Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

13Nov/100

Limitaciones de la tercera vía de Santo Tomás

Esta vía, como el argumento ontológico, trata sobre la existencia del ser necesario, pero lo hace siguiendo otro camino, pues toma como punto de partida el ser contingente para concluir la existencia del ser necesario. Es tal su sencillez que se puede resumir diciendo que «si algo es, es porque existe un ser necesario». La existencia de algo necesario es aceptado por todos los filósofos, ya que si tal ser no existiera, alguna vez

13Nov/100

Existencia de Dios: otra perspectiva. Tomás Trigo

«Si tú me dices: muéstrame a tu Dios; yo te diré a mi vez: muéstrame tú a al hombre que hay en ti y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón»

(S. Teófilo de Antioquía)

Recientes acontecimientos que, en algunos casos no pasan de ser anécdotas con una corta fecha de caducidad, han puesto en el primer plano la cuestión de Dios. En un tiempo tan paradójicamente centrado en lo periférico, este interés por lo esencial resulta estimulante.

Las preguntas, naturalmente, son: ¿Dios existe? ¿Cómo puedo tener una certeza fundada sobre la existencia de Dios? Quien se plantee estas preguntas debe evitar una tentación difícil

5Abr/100

Un resumen sobre Evolución y Creación. Y la opinión de un Nobel.

29Mar/100

¿Existió realmente Jesucristo?

No saber lo que ha sucedido

antes de nosotros

es como ser incesantemente niños.

Cicerón

¿Realidad verdadera... o una ficción?

—¿Y no pudo ser Jesucristo un fanático, o un esquizofrénico que se inventase su papel con gran genialidad?

«La verdad es que, si esto fuera así –continúa Tomás Alfaro–, sería el mayor farsante de todos los tiempos. Porque encarnó con una exactitud impresionante dieciocho siglos de profecías anteriores a Él. Y de las distintas interpretaciones a esas profecías, no fue a elegir la más fácil ni la más agradable. Continuamente surgían en Israel supuestos Mesías que pretendían ser el libertador victorioso. Naturalmente, ellos y sus seguidores eran eliminados en poco tiempo por la potencia dominante del momento. Sus burdas doctrinas no les sobrevivían más allá de unos meses, tal vez unos años en el mejor de los casos. Pero no se sabe de un solo caso de un farsante que quisiera representar el papel de la profecía del Siervo Sufriente y morir de una manera tan cruel (y tan infame en aquellos tiempos).»

—Bueno, podría decirse que era un loco muy especial.

Pero tampoco eso cuadra. De un esquizofrénico con manía autodestructiva no cabría esperar ni la serena doctrina ni la vida ejemplar de Jesucristo.

—¿Y la fe en Jesucristo no podría ser una simple ilusión, un hermoso sueño forjado por la humanidad?

Si se analiza la coherencia de la figura de Jesucristo, y su conveniencia en el corazón de la condición humana y de la historia –apunta André Léonard–, puede verse que no se trata de una coherencia artificial que el espíritu humano hubiera podido inventar, y después dominar, como si fuera una ilación lógica que caracteriza a un sistema filosófico bien trabado o a una ideología hábilmente adaptada a la mentalidad ambiental. Es algo muy distinto. Se trata de una coherencia tan compleja, tan contrastada, tan imprevisiblemente vinculada a un gran número de realidades históricas, que es totalmente imposible de construir por un esfuerzo de lógica.

De la figura de Jesucristo, tal como aparece en el Nuevo Testamento, emana un enorme poder de convicción. Se presenta con una capacidad de captación tan singular que la historia de los hombres no ha conocido nada semejante. Un poder de captación que, además, hace su figura convincente, pero no ineludible. Dios desea ser amado libremente por unas criaturas libres, y no una adhesión forzada por parte del hombre. Por eso, nuestra existencia empieza, y debe empezar, por el claroscuro de esta vida terrena, marcada por la no evidencia de Dios.

La garantía de la historia

—Pero siempre queda la posibilidad de que la figura de Jesucristo hubiera sido resultado de una inconsciente y casual creación del genio humano. ¿No podría ser como una proyección consoladora, como una objetivación engañosa de los deseos ocultos del hombre, sediento de una dicha que no posee?

Son muchas las esperanzas psicológicas, filosóficas o religiosas del ser humano que pueden explicarse por construcciones parecidas. Pero ese tipo de interpretaciones proyectivas presentan un obstáculo insalvable cuando se quieren aplicar al caso del cristianismo: los acontecimientos fundacionales de la fe cristiana son rigurosamente históricos.

La objeción según la cual toda la religión cristiana podría ser una simple ilusión reconfortante puede llegar a inquietar profundamente a algunos creyentes. Sin embargo, la esencial referencia histórica del cristianismo hacia sus acontecimientos fundacionales, le distingue radicalmente y desde un principio de todas las construcciones humanas. Hay una diferencia abismal entre la fe cristiana, inscrita en los hechos de la historia, y los mitos intemporales de las religiones antiguas, que carecen de historia y solo muestran de esta la apariencia superficial de una narración. Además, en Jesucristo se da una situación poco frecuente respecto a otros personajes de la Antigüedad, pues la existencia histórica de Jesucristo está testimoniada por documentos de tres culturas diferentes: la cristiana, la romana y la judía.

El testimonio de tres culturas

Es perfectamente comprobable que Jesús de Nazaret es el nombre de una persona histórica que vivió en Palestina bajo los emperadores Augusto y Tiberio, y que nació el año 6 o 5 antes de nuestra era (años 748 o 749 de la fundación de Roma), y murió el 7 u 8 de abril (14 o 15 del mes de Nisán) del año 30 de nuestra era, bajo el poder del procurador Poncio Pilato.

El historiador romano Tácito ya mencionaba de pasada en sus Annales –escritos hacia el año 116 a partir de las Actas de los archivos oficiales del Imperio– la condena al suplicio de un cierto Christus por el procurador Poncio Pilato, durante el imperio de Tiberio. Bien es sabido, por otra parte, que Tácito tenía pocas razones para interesarse por la oscura aventura de un profeta judío en un rincón perdido del imperio. Si menciona el nombre de Christus se debe únicamente a que el relato de la vida de Nerón le lleva a hablar de los cristianos en relación con el incendio de Roma del año 64. Pero el nombre queda citado.

Hay muchos otros testimonios de Jesucristo totalmente externos al Nuevo Testamento. Aparecen diversas menciones en una carta escrita hacia el año 112 por Plinio el Joven a su tío el emperador Trajano. Otras de Suetonio, secretario de Adriano, en su Vidas de los Césares, hacia el año 120. También de Flavio Josefo, conocido historiador judío, en sus Antigüedades judías, del año 94. El mismo Talmud de los judíos hace varias referencias despectivas acerca de Jesús, como un hereje que sedujo y extravió al pueblo de Israel interpretando torcidamente la Thorá. El griego Luciano de Samosata presenta a Jesús como un vulgar embaucador. Y Celso, un filósofo pagano, como un peligro para la sociedad.

Nadie se atrevería a calificar de interesados o comprometidos con la fe cristiana a esos autores, que –sin saberlo– han contribuido a probar inequívocamente la existencia histórica de Jesús de Nazaret. Los testimonios son tan incontrovertibles que hace ya mucho tiempo que ningún historiador serio se atreve a negar la existencia histórica de Jesucristo y de sus discípulos.

A la ciencia del siglo XIX le gustaba presentar un universo determinista donde la libertad humana apenas tenía cabida, y donde no hacía ninguna falta contar con la intervención de Dios. El poder de ese cientifismo fue formidable, en parte porque la religiosidad popular cristiana de por entonces estaba, en muchos sentidos, bastante poco cultivada. Sin embargo, a medida que ha ido avanzando la ciencia, se ha hecho más evidente su compatibilidad con la fe. Lo que entonces parecía fuente de incredulidad, hoy nos muestra lo contrario. «Todavía a comienzos del siglo XX –escribe Pedro Laín Entralgo– circulaban por las librerías publicaciones con el título "Jesucristo nunca ha existido" u otros semejantes. Ya no es posible encontrarlos. La investigación histórica rigurosa ha eliminado tales desvaríos. La existencia real de Jesús de Nazaret puede ser afirmada con el mismo grado de certidumbre con que afirmamos la de Sócrates o de Atila. Los Evangelios no son tan solo fundamento de una fe religiosa, son también documentos históricos fiables, aunque, desde luego, susceptibles de análisis y de crítica. La existencia de Jesucristo no es objeto de una creencia religiosa en sentido estricto, sino una certidumbre de carácter histórico, una convicción impuesta por testimonios y argumentos enteramente fiables.»

29Mar/100

¿Da igual una religión que otra?

Tener una mente abierta

es como tener la boca abierta:

no es un fin, sino un medio.

Y el fin es cerrar la boca sobre algo sólido.

G. K. Chesterton

El síndrome del muestrario

«Aunque crea que Dios existe, hay muchas religiones para elegir. Soy de los que piensan que todas las religiones son buenas. Quitando algunas degeneraciones extrañas que vienen a ser como la excepción que confirma la regla, todas llevan al hombre a hacer el bien, exaltan sentimientos positivos, y satisfacen en mayor o menor medida la necesidad de trascendencia que todos tenemos.

»En el fondo, da igual una que otra. Además, ¿por qué no va a poder haber varias religiones verdaderas?».

Ciertamente hay que ser de espíritu abierto, y apreciar –como lo hacía el autor del comentario que acabo de recoger– todo lo que de positivo haya en las diversas religiones, pero me parece que no se puede pensar seriamente que haya varias que sean igualmente verdaderas. Si solamente hay un Dios, no puede haber más que una verdad divina, y una sola religión verdadera.

Porque una cosa es tener una mente abierta, y otra muy distinta decir que cada uno se fabrique su religión y que no se preocupe porque todas van a ser verdaderas. Por eso decía Chesterton que “tener una mente abierta es como tener la boca abierta: no es un fin, sino un medio. Y el fin –decía con sentido del humor– es cerrar la boca sobre algo sólido”.

No es serio decir que pueden ser verdad al mismo tiempo religiones diversas, que se oponen en muchas de sus afirmaciones y sus exigencias. Si dos y dos son cuatro, y alguien dijera que son cinco, habría caído en un error. Pero si además dijera que una suma es tan buena como la otra, podría decirlo, porque afortunadamente hay libertad de expresión, pero habría incurrido en un error aún más grave.

Acertar con la verdad

La sensatez de la decisión humana sobre la religión no estará, por tanto, en elegir la religión que a uno le guste o le satisfaga más, sino más bien en acertar con la verdadera, que solo puede ser una. La religión no es como elegir en un supermercado el producto más atractivo.

—Pero la religión verdadera debería ser atractiva..., si tan buena es, ¿no?

Depende de qué se entienda por atractivo. Si te refieres a lo superficial, guiarse por el atractivo de la presentación exterior llevaría a juzgar por el envoltorio o por la apariencia.

Sería como intentar distinguir entre un buen libro histórico y otro lleno de manipulaciones, fijándose solo en lo atractivo de la portada y la presentación. O como distinguir entre un veneno y una medicina por lo agradable del color o del sabor (esto podría ser incluso más peligroso).

Cuando se trata de discernir entre lo verdadero y lo falso, y en algo importante, como lo es la religión, conviene profundizar lo más posible. La religión verdadera será efectivamente la de mayor atractivo, pero solo para quien tenga de ella un conocimiento suficientemente profundo.

—Entonces, ¿tú crees que el cristianismo es la verdad para todos?

Sí, naturalmente, pues soy cristiano. Si uno no cree que su fe es la verdadera, lo que le sucede entonces, sencillamente, es que no tiene fe.

—¿Dices entonces que todos los que profesan una religión distinta a la cristiana están completamente equivocados?

Completamente, no. La adhesión a la verdad cristiana no es como el reconocimiento de un principio matemático. La revelación de Dios se despliega como la vida misma, y toda verdad parcial no tiene por qué ser un completo error.

Muchas religiones tendrán una parte que será verdad y otra que contendrá errores (excepto la verdadera, que, lógicamente, no contendrá errores). Por esta razón, la Iglesia católica –lo ha explicado el Concilio Vaticano II– nada rechaza de lo que en otras religiones hay de verdadero y de santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. La Iglesia honra cualquier verdad que pueda ser descubierta en el mundo de las religiones y las culturas.

¿Puede uno salvarse con cualquier religión?

La verdad sobre Dios es accesible al hombre en la medida en que este acepte dejarse llevar por Dios y acepte lo que Dios ordena. Es decir, en la medida en que el hombre quiera buscar a Dios rectamente.

—¿Quieres decir que los que no son cristianos no buscan a Dios rectamente?

No. Decir eso sería una barbaridad. Hay gente recta que puede no llegar a conocer a Dios con completa claridad. Por ejemplo, por no haber logrado liberarse de una cierta ceguera espiritual. Una ceguera que puede ser heredada de su educación, o de la cultura en la que ha nacido.

—Entonces, en ese caso, no serían culpables.

Dios es justo y juzgará a cada uno por la fidelidad con que haya vivido conforme a sus convicciones. Es preciso, lógicamente, que a lo largo de su vida hayan hecho lo que esté en su mano por llegar al conocimiento de la verdad. Y esto es perfectamente compatible con que haya una única religión verdadera.

—¿Y qué dice la Iglesia católica sobre la salvación de los que no profesan la religión católica? Porque algunos la acusan de exclusivismo.

Dice que los que sin culpa de su parte no conocen el Evangelio ni la Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.

Como ha señalado Peter Kreeft, el buen ateo participa de Dios precisamente en la medida en que es bueno. Si alguien no cree en Dios, pero participa en alguna medida del amor y la bondad, vive en Dios sin saberlo.

—Entonces, si se puede ser moralmente bueno sin creer en Dios, ¿para qué creer en Dios?

Es que no debemos creer en Dios porque nos sea útil, o porque nos permita llevar una vida moral, sino, sobre todo, porque creemos que realmente existe.

—¿Y dices que Dios me juzgaría con arreglo a la religión en que yo creyera, aunque fuera falsa?

Depende de tu rectitud, pues podrías estar en el error de modo culpable o voluntario. Bernanos decía que no se puede perder la fe como se pierde un llavero, y se mostraba bastante escéptico ante las crisis intelectuales de fe, que consideraba mucho más raras de lo que muchos pretenden. Por eso, si una persona se fabricara una religión propia, a su medida, porque le resulta más cómodo; o hiciera una interpretación acomodada de su religión, para rebajar así sus exigencias morales; o no se preocupara de recibir la necesaria formación religiosa adecuada a su edad y circunstancias, u otras causas semejantes; cuando se diera alguna de estas cosas –y me parece que se dan con cierta frecuencia–, se ve que la pretendida crisis intelectual bien puede tener otros orígenes.

—¿Pero eso de formarse no es propio más bien de gente de poca personalidad, que se deja influenciar fácilmente?

No tiene por qué ser así, pues, como ha señalado Aquilino Polaino, formarse no es nada más que fundamentar la propia autotransformación (y no, por cierto, de modo egoísta, sino para ser, a su vez, una realidad transformante de los demás).

Por eso, si una persona no se preocupara de formarse y de reflexionar suficientemente para llegar al conocimiento de la fe verdadera y de sus exigencias, estaría en un caso de ignorancia culpable. En ese caso y en todos los anteriores –es de justicia elemental–, será juzgado por Dios conforme a su grado de culpabilidad y voluntariedad.

29Mar/100

¿Es posible la autocreación?

Muy débil es la razón

si no llega a comprender

que hay muchas cosas

que la sobrepasan.

Blas Pascal

Un cuento de hadas para personas mayores

—Mucha gente dice que le sobran todos esos argumentos porque la teoría del big bang explica perfectamente la autocreación del universo, y por tanto no necesitan a Dios para explicar nada.

El big bang y la autocreación del universo son dos cosas bien distintas. La teoría del big bang, como tal, resulta perfectamente conciliable con la existencia de Dios. Sin embargo, sobre la teoría de la autocreación –que sostiene, mediante explicaciones más o menos ingeniosas, que el universo se ha creado él solo a sí mismo y de la nada–, habría que objetar dos cosas. Primero, que desde el momento en que se habla de creación partiendo de la nada, estamos ya fuera del método científico, puesto que la nada no existe y por tanto no se le puede aplicar el método científico. Y segundo, que hace falta mucha fe para pensar que una masa de materia o de energía se pueda haber creado a sí misma.

Tanta fe parece hacer falta, que el mismo Jean Rostand –por citar a un científico de reconocida autoridad mundial en esta materia y, al tiempo, poco sospechoso de simpatía por la doctrina católica–, ha llegado a decir que esa historia de la autocreación es como "un cuento de hadas para personas mayores". Afirmación que André Frossard remacha irónicamente diciendo que "hay que admitir que algunas personas adultas no son mucho más exigentes que los niños respecto a los cuentos de hadas...: las partículas originales, sin impulso ni dirección exteriores, comenzaron a asociarse, a combinarse aleatoriamente entre ellas para pasar de los quáseres a los átomos, y de los átomos a moléculas de arquitectura cada vez más complicada y diversa, hasta producir, después de miles de millones de años de esfuerzos incesantes, un profesor de astrofísica con gafas y bigote. Es el no-va-más de las maravillas. La doctrina de la Creación no pedía más que un solo milagro de Dios. La de la autocreación del mundo exige un milagro cada décima de segundo". La doctrina de la autocreación exige un milagro continuo, universal, y sin autor.

Evolución: bien, ¿pero de dónde?

—Hay quien entiende la historia del universo como una evolución de organismos vivos que ha emergido con ocasión del desarrollo de la materia y ha alcanzado un cierto grado de complejidad...

Para quienes defienden esas teorías, parece que el mundo no es más que una cuestión de geometría extraordinariamente compleja. Sin embargo, por mucho que se compliquen unas estructuras, y por mucho que se admitiera una vertiginosa evolución en su complejidad, esa evolución de la sustancia material se enfrenta al menos a dos objeciones importantes.

La primera objeción es que la evolución jamás explicaría el origen primero de esa materia inicial. La evolución transcurre en el tiempo; la creación es su presupuesto.

La segunda objeción es que pasar de la materia a la inteligencia humana supone un salto ontológico que no puede deberse a una simple evolución fruto del azar. La materia, por mucho que se desarrolle, no es capaz de producir un solo pensamiento capaz de comprenderse a sí misma, igual que –como sugiere André Frossard– nunca se vería que un triángulo, después de un extraordinario proceso evolutivo, advirtiera de repente, maravillado, que la suma de sus ángulos internos es igual a ciento ochenta grados.

—¿Y hay algún inconveniente en que un católico crea en la evolución de las especies? Muchos dicen que no tiene sentido que la Iglesia siga resistiéndose a aceptar algo que está probado científicamente.

Quizá no estén bien informados, porque la Iglesia católica no tiene inconveniente en aceptar la evolución del cuerpo del hombre a partir del de un primate. Para conciliar la doctrina de la evolución humana con la teología católica, es suficiente con admitir que Dios actuó en un momento determinado sobre el cuerpo de la primera pareja, infundiéndoles un alma humana.

Dios pudo, en efecto, ir formando el cuerpo del hombre a partir de alguna especie de primate en evolución, según un proyecto por Él diseñado, y cuando alcanzó el grado de desarrollo requerido, dotarlo de alma humana. No tiene la Iglesia inconveniente alguno en que un católico acepte esa hipótesis si le parece digna de crédito.

—¿Y entonces un católico no tiene que creer al pie de la letra el relato de la creación que aparece en el Génesis?

No es necesario que sea al pie de la letra. El relato de la creación que ofrece el Génesis no pretende ser una explicación científica sobre el origen del ser humano. Las narraciones de fenómenos físicos o naturales de la Biblia no pretenden darnos directamente unas enseñanzas en materia científica. Y tampoco el detalle de sus descripciones pretende afectar directamente a la doctrina de la salvación. Queda bien claro que esa narración es un esquema teológico, que no pretende ser histórico, sino una visión general de lo más fundamental, con el fin de explicar que el mundo procede solo del poder de Dios. Pero cómo se llevó a cabo ese proceso es una cuestión que la Biblia deja completamente abierta.

El autor del Génesis no pretendía dar una clase de astrofísica o de biología molecular. Da a entender que todo hombre, y todo el hombre, en cuerpo y alma, viene de Dios, depende de Dios y ha sido hecho por Dios; que el universo no es autosuficiente y que Dios es el creador y señor de todas las cosas. Las aparentes divergencias que parecen darse entre algunas narraciones bíblicas y los actuales conocimientos científicos se deben al sentido metafórico o figurado con el que en algunos casos escribían los autores sagrados, o bien a un diferente modo de expresarse, según las apariencias sensibles o la manera de hablar de entonces de aquel pueblo.

¿Un alma espiritual?

—Mucha gente niega la existencia del alma. Dice que la inteligencia humana es un proceso cerebral, como cualquier otro de los que hay en el organismo humano, y que no necesita explicaciones espirituales.

La inteligencia humana no es una mera función del cerebro, como la que puede hacer la bilis en el hígado, por ejemplo. El hecho de que la inteligencia no actúe sin la colaboración de los sentidos, que tienen su sede en el cerebro, no supone identificar cerebro e inteligencia. Un aparato eléctrico no funciona si no se enchufa, pero el enchufe no es la causa de que funcione, ni de que exista la electricidad. Enchufe y cerebro son condiciones, no causas.

—¿Y por qué tiene que ser espiritual el alma humana?

Ningún efecto puede ser ontológicamente mayor que su causa. Si el hombre es capaz de tener pensamientos abstractos, su alma tiene que ser espiritual. Si la mente humana es capaz de producir ideas inmateriales, el alma tiene que ser inmaterial, es decir, espíritu.

—Pues hay quien asegura que la vida humana responde en su totalidad a un esquema bioquímico que explica todos sus procesos.

¿Fueron entonces –se pregunta José Ramón Ayllón– las neuronas de Miguel Ángel quienes pintaron la Capilla Sixtina? En caso afirmativo habría que admirar los procesos bioquímicos de su cerebro, y no de su propietario. Y si la conducta criminal de Hitler fue exclusiva e inevitable consecuencia de su química neuronal, no sería él responsable del holocausto de tantos judíos, sino solo sus neuronas. ¿Pueden las neuronas ser justas, o valientes, o peligrosas? Si las neuronas movieran totalmente al hombre, el hombre sería un títere de su cerebro. ¿Son acaso las neuronas quienes originan la voluntad libre y, por consiguiente, se dan órdenes a sí mismas?

En la base de las decisiones libres encontraremos procesos bioquímicos, es cierto, pero la libertad y la inteligencia no parecen ser procesos bioquímicos, ni tampoco efectos de solo lo bioquímico, como la luz solar que entra en la habitación no es efecto solo de que la ventana esté abierta: tiene que alumbrar el sol. Reducir la vida humana a un proceso bioquímico extraordinariamente complejo supone negar la existencia de la libertad humana. Y cualquier hombre puede comprender que es capaz de escoger, que podría haber obrado de manera distinta a como lo ha hecho, y que, en definitiva, la libertad existe y no es una simple entelequia de la razón.

Lo curioso es que quienes sostienen esas teorías deterministas –que niegan la libertad en pro de todos esos complejos procesos bioquímicos– no se resignan a que los demás conculquen sus derechos. Estoy seguro que si a uno de ellos le roban su cartera, lo más probable es que no se limite a pensar que el pobre ladrón obró así necesariamente, impelido por un estímulo bioquímico irresistible, sino que llamará a la policía y exigirá que busquen al culpable, quizá incluso que le castiguen, y, por supuesto, la devolución de la cartera.

29Mar/101

¿Existe realmente Dios?

Quien busca la verdad

busca a Dios,

aunque no lo sepa.

Edith Stein

Una constante en la historia de los pueblos

El pensamiento de Dios ronda la mente del hombre desde tiempo inmemorial. Aparece con terca insistencia en todos los lugares y todos los tiempos, hasta en las civilizaciones más arcaicas y aisladas de las que se ha tenido conocimiento. No hay ningún pueblo ni período de la humanidad sin religión. Es algo que ha acompañado

28Mar/100

¿ EXISTE DIOS ?

¿ EXISTE DIOS ?

 

 ALFONSO AGUILÓ PASTRANA es ingeniero de caminos, autor de numerosas publicaciones y desde 1991 Vicepresidente del Instituto Europeo de Estudios de la Educación (IEEE).

Alfonso Aguiló COLECCIÓN HACER FAMILIA Nº 58 Serie D: EDUCAR EN VALORES

           Una constante en la historia de los pueblos

        El pensamiento de Dios ronda la mente del hombre desde tiempo inmemorial. Aparece con terca insistencia en todos los lugares y todos los tiempos, hasta en las civilizaciones más arcaicas y aisladas de las que se ha tenido conocimiento. No hay ningún pueblo ni período de la humanidad sin religión. Es algo que ha acompañado al hombre desde siempre, como la sombra sigue al cuerpo.

        La existencia de Dios se presenta como la más grande de las cuestiones filosóficas. Y –como apunta J.R. Ayllón– no por su complejidad, sino por presentarse ante el hombre con un carácter radicalmente comprometedor.

DIOS NO PARECE SER UN SIMPLE PRODUCTO DEL PENSAMIENTO HUMANO, NI UN INOFENSIVO PROBLEMA INTELECTUAL

 —Pero hay mucha gente a la que no le importa nada qué hayan hecho todos los pueblos a lo largo de la historia..., porque afirman que ellos no tienen por qué hacer lo mismo que hacían en el pasado.

        No me refería, ni mucho menos, a hacer sin más lo que hicieron nuestros antepasados. Es más, pienso que toda persona hace muy bien en querer ser distinta a sus antecesores. Me refería más bien a que nunca está de más echar una mirada a la historia, aunque sólo sea porque puede dar una cierta perspectiva de fondo que siempre arroja una interesante luz sobre la propia vida: hacer tabla rasa del pasado nunca ha sido propio de mentes esclarecidas. Y como decía Aristóteles,

SI LA RELIGIÓN ES UNA CONSTANTE EN LA HISTORIA DE LOS PUEBLOS, HA DE SER PORQUE PERTENECE A LA MISMA ESENCIA DEL HOMBRE

        Por fuerte que haya sido a veces el influjo secularizante de su entorno, jamás el hombre ha quedado totalmente indiferente ante el problema religioso. La pregunta sobre el sentido y el origen de la vida, sobre el enigma del mal y de la muerte, sobre el más allá, son interrogantes que jamás ha podido evitar: Dios está en el origen mismo de la pregunta existencial del hombre.

—¿Hay una inteligencia detrás de las leyes de la naturaleza?

        Desde tiempo inmemorial, el hombre se ha preguntado con asombro cuál sería la explicación de toda esa armonía que hay en la configuración y las leyes del Universo.

        Cuando observa la complejidad y perfección de los procesos bioquímicos en el interior de una célula diminuta, o la de los más gigantescos fenómenos de movimiento y transformación de las galaxias; cuando se asoma al mundo microfísico y propone unas leyes que intentan explicar fenómenos que suceden a escalas de hasta una billonésima de centímetro; o cuando profundiza en la estructura a gran escala del Universo hasta límites de más de un billón de billones de kilómetros; contemplando este grandioso espectáculo, cada día con más profundidad gracias a los avances de la ciencia, resulta cada vez más difícil sostener que todo obedece a una evolución misteriosa, gobernada por el azar, sin ninguna inteligencia detrás.

        Allí donde existe un plan, ha de haber alguien que planifica. Y detrás de una obra de tal calidad y de tales proporciones, ha de haber un creador, cuya sabiduría trascienda toda medida y cuya potencia sea infinita.

        Pensar que toda la armonía del universo y todas las complejas leyes de la naturaleza son fruto del azar, sería como pensar que las andanzas de Don Quijote de la Mancha que escribió Cervantes pudieron aparecer íntegras sacando letras al azar de una gigantesca marmita con una sopa de letras.

RECURRIR A UNA GIGANTESCA CASUALIDAD PARA EXPLICAR LAS MARAVILLAS DE LA NATURALEZA ES ALGO FRANCAMENTE AUDAZ

—¿Y no cabe también, como dicen algunos, que el mundo haya existido desde siempre?

        Cuando vemos un libro, un cuadro, o una casa, inmediatamente pensamos que detrás de esas obras habrá, respectivamente, un escritor, un pintor, un arquitecto.

        Y de la misma manera que a nadie se le ocurre pensar que el Quijote surgió de una inmensa masa de letras que cayó al azar sobre unos pliegos de papel y quedó ordenada precisamente de esa manera tan ingeniosa, tampoco nadie sensato diría que aquel edificio "está ahí desde siempre", ni que ese cuadro "se ha pintado solo", o cosas por el estilo. No podemos sostener seriamente que el mundo "se ha hecho solo", o "se ha creado a sí mismo": son incongruencias que caen por su propio peso.

El comienzo de una larga sucesión de causas y efectos

        "No conozco ningún alfarero –dijo la olla–. Nací por mí misma y soy eterna".

        "Pobre loca. Se le ha subido el barro a la cabeza".

        Así reflejaba Franz Binhack en su obra Topfer und Topf, con un cierto toque de humor, lo ridículo que resulta esa actitud de cerrar los ojos ante la inevitable pregunta sobre el primer origen del ser.

        Si de un grifo sale agua, es porque hay una tubería que transporta esa agua; y esa tubería la recibirá de otra, y ésa a su vez de otra..., pero en algún momento se acabarán las tuberías y llegaremos al depósito: nadie afirmaría que hay siempre agua en el grifo simplemente porque la tubería tiene una longitud infinita.

        "De la nada –explica Leo J. Trese– no podemos obtener algo. Si no tenemos bellotas, no podemos plantar un roble. Sin padres, no hay hijos. Así, pues, si no existiera un Ser que fuera eterno (es decir, un Ser que nunca haya empezado a existir), y omnipotente (y capaz por tanto de hacer algo de la nada), no existiría el mundo, con toda su variedad de seres, y no existiríamos nosotros.

        "Un roble procede de una bellota, pero las bellotas crecen en los robles. ¿Quién hizo la primera bellota o el primer roble?

        "Los hijos tienen padres, y esos padres son hijos de otros padres, y éstos de otros. Ahora bien, ¿quién creó a los primeros padres...?

        "Algunos evolucionistas dirían que todo empezó a partir de una informe masa de átomos; bien, pero ¿quién creó esos átomos? ¿de dónde procedían...?".

        ¿Quién guió la evolución de esos átomos, según leyes que podemos descubrir, y que evitaron un desarrollo caótico? Alguien tuvo que hacerlo. Alguien que, desde toda la eternidad, haya gozado de una existencia independiente.

        Todos los seres de este mundo, hubo un tiempo en que no existieron. Cada uno de ellos deberá siempre su existencia a otro ser. Todos, tanto los vivos como los inertes, son eslabones de una larga cadena de causas y efectos. Pero esa cadena ha de llegar hasta una primera causa: pretender que un número infinito de causas pudiera dispensarnos de encontrar una causa primera, sería lo mismo que afirmar que un pincel puede pintar por sí solo con tal de que tuviera un mango infinitamente largo.

—Hay quien dice que les basta con saber que los seres simplemente existen. Que no les importa de dónde provienen y, por tanto, no necesitan pensar más en ello.

        Entonces estaríamos cerca de decir que no se debe pensar, porque renunciar a tan importante parcela del pensamiento supone en cierta manera abandonar la realidad.

        Si vemos una chaqueta colgada de una pared (el ejemplo es de Sheed), pero no vemos que está sostenida por una percha, y eso nos lleva a pensar que las chaquetas desafían a las leyes de la gravedad y cuelgan de las paredes por su propio poder, entonces no viviríamos en el mundo real, sino en un mundo irreal que nosotros mismos nos hemos forjado. De manera semejante, si vemos que las cosas existen y no vemos con claridad cuál es la causa de que existan, y eso nos llevara a negar o a ignorar esa causa, estaríamos saliéndonos del mundo real.

Un pequeño "dribling" dialéctico

—Pero ha habido muchos filósofos que han asegurado que la dualidad causa-efecto no es más que un juego de reciprocidad dialéctica ajeno a la naturaleza, donde los fenómenos se repiten de manera incesante sin que esa relación de causa a efecto exista más que en nuestro entendimiento...

        No parece que la noción de causa sea una simple elucubración humana. Es algo que comprobamos cada día, y que la ciencia no cesa de invocar.

        "Si veo unos niños –apunta André Frossard–, la experiencia me dice que no se han hecho solos. Podrá surgir quizá un filósofo afirmando que no puedo demostrarlo, pero también él se vería en apuros para demostrar que yo estoy equivocado si aseguro que han surgido de unas coles."

        Rechazar de esa manera la relación causa-efecto parece un atentado contra el buen sentido. De hecho, los que así piensan, luego, en la vida normal, no son consecuentes con ello.

        Saben, por ejemplo, que si meten los dedos en un enchufe, recibirán la correspondiente descarga, y por eso procuran no hacerlo. Saben que la dualidad enchufe-calambrazo no es un juego de reciprocidad dialéctica ajeno a la naturaleza que existe sólo en su entendimiento..., aunque sólo sea porque en los dedos no está el entendimiento. Por eso,

CUANDO –NEGANDO LA EVIDENCIA DE LAS CAUSAS– DICEN QUE TODO LO QUE EXISTE ES FRUTO DEL AZAR, HACEN UNA RENUNCIA PUNTUAL AL USO DE LA RAZÓN

        La fe cristiana confía totalmente en la recta razón, mediante la cual se puede llegar al conocimiento de Dios. Para el creyente, la razón es inseparable de la fe y ha de ser respetada como un don divino.

—Y si dices que se puede llegar a Dios con la luz de la razón, ¿para qué es necesaria la fe?

        No es difícil llegar a reconocer que Dios existe. Hemos repasado algunos de los razonamientos que nos llevan a Él, y veremos aún bastantes más. De todas formas, el trabajo no siempre es fácil: además de exigir –como sucede con todo conocimiento– una manera recta de pensar y un profundo amor a la verdad, hay que contar con que, en muchos casos, los hombres renunciamos a proseguir un discurso racional cuando comprobamos que sus conclusiones se oponen a nuestros egoísmos, nuestras pasiones, o nuestro bienestar.

        Supongo que ésta será una de las razones por las que Dios dio un paso adelante y, dándose a conocer mediante la Revelación, nos tendió la mano. Así, además, todos los hombres pueden conocer todas esas verdades de forma fácil, con certeza y sin error.

La autocreación: un cuento de hadas para personas mayores

—Mucha gente dice que le sobran todos esos argumentos porque la teoría del big bang explica perfectamente la autocreación del universo, y ya no necesitan a Dios para explicar nada.

        El big bang y la autocreación del universo son dos cosas bien distintas.

        La teoría del big bang, como tal, resulta perfectamente conciliable con la existencia de Dios.

        Sin embargo, a la teoría de la autocreación –que sostiene, mediante explicaciones más o menos ingeniosas, que el universo se ha creado él solo a sí mismo, y de la nada–, habría que objetar dos cosas: primero, que desde el momento que se habla de creación partiendo de la nada, estamos ya fuera del método científico, puesto que la nada no existe y por tanto no se le puede aplicar el método científico; y segundo, que hace falta mucha fe para pensar que una masa de materia o de energía se pueda haber creado a sí misma.

        Tanta fe parece hacer falta, que el mismo Jean Rostand –por citar a un científico de reconocida autoridad mundial en esta materia y, al tiempo, poco sospechoso de simpatía por la doctrina católica–, ha llegado a decir que esta historia de la autocreación es "un cuento de hadas para personas mayores". Afirmación que André Frossard remacha irónicamente diciendo que "hay que admitir que hay personas adultas que no son más exigentes que los niños respecto a los cuentos de hadas".

        "Las partículas originales –continúa con su ironía el pensador francés–, sin impulso ni dirección exteriores, comenzaron a asociarse, a combinarse aleatoriamente entre ellas para pasar de los quáseres a los átomos, y de los átomos a moléculas de arquitectura cada vez más complicada y diversa, hasta producir, después de miles de millones de años de esfuerzos incesantes, un profesor de astrofísica con gafas y bigote. Es el ¡no va más! de las maravillas. La doctrina de la Creación no pedía más que un solo milagro de Dios. La de la autocreación del mundo exige un milagro cada décima de segundo."

LA DOCTRINA DE LA AUTOCREACIÓN EXIGE UN MILAGRO CONTINUO, UNIVERSAL, Y SIN AUTOR

Evolución: bien, ¿pero de dónde?

—Pues hay quien entiende la historia del universo como una evolución de organismos vivos que, simplemente, ha emergido con ocasión del desarrollo de la sustancia material y ha alcanzado un cierto grado de complejidad...

        Para quienes defienden esas teorías, parece que el mundo no es más que una cuestión de geometría extraordinariamente compleja. Sin embargo, por mucho que se compliquen unas estructuras, y por mucho que se admitiera una vertiginosa evolución en su complejidad, esa evolución de la sustancia material se enfrenta al menos a dos objeciones importantes. La primera –ya lo dijimos antes– es que

LA EVOLUCIÓN JAMÁS EXPLICARÍA EL ORIGEN PRIMERO DE ESA MATERIA INICIAL. LA EVOLUCIÓN TRANSCURRE EN EL TIEMPO; LA CREACIÓN ES SU PRESUPUESTO.

        La segunda objeción es que pasar de la materia a la inteligencia humana supone un salto ontológico que no puede deberse a una simple evolución fruto del azar. La materia, por mucho que se desarrolle, no es capaz de producir un solo pensamiento capaz de comprenderse a sí misma, igual que nunca se vería –como sugiere André Frossard– que un triángulo, después de un extraordinario proceso evolutivo, advirtiera de repente, maravillado, que la suma de sus ángulos internos es igual a ciento ochenta grados.

—¿Y qué inconveniente hay en que un católico crea en la evolución de las especies? Muchos dicen que no tiene sentido que la Iglesia siga resistiéndose a aceptar algo que está probado científicamente.

        Quizá no estén bien informados, porque

LA IGLESIA CATÓLICA NO TIENE ESPECIAL INCONVENIENTE EN ACEPTAR LA EVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES

        Y, en concreto, la del cuerpo humano a partir del de un primate. Para conciliar la doctrina de la evolución humana con la teología católica, es suficiente con admitir que Dios actuó en un momento determinado sobre el cuerpo de la primera pareja, infundiéndoles un alma humana.

        Dios pudo, en efecto, ir formando el cuerpo del hombre a partir de alguna especie de primate en evolución, según un proyecto por Él diseñado, y, cuando alcanzó el grado de desarrollo requerido, dotarlo de alma humana. No tiene la Iglesia inconveniente alguno en que un católico acepte esa hipótesis si le parece digna de crédito.

—¿Y entonces un católico no tiene que creer al pie de la letra el relato de la creación que aparece en el Génesis?

        No es necesario que sea al pie de la letra. Las narraciones de fenómenos físicos o naturales de la Biblia no pretenden darnos directamente unas enseñanzas en materia científica. Y tampoco el detalle de sus descripciones pretende afectar directamente a la doctrina de la salvación. Como puedes comprender, el autor del Génesis no pretendía dar una clase de astrofísica cuando lo escribió. Lo que sí parece que quiso dejar bien claro es que todo lo que existe depende de Dios: que el universo no es autosuficiente y que Dios es el creador y señor de todas las cosas.

        Las aparentes divergencias que parecen darse entre algunas narraciones bíblicas y los actuales conocimientos científicos sobre esos fenómenos, se deben al sentido metafórico o figurado con el que en algunos casos escribían los autores sagrados, o bien a un diferente modo de expresarse, según las apariencias sensibles o la manera de hablar de entonces de aquel pueblo.

El problema del alma

—Mucha gente niega la existencia del alma. Dice que la inteligencia humana es un proceso cerebral, como cualquier otro de los que hay en el organismo humano, y que no necesita para nada de explicaciones espirituales.

        La inteligencia humana no es una mera función del cerebro, como la que puede hacer la bilis en el hígado, por ejemplo. El hecho de que la inteligencia no actúe sin la colaboración de los sentidos, que tienen su sede en el cerebro, no autoriza a identificar cerebro e inteligencia. Un aparato eléctrico no funciona si no se enchufa, pero el enchufe no es la causa de que funcione, ni de que exista la electricidad. Enchufe y cerebro son condiciones, no causas.

—¿Y por qué tiene que ser espiritual el alma humana?

        Ningún efecto puede ser ontológicamente mayor que su causa. Si el hombre es capaz de tener pensamientos abstractos, su alma tiene que ser espiritual. Si la mente humana es capaz de producir ideas inmateriales, el alma tiene que ser inmaterial, es decir, espíritu.

—Pues hay personas que aseguran que la vida humana responde en su totalidad a un esquema bioquímico que explica cualquiera de sus procesos.

        ¿Fueron entonces –apunta J.R.Ayllón– las neuronas de Miguel Angel quienes pintaron la Capilla Sixtina? En caso afirmativo habría que admirar los procesos bioquímicos de su cerebro, y no de su propietario.

        Y si la conducta criminal de Hitler fue exclusiva e inevitable consecuencia de su química neuronal, no sería él responsable del holocausto de tantos judíos, sino sólo sus neuronas.

        ¿Pueden las neuronas –continúa Ayllón– ser justas, o valientes, o peligrosas? Si las neuronas movieran totalmente al hombre, el hombre sería un títere de su cerebro. ¿Son acaso las neuronas quienes originan la voluntad libre y, por consiguiente, se dan órdenes a sí mismas?

        En la base de las decisiones libres encontraremos procesos bioquímicos, es cierto, pero la libertad y la inteligencia no parecen ser procesos bioquímicos, ni tampoco efectos de sólo lo bioquímico, como la luz solar que entra en la habitación no es efecto sólo de que la ventana esté abierta: tiene que alumbrar el sol.

REDUCIR LA VIDA HUMANA A UN PROCESO BIOQUÍMICO EXTRAORDINARIAMENTE COMPLEJO ES TANTO COMO NEGAR LA EXISTENCIA DE LA LIBERTAD HUMANA

        Cualquier hombre puede comprender que es capaz de escoger, que podría haber obrado de manera distinta a como ha hecho, y que, en definitiva, la libertad existe y no es una simple entelequia de la razón.

        Lo curioso es que quienes sostienen esas teorías deterministas –que niegan la libertad en pro de todos esos complejos procesos bioquímicos– no se resignan a que los demás conculquen sus derechos. Estoy seguro que si a uno de ellos le roban su cartera, lo más probable es que no se limite a pensar que el pobre ladrón obró así necesariamente, impelido por un estímulo bioquímico irresistible, sino que llamará a la policía y exigirá que busquen al culpable, quizá incluso que le castiguen, y, por supuesto, la devolución de la cartera.

19Mar/100

Conversion de Eduardo Verastegui

19Mar/100

Testimonio de un Artista de Rock Duro – Parte 1