosos testigos oculares que, después de haber visto á su divino Maestro expirar en la cruz, le volvieron á ver, no soñando, ni mientras dormían, sino en pleno día y estando en posesión de sus facultades; escucharon sus palabras, recibieron sus órdenes, tocaron y palparon su carne y sus heridas, y comieron juntamente con Él.

2. Esto sucedió en el espacio de cuarenta días y en circunstancias las más diversas, porque ocurrieron junto al mismo sepulcro del Salvador, en el camino de Emaús, en el Cenáculo, en la ribera del lago, en el monte de las olivas, etc. Ni fueron siempre los mismos los que le vieron, sino que ahora son las piadosas mujeres, ahora San Pedro, ahora los discípulos de Emaús; después los apóstoles reunidos, excepto Santo Tomás que rehusaba creerles; más tarde los mismos con Santo Tomás, que sé rindió por fin á la evidencia; más adelante siete apóstoles en la ribera del lago; por último, en Galilea le vio un concurso de más de 500, entre apóstoles y discípulos, de los cuales vivían aún la mayor parte cuando apelaba San Pablo al testimonio de ellos. (1 Cor. XV, G.)

3. Más lo que da autoridad excepcional á todos estos testigos es que no dudaran en sufrir la muerte en testimonio de la resurrección de Jesucristo. Y sin embargo estos mismos eran los que poco antes se habían mostrado tan duros en creer; y de ellos uno había llegado hasta rehusar, á trueque de no rendirse, el testimonio unánime de los otros apóstoles, protestando que no creería si antes no lograba poner sus manos en las mismas llagas de Jesús.

Resulta, pues, de toda evidencia, por la naturaleza de estas apariciones, por el número y variedad de los testigos y por el conjunto de circunstancias, que el hecho de la resurrección de Jesucristo es tan cierto y demostrado corno el de su muerte.

Luego, este milagro es absolutamente incontestable.

SEGUNDA PRUEBA. -A los apóstoles érales imposible todo fraude con respecto á la resurrección del Salvador. En efecto: I. No podían tener intención de robar el cuerpo de Jesús. II. Aun queriéndolo, no lo hubieran podido hacer.

I. Los discípulos no pudieron robar el cuerpo de Jesucristo.-No hay hombre que se meta en aventu­ras, por extremo peligrosas, sin motivos verdaderamente graves; mayormente cuando el tal izo puede esperar de ello interés alguno; antes al contrario, es completamente ruinoso para sus intereses. Si son, va­rios los que han de intervenir, la cosa ya no es,sólo dificultosa, sino imposible. Y, sin embargo, esto ha­bríamos de admitir, á creer posible la hipótesis de que los apóstoles hubieran concebido el proyecto qué la impiedad les atribuye.

1°. Hubieran obrado sin motiv o . En efecto, ó los discípulos creían en la próxima resurrección de su Señor, ó no creían, ó estaban en duda.

En el primer caso la sustracción del cuerpo hubiera sido absolutamente inútil. En el segundo lo que hubieran hecho era abandonar la causa de un hombre en el que, como suponemos, ya no tenían ninguna fe. En el último, que fué el verdadero, como se deduce del relato evangélico, el simple buen sentido les sugería que estuvieran á la mira de los acontecimientos, para conformar luego con ellos su conducta.

A menos, pues, que fueran insensatos -y nada nos autoriza para hacer tal suposición -y que lo fueran todos á una, jamás pudo, ni siquiera pasarles por pensamiento, el robar el cuerpo de su Maestro.

2º. Por el contrario, tenían motivos muy poderosos para no meterse en semejante lance:

a. Alrededor de ellos no veían sino enemigos de Jesús, y tan encarnizados, que acababan de tratarle de la manera más cruel, no parando hasta quitarle la vida. De consiguiente, por parte de los judíos, no podían esperar otra cosa más que oprobios, suplicios y aun la muerte.

b. De parte de Dios, vengador del pecado, tenían que temer los castigos reservados á la mentira, á la blasfemia y á la impiedad.

c. Además, su impostura habría de averiguarse al fin, forzosamente, y esto del modo más bochornoso y miserable. ¿Cómo sin instrucción, sin crédito, sin fortuna hubieran podido, ni imaginar siquiera, que podrían llevar á cabo el proyecto más insensato que jamás cupo en cabeza humana, cual, era el de hacer adorar por Dios, á un impostor crucificado en Judea, y esto en todas las naciones del mundo?

d. En fin, si no hubo tal resurrección, Jesús no hubiera ya sido en adelante, á los ojos de sus discípulos, más que un embaucador, y el culpable autor de su vergüenza y de su miseria. ¿Y por un hombre tal habríanse ellos expuesto con tanta bravura á todos los castigos y penalidades de este mundo y del otro?

II. Ni aun queriéndolo lo hubieran podido hacer.­ Para convencernos de ello, basta considerar rápidamente la índole y dificultades de semejante empresa.

El sepulcro estaba cavado en la roca; su entrada obstruida con una pesada losa, la cual, á su vez, estaba sellada y guardada por un buen número de soldados. Ahora bien; ¿de qué medios disponían los apóstoles para realizar el robo? Sólo tres pueden imaginarse: ó la violencia, ó la corrupción, ó la astucia. Pero, en el caso presente, los tres resultan impracticables.

1. La violencia: los apóstoles, cuya vergonzosa timidez no puede ser más notoria, pues acababan de huir cobardemente, dejando abandonado á su divino Maestro en la hora de su pasión, no eran hombres para forzar un piquete de soldados, ni romper los sellos públicos; ni esto sólo, sino que, de poner por obra semejante audacia, imposible era que quedara oculta ó impune.

2. La corrupción: ¿con qué habrían podido co­rromper á los guardas, si siempre fue verdaderamente tradicional su extrema pobreza? Y lo notable del caso es que hubieran debido sobornar á los soldados allí, en el mismo puesto de guardia, y á todos absolutamente, porque la negativa de uno solo hubiera bastado para dar al traste con la empresa. Y estos soldados, ¿estaban seguros de la mutua discreción que unos á otros se debían guardar?

3. La astucia: este recurso es más difícil aún, y hasta imposible. ¿Por qué camino hubieran llegado al sepulcro? ¿Por un conducto subterráneo? ¿Y cómo ó en qué tiempo lo hubieran abierto en la roca viva, sin llamar la atención de ningún guarda? Y una vez abierto ¿cómo lograr rellenarlo luego para que no quedara rastro de su obra? Y puestos dentro del sepulcro, ¡hubieran tenido calma para despojar el cadáver de su mortaja y dejar muy plegadito el sudario que envolvía la cabeza, y, por remate de todo, quedaríales humor todavía para volver la piedra á su sitio, á fin de no suscitar sospecha alguna!

¿O tomaron, tal vez, el camino ordinario? En este caso hubieron de pasar forzosamente por entre los soldados, romper los sellos, apartar la piedra, deshacerse tranquilamente de los lienzos, y doblar el suda­rio, y después, cargados con su Tesoro, volverse por donde habían venido... ¡Ah! ¡y todo esto sin hacer el menor ruido, sin que nadie se enterara de ello! ¿Se dirá que los guardas dormían? Si esto es razón, con­vengamos en que hubieron de dormirse todos, sin que ni uno solo quedara en vela para cumplir la consigna ¡y en que su sueño fue tan prodigiosamente profundo, que todo aquel tráfago de idas y venidas, verificado á su alrededor y en el silencio de la noche, no bastó todavía para que despertara ni uno solo! -Más admitamos que todos dormían. En este caso, ¿cómo explicar aún que no buscaran luego el cuerpo que les habían robado? ¿Cómo no se castigó severamente á guardas tan infieles? ¿Por qué se vieron precisados los judíos á darles dinero é inducirles á que se acu­saran á sí mismos, publicando su propia deshonra? ¿Cómo se explica que, más adelante, estos mismos judíos que continuamente estaban reprochando á los apóstoles el predicar en nombre de Jesús de Nazaret, no les acusaran, siquiera una vez, de que habían robado el cuerpo de su Maestro? No habían pasado dos meses después de la resurrección, y cuando los apóstoles predicaban este gran milagro, los judíos se contentaban con castigarlos é imponerles silencio.

Gire, pues, y revuélvase la impiedad por donde quiera, que por todas partes viene á dar en el lazo que ella misma nos tenía preparado. ¡Qué miserables son las argucias de que se sirve para sustraerse á la luz de la evidencia! Y es que la verdad de la resurrección no puede combatirse, sin ponerse en abierta pugna con la razón y el buen sentido.

TERCERA PRUEBA. -Aun admitiendo, por un impo­sible, que los apóstoles hubiesen querido robar el cuerpo de Jesús y que, efectivamente, llegaran á realizar empresa tan insensata; con todo no hubieran podido triunfar de otra dificultad mucho mayor, cual era persuadir al mundo entero que -Jesús había resuci­tado y que era Dios; siendo así que, en realidad, no fuera, en tal hipótesis, sino un hombre condenado por la justicia humana, y muerto ignominiosamente en una cruz. ¡Qué de obstáculos, en efecto, se presentaban para la realización de tal proyecto!

1.º Todos los cómplices, autores ó fautores de esta intriga criminal debieran haberse entendido entre sí para acreditar su embuste y comprometerse á sostenerlo, aun á costa de los más atroces suplicios, y esto únicamente para asegurar el éxito, por lo demás imposible, de tal engaño.

2.° También hubiera sido necesario seducirá los numerosos discípulos que no habían entrado en el complot, induciéndolos á creer en las apariciones puramente fingidas de Jesús; é inspirarles una fe tan robusta que fuese capaz de afrontar los más horribles tormentos, y aun la misma muerte, antes que permi­tirse la menor duda sobre la realidad de la resu­rrección.

3.° Hubiera sido necesario engañar no solamente á los gentiles que rechazaban la severa moral de Cristo, que menospreciaban su pobreza é insultaban como locura su muerte en una cruz, sino también á los judíos que odiaban á Jesucristo y que, después de haberle hecho morir ignominiosamente, hubieran hecho todos los imposibles á trueque de confundir tal impostura. Pues bien, recuérdese que, al escuchar la primera predicación de San Pedro, se convirtieron nada menos que 3000 judíos; y que, en la 2ª, este número subió á 5000.

4.° En fin, estos hombres completamente faltos de cuanto puede seducir á las masas, vendrían á ser los verdaderos causantes del cambio maravilloso del mundo entero, y esto sin auxilios divinos, sin otro peso que el de sus afirmaciones, ya que no podían esperar que viniera Dios á confirmar con milagros tan criminal impostura. (3)

¡Qué fuerza tan victoriosa no tienen, pues, las pruebas de la Resurrección de jesucristo, sobre todo si se las considera en su conjunto! ¿Y á qué cosa podríamos ya prestar fe si á hechos tan claros y tan firmemente establecidos se la negáramos?

OBJECIÓN. -Aunque la verdad de la resurrección de Jesucristo aparezca demostrada de manera que no deje lugar á duda alguna razonable, señalaremos con todo varias tentativas de los impíos para destruir la creencia en este milagro. Y por cierto que no se necesita mucha agudeza de ingenio para apreciar la fuerza de tales argumentos.

1. Strauss trabaja y suda para explicar el modo cómo el cuerpo de Jesús desapareció del sepulcro, y, después de tantas fatigas, acaba por adoptar la solución más descabellada, á saber, que el cuerpo se quedó en el mismo sepulcro.

Esta explicación no tiene más inconveniente que el de contradecir la narración de los cuatro. Evangelios y el darse de bofetones con la verosimilitud. Si el cuerpo de Jesús quedó en el sepulcro ¿cómo no se apoderaron de él los judíos y lo pasearon por Jerusalén y el mundo todo, á fin de destruir de una vez la creencia en la resurrección?

La manera cómo Renán procura desenredarse de tal dificultad, no puede ser ni más cómoda ni menos aguda: «cuestión es ésta, dice, á más de ociosa in­soluble, pues nunca llegará á conocerse este detalle:» Lo cual no le impide que busque á este detalle una docena de explicaciones á cual más arriesgada: el rapto del cuerpo, pudo hacerse, según él, por los após­toles, ó por los discípulos, los cuales pudieran haber­lo escondido en Galilea; tal vez hasta por los mismos judíos, y quizás... quizás..., cosa por cierto nada inverosímil, por el propietario del jardín. Más aún; el que estuviera plegado el sudario parece indicar, no sin fundamento, que anduvo allí de por medio la mano de alguna mujer. Después rechaza todas estas explicaciones, y acaba atribuyendo la desaparición del cuerpo de Jesús... ¡á pura casualidad! (4)

2. Con iguales dificultades topan los incrédulos al explicar la fe inquebrantable de los apóstoles en la resurrección. Strauss hace esta confesión: «Si no hay medio de explicar sin milagro el origen de la fe en la resurrección de Jesús, nos vemos obligados á negar todo lo que hemos dicho, y á renunciar á nuestra empresa.» Además, el mismo autor rechaza, como inverosímil, el caso de impostura por parte de los apóstoles: «jamás, dice con razón, habrían puesto tanta fe en una mentira, hasta perder por ella la vida.» Por fin, y persuadido tal vez que con ello daba satisfacción cumplida á todas las dudas, afirma sin titubear que los apóstoles fueron engañados, y que la causa de su engaño hubo de ser, ni más ni menos, la imaginación. Por tanto la resurrección de Jesús, según este impío- y Renán encuentra la invención muy de su gusto- es el simple resultado de una alucinación, el efecto de una fantasía desbocada. Y así dice: «como los apóstoles se encontraban en un esta­do de grande sobreexcitación, tomaron por realidad lo que no era sino simple juego de imaginación».

Tan gratuitas aserciones por sí mismas se refutan. Si todavía no merecen fe testigos que ofrecen tales garantías de veracidad ¿qué cosa del mundo podrá jamás ser digna de ella?

Si la resurrección de Jesucristo no tiene otro fundamento que la alucinación, los apóstoles y discípulos han creído ver lo que de veían, oír lo que no oían y tocar lo que no tocaban; pero del relato evangélico consta todo lo contrario: luego... Pues lejos de estar predispuestos á admitir fácilmente la resurrección, lo que hicieron fue encerrarse en el Cenáculo por miedo á los judíos, y aban­donarse á la desconfianza: ¡tan olvidadas traían las predicciones de su Maestro! Se resistieron á creer en el testimonio de las santas mujeres; cuando Jesús se les apareció, tomáronle al principio por fantasma, y no salieron de su engaño hasta que hubieron tocado y palpado el cuerpo del. Salvador y, finamente, vístole comer con ellos. ¿Aparece aquí traza alguna por donde se eche de ver la tan decantada alucinación:

Porque, aun en este supuesto, preciso fuera que todos los discípulos, absolutamente todos, hubiesen sido víctimas de dicha alucinación, incluso aquellos tardos de corazón y pusilánimes que iban á Emaús, y aquel primer incrédulo, Tomás, y los quinientos discípulos que presenciaron la ascensión de Jesús. (1 Cor., XV, 6.) Ni esto solo, sino que tal engaño hubiera tenido que prolongarse por espacio de cua­renta días, y repetirse en circunstancias las más diversas, y, finalmente, cosa tal vez más rara que las anteriores, se hubo de desvanecer de una vez y para siempre el día de la ascensión, fenómeno, á su vez, también puramente imaginario!

Más todavía: ¡sería necesario admitir que el acto de apartar la piedra del sepulcro y el espanto de los guardas fueron igualmente pura ilusión; que los mismos guardas fueron también alucinados; que el sepulcro no estuvo vacío más que en la imaginación de los discípulos! Á la verdad, que está uno tentado de preguntar si hablan seriamente los escritores que tales hipótesis sostienen.

Pero aun suponiendo todo esto posible, quédase todavía por explicar cómo el Cristianismo, que en tal caso no tiene por fundamento más que una ilusión, se ha podido establecer, regenerar el mundo v, á despecho de todos los obstáculos, perpetuarse hasta nosotros á través de los siglos. Á la verdad que este solo milagro sería más grande que todos los otros. (5)

CONCLUSIÓN. -Es, pues, absolutamente cierto que los Evangelistas no se han engañado acerca de la resurrección de Jesucristo, que no han querido engañar, y que, aun en el caso de haberlo pretendido, tampoco lo hubieran logrado. Jesús, después de una muerte tan real como la que más, salió vivo del sepulcro, conforme lo había anunciado El mismo, en testimonio de su misión divina. El es, por lo tanto, el enviado de Dios; y su obra, la religión cristiana, una obra divina.

Notas:

(1) Cierto que San Mateo usa la palabra al día siguiente; mas este día siguiente, que era el sábado legal, comenzaba, según la costumbre de los judíos, desde la tarde. En efecto, el día de los judíos, como formalmente lo atestigua el Levítico (XXIII, 32), era el tiempo comprendido entre dos puestas de sol. Resulta, pues, que el sepulcro fué sellado Y guardado por los soldados desde el mismo viernes por la tarde.

(2) Vie de Jesús, p. 439; Cf. wallon, op. cit. p. 300.

(3) Al tercer día, Jesucristo resucita; se aparece luego á los suyos, que le habían abandonado y que se obstinaban en no que­rer creer en su resurrección. Estos le ven, le hablan, le tocan y, al fin, se convencen. Para confirmarlos en la fe de este portento, Jesús se les muestra diversas veces y en distintas circunstancias. Aparécese á algunos de sus discípulos en particular, y también estando todos ellos reunidos; y aun en cierta ocasión se deja ver de más de quinientas personas juntas. El apóstol que tal afirma asegura que la mayor parte de éstas vivían aún cuando él le es­cribió. jesucristo resucitado dió á sus discípulos todo el tiempo que quisieron para contemplarle á su sabor; y después de haberse dejado ver de todas las maneras que desear podían, de suerte que no les quedara in menor dula, les ordenó que dieran testimonio de lo que habían visto, oído y tocado con sus propias manos. Para que nadie pudiera dudar de su buena fe, no menos que de su persuasión, les obligó á sellar con su sangre el testimonio que de él daban. Por eso su predicación es inconmovible, porque tiene por fundamento un hecho positivo, atestiguado unánimemente por cuantos lo presenciaron. Su sinceridad está justificada por la más fuerte de las pruebas que se pueden imaginar, que es la de los tormentos y la de la misma muerte.» Bossuet, Disc. sobre la Hist. univ., para, 2. ª , e. XIX

(4) «La resurrección de J. C., constituye un acontecimiento histórico de carácter tan milagroso, que no se puede pensar en deshacerse de él sin caer en un milagro más grande todavía y, por añadidura, en un absurdo. El librepensamiento acumula aquí, con el fin de agobiar al espíritu humano, mil hipótesis y teorías mucho más difíciles de digerir que el pretendido absurdo del que librarle intenta. Existe en lo pasado un acontecimiento capital, la resurrección de JC.; y son tan especiales los caracteres que, en su conjunto, ofrece, que no es posible pueda legítimamente atribuirse á solas las fuerzas de la naturaleza. Estos caracteres nos los proporcionan ya los mismos testigos, que nos los refieren bajo la acción directa y personal de Dios, ya lo; librepensadores que no los pueden explicar sino recurriendo á causas inadmisibles y radicalmente opuestas á las que nos manifiesta el curso ordi­nario de los fenómenos de la naturaleza. Abate Fremont, op. cit. Lettres à l'abbé Loisy, p. 62.

(5) Cf. Bourdaloue, Sermón sobre la resurrección de Jesucristo; Frayssinous y el Cardenal Giraud, Sermones sobre el mismo asunto; P. Lescoeur, La science et lesfaits surnaturels contemporains, c. 3, p. 18, 28; Mgr. Freppel, Confér. star la. divi­nité de J.-C., conf. 9.a, p. 221; P. íMonsabré, Conf. de N.-D., 1880, conf. 48.1; Fouard, La vie de N.S. J.-C., t. *11, lib. VII; Abbé Frémont, 3º lettre a L' abbé Loisy: La résurrection du Christ estelle ¡in fait historique? (Bloud, 1904). En Le 13º apôtre, Enrique Laserre, aplicando á la vuelta de Napoleón de la isla de Elba el procedimiento de Renán, prueba que ¡no tuvo lugar más que en la imaginación de los admiradores del gran conquistador moderno!
Las objeciones que pueden sacarse de las divergencias entre las narraciones de la resurrección de Jesucristo, las refutamos ya cuando respondimos á la objeción hecha contra la autoridad de los Evangelios. Recuérdese que aquí no nos apoyamos en la inspiración de los Sagrados Libros, sino que únicamente invocamos estos escritos como monumentos históricos de autoridad irrefragable. En esta hipótesis el hecho mismo de la resurrec­ción ha sido probado de un modo inquebrantable; por lo demás, la dificultad, más ó menos real, que pueda ofrecer el conciliar ciertos detalles, no merece apenas importancia alguna, pues refiérense todos á puntos muy accidentales y que en ningún modo pueden interesar á la substancia del hecho. Y, por otra parte, nada tiene de extraño que aparezcan tales divergencias cuando son muchos los que refieren por menudo y con todos los pe­ros y señales un mismo acontecimiento; las cuales, sin embargo, resultan, por esta causa, muy fáciles de explicar.-Estas aparentes contradicciones sobre puntos secundarios, son hasta una garantía de la sinceridad de los Evangelistas. A querer persua­dirnos una ficción, se hubieran concertado de antemano, ó á lo menos hubiéranse acomodado los unos al decir de los otros, para evitar así toda sospecha. -Por lo demás, fácilmente se encontrarán en los comentaristas de los Evangelios, explicaciones aceptables que permiten conciliar aquellos detalles que, á primera vista, parecen contradictorios.

28Mar/100

Confiabilidad de la Escritura

Transcribimos aquí un breve pero interesante comentario de Peter Kreeft (Cristianismo para paganos modernos) sobre algunos pensamientos de Pascal y la confiabilidad de las Escrituras. Tema que, actualmente, es atacado por el ateísmo militante y el modernismo, dando a entender que las escrituras datan del siglo primero pero, como sabemos y está demostrado, las escrituras son de la era apostólica (año 50 D. C. aprox.).

Confiabilidad de la Escritura

Aunque oscura , la Escritura es confiable.

Aunque nos da pistas y datos más bien que pruebas, las pistas son confiables y los datos verdaderos.

Esto es así especialmente para el centro crucial de la Escritura, aquello que Dios más quiere revelarnos: Cristo. Pascal, cristocéntrico como la Escritura misma, se focaliza en los relatos del Evangelio, especialmente la proclamación clave de la Resurrección.

La crítica modernista de la Escritura duda de e impugna la confiabilidad de las transcripciones escriturísticas, especialmente los Evangelios, y ha convertido a muchas universidades y seminarios católicos y del protestantismo troncal en los lugares más eficaces del mundo para perder la fe. Pascal se enfrenta con el corazón de la progenie escriturística vigente defendiendo la confiabildiad de la Escritura con argumentos simples y de sentido común más bien que técnicos y eruditos.

332
Profecías. Si un hombre solo hubiera escrito un libro prediciendo el tiempo y el modo de la venida de Jesús y Jesús hubiera venido en conformidad con estas profecías, esto tendría un peso infinito. 

Pero aquí hay mucho más. Hay una sucesión de hombres durante un período de cuatro mil años, surgiendo consistente e invariablemente uno después de otro, profetizando el mismo advenimiento; hay un pueblo entero proclamándolo, existiendo por cuatro mil años para atestiguar en masa la certeza que sienten al respecto, de la cual no pueden ser apartados por cualesquiera amenazas y persecuciones que puedan sufrir. Esto es de un orden de importancia muy diferente. (710)

[332]
Como la mayoría de los apologetas cristianos premodernos, Pascal enfatiza fuertemente el cumplimiento en Cristo de las profecías del Antiguo Testamento y también sus milagros -dos énfasis hoy generalmente pasados de moda para los eruditos pero argumentos perennemente poderosos para el sentido común. Incluimos aquí solamente un pensée y omitimos docenas de otros a causa de su gran detallismo, número y naturaleza especializada. (Para el tratamiento de los milagros por Pascal, ver el punto 22.)

Si fueras a calcular la probabilidad de que en cualquier persona se cumplan, por pura casualidad, todas las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento que se cumplieron en Jesús, esta sería tan astronómica como la de ganar la lotería todos los días durante un siglo. Aun si Jesús hubiera tratado deliberadamente de cumplir las profecías, ningún mero hombre podría tener el poder para disponer el tiempo, lugar, sucesos y circunstancias de su nacimiento o los sucesos posterio­res a su muerte.

No obstante, las profecías son usualmente un tanto oscuras, y aun después de que se han cumplido hay un pequeño espacio para la duda, pues Dios las otorgó como pistas fuertes, no como pruebas compulsivas.

303
Un artesano hablando de riquezas, un abogado hablando de la guerra, o del oficio real, etc., pero el hombre rico bien puede hablar de riquezas, ...y Dios bien puede hablar de Dios. (799) 

[303]
La autoridad está basada en la experiencia. Cuando quieres la palabra autorizada sobre una novela, escucha al autor.

Así es que el hombre rico, no el artesano, es la autoridad en el tema de las riquezas; el soldado, no el abogado, es la autoridad sobre la guerra; y Dios, no el hombre, es la autoridad sobre Dios.

Este es un argumento en favor de la necesidad de la revelación. Lo que imagina un chico de tres años sobre la vida de una persona de trein­ta resulta ridículamente desacertado, a menos que la persona de treinta se lo diga al chico de tres. Aún menos esperanza hay para nuestra com­prensión de Dios a menos que El tome la iniciativa y nos diga, esto es, que se revele.

Cuando queremos conocer algo que es mucho menos que nosotros mismos -por ejemplo, una roca-, es sencillo. Toda la actividad está de nuestra parte; la roca no se puede esconder. Cuando queremos conocer un animal, es más difícil. Es activo. Puede escapar. Puede esconderse. Tenemos que ganar su confianza. Con todo, la mayor parte de la actividad corre por nuestra cuenta. Cuando se llega al conocimiento de otro ser humano, la actividad resulta compartida mitad y mitad. A menos que ambas partes se abran, no hay comunicación. Cuando llega­mos al conocimiento de Dios, toda la actividad es suya. Debe haber revelación.

310
Pruebas de Jesucristo. La hipótesis de que los Apóstoles fueron bribones es completamente absurda. Sigámosla hasta el fin e imaginemos estos doce hombres reuniéndose luego de la muerte de Jesús y conspirando para decir que había resucitado de entre los muertos. Esto significa atacar a todos los poderes. El corazón humano es singularmente susceptible a la inconstancia, al cam­bio, a las promesas, al soborno. Solamente uno de ellos tenía que negar su historia por estos móviles, o más todavía a causa de posi­ble prisión, torturas 'y muerte, y todo se habría perdido. Pensemos en esto. (801)

[310]
El punto fundamental de toda la Escritura es Cristo, según el Cristianismo.

La afirmación cristiana fundamental sobre Cristo es que es divino. Si no es divino, no puede salvarnos del pecado y la muerte y el Infierno.

La prueba más clara y simple y poderosa de que es divino es su Resurrección. Es también la consumación de su obra de nuestra salvación del pecado y la muerte y el Infierno.

Todo sermón predicado por todo cristiano en el Nuevo Testamento se centra en la Resurrección. La Resurrección era tan central para la predicación de Pablo que los atenienses pensaron que estaba predicando dos nuevos dioses, "Jesús y Resurrección [Anastasis]" (Hechos 17:18).

Si Cristo resucitó realmente, el Cristianismo es verdadero; si no, es falso.

Hay sólo dos alternativas para negar una resurrección real. Si Cristo no resucitó realmente, como los autores del Nuevo Testamento, sus apóstoles, dicen que hizo, entonces los apóstoles estaban engañados o eran engañadores. O no sabían que su relato era falso, o lo sabían.

Pascal refuta ambas posibilidades. La "teoría de la conspiración" -que conspiraron para engañar al mundo- es absurda; pues la gente conspira para mentir solamente por ganar alguna ventaja. ¿Qué ventaja ganaron los apóstoles de Cristo? Excomunión, persecución, odio, tortura, prisión, crucifixión -vaya negocio!- El sorprendente hecho histórico de que ninguno de ellos jamás confesó la conspiración, ni aun bajo tortura -ni lo hizo ninguno de sus sucesores- es evidencia muy poderosa.

La alternativa de que fueran engañados (la "teoría ele la aluci­nación"), Pascal la refuta en el N° 322.

322
Los Apóstoles fueron o engañados o engañadores (si Jesús no resucitó realmente). Ambas hipótesis se presentan dificultosas, porque no es posible imaginar que un hombre ha resucitado de entre los muertos.

Mientras Jesús estuvo con ellos podía sostenerlos, pero después, si no se les apareció, ¿quién les movió a actuar? (802)

[322]

Si los apóstoles imaginaron la Resurrección, fueron o bien los hombres más estúpidos en la historia, incapaces de distinguir un cadáver de un triunfante, resucitado Señor de la vida y de la muerte; o bien su alucinación se comportó de un modo muy diferente de cualquier otra alucinación en la historia, apareciendo muchas veces, a mucha gente (Pablo menciona quinientos en I Corintios 15:6 y desafía a sus lectores a entrevistarlos destacando que "muchos de ellos están todavía vivos"), comiendo verdadero pescado (Lc 24:26-43), per­maneciendo cuarenta días (Hechos 1:3), y -como Pascal destaca en la última frase- transformándolos de una chusma asustada como conejos, huyendo en la crucifixión, negando a su Señor (Lc 22:54-62), agachán­dose detrás de puertas cerradas (Jn 20:19), en una fuerza que conquistó al mundo, ablandando los duros corazones romanos y endureciendo la resolución de los mártires, yendo hacia leones y cruces con himnos de gozo en sus labios. Si Jesús no resucitó realmente de entre los muertos, entonces les ocurrió un milagro aún más grande, sin causa ninguna: ellos y miles de otros abandonaron placeres mundanos, aceptación, seguridad, prestigio, poder, riquezas y muy a menudo la vida misma por nada y desde nada. Nadie ha contestado jamás la simple pregunta final de Pascal: "¿Quién les movió a actuar?"
28Mar/100

HISTORICIDAD DE LOS EVANGELIOS

HISTORICIDAD DE LOS EVANGELIOS

Eleazar Sukenik, profesor de Arqueología en la Universidad Hebrea de Jerusalén, recibió un día el aviso de un amigo suyo, anticuario armenio, que quería verle urgentemente.

Como vivían en Jerusalén en dos zonas militares distintas y no tenían pases, las entrevistas se realizaban a través de la alambrada de púas. El armenio le preguntó al judío si le interesaba lo que le estaba enseñando: un trozo de cuero con escritura en hebreo.

Veamos qué había en aquel escrito.

Los manuscritos de Qumran

Un pastor beduino, en la orilla del mar Muerto, un día pierde una cabra. Buscando la cabra, encuentra unas cuevas en el tajo de un monte. Con el fin de ver si la cabra se había metido en aquellas cuevas, tira algunas piedras dentro. Las piedras rompen unas ánforas. Al oír aquel ruido, sube a la cueva y se encuentra unas tinajas con unos rollos de pergamino escrito.

Ya que los pastores no entendían aquello que habían encontrado, se dirigen a un anticuario para ver cuánto les daba a cambio.

El anticuario no sabe si eso tiene valor o no, y entonces se entrevista con Eleazar Sukenik, pro­fesor de Arqueología en la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Este hombre se da cuenta de que aquello es interesante y va a verlo.

Lo que había en aquella cueva de Qumran era una parte de una biblioteca de un monasterio de esenios.

Los esenios eran una especie de monjes judíos antiguos.

Al parecer, durante la guerra del año 70, para salvar la biblioteca introdujeron los rollos en án­foras y las escondieron allí, donde permanecieron durante más de dos mil años.

Los rollos eran los libros de entonces, que no tenían la forma y encuadernación que tienen aho­ra. En aquel tiempo, los libros eran unas tiras de papiro pegadas y enrolladas en un cilindro.

Examinados, se vio que unos eran crónicas de guerras; otros, las reglas del monasterio de esenios; otros, fragmentos de la Biblia: del Pentateuco, de los Salmos, de los Profetas, etc. Por ejemplo, el texto del profeta Isaías está completo. Estos textos coinciden perfectamente con los utilizados por los hebreos y cristianos de hoy. Este fragmento se mandó a la Universidad de Chicago para que lo analizasen al carbono-14, el método para averiguar la antigüedad de la materia orgánica.

Es una joya. Ha sido un gran descubrimiento. Esto es un gran paso de la ciencia a favor de la fe. Nosotros teníamos en la Biblia la profecía de Isaías. Nosotros creemos en el profeta Isaías por­que es un libro inspirado y sabemos que es de fe.

Y ahora resulta que encontramos un libro que ha estado escondido dos mil años en una cueva y sigue al pie de la letra la profecía de Isaías.

Ha supuesto un apoyo magnífico de la ciencia arqueológica en favor de nuestra fe.

El papiro 7Q5

En 1972, el padre José O'Callaghan, jesuita español papirólogo, profesor de la Universidad Gregoriana de Roma y decano de la Facultad Bíblica del Pontificio Instituto Bíblico de Roma y de la Facultad Teológica de Barcelona, descifró unos fragmentos de papiros encontrados en la cueva 7 de Oumran (mar Muerto). Se lo identifica así 705. Se trata del texto de San Marcos 6, 52 ss. En once cuevas aparecieron seiscientos rollos de pergaminos. En estos manuscritos, que se descubrieron en 1947, han aparecido textos del Éxodo, Isaías, Jeremías, etc. De casi todos los libros del Antiguo Testamento. El texto descifrado por el padre O'Callaghan es un fragmento del Evangelio de san Marcos enviado a Jerusalén por la cristiandad de Roma y que los esenios escondieron en esa cueva en ánforas, una de las cuales tiene el nombre de Roma en hebreo. Probablemente, esto ocurrió cuando la invasión de Palestina por los roma­nos, antes de la ruina de Jerusalén del año 70. En concreto, cuando se aproximaban las tropas de Vespasiano en el año 68. Este descubrimiento ha sido considerado como el más importante de este siglo sobre el Nuevo Testamento. En 1991 se publicó una edición facsímil con 1787 fotografías de estos manuscritos.

Esta interpretación del padre O'Callaghan ha sido recientemente confirmada por el eminente profesor alemán de la Universidad de Oxford Carsten Peter Thiede en la prestigiosa revista in­ternacional Biblica. Thiede dice textualmente: «Conforme a las reglas del trabajo paleográfico y de la crítica textual, resulta cierto que 705 es Marcos 6, 52 ss. » El 705 es el papiro de O'Callag­han. Thiede ha publicado un estudio apoyando al padre O'Callaghan titulado ¿El manuscrito más antiguo de los Evangelios? «Son cada vez más los que aceptan esta identificación», ha dicho el padre Ignacio de la Potterie, S. J., como se ha visto en el Simposio Internacional celebrado del 18 al 20 de octubre de 1991 en Eichstat, donde apoya­ron esta opinion los expertos en papirología Hun­ger, de la Universidad de Viena, y Riesenfeld, de la Universidad de Upsala (Suecia).

El texto 7Q5 ha sido estudiado en ordenador por Ibicus de Liverpool, y se ha demostrado que esa combinación de letras, en la Biblia, sólo se encuentra en Marcos 6, 52 ss., que es el 7Q5.

El paleógrafo inglés Roberts, de la Universi­dad de Oxford, primera autoridad mundial en paleografía griega, antes de que se descifraran estos papiros, estudiando la grafía, afirmó que eran anteriores al año 50 d. J.C., es decir, unos veinte años después de la muerte de Jesús y diez años después que Marcos escribiera su Evangelio. Sin duda es anterior al año 68, en que fueron selladas las cuevas de Qumran, con los papiros dentro, an­tes de huir de las tropas de Vespasiano, que invadieron aquel territorio en el año 68. Se trata, por lo tanto, del manuscrito más cercano a Jesús de todos los conocidos.

«El descifrador de estos documentos ha mani­festado que ya no puede afirmarse que el Evangelio sea una elaboración de la antigua comunidad cristiana, y que tuvo un período más o menos prolongado de difusión oral antes de ser escrito, sino que tenemos ya la comprobación de los hechos a través de fuentes inmediatas.»

Este descubrimiento ha dado al traste con las teorías de Bultmann. La proximidad de este manuscrito al original echa por tierra la hipótesis de Bultmann, según la cual los Evangelios son una creación de la comunidad primitiva que transfiguró «el Jesús de la Historía» en «el Jesús de la fe». Este descubrimiento confirma científicamen­te lo que la Iglesia ha enseñado durante diecinue­ve siglos: la historicidad de los Evangelios.

La ofensiva contra la historicidad de los Evan­gelios comenzó con Friedrich Strauss en 1835. La renovó Ernest Renan en 1863. Modernamente, Rudolf Bultmann afirma que «no podemos saber nada sobre la vida de Jesús, pues los Evangelios son la idealización de una leyenda de generaciones posteriores». Si el 7Q5 es del año 5(l, esta idealización no es posible en contemporáneos.

El célebre teólogo protestante Oscar Cullmann, seguidor un tiempo de Bultmann, recono­ce que se separó de Bultmann por la interpretación que éste hacía de la Biblia. Para Bultmann «el único elemento histórico de los Evangelios que quedaría a salvo es la cruz. El resto, incluida la resurrección, sería un mero símbolo».

Uno de los seguidores de Bultmann ha dicho de este descubrimiento del 705: «Habrá que echar al fuego siete toneladas de erudición germánica. El lapso de tiempo que transcurre entre los acontecimientos y la composición de los Evangelios es tan breve que no permite la forma­ción de un mito contrario a la historia.»

Recientemente, el doctor Carsten Peter Thiede ha publicado en la revista alemana Zeitschrift Für Papyrologie, especializada en papírología, haber descubierto un papiro con un fragmento del capítulo 26 del Evangelio de san Mateo, escrito en el siglo I de nuestra era. Se trata del Magdalen Cr. de Roma 17, por encontrarse en la Biblioteca del Magdalen College de Oxford. Fue donado por el reverendo Charles B. Huleat, antiguo alumno de este colegio, que había sido capellán de la Iglesia Británica de Luxor, en Egipto. Se trata de tres fragmentos de Mateo escritos en el año 70.

Autenticidad textual de los Evangelios, única en la literatura universal

La importancia de este descubrimiento se puede aclarar con algunos datos que lo ilustren.

Sin duda todo el mundo sabe quién es Aristóteles. Aristóteles fue un filósofo griego. Sus libros de filosofía todavía se estudian en nuestros días. Sus reglas de los silogismos siguen siendo hoy la base de todo razonamiento filosófico.

Pues el manuscrito más antiguo que conservamos de Aristóteles es 1400 años posterior a Aristó­teles y, sin embargo, hoy seguimos estudiándolo.

Muchos han oído hablar de Menéndez Pidal, premio March, historiador español de fama inter­nacional. Menéndez Pidal ha escrito una historia de España en grandes tomos.

Menéndez Pidal, una autoridad en historia, cita en su Historia de España a Tácito, y se fía de Tácito, y hace unas afirmaciones basadas en Tácito, a pesar de que el códice más cercano a Tácito que conservamos es 1340 años posterior a Tácito. Otro dato. Mommsen fue un catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Berlín, premio Nobel de Historia. Él decía del historiador griego Polibio que «a él es a quien deben las generaciones posteriores, incluso la nuestra, los me­jores documentos acerca de la marcha de la civilización romana».

Pues Mommsen, premio Nobel, catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Berlín, se fía de Polibio, y resulta que el manuscrito más an tiguo que tenemos de Polibio es 1067 años posterior a Polibio.

Recordemos que el espacio de tiempo desde Aristóteles a sus manuscritos más antiguos es de 1400 años; de Tácito a sus manuscritos, 1340 años; de Polibio a sus manuscritos, 1067 años.

Pues de los Evangelios tenemos el papiro Bodmer 11, que se conserva en la Biblioteca de Cologny en Ginebra, que contiene el Evangelio de san Juan íntegro, y es solamente cien años posterior a san Juan!

En 1935 se descubre el papiro Rylands que hoy se conserva en Manchester, que es ¡treinta y cinco años posterior a san Juan! Y el 705 del pa­dre O'Callaghan diez años posterior a Marcos.

Cuando hombres de ciencia como un Menéndez Pidal y un Mommsen se flan de documentos que son en más de mil años posteriores a los auto res de los Evangelios tenemos manuscritos tan sólo unos treinta y cinco años posteriores a su autor. El valor que esto tiene desde el punto de vista científico es incalculable. Por eso Streeter, un crítico inglés, dice que los Evangelios tienen la posición más privilegiada que existe entre todas las obras de la literatura clásica. No hay ningún libro de la literatura clásica que tenga las garantías de histo­ricidad de los Santos Evangelios. De ningún autor clásico tenemos documentos de tanto valor.

Pero hay más.

Vamos a hablar ahora -segundo paso- del estado de conservación.

Las obras completas más antiguas que conser­vamos de todos los autores latinos son posteriores al siglo VIII. De antes del siglo VIII no se conserva ninguna obra completa. Hay fragmentos de Cicerón, de César, de Horacio, de Virgilio, de Ovidio; pero íntegro no hay nada anterior al siglo VIII.

En cambio tenemos 78 códices evangélicos completos entre los siglos IV y VI.

Además, los Evangelios se citaban con tal frecuencia que solamente teniendo en cuenta las citas que existen en las obras de siete escritores de los siglos II al VII -y nos estamos remontando al siglo II-, que son Justino, Ireneo, Clemente, Orí­genes, Tertuliano, Hipólito y Eusebio, tenemos 26487 citas que rehacen el Evangelio entero.

Lo que escribieron los evangelistas es verdad

Dos reflexiones más sobre la veracidad de los Evangelios.

Veamos cómo no sólo lo que escribieron los evangelistas es lo que hemos recibido, sino que lo que escribieron es la verdad.

No hay mayor garantía de veracidad que lo que dice un testigo a otro testigo.

Si un señor escribe hoy la historia de los feni­cios en Cádiz, podría decir alguna inexactitud: no hay supervivientes de los fenicios para que con tradigan lo que hoy queramos decir de ellos. Sería relativamente fácil poner alguna inexactitud en la historia de los fenicios en Cádiz, porque hace mucho tiempo que murieron todos.

Pero si alguien escribe en el diario de Cádiz la crónica del partido del último domingo y cambia el resultado, todo el mundo se dará cuenta.

Los Evangelios fueron escritos por testigos y para testigos.

Los cristianos de aquella generación, cuando leían el Evangelio veían retratado lo que ellos habían visto, lo que ellos habían oído.

Si aquellos Evangelios no dijeran la verdad, habrían sido rechazados como una mentira. Na­die habría querido guardar un libro de historia que desfiguraba la verdad. Los habrían rechaza­do, y no hay ni un solo documento que atestigüe el rechazo.

¿Qué hicieron aquellos testigos que habían co­nocido a Cristo, que habían visto su vida, que ha­bían oído su predicación? ¿Qué hicieron con los Evangelios? Guardaron los Evangelios como oro en paño. Los copiaron a mano -entonces no había imprenta- y los transmitieron de generación en generación con todo cariño, porque allí estaba retratado lo que ellos habían visto. Por eso conservamos este cúmulo de documentos de los Evangelios.

Y las copias se han hecho con tal exactitud que es muy interesante el estudio comparativo de todos los documentos que tenemos de los Evangelios.

Resulta que están tan perfectamente copiados que de mil partes, 999 son exactamente iguales, y sólo cambia el uno por mil. Además, ninguna de esas variaciones son cosas fundamentales. Son equivocaciones al copiar; poner una letra por otra, cambiar el orden de las palabras, etcétera.

En fin, este capítulo pretende que tengamos una gran fe en los Santos Evangelios. Una gran fe, porque nos consta su historicidad.

Por tanto, si hay alguien que no crea en el Evangelio, ése no tiene derecho a creer en nada de la historia de aquel tiempo. No puede creer ni en Alejandro Magno, ni en Ciro, ni en Darío, ni en Artajerjes, ni en nadie.

Y si cree que ha habido un Alejandro Magno, un Escipión y un Aníbal, y cree porque lo dice la historia, habrá que tener en cuenta que muchas más garantías de verdad tienen los Santos Evan­gelios.

Tengamos mucha fe en el Santo Evangelio y creamos a pies juntillas lo que dice, porque quien no cree en los Evangelios no tiene derecho a creer ni en la Anábasis de Jenofonte, ni en la Guerra de las Galias de Julio César, etc. Esos textos no se prueban con la fuerza, con la exactitud y con las garantías que tienen los Evangelios.

Jorge Loring, S. J. “Motivos para creer”.

28Mar/100

Veracidad de los Evangelios

Veracidad de los Evangelios

Resta probar que los autores de los Evangelios: A) no se han podido engañar sobre los acontecimientos que nos refieren; B) que no han querido engañar; C) que, aun cuando hubieran querido engañar, no lo hubieran logrado. De este conjunto de pruebas, resultará la incontestable exactitud de sus relatos.

A) Los escritores de los Evangelios no se han podido engañar, porque no cuentan más que lo que vieron ú oyeron de testigos oculares completamente dignos de fe. Además, refieren hechos recientes, sensibles, materiales, que se realizaron á la luz del día y, con frecuencia, delante de considerables muchedumbres; más aún, delante de enemigos de Jesús, que estaban dispuestos, no tanto á darles crédito, cuanto á atribuirlos á intervención diabólica. Tratá­base de hechos de imporlancia cápital para las ins­tituciones y para la religión del pueblo judío, y, por consiguiente, de cosas sumamente interesantes para todos ellos; por fin, los tales hechos eran mu­chas veces extraordinarios y maravillosos; y, por lo mismo, natural era que llamasen poderosamente la atención. ¿Quién se atreverá á decir que los autores de los Evangelios fueron todos ellos ciegos, ó sor­dos, ó alucinados? En este caso, podría afirmarse lo mismo de otros contemporáneos, entre los cuales se contarían muchos de los enemigos de Jesús, puesto que todos ellos admitieron también sin protesta los relatos evangélicos. Queda, pues, probado que estos escritores no pudieron engañarse.

B) ¿Han querido engañar?- No: porque eran hom­bres sencillos, irreprochables, llenos de franqueza y lealtad. Basta leer, sin prejuicios, los Evangelios, para convencerse de que á sus autores no puede tildárselos de impostura; el tono honrado y cándido de sus narraciones es la mejor garantía de su vera­cidad. Por otra parte, tampoco tenían ningún interés en cometer acto tan odioso; y, sin motivo alguno, ningún hombre es impostor. Lejos de poder esperar provecho alguno de tal fraude, que hubiera sido no menos perjudicial á los judíos que á los gentiles, no veían por delante otra cosa que lo que, en efecto, consiguieron luego, á saber: menosprecios, ultrajes, persecuciones y la muerte. Quién no sabe que tal since­ridad les cortó toda su sangre? Razón tuvo Pascal cuando dijo: «Creo de muy buen grado á testigos que se dejan degollar.» Por todas estas razones, la críti­ca actual conviene absolutamente en reconocer la veracidad de los Evangelios.

C) Finalmente no hubieran podido engañar. -En efecto, nuestros autores escribieron los hechos evangélicos cuando aún vivían muchísimos de los testigos que presenciaron todos aquellos acontecimientos, los cuales no hubieran dejado de desmentir, caso de ser falsa, la impostura de los Evangelistas.

Los judíos, especialmente, debían tener mayor interés en desenmascararlos. Los jefes de la Sinagoga, impotentes para negar los hechos, tuvieron buen cuidado de sofocar la nueva religión, imponien­do silencio á los Apóstoles, pero se vieron en la imposibilidad de contrarrestar la verdad de los rela­tos evangélicos. Si se hubiera intentado propalar una impostura, las protestas hubieran sido mucho más vivas y numerosas; tanto más cuanto que se trataba de hechos públicos v de la más alta importancia, de sucesos patentes, que se habían realizado á la faz de toda la Judea, en la misma ciudad de Jerusalén y en presencia de numerosos testigos, cuyos nombres se citan: de actos, en fin, que, en su mayor parte, tenían por actores á hombres que estaban colocados en los más altos puestos, enemigos de Jesús é interesados en descubrir, acerca de El, cualquier embuste, Pero veamos también ahora los muchos absurdos que habríamos de admitir, si pretendiéramos sostener que los autores del Nuevo Testamento inventaron lo que cuentan.

1.° En este caso, dichos escritores habrían idea­do un héroe de carácter tan grande y de vida tan pura, que el mismo J . J. Rousseau se vió obligado á admirarse y decir públicamente que «si la muerte y la vida de Sócrates son de un sabio, la vida y la muerte de Jesús son de ,un Dios». Si estos escritores hubieran sido los que inventaron este héroe, ellos fueran también los que le habrían atribuido su doctrina, la cual supone tal santidad, sublimidad y profundidad, que aventaja á cuanto pudo concebir jamás el más afamado filósofo del paganismo. «Para inventar á un Newton, dice Parker, se necesita ser otro Newton. ¿Cuál es el hombre que pueda haber inventado un Jesús? Jesús solo era capaz de esto.»

2.° De ser impostores, ¿cómo es posible que desdijeran los Evangelistas de la costumbre de aquéllos, trazando la vida de su héroe imaginario, de modo que pudieran precisarse los menores detalles de tiempos, lugares, personas, dando con esto ocasión á que les opusieran un solemne mentís? Pero además, de ser así, resultaría una impostura tan bien disimulada, que tendría á su favor la verosimilitud más perfecta, y una conformidad absoluta con todo lo que nosotros conocemos de los tiempos evangélicos.

3.° Estos hombres, tan ignorantes como perversos, hubieran escrito estas fábulas, forjadas en su imaginación, en un estilo de un candor y simplicidad verdaderamente inimitables, sin afectación, sin énfasis ni la menor exageración en los relatos, sin nada que descubra la pasión ni el deseo de agradar. Des­criben con la mayor sencillez hechos los más porten­tosos, sin reflexiones personales, sin otra preocupación que la de decir lo que realmente es. No ocultan estos historiadores ni la bajeza de su origen, ni la estrechez de sus ideas, ni las reprensiones que de su Maestro recibieron. En una palabra, el acento de verdad de todas estas páginas, escritas, no obstante, por diversas plumas, es tan manifiesto, que no puede menos de convencer á todo hombre verdaderamente sincero. Por eso el mismo Rousseau no ha podido menos de escribir: « ¿Diremos que la historia del Evangelio ha sido inventada por el capricho? ¡Vano recurso! No es éste el modo de inventar: los hechos de Sócrates, de cuya personalidad no puede dudarse, no están tan atestiguados como los de Jesucristo. Decir esto, sería esquivar la dificultad sin destruirla. Más inconcebible fuera que cuatro hombres se hubiesen puesto de acuerdo para componer este libro, que no que uno solo hubiese ideado su argumento. Nin­gún autor judío es capaz de adoptar ese tono ni esa moral: tiene el Evangelio caracteres tan grandes de verdad, tan claros, tan inimitables, que el inventor sería más maravilloso que el mismo héroe» (1).

4.º Los diversos escritores de los Evangelios, de los Hechos, de las Epístolas, bien que separados unos de otros por el espacio y por el tiempo, ¿hubiéranse puesto tan perfectamente de acuerdo en sus imagina­rios relatos, que, siendo por una parte, como son, de formas tan diferentes, por otra, no se pudiera descubrir en ellos ninguna contradicción real? En cuanto á las discordancias y contradicciones aparentes que se encuentran en las narraciones de los cuatro Evangelios, si algo prueban, es que los escritores no se convinieron para inventar los acontecimientos referidos.

5.º ¿Habrían todos estos escritores sellado con su sangre, sin tener en ello ningún interés, ni temporal ni eterno, lo que sabían que no era más que invención suya; y tras ellos habrían muerto también millares de mártires, para atestigua ¿la misma mentira?

6.º Estos hombres hubieran podido lisonjearse de haber alcanzado el triunfo más grande y más estupendo que imaginarse puede: á saber que, por sí solos y sin ningún apoyo humano, lograron hacer triunfar plenamente su impostura, de suerte que no sólo dieron al traste con el viejo y arraigado judaísmo, sino aun con el paganismo, el cual tenía á su favor las riquezas, la ciencia, el poder y el aliciente de una moral favorable á las pasiones; habrían llegado á hacer que el mundo se prosternara arrepentido á los pies de un criminal clavado en la cruz, é inducido á una infinidad de hombres á dejar todo lo que hasta entonces habían creído y practicado, para seguir una religión que brindaba al espíritu insondables misterios, y á la voluntad una moral contraria á todos los instintos de la naturaleza sensual.

7.º Una religión que ha regenerado á la humanidad, creado el mundo moderno sobre las ruinas del antiguo, inspirado sus costumbres, sus instituciones y sus leyes; una religión que ha sido, además, fuente inagotable de verdades, de virtudes y de inefables consuelos; que cuenta entre sus discípulos una infinidad de sabios y de santos; que después de tantos siglos tiene aún virtud para endulzar los más acerbos dolo­res, ¿no tendrá otro fundamento que una mentira, inventada por no sé qué pescadores de Galilea?

8.º Dios, en fin, habría confirmado el fraude de estos impostores haciendo que se cumplieran las profecías por ellos inventadas, y falsamente atribuídas á Jesús; y con la realización de innumerables milagros obrados en favor de sus discípulos, hubiera además contribuido á engañar al género humano.

Á la verdad, si tales imposibles se hubiesen realizado, sin duda estaríamos en el caso de escribir con Ricardo de San Víctor: «Señor, si estoy en el error, es porque Vos me habéis engañado; porque la religión cristiana está confirmada por tan claras y numerosas señales, que no puede venir sino de Vos. Domine, si erro, a te ipso deceptus sum, nam isla in nobis tanlis signis et talibus confirmata sunt, quae non nisi per te fieri possint (2).

RESUMEN Y CONCLUSIÓN. -Para resumir todo lo dicho en este capítulo, plácenos transcribir aquí una hermosa página de M. de Broglie (La Iglesia y el Imperio romano en el siglo IV): «Los hechos que el Evangelio nos presenta no son como los hechos que nos refieren los fastos de las antiguas religiones, acaecidos en lejanos tiempos, semiheróicos y semibárbaros, y que tuvieron lugar allá en playas remo­tas ó en regiones desconocidas. El sitio donde Jesu­cristo vivió, predicó, instituyó su Iglesia y sacrificó su vida, está en el seno de una sociedad plenamente civilizada, en la capital de una provincia romana, que fué visitada ayer por Pompeyo y que ha de ser el día de mañana descrita por Tácito. La biografía de Jesús no ha llegado hasta nosotros por transmi­sión oral, ni por informes rapsodias, ni engrosada en su camino por el entusiasmo y la credulidad popular. Cuatro relatos, sencillos en su forma, precisos y conformes en sus aserciones, redactados por testigos ocu­lares y contemporáneos, y en una lengua perfecta­mente inteligible, tales son los documentos sobre que se establece la historia de Jesucristo. La conformidad unánime de los antiguos testimonios, la pronta difusión, la semejanza de los textos por todo el mundo repartidos, la conformidad de los relatos con la cronología contemporánea, títulos son todos estos que avaloran los evangélicos escritos, para que puedan colocarse entre los documentos auténticos del pasado. Nunca se han conocido mejores bases para establecer cualquier hecho histórico, ni pudo jamás la crítica de los textos afectar más exigencias. Nosotros conocemos á Jesucristo por sus discípulos Juan y Mateo; á San Pablo por Lucas, compañero de sus viajes. ¿Conocemos á Alejandro ó á Augusto por otros relatos que los de sus compañeros de armas ó de sus cortesanos? Porque estos hechos interesen más ó menos á la fe y superen á la razón, porque traigan consigo consecuencias morales, ¿tendremos motivo legítimo para rehusarles las reglas ordina­rias de los humanos juicios? No pedimos para el Evangelio otro favor que el que no se le excluya del derecho común de la ciencia y de la erudición.» «Si se tuviera, dice á su vez M. Wallon, al final de su recomendable obra sobre la creencia debida al Evangelio, si se tuviera con los libros antiguos ó modernos las exigencias que se tienen para con el Nuevo Testamento, la historia estaría aún por escribir, á falta de testimonios debidamente autenticados: siempre nos parecería estar en la época mitológica.»

RESPUESTA GENERAL A LAS OBJECIONES CONTRA LA AUTORIDAD DE LOS EVANGELIOS

Como no entra en nuestro plan el responder á todas las dificultades particulares que pueden hacerse contra la veracidad de los Evangelios, ya que sus soluciones pueden verse en las obras de especialización, nos limitaremos á esclarecer solamente alguna que otra, de carácter más marcadamente histórico. Para lo cual nos ayudarán algunas reflexiones, seguidas de breves notas sobre ciertos puntos más importantes. Extractaremos las primeras del citado M. de Broglie.

Cuantas objeciones se formulan de ordinario, ya contra la autenticidad de los Evangelios, ya contra la verdad de los hechos que en él se cuentan, se reducen necesariamente á uno de los tres puntos siguientes:

1.º El carácter milagroso de los hechos referidos.

2.º La discordancia entre los diversos relatos evangélicos.

3.º La oposición entre ciertos hechos contados por los Evangelistas y los hechos ó la cronología de la historia contemporánea, tal como nos la ofrecen los historiadores profanos.

¿Qué pensar de estos capítulos de acusación?

1.º El carácter milagroso de los hechos Evangé­licos no prueba absolutamente nada contra su autenticidad ni su verdad, á menos que se pretenda rechazar como imposible, a priori y sin prueba alguna, cualquier milagro. Una vez admitida, según lo exige no sólo la lógica, sino el simple buen sentido, la posibilidad del milagro, ya no es lícito invocar contra los Evangelistas los hechos milagrosos que refieren; pues los tales pueden constar evidentemente, al fin como cualquier otro, en primer lugar por los testigos, y después, en ausencia de los que los presenciaron, por el testimonio. Ya más adelante hablaremos de propósito de la posibilidad de los milagros y de su justificación.

2.º Cuanto á las diferencias que aparecen en los Evangelistas, las hay de dos clases: diferencias por omisión, cuando un Evangelista omite lo que el otro reproduce, ó calla cuando el otro habla; y diferencias por contradicción, cuando varios Evange­listas hacen, del mismo hecho, relatos que parecen irreconciliables (3).

Dicho se está que de estas desemejanzas, las pri­meras no tienen ningún valor, y éste es el caso de la mayor parte de las discordancias que contra los Evangelios se aducen. Bien sabido es, además, que los Apóstoles, cuya enseñanza, según los usos de los rabinos judíos, y según la orden que de Jesús habían recibido, era esencialmente oral, escribieron únicamente por ocasión, sin tener intención preconcebida de formar un cuerpo completo de doctrina, ni de referir todos los hechos de Jesús. Los Evangelistas declaran abiertamente que están muy lejos de haber escrito todo lo que sabían sobre la persona del Sal­vador.

Las desemejanzas por contradicción ofrecen más serias dificultades. Pero téngase muy presente que las contradicciones entre dos relatos de un mismo hecho, aunque se presentasen debidamente probadas, únicamente podrían hacernos dudar acerca de la exactitud de ciertos pormenores, pero no rechazar ni la substancia de dicho hecho, ni los otros puntos sobre los cuales concuerdan las narraciones. Ahora bien, las aparentes contradicciones que entre los Evangelistas se presentan, todas se refieren á puntos, insigni­ficantes ó detalles sin importancia (4). En cuanto al conjunto de la historia y á las preciosísimas y con­movedoras verdades que se desprenden de la simple exposición evangélica, el acuerdo es completo jamás escritores diversos han descrito tan bien la mis­ma persona; jamás han andado más unidos, con aque­lla perfecta unidad que es patrimonio de la verdad.

3.º Por lo que toca al desacuerdo del Evangelio con la historia general de aquel tiempo, las mismas advertencias de antes nos llevarán á idéntico resultado. Estas advertencias que, por lo demás, son bien escasas en número, pueden dividirse también en omisiones ó contradicciones.

Las omisiones no prueban nada, sobre todo por­que, en la historia evangélica, se trata, no de hechos que en aquella época debieran absolutamente ser conocidos de los historiadores de Roma y figurar en los anales contemporáneos, sino de la historia de un carpintero que habitaba en un pueblecillo de provincia, y cuya influencia fué al principio sobrado limitada para llamar la atención de Tácito y de Suetonio. Solamente vinieron los grandes analistas á hacer mención de los cristianos, cuando éstos fueron ya tan numerosos en la misma Roma, que llamaron la atención de los filósofos y de la policía romana: es decir, unos treinta años después de la muerte de Cristo. Y éste es precisamente el momento en que Tácito nos muestra á los cristianos (secuaces de Cristo) perseguidos en Roma por Nerón.

Restan las contradicciones que pueden encontrarse entre el escaso número de datos mencionados en la historia evangélica y la cronología general de la his­toria de aquellos tiempos. Como ya hemos dicho, aun cuando no pudiéramos explicar satisfactoriamente estas dificultades, ni hacerlas desaparecer mediante cualquier plausible suposición, sólo resultaría de ello una duda sobre la data de ciertos hechos evangélicos, sobre el nombre de tal ó cual gobernador de Judea, en aquella época, y sobre alguno que otro punto por el estilo, absolutamente secundario ; mas no por eso sufrirían detrimento los hechos verdaderamente esenciales, ni sería menos cierto que Jesu­cristo ha venido al mundo, que ha obrado milagros, que se han cumplido en las profecías, que ha muerto en la cruz, y finalmente que ha resucitado.

Ahora bien, los puntos que permanecen firmes y sobre los cuales no hay divergencia alguna, no son menudencias cualesquiera, sino hechos incontestables y capitales que nos sirven para probar la divinidad de la misión de Jesucristo y de su obra la religión cristiana.

¿Qué hombre dotado de juicio y razón puede ex­trañarse de que nos hallemos tal vez perplejos en la interpretación de un texto, sobre todo tratándose de pueblos cuyas costumbres, usos y lenguaje eran tan diferentes de los nuestros? ¡Cuántas cosas, sin duda muy claras y comprensibles para los contemporáneos, son para nosotros completamente obscuras, y hasta nos parece que envuelven contradicción! Los progresos de la lingüística, de la geografía, de la epigrafía, de la numismática, realizados en nuestros tiempos, nos han prestado ya importantes servicios, esclareciendo bastantes puntos que habían perma­necido, hasta el presente, envueltos en la oscuridad.

RESPUESTA Á ALGUNAS OBJECIONES PARTICULARES.

1.ª OBJECIÓN. -Existe n Evangelios falsos: luego los nuestros podrían serlo igualmente.

Respuesta. 1.-Esto valdría tanto como decir: existe moneda falsa: luego no existe moneda legíti­ma. Cabalmente la argumentación verdadera es la contraria, y Pascal tiene razón cuando dice: En lugar de concluir que no hay Evangelios verdaderos porque los hay falsos, más bien hay que decir lo con­trario: que hay Evangelios verdaderos porque los hay falsos, y que no los habría falsos si no hubiera ver­daderos. Los Evangelios apócrifos no han podido ser sino falsificaciones de los verdaderos, y, en este sen­tido, lo que hacen es servirles de testimonio.

En efecto, si los autores de los Evangelios apócrifos lograron, no sin éxito, contar hechos parecidos á los de los Evangelios auténticos, fue porque estos hechos estaban más ó menos en consonancia con los de aquéllos, de los cuales puede decirse que tomaban su tinte de autoridad; así es como venían los falsos, á semejanza de los verdaderos, á ponerse de acuerdo con los acontecimientos recientes, con la tradición, con los monumentos y con los recuerdos contemporáneos de la Judea.

2. Tenemos pruebas ciertas de que los evangelios llamados apócrifos son realmente tales; y por otra parte, respecto de la autenticidad y verdad de nues­tros cuatro Evangelios, tenemos también pruebas del todo positivas. Tan claramente reúnen estos últimos todos los caracteres de absoluta veracidad, cuanto los otros, abiertamente de carácter mítico, están marcados con el sello de la inverosimilitud ó de la mala fe. «Estas composiciones, dice Renán, no deben en modo alguno ponerse al lado de los Evangelios canónicos, pues no son más que vulgares y pueriles amplificaciones, que, teniendo de ordinario á los canónicos por base, nada nuevo añaden que sea de algún valor» (5).

3. Los Evangelios apócrifos jamás han sido admitidos por la Iglesia, y se perdieron muy pronto en el olvido, mientras que nuestros cuatro Evangelios han sido siempre distinguidos como los únicos auténticos, no sólo por la Iglesia, sino por los mismos herejes y paganos. «La Iglesia, dice Orígenes, tiene cuatro Evangelios; la herejía los tiene en mucho mayor número.» (6).

2.ª OBJECIÓN (7). En los griegos y romanos, así como en los germanos y los indios, toda religión, dice Straus, comienza con mitos, esto es, por ciertos relatos fabulosos donde se expone una idea moral, un hecho físico, etc., bajo la figura de un hombre que jamás existió. Lo mismo pretende este autor que ha sucedido en la religión cristiana, en la que, lo que era propio de toda, la humanidad, se ha atribuído á un héroe único, Jesucristo.

Respuesta. 1. -Lo que hemos dicho (pág. 323), hablando de las consecuencias absurdas que resultarían de suponer tal impostura en los Apóstoles, se aplica perfectamente á la suposición de un mito. En este caso tendríamos que un mito, un relato fabuloso habría bastado para fundar una institución tan viva y tan indestructible como la Iglesia; un mito habría conseguido realizar la conversión del mundo, y por un mito se habrían dejado degollar los mismos que lo habían inventado y, tras ellos, millones de hombres.

2. Que las otras religiones se funden sobre rela­tos fabulosos nada tiene de extraño, ya que también ellas son falsas. Por eso sus autores han tenido buen cuidado en colocar su origen en los tiempos prehistóricos, es decir en una época de oscuridad en que la imaginación de los poetas ha podido espaciarse libremente. Pero aquí sucede todo lo contrario: el cristia nismo pertenece á una época de plena luz histórica, de actividad intelectual y hasta de escepticismo; á una época, por consiguiente, en que cualquier relato fabuloso no hubiera tenido más garantías de éxito que el que hoy mismo alcanzara si se propusiera ­¿Cómo pueden compararse los personajes míticos de otras religiones con la excelsa figura de Jesucristo, tan viva, tan radiante y de tan dulce y sencilla majestad? ¿Quién no ve la distancia inmensa que media entre los insulsos relatos de la mitología, siempre nebulosos é indecisos, donde se confunden tiempos, lugares y personas, y una narración tan detallada y tan concreta de los actos del héroe, como acaece en el Evangelio? El observador más superficial reco­nocerá al punto, en ella, signos indudables de verdad histórica.

3. Aplicar el sistema mítico á Jesucristo es destruir la historia entera. Seguramente no hay nadie que se atreva á poner en duda la existencia y brillantes hechos de Napoleón. Sin embargo, recurriendo al mito, lograría tal vez hacerse muy verosímil que el gran conquistador de los tiempos modernos no ha existido nunca. En una obra de Marcadé «Etudes de science religieuse», puede verse un ensayo de este género, como respuesta á Strauss y á sus partidarios. Si se contesta que las obras de Napoleón le sobreviven y protestan enérgicamente contra la hipótesis de un mito, no seremos ciertamente nosotros quien lo niegue; pero estas dos obras de Jesucristo, la Iglesia y toda la cristiana sociedad, brillan también, hace ya más de diez y nueve siglos, con destellos tan fúlgidos que su misma existencia, constituye la prueba más palmaria de que Jesucristo, tal como se nos muestra en el Evangelio, ha sido la figura más grande y la realidad más vigorosa que jamás ha exis­tido en el mundo (8).

CONCLUSIÓN.-Los Evangelios poseen, pues, considerados como documentos históricos, una autoridad irrefragable; por lo cual bien podemos apoyarnos en ellos para probar la divina misión de Jesucristo y de su obra, la religión cristiana.

Notas:

(1) Sobre el estilo de los Evangelios, véase á Mgr. Le Courtier: La Passion de J.-C., pág. 40. V. en la Revue pratique d'Apolog., núm. de 1.° de Enero 1906, Pourquoi Jésus-Christ n'a pas écrit.

(2) De Trinit. 1, 2; V. el panegírico de San Andrés, por Bos­ suet.

(3) Si se quieren conocer y apreciar los diferentes sistemas á que se ha recurrido para explicar las semejanzas y divergencias entre los Evangelios, puede, con utilidad, consultarse la obra del abate Fillion, Les Saints Evangilies, t. 1, págs. 39 y sig.

(4) Tratándose de un historiador inspirado, no se le puede atribuir ningún error; pero no debemos olvidar que aquí consideramos la veracidad de los Evangelios únicamente desde el punto de vista histórico.

(5) Vie de Jésus, Introd., pág. LXXXIII.

(6) «En todos los Evangelios apócrifos que, en su conjunto, pertenecen á los siglos III y IV, y aun hasta el V, no hay un solo Hecho maravilloso cuyo relato pueda ponerse en parangón con los de los milagros evangélicos.» Lepin, Revue pratique d'Apolog., 1.° y 15 Die. 1905, 15 de junio, 1.° de Agosto y 1.° de Septiembre 1906; Vigouroux, Dict. de la Bible, 1899, t. II, col. 2114. El mismo escritor pone muy de relieve en los citados artículos, y mediante el contraste de los relatos, la autenticidad de los Evangelios canónicos y la sinceridad de sus autores; Cf. Freppel, Les Péres apostoliques, pág. 44; Abbé Variot, Evangiles apocry el cristia phes; Corluy S. J., Evangiles apocryyphes, art. del Dice. apol. de Jaugey, pág. 1172.

(7) No ignoramos que los sistemas de Strauss y Renán están hoy dia universalmente abandonados por los mismos racionalistas. Sin embargo, no será inútil recordar estas objeciones que poco ha pasaron por invencibles, ya que se ven aún mencionadas en obras de segundo orden y á las que no cesa de exhumar, de vez en cuando, la prensa impía.

(8) V. Lacordaire, Conf. 43, 1846; Valroger, Introd. aux livres du Nouveau Testarnent. Por lo demás es inútil hablar de la Vie de Jésus escrita por Renán, la cual no es sino una pura novela subjetiva, universalmente reconocida como tal por amigos y enemigos.

28Mar/100

Valor histórico de los Evangelios (2)

Valor histórico de los Evangelios (2)

Si nada ha omitido la incredulidad para arruinar, si pudiera, la veracidad de los libros del Antiguo Testamento, dicho se está que Había de esforzarse en dirigir sus más formidables golpes contra la certid umbre de los Evangelios. Quebrantar esta certi­dumbre sería quebrantar el mismo Cristianismo. ¿No son los Evangelios los que, sobre todos los otros sagrados libros, nos cuentan, á la vez que la vida, milagros, muerte y resurrección de Jesucristo, la institución de la Iglesia? Importa, pues, establecer so­bre sólidas pruebas la autoridad histórica de los santos Evangelios, esto es, su autenticidad, su integridad y su veracidad substancial.

§ I. Autenticidad

Para atacar la autenticidad de los Evangelios, la crítica independiente ha puesto en juego, sobre todo de un siglo á esta parte, todas sus armas. Irónica, primero, y mentirosa bajo la pluma de Voltaire y sus secuaces, se la vió luego afectar con Lessing y sus adeptos alemanes el severo ademán de la ciencia. Se ha hecho, sucesivamente, naturalista con Eichhorn y Paulus, mítica con Strauss, Petrinista y Paulinista con Batir y la Escuela de Tubinga. Hoy día muéstrase más bien documentaria. ¿Será éste el último grado de evolución de la crítica? A la verdad, no lo esperarnos así.

Pero sea lo que fuere, es evidente que estamos en posesión de un hecho, por todos indudablemente reconocido y es que, á medida que van sucediéndose los sistemas racionalistas, uno tras otro van cayendo también en el olvido, hasta tal punto que ha llenado ya de confusión á algunos de sus partidarios.

Por el contrario, la autenticidad de nuestros Evangelios parece cada vez más inexpugnable. Tanto es así, que la crítica ha hecho mil imposibles para retrasar la fecha ele su composición. Por esta causa empeñábanse algunos en remontar la aparición del Evangelio de San Juan. Pero he aquí que Tischendorf escribe sin titubear: «Nos creernos autorizados para colocar hacia el fin del siglo l, no sólo el naci­miento o composición de los Evangelios, sino su compilación en un cuerpo canónico.» El mismo M. Harnack declara que todos los hombres competentes acabarán por reconocer que «el cuadro cronológico, según el cual ha dispuesto la tradición los antiguos monumentos del cristianismo, es exacto en todas sus líneas principales, y, por consiguiente, obliga al historiador á rechazar toda hipótesis que esté en oposición con él». (1)

TESIS. -LOS EVANGELIOS FUERON ESCRITOS EN EL SIGLO DE LA ERA CRISTIANA POR LOS AUTORES CUYO NOMBRE LLEVAN ESTO ES, POR LOS APÓSTOLES O POR SUS INMEDIATOS DISCÍPULOS,

PRIMER ARGUMENTO. -Los testimonios positivos er favor de esta autenticidad son' tan numerosos y cons tantes, que desafían toda seria contradicción. Tene mos, en efecto, sobre este punto:

1. El acuerdo unánime de todos los autores cristia­ nos de los primeros siglos. Si desde fines del siglo II nos remontamos hasta los tiempos apostólicos, veremos sucederse sin interrupción un sin fin de testimonios, irrecusables todos, de la autenticidad de nuestros Santos Evangelios. «El Verbo, habiendo aparecido en medio de los hombres, escribe San Ireneo, nos ha dado un cuádruple Evangelio, animado de un mismo espíritu.» (Contra Haer. III, XI, 7, 9.) No solamente el santo obispo de Lyon nombra los cuatro Evangelios, sino que los cita continuamente en sus obras. Tanto es así que se encuentran en ellas 231 textos sacados de San Mateo, 13 de San Marcos, 125 de San Lucas y 94 de San Juan; además contiene un análisis del Evangelio de San Lucas que responde, punto por punto, al libro que nosotros tenemos de este nombre. Esto supuesto advertimos que San Ireneo se halla unido á los tiempos apostólicos por medio de San Policarpo, el cual fué discípulo del mismo San Juan. Clemente de Alejandría, que fué también de su época, da el mismo testimonio. Respondiendo á uno de sus adversarios, en el libro III de sus Stromates, escribe: «Esta palabra no está escrita en ninguno de los cuatro Evangelios transmitidos hasta nosotros, mediante la tradición, sino sólo en el de los Egipcios.» En otras de sus obras copia gran número de textos sacados de los cuatro Evangelios. En cuanto á Tertuliano, puede decirse que todas sus obras están llenas de alusiones á los sagrados textos, hasta tal punto que Reuss, sabio alemán que los ha entresacado, ha creído deberlos publicar con éste significa­tivo título: El Nuevo Testamento sacado de los escritos de Tertuliano. En esta misma época, ó sea, hacia el año 170, poseía la Iglesia de Roma un catálogo de los libros sagrados en el cual encontramos nuestro cuatro Evangelios. Este es el catálogo descubierto en el siglo XVIII, en la biblioteca Ambrosiana por Muratori, y que por este motivo ha tomado el nom­bre de Canon de Muratori.

Tenemos, pues, que en la mitad del siglo II eran nuestros cuatro Evangelios conocidos en las Galias, en Asia, en África, en Roma, y aceptados y atribuídos por todos á los Evangelistas del siglo I.

Ahora fácilmente podremos dar un paso adelante, hasta tocar más de cerca sus orígenes.

San Justino, filósofo pagano convertido al cris­tianismo, y que sufrió el martirio entre los años 163 á 167, escribió dos apologías en favor de los cristia­nos. Lo que refiere, pertenece, pues, á la primera mitad del siglo Ir. Pues bien, él nos dice ya de su tiempo que «las memorias de los Apóstoles llamadas Evangelios, eran leídas en las reuniones de los cristianos.» (Apol. I, 67.) Dice también que «en estas memorias han escrito los Apóstoles las órdenes que dió Jesús concernientes á la Eucaristía y al Sacerdocio» (Apol. I, 66.) Después de esto, aún hace veinte veces el mismo santo mención de estas memorias, sin dejar lugar á duda ninguna sobre su procedencia. (Dial. 103.)

Hacia el año 170, Téófilo y Tacieno, ambos escritores eclesiásticos, compusieron una Armonía, que es lo que hoy llamaríamos una Concordancia de los Evangelios. El título de la obra de Tacieno «Diatessaron», es decir, obra de los cuatro, atestigua lo que por otra parte ya sabemos, es decir, que este autor conocía los cuatro Evangelios. De la obra de Teófilo escribe San Jerónimo «que forma una combinación de los cuatro Evangelios, reduciéndolos a un todo». (2)

Lo mismo se deduce de los escritos de los discípu­los inmediatos de los Apóstoles, llamados Padres apostólicos (3), á saber, que todos ellos Conocieron nuestros Evangelios canónicos. Cierto que San Clemente, en la 1ª Carta que se le atribuye (93 á 95), no se remite jamás á los Evangelios, pero con todo no se puede negar que hace á ellos frecuentes alusiones. F. X. Funck, á quien nos reconocemos deudores de la mejor edición crítica que se ha hecho de los Padres Apostólicos, nota, en esta primera carta, 24 pasajes, de los cuales 10 visiblemente parecen inspi­rarse en San Mateo, 3 en San Marcos, 4 en San Lucas y 7 en San Juan. Se ha notado además que San Ignacio Mártir, sin tratar ex profeso la cuestión de los Evangelios, remítese con frecuencia, en las 7 cartas que de él nos quedan (110, 117, á los «Archivos», ó sea (pues también usa varias veces esta palabra), al «Evangelio». Tengo entendido, escribe á los Filadelfios (VIII, 2), que hay quienes dicen: si no encuentro (esto) en los Archivos, en el Evangelio, no lo creo. Y como yo les dijese: pues esto está escrito, ellos me respondían: eso es lo que hay que probar. En cuanto á mí mis archivos son Cristo Jesús...» A dvierte Funck en las epístolas de San Ignacio, 16 citas de nuestros Evangelios. La sola epístola de San Policarpo á los habitantes de Filippos contiene 11. Papías, contemporáneo de San Juan, en los fragmentos de su Explicación, que nos han sido conservados por Eusebio, menciona expresamente la Logia, ó sea los rélatos de San Mateo y de San Marcos. Finalmente «la doctrina de los doce Apóstoles», cuya redacción quieren los críticos que se remonte á fines del 1º siglo, y que no se ha publicado hasta el año 1883, no solamente nombra cuatro veces los Evangelios, sino que toma manifiestamente veinte pasajes de San Mateo y á lo menos dos de San Lucas.

2. La con formidad de los herejes de los primeros siglos. Desde los tiempos apostólicos, los Gnósticos conocían nuestros Evangelios, de los cuales se sirvieron con harta frecuencia para sus dañados inten­tos. Marción, que vivió en Roma entre 117 y 138, no pudo negar su origen apostólico, si bien no quiso admitir más que el de S. Lucas, y esto después de alterarlo, con el fin de hacer de él el fundamento de su nueva religión. Valentín, que enseñó en Roma entre 138 y 161, aceptó la autoridad de los cuatro Evangelíos, aunque tuvo marcada preferencia por el de S. Juan. Su discípulo Heracleón llegó hasta componer un comentario sobre este mismo Evangelio. Hacia el año 120 encontramos también, en Alejandría, á Basílides, el cual, no solamente cita á tres de los Evangelios como Sagrada Escritura, sino que los comenta, según el espíritu de su gnosis. A ejemplo de estos heresiarcas, los Ebionitas y los Ofitas se apoyan igualmente en los Evangelios. Lo curioso del caso es que estos herejes, cuyo blanco era establecer sistemas que contradijeran á los Evangelios, no encuentran otro medio de lograr su objeto, que el de fundarse en estos mismos libros, invocando á cada paso su autoridad. Tan incontrastable era la autenticidad de estos libros y tan grande la autoridad de que ya entonces gozaban. No puede negarse que entre este concierto unánime de voces, percíbese una nota discordante: la de los Alogos, que atribuían á fraude la composición del Evangelio de S. Juan; pero es sabido de todos que el único móvil que los impul­saba era de orden puramente dogmático, es decir, porque no querían reconocer que fuese obra de un apóstol un escrito que abiertamente afirma la existencia y los atributos del Verbo de Dios. Con todo, ellos mismos colocan su origen en la época en que vivió S. Juan. Prueba manifiesta de que el cuarto Evangelio estaba en manos de la Iglesia cristiana desde el Final de la época apostólica. (5)

3. La conformidad de los paganos. Celso, en su Verdadero discurso, escrito hacia el año 178, ataca los sagrados Libros, y los Evangelios en particular; acusa á Cristo de ser un mago, y á los apóstoles de impostores, pero ni por sueños se le ocurre negar la, autoridad de los libros que transmiten sus doctrinas. Lo mismo vinieron más tarde á decir Porfirio, Hierocles y juliano el Apóstata. Estos encarnizados y sagaces enemigos de la religión cristiana, se esforzaron en sacar del estudio de los Evangelios objecio nes con que demostrar su falta de inspiración divina, pero jamás les pasó por pensamiento combatir su autenticidad. Ahora bien, de ser posible, indudablemente no hubieran dejado de recurrirá este medio, de ataque, siendo, como es, á no dudarlo, el más eficaz y breve para echar por tierra la Iglesia de Cristo.

SEGUNDO ARGUMIENTO. -Los Evangelios tienen todos los caracteres intrínsecos de autenticidad. Lejos de encontrar en ellos nada que sea opuesto á las leyes, usos, instituciones, lenguaje, costumbres, caracteres, gustos, prejuicios y, en una palabra, al estado social y religioso de la Judea en aquella época, todo se halla escrito con tan escrupulosa exactitud y tan precisos pormenores, que es fácil convencerse de que tales hechos no pudieron ser referidos más que por testigos oculares. Otro tanto debe decirse con respecto á la historia, geografía, topografía y numismática de aquellos tiempos. Los ingleses Lardner y Paley han demostrado que la conformidad de los Evangelios con el estado de la sociedad romana, tal como la conocemos en el tiempo de Augusto, se verifica hasta en sus más ínfimos detalles. Ahora bien, esto no sería posible si los Evangelios hubiesen sido redactados por escritores posteriores á dicha época; pues no hu­bieran podido menos de incurrir en equivocaciones, especialmente en ciertos puntos complicados y obscuros de aquel primer siglo (6). -Manifiestamente se ve, por una multitud de pasajes, que los judíos, á los que S. Mateo dirige su Evangelio, habitaban en Jerusalén, antes de la ruina de esta ciudad (año 70). La Jerusalén de Agripa aparece en este Evangelio tan viva, que los racionalistas no se atreven á retrasar la composición de este escrito más allá de los años que inmediatamente sucedieron á la destrucción de la ciudad santa: si así no fuera, ¿cómo explicar que la desaparecida ciudad hubiese dejado un recuerdo tan indeleble? Por lo demás, si algunos encarnizados enemigos de nuestros Sagrados Libros han querido fijar, para la composición de nuestro primer Evangelio, una fecha posterior al año 70, no es porque tengan motivos intrínsecos que hacer valer, sino sólo porque encuentran en él anunciada la ruina de Jerusalén y del Templo; y como no quieren admitir la profecía, por eso se ven constreñidos á declarar que se escribió después de tal acontecimiento. (7)

TERCER ARGUMENTO. -Las pruebas que preceden serían suficientes para dejar, al menos perentoriamente, establecida la autenticidad de nuestros Evangelios. Sin embargo, aun podemos decir algo más, y demostrar que es imposible que estos libros no sean auténticos. En efecto: de los testimonios ya indicados; resulta que estos libros eran universalmente reconocidos por auténticos en el comienzo del segundo siglo, y aun en el primero (8). Si, pues, hubiera habi­do alguna impostura, necesariamente debiera haberse cometido, ó en vida de los apóstoles, ó poco tiempo después de su muerte. Cualquiera de estas dos hipótesis es igualmente inadmisible, por las vivas reclamaciones que se hubieran levantado, ó de parte de los apóstoles, tan atentos á conservar la fe en toda su pureza, ó de parte de sus inmediatos discípulos, ó de parte también de los gentiles y de los herejes, por lo muy interesados que estaban en desenmas­carar el engaño. Pues bien, nada de esto se produjo. Los fieles jamás dudaron en recibir estos escritos como venidos por mano de los apóstoles; mientras que la aparición de los evangelios apócrifos levantó al punto las protestas de los más autorizados doctores del cristianismo.

De todos estos argumentos puede concluirse que nuestros Evangelios son auténticos. Las pruebas, sobre este punto aparecen tan convincentes, que han obligado á decir al mismo Renán: «En suma, admito como auténticos los cuatro Evangelios canónicos. Todos ellos, según siento, se remontan al siglo I y son, más ó menos, de los autores á quienes se atribuyen.»

Notas:

(1) Histoire des livres du nouveau Testament, por Jac­quier, Lecoffre, 1905. Se admite hoy día que los sinópticos (S, Mateo, S. Marcos, S, Lucas) trabajaron sobre un documento anterior que se llama Logia, ó compilación de las enseñanzas de Jesucristo, el cual más exactamente se refleja en el Evangelio de S. Marcos. S. Juan escribió sin duda su Evangelio en Efeso, con una sublimidad de miras que denota en él una elevación particu­lar, muy visible, sobre todo, si se la compara con la sencillez de los otros.

(2) «Puede decirse que, en la actualidad, así los protestantes como los racionalistas están conteste; en colocar la composición de los tres primeros Evangelios en la segunda mitad del siglo I, y la del cuarto Evangelio en los primero, años del siglo II. -Desde San Ireneo, la tradición eclesiástica está conforme en colocar la composición ele los tres primeros Evangelios entre los años 50 y 70, y la del cuarto entre los 80 y 100. Y ésta es la cronología más generalmente admitida por los escritores católicos de nuestros días. -«La Iglesia no ha dado definición de fe respecto al origen humano de nuestros escritos sagrados, sino solamente respecto de su origen dlvino, es decir, de su carácter inspirado.» Lepin, Jesús Messie el fils de Diere, 2.a edic., Letouzey, París, Introduction, pág. X, XXX y en la nota. Cf. Etu­des de 5 de Julio 1897, l'Evaugile el la critique; Abril 1400, La théorie documentaire dans te Noveau Testament.

(3) Cf. Epist. 121; Migne, t. XXII.

(4) Nos quedan, de los Padres apostólicos, un cierto número de escritos de autenticidad absolutamente incontestable; la céle­bre carta dirigida á los fieles cíe Corinto por s. Clemente, contemporáneo de S. Pedro; la Epístola atribuída (sin razón) á San Bernabé, fiel compañero y amigo de S. Pablo; el libro del Pastor, de Hermas; las Siete cartas de S. Ignacio de Antioquía; la Carta de S. Policarpo á la Iglesia de Filippos; los Fragmentos de Papías, insertos en la historia eclesiástica de Eusebio, y la Doctrina duodecim Apostolorum.

(5) Cf. Lepin, Jesús Messie et Fils de Dieu, d'aprés les Evangiles synoptiques, Letouzey, París, 1905, pág. XII; L 'ori-gine du quatrième Evangile, ídem, 1906; wallon, De ta croyance dite à l' Evangile; Mgr. Freppel, Les Péres Apostoliques, t. I, pág. 41, 45; Gondal, La provenance des Evazzgiles; P. Didon, ,jésus Christ, Introduction; Etudes, L' authenticité des Evazzgiles et les philosophes païens, 1857, t. I, pág. 321; Meignan, Les Evangiles ella critique au XIX siécle; Poulin et Loutil, Les Evangiles el la critique, París, 1903; Dict. bibl., art. Evangiles; abbé Frémont, Lettr e s à l' abbé Loisy, 1904, L'au­thenticité de l'Evangile selon S. Jean n'est ni ne pent étre scientiquement ébranlée (Lettre 5.e, pag. 112); Historie anenne de L' Eglise, por Duchesne, Fontemoing, París, 1906, t. I, pág. 136.

(6) El mundo de Palestina reflejado en nuestros Evangelios, no es precisamente aquel que sucedió á la ruina de Jerusalén, sino más bien el que precedió á la catástrofe acaecida en el año 70. Este es el que se encuentra en estos escritos, allí se ve la situación política, social y religiosa, contemporánea del Salva­dor, tal como ha sido reconstruida por la crítica moderna. Allí se tratan, con la mayor viveza, las delicadas relaciones del poder romano y las autoridades judaicas, el conflicto de las atribu­ciones judiciales del Sanhedrín con las del procurador de Roma. Fariseos, Saduceos y Escribas se mueven y palpitan al rededor de la persona de Jesús. Jerusalén se nos revela con sus monumentos aún en pie, con sus venerandos y sumos sacerdotes, y con su vida religiosa en pleno ejercicio. Solamente los contemporáneos que hayan estado metidos en este mundo palestino, y vivido en medio de los hombres y de las cosas, hubieran sido capaces de describir con tal puntualidad un estado en muchos puntos tan complejo. Después del profundo trastorno causado por la catás­trofe del año 70, ningún otro era capaz de hacer una reconstitución tan exacta de un pasado que ha desaparecido para siempre. Lepin, op. cit., pág. XXV.

(7) Vigouroux, Le Nouveau Testament et tes découvertes modernes; Meignan, L'Evangile et la critique au XIX , siécle; Lepin, op. cit.

(8) No es esto decir que todos los libros fuesen universalmente conocidos y reunidos en cuerpo canónico. Claro está que no se pudieron difundir inmediatamente por todas las Iglesias: mas lo que no se puede negar es que cada uno de los libros del Nuevo Testamento puede invocar testimonios que garantizan su autenticidad. -Véase en los Etudes del 20 de Dic. de 1900 por qué los racionalistas atacan principalmente el Evangelio de S. Juan, pág. 800. Cf. Lepin, L'origine du quatrième Evangile, 1906.

28Mar/100

El Pentateuco y las ciencias.

El Pentateuco y las ciencias.

«La ciencia, dice José de Maistre, es una especie de ácido que disuelve todos los metales, excepto el oro.» Sólo lo que es divino puede resistir los ataques de la crítica moderna. Y por cierto que no son ataques precisamente lo que ha faltado al cristianismo; y si ha salido de ellos victorioso, atribúyase exclusi­vamente á que es de origen celestial, como él mismo afirma y sostiene. En nuestro siglo, especialmente, hanse puesto en juego todas las ciencias, para que con su valioso apoyo ayudaran á socavar la roca sobre que estriba; pero, por dicha nuestra, todos los trabajos científicos encaminados á menoscabar la autoridad del Pentateuco no han servido sino para robustecerla y consolidarla.

Cierto que en más de una ocasión los descubri­mientos científicos han parecido contradecir, por de pronto, al sagrado texto; pero después que á fuerza de grandes trabajos los zapadores de la ciencia han penetrado más á fondo en lo qué antes les era desco­nocido, estas pretendidas contradicciones se desva­necieron por sí mismas, brillando con nuevo y más bello fulgor la verdad de los sagrados libros.

Ni debemos los católicos asombrarnos de este resultado; porque estamos plenamente convencidos de que no puede haber verdadero antagonismo entre la Je y la ciencia; porque Dios mismo, Criador de todas las cosas, es á la vez el Señor de las ciencias y el Autor de la revelación. Sea cual fuere la vía por donde se digne comunicarnos alguna nueva porción de verdad; sea que la revele directamente al hombre, ó que la descubra, paso tras paso, después de sabias y laboriosas investigaciones, lo cierto es que Dios no puede estar en contradicción consigo mismo y, por consiguiente, que nunca habrá de temer la revelación el mentís lanzado contra ella á nombre de la verdadera ciencia.

Pero esta afirmación sumaria no es suficiente para nosotros. Por ahí andan aún muchas objeciones sacadas de la geología, de la paleontología, de la biolo­gía y de otras ciencias (1), con las cuales se ha pro curado levantar gran polvareda. Y aun en ciertas almas ha ocasionado la ruina espiritual, ó sea la pérdida de la fe, siendo la piedra de escándalo en que han tropezado, al ir con sutiles averiguaciones en pos de la verdad religiosa. A fuerza de oir repetir, en todos los tonos, que la ciencia es incompatible con la revelación, y que los descubrimientos modernos han puesto en evidencia la imposibilidad del milagro, y probado lo absurdo de los dogmas del Cristianismo, muchos hombres han acabado por ver derribadas y deshechas sus creencias religiosas. Mucho importa, pues, que los jóvenes católicos procuren por sí mismos tener fe ilustrada, poniéndose en con­diciones de poder patentizar la vaciedad de estas men­tirosas afirmaciones; necesario es que aprendan á refutar estos sofismas capciosos y aparten á sus hermanos de ciertos prejuicios que pueden serles obstáculo para la adquisición de la verdad (2). He, aquí, pues, el lugar oportuno para examinar las principales dificultades, suscitadas á nombre de la ciencia, contra lo que dice el Pentateuco respecto la formación y edad del mundo, la obra de los seis días, la antigüedad del hombre, etc. Por nuestra parte, demostrare­mos que los modernos descubrimientos, en lo que tie­nen de cierto, dejan absolutamente intactas las verda­des reveladas y las pruebas de la revelación.

ADVERTENCIAS PRELIMINARES. -Para fijar la situación recíproca de la Sagrada Escritura y de las ciencias, se hacen necesarias algunas advertencias preliminares.

PRIMERA ADVERTENCIA. -La Sagrada Escritura no es en modo alguno un libro científico. -Aun en los sitios en que habla de fenómenos especialmente propios de la ciencia, no hay que creer que la Escritura se proponga entonces resolver algunos proble­mas de geología ó de astronomía, sino más bien ense­ñarnos las verdades de la fe, exponer los hechos de la religión y los deberes que de ellos se derivan. Así, por ejemplo, cuando Moisés relata la creación, lo único que se propone es revelar y afirmar el dogma de la creación divina respecto á todas las categorías de los seres, y establecer de esta manera los fundamentos de la religión, y el precepto del descanso hebdomadario, pero de ningún modo pretende enseñarnos historia natural, ó formular una geogonía teórica y completa, ó describirnos científicamente las sucesi­vas transformaciones por que ha pasado el planeta que habitamos.

De aquí resulta que cuando se interpreta la Escritura, hay que considerarla desde este aspecto doctrinal y religioso, y no con la mira de descubrir en ella fórmulas destinadas á zanjar las cuestiones debatidas entre los sabios (3). Resulta también que la Escritura, así como no puede dar por verdaderas pro­posiciones que han sido reconocidas como erróneas por la ciencia (4), así no hay inconveniente alguno en que hable de las cosas según las apariencias exteriores que entran por nuestros sentidos. Nada obsta, pues, que, para enunciar las verdades religiosas, se sirva de expresiones, metáforas y figuras científi­camente inexactas, si se las toma en sentido riguroso, pero qué son conformes, ya con el genio de la lengua en que ella se expresa, ya con el género de literatura que adopta, y a con las cualidades espirituales del pueblo á que se dirige. Así, para dar á entender que la batalla de Gabaón pudo terminarse gracias á una prolongación milagrosa de la luz del día (debida tal vez á una simple modificación local de la atmósfera), el escritor sagrado dirá que se paró el sol, como decimos aún todos los días, que el sol se levanta, que el sol se pone. Los mismos sabios y las mis­mas revistas astronómicas no hablan de otra manera.

«La Escritura, dice el ilustre astrónomo Kepler á propósito de este mismo lugar, enseña verdades sublimes, pero empleando, para su inteligencia, locu­ciones usuales. No habla sino incidentalmente de los fenómenos de la naturaleza, y cuando lo hace, emplea los términos más conocidos para la generalidad de los hombres. Nosotros mismos, los astrónomos, si bien perfeccionamos la ciencia de los astros, no podemos lisonjearnos de perfeccionar el lenguaje; como el pueblo, decimos: el sol se levanta, el sol pasa por el meridiano, el sol se pone; expresamos, como cualquier hijo de vecino, lo que parece que pasa á nuestros ojos, aunque nada de todo ello sea verdad. No debemos, por tanto, exigir más de la Sagrada Escritura en este punto; pues si ella abandonara el lenguaje ordinario para tornar el de la ciencia, no lograría otra cosa que desconcertar á los simples fieles, cerrándose el camino para obtener el fin subli­me que se propone» (5).

Arago habla en el mismo sentido en su Astronomie populaire, t. III, p. 23 (6).

SEGUNDA ADVERTENCIA. -León XIII, en su Encíclica, afirma que no hay que temer, conflicto alguno entre la fe y las ciencias, siempre que éstas no traspasen los dominios que les son propios, invadiendo los que pertenecen á la filosofía y á la fe (7).

En efecto, estos conflictos, en todo caso, no pueden provenir más que de uno de estos dos motivos: ó bien de las pretensiones de ciertos sabios que presentan sus propias opiniones como si fueran decretos irreformables de la misma ciencia; ó bien de la imprudencia de ciertos comentaristas de la Escritura que ofrecen como verdades reveladas lo que no son sino interpretaciones personales del sagrado texto.

Desgraciadamente no faltan hombres, por lo de­más instruídos, que, cegados por el odio á lo sobrenatural se salen del dominio científico, que es propiamente el de los hechos y el de la experiencia, y edifican sin más fundamento que su imaginación, y a priori, teorías sobre teorías, las cuales si algo demuestran es el deseo de anonadar, si pudieran, toda creencia religiosa. A la verdad, nadie niega á los sabios el dere­cho de idear hipótesis, con el fin de llegar un día á más ciertas conclusiones, pero mientras tales idealizaciones no pasen de ser meras hipótesis no tienen dere­cho alguno á imponerlas (8). -Cuanto á los exégetas, no es don privativo de tal ó cual, sino solo de la Iglesia, el formular interpretaciones dogmáticas obligatorias. -Notemos además que los asertos bíblicos relativos á los hechos de que se ocupa la ciencia, y acerca de los que la Iglesia exige que se respete su sentir, son muy pocos en número. La razón es sencilla y se deduce de lo que ya llevamos expuesto; porque siendo, como es, la Biblia un libro religioso y no científico, no se ocupa de los fenómenos de la naturaleza más que para enseñar á los hombres lo que interesa á su fe y á su conducta (9).

Una cosa en especial hemos de advertir, y es que para que, con toda verdad, pueda haber acerca de algún punto relacionado con la naturaleza oposición entre la Biblia y la ciencia, es necesario que se reúnan las tres condiciones siguientes: 1. El sentido preciso de la Escritura debería ser absolutamente cierto, ya por su propia claridad, ya porque haya sido fijado por la autoridad infalible de la Iglesia. 2.ª Sería necesario que la afirmación de la ciencia fuese indiscutible, sancionada por todos los jueces verdaderamente autorizados. 3.a Sería necesaria, en fin, una incompatibilidad absoluta entre el sentido cierto de la Biblia y el resultado adquirido por la ciencia, y perfecta­mente demostrado. -Ahora bien, estas tres condiciones no se han visto, ni se verán juntas jamás. Pasemos ahora á explicarlas algún tanto.

PRIMERA CONDICIÓN. - Aparte de las decisiones dogmáticas de la Iglesia, no es fácil fijar de una manera cierta el sentido literal de la Biblia en los pasajes en que se trata de las ciencias naturales. Nos referimos especialmente á los relatos que se contienen en los primeros capítulos del Génesis, porque ellos son los que ofrecen fecundo campo para las objeciones.

Sin duda que las interpretaciones de los textos de la Escritura, sostenidos por la unanimidad á lo menos moral de los Padres y de los Doctores de la Iglesia, tienen mayores garantías de certeza (10); mas para ello es necesario que los Padres den su interpretación como propia de la Iglesia; y la impongan, por consiguiente, á la fe de los fieles: in rebus fidei et morum ad aedi ficationem docirinae christianae pertinentium, dicen los Concilios Tridentino y Vaticano. Entonces, y sólo entonces, tienen los Padres y Doctores autoridad de fe, porque en este caso su enseñanza representa ó manifiesta la enseñanza auténtica de la Iglesia universal, que ha recibido de Jesucristo el privilegio de la infalibilidad en lo que concierne á la fe y á las costumbres. Fuera de estas circunstancias nadie está obligado á adherirse á las ideas científicas de los Padres. Ellos, en sus trabajos de exégesis, utilizaron las ciencias tales cuales las encontraron en sus respectivos tiempos; tan libres somos nosotros como ellos de servirnos, para la explicación de la Escritura, de los progresos que las ciencias han realizado en nuestro siglo.

De lo que acabamos de decir, resulta que conser­vamos una gran libertad con respecto á la exposición mosaica de la obra de la creación v de la formación de la tierra. En efecto, este relato, como al momento veremos, ha recibido de parte de los Padres de la Iglesia y de los exégetas las más diversas, por no decir las más opuestas, interpretaciones. Ahora bien, es principio fundamental en hermenéutica, que en las cosas dejadas por Dios y la Iglesia á la libre discusión humana, nadie debe atreverse á dar su interpretación privada como si fuera la única y verdadera interpretación de la Biblia.

SEGUNDA CONDICIÓN. -La afirmación científica de­bería ser tan evidente que no admitiera réplica. Mas si bien miramos, veremos que, en la mayor, parte de las ciencias, dista mucho de ser cierto lo que en con­tra de la Biblia ha pretendido invocarse. En los albores, por ejemplo, de la geología, cuando las hipótesis no hacían más que sucederse unas á otras, pretendióse, á nombre de cada una de ellas, convencer á la Biblia de error (11). «La experiencia de lo pasado, dijo Virchow en el Congreso antropológico de Alemania de I882, nos ha prevenido suficientemente para que no nos arrojemos á sacar consecuencias prematuras. Cuando se habla ó escribe para el público, creo debería examinarse muy prolijamente los gramos, por decirlo así, de verdad científica que entran en nuestros escritos; imprímanse por vía de notas y en tipo menor todas las explanaciones puramente hipotéticas, dejando para el texto nada más que lo absolutamente verdadero.»

TERCERA CONDICIÓN. -Después de lo dicho, inútil es insistir en esta condición, por sobrado evidente. Aun en el caso de que el texto bíblico tenga un sentido cierto, y el hecho científico sea indudable, todavía se requiere que entre el uno y el otro exista manifiesta contradicción, que haya incompatibilidad absoluta. Y, como ya hemos visto, este caso no se presenta jamás. Ya lo haremos ver más palpable­mente cuando tratemos de algunas cuestiones en particular.

TERCERA ADVERTENCIA. -Resulta de todo lo anterior, que la Iglesia no tiene motivo alguno para cohibir á los sabios. Por eso el que tiene fe se encuentra tan holgadamente en el terreno de la ciencia como el que no tiene la dicha de creer. Lejos de obstruir las vías de la ciencia, la Iglesia la deja en completa libertad de moverse y progresar en el vasto camino que Dios le ha señalado; aplaude sus esfuerzos, porque segura está de antemano que sus descubrimientos no harán otra cosa que confirmar las verdades reveladas. Por lo demás, ahí está la historia de los tiempos pasados, para atestiguar que la Iglesia ha sido siempre la noble protectora del verdadero saber. Véase la 2.a parte, cap. V, art. III, § l, Acción de la Iglesia sobre las Letras y las Ciencias. ¿No hemos oído proclamar á León XIII, que «la Iglesia en nada se opone á que las ciencias trabajen en desarrollar su actividad dentro de su propia esfera, siempre que no se aparten de los principios y métodos que les son propios?» (12).

Notas:

(1) Entre las ciencias llamadas comúnmente modernas, a causa de los inmensos progresos que en nuestro siglo han realizado, ponemos á la geología ó ciencia de la tierra; a la astronomía ó ciencia de los cielos; a la biología ó ciencia de la vida; a la paleontología ó ciencia de los fósiles; a la antropología, ó ciencia del hombre desde el punto de vista de su origen, de su constitución, de la unidad de su especie y de su antigüedad; á la etnología 6 ciencia de los pueblos considerados en su antigüedad, en sus lenguas 6 idiomas, en sus hábitos, costumbres, escritos y monumentos.

(2) V. Introducción, p. 16.

(3) Pelt. t. 1, p. 40,

(4) Encíclica Providentissimus de León XIII, sobre los Sa­grados Libros, 1893.

(5) Astronomía nova, Introd., p. 4, Praga 1609. -No carecerá (le utilidad decir cuatro palabras sobre un hecho bíblico que ha tenido el privilegio de excitar la burlona risa de ciertos hombres de nuestro tiempo, como ya en siglos anteriores provocara la de los paganos de Africa, á los que respcndió San Agustín. Tratase de la historia de Jonás. Este hecho es a todas luces milagroso, porque el profeta no podía naturalmente vivir tres días en aquella tenebrosa prisión y ser luego arrojado sano y salvo a la orilla: mas, como hace notar San Agustín, éste hecho no es menos maravilloso que el de la conservación de los tres mancebos hebreos en medio de las llamas del horno; y tan fácil cosa es á Dios conservar vivo á un hombre en el vientre de un monstruo marino, como resucitarlo del sepulcro. Pero, además de este mi­lagro, ¿no hay aquí algún nuevo portento, en el hecho de engullir el monstruo á Jonás? Si el monstruo que lo devoró era realmente una ballena, no hay duda que sí, porque el esófago de este ma­mífero es demasiado estrecho para ciar paso a un hombre. Mas el texto hebreo, que es el texto original, no define el monstruo en cuestión. Unicamente dice que era un gran pez; este término, en su acepción vulgar, comprende todos los monstruos marinos sin excepción, lo mismo los cetáceos que los peces propiamente dichos. El vocablo empleado en la versión de los Setenta no es más explícito. Así piensan los mejores comentadores, tanto judíos y protestantes, como católicos. Parece preferible suponer un pez del género de los Pristis, como lo figuran los frescos de las catacumbas y los monumentos de los primeros siglos; ó, mejor aún, del género de los Squálidos, como el tiburón (Carcharias) ó la lamia (Lama Carnubica). Estos peces en todo tiempo han habitado en el Mediterráneo; de ellos los hay tan enormes, que fácilmente pueden tragar a un hombre, sin triturarlo, y no faltan ejemplos que lo confirmen. Cf. Vigouroux, Manuel biblique, 6. ª ed., t. II., p. 640; Bible de Vence, Dissertation sur le poisson qui engloutit Jonás. -Se encontraran observaciones Interesantes respecto del mismo hecho en un trabajo de Mgr. Lamy intitu­lado: Le prophéte Jonas (Louvain, 1874), inserto en el Dicciona­rio apologético de Jaugey.

(6) A esta objeción: Josué no hubiera en modo alguno man­dado al sol que se parara, á no estar convencido de que andaba», he aquí cómo responde Arago: «Si de este modo discurrimos, tampoco sé puede afirmar que los astrónomos de hoy día crean en el movimiento de la tierra, puesto que dicen generalmente: El sol se levanta, el sol pasa por el meridiano, el sol se esconde. Si Josué hubiera dicho: Detente Tierra, no solamente ninguno de los soldados de su ejército hubiera comprendido lo que quería decir, sino que tal lenguaje pareciera á todos imposible y anticientifico.» Por lo demás poco importa que Josué conociera ó no la verdad respecto de este punto: relatase un hecho verdadero y esto basta.

(7) «La religión, ha dicho Mgr. Freppel, en la sesión de clausura del Congreso científico de París, 1891, no pretende en modo alguno poner trabas a las humanas ciencias en su desenvolvimiento normal y regular, y mucho menos tiene la pretensión de emitir juicios doctrinales sobre el mérito de una obra oratoria y literaria. No hay para qué decir que la Iglesia no ha recibido de su divino Fundador ninguna revelación ni sobre las propiedades de los cuerpos, ni sobre las relaciones de distancia ó de volumen que pueden existir entre los astros. En otros términos, y por tomar las palabras en su precisa significación: no hay ni astronomía, ni medicina, ni química, ni física reveladas; no hay, por lo tanto, mas que ciencias naturales que, por su objeto propio y específico, se fundan y se desarrollan, las cuales no pueden pedir prestado a la teología ni las leyes por que deben dirigirse, ni el método que más les sirva para su desenvolvimiento y progreso».

(8) V. Introd. p. 88 y sig.

(9) «La Escritura, dice M. Pelt, prepónese un fin religioso, especialmente en el primer capítulo del Génesis. Quiere instruirnos en las verdades de la salvación, y condenar los errores de la antigüedad pagana sobre Dios y sobre el mundo; no pretende enseñarnos teorías científicas, de astronomía ó de otras ciencias por el estilo. Ademas el relato bíblico tiene un carácter eminentemente popular. Su lenguaje es concreto y llenó de imágenes: Dios se representa como un obrero que trabaja durante el día y cesa a la tarde en su trabajo, y queda satisfecho al ver terminada su labor. La descripción de las obras de la creación es sencilla y breve; en ella no se mencionan sino los hechos principales, sin precisar ni el modo ni la duración; esos se nos representan según las apariencias, y con un lenguaje y modo de hablar que reflejan las concepciones científicas de los primeros lectores de la Biblia.» Histoire de L' Ancien Testament , t. I, p. 4?, Lecoffre, París, 1904 -Moyses rudi populo loquebatur, quorurn imbecilli­tati condescendens, illa solum eis proposuit, quae manifeste sensui apparent. » S. Thom., Summ Theol., 1ª q. 68, árt. 3, c.

(10) Se llaman propiamente Padres de la Iglesia los escritores santos y sabios que han sido reconocidos por la misma Iglesia, como los fieles testigos y doctores de la religión cristiana. Se da especialmente el nombre de Doctores a aquellos cuya cien­cia ha sido mas eminente y cuya autoridad se reconoce como más considerable Tales son, en la Iglesia griega, San Basilio, San Atanasio, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo; y en la Iglesia latina, San Gregorio, San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo, San León, Santo Tomas de Aquino, San Bernar­do; y en los últimos tiempos, San Francisco de Sales y San Al­fonso M. de Liborio.

(11) En su 2.° vol. de los Esplendores de la fe, pone el abate Moigno cinco grandes paginas cíe afirmaciones, todas las cuales pretenden pasar por científicas, pero que, sobre una porción de materias, vienen á ser como el pro y el contra, el sí y el no. V. en la Revue des Quest. scíentif. los artículos de M de la Vallée sobre la certeza en geología.

(12) V. la Encíclica de León XIII Providentissimus, sobre el Estudio de la Sagrada Escritura, 1893; Etudes, P. Prat, S. J., Progrés et tradition ere exégèse, Oct. 190''; J. Guibert, Les Ori­gines, 4ª edic., París, Letouzey, 1905; P. de Smedt, S. J., Prin­cipes de la critique, c. XV.

28Mar/100

Autoridad del Pentateuco

Autoridad del Pentateuco 

OBSERVACIÓN PRELIMINAR. -El fin y objeto de este Curso de Apologética cristiana, como lo indica ya el mismo título de la obra, es demostrar plenamente la divinidad de la religión fundada por Jesucristo, y probar la necesidad en que nos encontramos todos, si no queremos desobedecer los dictámenes de nuestra razón, de creer lo que el Autor de esta religión nos ha enseñado, y practicar todos los preceptos que nos ha impuesto. Ahora bien, para conseguir esto, bastaría que nos fijáramos en de­mostrar la autoridad del Nuevo Testamento y espe­cialmente la de los Evangelios.

Por otra parte, una vez demostrado que la misión de Jesucristo es divina, la sola atestación formal de este enviado de Dios, basta para establecer la divinidad de las dos revelaciones anteriores, la primitiva y la mosaica.

Así pues, si sólo atendiéramos á la simplicidad del método, podríamos, sin dañar á la solidez de la demostración general, suprimir los dos artículos siguientes, que son los que conciernen al Pentateuco. Por lo tanto, si se prevé que ha de faltar tiempo para estudiar seriamente todo este Curso, podránse suprimir las útiles enseñanzas que en estos dos artículos se contienen.

Cierto es que entre las diez pruebas que daremos de la divinidad del Cristianismo hay una importan­tísima, la tercera, la cual se funda en el cumplimiento que tendrán en la persona de Jesucristo las profecías mesiánicas que en él Antiguo Testamento se contienen. Pero, para que esta prueba conserve todo su valor apologético, basta que la razón esté completamente cierta de que estas profecías existen, y de que fueron conocidas mucho tiempo antes de su realización. Ahora bien, está fuera de duda que la versión griega llamada de los Setenta, que se difundió por todas partes, fué empezada hacia el año 280, y acabada hacia el año 125 antes de J. C.

Para que un libro goce de, autoridad completa, para que se imponga á nuestra creencia, debe reunir tres caracteres:

1. La autenticidad substancial; es necesario que el libro, al menos en su parte esencial, se remonte hasta el autor á quien se atribuye (ó á la época que se le asigna, si el autor es desconocido ó dudoso), bien que hayan podido ser utilizados por él docu­mentos anteriores á su época.

2. La integridad substancial: el libro debe haber llegado á nosotros sin haber sufrido alteración en la substancia de las cosas y sin adiciones contrarias á los datos esenciales del fondo primitivo.

3. La veracidad substancial; es decir, que las cualidades morales y las circunstancias todas deben poner al principal autor, y á los que hayan explicado ó completado los primitivos datos, á cubierto de toda suposición de error ó de mentira.

Cuando una obra reúne todos estos caracteres, ningún hombre cuerdo puede negarse á admitir como ciertos los hechos que en ella encuentra consignados, y entonces constituye un documento fehaciente.

Pues bien, tales son los libros de que se compone la Sagrada Escritura. 

I. Autenticidad del Pentateuco 

TESIS. -EL PENTATEUCO RELATA FIELMENTE LA OBRA DE MOISÉS, EL LEGISLADOR DE LOS HEBREOS.

Ante todo, decimos que la autenticidad mosaica del Pentateuco ha sido afirmada por la Comisión bíblica en decreto aprobado por Pío X á 27 de Junio de 1906. He aquí el texto de esta decisión:

«La Comisión pontificia encargada de promover los estudios bíblicos ha juzgado deber responder como sigue á las siguientes dudas que le han sido propuestas:

»I. Los argumentos acumulados por la crítica para atacar la autenticidad mosaica de los Sagrados Libros que se comprenden bajo el nombre de Pentateuco ¿tienen tanta autoridad que ante ellos resulten sin fuerza alguna los numerosos testimonios de uno y otro Testamento, colectivamente tomados, la opi­nión constante del pueblo judío, la tradición per­petua de la Iglesia y los indicios internos que del mismo texto se desprenden, y dan derecho á afirmar, que estos libros no tienen por autor á Moisés, sino que han sido formados con documentos en su mayor parte posteriores á la edad mosaica?

»Respuesta. No.

»II. ¿La autenticidad mosaica del Pentateuco exige necesariamente la redacción de la obra en­tera, de modo que estemos obligados á decir que Moisés escribió de su mano, ó dictó á otros, todos y cada uno de sus rasgos; ó bien se puede permitir la hipótesis de los que estiman que confió á uno ó á muchos secretarios el cuidado de redactar su misma obra, concebida por él bajo el soplo de la divina inspiración, entendiendo siempre que estos secretarios expresaran fielmente sus pensamientos, no escri­biendo ni omitiendo nada que fuera contrario á su voluntad, y que, en fin, la obra, así compuesta y aprobada por Moisés su principal é inspirado autor, haya sido bajo su propio nombre publicada?

» Respuesta. No á la primera parte, sí á la se­gunda.

»III. ¿Puédese conceder, sin mengua de la' auto­ridad mosaica del Pentateuco, que Moisés, para componer su obra, se haya servido de fuentes, como son documentos escritos ó tradiciones orales, de las cuales, según el fin particular que se proponía, y bajo el influjo de la divina inspiración, haya sacado muchas de las partes que ha insertado en su propia obra, ya sea palabra por palabra ó sólo en cuanto al sentido, ya sea resumiendo ó ya amplificando? » Respuesta. Sí.

»IV. Dejando á salvo, en cuanto á la substan­cia, la autenticidad mosaica y la integridad del Pen­tateuco, ¿puédese admitir que en tan largo trans­curso de siglos se hayan introducido algunas„ modificaciones, como, por ejemplo, adiciones hechas después de Moisés, si bien por autor inspirado, ó glosas ó explicaciones interpoladas en el texto, trasladando ciertas palabras ó idiotismos ya anticuados al lenguaje corriente; en fin, lecciones equivocadas debi­das á la impericia de copiantes, cosas todas que sea preciso indagar y fijar, según las reglas de la cri­tica?

» Respuesta. Sí, salvo el juicio de la Iglesia.

El 27 de junio de 1906, en la audiencia benignamente otorgada á los Consultores secretarios, el Padre Santo aprobó las respuestas susodichas y ordenó su publicación. (1)

Como se ve, los miembros de la Comisión encargada por el Soberano Pontífice de promover los estudios bíblicos, declaran que las objeciones acumuladas contra el origen mosaico del Pentateuco no contrarrestan á las pruebas que en su favor se aducen. La decisión dicha nos indica también en qué sentido se puede entender tal autenticidad; admite como legítimas las hipótesis que suponen el recurso á documentos anteriores, el empleo de secretarios, lo mismo que las adiciones ó modificaciones de diversas clases introducidas en él Pentateuco, posteriormente á la época mosaica. Estas hipótesis, bien tomadas y discretamente aplicadas, bajo la vigilante inspección de la autoridad eclesiástica, permiten á los exégetas descartar muchos argumentos que única­mente sirven de sostén á los sistemas imaginados con la mira de arruinar la autenticidad mosaica del Pentateuco.

PRIMER ARGUMENTO. Esta autenticidad se prueba: I.° Por el testimonio tradicional, tan unánime como constante, de los judíos así antiguos como modernos.

a) Los escritores sagrados de la nación judaica, desde Josué hasta Jesucristo, citan ó presuponen el Pentateuco como obra de Moisés. Entre los textos sin número que podríamos citar, los unos son explícitos en favor del origen mosaico de todo el Pentateuco (2); los otros afirman que Moisés ha escrito tales ó cuales partes del mismo, especialmente el Deuteronomio, ó á lo menos su legislación; hay también pasajes que no atribuyen formalmente al legis­lador hebreo la redacción del Pentateuco entero, sino que parecen significar solamente que la legisla­ción divina, contenida en este libro, ha sido dada, por ministerio de Moisés. (3)

Estos textos, diseminados por casi todos los libros del Antiguo Testamento, nos enseñan lo que, de la composición del Pentateuco, pensaba la nación judía, antes de la era cristiana. Remontémonos cuanto queramos por la tradición escrita, y siempre encontraremos pruebas de que los judíos atribuían al legislador de su nación la redacción de las leyes y narraciones que se encuentran en el Pentateuco ac­tual. Además, los mismos críticos atestiguan que, á partir de la época en que se escribieron los Para­lipómenos y se hizo la traducción llamada de los Setenta, los Judíos miran á Moisés como el autor del Pentateuco. Todos los contemporáneos de Jesucristo, sea cual fuere la secta á que pertenezcan, admiten igualmente esta tradición. Jesucristo mismo y sus apóstoles han hablado en idéntico sentido, y ha sido tradición constante entre los judíos. Salvo raras excepciones, y haciendo caso omiso del judío Spinosa (siglo XVII), todos los demás han mirado siempre al Pentateuco como obra de Moisés, su legislador; y aun ahora, en que viven dispersos por todas las na­ciones del mundo, y aunque estos mismos libros les condenan, continúan sosteniendo el mismo aserto.

b) Idéntica consecuencia se desprende de los historiadores profanos de esta nación y de casi todos los talmudistas y rabinos.

En el primer siglo de nuestra era tenemos los tes­timonios de Josefo y de Filón (4), representantes, res­pectivamente, de las dos fracciones del judaísmo, palestino y alejandrino. En el catálogo que com­puso Josefo (5), eco de sus correligionarios de Palestina, nómbranse veintidós libros que los judíos tienen por divinos é inspirados, entre los cuales figuran en primer lugar, y siguiendo el orden de los tiempos y la cronología del asunto, los cinco libros de Moisés. En sus antigüedades judaicas (6), se propone resumir los libros de Moisés, y los hace partir desde el tiempo de la creación del mundo. Al final de su relato, refiere que, habiendo dado Moisés á los Israelitas sus últimas recomendaciones, les entregó el manuscrito que contenía la divina legislación y que él mismo había redactado. Ahora bien, según el sentido de Josefo, este Código no es el Deuteronomio sólo, sino todo el Pentateuco.

Filón de Alejandría, el representante auténtico del judaísmo helénico en los principios de la era cris­tiana, cita constantemente en sus escritos el Penta­teuco como obra de Moisés. Sus citas de la Ley están en la proporción de 25 por uno, relativamente á las de los otros libros canónicos. Esto prueba que para él esta Ley, el Thora, poseía un valor excepcional; por eso lo venera sobre todos los otros Sagrados Libros y proclama á Moisés profeta por excelencia (7).

2º. Por el testimonio de una multitud de escritores de otras naciones, pertenecientes á la antigüedad pagana: egipcios, griegos, romanos, etc., que han admitido el Pentateuco como obra de Moisés y como resumen de su legislación. Celso, Porfirio y Juliano el Apóstata, los mismos que hubieran de tener capital interés en negar la autenticidad de este libro, jamás acusaron á los judíos ó á los cristianos de apoyar sus doctrinas sobre documentos apócrifos, lo cual ciertamente no dejaran de hacer si les hubiera sido posible.

3°. Por el testimonio de Jesucristo y- de los escritores del Nuevo Testamento. Los textos del Nuevo Testamento son aún más explícitos que los del Antiguo. Cuando Jesús empezó su predicación, los Judíos ad­mitían ordinariamente que Moisés era autor del Pentateuco y el que había escrito los cinco libros de la Ley. Por esta razón el Pentateuco se designa indife­rentemente con los nombres de Moisés ó de la Ley-. La misma costumbre tienen Josefo y Filón. Jesús y sus Apóstoles emplearon á su vez la nomenclatura usual. Se cuentan más de sesenta pasajes del Nuevo Testamento en que se habla de Moisés, veinticinco de los cuales se refieren al Pentateuco; todos ellos son ó palabras del mismo Jesucristo, ó expresiones empleadas por los escritores del Nuevo Testamento, ó afirmaciones de los Judíos contemporáneos del Salvador.

4°. Por la tradición perpetua de la Iglesia. La apreciación de los judíos sobre el Pentateuco, se ha transferido, por medio de Jesucristo y de sus apóstoles, á la sociedad cristiana y aun á las mismas sectas heréticas; esta apreciación es perpetua y sin interrupción alguna hasta nuestros días. Después de estos, que podríamos llamar fundadores de la religión cristiana, y bajo su testimonio, los Padres, los doctores, los teólogos, los exégetas, con rarísimas excepciones, han reconocido á Moisés por autor de los cinco libros del Antiguo Testamento. La afirmación de este origen brota constantemente de la pluma de los escritores eclesiásticos, por lo cual constituye una creencia perpetua entre los cristianos. Aun después del siglo XVIII, y á pesar de los esfuerzos seculares de la crítica moderna, la masa de los exégetas y teólogos católicos ha permanecido fiel á la antigua tradición, y así continúa esta doctrina formando parte de la enseñanza católica (8).

Esta prueba extrínseca sacada del testimonio es suficiente para dejar bien sentada nuestra tesis. Añadiremos, con todo, otros argumentos no menos fuertes que el anterior. Comenzaremos por establecer una prueba intrínseca, es decir, sacada del texto mismo de la obra, minuciosamente estudiada.

SEGUNDO ARGUMENTO, -Todo lo que el Pentateuco contiene en punto á religión, historia, geografía, política, usos y costumbres, declara la remota anti­güedad de este libro, y está perfectamente relacionado con el tiempo en que vivió Moisés. Así todo lo que se cuenta de Egipto, con ocasión de la permanencia de los Hebreos en este país y de su salida de él, concuerda perfectamente con el estado de esta comarca bajo la dominación de los Ramsés, muy diferente por cierto de lo que vino á ser más tarde, por ejemplo en la época de Salomón ó en la de los profetas. Lo que más adelante referiremos, art. II, § V, acerca de los modernos descubrimientos en Egipto y en Asiria, basta­ría para demostrar que esta exactitud, aun en los más mínimos pormenores, supone necesariamente un autor contemporáneo, y que ha habitado en los lugares de que nos habla. Señalelnos, con todo, algunas otras particularidades que confirman la misma conclusión.

El carácter de las narraciones contenidas en los cuatro últimos libros del Pentateuco es cual corresponde á un autor contemporáneo del Éxodo, ó, por mejor decir, al mismo conductor de los hebreos. Un escritor posterior habría naturalmente hecho una exposición metódica y regular de la legislación de este pueblo; sin embargo; el modo como se encuentra aquí referida, es por fragmentos separados y entremezclados con los hechos, sin otro orden que el de las circunstancias á las que se refiere cada una de las partes. Un gran número de casos, en los cuales el legislador parece no haber pensado de antemano, se reglamentan con ocasión de un acontecimiento acaecido de improviso y que reclama pronta decisión. -La exactitud y minuciosidad misma de los detalles, suponen también en la confección de dichos libros un testigo ocular y auricular. Ello es manifiesto, que para relatar circunstancias tan insignificantes, el autor ha tenido que escribir bajo la impresión recien­te de los hechos.-«Israel, vuelve á decir M. Vigouroux (9), está muy lejos de sernos presentado por el lado halagüeño, como andando el tiempo hubiera hecho, sin duda, un admirador de sus antepasados que re­firiera esta parte épica de su historia, embellecida por la distancia... El narrador del Éxodo senos muestra como un hombre íntimamente enlazado con las mismas escenas que describe; que ha sufrido todas las resistencias del pueblo y que las sufre aún en el momento en que las cuenta. Lejos de idealizar á Israel, nos lo presenta con los más repulsivos colores, como un pueblo de dura cerviz, siempre acerbo y descontentadizo, sin sentimientos elevados, ni nobles aspiraciones. El gran suceso de la salida de Egipto y del triunfo de un pueblo que sacude su yugo para conquistar la libertad y la independencia; ese nacimiento de una nación que sale á la vida pública, y que hubiera ofrecido á cualquier escritor de siglos posteriores tan buena ocasión para enaltecer la glo­ria de Israel; pues ese hecho, de suyo grandioso y sublime, no sólo no es la apoteosis de los Hebreos, sino su condenación y su vergüenza. No hay ni un solo rasgo que redunde en su honor. Israel ha sido arrancado á la esclavitud como á pesar suyo; Moisés y el mismo Dios han tenido que quebrantar sus cadenas como á viva fuerza. Pues bien, para hablar así de acontecimiento tan grande, para poderlo ver bajo tan negro aspecto y con tan tristes ojos, se necesita, no solamente haberlo presenciado como testigo, sino, por decirlo de una vez, haber sido su víctima: pues un cronista no tan complicado en los acontecimientos, jamás nos hubiera transmitido de ellos semejante cuadro. Por lo demás, el calor y la viveza que animan los discursos del Deuteronomio, muestran bien á las claras que Moisés llevaba en el corazón el cuida­do de grabar la ley de Dios, de una manera indeleble, en el espíritu de sus hermanos. Ahora bien, el medio más eficaz para conseguir este objeto era evi­dentemente el dejar por escrito, para después de sus días, una relación de la misma ley. Y esto es preci­samente lo que se halla consignado en el Éxodo (XVII, I4), á saber, que Dios, después de una victoria reportada sobre los Amalecitas, ordenó á Moisés que escribiera su relato.

En el capítulo XXIV, 4, se dice que escribió Moi­sés «todas las palabras del Señor»; y el versículo 7 añade que Moisés las leyó al pueblo. El libro de los Números (XXXIII, 2), declara á su vez que, desde la partida del Sinaí, Moisés llevaba, por orden de Dios, una especie de diario de todas las estaciones ó para­das que fué haciendo el pueblo en su peregrinación hacia Israel.

También puede probarse la antigüedad del Pentateuco por los recuerdos de Egipto, por cierto muy numerosos y exactos, que se encuentran en cada página de estos libros. Por doquiera se echa de ver que este país ha dejado en sus espíritus y corazones, recuerdos recientes, individuales é imperecederos. Desde el momento en que amenaza al pueblo el menor peligro, ó se deja sentir alguna privación, la multitud compara, con sentimiento, su estado presente con la condición relativamente desahogada con que vivía en Egipto. Si Jehová reclama de Israel la adoración y la obediencia, eso es porque lo ha sacado de Egipto, es decir, de un lugar de servidumbre. Mu­chas leyes y ordenamientos se fundan únicamente en este recuerdo.

Más, sobre todo, donde mejor pueden apreciarse y más al vivo aparecen las influencias egipciacas, es, sin duda, en las instituciones religiosas. El desig­nio visible del legislador es establecer un muro infranqueable entre la legislación monoteísta de Israel y la religión politeísta de los Faraones. Es además manifiesto que el legislador de los Hebreos estaba familiarizado con los usos religiosos de los Egipcios. -En fin, «en la descripción de los objetos sagrados que en el Éxodo encontramos, dice M. Vigouroux, se ve la mano de un hombre acostumbrado á apreciar en Egipto toda clase de obras artísticas, especialmente de orfebrería y mobiliaria, y que, dada su habilidad en la descripción de tales objetos, no extrañaría que hubiese sido un consuinado artífice en la corte de los Faraones (10).

II. Integridad del Pentateuco 

PRIMER ARGUMENTO. -Ante todo hacemos constar que los argumentos alegados para probar la autenticidad del Pentateuco, en su mayoría, pueden también emplearse para establecer su integridad, á lo menos en el sentido de que en ellos no se encuentra contradicción alguna, y de que no están desfigurados por ninguna interpolación. Pero tampoco faltan argumentos especiales. Los estudios realizados á este efecto, especialmente los de Kennicot sobre 58I manuscritos y los de J. B. de Rossi sobre otros 825, demuestran la integridad del texto hebreo del Antiguo Testamento, hasta una época remotísima. Por otra parte no puede señalarse tampoco indicio alguno capaz de amenguar la tradición constante y pública de los Judíos relativa á la integridad de los Sagra­dos Libros.

SEGUNDO ARGUMENTO. -En nuestro caso, es impo­sible una alteración esencial.
a) Siendo este libro el fundamento de la vida de los judíos y su Código, cualquier cambio, en él introducido, hubiera implicado necesariamente otros cambios en las creencias, en las costumbres, en las leyes, en los usos del pueblo, y hubiera, por lo tanto, excitado las más vivas protestas (11).

b) Según el testimonio del historiador Josefo, era el Pentateuco tan familiar á los Judíos, que -éstos sabían hasta las veces que cada letra se encuentra repetida en el volumen. «Nadie, dice, se ha atrevido jamás á añadir, quitar ó cambiar la menor cosa. Nosotros tenemos estos libros como divinos, y así los nombramos; hacemos profesión de observarlos inviolablemente y de morir gozosos, si es menester, por su conservación.»

c) En fin, tenemos una nueva garantía en la versión griega de los Setenta, la cual fué hecha, según la más probable opinión, por orden del rey de Egipto, Ptolomeo Filadelfo, y se difundió antes de que se cumplieran las profecías relativas al Mesías.

III. Veracidad del Pentateuco. 

Evidentemente quedará fuera de duda la veracidad de Moisés, si se prueba que ni se ha engañado, ni ha querido engañar. Y aun podrá llamarse sobreabundante la demostración, si probamos, además, que Moisés no se ha podido engañar.

I. Moisés no se ha engañado.

a) Respecto de los hechos acontecidos en su tiempo, es decir, respecto de los hechos referidos en los cuatro últimos libros del Pentateuco, Moisés estaba perfectamente en condiciones de conocerlos se trata de hechos sensibles y de una importancia excepcional, en los cuales él mismo estaba llamado á ser actor y testigo; de hechos que él mismo había preparado, dirigido ó realizado.

b) Moisés tenía conocimiento cierto de los acontecimientos anteriores á su tiempo por la tradición viviente, á cuya conservación coadyuvó en gran manera la longevidad de los primeros patriarcas. Ni, hay necesidad de recurrir al milagro, propiamente dicho, para explicar la perfecta conservación de las tradiciones patriarcales, aunque bien puede atribuir­se á una amorosa intervención de la Providencia. Los hechos referidos por Moisés eran notorios y de la mayor importancia: entre ellos, contábanse no pocos cuyo recuerdo se había perpetuado, según la costumbre de los tiempos antiguos, por medio de cánticos, inscripciones y monumentos.

II. Moisés no ha querido engañar.

a) La historia y la tradición están contestes en representar á Moisés como hombre de excelente virtud, de completa buena fe y de imparcialidad irreprochable. Su sinceridad ha inspirado siempre la con­fianza más absoluta, hasta el punto de que su libro viniera á ser la norma de vida de todo el pueblo judío.

b) Sus mismos escritos llevan el sello de la sinceri­dad y de la rectitud más escrupulosa; su estilo muestra la tranquila franqueza del escritor que en nada teme ser desmentido; es sencillo sin pretensiones, exento de entusiasmos y lisonjas. En ninguna parte disimula ni las faltas de sus antepasados, ni las de los que le rodean, ni las malas disposiciones de su pueblo, ni sus propias debilidades, ni los castigos que á tales faltas siguieron. En todo se echa de ver que su principal intento es consignar lo que cada uno de sus contemporáneos conoce tan perfectamente como él.

III. Moisés no ha podido engañar.

a) La mayor parte de los acontecimientos que refiere, y de los cuales ha sido autor ó testigo, son públicos, manifiestos y de la mayor importancia; sobre ellos se funda la legislación política y religiosa de su pueblo, y la autoridad que Moisés se atribuye á sí mismo; escribe estos hechos, no de una manera vaga y general, sino con todos sus detalles, designando lugares y personas; los va consignando á medida que se suceden, y esto para q ue los lea el mismo pueblo testigo de ellos, y á cuyo fin se han realizado, apelando al testimonio de sus contemporáneos y de todo el cuerpo de la nación. Recordad, les dice, las grandes cosas que han visto vuestros ojos...; vosotros habéis visto con vuestros ojos las maravillas que ha obrado el Señor. " (Deut., cc. IV, VIII, XI.) Si estos hechos hubieran sido falsos, ¿cómo los judíos, tan propensos á murmurar contra su libertador, no levantaron la más pequeña reclamación, sobre todo cuando este escritor les imponía, en nombre de Dios, muchos deberes y muy penosos para su carnal naturaleza?

Las mismas festividades de los judíos, ya fuesen religiosas, ya civiles, como las de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos; las ceremonias que entre ellos estaban en uso, como la de rescatar los primogénitos; sus cánticos sagrados, que se remontan al tiempo de Moisés, atestiguan la perpetuidad de los prodigios que señalaron la salida de Egipto, la publicación de la Ley en el Sinaí, la permanencia en el desierto y todos los otros grandes portentos obrados en su favor por ministerio del mismo Moisés.

b) Los sucesos que éste refiere, pero de los cua les no fué autor ni testigo, eran sucesos que vivían en la memoria de todo el pueblo. No hay cosa que iguale la diligencia y fidelidad con que guardan y se transmiten los orientales los hechos heroicos de sus antepasados. Por lo cual vese claro que Moisés no hubiera podido añadir ó cercenar cosa alguna estas tradiciones populares, sin ofender á toda la nación en sus más caros sentimientos, levantando por doquiera la más universal y enérgica protesta (12).

Notas:

(1) Etudes, 20 de julio 1906, p. 261; Revue biblique, Julio 1906.

(2) Par., XVI, 40; II Par., XXIII, 18; XXXI, 3; XXXIII, 8; XXXIV, 14; XXXV, 6,12; 1 Esd., III, 2; VI, 18; II Esd. VIII, 1; XIII, 1; VIII, 1, 8, 14, 18; IX, 3; X, 29, 36.

(3) Véase L'Auteuticité iuosaïque du Pentateuque, por M. Mangenot, profesor de Sagrada Escritura en el Instituto católico de París y Consultor de la Comisión bíblica, Letouzey, París, 1907. Cf. sobre todo pág. 204 y sigs., en donde se exponen los argumentos directos y positivos de los cuales entresacamos algunas de las cosas que aquí decimos.

(4) V. Mangenot, op. cit., p. 225.

(5) Contra Apionem, 1. 1, n.° 8. Opera, 1634, p. 1036.

(6) L. 1, c. 1; 1. IV, c. VIII.

(7) De vita Mosis, 1. II, Opera, Ginebra, 1613, p. 511.

(8) La respuesta á los argumentos de la critica hallaráse en Mangenot, op. cit., pág. 126 y sig. En la 3.ª p. de su libro, p. 267 y sig., discute el autor qué nota teológica convendrá dar por ahora á la negación de la tesis de la autenticidad mosaica del Pentateuco; en la pág. 301 y sig., propone la cuestión de si esta tesis está aún entregada á la libre discusión de los católicos. Cornély, S. J., Compendium Introductionis in S. Scrip., Paris, Lethielleux, 1891.

(9) Les Livres Saints et la critique rationaliste t. 111 p 48. En La Bible et les découvertes modernes, t. 11, M. Vigouroux muestra, merced á un careo entre los textos bíblicos y los monu­mentos egipcios, que el autor del Pentateuco conocía el Egipto, sus usos y costumbres, como sólo pudiera conocerlo un escritor que hubiese habitado en él en la época del Exodo. V. Pelt., Hist. de l'Anc. Test., t. 1, p. 179.

(10) V. en Pelt, t. l, p, 295 á 332, La Loi mosaïque el la criti que du Pentateuque, la refutación de las teorías de Welhausen; Vigouroux, op. cit., t. 111, p. 99.

(11) V. Bossuet, Discours sur l' histoire universelle, 2. ª part.. c. III.

(12) En Pelt, op. cit., se hallará la explicación de las principales dificultades que pueden ocurrir en los prúneros capítulos dei Génesis. Véase también en la Revue pratique d'Apologétique, los artículos de M. Lesêtre, intitulados: Les récits de l' histoire sainte, en los números de 15 de Enero, 1906, 1. ° de Febrero, 1." de Abril, 1." de Mayo, 1.° de junio, 15 de julio, 1.° de Septiembre, etc

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Preguntas y respuestas sobre Jesucristo 3/3