José Ignacio Moreno Iturralde, “Filosofía y fe católica”

Prólogo
Este trabajo se presenta como una búsqueda de servicio de la filosofía a la teología. Se trata de aplicar una serie de ideas centrales de la filosofía realista al entendimiento de la fe revelada cristiana. Adopta un carácter de ensayo, sin pretender una metodología y un carácter rigurosamente científico. No plantea un sistema cerrado ni con aspiraciones de globalidad.

 El estudio pretende ayudar a entender más la fe para amar más a Dios. Tiene un tono intelectual pero divulgativo, doctrinal y ascético. Se plantea la doctrina en orden a hacerla vida.

 La filosofía y la teología tienen su respectiva autonomía pero también hay en ellas complementariedad. Aquí intentamos ofrecer unas claves filosóficas al servicio de la mejor comprensión del siempre inabarcable misterio de la fe cristiana.

 Juan Pablo II, en su Encíclica “Fides et ratio” estableció una armoniosa relación entre el pensamiento humano y la fe sobrenatural. En este Documento el Papa animaba a los profesores de filosofía a profundizar en la búsqueda de la verdad mediante una razón abierta a la fe. He aquí una modesta contribución a los ánimos de aquel inolvidable Romano Pontífice, a quien tuve la gracia y la dicha de saludar y abrazar.

 No sé si hoy buscamos mucho el amor a la sabiduría. De lo que estoy seguro es de que queremos amar sabiamente. Lo primero ayuda a lo segundo.
Índice
I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría.
2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe.

II. Verdad y conocimiento

1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
2. La verdad no siempre es evidencia.
3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo.

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.
2. Respetar la vida humana.

IV. Tú y los demás

1. La originalidad.
2. Unidad en la pluralidad.
3. Ser querido.

V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad
2. La familia como raíz de identidad.
3. Trabajar y disfrutar
4. Sociedad, valores y cristianismo.
5. El laicismo contra los laicos.

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo.
2. Ser y seres.
3. Vida y misterio.
4. Alegría en la verdad.
VII. Felicidad y vida en Cristo

1. La felicidad redimida.
2. La experiencia del perdón.
3. Meditación y oración.
4. Casa de los hombres y Casa de Dios.
5. Muchos en uno: La Eucaristía.
6. Generosidad y apostolado.
7. Matrimonio y celibato por el reino de los cielos.
8. Enfermedad, muerte y eternidad.
Bibliografía seleccionada

I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría

Filosofía significa amor a la sabiduría. Sólo se puede amar a algo que es apasionante, aunque no lo parezca a primera vista. La sabiduría es un núcleo de doctrina viva, palpitante, que satisface la inteligencia y el corazón.

 Se pueden desear cosas pero lo que propiamente se ama, o se odia, es a las personas. Las personas podemos ser amadas por nosotras mismas porque tenemos una libertad moral y, por tanto, una vida biográfica.

 Pronto hemos hallado que una auténtica sabiduría tiene que llevarnos a querer a los demás. Pero sólo sabremos amar si encontramos la verdad profunda y personal de los seres humanos.

 La búsqueda de la verdad de la propia vida se hace indispensable para alcanzar una filosofía satisfactoria. El esfuerzo de la inteligencia, acompañado de la acción de la voluntad que busca el bien, es condición imprescindible para el amor. No se ama a quien no se conoce. Nuestra vida se da en un mundo lleno de seres humanos semejantes a nosotros. Sin un sentido del mundo y de los demás la propia vida se torna incomprensible.

 Es fácil querer un entorno familiar lleno de cuidados y de cariño. Pero qué decir de un mundo lleno de acontecimientos duros e injustos; o al menos plagado de precariedades y límites. Desde luego nos hace falta la búsqueda de una verdad que hilvane todos los acontecimientos de la existencia.

 La Filosofía se ha interpretado como un saber acerca de las últimas causas de la realidad con las solas luces de la razón. Por otra parte, el cristianismo, la relación con un Dios personal que se ha encarnado y que está con nosotros todos los días, supuso y supone el acontecimiento más fascinante de la historia del hombre. La riqueza de sabiduría vital que trae Jesús de Nazaret es tan sublime como cotidiana. Tal convicción, la creencia en que Jesucristo es Dios hecho hombre, es posible por una ayuda del propio Dios en el creyente. Sin tal apoyo, el hombre no puede ser elevado a este conocimiento por el sólo esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad. En este sentido razón y fe se entrelazan estando cada una a su nivel. Creer para entender y entender para creer; éste era el lema de San Agustín.

Quiero recordar aquí  la necesidad vital que el estudiante de filosofía cristiano tiene de encauzar su inteligencia, su voluntad y su corazón a Cristo. No podrá hacerlo a base de hacer decir a la filosofía en nombre propio aquello que la excede. Pero tampoco puede excluir de su personal horizonte mental a quien considera el mismo Logos hecho carne.

 La riqueza de la Revelación es tal que una búsqueda de la sabiduría que olvidara este tesoro caería, en mi opinión, en un reduccionismo. Pensar el mensaje del Dios vivo a los hombres cobra un apasionamiento originario superior al de la búsqueda de las cuestiones últimas que fundaron, hace veintiséis siglos, los pilares de la cultura occidental.

 La Revelación divina aporta un mapa del conocimiento humano de  aguda eficacia. El conocimiento racional, basado en la experiencia y en el sentido común, tiene así una referencia y unas metas nuevas. La razón, donde ya no pueda llegar, dará paso a la confianza; algo –por cierto- razonable.

 Amar la sabiduría para saber amar sabiamente. Cristo, cumbre de sabiduría, esculpe un estilo de vida que no puede ser obviado en la tarea intelectual de un filósofo cristiano.
2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe

 La muerte de una persona joven, cualquier desgracia imprevista o la panorámica de las injusticias del mundo seleccionadas por los medios de comunicación pueden hacer que, en ciertas ocasiones, se tambalee nuestra comprensión del sentido de la vida. Pero junto a estas realidades duras  también hemos de saber que se nos escapa gran parte “del guión de la película”.

 La filosofía nos ha hablado con frecuencia del principio de no contradicción como primera y fundamental regla de la realidad: “una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Sin este principio no se podría ni pensar: se estaría admitiendo entonces una cosa y su contraria a la vez. De todos modos no parece que esta máxima filosófica aporte mucho consuelo a los reveses serios de la vida. Sin embargo ofrece una idea fundamental: el absurdo radical es imposible; no por optimismo, sino por lógica.

 Los llamados “renglones torcidos de Dios” suponen una asignatura de extraordinario interés que supera el conocimiento filosófico, sin contradecirlo. Vallejo Nájera pone en uno de los personajes de su novela “Concierto para violines desafinados” un verso digno de reproducirse:
“Baja y subirás volando/ al cielo de tu consuelo, /porque para subir al cielo,
/se sube siempre bajando”.

 Es experiencia universal que la enfermedad puede hacernos más comprensivos con los demás. El fallecimiento de un ser querido nos recuerda las verdaderas dimensiones y límites de esta vida. Las guerras y calamidades están clamando que este mundo está en sí mismo mutilado. Frente a la tentación del absurdo, amarga y contradictoria desde la perspectiva de la experiencia sensible, la petición de complemento de sentido de la vida se hace necesaria y razonable. Vemos entonces como la Revelación cristiana plantea respuestas, no evidentes, pero  satisfactorias.

 ¿Puede haber algo más aparentemente contradictorio que un Dios ejecutado de una manera infamante? Sabemos por la fe, avalada por la historia, que esta ha sido la elección de Dios para justificar al mundo. Lo explica Juan Pablo II en “Fides et ratio”, 23: “… La relación del cristiano con la filosofía, pues, requiere un discernimiento radical. En el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato que sobresale con mucha claridad: la contraposición entre « la sabiduría de este mundo » y la de Dios revelada en Jesucristo. La profundidad de la sabiduría revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexión, que no son capaces de expresarla de manera adecuada.
El comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento histórico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificación suficiente del sentido de la existencia. El verdadero punto central, que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura lógica humana está destinado al fracaso. « ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? » (1 Co 1, 20) se pregunta con énfasis el Apóstol. Para lo que Dios quiere llevar a cabo ya no es posible la mera sabiduría del hombre sabio, sino que se requiere dar un paso decisivo para acoger una novedad radical: « Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios [...], lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es » (1 Co 1, 27-28). La sabiduría del hombre rehúsa ver en la propia debilidad el presupuesto de su fuerza; pero san Pablo no duda en afirmar: « pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte » (2 Co 12, 10). El hombre no logra comprender cómo la muerte pueda ser fuente de vida y de amor, pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio de salvación precisamente lo que la razón considera « locura » y « escándalo ». Hablando el lenguaje de los filósofos contemporáneos suyos, Pablo alcanza el culmen de su enseñanza y de la paradoja que quiere expresar: « Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para convertir en nada las cosas que son » (1 Co 1, 28). Para poner de relieve la naturaleza de la gratuidad del amor revelado en la Cruz de Cristo, el Apóstol no tiene miedo de usar el lenguaje más radical que los filósofos empleaban en sus reflexiones sobre Dios. La razón no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que ésta puede dar a la razón la respuesta última que busca. No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvación.
La sabiduría de la Cruz, pues, supera todo límite cultural que se le quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora. ¡Qué desafío más grande se le presenta a nuestra razón y qué provecho obtiene si no se rinde! La filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la « locura » de la Cruz la auténtica crítica de los que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema. La relación entre fe y filosofía encuentra en la predicación de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad. Aquí se evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se aclara también el espacio en el cual ambas pueden encontrarse”.

II. Verdad y conocimiento
1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
Si la historia del universo ocupara un año parece que la aparición del ser humano tendría lugar el 31 de diciembre. Podemos pensar que respecto a los 15.000 millones de años que parece tener el universo cada una de nuestras vidas es algo insignificante. ¿Cómo vamos a conocer el sentido de nuestra vida si no tenemos la referencia global del sentido del mundo? Sería algo así como determinar el valor de un cinco sin saber si esa nota cuenta sobre cinco, sobre diez o sobre cinco mil. Algo parecido es lo que plantea el pensador austriaco Wittgenstein en su obra “Tractatus”. Afirma que el sentido del mundo debe de quedar fuera del mundo y que “Dios no se revela en el mundo”.
 Al respecto se pueden objetar varias cosas: Si todo conocimiento es circunstancial y relativo llegamos a la consabida contradicción de establecer el dogma del relativismo. Por otra parte aunque una persona viva no muchos años sin salir de su propio pueblo puede darse cuenta de la existencia de verdades generales que son válidas para todo espacio y tiempo como son los primeros principios: el principio de no contradicción, el de causalidad; o, simplemente, que dos y dos son cuatro. Es decir: en experiencias temporales y concretas nos damos cuenta de principios generales que son condición necesaria para la realidad. El sentido del mundo y de la propia vida puede ser captado satisfactoriamente, aunque no exhaustivamente.
 Wittgenstein escribió otra obra llamada “Investigaciones Filosóficas”. Aquí se va a mostrar partidario de que el sentido de las palabras no tiene nunca un valor objetivo y permanente sino circunstancial y pragmático. El sentido de cada palabra sería el significado concreto que se le quiere dar por una persona determinada en un momento concreto. Sin embargo, frente a estas afirmaciones conviene recordar que por ese camino volveríamos a llegar a la contradicción relativista que establece como fijo la circunstancialidad total de los significados de las palabras y de las cosas. No es así: las palabras designan la naturaleza o definición de las cosas, que mantienen una identidad permanente a lo largo de los cambios.
 Las verdades parciales se sostienen si existe una verdad absoluta, como explicó Agustín de Hipona. El sentido de las palabras sólo puede ser verdaderamente significativo si queda sostenido por una palabra absoluta: “En el Principio existía el Verbo (la Palabra) y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”  . Dios sí se revela en el mundo.

2. La verdad no siempre es evidencia
 Nos parece evidente que el sol gira alrededor de la tierra; sin embargo resulta que es al revés. En este punto, ponerse en el lugar de la realidad costó milenios de investigaciones. No se trata ahora de fomentar una malsana duda respecto a todas nuestras percepciones, pero sí hemos de saber que nuestro conocimiento no funda la verdad de las cosas. Estar muy seguro de algo no significa que necesariamente sea cierto: nos podemos equivocar. Tenemos que contrastar con la realidad.
 Cuando Descartes funda su filosofía en el “pienso luego existo” quiere hacer una sistema racional que comience en la primera evidencia: la existencia de mi yo me es revelada gracias a mi pensamiento. Pero, además de la certera crítica que le hace Husserl al establecer que gracias a que pienso algo soy capaz de pensar en mí mismo, tenemos que reconocer con sencillez y certeza que la verdad es que gracias a que existo soy capaz de pensar.
 Este dar la vuelta a las cosas resulta muy saludable a varios niveles. Por ejemplo, cuando Víctor Frankl -en su tremenda experiencia de Auschwitz, relatada en su libro “El hombre en busca de sentido”- llega a la conclusión que es más importante lo que la vida espera de nosotros que lo que nosotros esperamos de la vida.
 Salir de nosotros mismos para poder entender mejor la realidad  y entendernos no sólo es cuestión de generosidad sino también de inteligencia. En este sentido Joseph Pieper, en su obra “Las virtudes fundamentales”, al hablar de la prudencia destaca la importancia de ser realistas.
 Este darse la vuelta es de especial interés en el ámbito de la familia. Es muy posible que un padre feliz es aquél que se dedica a hacer felices a su esposa y a sus hijos, intentando olvidarse de que él existe: la historia da la razón a este exigente planteamiento. Se trata de una historia antigua. Chesterton la fundamenta así en un artículo suyo titulado “La familia como institución en el mundo moderno”: “El cristia-nismo, por enorme que fuera la revolución que supuso, no alteró esta cosa sagrada, tan antigua y salvaje; no hizo nada más que darle la vuelta. No negó la trinidad de padre, madre y niño. Sencillamente la leyó al revés, haciéndola niño, madre y padre. Y ésta ya no se llama familia, sino Sagrada Familia, pues muchas cosas se hacen santas sólo con darles la vuelta”.
 Toda esta escuela tiene una aplicación de un gran interés a la hora de entender la vocación cristiana. “Vocare” en latín significa llamar; no elegir. La misión humana y sobrenatural de una persona es ante todo una llamada de Dios que, teniendo en cuenta cómo somos, nos sugiere un planteamiento de vida que puede atraernos mucho, poco o nada; aunque no nos dejará indiferentes. Esta traslación de la cuestión a la correspondencia a la gracia divina parece de extraordinario interés a la hora de plantear adecuadamente la cuestión vocacional: ya sea irse a África de misionero o querer a nuestro cónyuge cuando el afecto parece debilitarse.
 En definitiva, no se trata de ser muy auténticos o autocoherentes con nosotros mismos, sino de ser muy verdaderos respecto a la vida que nos toca vivir.

3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo

 Aunque ahora no esté muy de moda considerar que la razón humana puede alcanzar la verdad de las cosas, la vida cotidiana con sus funciones fundamentales pone en evidencia la inconsistencia de tanto escepticismo postizo; por ejemplo a la hora de comer.

 A partir de la experiencia, a la que llegamos mediante nuestros sentidos, vamos obteniendo el conocimiento de leyes y de diversas finalidades de las cosas. Las ideas que vamos teniendo del mundo y de nosotros mismos se modelan a partir del contacto con la experiencia y de nuestra vivencia interior de esas experiencias. Otro factor de importancia fundamental es la confianza en quien nos enseña aspectos de la realidad: familia, amigos, profesores. La confianza se refleja como un aspecto matizable pero insustituible a la hora de adquirir conocimientos.

 A la hora de conocer, la inteligencia tiende a la verdad, la voluntad al bien y el corazón a hacerse uno con lo querido. Vemos, por tanto, que la inteligencia tiene una prioridad respecto a las otras dos capacidades citadas; aunque amar sea más importante que entender. El volante no es más valioso que el motor de un coche; pero si el volante falla el coche entero se puede perder. Inteligencia, voluntad y corazón deben ayudarse mutuamente.

 Existe un tipo de conocimiento que va más allá del discursivo o racional. Es, por ejemplo, el conocimiento que una madre experimenta respecto a su hijo con solo mirarle a la cara. Tal conocimiento se apoya evidentemente en múltiples experiencias y razonamientos sobre el chico; pero llega más allá. Hay algo que escapa y supera a la mera racionalidad. Se trata de un conocimiento del corazón para el que la razón y la voluntad han sido tan sólo medios. Como se ha escrito “el tú sólo se revela al amor”.

 En el juicio estético se da un proceso análogo. Es muy difícil explicar por qué algo nos gusta. De todas maneras no existe en este campo una total ausencia de reglas. El bien –fundado en la verdad- es la condición metafísica de la belleza. Aún así el juicio estético queda muy indefinido en su entidad; vamos a intentar una aproximación. El núcleo de la estética nos parece que consiste en la contemplación de algo o alguien que al verse en armonía con el conjunto del mundo, especialmente con nuestros semejantes, produce un sentimiento o emoción  que potencia nuestra entidad personal. Así experimentada, la vivencia estética es la única que nos hace entender la comunión, no identificación, de nuestro ser con el mundo.

 El conocimiento de Dios, en el que Él –no lo olvidemos- lleva la iniciativa, también se basa en conocimientos de experiencia razonados, y en actos de confianza en la Iglesia –podríamos parafrasear a San Juan diciendo que el que no cree a los hombres, a los que ve, no puede creer en Dios a quien no ve-. Pero la experiencia del trato con Dios nos habla de la realidad de la actuación de la gracia divina en el alma. En este sentido es aconsejable una dirección espiritual con una persona adecuada, quien tenga la formación necesaria para ayudarnos a discernir la Voluntad de Dios de meras impresiones subjetivas. Hay una nota distintiva al respecto: las cosas de Dios, suelen inundar de paz y de alegría, aunque supongan esfuerzos que, además, se presentan muy razonables. Otra cuestión interesante, que no procede aquí desarrollar, es la cierta facilidad con que podemos tergiversar estos mensajes de Dios.

 En los tres ejemplos citados de conocimiento intuitivo: el del amor de madre, el de la experiencia estética, y el del trato con Dios se dan algunos rasgos comunes: Se apoyan en el conocimiento racional pero lo superan. Hay un sentimiento de comunión con lo conocido. Existe una complementariedad entre los tres; salvaguardando la distancia infinita de la dignidad de Dios sobre lo creado. Quien sabe querer a Dios sabe querer mejor a los demás y al mundo; pero quien sabe encontrar más armonía en el mundo quiere con más facilidad a los demás y a Dios. La síntesis de la referida sabiduría está hecha vida en Santa María Virgen.

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.

 Podría pensarse que no hay cosas buenas y cosas malas en general: Lo bueno, como lo malo, es para alguien concreto y en un momento determinado. Frente a esta postura el filósofo Spaemann explica que hay algunas acciones que siempre y para todos están bien –como ayudar a un enfermo- y otras que siempre están mal –como maltratar a un marginado-. No en vano la llamada regla de oro de la moral afirma: ”trata a los demás como quieres que te traten a ti”. Hay muchas cosas relativas y opinables; pero existen algunas intocables, entre las que destaca la defensa de los más débiles.

 La historia de las civilizaciones humanas pone de manifiesto que los hombres necesitan apoyarse en algunas verdades estables para vivir personal y socialmente. Desde luego que han existido civilizaciones más dignas que otras. Tan claro como lo anterior es que consideramos mejores a las sociedades que han tenido más respeto por las personas humanas. Sin embargo, dándonos poca o mucha cuenta, hoy nos estamos deslizando con rapidez hacia situaciones en la que el trato a la vida humana es, cuando menos, objeto de una fuerte polémica.

 Las verdades estables de las que hablábamos antes surgen, en muchas ocasiones, de la propia realidad natural. Lo que conviene darse cuenta es de que existen unas leyes que son condición de posibilidad de esa realidad y, si no se respetan, se rompe el juego de la vida. En la naturaleza humana se unen a las leyes físicas otras de tipo moral. A estas últimas leyes son a las que llamamos imperativos morales absolutos. Si el propio ser humano pudiera redefinir absolutamente la estructura física y moral de sí mismo no existiría ninguna instancia ética que pudiera culpar a estructuras de opresión y criminalidad como el exterminio de judíos perpetrado por algunos nazis; o los sistemas de trabajo complacientes con la esclavitud. El respeto a la naturaleza y a la moral de la persona humana solo puede provenir de la comprensión y respeto de una legislación previa a nosotros mismos. Los que etiquetan a estas posturas de fundamentalistas tienen el mismo rigor intelectual de quienes sostuvieran que no hace falta el suelo para andar o el aire para respirar.

 Las actuales democracias occidentales parecen erigir en último criterio de actuación, para cualquier cosa, la opinión de la mayoría –a la que se puede manipular con cierta facilidad-. La mayoría es ciertamente muy importante, pero si no existe un mínimo de verdades previas a ella aquí no hay quien se entienda. Si se hace pensar que la mayoría está de acuerdo en que no hay leyes naturales y morales comunes que respetar llegamos a la confrontación de intereses, caldo de cultivo para la violencia. La política debería ser muy consciente de que el patrimonio común de valores estables para la convivencia es algo que surge de la vida de las personas apoyadas por las instituciones ciudadanas y morales anteriores al quehacer político.

 La noción de derechos humanos se ha relativizado tanto que sin la aceptación de un origen y fuente de sentido de estos mismos derechos se están diciendo palabras vacías sobre lo más importante para una sociedad. Desde hace décadas es una exigencia divulgar en nuestra sociedad las verdades más básicas sobre el respeto a la vida humana. 

 El cristianismo establece su visión revelada de los imperativos morales absolutos en los Diez Mandamientos. Hay en ellos contenido sobrenatural que hace más humanos a los hombres. Cabe resaltar que para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo –el núcleo del Decálogo- hay que recordar que “Dios nos amó primero” .
2. Respetar la vida humana

Toda naturaleza tiene un modo de ser en parte permanente. El ser humano, recordamos, tiene una naturaleza biográfica. Se trata de un ser con libertad y responsabilidad limitadas, pero inalienables. Esta libertad y esta responsabilidad actúan en un organismo vivo, sujeto a leyes y condiciones particulares. La libertad propia se manifiesta desde un cuerpo con el que se une. La libertad humana opera en una materia con unas características morfológicas determinadas por la genética. Sin embargo la libertad no pesa un gramo y, si bien necesita de una base de operaciones fisiológicas, no es fisiológica en sí misma. La libertad tiene una cierta dependencia y una cierta independencia respecto al cuerpo; como una hoja respecto a su árbol. Pero si la libertad quiere ser hoja de nadie, como las caídas en otoño, se termina agostando.

 La naturaleza humana es la propia de un ser con libertad moral. La duda que puede plantearse es si el individuo humano lo es cuando no está capacitado para ejercer su libertad. Aristóteles aclara una idea capital: Una naturaleza se posee no cuando se ejercen los actos propios de ella; sino cuando se tienen las capacidades para hacerlos. Estas capacidades pueden no estar operativas, transitoria o definitivamente, como ocurre en múltiples casos: una persona que duerme, que tiene alguna discapacidad, que enferma, un anciano o un nonato. Negar la naturaleza humana por una disminución de actividades supone adoptar una actitud eugenésica.

 Otra de las cuestiones que pueden abordarse es la entidad de la naturaleza y su relación con la cultura. La cultura produce una transformación creativa de las naturalezas que nos rodean, así como de la nuestra propia. La historia forma, por tanto, un factor clave en las relaciones entre cultura y naturaleza. El paso del tiempo no es por sí solo un factor determinante en la mejora de la cultura. Las tremendas guerras del siglo XX lo han puesto de manifiesto. La cultura tiene por misión mejorar la naturaleza y para esto requiere de una condición previa: respetarla. La suplantación de la naturaleza por la cultura es una negación de la cultura misma.

 A la hora de comprender la entidad de la naturaleza humana  existen dos enfoques opuestos: el del interés y el del respeto. El ser humano, todo ser humano, merece ser tratado desde el respeto y no desde el utilitarismo. En la medida en que el respeto al ser humano, en cualquiera de sus fases y circunstancias, prima sobre la utilidad y la manipulación interesada estamos construyendo una cultura más humana y solidaria. De lo contrario la sociedad se va transformado en una selva donde los fuertes oprimen e incluso anulan a los más débiles. Por ejemplo, la esclavitud ha sido –y todavía es- una llaga dolorosa en nuestro mundo.

 En todas las polémicas bioéticas que surgen hoy existe una clara disyuntiva: El predominio de la propia autonomía sobre la naturaleza o el respeto a la naturaleza, al que debe subordinarse la autonomía o libertad propia. Lo que honradamente cabe observar es que la autonomía -o libertad propia- surge de la naturaleza humana; no ocurre al revés. Nadie ha elegido tener dos brazos y un solo corazón.

 Planteadas así las cosas  parece que sería lógico que el respeto primara sobre el interés en las relaciones humanas. Muchas veces ocurre así; pero también con frecuencia constatamos ataques severos a la condición humana como es la práctica habitual, extendida y permitida por muchos gobiernos, del aborto voluntario. Ésta y otras muchas lacras sociales nos hacen preguntarnos por los cimientos del respeto a la vida humana. El respeto sin más base se muestra transgredido e ineficaz. En efecto, si se despoja a la naturaleza humana de su sacralidad, de hecho, se la acaba cosificando. La sacralidad es una dimensión de la persona hacia lo absoluto. Los partidarios de legislar como si Dios no existiera, con frecuencia, no cimentan valores incondicionados y configuran una sociedad que, bajo la excusa de una falsa laicidad, desacraliza al hombre y, en parte, lo deshumaniza. Legislar debe atenerse a unos imperativos morales absolutos que, además, encuentran su raíz más segura en Dios.

 Abortar es matar una sonrisa humana. Pero además, para el creyente, el aborto es matar a una imagen y semejanza de Dios.
IV. Tú y los demás

1. La originalidad

Tal vez la originalidad tenga que ver con el origen. Y el origen nos puede recordar el lugar donde uno ha nacido, donde estaban los amigos de la infancia; en definitiva: la patria chica. Es un lugar entrañable. Allí uno se encuentra a gusto; esta bien consigo mismo.

 Hay niveles más profundos de encontrarse uno a sí mismo; de aceptarse -sin que esto suponga una claudicación por superarse-, de estar contento. Quizás sea ahí: en el conocimiento de nuestra naturaleza, en la madurez que supone saber algo sobre nuestras posibilidades y límites, donde uno puede lograr ilusión para hacer de sí mismo “un clásico”.

 Quizás para ser un “clásico” no hace falta poseer la intuición de Einstein o la imaginación de Spielberg. Simplemente puede consistir en sacar fuera lo mejor de nosotros mismos. Tal vez todo sea tan sencillo como ser normal o ser natural. Pero…¿qué es ser natural? Actuar según nuestra naturaleza más verdadera. Explica Antonio Millán  que las personas estamos compuestas por una tendencia a abrirnos a la realidad y por otra tendencia a cerrarnos en nosotros mismos. De la pugna entre ambas  surgirá el resultado de la propia vida. La tendencia a la apertura puede llamarse vocación, en sus dimensiones profesional, afectiva, espiritual, etc; la clausura es el egoísmo. Así la vocación es  para algunos motivo de felicidad y para otros motivos de angustia.
        
 Hay algo que a los humanos nos atrae como un poderoso imán: la alegría. Al entender la vida al revés, sustituyendo la autorrealización  por el servicio a los demás, uno se libera de las autoritarias exigencias de su propio yo. Exigencias que pueden ser gigantes e irrealizables y, por tanto, sustituidas con el tiempo por la apatía o el peor conservadurismo: la cobardía de encerrarse en el anonimato.

Salir de uno mismo supone iniciar la aventura de acceder a una realidad que es anterior a mí; es disfrutar con la existencia de unas leyes previas a mí, en las que puedo descansar. Esta actitud ofrece resortes para afrontar los imprevistos de la existencia. Posibilita abandonar la pesada carga de algunos proyectos personales que tal vez no sean necesarios. Cuando uno aprende a ponerse en su sitio también aprende a quererse mejor a sí mismo.
Una aguda frase afirma que el cielo no vale ni poco ni mucho sino exactamente todo lo que uno tenga. La confianza y el abandono en Dios hacen experimentar la frase evangélica que dice “mi yugo es suave y mi carga ligera” . Dios no suele pedir asuntos muy difíciles sino cosas sencillas hechas, en ocasiones, con esfuerzo y siempre con buena voluntad.
2. Unidad en la pluralidad

La unidad entre las personas que compran en unos grandes almacenes es por lo general una relación de interés y agregación. Sus relaciones son sobre todo utilitarias. La unidad entre los hinchas de un mismo equipo deportivo es algo más, comparten una afición: un interés no necesario. La unidad que se da entre los hombres de bien tras la liberación de un secuestrado que ha sufrido torturas es mucho mayor: las personas se alegran profundamente por la alegría de la persona que estaba siendo maltratada. Esta es una unidad  por la que se quiere el bien de la otra persona. El hecho de que le hayan sido devueltas las condiciones propias de su dignidad  crea en los demás un clima de unidad. Se comprende al otro  porque de algún modo es igual a los demás. La persona es el ser capaz de comprender; de ponerse en el lugar del otro; de salir de sí misma. Por esto, afirma Spaeman  , la persona es un símbolo del absoluto.
 
 Hay otro aspecto que no conviene olvidar: Lewis, al hablar de la amistad en su obra “Los cuatro amores”, afirma que cada amigo me revela parte de mi yo. La amistad no es sólo un lujo sino algo que nos engrandece; algo que nos hace ser más. “Las victorias de mis amigos son también mis victorias”, afirma Tomás de Aquino. La riqueza interior de cada uno depende de todos aquellos que le aprecian bien. Aquí hay algo muy importante: de alguna manera el otro está en el fondo de mí;  su verdad está conectada a la mía, aunque ambas son distintas. 

Si una mujer o un hombre viven rodeados de injusticias que afectan a otros y no hacen nada que esté a su alcance por evitarlas, sus propias vidas empiezan a perder sentido. Si trabajan por mejorar las condiciones de vida de sus semejantes comienzan a estar satisfechos: a estar a bien consigo mismos, a ser felices. Tenemos mayor unidad interior, integridad y plenitud de sentido en la medida en que somos generosos.

 En cierta ocasión un alumno hizo una pregunta un tanto espesa y algo ambigua a su profesor: “El hombre tiene alma y cuerpo; podríamos decir que su número es el 2. Dios es tres Personas; su número es el 3. ¿Cómo puede pasar el hombre del 2 al 3?”. El profesor, de inmediato, respondió: “El 3 son los demás, la bendita fraternidad cristiana”. Cuando la Iglesia nos propone la doctrina de la comunión de los santos está afirmando la naturaleza humana y elevándola a la hermandad de los hijos de Dios. Esa familiaridad es imagen y semejanza del misterio central de la fe cristiana: Dios es uno en naturaleza y trino en Personas. Los hombres somos sustancias (seres en sí) que se relacionan, como es el caso de padres e hijos. Las Personas divinas son relaciones (Paternidad, Filiación, Expiración de Amor) subsistentes (permanentes). Dios Padre es todo y sólo Paternidad. Dios Hijo es todo y sólo Filiación. Dios Espíritu Santo es todo y sólo Amor Personal entre el Padre y el Hijo. Cuando el cristiano alaba a Dios no da culto a un Dios temible y distante; alaba a la misma Alabanza. Dios, en su seno, es comunión personal, familia.
3. Ser querido

Ser querido, dejarse querer, parece lo más natural del mundo. Se ve muy claro en los niños y en los ancianos; y en todo el mundo. Sin embargo, en épocas más o menos largas, nos cuesta aceptar el aprecio de los demás aunque en el fondo lo deseamos.
       
 Nuestra autonomía, incluso en el darse, puede impedir algo que tal vez es más importante que querer: aceptar ser querido. La razón es quizá sencilla: nadie da de lo que no tiene. Nadie que no haya sido querido sabrá querer. Querer a otra persona, como dice Pieper, no es quererla para mí sino querer lo mejor para ella. Ser querido es por tanto ser dignificado, ser dotado de sentido, de valor. También este autor afirma que “amar es como decir: es bueno que existas”. Cuando me sé bueno porque me sé querido por alguien a quien valoro es cuando soy capaz de amar, de entregarme.

 Ser querido es en cierta manera permitir que nuestra identidad dependa de otro, lo que puede sugerir cierto vértigo. Ser querido es aceptar la unión con las demás personas, y supone -si se puede hablar así- perder algo de casta para ganarlo de personalidad. Aceptar ser querido es la base para querer; y sólo quien se sabe muy querido sabrá querer y darse con toda su persona.

 La realidad de fe en la filiación divina supone saberse íntima, personal e intensamente querido por Dios; y al conocerse concorpóreo y consanguíneo de Jesucristo surge la necesidad y la gozosa responsabilidad  de participar en su vida redentora. Dios nos dice “es bueno que existas”.
V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad 

Toda la entidad de la vida humana se relaciona directamente con la familia y la familia con el amor. Si no se sabe qué es el amor, no se sabe lo que es la familia y así tampoco se sabe quién es uno mismo.
 
 Hay que redescubrir la magnitud formidable de traer un hijo al mundo. Esto es así si a cada vida humana se le respeta su dimensión vocacional, la posibilidad de hacer de su existencia una aventura en servicio de una causa noble. La vocacionalidad de la vida humana sólo se entiende permitiendo la existencia de algo que no controlamos: la providencialidad. Un mundo sin providencialidad es un mundo hecho completamente por nosotros mismos; es decir: un mundo en que nos ahogamos porque no puede haber aventura. Los imprevistos, frecuentes e inevitables, se convierten en algo placentero o repugnante, pero -en cualquier caso- incomprensible.

 La ausencia de providencialidad lleva al olvido de la vocacionalidad. La atención se centra en el interés que necesita del dominio y del consumo: el dominio como meta y el consumo como medio. El ideal de servicio se valora en unos raptos de nostalgia y se practica en algunas dosis intermitentes de misteriosa eficacia tranquilizadora: se dan retales, en ocasiones generosos, pero no se da la tela. Así no se entiende una opción de servicio radical como modo de vida propio, porque esto es imposible sin vocación ni providencia.

 Si quiero dominar completamente la trayectoria de mi vida, si quiero ser totalmente autónomo, si quiero ser autor y actor al mismo tiempo: no puedo ser elegido, no puedo ser dotado de sentido desde fuera de mí mismo, no puedo ser transformado por el amor de alguien hacia mí.

Si mi medio de vida es sólo consumista, el amor queda reducido a atracción pasajera: a una suerte de apetito –refinado, en el mejor de los casos, por sentimientos y afectos satisfactorios-. Este falso amor no es darse, sino recibir. Es un amor cuyo fruto no se desea. Ese fruto es la piedra de toque del amor porque su aceptación y cuidado conlleva sacrificio y generosidad. La biología, ingenua e inconsciente, transmite la vida porque el amor debería dar vida, vida querida. Pero hoy, con brutal terquedad, se odia ese fruto, se le destruye…porque entonces no se ama.

Lo verdaderamente apasionante es nacer, incluso en siniestras condiciones, que penden de la providencia. Es normal en las historias que merecen la pena que haya pena. El amor, para no perder su identidad, respeta la vida. La nueva vida humana se respeta por sí misma: esa es la condición de la familia. La familia es el lugar del amor respetado, donde se quiere a cada uno por sí mismo. Los hijos nacen y se educan en un ambiente donde son tan queridos como exigidos, tan seguros en reivindicar los bombones como pesarosos ante el reproche de sus padres por no haber hecho la tarea.

 Los hijos encuentran en su madre y en su padre la raíz providencial de su vocación a ser hombres, a amar.
 2. La familia como raíz de humanidad

 Entre las cosas más fantásticas de este mundo destaca la diferencia maravillosa entre un hombre y una mujer. Esta complementariedad natural entre lo masculino y lo femenino es regla básica de la vida. El atractivo físico, psicológico y afectivo puede culminar en un amor de benevolencia por el que se quiere a la otra persona tanto como a uno mismo. Un sabio escribió en cierta ocasión que “el amor nunca pasa y si pasa no es amor”. El compromiso matrimonial hace justicia a este amor. Cuando se ama a alguien se le quiere para siempre; de lo contrario estaremos hablando de pasión o mera afectividad, pero no de amor personal. La mutua ayuda, la conyugalidad en todos sus aspectos, requiere de personas generosas, con virtudes y aptitud para la convivencia. Esta relación entre dos es elevada a una nueva y tercera dimensión: El amor esponsal entra en una superación que se hace vida nueva. La mirada entre dos ya no se cansa porque se renueva y fecunda en un arcano de vida. Los padres se ven en los ojos de los hijos.

La esponsalidad conlleva tareas y responsabilidades primordiales como la educación de los propios hijos. Esta realidad requiere de una relación exclusiva de fidelidad. Amor esponsal y fidelidad son las dos caras de una misma moneda. No es este el momento de reflexionar sobre las posibles causas de nulidad matrimonial o de separación; sino de pensar acerca de la hondura antropológica del matrimonio humano, en una época en la que se está intentando, con vehemencia internacional, romper la entidad natural de la familia.

La propia familia de origen supone las raíces de uno mismo. Se trata del lugar donde hay un amor incondicionado por cada uno de sus miembros. Este apoyo incondicional se da de modo natural entre padres e hijos. Reventar el sentido de la sexualidad y de la familia, como de hecho se está haciendo, redunda en fomentar diversos tipos de esclavitud en el ser humano.

A lo largo de los siglos han caído poderosos imperios; pero la Familia del que no tuvo una casa para nacer sigue siendo el faro de luz de nuestra civilización. El mensaje familiar del Redentor no niega nada de la nobleza humana sino que la eleva a alturas insospechadas.

La Redención del corazón, en expresión de Juan Pablo II, supone la purificación del amor familiar por la gracia divina y la correspondencia a esa gracia. El hecho de que aquél Papa haya dicho de la dimensión sexual de las relaciones esponsales que son un icono del amor intratrinitario es una afirmación entroncada con el Génesis, donde Dios bendice el amor humano. San Josemaría Escrivá de Balaguer afirmaba que el lecho matrimonial es un altar. Es conocida la relación que hace San Pablo entre Cristo y la Iglesia como esposo y esposa.

La Revelación cristiana no impone nada, sino que sublima lo genuinamente humano, salvaguardándonos de los errores, desvaríos y enfermedades del corazón. La familia, con sus roces, precariedades y ajetreos diarios, es el único lugar donde el hombre puede llevar a cabo su vocación al amor. Esto no quiere decir, como es lógico, que existan otros modos de entrega a los demás que impliquen el estado de soltero, como puede ser –por ejemplo- la vida sacerdotal. En este sentido, el libro “Amor y responsabilidad”, de Karol Wojtyla, manifiesta como una comprensión adecuada del matrimonio y del celibato por el reino de los cielos se potencian una a otra, ya que se trata de dos modos de entrega, de cumplimiento de la ley del “don de sí”.

La familia humana, aunque solo sea por la limitación de la muerte, necesita de una dimensión eterna para ser acorde con el corazón humano. Esta dimensión es para los cristianos la Iglesia, la familia de Dios.
3. Trabajar y disfrutar
 Es muy probable que lo fundamental del trabajo recaiga sobre todo en la propia disposición interior. Recuerdo la afirmación mañanera de un viejo profesor:”un nuevo día, sale el sol y estoy rodeado de gente a la que puedo ayudar”. A esa misma persona le hablé en una ocasión acerca del trabajo sobre la importancia de “gestionar la complejidad”; él me respondió que era más importante “gestionar la sencillez”. Así es.

Nuestro mundo occidental trabaja y consume desaforadamente pero, con todo respeto a los ritmos de competitividad, me parece que tal ritmo está algo desenfocado. El afán por el enriquecimiento que se transforma en ansiedad y en angostura de espíritu es la consecuencia de tomar al trabajo como un fin cuando no es más que un medio. La aceleración, la falta de autoposesión, difumina hacia delante la propia persona que queda sin peso, sin contornos, sin los límites que la hacen irrepetible.
 
 Cuando alguien se decide a serenarse, a aceptar su vida y la realidad más cercana que le rodea, empieza a ser un punto fijo; uno de esos escasos lugares desde los que se puede mover el mundo. Esto requiere sencillez de espíritu: una sencillez que no es sencilla de adquirir.

 Ser o no ser, he ahí una cuestión mal expresada. Ser amado o no ser, he ahí la verdadera cuestión. Trabajar desde, por y para el amor a Dios y a los demás es la  recia escuela de la plenitud del sentido humano del trabajo.
 
Trabajar, encanecer sonriendo, saborear una gran gama de matices, agrios y dulces de la vida cotidiana, aquí está el verdadero, real y fantástico reto que se nos ofrece; no hay otro. La dimensión humana del trabajo se abre así a su dimensión divina. El estilo de trabajo sencillo de la Sagrada Familia se nos muestra como el retrato vivo de la perfección de una vida de trabajo y amor.

4. Sociedad, valores y cristianismo

 Es mucho lo que la historia nos puede enseñar: no en vano se la considera “maestra de vida”. Desde hace dos mil años se ha ido perfilando el concepto de persona y de dignidad como atributo inalienable de todo ser humano. Kant lo precisó con acierto al afirmar que toda persona es un fin en sí misma. Esto supone que nunca se debe instrumentalizar al hombre.

 El proceso de avance de la idea de autonomía desde el siglo XVIII ha llegado, en algunos sectores muy influyentes de la actualidad, a disociar la autonomía de la naturaleza. Con tal motivo se plantean alternativas al matrimonio natural fundado en la unión estable entre un hombre y una mujer. Se busca el aborto como un derecho de la mujer, cerrando los ojos a la evidencia de que el nasciturus es  un ser humano. Se utiliza a los embriones humanos como si fueran los de un animal cualquiera. La religión en su dimensión social es entendida como una injerencia intolerable en la conseguida laicidad del Estado.

En el telón de fondo de la Declaración de los Derechos humanos de 1948 observamos la lección histórica de la necesidad de unos principios comunes entre las personas que tienen que basarse en la naturaleza humana para ser comúnmente aceptados. Las atrocidades y crímenes contra la humanidad perpetrados en la Segunda Guerra Mundial hicieron necesaria esta Declaración de principios. Valores actuales como la citada autonomía o libertad personales son valiosos en cuanto no comprometan la identidad de la naturaleza personal y social del hombre. Sin embargo, algunos de los promotores de una pluralidad de maneras de entender lo nuclear del ser humano, niegan -de hecho- el concepto de naturaleza humana. Esto necesariamente lleva a una acusada falta de valores comunes y, por tanto, de sociabilidad. La tolerancia, erigida como supremo valor equilibrador de intereses, es un pedestal muy débil sobre el que basar la cultura de los pueblos. Así, en la práctica, las sociedades se crispan.

 Por otra parte, en un clima donde la idea de comunicabilidad y participación de bienes está mermada, resurge un neoliberalismo de escaso rostro humano. En la era de la globalización somos más conscientes de un mundo en el que la riqueza está muy mal repartida y donde las soluciones a estos desajustes parecen de corto alcance para las necesidades reales de los más deprimidos.

 Todos estos factores hacen necesaria una nueva profundización y difusión del valioso patrimonio histórico europeo relativo a la dignidad de la persona, en sociedades democráticas con estados aconfesionales. En este sentido es de mucho interés recordar que el cristianismo, pese a los  defectos personales y sociales de los cristianos, ha sido un  impulsor principal de una idea clave: la fraternidad entre los seres humanos. Esta idea clave se está debilitando severamente. La fraternidad humana, pese a las tensiones y conflictos, supone un respeto incondicionado a toda persona a la vez que le recuerda su irrenunciable compromiso social. Los cristianos no pueden dejar de reivindicar esta perspectiva indispensable para la humanidad.
5. El laicismo contra los laicos

 Aristóteles –nada sospechoso de confesionalismo- decía que los opuestos pertenecen al mismo género: esto es lo que puede que ocurra entre clericales y anticlericales o laicistas. El clericalismo es la postura, a mi parecer, que considera como una “longa manus” del clero a los laicos sin entender la legítima autonomía de éstos.
 
El laico sabe que para ser buen cristiano tiene que ejercer su personal libertad y responsabilidad en las mil iniciativas de este mundo, al mismo tiempo que se adhiere al Magisterio de la Iglesia porque quiere libremente hacerlo. Este ciudadano no es que tolere el derecho de cada cual a su religión sino que lo desea positivamente, tal y como lo quiere para él mismo. Lógicamente quiere la libertad de las conciencias: tanto la de otro cristiano, como la de un musulmán o como la de un ateo; sencillamente porque tiene sentido común. Si defiende la propiedad privada no es por ser confesional sino por ser hombre; si no le gusta que otro tipo coquetee con su mujer no es por ser involucionista sino por no ser tonto.

 El laicista es alguien muy distinto al laico: el laicista es un clerical “rebotado”. Si un tipo defiende la dignidad de todos los embriones humanos porque él también ha sido hombre, el laicista le llamará vaticanista, aunque se trate de un inmigrante zulú. Ante un razonamiento que pone de manifiesto la esencial diferencia entre un matrimonio entre hombre y mujer, por un lado, y una unión entre dos personas del mismo sexo, por otro, la opinión laicista  tachará la reflexión con el sanbenito de machista. Tratándose de un jurista que se lleva las manos a la cabeza por una ley del divorcio que da al matrimonio menos estabilidad que un contrato de alquiler, el laicista percibirá influencias canónicas. Cuando un médico corrobora que un aborto voluntario es descuartizar a una criatura humana el laicismo entenderá a aquél doctor como un profesional dogmático.

 Actualmente los términos laicista y progresista casi se identifican conceptualmente. El progresismo consiste en romper barreras morales consideradas obsoletas hacia nuevas aventuras de la humanidad, aún a costa de la propia naturaleza. Para el progresista hay progreso pero no hay hombre. El progresista no acepta la libertad enraizada en la realidad natural sino la libertad por la que yo puedo decir que soy lo que me dé la gana.
 
El laicismo nace de la confusión en las relaciones entre naturaleza y fe; confusión que algunos clericales del pasado llevaron a cabo en sentido inverso; dicho sea sin juzgar las intenciones de ambos. Simplemente se trata de una insensatez que traspasa la raya, progresistamente, de la salud mental.

El laicista no ha entendido lo laico: el valor y la autonomía intrínsecos de las realidades civiles abiertas a la dignidad trascendente de la vida y la actividad humanas.

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo

“Se trata de que no se vaya el santo al cielo sino que venga el cielo al santo”. Esta frase la decía un buen amigo en la mesa, señalando un magnífico postre en un día de fiesta.¡Cuanta razón tenía!

 Hoy parece que se ha acentuado el  afán de disfrutar. Muchos buscan una auténtica cultura del “éxtasis”, un empeño por gustar sensaciones fuertes, potenciado y extendido por capitalismos mediáticos  publicitarios. Es lógico querer pasarlo bien; sin embargo el problema está en que curiosamente no se sabe vivir bien . Las prisas, la búsqueda del éxito y del dinero rápido, la aceleración como modo de vida puede que no sea, en el fondo, más que una huida hacia delante.

 La exaltación de las emociones nocturnas no da respuesta a la realidad del trabajo cotidiano. Se vive con cierta histeria una única realidad en la que no se encuentra la unidad de sentido de la vida. Y esto se debe, como afirma Alfonso Aguiló , a que se busca la felicidad donde no está y se ignora que para ser feliz lo que hay que modificar no es tanto lo de fuera  sino lo de dentro de uno mismo.

 Reflexionar en que uno ha nacido sin ningún mérito personal ni consulta previa es mucho más que una perogrullada: es la pura verdad que, sin embargo, olvidamos con mucha frecuencia. A pesar de los flagrantes males del mundo, de la enfermedad y del dolor moral, la vida sigue siendo una llamada, un regalo de valor incalculable. El bien suele ser más discreto y silencioso que el mal, pero mucho más sólido y fundamental…como lo es una madre buena. Lo que podemos hacer, en expresión de Julián Marías es “educar la mirada”, y también el entendimiento y la voluntad, para caer en la cuenta de la cantidad de cosas estupendas que nos suceden: desde respirar hasta optar por ocupaciones quizás sencillas pero llenas de verdad y de bien, maduras de humanidad y sazonadas de buen humor. Quien procura vivir siempre  así, de hecho, es bastante probable que lo haga desde la fuerza de la fe.

 Hay un salto de confianza, de esperanza, de aptitud para la felicidad -esto es en parte la fe- que no puede ser impuesto racionalmente, porque la mano de Dios sólo se coge si libremente se quiere. Lo que sí se puede constatar es que quien así lo hace está en condiciones de disfrutar tanto en día laborable como en fin de semana; y con un gozo enorme, porque todo se llena de sentido. Y este sentido es la fuente de la felicidad.
 2. Ser y seres

 Un chico de unos nueve años le dijo a su padre en cierta ocasión: ”Papá; tú eres, pero podrías no ser; yo soy, pero podría no ser. Dios es, pero no puede no ser”. Este hecho verídico, me consta, es una de esas muestras en las que sencillez y sabiduría se identifican.

 La tierra es de tres dimensiones y tiene colores. Nos llaman la atención las cordilleras, los valles, los ríos, el mar, y la diversidad de especies vegetales y animales. Todas estas realidades son; pero…¿Por qué? Tomás de Aquino, entre otros, nos explicó que hay muchos modos de ser y que cada uno de estos modos constituye una naturaleza. No somos combinaciones de oxígeno y carbono desarrolladas, ni pequeños dioses; somos hombres. En sus conocidas cinco vías Tomás afirma que tiene que haber un primer motor inmóvil pues de lo contrario no existirían motores subordinados ni transmisión del movimiento. Lo mismo ocurre con una primera causa incausada; sin la que no habría causas secundarias ni efectos últimos. Junto a seres materiales, corruptibles, no necesarios, que alguna vez no fueron, tiene que existir un ser necesario e incorruptible, que sea desde siempre; porque, si no, hubo un tiempo en que no había nada y de la nada, por sí misma, no sale nada. Los seres parcialmente perfectos tienen una participación necesaria del  ser que es perfección en plenitud, de modo similar a como las verdades parciales participan de la existencia de una verdad absoluta. El orden inmaterial e inteligentemente diseñado en la materia también apunta la existencia de una inteligencia ordenadora que trasciende lo material.

 La comunicación entre los diversos seres y el ser por esencia propia es similar a la de un rayo de luz que penetra en un lago dando calor y vida a sus aguas, sin que él mismo se moje.

 En la Sagrada Escritura Dios revela su nombre a Moisés: “Yo soy el que soy”. Dios es el ser que por naturaleza tiene la plenitud del ser. La Revelación cristiana nos dice mucho más en el Nuevo Testamento: Dios es tres Personas. Dios es Amor Personal. El Ser Supremo no es alguien solitario sino una inefable Comunión de Personas, como anteriormente apuntamos.
 

El amor verdadero, el que nos hace ser mejor personas, es la única actividad que es un fin en sí misma. Qué lógico resulta que Dios mismo sea Amor, entrega, caridad –como afirma San Juan- . El ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, es un ser para el amor, para la ley del don de sí –en expresión de Juan Pablo II-. Esta vocación se robustece y enraíza cuando el hombre se siente querido por sus semejantes y sabe, por la fe, que Dios le quiere como a su hijo. Razón y conocimiento revelado vuelven a encontrarse y a potenciarse mutuamente.
3. Vida y misterio

La vida esconde en su origen y en su actualidad el misterio de su por qué. La palabra misterio era traducida por los latinos como sacramentum; esto es: algo visible que connota lo invisible, lo que está detrás; lo que es su sentido. La realidad visible es de alguna manera un símbolo; algo que remite a su origen, a lo que la dota de unidad de sentido. Y, en la realidad, viven unos símbolos vivos y libres que somos nosotros mismos.
 
Los hombres podemos representar personalmente el mundo; por ejemplo al escribir una novela, pero no podemos dotarla de realidad. Hay Alguien que si puede. En Él, en virtud de su máxima simplicidad, su ser se identifica con su pensamiento y su querer con su poder. Un “literato” ha creado la novela en que vivimos. Alguien entiende el mundo y al entenderlo lo ama. Nos entiende a través de su Idea, de su Nombre. Somos porque nos quiere. En expresión de Chesterton “el mundo es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor”  .

La Revelación bíblica da plenitud a las reflexiones anteriores, hasta el punto insospechado de que el propio Autor del libro del mundo se haga uno de nosotros dotando de gran valor a nuestras biografías.
 4. Alegría en la verdad

 ¡Eureka! Éste suele ser el grito de júbilo del investigador que da con la verdad de un problema. El hallazgo de algunas verdades trae consigo una subida satisfactoria del ánimo. Pero no podemos olvidar que no todas las verdades producen felicidad. Conviene recordar que los sufrimientos ante los males, como explicamos antes, pueden reconducirse hacia bienes superiores, no sin esfuerzo. Incluso los males provocados por la propia libertad pueden ser el humus de un replanteamiento fecundo en sabiduría.

 Muchos bienes no son noticia. Dicen, con respeto y aprecio a las verdades difundidas por el periodismo, que el ruido no hace bien y que el bien no hace ruido. Fijarse en lo bueno es el requisito previo para conseguirlo. En ocasiones el escalador tiene que mirar hacia abajo pero sobre todo debe mirar arriba para poder llegar a la cima.

Cada persona se transforma en aquello hacia lo que se dirige. Si nos fijamos en el bien y nos acercamos a él seremos buenos. Esto requiere un ingrediente difícil de obtener: el conocimiento propio. En este conocimiento, donde juegan un papel importante la sensatez, la experiencia y el consejo cualificado, también hay que fijarse en lo positivo, en lo bueno de nosotros mismos, por las mismas razones que hemos mencionado antes, para renovar, con más temple, la propia ilusión de vivir. Mirar a la victoria, sin desconocer las dificultades que pueda llevar consigo, es ya empezar a conquistarla.

 La verdad y el bien son los que satisfacen la inteligencia y la voluntad llenando de paz el corazón. La verdad es la que deja tranquilidad en el alma. Esta serenidad es el marco perfecto de la dicha; algo así como el bosque respecto de los cantos de los pájaros.

 La alegría surge con frecuencia de la consecución de unas metas. Pero una alegría más honda nace de saberse querido y valorado por las personas más cercanas a nuestro entorno familiar, profesional y social.

 Todo lo anterior requiere del ejercicio de las virtudes. La prudencia busca la aplicación del bien a los casos concretos; es una virtud que supone realismo. La justicia se esfuerza por dar a cada uno lo suyo. La fortaleza se orienta a la búsqueda ardua del bien. La templanza procura el domino de lo racional sobre lo orgánico. Sobre estas virtudes humanas o cardinales se ensamblan las teologales: dones de Dios que implica nuestro empeño en cultivarlos. La fe por la que nos fiamos de Dios y de su Revelación. La esperanza a través de la que confiamos en que Dios nos ayudará a conseguir nuestro destino sobrenatural eterno. La caridad mediante la que amamos a Dios y a los demás por Dios. Esta última es la virtud por la que nos hacemos amigos de Dios; sabiendo, como afirma Tomás de Aquino, que las victorias de nuestros amigos son también nuestras victorias.

La asombrosa noticia cristiana es que somos hijos de Dios. Algo mucho más por conocer que conocido. A ninguna mente humana se le hubiera ocurrido, por sí misma, pensar que Dios se ha enamorado locamente del hombre; y éste es un postulado principal de la doctrina y la vida de Jesucristo.

Sin embargo, lejos de ingenuidades, experimentamos con frecuencia las precariedades y dificultades de la vida, en el ámbito personal y social. ¿Cómo reencontrar la alegría en nuestro normal transcurrir de los días? Buscando la verdad de la propia vida en tantas cosas: la familia, el trabajo, la amistad, el compromiso social.

Tomando ideas de clases impartidas por el profesor Antonio Ruíz Retegui, diremos que Dios se acepta plenamente a sí mismo. Al ser el hombre imagen y semejanza de Dios, la clave de su felicidad consiste en la aceptación de su propia vida, en los momentos fáciles y en los difíciles. Una aceptación que no nace de un mero conformismo sino precisamente de entender la propia existencia como una llamada vocacional divina.

 El cristianismo aporta una rotunda iluminación al problema de la verdad y de la alegría. Nuestra falta de aptitud estable para la gratitud y la dicha provienen de una herida en el corazón humano que hace al hombre pretender ser creador del bien y del mal, de la verdad y de la mentira. De este modo quiere elegir y no ser elegido; desea generar significado en vez de descubrirlo, falseando así su propia verdad y, como consecuencia, su felicidad. Esta herida de egolatría es sanada, nos explica el cristianismo, por la sublime muestra de humildad abismal de Cristo crucificado.

 El secreto de la paz y de la alegría, en la perspectiva cristiana, consiste en vivir en la cruz: en la verdad de nuestra condición –es decir, en la humildad-, en la ley del don de sí a Dios y a los demás, en la gratitud ante lo agradable y lo desagradable en la que medida en que son combustible para la “llama de amor vivo” –proveniente del soplo del Espíritu divino-, tantas veces alimentada por el arrepentimiento  de los  errores personales.
VII. Felicidad y vida en Cristo
1. La felicidad redimida

 La felicidad es más un don que una consecuencia del esfuerzo, aunque también interviene en ella. La felicidad es un sentimiento de plenitud y dotación de significado propio que abarca múltiples aspectos. Se diferencia del placer en que éste es un estado sensitivo pasajero y muy dependiente de las sensaciones corporales, mientras que la felicidad es más un estado del alma. Todos buscamos ser felices y, sin embargo, sabemos por experiencia que la felicidad es misteriosa y parece que nunca se acaba de alcanzarla del todo.

 Por lo que hemos dicho en capítulos anteriores la felicidad humana más satisfactoria radica en saberse valorado y querido por personas a las que amamos. Influyen muchos otros factores, desde los físiológicos hasta los logros académicos o profesionales. Esta temática supone el ejercicio de las virtudes que son el medio indispensable para ser verdaderamente felices. La felicidad no puede buscarse en directo; porque es la posible consecuencia de hacer el bien. En cierto modo hay que olvidarse de ser feliz para llegar a serlo.

 El escritor Gustave Thibon ha afirmado que el cierto descontento que nos dejan los bienes limitados de este mundo es el envés de la sed que nos agita por un Bien absoluto. La fragilidad de la felicidad humana es muy grande si se apoya en factores meramente pasajeros.

 Anclar la vida en Cristo, saberse redimidos por Él, es una fuente de sentido y de felicidad inmensa, a la que se accede en la medida de la propia generosidad. Este enfoque sobrenatural de la felicidad no desprecia los bienes transitorios; todo lo contrario: los ordenan descubriendo su verdadera identidad.

 La capacidad de amar y ser amados, el aspecto más nuclear de la felicidad, tantas veces alterada en nuestra vida, se agranda y purifica ante el ejemplo luminoso del Hijo de Dios. La vida cristiana no es fácil; pero tampoco es especialmente difícil. La Cruz del cristiano supone ante todo vivir de cara a Dios y a los demás. Esto implica esfuerzo abundante pero es fuente de un  gozo profundo.

 El progresivo descubrimiento del rostro del Señor, cuyo retrato moral son las Bienaventuranzas, es un origen de transformación interior, de identificación con Cristo, que nos acerca al corazón de los demás hombres. La vida cristiana no suplanta la felicidad humana sino que eleva todo lo noble de nuestra naturaleza y plantea una lucha sin cuartel a todo aquello que la envilece: el egoísmo, el error moral, el pecado.
2. La experiencia del perdón

 Un ser humano, a diferencia de un animal, es capaz de separarse de su conducta y de rectificar. Un hombre es lo que es y lo que puede llegar a ser; por esto puede ser perdonado y perdonar. Alguien ha afirmado que si se trata a una persona como lo que es, será lo que es; pero que si se la trata como lo que puede y debe ser, llegará a comportarse de esta manera. En la película “Los miserables” un mendigo es acogido por una familia. Durante la cena, el hospedado comenta al dueño de la casa si no tiene miedo de que le robe. El anfitrión cambia de conversación instando a su invitado a cambiar el tipo de conductas que lleva hasta la fecha. Durante la noche, tras escuchar unos ruidos, el propietario descubre a su huésped robándole y éste responde golpeándole y huyendo. A la mañana siguiente la policía trae al ladrón con el botín a la casa ultrajada. El propietario de aquellas cosas afirma que son un regalo con el que ha ayudado al presunto bandido. La policía se va y el desagradecido personaje, lleno de admiración, pregunta a su víctima por qué ha actuado así. La respuesta es la siguiente: “Este es el precio que pago para devolverle a Dios a usted; y recuerde que durante la cena había prometido cambiar de vida”. Así ocurrió después.

 Comportarse con la generosidad de aquél anfitrión no está al alcance de todos los ánimos, pero si es un botón de muestra para hacernos ver las posibilidades que tiene el corazón humano de sacar de la miseria moral a sus semejantes. Una característica profundamente humana e inteligente es la capacidad de comprensión, de ponerse en el lugar de la realidad, especialmente de los demás. No estamos defendiendo que la misericordia anule a la justicia, pues una y otra se necesitan mutuamente, sino que el perdón es una actitud que puede remover muy eficazmente los deseos de mejora personal.

 La radical novedad que trae consigo el cristianismo al pedir el perdón a los enemigos no supone, insistimos, una dejación de deberes. Si hay que denunciar a alguien la virtud de la justicia puede exigir hacerlo. Pero de lo que se trata es de no criar odio, mala sangre, rencor, deseos de venganza. El odio es, por contraste al amor, lo que más desfigura al espíritu humano.

 La vida de Cristo supone una insólita muestra de perdón, más allá de cualquier cálculo humano. El ejemplo del Redentor nos exige la obligación recia de perdonar en el fondo del corazón. Se trata de algo que, cuando la ofensa es grave, no se puede lograr sin la ayuda divina que hay que implorar. Una persona capaz de perdonar a sus enemigos no se comporta de un modo inhumano, sino todo lo contrario. La gracia divina, secundada por la voluntad, hace a tal persona rica en humanidad.

 Lope de Vega escribió: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío/ si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras!/¡Cuántas veces el ángel me decía:/ Alma, asómate ahora a la ventana/ verás con cuánto amor llamar porfía!/ Y cuántas hermosura soberana:/ Mañana le abriremos –respondía-,/ para lo mismo responder mañana!”. Este poema pone de manifiesto la admiración humana ante el amor demostrado por Dios a sus criaturas. El sacramento de la confesión, donde se encarna el perdón de Dios, es una maravillosa muestra de la entraña misericordiosa del Corazón de Dios. Ante ese perdón divino, a la medida de su Amor y de nuestra flaqueza, se hace patente la obligación de comprender y perdonar a los demás. Todo esto redundará en la mejora de la convivencia familiar y social.
3. Meditación y oración

 Pensar la realidad que vivimos se hace necesario para ser humanamente libres. Considerar qué nos ha ocurrido hoy, qué hemos hecho y por qué, es motivo para vivir de un modo más humano, más biográfico. Dentro de esas valoraciones de la experiencia la más importante es la moral. Lo más genuinamente humano de la vida es la experiencia moral: ¿Me han tratado bien? ¿Me he portado mal con esa persona?… Es imposible callar estas preguntas de la propia conciencia. Silenciarlas es tanto como renunciar a ser persona.

 Meditar sobre la propia vida y la de los demás no es un fin en sí mismo; que más bien radica en recibir y comunicar amor para poder ser feliz. No se trata, por tanto, de enfrascarse en excesivos análisis que, al cabo, terminan paralizando la conducta. Pero no parece que el peligro venga hoy por este lado. La ausencia de interioridad, como explicó Juan Pablo II en Madrid el año 2003, es un drama de nuestro tiempo .
Es preciso ordenar la cabeza y el corazón con un empeño decidido de la voluntad. Hay que tener una jerarquía de valores, establecerse un horario de actividades, buscar con constancia unas metas. Todo esto con la flexibilidad propia de la persona, con sentido común, que se da cuenta de que no maneja muchos de los hilos de su vida pues la realidad es inmensa y cambiante. Hace falta pararse y preguntarse sin miedo, con cierta frecuencia, por qué y para qué hago esta cosa y esta otra. También nos será de mucha utilidad la experiencia y el consejo de personas que merezcan nuestra confianza.

La oración añade una tercera dimensión a la sola meditación. La oración actualiza las virtudes teologales impulsándonos a pedir ayuda y respuestas, buscando a Dios en el centro de nuestra alma, a partir de lo que hemos vivido, en orden a lo que nos disponemos a vivir. La oración, cuyos tiempos hay que saber encontrar, es la actividad mas productiva del cristiano. En ella se busca lo verdaderamente importante de la existencia expresado en los famosos versos: “Al final de la jornada aquél que se salva sabe y el que no, no sabe nada”; o también en la afirmación de San Juan de la Cruz: “A la caída de la tarde te juzgarán en el amor”. Lo único que tiene valor de eternidad en este mundo es lo que hagamos por amor a Dios, y a los demás por Dios. Sorprende ver qué escaso se anda en ocasiones de este precioso capital. Siempre consuela saber que el arrepentimiento puede cambiar el pasado porque la contrición es amor y el amor verdadero tiene jurisdicción sobre el tiempo, ya que Dios es Amor.
4. Casa de Dios y casa de los hombres

 Los que hemos tenido la inmensa suerte de tener un padre y una madre incondicionales sabemos hasta que punto el hogar de origen establece una columna central en nuestra personalidad. La familia como núcleo de amor y de vida, tan siniestramente atacada hoy en día por diversas fuerzas convergentes, supone un lugar nuclear en nuestro espíritu. Pero es cierto y triste que la familia de origen pueda quebrarse o incluso ni siquiera existir en algunos casos. En estas circunstancias se somete a los  afectados a una prueba severa.

 Nuestros padres y hermanos,  cónyuge e hijos, establecen relaciones primordiales con nosotros. También nos interpelan, en diversos grados, las relaciones con  otros familiares, amigos, compañeros y ciudadanos. Nuestra propia identidad depende de la calidad de nuestro convivir con los demás. De todos estos ámbitos de convivencia la familia es el más indispensable. El hombre es un ser esencialmente familiar y no puede realizarse como persona sin tener algún tipo de vinculaciones familiares. Todo lo que llevamos a cabo con nuestro trabajo e iniciativa, las cosas que nos hacen gozar o padecer, tendemos a comunicarlas en un terreno familiar, la patria más indispensable para toda persona. El hombre, quiéralo o no, gira en torno al campo gravitatorio de la familia. De algún modo, por utilizar una imagen  de Chesterton, la vida del hombre es como una vuelta al mundo, en la que sale del hogar y retorna a él.

 La Iglesia, la Casa de Dios, es también casa del hombre. El Pórtico de esta Casa es el Bautismo; el sacramento que nos hace hijos del Padre. La Casa del que no tuvo un techo para nacer se convierte en la casa de toda persona que acepte entrar en Ella. El hogar humano se fortalece en el hogar de Dios, llegándose a identificar. La familia cristiana es una dimensión de la misma Iglesia, jerárquica y fraterna. El Cuerpo de Cristo, el Pan de los hijos, constituye un Hogar. El propio espíritu de la persona se transforma en Iglesia al participar de la comunión de los santos. En la Iglesia el alma cristiana encuentra su definitivo hogar, en este mundo y en la eternidad. Clemente de Alejandría escribió: “Si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia” .
5. Muchos en Uno: La Eucaristía

 ¿Dónde está le Iglesia? Donde está la Eucaristía. La Iglesia es sacramental y, por este motivo, hay en Ella jerarquía. Dios verdadero y sustancial se quiere hacer Pan para nosotros. A diferencia de otras religiones inhumanas,  donde los hombres eran sacrificados a los dioses, en la religión cristiana Dios es quien se sacrifica por los hombres. Por esto no basta un mero deseo de ser cristiano si se tiene acceso al conocimiento de la Encarnación y Redención del Hijo de Dios. Todo hombre honrado y justo, que haya tenido la noticia del Evangelio, tiene la responsabilidad de informarse e interesarse activamente ante el anuncio de que Dios se ha hecho uno entre nosotros. Lo contrario es mediocridad, poltronería e ingratitud. Existe una llamada universal a la santidad; y es asequible a todos una respuesta libre a la gracia de Dios, que Él otorga a quien sinceramente se la pide. Una persona no debe  acostumbrarse a convivir a medio gas con la Buena Nueva divina; o a no escucharla con solicitud, pudiendo hacerlo.

En cierta ocasión escuché una idea que considero muy interesante: La Eucaristía es el mismo Cristo que nos dice “déjame que viva tu vida contigo para que tú puedas vivir conmigo Mi Vida”. “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en Mi y Yo en él”  . El estilo de Vida de Dios, convertido en sencillo Pan, es un modelo inefable de ofrenda, de solicitud, de Amistad sublime, de servicio. Participar en la Eucaristía supone tener conciencia de estar en gracia de Dios y querer aumentar esa gracia con una vida de entrega a Dios y a los demás, viviendo un auténtico don de sí mismo.

La Eucaristía manifiesta el insondable Amor de Dios por nosotros, criaturas de carne y hueso. Un Amor que es eterno, inmortal. La Eucaristía es así prenda de vida eterna. “Quien coma mi carne y beba mi sangre Yo le resucitaré en el último día”  . La Eucaristía, donde está el cuerpo glorioso, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo; real, verdadera y sustancialmente presente –como afirmaba San Josemaría, siguiendo el Magisterio de la Iglesia Católica- es para nosotros prenda para la vida eterna. Ya es el Cielo en la tierra. Lo cual implica, en expresión de Benedicto XVI, una respuesta vocacional: “Yo, pero «no» más yo  ”; “…es Cristo quien vive en mí  ”
6. Generosidad y apostolado

 La vida cristiana es esencialmente apostólica. Católico significa, como es sabido, universal. Del mismo modo que un hombre que poseyera una medicina infalible para sanar toda enfermedad tendría la obligación moral de darla a conocer, un cristiano tiene el derecho y el deber de dar a conocer, con su ejemplo y con su palabra, la doctrina verdadera para la vida terrena y eterna.

 La generosidad, con orden y sentido común, implica la comunicación del patrimonio más importante del cristiano: su vida en Cristo. Desde una bendita pluralidad, en comunión con el Magisterio de la Iglesia asistido por el Espíritu Santo, la vida del cristiano debe ser un banderín de enganche a la causa del Evangelio. Bandera discutida pero bandera de paz, de comprensión y de alegría.

 El sacramento de la Confirmación supone una nueva efusión del Espíritu Santo –Amor Personal entre el Padre y el Hijo- por el que el fiel cristiano se hace “milites Christi”, soldado de Cristo, para librar estas batallas de paz. En seguida recordamos que la vida cristiana no consiste, para la mayoría las personas, en grandes epopeyas sino en hacer de nuestra vida una historia entroncada en el espíritu nazareno, de sencillez y cotidianidad humana y divina.

 Cada hombre, de algún modo, representa a la humanidad. Todos tenemos responsabilidad sobre los demás. En el mundo hay suficiente dosis de injusticia y de mentira para no parar de hacer apostolado; también con la sonrisa, con el descanso y la diversión. Pero esta vida propia, personal, no tendrá un fruto apostólico proporcional al mero número de obras de caridad efectuadas, siendo éstas imprescindibles. La Obra de Dios es la identificación con Cristo a través de la realidad de cada día. Aquí la victoria de unos es poderosa ayuda para la victoria de otros. Dios es Dios de victoria.
7. Matrimonio y celibato por el reino de los cielos

 Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, escribió un valioso libro titulado “Amor y responsabilidad”. Una idea sacada de su lectura es, como dijimos, que para entender bien el matrimonio hay que entender bien el celibato por el reino de los cielos y viceversa. Ambos estados de vida son las dos caras de una misma moneda, la del amor esponsal. Como dijo Antonio Machado “la monedita del alma se pierde si no se da”. Otra frase, ignoro su origen, relacionada con la entrega es esta: “El Cielo no cuesta ni poco ni mucho; sencillamente todo lo que uno tenga”. Matrimonio y celibato son entrega; algo así como decir: “voy a procurar hacer feliz a los demás, con la ayuda de Dios y a pesar de mis defectos, porque el que no vive para servir, no sirve para vivir”.

 Por este motivo en una sociedad en la que abundan familias enterizas cristianas hay vocaciones sacerdotales. Pero si la familia está en crisis también lo estarán estas vocaciones. La vocación al sacerdocio es, como todas, iniciativa de Dios, pero conviene mucho que el terreno humano esté abonado de generosidad y alegría de vivir. Una juventud bien formada cristianamente no ve el celibato por el reino de los cielos –en el sacerdote o en el laico- como algo “demasiado fuerte”; sino como un modo de vivir la intimidad con Dios y la entrega a los demás. Como se pone en boca del actor que representa a Juan Pablo II en la película Karol “el sacerdote es un hombre para los demás”.
Por otra parte el mencionado libro de Wojtyla establece, con una filosofía personalista, las bases de una moral sexual y de una teología del cuerpo, posteriormente desarrollada durante su Pontificado, que suponen una auténtica mina de valores humanos y cristianos para estudiar y dar a conocer. Las palabras de Juan Pablo II son una contestación profunda y convincente a la revolución sexual desencadenada en los años sesenta del siglo XX y cuyas consecuencias actuales han contribuido a una deshumanización de la sexualidad, a la tragedia silenciosa del aborto masivo, y a un falseamiento de la identidad del matrimonio en algunas legislaciones civiles. Junto a todo esto ha surgido, como nunca hasta antes en la historia, el esperanzador fenómeno social del asociacionismo familiar en defensa de la identidad de la realidad de la familia natural humana, así como del respeto y ayuda que se merece.
8. Enfermedad, muerte y vida eterna

No llevamos el timón de la realidad, ni siquiera totalmente el de nuestra propia vida, pero aunque en el mar de la existencia haya tormentas que no entendemos no por eso carecen de un sentido que quizás más adelante podremos comprender. Este es un punto importante para saber que la vida es una verdad imperfecta en la que nos podemos realizar como personas.

 La enfermedad, especialmente la crónica, es una acompañante de camino bastante antipática, francamente desagradable y, en ocasiones, brutalmente ofensiva. Sin embargo, resulta ser una catedrática de fina sabiduría y tras su rostro feo esconde un alma delicada, tenaz entusiasta de nuestra mejora personal.
 
 Cabalgar por las amargas estepas del insomnio o sentir la ácida y abotargada sensación de las jaquecas o el desaliento y el malestar no es algo solamente nefasto. El espíritu puede entonces sacar de la autosuficiencia dependencia, de la pedantería sencillez, de la torpeza comprensión, de la angustia paz, de la tragedia comedia. Empieza a entenderse la vida como regalo y al descostrarse nuestro egoísmo podemos volver a vislumbrar de un modo nuevo la actitud más básica y fundamental del hombre, tan frecuentemente olvidada: la gratitud.

 El enfermo es para su familia fuente de contradicción e incluso de aburrimiento; pero en mucho mayor grado es causa de generosidad y de fraternidad.  En especial cuando nuestro enfermo entra en fase terminal y fallece. La insuficiencia de este mundo se manifiesta patente, nítida; pero no su sin sentido si se tienen ciertas referencias. Más todavía, como he visto, si la persona fallecida ha encarado su enfermedad y muerte con categoría humana, con plenitud de sentido y con amor a los demás. Tal actitud no aparece como absurda sino todo lo contrario: como la más noble, digna y verdaderamente humana. Su capacidad de transformar es poderosa. Verdaderamente la auténtica buena muerte, su aceptación llena de paz y de esperanza es toda una escuela para la vida.

 El sacramento de la Unción de los enfermos es una nueva ayuda de nuestra Madre la Iglesia. Una Unción, para un ungido o elegido, que prepara el tránsito al encuentro con Dios, o restablece la salud si conviene a los planes de la Providencia. Con este signo sensible de Cristo se pueden preludiar unas palabras de valor incalculable ”Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor  ”.
9. Modelo de sabiduría

 Al escribir sobre una filosofía al servicio de la fe queremos concluir con el paralelismo que estableció Juan Pablo II entre la filosofía y la Virgen María: “Mi último pensamiento se dirige a Aquélla que la oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría. Su misma vida es una verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y feminidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica, para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María « la mesa intelectual de la fe ». En ella veían la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban convencidos de que debían philosophari in Maria. Que el Trono de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre  .

Bibliografía seleccionada
- “Fides et ratio”. Juan Pablo II

- “Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Primera Parte: La profesión de la fe. Primera Sección: Creo-Creemos”. Asociación de editores del Catecismo.

-“Ortodoxia”. Chesterton, G.K. Obras completas, tomo I. Espasa Calpe.

- “El amor o la fuerza del sino”. Chesterton, G.K.  Rialp, 1993.
-“Las virtudes fundamentales”. Pieper, J. Rialp

San Francisco Javier: El gran apóstol de Oriente

Francisco nació en 1506, en el castillo de Javier en Navarra, cerca de Pamplona, España. Era el benjamín de la familia. A los dieciocho años fue a estudiar a la Universidad de París, en el colegio de Santa Bárbara, donde en 1528, obtuvo el grado de licenciado. Dios estaba preparando grandes cosas, por lo que dispuso que Francisco Javier tuviese como compañero de la pensión a Pedro Fabro, que sería como él jesuita y luego beato, también providencialmente conoció a un extraño estudiante llamado Ignacio de Loyola, ya bastante mayor que sus compañeros. Al principio Francisco rehusó la influencia de Ignacio el cual le repetía la frase de Jesucristo: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?». Este pensamiento al principio le parecía fastidioso y contrario a sus aspiraciones, pero poco a poco fue calando y retando su orgullo y vanidad. Por fin san Ignacio logró que Francisco se apartara un tiempo para hacer un retiro especial que el mismo Ignacio había desarrollado basado en su propia lucha por la santidad. Se trata de los «Ejercicios Espirituales». Francisco fue guiado por Ignacio en aquellos días de profundo combate espiritual y quedó profundamente transformado por la gracia de Dios. Comprendió las palabras que Ignacio: «Un corazón tan grande y un alma tan noble no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria que dura eternamente».

Llegó a ser uno de los siete primeros seguidores de San Ignacio, fundador de los jesuitas, consagrándose al servicio de Dios en Montmatre, en 1534. Hicieron voto de absoluta pobreza, y resolvieron ir a Tierra Santa para comenzar desde allí su obra misionera, poniéndose en todo caso a la total dependencia del Papa. Junto con ellos recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, tres años más tarde, y con ellos compartió las vicisitudes de la naciente Compañía. Abandonado el proyecto de Tierra Santa, emprendieron camino hacia Roma, en donde Francisco colaboró con Ignacio en la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús.

A las misiones

En 1540, San Ignacio envió a Francisco de Javier y a Simón Rodríguez a la India en la primera expedición misional de la Compañía de Jesús. Para embarcarse, Javier llegó a Lisboa hacia fines de junio. Inmediatamente, fue a reunirse con el padre Rodríguez, quien se ocupaba de asistir a los enfermos en el hospital donde vivía. Javier se hospedó también ahí y ambos solían salir a catequizar en la ciudad. Pasaban los domingos oyendo confesiones en la corte, pues el rey Juan III los tenía en gran estima. Esa fue la razón por la que el P. Rodríguez tuvo que quedarse en Lisboa. También San Francisco Javier se vio obligado a permanecer ahí ocho meses y, fue por entonces cuando escribió a San Ignacio: «El rey no está todavía decidido a enviarnos a la India, porque piensa que aquí podremos servir al Señor tan eficazmente como allí». Pero Dios tenía otros planes y Francisco Javier partió hacia las misiones el 7 de abril de 1541, cuando tenía 35 años, el rey le entregó un breve por el que el Papa le nombraba nuncio apostólico en el oriente. El monarca no pudo conseguir que aceptase más que un poco de ropa y algunos libros. Tampoco quiso Javier llevar consigo a ningún criado, alegando que «la mejor manera de alcanzar la verdadera dignidad es lavar los propios vestidos sin que nadie lo sepa». Con él partieron a la India el P. Pablo de Camerino, que era italiano, y Francisco Mansilhas, un portugués que aún no había recibido las órdenes sagradas. En una afectuosa carta de despedida que el santo escribió a San Ignacio, le decía a propósito de este último, que poseía «un bagaje de celo, virtud y sencillez, más que de ciencia extraordinaria».

Otros cuatro navíos completaban la flota. En el barco viajaba el gobernador de la India, Don Martín Alfonso Sousa y, además de la tripulación, había pasajeros, soldados, esclavos y convictos. Entre la tripulación y entre los pasajeros había gente de toda clase y Javier tuvo que mediar en reyertas, combatir la blasfemia, el juego y otros desórdenes. Los domingos predicaba al pie del palo mayor. Convirtió su camarote en enfermería y se dedicó a cuidar a todos los enfermos, a pesar de que, al principio del viaje, los mareos le hicieron sufrir mucho a él también. Pronto se desató a bordo una epidemia de escorbuto y sólo los misioneros se encargaban del cuidado de los enfermos. La expedición navegó meses para alcanzar el Cabo de Buena Esperanza en el extremo sur del continente africano y llegar a Mozambique, donde se detuvo durante el invierno; después siguió por la costa este de África oriental y se detuvo en Malindi y en Socotra. Por fin, la expedición llegó a Goa, el 6 de mayo de 1542.

La pérdida de la fe entre los cristianos de las colonias
Goa era colonia portuguesa desde 1510. Había ahí un número considerable de cristianos, con obispo, clero y varias iglesias. Pero muchos portugueses se habían dejado arrastrar por la ambición y los vicios, y muchos abandonaban la fe. Los sacramentos habían caído en desuso; se usaba el rosario para contar el número de azotes que mandaban dar a sus esclavos. La escandalosa conducta de los cristianos alejaba de la fe a los indígenas. Esto fue un reto para San Francisco Javier. El misionero comenzó por instruir a los portugueses en los principios de la religión y a formar a los jóvenes en la práctica de la virtud. Después de pasar la mañana en asistir y consolar a los enfermos y a los presos, en hospitales y prisiones miserables, recorría las calles tocando una campanita para llamar a los niños y a los esclavos al catecismo. Estos acudían en gran cantidad y el santo les enseñaba el Credo, las oraciones y la practica de la vida cristiana. Todos los domingos celebraba la misa a los leprosos, predicaba a los cristianos y a los hindúes y visitaba las casas. Su amabilidad y su caridad con el prójimo le ganaron muchas almas. Uno de los pecados más comunes era el concubinato de los portugueses con las mujeres del país. Javier predicó la moralidad cristiana, demostrando que no contradecía ni al sentido común, ni a los instintos verdaderamente humanos. Para instruir a los pequeños y a los ignorantes, el santo solía adaptar las verdades del cristianismo a la música popular, un método que tuvo tal éxito que, poco después, toda Goa cantaban las canciones que él había compuesto.

Misionero con los paravas

Cinco meses más tarde, se enteró Javier de que en las costas de la Pesquería, que se extienden frente a Ceilán desde el Cabo de Comorín hasta la isla de Manar, habitaba la tribu de los paravas. Estos habían aceptado el bautismo para obtener la protección de los portugueses contra los árabes y otros enemigos; pero, por falta de instrucción, conservaban aún las supersticiones del paganismo. Javier partió en auxilio de esa tribu que «sólo sabía que era cristiana y nada más». El santo hizo trece veces aquel viaje peligroso, bajo el calor del sur de Asia. A pesar de la dificultad, aprendió el idioma nativo y se dedicó a instruir y confirmar a los ya bautizados. Los paravas, que hasta entonces no conocían siquiera el nombre de Cristo, recibieron el bautismo en grandes multitudes. A este propósito, Javier informaba a sus hermanos de Europa que a veces tenía los brazos tan fatigados por administrar el bautismo, que apenas podía moverlos. Los generosos paravas, que eran de casta baja, dieron a Javier una acogida muy calurosa, en tanto que los brahamanes, de clase alta, recibieron al santo con gran frialdad, y su éxito con ellos fue tan reducido que, tras un año, sólo había logrado convertir a un brahamán.

Por su parte, Javier se adaptó plenamente al pueblo con el que vivía. Con los pobres comía arroz y dormía en el suelo de una choza. Javier regresó a Goa en busca de otros misioneros y volvió a la tierra de los paravas con dos sacerdotes y un catequista indígena y con Francisco Mansilhas a quienes dejó en diferentes puntos del país. El santo escribió a Mansilhas una serie de cartas que constituyen uno de los documentos más importantes para comprender el espíritu de Javier y conocer las dificultades con que se enfrentó.

El escándalo de los malos cristianos: espina en el corazón
Nada podía desanimar a Francisco. «Si no encuentro una barca- dijo en una ocasión- iré nadando». Al ver la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar comentó: «Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar». Deseaba contagiar a todos con su celo evangelizador. El sufrimiento de los nativos a manos de los paganos y los portugueses se convirtió en lo que él describía como «una espina que llevo constantemente en el corazón». En cierta ocasión, fue raptado un esclavo indio y el santo escribió: «¿Les gustaría a los portugueses que uno de los indios se llevase por la fuerza a un portugués al interior del país? Los indios tienen idénticos sentimientos que los portugueses». Poco tiempo después, San Francisco Javier extendió sus actividades a Travancore. Algunos autores han exagerado el éxito que tuvo ahí, pero es cierto que fue acogido con gran regocijo en todas las poblaciones y que bautizó a muchos habitantes. En seguida, escribió al P. Mansilhas que fuese a organizar la Iglesia entre los nuevos convertidos. En su tarea solía valerse el santo de los niños, a quienes divertía mucho repetir a otros lo que acababan de aprender de labios del misionero. Los badagas del norte cayeron sobre los cristianos de Comoín y Tuticorín, destrozaron las poblaciones, asesinaron a varios y se llevaron a otros muchos como esclavos. Ello entorpeció la obra misional del santo. Según se cuenta, en cierta ocasión, salió solo Javier al encuentro del enemigo, con el crucifijo en la mano, y le obligó a detenerse. Por otra parte, también los portugueses entorpecían la evangelización; así, el comandante de la región estaba en tratos secretos con los badagas. A pesar de ello, cuando el propio comandante tuvo que salir huyendo, perseguido por los badagas, San Francisco Javier escribió inmediatamente al P. Mansilhas: «Os suplico, por el amor de Dios, que vayáis a prestarle auxilio sin demora». De no haber sido por los esfuerzos infatigables del santo, los badagas hubieran exterminado a los paravas. Hay que decir, en honor de esa tribu, que su firmeza en la fe resistió a todos los embates.

El reyezuelo de Jaffna (Ceilán del norte), al enterarse de los progresos que había hecho el cristianismo en Manar, mandó asesinar ahí a 600 cristianos. El gobernador, Martín de Sousa, organizó una expedición punitiva que debía partir de Negatapam. San Francisco Javier se dirigió a ese sitio; pero la expedición no llegó a partir, de suerte que el santo decidió emprender una peregrinación, a pie, al santuario del Apóstol Santo Tomás en Milapur, donde había una reducida colonia portuguesa a la que podía prestar sus servicios. Se cuentan muchas maravillas de los viajes de San Francisco Javier. Además de la conversión de numerosos pecadores públicos europeos, a los que se ganaba con su exquisita cortesía, se le atribuyen también otros milagros.

Carta de protesta al rey

En 1545, el santo escribió una carta desde Cochín al rey de Portugal. En ella habla del peligro en que estaban los neófitos de volver al paganismo, «escandalizados y desalentados por las injusticias y vejaciones que les imponen los propios oficiales de Vuestra Majestad . . . Cuando nuestro Señor llame a Vuestra Majestad a juicio, oirá tal vez Vuestra Majestad las palabras airadas del Señor: “¿Por qué no castigaste a aquellos de tus súbitos sobre los que tenías autoridad y que me hicieron la guerra en la India?”». El santo habla muy elogiosamente del vicario general en las Indias, Don Miguel Vaz, y ruega al rey que le envíe nuevamente con plenos poderes, una vez que éste haya rendido su informe en Lisboa. «Como espero morir en estas partes de la tierra y no volveré a ver a Vuestra Majestad en este mundo, ruégole que me ayude con sus oraciones para que nos encontremos en el otro, ciertamente estaremos más descansados que en éste». San Francisco Javier repite sus alabanzas sobre el vicario general en una carta al P. Simón Rodríguez, en donde habla todavía con mayor franqueza acerca de los europeos: «No titubean en hacer el mal, porque piensan que no puede ser malo lo que se hace sin dificultad y para su beneficio. Estoy aterrado ante el número de inflexiones nuevas que se dan aquí a la conjugación del verbo “robar”».

Malaca

En la primavera de 1545, San Francisco Javier partió para Malaca, donde pasó cuatro meses. Malaca era entonces una ciudad grande y próspera. Albuquerque la había conquistado para la corona portuguesa en 1511 y desde entonces se había convertido en un centro de costumbres licenciosas. El santo fue acogido en la ciudad con gran reverencia y cordialidad, y tuvo cierto éxito en sus esfuerzos de reforma. En los dieciocho meses siguientes, es difícil seguirle los pasos. Fue una época muy activa y particularmente interesante, pues la pasó en un mundo en gran parte desconocido, visitando ciertas islas a las que él da el nombre genérico de Molucas y que es difícil identificar con exactitud. Sabemos que predicó y ejerció el ministerio sacerdotal en Amboina, Ternate, Gilolo y otros sitios, en algunos de los cuales había colonia de mercaderes portugueses. Aunque sufrió mucho en aquella misión, escribió a San Ignacio: «Los peligros a los que me encuentro expuesto y los trabajos que emprendo por Dios, son primavera de gozo espiritual. Estas islas son el sitio del mundo en que el hombre puede más fácilmente perder la vista de tanto llorar; pero se trata de lágrimas de alegría. No recuerdo haber gustado jamás tantas delicias interiores y los consuelos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de los obstáculos que me oponen los enemigos declarados y los amigos aparentes». De vuelta a Malaca, el santo pasó ahí otros cuatro meses predicando, y entonces oyó hablar del Japón a unos mercaderes portugueses y conoció a Anjiro, un fugitivo de Japón. Javier desembarcó nuevamente en la India, en 1548. Pasó los siguientes quince meses viajando sin descanso entre Goa, Ceilán y Cabo de Comorín, para consolidar su obra (sobre todo el «Colegio Internacional de San Pablo» en Goa) y preparar su partida al Japón, en el que hasta entonces no había penetrado ningún europeo.

Japón

En abril de 1549, partió de la India, acompañado por otro sacerdote de la Compañía de Jesús y un hermano coadjutor, por Anjiro (que tomó el nombre de Pablo) y por dos japoneses que se habían convertido al cristianismo. El día de la fiesta de la Asunción desembarcaron en Kagoshima, Japón. San Francisco Javier se dedicó a aprender el japonés y logró traducir una exposición muy sencilla de la doctrina cristiana que repetía a cuantos se mostraban dispuestos a escucharle. Al cabo de un año de trabajo, había logrado unas cien conversiones. Ello provocó las sospechas de las autoridades, las cuales le prohibieron que siguiese predicando. Entonces, el santo decidió trasladarse a otro sitio con sus compañeros, dejando a Pablo al cuidado de los neófitos. Antes de partir de Kagashima, fue a visitar la fortaleza de Ichku; ahí convirtió a la esposa del jefe de la fortaleza, al criado de ésta, a algunas personas más. Diez años más tarde, Luis de Almeida, médico y hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, encontró en pleno fervor a esa cristiandad aislada.

San Francisco Javier se trasladó a Hirado, al norte de Nagasaki. El gobernador de la ciudad acogió bien a los misioneros, y en unas cuantas semanas pudieron hacer más de lo que había hecho en Kagoshima en un año. El santo dejó esa cristiandad a cargo del P. Torres y partió con el hermano Fernández y un japonés a Yamaguchi, en Honshu. Ahí predicó en las calles y delante del gobernador; pero no tuvo ningún éxito y las gentes de la región se burlaron de él.

Javier quería ir a Miyako (Kioto), que era entonces la principal ciudad de Japón. Después de un mes en Yamaguchi, donde apenas cosechó algo más que afrentas, prosiguió el viaje con sus dos compañeros. Era diciembre y las lluvias, la nieve y los abruptos caminos hicieron el viaje muy penoso. En febrero llegaron a Miyako. Ahí se enteró el santo de que para tener una entrevista con el gobernador necesitaba pagar una suma mucho mayor a la que poseía. Por otra parte, como una guerra civil hacía estragos en la ciudad, Javier comprendió que, por el momento, no podía hacer ningún bien ahí, y volvió a Yamaguchi quince días después. Viendo que la pobreza de su persona se convertía en un obstáculo para llegar al gobernador, se vistió con gran pompa y fue al gobernador escoltado por sus compañeros, con toda la regalía de su título de embajador de Portugal. Le entregó las cartas que le habían dado para el caso las autoridades de la India y le regaló una caja de música, un reloj y unos anteojos, entre otras cosas. El gobernador quedó encantado con esos regalos, dio al santo permiso de predicar y le cedió un antiguo templo budista para que se alojase mientras estuviese ahí. Habiendo obtenido así la protección oficial, San Francisco Javier predicó con gran éxito y bautizó a muchas personas.

Habiéndose enterado de que un navío portugués había atracado en Funai, el santo partió para allá y resolvió partir en ese barco a visitar sus comunidades cristianas en la India antes de hacer el deseado viaje a China. Los cristianos del Japón, que eran ya unos 2.000 quedaron al cuidado del P. Cosme de Torres y del hermano Fernández. A pesar de las dificultades que sufrió, Javier opinaba que «no hay entre los infieles ningún pueblo más bien dotado que el japonés».

Regreso a la India y expedición a la China

La cristiandad había prosperado en la India durante la ausencia de Javier; pero también se habían multiplicado las dificultades y los abusos, tanto entre los misioneros como entre las autoridades portuguesas, y todo ello necesitaba urgentemente la atención del santo. Javier emprendió la tarea con tanta caridad como firmeza. El 25 de abril de 1552 se embarcó nuevamente, llevando por compañeros a un sacerdote y un estudiante jesuitas, un criado indio y un joven chino. En Malaca, el santo fue recibido por Diego Pereira, a quien el virrey de la India había nombrado embajador ante la corte de China. San Francisco tuvo que hablar en Malaca sobre dicha embajada con Don Alvaro de Ataide, hijo de Vasco de Gama, que era el jefe en la marina de la región. Como Alvaro de Ataide era enemigo personal de Diego Pereira, se negó a dejar partir a Pereira y a Javier, tanto en calidad de embajador como de comerciante. Ataide no se dejó convencer por los argumentos de Javier, ni siquiera cuando éste le mostró el breve por el que había sido nombrado nuncio apostólico. Por el hecho de oponer obstáculos a un nuncio pontificio, Ataide incurría en excomunión y finalmente Ataide permitió que Javier partiese a China. El santo envió al Japón al sacerdote jesuita y sólo conservó a su lado al joven chino, que se llamaba Antonio. Con su ayuda, esperaba poder introducirse furtivamente en China, que hasta entonces había sido inaccesible a los extranjeros. A fines de agosto de 1552, la expedición llegó a la isla desierta de Sancián (Shang-Chawan) que dista unos 20 kilómetros de la costa y está situada 100 kilómetros al sur de Hong Kong.

Muerte a las puertas de China

Francisco Javier escribió desde ahí varias cartas. Una de ellas iba dirigida a Pereira, a quien el santo decía: «Si hay alguien que merezca que Dios le premie en esta empresa, sois vos. Y a vos se deberá su éxito». En seguida, describía las medidas que había tomado: con mucha dificultad y pagando generosamente, había conseguido que un mercader chino se comprometiese a desembarcarle de noche en Cantón. En tanto que llegaba la ocasión, Javier cayó enfermo. Como sólo quedaba uno de los navíos portugueses, el santo se encontró en la miseria. En su última carta escribió: «Hace mucho tiempo que no tenía tan pocas ganas de vivir como ahora». El mercader chino no volvió a presentarse. El 21 de noviembre, el santo se vio atacado por una fiebre y se refugió en el navío. Pero el movimiento del mar le hizo daño, de suerte que al día siguiente pidió que le trasportasen de nuevo a tierra. En el navío predominaban los hombres de Don Alvaro de Ataide, los cuales, temiendo ofender a éste, dejaron a Javier en la playa, expuesto al terrible viento del norte. Un compasivo comerciante portugués le condujo a su cabaña, tan maltrecha, que el viento se colaba por las rendijas. Ahí estuvo Francisco Javier, consumido por la fiebre. Sus amigos le hicieron algunas sangrías, sin éxito alguno. Entre los espasmos del delirio, el santo oraba constantemente. Poco a poco, se fue debilitando. El sábado 3 de diciembre, según escribió Antonio, «viendo que estaba moribundo, le puse en la mano un cirio encendido. Poco después, entregó el alma a su creador y Señor con gran paz y reposo, pronunciando el nombre de Jesús». San Francisco Javier tenía entonces cuarenta y seis años y había pasado once en el oriente. Fue sepultado el domingo por la tarde. Al entierro asistieron Antonio, un portugués y dos esclavos.

El cuerpo se conserva incorrupto. Uno de los tripulantes del navío había aconsejado que se llenase de barro el féretro para poder trasladar más tarde los restos. Diez semanas después, se procedió a abrir la tumba. Al quitar el barro del rostro, los presentes descubrieron que se conservaba perfectamente fresco y que no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto y sólo olía a barro. El cuerpo fue trasladado a Malaca, donde todos salieron a recibirlo con gran gozo, excepto Don Alvaro de Ataide. Al fin del año, fue trasladado a Goa, donde los médicos comprobaron que se hallaba incorrupto. Ahí reposa todavía, en la iglesia del Buen Jesús.

Francisco Javier fue canonizado en 1622, al mismo tiempo que Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Felipe Neri e Isidro el Labrador.

El Papa Pío X lo nombró patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe. Sir Walter Scott comentó: «El protestante más rígido y el filósofo más indiferente no pueden negar que supo reunir el valor y la paciencia de un mártir con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental y la habilidad del mejor negociador que haya ido nunca en embajada alguna».

Biografía distribuida por la arquidiócesis de Pamplona de san Francisco Javier, patrono mundial de las misiones. Tomado de Zenit, ZS05120412.

Luis Ruiz: misionero de 90 años dirige 145 leproserías en China

Acaba de cumplir 90 años, y ha sido la primera vez, desde 1930, que el padre Luis Ruiz lo pudo celebrar en Gijón (España) con su familia. «Es que estos últimos 72 años he estado por ahí, por estos mundos de Dios, ¿sabe usted?», argumenta. Acaba de participar en el Congreso Nacional de Misiones que se ha celebrado este fin de semana en Burgos. Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, arzobispo de Tunja (Colombia), le presentó a los medios como «la estrella del congreso», a lo que él respondió, con el sentido del humor que conserva intacto, «apagada, estrella apagada». «Cuando ves la pobreza no puedes cruzarte de brazos», asegura el P. Ruiz. Hasta hace dos años recorría las calles de Macao en moto. «Ya no, es que ya estoy un poco mayor», alega. Ahora le llevan en coche a sus 145 leproserías, diseminadas por toda China, en las que atienden a 10.000 enfermos. «Allí mismo educamos a los hijos de los leprosos, y tenemos 2.000 alumnos entre primaria y la universidad. En Macao, por ejemplo, tenemos una escuela que ya es muy famosa. Hace poco, un ex alumno, que ahora es un empresario de éxito en Hong Kong me mandó 20.000 dólares de donativo. Y los alumnos que tuve en Cuba en los años 40, que ahora viven en EE UU, aún me mandan dinero», explica.

-Y usted, ¿no piensa retirarse a descansar?

-Yo descanso trabajando. A mis 90 años, llevo un régimen de vida similar al de un hombre de 60. Me levanto a las 6:30 de la mañana. Me encanta el fútbol; a través de la televisión china veo los partidos de equipos españoles. Pero quiero seguir trabajando: tenemos 15 proyectos en espera.

-En 1941, llegó usted a China.

-Sí, y allí comencé a estudiar el chino mandarín, que es una lengua endiabladamente difícil. En 1942 tuve que huir de Pekín por la II Guerra Mundial entre EE UU y Japón. En 1945 fui ordenado sacerdote, y estuve destinado a la misión de Anking, donde daba clase de inglés. En 1951 los comunistas ocuparon nuestra misión, y estuve prisionero en casa, donde enfermé de tifoidea, y me expulsaron de China. 30.000 refugiados

-¿Qué hizo entonces?

-Mis superiores me mandaron a Macao, que era colonia portuguesa. Llegué a una ciudad llena de refugiados que huían del régimen comunista chino. Venían muertos de hambre, sin dinero y sin trabajo. Olvidé mi enfermedad, porque tenía que dar salida a todas esas pobres familias. Les repartía arroz, fideos y queso. Había algunos refugiados que incluso llegaban a nado, y no tenían absolutamente nada. Cada día venían 20, 40, 80. Hasta 30.000 refugiados chinos llegaron a pasar por nuestra misión. Después, cuando he vuelto algunas temporadas a España, me he encontrado con chinitos que estuvieron en mi casa.

-¿Cuándo comenzó su trabajo con los leprosos?

-En 1986 (con 73 años) comencé a trabajar en la provincia de Guangdong. Allí, en una isla, tenían tirados a todos los leprosos. Una noche fuimos en una lancha de pesca hacia la isla. Debería habernos visto; parecíamos contrabandistas. Yo llevaba cigarrillos para repartirlos entre los leprosos. Cuando llegamos a la isla, vimos algo que no se me olvidará jamás. Aquella gente vivía en un lugar sucio y asqueroso. Se me acercó un leproso y le extendí mi mano. Cuando él acercó la suya, me di cuenta de que no tenía más que un muñón. Y así todos los habitantes de la isla que se iban acercando. ¿Y qué podía hacer yo con los cigarrillos que había traído? Pues los iba encendiendo yo, y se los ponía a ellos entre los muñones.

-¿Qué le llevó a dedicarse a los leprosos?

-Cuando ves la pobreza, no puedes cruzarte de brazos. Cuando llegamos, no había agua ni electricidad; las casas estaban destrozadas, y todos pasaban hambre. Empezamos a hacer pozos, y conseguimos unas placas solares para calentar agua. Había muchos leprosos que me decían: «Padre, es la primera vez que nos duchamos con agua caliente».

-Hablando de dinero, ¿cómo lo consigue?

-Yo no consigo el dinero; el dinero me llega. Nunca pido; el Señor me lo envía. El Señor a veces envía unas gotitas de dinero, y a veces es una lluvia torrencial de dólares. Y tenemos más de 100.000 euros al mes en donativos. Yo no me comprendo ni a mí mismo: físicamente tengo 90 años, y aún aguanto. El dinero, sencillamente, llega.

-Todo el mundo conoce a la Madre Teresa, a Vicente Ferrer… ¿Por qué no se conoce al padre Luis Ruiz?

-No me preocupa eso; no hago propaganda de lo que hacemos. Nosotros hacemos la labor de Dios: Él es nuestro Padre, y también el Padre de los leprosos. La labor cristiana es la de la caridad, no la de hacer ruido. Recuerdo que, cuando iba a entrar en China, las autoridades comunistas me dijeron que me daban el visado si no predicábamos a Cristo. Pero el mismo Jesús dijo que «si no creéis en mis palabras, creed al menos en mis obras». Hace unos años, un señor chino que se vino una semana conmigo a visitar las leproserías, me dijo: «Yo no creo en Dios, pero creo en el trabajo que hace el padre Ruiz». Y yo le respondí: «Pues si cree en mí, crea también en Dios».

-Vayamos a sus inicios. Usted fue expulsado de España en 1931 por el Gobierno Republicano.

-Sí, nos desterraron a todos los jesuitas del país. La Compañía me mandó entonces a Bélgica, y en 1937 marché a Cuba, a estudiar Magisterio. Yo era profesor en el colegio al que asistía Fidel Castro, que estaba haciendo el bachillerato en aquella época.

-¿Y cómo era? ¿Ya apuntaba en sus maneras a que llegaría a ser un dictador?

-Pues sí, ya era muy trasto. Cuando yo estaba ya en China, me enteré que lo habían echado del colegio por sacar una pistola en medio de clase. Después engañó a los jesuitas y a sus compañeros y amigos de clase que le ayudaron. Nuestro colegio era el mejor de Sudamérica, y él, cuando alcanzó el poder, lo cerró y expulsó a todos los españoles de la isla. Después, en la subida a la Sierra Madre, numerosos jesuitas se fueron con él de capellanes, y les traicionó a todos.

-Algunos dicen que Juan Pablo II se debería retirar, que está mayor. A usted, ¿qué le parece?

-El Papa está más derrotado físicamente que yo. Pero tiene una cabeza y una conciencia que no están derrotadas. Mientras se pueda servir, sirve; cuando el Señor te diga basta, pues basta. Yo, todos los días, antes de salir a trabajar, paso por la capillita de mi casa y le digo al Señor: «Oye, si quieres llamarme hoy, me llamas». Y por la noche, cuando vuelvo a casa, le digo: «Gracias, Señor, porque has querido darme un día más para servirte».

-Mirado atrás, ¿vale la pena lo que ha hecho? ¿Repetiría su vida?

-¿Ufff! No hay nada mejor que tratar de hacer felices a los demás. No sólo es que valga la pena ser misionero; es que es necesario. Siento que he tenido una vida privilegiada.

Tomado de La Razón, Álex Navajas, 24.IX.03

Peter Berglar: Una pregunta que cambió una vida

Peter Berglar
Scripta Theologica, XII.1981

El encuentro inadvertido

En 1962 un primo mío me regaló Camino. «Son reglas de vida –me dijo– de un sacerdote español, que también ha fundado no sé qué institución. Algunas cosas me han gustado bastante; a lo mejor te interesa». Después de hojearlo brevemente, constaté: «Ah, aforismos, más o menos como el “Oráculo manual” de Baltasar Gracián o las “Reflexiones y máximas” de Goethe»; lo ordené en mi biblioteca en la sección «Libros diversos» y me olvidé completamente de él. Sin duda, este hecho no merece el nombre de «encuentro» con el autor de Camino; todo lo más, con su nombre, que hasta entonces no había oído nunca.

Hacia finales del semestre universitario del invierno 1973/74, acudió a mi despacho en la Universidad un estudiante que quería consultarme sobre diversos puntos referentes a mis clases. Al terminar –yo ya me había puesto en pie–, me espetó la siguiente pregunta: «Cree usted, señor profesor, que Dios es el Señor de la historia?». Me volví a sentar, un tanto desconcertado, pues en la Universidad casi nunca se tratan tales temas; los estudiantes no los plantean nunca; están considerados como poco científicos. «Ya que me pregunta tan directamente –contesté tras una pequeña pausa– si, lo creo». Silencio. El diálogo se había interrumpido. Por fin añadí, en tono algo académico: «Pero éste es un tema amplio y complicado, que no se puede tratar en diez minutos, en el despacho». Con todo, seguimos conversando un rato sobre el tema –ya no recuerdo exactamente qué dijimos– y por la noche hablé con mi mujer de la «pregunta poco convencional» de un estudiante en el tercer semestre de historia. No me figuraba entonces que había tenido un primer contacto con el Opus Dei, al que (según me enteré más tarde) pertenecía el estudiante en cuestión; también un primerísimo contacto con su Fundador…

Pasaron meses hasta que volví a encontrar al estudiante. Me pidió que continuáramos la conversación «de entonces» y dijo que quería venir con un amigo, también estudiante, de historia del arte, que tenía un «interés candente» por el tema. Este coloquio entre tres tuvo lugar el 8 de junio de 1974 en mi casa. Disfruté de lo lindo –digámoslo así desarrollando ante ambos mis elucubraciones y opiniones sobre el problema de la Providencia divina y de la libertad humana en la historia, sobre el misterioso entrelazamiento entre la historia y la salvación. Estoy seguro de que hablé demasiado. Pero tenía frente a mí a dos oyentes atentos, pacientes, de mirada franca y con buen humor. Esto se me quedó grabado por contraste –contraste notable– con una buena parte de la gente joven con la que tenía que tratar a diario. Como mi locuacidad y ardor apenas dieron lugar a que mis visitantes tomaran la palabra, tuvieron pocas posibilidades de hacer objeciones o de poner reparos. Pero no parecía importarles. Si es que se habló del Opus Dei y de Monseñor Escrivá de Balaguer, fue sólo muy al margen. «Gente simpática –dije a mi mujer cuando se habían ido–, irradian un algo alegre. Nos hemos reído juntos». Después comprendí que había aprendido una gran lección sobre el fundamento de cualquier apostolado. Sin una alegría sincera que refleja el convencimiento de la redención, contagiosa porque expresa dedicación cordial a los demás, nadie puede atraer a otros a Jesucristo.

Durante las vacaciones que pasé en nuestra pequeña casa de campo me llegó la invitación a dar una conferencia en un Simposio del Centro Romano di Incontri Sacerdotal (CRIS) que tendría lugar en Roma del 11 al 13 de octubre. El aliciente del lugar hizo que no dudara mucho tiempo, y acepté. A1 mismo tiempo, del 17 de septiembre al 28 de octubre de 1974, se celebraba en Roma el Tercer Sínodo de Obispos bajo el tema «La Evangelización en el mundo contemporáneo». En este tema se centraba también el Simposio del CRIS: «Esaltazione dell’uomo e saggezza cristiana». Yo sería –así acordamos– el primer ponente con la conferencia «Historia universal y reino de Dios»; seguiría, al día siguiente por la tarde, la relación del filósofo español Antonio Millán Puelles (Madrid) sobre «El problema ontológico del hombre como criatura» y el tercer día, como culminación, tendría lugar la conferencia del Cardenal de Cracovia, Karol Wojtyla: «L’evangelizzazione e 1′uomo interiore».

Entre tanto, yo ya me había enterado de que el CRIS estaba dirigido intelectual, espiritual y personalmente por sacerdotes pertenecientes al Opus Dei; que la sede central de la Obra estaba en Roma y que su Presidente General era aquel Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer de quien había oído decir que enseñaba, sobre todo a los cristianos corrientes, a los laicos, a seguir consecuentemente a Cristo, y cuyo libro Camino seguía sin haber leído. Cuando comenté con mis amigos y conocidos mi inminente viaje, pude comprobar que la mayoría no sabían nada o casi nada del Opus Dei y de su Fundador, pero que algunos tenían «prevenciones» en contra. Su tono vago e impertinente me sorprendió, pero despertó también sospechas respecto al conocimiento de causa, y en parte incluso respecto a la honestidad de los que me informaban. Sin embargo, a fin de cuentas, este veneno surtió su efecto. Con cierta reserva interior y con el propósito de «tener cuidado» salimos mi mujer y yo el 7 de octubre con destino a la Ciudad Eterna. En la escala del «encuentro» con Josemaría Escrivá había alcanzado, sin saberlo, un tercer peldaño: tras el encuentro, primero, con el nombre, doce años atrás, y, luego, con dos simpáticos « representantes» (así les denominaba yo), ahora el encuentro con la calumnia. No se debe querer evadir esta experiencia angustiosa –y tampoco suele ser posible hacerlo–, pues es parte integrante en cualquier proceso de esclarecimiento interior.

Encuentro sin encuentro

Los nubarrones con los que, por la mañana, había dejado Colonia, se habían disuelto ya por la tarde sin dejar huella alguna: un claro cielo romano sobre mi y en mi. Y la continuación tranquila del encuentro velado, inadvertido con Josemaría Escrivá –en sus hijos. Durante esa semana conocí a bastantes de ellos: alemanes y austríacos, italianos y españoles, sacerdotes y laicos, todos ellos conocían personalmente al Fundador, algunos llevaban mucho tiempo muy cerca de él, pero no reflexioné ni un momento sobre ello, no me llamó para nada la atención y casi no se mencionó en nuestras conversaciones. Hoy me resulta muy extraño: en contra de mi modo de ser no horadé a nadie con preguntas sobre el Opus Dei o sobre su Presidente General, no hice ningún esfuerzo por encontrarme con él y la noticia de que, agotado por un largo viaje de catequesis por América del Sur, se había retirado durante algunos días y no recibía visitas, me dejó impasible. Pero por otra parte: nadie me «importunó» con el tema del Opus Dei, nadie intentó encauzar artificiosamente la conversación hacia ese tema ni trató de darme explicaciones o informaciones que yo no había pedido, nadie indagó sobre mi vida interior, sobre mi vinculación eclesiástica o sobre mi recepción de los sacramentos. Hasta mucho tiempo después no me di cuenta de que se me había hecho un regalo de valor inmenso: el «apostolado de amistad» a la perfección. Mucho antes de que empezara a tener conocimientos exactos sobre la Obra, de que hubiera leído un libro del Fundador, mucho antes de que él mismo se acercara a mi entendimiento y a mi alma, ya me habían conducido manos amigas, prudente y suavemente, casi sin que yo me diera cuenta, al camino que él había trazado. Y mucho antes de «entender» este camino –y es tan fácil, y tan difícil, entenderlo como andarlo– ya lo amaba, porque lo había visto como un camino de «laetitia in cruce», de trabajo en el mundo por amor a Dios y a los hombres, de entrega sin patetismo, de encontrarse a si mismo liberándose de la tiranía del yo que nos impone el yugo del miedo y del orgullo desmesurado y del hastío profundo. Y lo vi así porque aquéllos a quienes había conocido lo vivían con toda serenidad y naturalidad, con veracidad y con una notable paz interior. Y lo vivían así porque, con la gracia de Dios, así lo habían aprendido de aquél a quien llamaban «Padre» –y realmente lo era, de modo más profundo y amplio que cuanto yo entendía entonces. El buen árbol se reconoce por sus buenos frutos: en aquella ocasión, en Roma, y luego muchas otras veces he tenido la suerte de comprobar la realidad de estas palabras del Señor. Y un buen día también me di cuenta de hasta qué punto este «encuentro sin encuentro» con Josemaría Escrivá de Balaguer era la realización de su afán de desaparecer totalmente para que sólo Jesús se luciera.

Aun a riesgo de repetirme, no me canso de explicar que mi encuentro con el Fundador del Opus Dei, en su primer y decisivo estadio, no sólo no fue de naturaleza material, sino tampoco intelectual; no tuvo lugar a través de «lectura», por la que uno se encuentra con el autor y reflexiona sobre él y sobre sus afirmaciones. Tuvo lugar a través de sus hijos espirituales, sin ruido, sin ser visto, al principio incluso sin ser notado. Precisamente en ello veo hoy una gracia especial: había que abrir la puerta del corazón de tal manera que un yo cobarde o perezoso (ciego en cualquier caso) no pudiera mantenerla cerrada o cerrarla de nuevo. Fue –por poner una comparación– como si se hiciera un gran favor a alguien que duerme o sueña –un favor que quizá no aceptara de estar despierto–, y poco a poco abriera los ojos y empezara lentamente a darse cuenta del regalo, reconociendo paulatinamente a su bienhechor; con claridad sólo después de meter la cabeza bajo un chorro de agua fría. Tengo necesariamente que renunciar a un relato detallado de la parte «nocturna», «inicial», que el alma en su somnolencia no percibe, de mi encuentro con Josemaría Escrivá. Sólo diré que años después me enteré que había rezado por mí desde el mismo momento en que el estudiante de Colonia, que me había acompañado a Roma, le había hablado de mí. Esta oración (estoy seguro) motivó mi despertar, dando comienzo a la segunda fase del encuentro con él, la fase espiritual, de claridad meridiana, en la que participaban entendimiento y voluntad.

De Roma a Roma

Regresé a Alemania transformado. No se trata de una afirmación ulterior, de una interpretación autobiográfica del pasado, sino de una apreciación desapasionada que hice ya entonces y que, ya al poco tiempo, me resultaba posible definir; y, lo que es más convincente, también a otras personas les resultaba al cabo de poco tiempo posible definir esta transformación, a pesar de que yo mismo aún no me daba cuenta de la transcendencia y de las repercusiones que la tal transformación llevaba consigo. Tenía cincuenta y cinco años y era católico desde mis tiempos de estudiante hacía más de tres decenios; mi vida, en diversos aspectos, había seguido un rumbo poco convencional, había sido a menudo intranquila e incluso inestable, por fuera y por dentro; casi siempre un éxodo por la selva, codicioso de «vicisitudes» y de «novedades», afanoso de vivencias. Aunque nunca me había separado completamente de la Fe y de la Iglesia, una arbitrariedad autocrática no precisamente irresoluta manejaba ambas como si se tratara de un depósito de fondos espirituales de los que, según capricho, se retira o añade esto y aquello, se valora, ora así, ora de otro modo y a veces se deja totalmente de lado. En el momento en que el estudiante me preguntó por el «Señor de la historia» parece que reinaba en mi interior «bonanza». «Ante su cabaña, sosegado y a la sombra, está sentado el arador», podría decir con Hölderlin, «el hogar humea ante el hombre austero»… Los hijos eran mayores, tenia nietos, algunas de las cosas que Camino enumera en el punto 63 se podían referir a mi persona. La brújula apuntaba hacia el repliegue del turbio y vulgar «mundo», hacia el placentero retiro en la casa de campo, para, por fin, escribir y sólo escribir, para, por fin, tener tranquilidad para la «obra maestra». O, por citar otra vez a Hölderlin: «Llena de paz y serenidad es la vejez»… Pero justamente lo que dice este verso final de la «Fantasía vespertina» es lo que me faltaba: no se podía hablar de paz ni de serenidad ni, bien mirado, tampoco de vejez. Precisamente en ello se basó la « transformación romana»: por el ejemplo concreto de hombres que andaban el camino de Josemaría Escrivá había llegado a experimentar allí –y entendido hasta cierto punto lo que había experimentado– que Dios quiere servirse de hombres que sean cooperadores, corredentores con Cristo en el mundo tratando con todas sus fuerzas de emular su vida, sus treinta años de trabajo oculto, su amor, sus enseñanzas y su dolor. Y había comprendido que de ese intento –y sólo de él y de nada más resulta la paz, la alegría, la serenidad del corazón que todo hombre ansia y que muchos pretenden lograr con medios inadecuados. Durante decenios había formulado pensamientos e ideas más o menos juiciosas, más o menos atinadas en libros, artículos y conferencias; pero los hombres a mi alrededor, las condiciones de trabajo, la realidad que me rodeaba me resultaban «estorbos», algo que «molestaba» y mermaba el aislamiento y la exclusividad a las que yo tenia «derecho». Bien es cierto que los temas de la religión, de la fe, de la «reflexión sobre Dios» surcaban casi todos los escritos, pero más o menos como un historiador naval procedente de Suiza central podría escribir sobre la historia de la navegación sin haber visto jamás el océano y sin haber pisado nunca un navío. Si, ésta era la transformación: una operación de ojos. Me habían, como se dice, «abierto los ojos», me habían operado las cataratas que durante muchos años no me dejaran ver el mundo más que a través del velo gris de la abstracción y del egocentrismo, dos actitudes que mantienen una peculiar relación mutua. Todavía recuerdo con exactitud que en las conferencias que debía dar en tres ciudades inmediatamente después del viaje a Roma, veía a mi público de otra manera, oía a los participantes en la discusión de otro modo, casi me atrevo a decir que atendía a las personas (a la guardarropa, al portero, a la vendedora y al empleado de la taquilla), a cada persona, en suma, de forma nueva, natural, viva. De pronto sentí el deseo (y, poco a poco, también la capacidad) de hacer partícipes a los que me rodeaban de la amorosa atención de la que yo había sido objeto.

El 30 de junio de 1975, mi mujer y yo vimos por primera vez a Josemaría Escrivá de Balaguer –aunque sólo fuera en película–, le vimos y le oímos. Estábamos cinco personas: nosotros dos, dos miembros de la Obra, y el Fundador. Sí, él estaba allí, perceptiblemente: parecía que llenaba toda la habitación y que estaba delante, junto a y dentro de cada uno de nosotros. Si mal no recuerdo, nos proyectaron una película que recogía una tertulia tenida en Santiago de Chile, el 6 de julio de 1974. Yo tenía la sensación de estar sentado en medio de aquella sala y de ser uno de los interlocutores (¡tenía aún tantas preguntas por hacer!) y que me reconocía entre los demás, llegándome hasta el fondo del alma, y se reía y a la par estaba serio y me contestaba muy personalmente, pero de forma que todos los demás también entendían lo que les hacía falta.

A partir de esa tarde empieza para mí el encuentro consciente –buscado intelectualmente y querido– con Josemaría Escrivá de Balaguer. Leí (esto fue lo primero y lo más importante) de forma sistemática, de principio a fin, Camino, no sólo una vez, sino muchas. Poco a poco fui comprendiendo el secreto de este libro: los 999 puntos, a primera vista, pueden parecer prudentes reglas de vida o cuidados aforismos; además al principio se piensa: bueno, esta frase y aquella otra son especialmente acertadas, esta otra no me incumbe, aquella sólo en parte… Por eso, tanto una mente sencilla como una cabeza complicada, una inteligencia poco culta y otra superfilosófica se pueden interesar por él; hasta que por fin se ven fascinados y acaban reconociendo –cada cual por su cuenta y a su manera– que cada uno de los 999 puntos se asemeja a un profundo aljibe que nuestro reflexionar casi nunca llega a sondear totalmente. Esto es lo que descubrí: Camino tiene en común con las grandes obras de la literatura y del arte que se adecúa plenamente a cualquier capacidad intelectual.

Después de la lectura de Camino vino la de Conversaciones, Santo Rosario, homilías publicadas hasta entonces como folletos y finalmente Es Cristo que pasa, el primer libro de homilías, que fue publicado en alemán en 1975. Si digo «lectura», el término es correcto sólo visto desde fuera: se trataba de una conversación en la que Josemaría Escrivá luchaba ahora por conquistar también mi «cabeza», a la que se había adelantado el corazón, ganado en su mayor parte gracias a una simpatía humana. Ahora hablaba conmigo con las palabras claras, profundas y, sin embargo, sencillas, de sus libros y se dirigía directamente a mi, en todo lo que me relataban sobre él y en las películas que veía de vez en cuando.

Mi deseo de contestar al Fundador del Opus Dei, por el que sentía llamado en lo más profundo de mi persona y al que cada vez llamaba más a menudo «Padre», crecía incontenible. Y, poco a poco, comprendía que sólo se podía dar esa contestación con toda la persona, es decir, en y a través de la unidad de vida. Pero ese conocimiento se queda en mera teoría mientras no se formula en primera persona engendrando la decisión de tomarlo en serio. Este sí a la tarea de transformar en vida diaria, cotidiana, tal conocimiento (providencial regalo de nuestro Padre Dios) y de hacerlo hasta el último instante; este sí es algo bien distinto y mucho más que la «adhesión» a una institución honorable y se llama con pleno derecho «vocación». Una y otra vez he llamado a Josemaría Escrivá de Balaguer un «libertador», tanto en un sentido personal como referido a toda la Cristiandad. Insisto en este vocablo. ¿Por qué? Cerrar el abismo que media en el corazón y en la cabeza de muchas personas (tal vez de la mayoría hoy en día), el abismo entre fe y ciencia, racionalidad y sentimientos y sobre todo entre la «vida cotidiana normal» y la filiación divina, el cerrarlo a partir del conocimiento, a partir de la voluntad e indicando el camino y los medios, éste es un hecho liberador inconmensurable que todavía no ha sido comprendido del todo, ni mucho menos. A este hecho así se le puede aplicar con propiedad el término «teología de la liberación».

A mi encuentro consciente en el entendimiento con el Fundador del Opus Dei siguió por fin, con lógica divina y humana, el encuentro consciente en el amor. También éste es un acontecimiento interior que se sustrae a la apertura «literaria», pero que está ligado al tiempo y al espacio. Inmediatamente después de un curso de retiro en el Castello di Urio, en Italia septentrional, viajé a Roma, esta vez no como turista o como conferenciante, sino como peregrino, para escuchar. No tenía otra meta que la Cripta en la sede central de la Obra, donde desde hacia nueve meses reposaba el «libertador». Cuando por primera vez me arrodillé allí, junto a la sencilla losa de mármol negro con las palabras «El Padre», en la tarde del 5 de abril de 1976, abarqué en una sola mirada, con una claridad absoluta, meridiana, toda mi vida hasta aquel momento, mis 57 años. En medio del dolor que nacía de la contemplación de tal panorama, experimenté la inmensa alegría de reconocer que, a pesar de los pesares, había sido un camino que me había conducido hasta aquí. Liberado de la obsesiva ilusión –herencia del burgués ilustrado del siglo XIX– que me exigía realizar la propia vida al modo de una «obra de arte» o como un «monumento», so pena de tener que considerarla fracasada, no «digna de ser vivida» en el caso contrario, experimenté sin pero alguno la dicha de haber sido descubierto en la plaza del mercado por el Señor de la viña que me daba empleo a última hora. Llegar a obtener un pedestal de mármol en el Olimpo de Goethe: al joven le había parecido ésta la mayor meta para su vida; el que ya iba para viejo estaba contento y agradecido con poder recoger un par de piedras en el campo del Señor. Esta «corrección del rumbo» es fruto del encuentro con Josemaría Escrivá de Balaguer.

Tomado de Scripta Theologica, nº XIII, VI-XII.1981, pág. 703 ss.

Peter Berglar, Doctor en Medicina y en Historia, era entonces profesor de Historia Moderna en la Universidad de Colonia. Posteriormente, en 1983, escribió una biografía de Josemaría Escrivá de Balaguer titulada El fundador del Opus Dei, publicada en castellano por la editorial Rialp en 1987.

Emanuele Stablum: arriesgar la vida por los demás

El pueblo de Israel declara a un religioso «Justo entre las naciones»
Emanuele Stablum salvó centenares de vidas durante el Holocausto

ROMA, 21 noviembre 2001 (ZENIT.org).- El reconocimiento más elevado que confiere el pueblo de Israel confiere a quienes ayudaron a salvar la vida de judíos durante el Holocausto, la medalla de «Justo entre las naciones», fue conferida este martes al hermano Emanuele Stablum, médico y religioso de la Congregación de los Hijos de la Inmaculada Concepción.

Stablum, durante la segunda guerra mundial, salvó de la violencia nazi en Roma a 51 judíos, escondiéndoles con la ayuda de sus hermanos de religión en los pasillos del hospital que dirigía su Congregación religiosa.

Para evitar las suspicacias de los agentes alemanes, los refugiados eran registrados en el hospital como pacientes con enfermedades cutáneas, pues el hospital era y sigue siendo el centro especializado en dermatología más prestigioso de Roma.

En más de alguna inspección, con mucho ingenio, los religiosos untaron con cremas a los judíos para que los nazis se convencieran de que eran enfermos.

La ceremonia de entrega de la medalla tuvo lugar en el mismo hospital, el Instituto Dermopático de la Inmaculada (IDI) de Roma.

El padre Giovanni Cazzaniga, postulador general de las causa de beatificación de los religiosos de la Congregación, y testigo directo de la heroica obra de Stablum, reveló: «A pesar de que todo era complicado en aquellos tiempos, Emanuele Stablum no se echó atrás ante la dramática emergencia y abrió las puertas del hospital a quien tocó a la puerta».

Según explicó Cazzaniga, el médico y religioso no sólo salvó a los judíos perseguidos, sino también a los hombres políticos buscados por la policía «sin tener en cuenta su fe, edad, condición social y sin pedir nada a cambio».

Stablum, reveló el historiador, «acogió la petición del Vaticano de ayudar a los judíos». Asimismo «le dio fuerza y valor el apoyo de la comunidad de religiosos, pero al final la decisión de acoger a los marginados y a los judíos desesperados fue suya».

«Tomó la decisión consciente de jugarse la vida; es más, desde aquel momento ligó su vida a la de los que ayudó. En caso de que los nazis le hubieran descubierto, habría sido destinado a un campo de exterminio en Alemania», aseguró.

Emanuele Stablum, concluyó el padre Giovanni Cazzaniga, «consciente de que el espíritu de todo hombre en el dolor se vuelve a encontrar con frecuencia con la trascendencia, abrió también la capilla a los judíos refugiados. Junto a ellos, los religiosos invocaban al Dios Padre como Jesús lo reveló y como nuestros hermanos mayores rezan al Dios de la Antigua Alianza, como le presentan los Salmos».

Tibor Schlosser, consejero de la Embajada de Israel ante el Estado italiano, explicó que uno de las tareas fundamentales del Instituto Yad Vashem, que otorga el reconocimiento del pueblo judío, es la de no olvidar a nadie que haya ayudado a los judíos durante la segunda guerra mundial.

«Cada uno de los centenares de miles de supervivientes judíos tiene un “ángel” como el hermano Stablum», añadió, pues de lo contrario era casi imposible que hubieran podido salvar la vida.

Tomado de Zenit, ZS01112108

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Eduardo Ortiz de Landázuri: un médico entre la vida y su propia muerte

Eduardo Ortiz de Landázuri nació en Segovia, en 1910, y murió -con fama de santidad- en Pamplona en 1984. En 1940 comenzó a trabajar como médico en la Clínica del profesor Jiménez Díaz; fue catedrático de Patología General de la Universidad de Granada desde 1946 hasta 1958. Fue sucesivamente Decano de la Facultad de Medicina y Vicerrector de aquella Universidad. En 1958 se trasladó a la Universidad de Navarra donde continuó desempeñando la cátedra de Patología y Clínica Médica. Fue Consejero del CSIC, Miembro, entre otras, de la Royal Society of Medicine del Reino Unido. Estaba en posesión de la Cruz de Sanidad, Placa de la Encomienda de Alfonso X el Sabio y Cruz del Mérito Civil de la República Federal de Alemania. Contaba con 200 publicaciones y unas 100 ponencias. Atendió a unos 500.000 enfermos en sus 50 años de profesional de la Medicina.

Rosa María Echevarría, profesora de Ciencias de la Información, entrevistó a don Eduardo –así le llamaban sus colegas más jóvenes, alumnos, pacientes– cuando ya la enfermedad mortal se había revelado; en aquel entonces presentaba así a su interlocutor: “Tiene los ojos don Eduardo llenos de futuro, futuros profundos y abiertos, recogidos en lo más hondo de su mirada. Cada día Don Eduardo se asoma a un mundo nuevo en esa apasionada aventura que es su vida, donde descubre inmensos horizontes y los va recorriendo despacio, mansamente, como el rigor de ese pensamiento tan lógico y tan humano del intelectual. Hay en su mirada un reto de alegre vida y es su vida un valiente reto al esfuerzo en una lucha tenaz y constante que parece ocultarse detrás de esa cordialísima sonrisa que tan bien conocen sus enfermos” (1).

Después de una vida en contacto permanente con la enfermedad y con el dolor, Don Eduardo ha experimentado en su propia vida el inmenso valor del sufrimiento.

–¿Qué se siente al dar ese largo paso que se recorre en tan breve tiempo, al pasar de médico a enfermo?

–Una enfermedad es una cruz, eso es evidente. Por tanto, decir que no tiene importancia, me parece que sería ridículo y además no sería justo. La he llevado y la llevo con mucha paz. La enfermedad tiene dos aspectos diferentes. Uno, es la enfermedad en relación con los demás; y otro, el que se refiere a uno mismo. Como médico conozco muy bien… o conocía, la primera parte y, en este sentido, la experiencia que tengo es que el enfermo suele ser muy agradecido. Por una parte, uno se encuentra muy debilitado y por otra, ¡qué duda cabe!, sería injusto no decirlo, está esa proximidad de la muerte. Como es lógico, se siente más cerca la muerte cuando se está enfermo . En esta situación, toda la fuerza me la ha proporcionado el sentido sobrenatural de la vida.

–¿Cómo es ese sentido sobrenatural que tiene el dolor para el Dr. Ortiz de Landázuri?

–La enfermedad siempre nos enseña muchísimo. Creo que el que pasa la vida suavemente, sin ninguna enfermedad…; es indudable que Dios le dará otras posibilidades de acercarse a El, pero está claro que una de las vías para comprender mejor a Dios es la enfermedad. Es un camino que nos conduce a Dios. Entonces, los que mueren a causa de un accidente, ¿no han podido acercarse al Señor? Estoy seguro de que en tal caso Dios les dará otras oportunidades. Sin embargo, no me cabe duda de que la enfermedad es uno de los caminos más importantes para llegar al encuentro más profundo con Dios… Y, como es lógico, uno acaba agradeciéndolo.

Don Eduardo -uno de los pioneros de la Clínica Universitaria de Navarra-, tenía muy grabado el espíritu del Fundador de aquella Universidad -Monseñor Escrivá, Fundador del Opus Dei-, y su amor apasionado a los enfermos:

E.O. –Cuando le preguntaban al Fundador del Opus Dei cuáles eran las armas o las posibilidades que tenía para hacer la Obra que el Señor le había encomendado realizar en el mundo, solía contestar que contaba con el dolor de los enfermos y el buen humor. El Opus Dei nació en los barrios más pobres y en los ambientes más míseros de Madrid.

DE MEDICO A ENFERMO

Inés Artajo, entrevistó para el Diario de Navarra a don Eduardo. Lo encontró y presentó “enfundado ya en su traje de calle, sin bata blanca, porque de médico se ha convertido en enfermo, y de los de diagnóstico irreversible: enfermo de cáncer, un mal con el que convivía desde hacía meses” (2)

Don Eduardo -seguimos ahora con Inés Artajo- ha diagnosticado miles de enfermedades mortales, ha expresado miles de veredictos finales. Sabe que va a morir. Pero no como lo sabemos todos, ignorantes del cuándo y del cómo: conoce su plazo. Sin embargo dice que no sufre -”decir que no me asusta me parece una vanidad”-, que lo afronta con serenidad y paciencia. En su rostro no hay miedo. Recorre la senda de la esperanza.

E.O.–Fe, la he tenido siempre y pido a Dios que ahora, cuando más la necesito, no me la quite.

EXPRIMIR LA VIDA “COMO UN LIMON”

Con su cáncer y su fe a cuestas, considera que la muerte, enemiga y compañera de tantos años de ejercicio de la profesión, no es tan terrible cuando le toca a uno mismo. Y dice que aunque le gustaría vivir cinco años más, acata y agradece la voluntad de Dios, en quien siempre ha creído y confiado. Sigue trabajando en la aventura universitaria como puede y puede mucho, porque su espíritu vive a tope. Confiesa que su deseo es “exprimir el limón”, su vida, hasta la última gota, sirviendo a su familia, a los demás, a la Ciencia, en definitiva a Dios y a todas las gentes.

Era en 1958 cuando -médico ya famoso, catedrático y vicerrector de la Universidad de Granada, casado y padre de 7 hijos-, cambió su forma de vida y su economía para asentarse en Pamplona. Dejaba atrás una merecida fama de eminencia médica y un futuro humanamente brillante y bien acomodado.

E.O. –Entonces ganaba mucho dinero -dice sencillamente don Eduardo-, pude hacerme rico. Pero dejé aquello, porque cuando se tiene todo, no se tiene ya ilusión por nada. Ahora veo que de haber seguido en Granada hubiera acabado por hacer lo de otros acaudalados: comprar un cortijo y unos olivos. Aquí, en Pamplona, sólo había ilusión y pocos medios para levantar una Facultad de Medicina recién inaugurada, y para crear una clínica universitaria.

Pero el Gran Canciller y Fundador de aquella Universidad – Monseñor Escrivá, Fundador del Opus Dei- confiaba en él como uno de los pioneros, firme e incombustibles ante las dificultades. Don Eduardo, rechazó la posibilidad de abrir una consulta en la calle Carlos III, foco seguro de fama y dinero; y pidió un pequeño consultorio en la Facultad de Medicina. El poco dinero que ha tenido lo ha empleado ahora en pisos para sus hijos. Guarda una pequeña cantidad para que su familia -”si los impuestos le dejan…”- haga frente a la vida cuando a él le llegue la muerte.

NO ES TAN TERRIBLE LA MUERTE

El internista eminente, el testigo de muchas agonías y marchas hacia la otra orilla del vivir, afirma que la muerte, en general y salvo las aparatosas e inesperadas, no son tan duras como la gente cree. Dice que si alguien muere en plena vida, el desenlace es súbito y apenas se entera la persona de su marcha. A una preagonía tormentosa sigue después una muerte dulce, porque él lo ha visto: a medida que el final se acerca, el cerebro pierde la sensibilidad fisiológica y la agonía, ya de por sí, trae el estado de hipoestesia:

E.O. –La propia muerte se encarga de no ser tan dura como nos parece. Un enfermo que va a morir quizá no sufra tanto como los familiares que le rodean, porque cuando se llega a ese trance final, el enfermo no es que se desentienda de lo que le rodea, sino que entra en una zona de nadie en la que se encuentra a sí mismo. Y ese encontrarse, unido al instinto de conservación, le permite afrontar la situación con más paz.

Esa paz que don Eduardo ha encontrado tantas veces en sus pacientes, le ha servido para inclinarse siempre por el camino de la verdad con el enfermo, para que afronte con dignidad su destino y lo que pueda conllevar:

E.O. –No me ha gustado esforzarme por disimular las enfermedades mortales, sino que he preferido esforzarme por salvar vidas y, cuando no podía, en respetar la dignidad del enfermo que tiene derecho a saber qué pasa en su cuerpo, por qué se le opera, qué pasa con su vida. Decir la verdad a un enfermo siempre traerá más confianza hacia quien lo cuida y vela por él; sabe que además de su instinto de conservación, cuenta con otra persona que lucha por su vida. También es necesario este modo de proceder para que cada uno, con su libertad, opte por el camino que crea más conveniente en unas horas que puedan ser las últimas. Unos quieren tomar determinaciones humanas, otros quieren ponerse a bien con Dios, otros no hacen nada. Pero aún así, tienen derecho a saber que su vida se acaba.

Don Eduardo no es amigo de las palabras descarnadas, duras, sino de la verdad dicha con caridad, con cariño y consideración.

E.O. –El final se acepta con serenidad, porque la grandeza humana es mayor de lo que la gente cree. Por eso, si es por miedo a la reacción del enfermo, que nadie, por falsos respetos, tenga temor a que se le administren los últimos sacramentos. No me meto en que no se los den por falta de fe. Eso, allá ellos; pero que no sea por miedo a que la impresión acelere la muerte. Nunca he visto que aceleren la muerte, antes al contrario: los sacramentos dan al enfermo más tranquilidad y más paz. Por lo demás, en la persona nunca se agota el instinto de conservación.

Eduardo Ortiz de Landázuri ha atendido -se calcula- unos 500.000 enfermos. ¡Cuántas curaciones, cuántas alegrías a lo largo de su vida!

LA EUTANASIA, ESA BRUTALIDAD

–¿Qué piensa Ortiz de Landázuri de la eutanasia?

–Me desgarra el alma pensar que se va a implantar la eutanasia. ¿Quién es dueño de la vida para matar al enfermo o al no nacido?. Tampoco soy partidario de mantener vidas artificiales, como cuando el cuerpo sigue en este mundo sólo por su conexión a máquinas sofisticadas. Eso no se puede hacer: la muerte no es tan indigna como para no ser aceptada en su momento.

También, por dignidad, Ortiz de Landázuri entiende que, cuando no hay medios técnicos que los curen en los hospitales, los enfermos están mejor en sus casas, con su gente. Eso sí, siempre que esa vida no pueda agarrarse al mundo en un hospital.

Don Eduardo aprendió a reconocer en sus últimos meses de vida el rostro de la que sería su muerte. No conoce la hora ni el lugar, pero vislumbra ya el modo, todas aquellas incógnitas que a la mayor parte de los hombres les impide ver con claridad el fin hacia el cual, cada minuto, cada hora y cada día, avanzan. Aunque advierte:

E.O. –No sé tanto sobre ella, los tumores son tan distintos… Y la metástasis quizá me coja el cerebro, el hígado, o no sé dónde. Lo que preveo -y lo digo sin tristeza- es que pronto me tocará morir.

Él fue quien vio primero las placas de su cuerpo y descubrió la existencia de un tumor. Fue el primero también en saber que necesitaba pasar por un quirófano cuando una biopsia le confirmó que el tumor que crecía era cancerigeno. Ahora agradece que los médicos hayan sido, como él les enseñó: veraces, claros también con él.

ACEPTAR LA VOLUNTAD DE DIOS

E.O. –La noticia de mi enfermedad irreversible la recibí tranquilo, aunque no me la sospechaba. Es tan misterioso el nacimiento y el desarrollo de un cáncer, tan distinta su evolución… En mi familia causó dolor, pero todos acogimos el descubrimiento con paz. Un diagnóstico irreversible te enseña muchas cosas. Te hace ver, como yo siempre he creído, que la ciencia y la fe están juntas y que unidas dan mucho más fruto. Y también comprendes que la muerte no tiene tanta importancia, sobre todo cuando le toca a uno. Claro es que no puede decirse que no tiene ninguna importancia, pero hay que aceptarla con serenidad. Dicen que Dios da conformidad y es cierto. Ahora me he hecho a la idea de que voy a faltar del mundo y no voy a negar que preferiría pasar ese trance sin dolor. Acepto, sin embargo, lo que Dios quiera darme. Tengo fe en él y ahora, lo que más le pido, es que esta fe que siempre me ha acompañado no me abandone en mi hora final, cuando más la necesito. Me gustaría que a mi familia no le faltara nada cuando yo me vaya…

Ahora habla don Eduardo a los suyos acerca del lugar a donde irá. Primero, a la tierra:

E.O. –Me da igual una sepultura, un nicho o la fosa común. Ni tengo dinero ni vanidad para ocupar un panteón.

Y después, al lugar donde siempre ha querido ir:

E.O. –Eso es lo único que de verdad me preocupa. Quiero ir al Cielo. Sí, creo en el cielo. El lugar donde gozaré de la contemplación de Dios. ¿Cómo? Mi mente es demasiado limitada para entenderlo y explicarlo. Pero allí quiero ir.

Don Eduardo cree también que el Infierno “desgraciadamente existe”; y el Purgatorio. Espera, dice, que al final pesen más sus trabajos buenos, la santificación que ha procurado de su trabajo profesional y de sus deberes de cristiano, atendiendo y curando enfermos, que los errores humanos y profesionales que ha podido tener.

E.O. –He intentado pasar por la vida haciendo el bien que he podido. Lo he intentado, pero no quiero que me digan que lo he conseguido, porque me asusta mi posible vanidad. Quiero ir al cielo y allí no hay sitio para los vanidosos.

Eduardo Ortiz de Landázuri aprendió a convivir con aquel monstruo interior que un día del año 1984 devoraría su cuerpo. Uno de sus libros de cabecera era “Camino”; en sus palabras nos ha parecido escuchar el eco del punto 739: “No tengas miedo a la muerte. -Acéptala, desde ahora, generosamente…, cuando Dios quiera…, como Dios quiera…, donde Dios quiera. No lo dudes: vendrá en el tiempo, en el lugar y del modo que más convenga…, enviada por tu Padre-Dios. -¡Bienvenida sea nuestra hermana la muerte! (3)

Adaptación de J. BALVEY

(1) Cfr. ROSA MARIA ECHEVARRIA, Amar apasionadamente la Universidad, Nuestro Tiempo, junio-julio 1984, pp. 4 y ss.
(2) Cfr. INES ARTAJO, en Diario de Navarra, 13-XI-1983.
(3) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 739.
(4) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, n. 1001.
(5) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Forja, n. 1037.
(6) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 738.
(7) JOSEMARIA ESCRIVA DE BALAGUER, Fundador del Opus Dei, HOJA INFORMATIVA, nº 1. Madrid, mayo 1976, pág.5.

Tomado de http://www.arvo.net

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Alphonse Ratisbonne: Encuentro inesperado

Alphonse Ratisbonne era un joven judío de Estrasburgo, rico, cultivado, callejero, hijo de banquero… En 1842, Ratisbonne vivía en Roma -entre un viaje a Oriente y una escala en Palermo- una especie de ociosidad turística e indolente que le hace parecerse de lejos a un personaje de Stendhal: habría podido posar para Lucien Leuwen. Ratisbonne estaba prometido y preparaba su instalación viajando mucho. Era ateo y tenía un escepticismo quisquilloso que le llevaba a levantar querellas contra la Iglesia y el cristianismo. Tenía un amigo: el barón de Bussieres, muy piadoso, que multiplicaba por su conversión votos y exhortaciones.

Ratisbonne había accedido desde hacía algún tiempo -por pura gentileza, y porque no le concedía verdaderamente importancia alguna- a llevar consigo una medalla piadosa ofrecida por su amigo; un día, el amigo de Ratisbonne le invita a dar un paseo en coche; el carruaje del barón de Bussieres se para en la pequeña plaza de Roma, donde se eleva la iglesia de San Andrés delle-Fratte. La iglesia de San Andrés delle-Fratte es un edificio de modestas dimensiones; una tibieza a la italiana por la severidad del plano, el calor del decorado y la abundancia de cirios que plantan aquí y allá arbustos de luz. La iglesia demuestra una evidente insustancialidad, y no es de las que extravían las imaginaciones.

El barón -que ha de hacer una gestión en la iglesia- desciende, e invita a su pasajero a esperar, o a acompañarle; es asunto, añade, de pocos minutos. Ratisbonne, antes que aburrirse en el vehículo, decide visitar la iglesia, sin otra intención -por supuesto- que adicionarla a su colección de monumentos romanos.

Cuando empuja la puerta de esa iglesia, es un perfecto incrédulo, curioso por la arquitectura; no es un alma torturada a la zaga de un ideal. Yo no sé lo que se produce en ese instante en el «inconsciente» de Ratisbonne, como algunos pretenden conocer de lo acontecido en parecida circunstancia en el inconsciente de San Pablo; pero si el mío trabaja, actúa y me prepara una jugada, mi inconsciente es el único en saberlo.

Ratisbonne se mantiene no lejos de la entrada, cerca de una capilla lateral (la segunda), algo empotrada en la muralla, a su izquierda; es un incrédulo que tiene dos o tres minutos que desperdiciar; que no está mejor dispuesto a las emociones místicas, ni deseoso de creer; pero su incredulidad va a terminar allí, hecha añicos por la evidencia; la capilla que Ratisbonne recorre con mirada distraída, que ninguna obra maestra detiene en su paso, desaparece bruscamente. Lo que él ve entonces es la Virgen María, tal y como figura en la medalla que lleva al cuello, y tal como está hoy representada, con colores realzados por algunos artificios luminosos, en la capilla de San Andrés delle-Fratte.

Hay esa dicha, que le arroja al suelo; y yo imagino que habrá tenido tantas dificultades en hacerla compartir, como Bernadette de Lourdes en convencer al clero de la diócesis, o en persuadir a las damas de la prefectura, de que una persona de buena sociedad como la Virgen María haya podido aparecer dieciocho veces seguidas con el mismo vestido.

Esta es la narración que hace el propio Ratisbonne; estamos en el 20 de enero de 1842:

«… Si alguien me hubiera dicho en la mañana de aquel día: “Te has levantado judío y te acostarás cristiano”; si alguien me hubiera dicho eso, lo habría mirado como al más loco de los hombres.

»Después de haber almorzado en el hotel y llevado yo mismo mis cartas al correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustave, el pietista, que había regresado de la caza; excursión que le había mantenido alejado algunos días.

»Estaba muy asombrado de encontrarme en Roma. Le expliqué el motivo: ver al Papa.

»Pero me iría sin verlo -le dije-, pues no ha asistido a las ceremonias de la Cátedra de San Pedro, donde se me habían dado esperanzas de encontrarlo.

»Gustave me consoló irónicamente y me habló de otra ceremonia completamente curiosa, que debía tener lugar, según creo, en Santa María la Mayor. Se trataba de la bendición de los animales. Y sobre ello hubo tal asalto de equívocos y chanzas como el que se puede imaginar entre un judío y un protestante.

»Hablamos de caza, de placeres, de diversiones del carnaval; de la brillante velada que había organizado, la víspera, el duque de Torlonia. No podían olvidarse los festejos de mi matrimonio; yo había invitado a M. de Lotzbeck, que me prometió asistir.

»Si en ese momento -era mediodia- un tercer interlocutor se hubiese acercado a mí y me hubiera dicho: “Alphonse, dentro de un cuarto de hora adorarás a Jesucristo, tu Dios y Salvador; y estarás prosternado en una pobre iglesia; y te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote, en un convento de jesuitas, donde pasarás el carnaval preparándote al bautismo; dispuesto a inmolarte por la fe católica; y renunciarás al mundo, a sus pompas, a sus placeres, a tu fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y, si es preciso, renunciarás también a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al apego de los judíos…; ¡y sólo aspirarás a servir a Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la muerte!…”; digo que si algún profeta me hubiera hecho una predicción semejante, sólo habría juzgado a un hombre más insensato que ése: ¡al hombre que hubiera creído en la posibilidad de tamaña locura! Y, sin embargo, ésta es hoy la locura causa de mi sabiduría y de mi dicha.

»Al salir del café encuentro el coche de M. Théodore de Bussieres. El coche se para; se me invita a subir para un rato de paseo. El tiempo era magnífico y acepté gustoso. Pero M. de Bussieres me pidió permiso para detenerse unos minutos en la iglesia de San Andrés delle-Fratte, que se encontraba casi junto a nosotros, para una comisión que debía desempeñar; me propuso esperarle dentro del coche; yo preferí salir para ver la iglesia. Se hacían allí preparativos funerarios, y me informé sobre el difunto que debía recibir los últimos honores. M. de Bussieres me respondió: “Es uno de mis amigos, el conde de La Ferronays; su muerte súbita es la causa-añadi6-de la tristeza que usted ha debido notar en mí desde hace dos días.” Yo no conocía a M. de La Ferronays; nunca le había visto, y no apreciaba otra impresión que la de una pena bastante vaga, que siempre se siente ante la noticia de una muerte súbita. M. de Bussieres me dejó para ir a retener una tribuna destinada a la familia del difunto. “No se impaciente usted -me dijo mientras subía al claustro-, será cuestión de dos minutos.”

»La iglesia de San Andrés es pequeña, pobre y desierta; creo haber estado allí casi solo; … ningún objeto artístico atraía en ella mi atención. Paseé maquinalmente la mirada en torno a mí, sin detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan sólo a un perro negro que saltaba y brincaba ante mis pasos… En seguida el perro desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien, ¡¡¡Oh, Dios mío, vi una sola cosa!!!

»¿Cómo sería posible explicar lo que es inexplicable? Cualquier descripción -por sublime que fuera- no sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba allí, prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí mismo, cuando M. de Bussieres me devolvió a la vida.

»No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas al fin, tomé la medalla que había dejado sobre mi pecho; besé efusivamente la imagen de la Virgen, radiante de gracia… ¡Era, sin duda, Ella!

»No sabía dónde estaba, ni si yo era Alphonse u otro distinto; sentí un cambio tan total que me creía otro yo mismo… Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo… La más ardiente alegría estalló en el fondo de mi alma; no pude hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y sagrado que me hizo pedir un sacerdote… Se me condujo ante él y sólo después de recibir su positiva orden hablé como pude: de rodillas y con el corazón estremecido.

»Mis primeras palabras fueron de agradecimiento para M. de La Ferronays y para la archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias. Sabía de una manera cierta que M. de La Ferronays había rezado por mí; pero no sabría decir cómo lo supe, ni tampoco podría dar razón de las verdades cuya fe y conocimiento había adquirido. Todo lo que puedo decir es que, en el momento del gesto, la venda cayó de mis ojos; no sólo una, sino toda la multitud de vendas que me habían envuelto desaparecieron sucesiva y rápidamente, como la nieve y el barro y el hielo bajo la acción del sol candente.

»Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo; que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o por analogía con un ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día: ve, pero no puede definir la luz que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los objetos de su admiraci6n. Si no se puede explicar la luz física, ¿cómo podría explicarse la luz que, en el fondo, es la verdad misma? Creo permanecer en la verdad diciendo que yo no tenía ciencia alguna de la letra, pero que entreveía el sentido y el espíritu de los dogmas. Sentía, más que veía, esas cosas; y las sentía por los efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría en mi interior; y esas impresiones -mil veces más rápidas que el pensamiento- no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto del revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida.»

Esta es la aventura romana de Alphonse de Ratisbonne. A partir de entonces -añade- el mundo ya no fue nada para él; sus prevenciones contra el cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo mismo que los prejuicios de su infancia; y el amor de su Dios «había ocupado el lugar de cualquier otro amor».

Que esos profesionales de la verdad que los intelectuales deberían ser aparten de su pensamiento las apariciones de Lourdes, pretextando que Bernadette Soubirous era una niña, y que las niñas no disciernen, según parece (aunque yo no lo crea en absoluto), el sueño de la realidad. Admitámoslo. Que rechacen la relación de los pastorcillos de la Salette, que han visto llorar a la Virgen Santísima en las montañas del Dauphiné, porque unos pastorcillos sin instrucción pueden ser influenciables; o víctimas de una clase de reciprocidad de la autosugestión; o por cualquier otro motivo del mismo género. Admitámoslo también. Finalmente, que no se tenga en cuenta mi testimonio, porque nada es tan difícil de comprender como una visión sin imágenes; ni de creer a un periodista que dice haber hallado la verdad. Consiento en ello, aunque sea duro saber y no convencer; y más duro todavía constatar que no se ha convencido por falta de elocuencia, y que se ha carecido de elocuencia sólo por haber carecido de amor.

Pero, ¿y Ratisbonne? Los hijos de banquero pueden -tanto como los demás- estar sujetos a las alucinaciones, pero están, por lo general, provistos del bagaje intelectual suficiente para advertir su desventura, si no inmediatamente, por lo menos, después. Es bastante extraordinario que un fenómeno así procure una serenidad nueva al paciente, además de una vocación, además de una doctrina; y más extraordinario todavía que -aparte de dos o tres grandes espíritus, como Henri Bergson o Jean Guitton- ningún pensador de oficio haya juzgado útil examinar una mutación tan insólita; aunque sólo fuere para explicar cómo un joven-tan bien dotado de sentido crítico como puede serlo un judío; y de realismo, como puede serlo un hijo de familia perfectamente consciente de las ventajas de su posición-haya podido fundamentar todo el resto de su vida sobre una ilusión de los sentidos, y sin retroceder ante sus consecuencias, retornando a su sangre fría.

Tomado de: http://www.unav.es/capellaniauniversitaria
Las citas son de ¿Hay otro mundo? (pp. 28-37), de André Frossard.

Qué Dios (II)

Qué Dios (II)

II. «¿Y vosotros quién decís que soy yo?»

No. La respuesta de un discípulo de Cristo no puede ser la de las opiniones comunes de muchos filósofos racionalistas. El Dios de la fe es un Dios muy distinto[13]. Es el Dios del encuentro personal que impulsa a la conversión interior y a la manifestación exterior de la conversión experimentada en una comunidad que es hogar y se llama Iglesia. Este Dios no es una adquisición de la razón ante la cual ésta se impone sino, al contrario, revelación gratuita ante Leer el resto de esta entrada »

Las pruebas sobre la existencia de Dios: El testimonio de la conciencia

El testimonio de la conciencia

Asimismo, en la Sagrada Escritura encontramos otro medio a través del cual el hombre puede conocer a Dios: se trata de su conciencia, la cual expresa tanto la existencia de Dios como la ley natural que Dios escribió en el corazón de todo hombre.

“Cuando los gentiles, que no tienen Ley, cumplen las prescripciones de la Ley guiados por la razón natural, sin tener Ley son para sí mismos Ley -es decir, obran según su conciencia-. Y con esto muestran que los preceptos de la Ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia con los juicios que, alternativamente, ya les acusan o bien les defienden”. (Rom 2. 14-15).

Los que no han recibido la Revelación de Dios conocen por su razón natural los principios esenciales que informan la ley natural. En la intimidad de su corazón, todo hombre tiene grabada una ley moral natural que participa de la ley eterna de Dios.

Por último, podemos también llegar a demostrar la existencia de Dios desde la propia experiencia interior.

Las pruebas sobre la existencia de Dios: Conocimiento de Dios por los grados de perfección

 Conocimiento de Dios por los grados de perfección

Los grados de perfección que el hombre conoce en la naturaleza reflejan la perfección absoluta de un Dios único y personal, al que todos los hombres son llamados a adorar y a seguir.

“La cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres, que aprisionan la verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque las perfecciones invisibles de Dios, su poder eterno y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos, y su insensato corazón se llenó de tinieblas: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles. Por eso, Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén”. (Rom 1, 18-25; ver Hech 14, 14-18; 17, 22-30).

En esta carta, el Apóstol San Pablo enseña claramente que el que no reconoce a Dios lo hace por opción libre, pues no se trata sólo de no percibir lo invisible de Dios en las cosas visibles, sino de un cerrazón del corazón que no quiere reconocer a Dios como Señor, y le niega el dominio sobre el hombre y sobre las cosas. Así, el hombre se degrada, no es capaz de reconocer su puesto en un mundo que se ha convertido en desordenado y caótico, y no acierta a descubrir la dimensión divina que aflora en todas las cosas.