Dawn Eden: Del sexo casual a la castidad

La periodista Dawn Eden ha publicado el libro “The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On” (La Emoción de la Castidad: Encontrando Satisfacción con la Ropa Puesta), en el que sostiene que para la mujer tiene mucho más sentido la castidad que el sexo casual. Una controvertida periodista americana experta en música rock, y que por muchos años fue una abanderada de la “revolución sexual”, se ha convertido –tras abrazar la fe católica– en una ferviente promotora de la castidad. Ella misma explica sus razones en este siguiente artículo traducido al español por El Espectador de Bogotá.
Un mantra de la generación de los sesenta era que todo debía ser gratis. Pero en las reediciones del festival de Woodstock décadas después, los hippies ya vendían como buhoneros el agua a US$5 la botella. El “amor libre”, sin embargo, era todavía alentado al ritmo en que el Nuevo Establecimiento se aferraba a su autoestima revolucionaria, mediante la promoción del sexo por el sexo como puro placer sin consecuencias.

Hoy, ese dogma está siendo confrontado por una nueva contracultura —de mujeres castas— que está derribando las puertas para protestar porque el sexo de los buhoneros, como su agua, tiene en realidad un precio muy alto.

Pueden contarme entre esas hijas insatisfechas de la revolución sexual. Nací en 1968, como millones de otras niñas, en un mundo que alentaba a las mujeres a explorar su sexualidad. Se nos presentaba casi como un acto feminista. Incluso, la llamativa pregunta que sirvió de fundamento filosófico de la novela y programa de televisión Sex and the City —¿Puede una mujer tener sexo como un hombre?— no es más que una versión moderna de la misma pregunta que en 1962 hizo Helen Gurley Brown en Sex and the Single Girl.

Era el amanecer de la revolución sexual, cuando los bolsos de las mujeres comenzaron a cargar píldoras anticonceptivas al lado del Revlon Fire y el Ice Lipstick. Brown, quien sería después editora de Cosmopolitan, se preguntaba entonces si la mujer podía tener sexo libre sin consecuencias emocionales, y se contestaba que sí porque “igual que el hombre, es una criatura sexual”.

Su aporte dio origen a millones de artículos sobre “100 nuevos trucos sexuales” en las revistas femeninas. Y uno de los íconos feministas de la época, Germaine Greer, habló con entusiasmo de que “los rockeros son importantes porque desmitifican el sexo; lo aceptan como algo físico, y no son posesivos con sus conquistas”.

La filosofía olorosa a patchouli de Greer sigue viva en las revistas modernas, las series de televisión y las películas que dicen sin parar a las mujeres que si no son felices teniendo sexo premarital es porque lo están haciendo mal. Más que eso, las excepciones a la norma cultural —la pequeña minoría de mujeres que, por varias y tristes razones, se sienten impulsadas a ser meros objetos sexuales— son mostradas como el ideal platónico. Si rockeros, modelos, galanes de la televisión y del cine y estrellas pop se pueden llevar a la cama a un hombre diferente cada noche —y aparentan tener el mejor tiempo de sus vidas— con seguridad usted, humilde lectora, puede ocasionalmente esconder sus valores pasados de moda y follarse a un tipo al que acaba de conocer.

Sexo casual… y frecuente

El fruto de este aceptado estilo de vida de la mujer soltera es más semejante al de un hábito de drogas que a un paradigma de los encuentros amorosos. En un círculo vicioso, la mujer se siente sola porque no es amada y entonces tiene sexo casual con hombres que no la aman.

Esa fue mi vida. Me gasté mis 20 y mis tempranos 30 buscando sexo premarital de cualquier manera —anhelando el matrimonio pero buscando descansar en el placer físico, la validación del ego y un respiro de la soledad. Como historiadora del rock basada en Nueva York, colaborando para revistas como Mojo y Bilboard y escribiendo las notas de los discos remasterizados, las oportunidades para travesuras no tenían límite.

Me leí entonces I’m With the Band (‘Estoy con la banda’), de la super fanática del rock Pamela Des Barres, y envidié su habilidad para beber todo lo deseable de los rockeros —su buena figura, ingenio, creatividad y fama— sin que al parecer perdiera nada en sus aventuras con ellos. Mi gran secreto era que, bajo ese anhelo por tener una conexión amorosa, me aterrorizaba la intimidad. Mostrarme vulnerable abría la puerta a la posibilidad de un rechazo. Desde ese punto de vista, un músico de gira era mi compañero sexual ideal. Podía disfrutar con él una suerte de vínculo temporal de cuento de hadas, sin tener que derribar los muros que debía levantar para protegerme. El rechazo vendría cuando él siguiera al siguiente pueblo, y a la siguiente mujer, —pero de alguna manera, verlo venir me hacía sentir en control—. Estaba escogiendo, pensaba, el dolor menor.

Pero en esa época de sexo casual, había un momento que aprendí a temer más que cualquier otro. Me atemorizaba, no que el sexo fuera malo, sino que fuera bueno.

Si el sexo era bueno, incluso aunque en mi corazón sabía que la relación no iba a funcionar, sentía de todos modos como si el acto me hubiera unido a mi compañero sexual de una manera más profunda que antes. Está en la naturaleza del sexo despertar emociones profundas dentro de nosotras —que no son bienvenidas cuando uno está tratando de mantenerlas ligeras—.

En esas noches, el peor momento era cuando todo terminaba. De un momento a otro me sentía sacudida de regreso a la tierra. Entonces me tiraba boca arriba y me sentía despojada. Él podría seguir ahí, y si estaba de mucha suerte, se recostaría a mi lado. Aun así, no podía dejar de sentir que el hechizo se había roto. Podíamos frotarnos las narices, reírnos como bobos o quedarnos dormidos en los brazos del otro pero sabía que era teatro, y él también. No estábamos realmente intimando —todo había sido solo un juego—.

Los campeones de la revolución sexual son en esencia cínicos. Saben en sus corazones que el sexo casual no hace felices a las mujeres —y por eso sienten la necesidad de promocionarlo todo el tiempo—. El sexo que tuve, antes que acercarme a la satisfacción personal y el matrimonio que buscaba, solo me había vuelto menos capaz de alcanzar un matrimonio o siquiera una relación comprometida. Sacrifiqué los que deberían haber sido los mejores años de mi vida, por una mentira negra.

Si bien creo que hay que enseñarles a las jóvenes que deben reservar el sexo para el matrimonio, hay un área en la que estoy de acuerdo con los opositores: la abstinencia no significa nada a menos que uno entienda exactamente lo que es. Y agregaría que para entender lo que es uno debe entender también lo que son el sexo y el matrimonio, qué significan, cuál es su propósito.

Eso suena simple, pero mientras crecía yo tuve poca idea del significado y el propósito del sexo y del matrimonio. Pensaba que el sexo era algo que uno hacía para divertirse o si quería tener hijos (bueno, en esto último iba por buen camino). El matrimonio, creía, significaba una autorización social para tener sexo con una persona en particular. La gente casada debía tener sexo solamente con su pareja porque… bueno, porque no era agradable poner cuernos, la infidelidad podía llevar al divorcio y sabía que eso era doloroso.

Todas estas suposiciones se basaban en lo que había visto viviendo con mi madre y, en menor grado, visitando a mi papá. Mis padres habían quedado heridos por el fracaso de su propia unión y su amargura manchó la imagen del matrimonio que me heredaron.

Como una quinceañera sin un fundamento moral que sostuviera mi decisión de guardarle la virginidad a Mr. Right —diferente del temor a ser lastimada por Mr. Wrong— me sentí libre de empujar el sobre. No, más que libre; me sentí con autoridad para forzar las cosas, pues tenía resentimiento de que Dios —si existía— no me hubiera enviado mi alma gemela. Me convertí en una de esas vírgenes míticas que llegan a “todo, menos…” El nombre Lewinsky todavía no se había vuelto un verbo, pero si hubiera existido, me imagino a los hombres diciéndoselo en secreto a mis espaldas.

El placer por el placer

Cuando, a la edad de 23 años, finalmente me cansé de esperar y perdí mi virginidad con un hombre al que no amaba, fue un gran acontecimiento para mí. Aunque, mirándolo en retrospectiva, no fue en realidad tan significativo. Cierto, mis aventuras se volvieron menos complicadas. Cuando hacía “todo, menos…”, me preocupaba de tener que explicar por qué no quería seguir hasta el final; una vez comencé a tener sexo, eso no era necesario. Pero en un sentido más amplio, la pérdida de mi virginidad, lejos de constituirse en la frontera entre el pasado y el presente, fue apenas un instante en mi continua degradación sexual. El descenso había comenzado desde que comencé a buscar el placer por el placer.

La filosofía hedonista que urge a los jóvenes ese tipo de comportamiento hace daño tanto a los hombres como a las mujeres; pero es particularmente dañina para la mujer, pues la presiona a subvertir sus más profundos deseos emocionales. He probado esa filosofía —de que una mujer puede fornicar como un hombre— y no funciona. No estamos hechas para eso. Las mujeres están hechas para un vínculo.

Por eso, por mucho que tratemos de convencernos de que no es así, el sexo siempre nos dejará sientiéndonos vacías a no ser que estemos seguras de que somos amadas, de que el acto es parte de una pintura mayor, de que somos amadas por lo que somos y no solamente por nuestros cuerpos. A mí me tomó mucho tiempo entenderlo.

Encuentro con la castidad

Ahora vivo un tipo de vida muy diferente. Todavía me encuentro de vez en cuando con viejos amigos músicos, pero me veo más con coristas de iglesia. Mi decisión de resistirme al sexo casual, de nuevo, estuvo influenciada por mi madre —aun cuando no de la manera que ella hubiera querido—.

Cuando era una quinceañera, mi madre abandonó sus creencias en la Nueva Era por el Cristianismo. Yo no tenía esos planes. Mi misión en la vida, como la veía, era diferente —creativa, liberal, rebelde—.

Pero un día, en diciembre de 1995, estaba haciéndole una entrevista a Ben Eshbach —líder de una banda de rock de Los Angeles llamada Sugarplastic— y le pregunté qué estaba leyendo. Me contestó The Man Who Was Thursday (‘El hombre que fue jueves’), de G.K. Chesterton. Lo conseguí por curiosidad y me dejó cautivada. Pronto estaba consiguiendo lo que podía de Chesterton, comenzando por Orthodoxy (Ortodoxia).

Me mantuve leyendo a Chesterton, incluso mientras continuaba con mi estilo de vida libertino, hasta que una noche, en octubre de 1999, tuve una experiencia hipnótica —de esas en las que una no sabe si está despierta o dormida—. Escuché una voz de mujer que decía: “Algunas cosas no están para ser conocidas. Algunas lo están para ser entendidas”. Me arrodillé y me puse a rezar —y eventualmente entré a la Iglesia Católica—.

Una noche el año pasado salí a comer con un amigo, un encantador periodista inglés con el que hubiera comenzado a salir si compartiera mi fe (no lo hacía) y si estuviera interesado en casarse (tampoco). Me acribilló con preguntas sobre la castidad, llegando hasta a sugerir que, ya que llevaba tanto tiempo buscándolo, quizás no iba a encontrar al hombre que buscanba.

“No es así”, le respondí. “Mis posibilidades son mejores ahora que nunca antes, porque antes de ser casta estaba buscando el amor en los lugares equivocados. Apenas ahora es que estoy realmente preparada para el tipo de hombre que quiero que sea mi esposo”.

“Puedo tener 38”, concluí, “pero en términos de búsqueda de marido, tengo apenas 22”.

Hasta aquí su artículo. Dawn Eden es actualmente editora del Daily News de Nueva York, periódico que la contrató después de que su rival, el New York Post, la despidiera por defender abiertamente sus convicciones cristianas. Ganó su prestigio como periodista e historiadora del rock hace unos años, tiempo en el que se acostaba con algunos de sus entrevistados. Esa transformación de defensora y practicante del sexo libre a activista del celibato la llevó a la fama en Estados Unidos, país que ahora debate el tema por la aparición de su primer libro: ‘The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On” (“La emoción de la castidad: encontrando satisfacción con su ropa puesta”). Dawn Eden es un símbolo del movimiento que defiende la abstinencia sexual, cuyos miembros usan un anillo de plata para indicar que son castos.

Tomado de:
www.unav.es/capellaniauniversitaria

http://www.infordeus.com

Dominique Morin: vivía inmerso en la droga, la violencia y el sexo

Viví inmerso en la droga, la violencia política y el placer sexual

Dominique Morin es bastante conocido en Francia. Ha escrito un libro, “Le sida a fait de moi un témoin”, no traducido al castellano. Ofrecemos cuatro artículos suyos con trazos autobiográficos. En ellos habla desde la experiencia de una persona conoce de primera mano varios de los males de nuestro tiempo. Su posterior conversión hacen de él un testimonio vivo del cristianismo y recibe invitaciones para dar conferencias por toda Francia. Su e-mail es

dom.morin@wanadoo.fr.

Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Este amor que nos salva

Entre los diecisiete y los veintiún años, viví inmerso en la droga, la violencia política y el placer sexual sin límite alguno. Atrapado en este remolino , un día tomé una pistola decidido a utilizarla. ¿Qué hacer frente a tal decisión imposible?

Solo, como un niño abandonado, lloré, suplicando interiormente : «Si hay alguien que me escuche, que venga en mi auxilio, pues ya no puedo más». Sin duda esta fue mi primera oración. Seguro que mi madre me alojaría una vez más para ayudarme a salir de ese ambiente opresor. Tenía que tomar una decisión rápida, y me incliné hacia el buen camino. En aquel momento Dios me ayudó. Le doy gracias, y también a mi madre, que corrió el riesgo de tenderme la mano una vez más.

Fue necesario nuevamente huir radicalmente del sexo, las drogas, el alcohol, y la violencia. Ese ambiente seguía asqueándome, pero yo todavía no estaba curado. Permanecí alejado de esas tentaciones durante tres años.

Volví a la Iglesia católica dentro de la cual había sido bautizado y consagrado a la Virgen María. En la navidad de 1984 acudí a mi primera misa. Dos años de práctica regular me dieron la fuerza para dominar mis instintos. Fueron dos años llenos de gracias y que pacificaron mi alma.

Pero me sentía demasiado pecador, indigno de la iglesia. San Juan de la Cruz dice que «se obtiene de Dios tanto como de Él se espera». Yo no podía imaginarme que su amor podría llegar a tanto.

Jamás se dirá lo suficiente sobre la misericordia de Dios.

Hice una confesión general de mis pecados imperdonables. El sacerdote no reaccionó como me esperaba. Lo miré casi seguro de su reacción cuando, ¡menuda sorpresa! Su sonrisa sincera y compasiva me hizo dudar de mis certezas. Transformado por este signo de la misericordia de Dios permanecí en esta Iglesia donde me sentía bien.

La curación se operaba lentamente, como una flor se abre para recibir los rayos del sol, así me abría yo a la vida. Simpaticé con algunos católicos, entre ellos, con mujeres, con los cuales conservo aún hoy la amistad.

Durante ocho años caminé por este camino hasta el día en que mi pasado se vengó brutalmente de mí. Un examen médico me reveló que tenía yo sida, contagiado 13 años antes por una joven que hoy sé que ya murió. Todo se derrumbó a mi alrededor, hasta mi fe tembló. Mi familia, mis amigos y la gracia de Dios me impidieron caer más bajo. Tuve el reflejo de ponerme a rezar. Es el instinto del pobre. Oración desordenada, cargada de tristeza y de rebeldía, pero, a pesar de todo, fiel y perseverante. Después de muchas infecciones sucesivas, pude en 1996 recibir un tratamiento que equilibró mi salud.

Después de desapegarme de mi vida, era necesario aprender a vivir como un incurable. Comencé entonces a dar testimonio de la esperanza y de la verdad basada en mi experiencia yendo a escuelas, asociaciones o parroquias que me invitaban. Un testimonio de esperanza y de verdad basado en mi propia experiencia.

Como el sida, el aborto es el drama de un amor desnaturalizado que produce la muerte. El amor no puede ser neutro. O construye o destruye.

Nuestra sociedad ya no propone más que respuestas fatalistas, sin esperanza. Cuando una madre agobiada va a que le diagnostiquen su embarazo, teme que la animen a abortar si aparecen obstáculos. El aborto se ha convertido en una solución médica para evacuar las carencias de nuestra sociedad, y las mujeres embarazadas cargan solas con esta responsabilidad. Sólo se acepta el niño si alguien se decide a ayudar a la madre para que lo acoja. Los médicos pueden contribuir a sembrar la duda : «¿Está usted segura de querer dar a luz?». Las mujeres se consideran a menudo culpables de su embarazo. La moral se convierte en un concepto puramente médico y socio-económico.

Durante mis testimonios como enfermo de sida me he encontrado con militantes que defienden el aborto y cuya mirada se pone dura cuando se les propone otra alternativa o cuando se les habla de otra cosa que no sea el preservativo para combatir el sida. He visto en ellos a veces el odio y siempre la tristeza. ¡Qué contraste con el gozo de una mujer que da la vida, de un joven que vive la castidad con alegría! La ideología no lo explica todo. Hacer que los otros paguen nuestros fracasos jamás soluciona nada.

Esas relaciones destructoras y esa ley de lo efímero hacen que toda relación afectiva se vuelva aleatoria, que el amor sea un riesgo del que hay que protegerse y que el prójimo sea un adversario en un combate en el que todos pierden. Si hay jóvenes que han podido conservar su pureza y creen en el amor verdadero y en la vida como un regalo, es sobre todo para demostrarnos que esas virtudes tan ridiculizadas son necesarias ahora más que nunca.

Señor, ayúdanos a estar siempre abiertos a la vida y a ser tus instrumentos para convertir a nuestros hermanos devastados por el odio y la desesperación. Que recuerden que han sido niños, que un día creyeron en la vida y el amor. Amar es lo que da un sentido a la vida.

Aunque me haya quemado las alas en este juego trucado donde todos pierden sigo creyendo en el amor y en la amistad humana. Y no en esta guerra sexual en la que cada uno tiene miedo de amar, de entregarse y de crear un proyecto común.

Amor desencarnado y solitario donde el ser amado nos es peligroso.

Este amor me condujo al sida como condujo a numerosas mujeres al aborto como si fuera una fatalidad. Salgamos de esta lógica infernal rompiendo, cada cual en su propia existencia, el círculo de la fatalidad gracias al complot del amor. Superemos este miedo a darnos uno mismo al otro, aún en la amistad, sin esperar nada a cambio. Miedo de participar a la creación que Dios nos ha regalado.

El amor no está condenado al miedo y al muerte mientras no nos resignemos.

Porque los hijos que aceptamos, quizás en el dolor y la duda, son ellos nuestros guardianes. Nos protegen de nosotros mismos, contra el riesgo siempre creciente de ver nuestros corazones endurecerse, de volverse nuestro único objetivo y ya no saber amar.

Nuestro creador nos lo probó encarnándose de una mujer, María. En Belén hace 2000 años no había lugar en la hospedería para esta madre y su hijo. Había un portal para que Maria pudiese darnos su amor por Dios, el amor de su Dios. Fue el más bello entre los hijos de hombre, como cada niño lo es para sus padres. El niño Jesús que iba a rescatar al hombre de corazón endurecido y recordarle con la cruz y la resurrección, hasta qué punto Dios lo ama siempre.

Demos ánimo con todas nuestras fuerzas a los que comienzan la vida para que se comprometan y crean en la fecundidad de este misterio que no es posible reducir a nuestra comprensión. Un corazón aclarado con la inteligencia puede descubrir él mismo este don de amor. La fuente de los problemas de los jóvenes de hoy es no tener nadie a quien admirar, estimar o amar y por defecto se entregan a un sucedáneo de amor que no los colmará nunca.

Señor danos la gracia a todos de ser o de volver a ser como niños, siempre maravillados del encanto de la vida. Danos a todos un corazón de niño, sencillo, lleno de fe y de amor, abierto a la gran aventura de la vida.

Hago esta oración por los que no piden más que amar y ser amados.

¡Que nuestra sola enfermedad sea el amor!

El amor no es un juego

De adolescente, jugué al amor con las chicas. No amé ni respeté a ninguna, no hice más que disfrutar egoístamente y rápidamente dejé de creer en el amor. Un buen día me convertí, y cambié de comportamiento. Encontré así la fe en el amor a través de verdaderas amistades con mujeres católicas sin afán de sexo gracias a la castidad. Quería casarme con una amiga que sigo amando cuando me enteré de que tenía el sida durante mis años de desenfreno. Entonces, razonablemente, decidí renunciar al matrimonio.

Desde entonces cuando me hablan de prevención, veo mucho más allá que el sida. Jugando con el amor sin aceptar reglas perdí mi capacidad de fecundidad, de entrega, necesarias para construir mi vida con la persona amada. ¿A quién podría desear yo esta desgracia, sin hablar ya del sida?

El vagabundeo sexual y las prácticas contra natura propagan el sida, el preservativo no incita a alejarse de él sino sólo a limitar sus riesgos. ¿Es una prevención seria? En lugar de reducir el amor a un juego peligroso, pensad sobre todo en fundar vuestras relaciones en amistades sólidas. ¡El futuro está aquí cerca! Encerrados en relaciones decepcionantes que no cumplen sus promesas, pasando de una pareja a otra, estáis hiriendo vuestro corazón y vuestro cuerpo. El amor libre es una ilusión mortal. Mirad todas sus víctimas y añadid a ellas las del aborto e incluso las de preservativos y anticonceptivos, que muestran así sus límites.

Lo que la Iglesia os propone es hacer que el amor sea portador de paz y alegría abriéndolo a la vida con la exigencia de la verdad y la justicia.

Por culpa del sida no puedo entregarme completamente a la persona que amo sin hacerla correr un riesgo. La única verdad del sida es la mentira, el miedo, la soledad al final del camino. No hablar a los jóvenes sino de buscar el placer sin amar, corriendo riesgos, es la conclusión lógica de una sociedad que ya no les habla de la fecundidad del amor verdadero.

La castidad, dominio gozoso de la sexualidad, permite que ésta no sea un peso ni para uno mismo ni para los demás. La verdadera libertad es un camino donde el amor no rima ni con el miedo ni con la decepción solitaria, sino con la confianza y la alegría compartida.

Sin que sea necesario para ello ser católico, hacer que el amor rime con la desconfianza y el miedo escondido tras el preservativo es profundamente malsano. Si queréis placer, corred riesgos, tomad precauciones, y … ¡buena suerte! Pero yo no os animaría a ir por esta senda que es una burla al amor. El amor no da sino paz y alegría si es respetado. A vosotros adolescentes, os están mintiendo. Tenéis derecho a saberlo antes de elegir libremente vuestro camino.

Cuando hacía paracaidismo, si me hubieran dicho que el paracaídas estaba estropeado pero que había pocos riesgos de que se rompiera al lanzarme del avión ¿qué hubiera escogido? El placer del salto vertiginoso por un lado, el riesgo mínimo por otro… Pero hubiera preferido quedarme en tierra. Con el preservativo os ocultan que el riesgo existe en cada momento y que un día os puede tocar a vosotros. Numerosos testimonios de fracaso me han mostrado los límites de tal prevención.

Al final ¿quiénes son los inconscientes? ¿Los que os dejan arriesgaros preparándoos un infierno o los que os invitan a reflexionar sobre el amor y a no reducirlo a un simple riesgo? Mejor que ocultar o deformar el discurso católico ¿no tenéis más bien derecho a que os digan toda la verdad antes de correr riesgos que a fin de cuentas tendréis que asumir solos?

La Iglesia siempre tiene un discurso razonable y realista, sin buscar adaptarse a la evolución de las costumbres ni a los jóvenes que quieren seguir sus antojos. Nos recuerda a tiempo y a destiempo que no podemos burlarnos del amor sin riesgo mortal para nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestra alma. La Iglesia ve las almas antes de la satisfacción de los deseos. Esta existencia es una promesa que os dará los medios para alcanzar la felicidad verdadera.

Escoged la libertad de amar con confianza y con la verdad que lleva a la vida, y no busquéis el placer a cualquier precio, que lleva a la mentira y a la muerte.

Carta a una joven católica que quiere estar a la última

Querida joven,

Me gustaría a partir de mi propia experiencia reflexionar contigo sobre ciertas actitudes. Yo consumí mi adolescencia en experiencias desordenadas, con el deseo sexual como motor y un afecto enfermizo como brújula. Yo creía en esa época que tales prácticas serían una iniciación sin consecuencias, sin embargo aprendí a mentir y a engañar en el amor, y atrapé el sida. Un día al fin, dejé todo para intentar construir mi vida. Mi regreso a la fe católica dio sentido a mi búsqueda. Hace diez años que conozco mi enfermedad y, al mismo tiempo que la combato, doy testimonio de la belleza de la castidad y de la amistad. Aunque mi corazón y mi cuerpo permanecen marcados al rojo vivo, el perdón de Dios curó mi alma y las relaciones castas que cultivo con las mujeres me enseñaron a creer en el amor.

A nuestro alrededor reina el culto al placer y a la superficialidad. Mundo de mentiras y de soledad donde el hombre y la mujer, huérfanos de Padre al que no conocen o que han rechazado, buscan una razón de ser. Esta influencia a la cual todos estamos sometidos de una manera o de otra, se basa en la fragilidad humana abandonada a sí misma. En la adolescencia el cuerpo se transforma y la imaginación sexual despierta. La adolescente descubre su fecundidad, transformación interior de su cuerpo que un día hará de ella una mujer. Ese mismo cuerpo comienza a tomar una forma propiamente femenina que va atraer naturalmente la mirada de los hombres. La niña se convierte en una mujer y el niño en un hombre. El pudor le permite proteger la intimidad de su cuerpo que se transforma, de la mirada curiosa que puede suscitar en los chicos. Esta castidad tal vez inconsciente, es en todo caso un signo evidente de delicadeza. El joven en su adolescencia descubre su sexualidad de manera exterior a través de una genitalidad muy invasora. Como la primera imagen que la joven da de ella es su ropa, ¿cuál será el impacto sobre el joven de una pierna descubierta, de un pantalón apretado o de una blusa que deja ver el pecho? No olvides que el joven te mira con su psicología, a una edad en que, lo que para la mujer es sólo una seducción inocente, para el hombre representa una excitación sexual. Vuestras relaciones estarán forzosamente influenciadas aunque el joven no se atreva a confesarte su debilidad. Ayúdale a elevar su espíritu y a crecer, siendo delicada con él por tu exigencia, sin tentar su enorme fragilidad.

La seducción busca atraer a toda costa la mirada del otro. También la provocación y el deseo de impresionar, pero de otra manera. ¿Provocando su mirada, estás segura de respetar su libertad? ¿Soportarías que él utilizara su fuerza física, que es su punto débil junto con el instinto sexual, para forzarte a que te intereses por él? Cada uno es responsable de permitir al otro que elija libremente. Es muy triste que una mujer joven o adulta nos solicite con su cuerpo que, a pesar de su naturaleza frágil, somos capaces de mirar castamente. Si cada uno no ayuda al otro, buscando el respeto mutuo, la relación será rápidamente fuente de conflicto. Observa simplemente alrededor de ti esta sociedad donde reina la seducción, la apariencia y el egoísmo. El sufrimiento y la soledad no están lejos y la satisfacción es efímera y ridícula.

La inestabilidad afectiva y la falta de pudor actual son consecuencia de la ignorancia o de la negación de la debilidad humana y de la ausencia de una educación al pudor y a la prudencia. La belleza femenina requiere valorizarse de otra manera y no a través de un mediocre sistema de seducción carnal. Pero la moda para la ropa es a veces tan ambigua que es difícil y a veces imposible evitar la atracción de un cuerpo que se muestra ostentosamente en espectáculo. ¿Acaso lo único interesante de la mujer sea su cuerpo? Nunca lo he pensado así pero entonces ¿qué podemos hacer?, ¿resignarnos o protestar como lo hago yo?

Por experiencia sé lo que un joven piensa al ver un cuerpo descubierto; su pensamiento se concentra en lo que ve y corre el riesgo de no ir más allá. De alguna manera, es reducir la mujer a las formas que enseña. Hablo a menudo con jóvenes que me confían sinceramente que se sienten violentos y que nunca lo confesarán a las chicas.

Pasemos a lo esencial.

Nuestra fe católica nos enseña que nuestro cuerpo es el Templo del Espíritu Santo. Vamos a confesarnos de haberle faltado al respeto a fin de recobrar la amistad de Dios volviéndonos disponibles a su gracia. Cada uno de nuestros actos visibles da testimonio de nuestra fe. No existen acciones nuestras que pertenezcan al ámbito espiritual en las que Dios tenga tutela y otras en las que deba permanecer alejado. Nuestra actitud respecto a nuestro cuerpo es una manera de expresar nuestro pensamiento. Quien se descuida o se preocupa demasiado de su apariencia deforma la imagen de la creación que Dios puso en él, apegándose excesivamente a la superficialidad, por nuestro solo provecho, frecuentemente además perdiendo la interioridad en su vida. Tal es el caso de la seducción o de la agresividad vestimentaria. Nuestro cuerpo es un instrumento que debe permitirnos realizar grandes cosas. Por eso hay que respetarlo y ser delicado con él, pues nuestra alma necesita una imagen que la valorice, y no algo que la oculte o la deforme.

Nuestro Dios no es severo ni cruel. El se encarnó, vivió nuestra condición y murió en la ignominia de la cruz para rescatarnos. Es la prueba evidente de su amor sin límite por nosotros. Desviar la voluntad en un pobre sistema de seducción, ¿no es acaso correr el riesgo de alejarse de un amor tan tierno y misericordioso? Tal vez nunca lo habías pensado antes, o habías confundido indulgencia con complacencia.

¿Piensas que con ir a misa, rezar un poco, o respetar ciertas reglas morales exigentes es más que suficiente? Entiendo que el mundo es fascinante, brillante, tentador, como lo es el mal, puede brillar más que el bien, que no brilla tanto pero que es fiel a sus promesas que son de otro orden, verdadero y fecundo. Seguir el espíritu del mundo en cuestión de moda y después en cuestión de relaciones peligrosas, quien sabe, nuestra naturaleza es tan frágil, es realmente correr un gran riesgo a nivel espiritual. Dios que es siempre fiel te dice sin cesar «te amo como tú eres, hija mía», pero el joven guapo que te mira, seducido o atraído, despierta tu vanidad y tus emociones y puede hacerte perder la cabeza. Por lo tanto, en este campo también tienes que elegir, y las actitudes provocantes son una elección inconsciente. Te preciso que si doy la impresión de culpabilizar a las mujeres más que a los hombres, es porque Dios les ha confiado educar a los hombres y que, aunque el pecado original las ha reducido a un objeto de seducción, siguen teniendo como vocación ser nuestras educadoras.

Recibe esta carta como homenaje a tu vocación.

Al despertar tomo el arma de la oración para inspirar respeto y discreción. Mi vida espiritual me ha enseñado que la vida interior vale más que todo, pacifica los sentimientos y las pasiones, da sentido a la delicadeza y dispone más a Dios y a los demás, alejándolos de los obstáculos de nuestra naturaleza y de nuestra voluntad. La delicadeza para con los otros es uno de los signos del alma pacificada con la oración. Comienza de esta manera o más bien continúa, vuelve sin cesar a la oración que permite que Dios actúe en ti y te hace disponible a su amor. Deja a un lado las influencias, las tentaciones, la apariencia, y ve a lo esencial. Ahí encontrarás a Dios y tu verdadero valor. Al descubrir que eres amable y amada por lo que tú eres y como tú eres realmente, te influirá menos la seducción de aquellas personas que no se sienten a gusto en la vida. Dejarás de ser superficial cuando vuelvas a tomar el camino de la vida interior. Te deseo que tomes este camino maravilloso hacia la verdadera belleza del alma de la mujer. Belleza que necesitamos los hombres para avanzar y crecer juntos.

Carta a un fumador de marihuana

Me dirijo a ti porque yo desperdicié mi adolescencia fumando marihuana. En aquella época nadie pudo disuadirme de dejar de fumar. Fue difícil dejarlo, y conservo un recuerdo doloroso de ello: en aquella época una chica me contagió el sida. ¿Cómo ayudar a los que se drogan o a los que se sienten tentados para que no lo hagan?. Yo doy mi testimonio delante de jóvenes en las escuelas o en otros lados para hacerlos reflexionar sobre el tema. Me impresiona mucho su atención y su receptividad, incluso se muestran agradecidos. Saben que digo la verdad, aún los que se drogan. El hashish no resuelve nada, peor aún, impide que el fumador construya su vida. A tu alrededor ¿cuántos se fuman un porro? Los hay que se identifican con eso, se sienten valorizados por los otros fumadores, otros, que esperan impacientemente su legalización. ¡Cómo culpabilizarlos si también son víctimas como tú y yo! Sin embargo, ¿crees tú que anestesiados por la influencia de la droga, se pueda establecer una conversación apropiada sobre ella?

¿Porqué dejar de fumar el cannabis? Porque nos hace totalmente dependientes; porque la droga aniquila nuestras facultades; porque nuestra existencia se vuelve virtual. Nos volvemos incapaces de asumir cualquier responsabilidad o de tomar decisiones libres. En resumen, ¡es una pérdida de tiempo y de energía!¿Cuántos fumadores habituales de cannabis se han hecho esclavos de él? Es difícil reconocerlo, ya lo sé. Tomar conciencia de ello puede darnos miedo, o podemos perder nuestra autoestima. Pero también puede hacernos reaccionar. Es lo que yo espero. Para poder lograr un proyecto escolar, personal o de cualquier otro tipo, es necesario elegir la libertad en lugar de la droga. ¡Debemos actuar! y para actuar hay que ser consciente y conocerse a sí mismo. El porro hace aún más difícil el esfuerzo, desanima y favorece la depresión. No dejes que la marihuana te gobierne. Yo, un día decidí dejarla para retomar las riendas de mi destino. Desde entonces ya no tengo miedo de vivir y soy libre.

Si nos abstenemos del cannabis, podemos tomar decisiones libres, y acercarnos a los demás. Necesitas de los demás y ellos de ti para construir mutuamente un porvenir. Tus compañeros de la droga no pueden hacer nada por ti en este momento, porque de por sí no pueden con ellos mismos. ¿cómo poder amar a los demás o amarse a sí mismo cuando uno solo se soporta estando drogado? La realidad del drogadicto es la huida y una gran soledad. La vida se aleja, se vuelve angustia, solo la olvidamos consumiendo nuestra droga. ¡Qué desperdicio de tantas vidas de jóvenes llenas de promesas!

¿Eso era lo que buscabas? ¿qué vas a encontrar en el placer fácil, huyendo de las dificultades? La felicidad es una realidad frágil que implica un esfuerzo continuo. Una vida digna de su nombre se basa en el amor que le da su sentido y en la verdad que orienta nuestras decisiones. Por supuesto que no consiste en huir. Sin embargo, no te culpo. Fuiste engañado por esta bella ilusión como yo. Ganarás confianza en ti mismo en este combate por la vida. Para recobrar tu dignidad donde libertad y responsabilidad caminan juntas. ¡Abandona la angustia de vivir escondido en la marihuana!

Al dar uno lo mejor de sí, se corren riesgos. Pero date la oportunidad de descubrir la verdadera vida. Si huyes de la realidad, vas directo hacia el suicidio espiritual y humano. Renuncia a todo lo que te encadena; no te prometo nada, pero abre los ojos y descubrirás la belleza de la vida y lo mucho que vales. A pesar de las dificultades, la alegría de dar y recibir de los demás. Esta alegría y esta paz, ninguna ilusión la puede dar. No tengas miedo, levanta tu mirada y camina hacia tu porvenir. Aprende a ver a la gente que te rodea como compañeros y no como agresores o enemigos.

El sol sale todas las mañanas para ti también. La vida es realmente bella, aprende a descubrirla y a amarla. Ella te tiende los brazos, puedes estar seguro.

Así es que, éxito en el camino. ¡Te estamos esperando!

Sor Tripi: 25 años hablando de Dios a los peores criminales

Sor María Luz lleva 25 años dedicándose a la pastoral penitenciaria y no tiene ninguna intención de abandonar su tarea. Cada mañana se levanta a las cinco y media para tener un rato de oración y coger fuerzas -«porque yo sola no puedo hacer nada»- antes de entrar al patio de una cárcel y hablar del amor de Dios a violadores, toxicómanos, criminales y atracadores. Se llama María Luz, pero los presos la conocen como «sor Tripi», porque, dicen, sus palabras les ponen más eufóricos que cualquier droga.
- ¿Qué es lo que más le gusta de esta tarea?
- Dedicarme a ellos, que tienen vidas tan rotas, que nunca han recibido amor de nadie. Es maravilloso poder darles el amor de Dios que recibo cada día en la oración, decirles, aunque sean criminales, «Tú corazón es bueno y está hecho a imagen y semejanza de Dios. Esas heridas que tienes sólo Cristo las puede curar. Tú eres importante y especial para Dios. Él te ama tanto que sólo quiere que seas feliz. Aunque tú hayas andado a tu rollo, Él viene a rehacer tu vida».
- ¿Y cómo reaccionan los presos?
- Muchos se ponen a llorar al ver que Dios les ama realmente. Una vez, en la cárcel de Carabanchel me querían prohibir ver a un preso porque era muy peligroso. Al final conseguí hablar con él y se dio cuenta de que era hijo de Dios. Empezamos a hablar y le dije la verdad: «Dios te ama mucho. Eres capaz de rehacer tu vida si te apoyas en Él». Se puso a llorar y a contarme cosas de su vida y, sobre todo, empezamos a orar. Siempre llevo la Biblia y les hablo desde la Palabra para tratar de su vida. Cuando un criminal dice: «Cristo, te adoro como Dios y Señor; creo que Tú has venido a salvarme, estoy dispuesto a abandonar el pecado», es capaz de cambiar de vida. Me preguntan: «¿Eso es verdad?, ¿Dios me quiere?, ¿A mí?». Y se sienten felices al ver el amor gratuito de Dios.
- Debe ser una tarea muy dura, ¿de dónde saca las fuerzas?
- Los presos me dan mucho más de lo que puedo darles yo. Dios se identifica con ellos. No quiere que estén ahí, pero no los deja sólos. Jesucristo sufrió en la cruz de una forma desgarradora y terrible, pero eso no es nada comparado con lo que sufre por los hijos que pasan de él. Yo no puedo dejar de ir a verlos. Es más fuerte que una droga. Te quieren por la alegría que les das en ese infierno terrible que son los patios. Si veo a uno llorar, le doy un abrazo. Y le digo: «¿Sabes lo que te ama Dios, que a mí me da fuerzas, aunque soy mayor, para venir a verte y decirte que te quiere?».
- Escuchar a presos debe ser duro…
- A veces sí, porque cuentan cada historia… Hay padres que los han violado, prostituido, explotado, pegado… ¡Cómo no voy a ir, si me dicen «si hubiese conocido a Cristo antes, yo no estaría aquí»!
- ¿Ha visto muchas conversiones?
- ¡Sí! Dios se manifiesta a través de ellos. Cristo está en ellos, a mí me enseñan, me evangelizan. Algunos cambian. Pasan de ser agresivos a ir con la Biblia y el rosario por el patio. Y dicen entre sí: «Tío, Jesucristo ha cambiado mi vida totalmente; su poder es increíble». Y eso que los patios son un infierno. Voy a la cárcel porque veo la alegría que a través de mí da el Señor a mis hermanos.
- ¿Se siente alguna vez impotente?
- Muchísimo. Él ha venido a salvarnos y hay tantas veces que no soy capaz de transmitirlo. Me da paz saber que todo está en sus manos. Yo no hago nada, es Cristo quien lo hace.
- ¿Cómo le gustaría terminar esta entrevista?
- Con una bendición a los lectores, para que lean buenas noticias y vean la presencia de Dios en el mundo.

Entrevista de José Antonio Méndez en La Razón, 10.III.06

Beverly McMillan: Del negocio del aborto a la defensa de la vida

La historia de Beverly McMillan es la historia del regreso a la fe desde una visión de la vida y la ciencia absolutamente agnósticas. Nació en el seno de una familia católica tradicional pero, cuando comenzó a estudiar Medicina, abandonó la Iglesia: «Pensaba que Dios era irrelevante para la Ciencia». Durante años, a Beverly le iba «muy bien» sin la fe. Cuando se licenció, acudió a la Clínica Mayo para especializarse en Obstetricia y Ginecología: «No sólo me sentía útil», reconoce McMillan, «sino que me consideraba una persona buena. Así que, ¿quién necesitaba a Dios o a esa arcaica Iglesia?». Como médico residente, le enviaron seis semanas al ala de Obstetricia del Hospital de Cook County en Chicago. Sorprendida, Beverly se encontraba cada noche con más de veinte mujeres que acudían allí: eran «clientes» de los centros de abortos clandestinos de Chicago. «Llegaban sangrando, con fiebre alta y presentaban úteros ensanchados», recuerda. McMillan y el médico interno tenían que llevar a cabo otra operación de dilatación y curetaje para poder extraer los restos infectados del feto que la clínica ilegal había dejado en el interior del útero.
Después de cientos de casos similares, la ginecóloga, desde su agnosticismo ferviente, concluyó que la legalización del aborto era la solución: «Yo quería que la profesión médica empezara a ofrecer procedimientos seguros a las mujeres que los necesitaran». Así que, cuando en 1973 el Tribunal Supremo legalizó el aborto en EE UU, McMillan se hizo con una máquina de succión y se ofreció a practicar supresiones del embarazo en el primer trimestre. Dos años después, casada y con tres hijos, puso en marcha una clínica abortista en Jackson, la primera además en todo el estado de Mississippi.

Su vida privada iba bien, y el trabajo en la clínica era abundante. Pero, a pesar de sus éxitos, Beverly se vio sorprendida cuando se planteó el suicidio: «No sabía qué era lo que no funcionaba en mi vida. Tenía un buen coche, una gran casa, tres hijos saludables, toda la ropa que podía desear. Había conseguido todo lo que quería», explica Beverly. Pero una parte de sí misma le decía que algo no iba bien. «Basura» religiosa. Acudió a una librería «secular», donde compró un libro titulado «El poder del pensamiento positivo». Al final del primer capítulo, el autor presentaba un decálogo de diez puntos para conseguir una actitud positiva. El séptimo punto revolvió sus esquemas: «Yo lo puedo todo en Cristo porque Él me conforta». Fue entonces cuando Beverly cerró el libro: «No me gustaba esa “basura” religiosa», reconoce.

Pero días después, de camino al trabajo, se sorprendió recitándo el séptimo punto. Y de repente, Beverly comprendió que no estaba sola. Repitió aquella frase cientos de veces aquel día. Y por fin, todo comenzó a cambiar. Su trabajo en la clínica, tiempo antes sencillo y gratificante, comenzó a ser difícil y doloroso: «No entendía por qué. ¡No había leído nada en la Biblia referente a no practicar abortos! Lo que pasaba es que el Espíritu Santo estaba comenzando a trabajar en mí», reconoce Sally. Se le hacía cada vez más duro tener que reconocer en los restos de abortos las extremidades, el cráneo o la columna vertebral. «Me decía a mí misma: “¿Qué estás haciendo? ¡Esto es un cuerpo humano!”».

Beverly empezó a asistir a misa y, en 1978, se bautizó y abandonó la clínica abortista. En 1989, la ginecóloga fue invitada al II Encuentro de Ex Abortistas celebrado en el hotel Marriot O”Hare de Chicago, donde relató este testimonio. A partir de ese momento, su conocimiento médico sobre fetología comenzó a ser esclarecido con las Escrituras: «Fue entonces cuando comencé a compartir mi historia, mi paso del negocio del aborto a la defensa de la vida».

Tomado de La Razón 12/01/06

San Francisco Javier: El gran apóstol de Oriente

Francisco nació en 1506, en el castillo de Javier en Navarra, cerca de Pamplona, España. Era el benjamín de la familia. A los dieciocho años fue a estudiar a la Universidad de París, en el colegio de Santa Bárbara, donde en 1528, obtuvo el grado de licenciado. Dios estaba preparando grandes cosas, por lo que dispuso que Francisco Javier tuviese como compañero de la pensión a Pedro Fabro, que sería como él jesuita y luego beato, también providencialmente conoció a un extraño estudiante llamado Ignacio de Loyola, ya bastante mayor que sus compañeros. Al principio Francisco rehusó la influencia de Ignacio el cual le repetía la frase de Jesucristo: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?». Este pensamiento al principio le parecía fastidioso y contrario a sus aspiraciones, pero poco a poco fue calando y retando su orgullo y vanidad. Por fin san Ignacio logró que Francisco se apartara un tiempo para hacer un retiro especial que el mismo Ignacio había desarrollado basado en su propia lucha por la santidad. Se trata de los «Ejercicios Espirituales». Francisco fue guiado por Ignacio en aquellos días de profundo combate espiritual y quedó profundamente transformado por la gracia de Dios. Comprendió las palabras que Ignacio: «Un corazón tan grande y un alma tan noble no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria que dura eternamente».

Llegó a ser uno de los siete primeros seguidores de San Ignacio, fundador de los jesuitas, consagrándose al servicio de Dios en Montmatre, en 1534. Hicieron voto de absoluta pobreza, y resolvieron ir a Tierra Santa para comenzar desde allí su obra misionera, poniéndose en todo caso a la total dependencia del Papa. Junto con ellos recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, tres años más tarde, y con ellos compartió las vicisitudes de la naciente Compañía. Abandonado el proyecto de Tierra Santa, emprendieron camino hacia Roma, en donde Francisco colaboró con Ignacio en la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús.

A las misiones

En 1540, San Ignacio envió a Francisco de Javier y a Simón Rodríguez a la India en la primera expedición misional de la Compañía de Jesús. Para embarcarse, Javier llegó a Lisboa hacia fines de junio. Inmediatamente, fue a reunirse con el padre Rodríguez, quien se ocupaba de asistir a los enfermos en el hospital donde vivía. Javier se hospedó también ahí y ambos solían salir a catequizar en la ciudad. Pasaban los domingos oyendo confesiones en la corte, pues el rey Juan III los tenía en gran estima. Esa fue la razón por la que el P. Rodríguez tuvo que quedarse en Lisboa. También San Francisco Javier se vio obligado a permanecer ahí ocho meses y, fue por entonces cuando escribió a San Ignacio: «El rey no está todavía decidido a enviarnos a la India, porque piensa que aquí podremos servir al Señor tan eficazmente como allí». Pero Dios tenía otros planes y Francisco Javier partió hacia las misiones el 7 de abril de 1541, cuando tenía 35 años, el rey le entregó un breve por el que el Papa le nombraba nuncio apostólico en el oriente. El monarca no pudo conseguir que aceptase más que un poco de ropa y algunos libros. Tampoco quiso Javier llevar consigo a ningún criado, alegando que «la mejor manera de alcanzar la verdadera dignidad es lavar los propios vestidos sin que nadie lo sepa». Con él partieron a la India el P. Pablo de Camerino, que era italiano, y Francisco Mansilhas, un portugués que aún no había recibido las órdenes sagradas. En una afectuosa carta de despedida que el santo escribió a San Ignacio, le decía a propósito de este último, que poseía «un bagaje de celo, virtud y sencillez, más que de ciencia extraordinaria».

Otros cuatro navíos completaban la flota. En el barco viajaba el gobernador de la India, Don Martín Alfonso Sousa y, además de la tripulación, había pasajeros, soldados, esclavos y convictos. Entre la tripulación y entre los pasajeros había gente de toda clase y Javier tuvo que mediar en reyertas, combatir la blasfemia, el juego y otros desórdenes. Los domingos predicaba al pie del palo mayor. Convirtió su camarote en enfermería y se dedicó a cuidar a todos los enfermos, a pesar de que, al principio del viaje, los mareos le hicieron sufrir mucho a él también. Pronto se desató a bordo una epidemia de escorbuto y sólo los misioneros se encargaban del cuidado de los enfermos. La expedición navegó meses para alcanzar el Cabo de Buena Esperanza en el extremo sur del continente africano y llegar a Mozambique, donde se detuvo durante el invierno; después siguió por la costa este de África oriental y se detuvo en Malindi y en Socotra. Por fin, la expedición llegó a Goa, el 6 de mayo de 1542.

La pérdida de la fe entre los cristianos de las colonias
Goa era colonia portuguesa desde 1510. Había ahí un número considerable de cristianos, con obispo, clero y varias iglesias. Pero muchos portugueses se habían dejado arrastrar por la ambición y los vicios, y muchos abandonaban la fe. Los sacramentos habían caído en desuso; se usaba el rosario para contar el número de azotes que mandaban dar a sus esclavos. La escandalosa conducta de los cristianos alejaba de la fe a los indígenas. Esto fue un reto para San Francisco Javier. El misionero comenzó por instruir a los portugueses en los principios de la religión y a formar a los jóvenes en la práctica de la virtud. Después de pasar la mañana en asistir y consolar a los enfermos y a los presos, en hospitales y prisiones miserables, recorría las calles tocando una campanita para llamar a los niños y a los esclavos al catecismo. Estos acudían en gran cantidad y el santo les enseñaba el Credo, las oraciones y la practica de la vida cristiana. Todos los domingos celebraba la misa a los leprosos, predicaba a los cristianos y a los hindúes y visitaba las casas. Su amabilidad y su caridad con el prójimo le ganaron muchas almas. Uno de los pecados más comunes era el concubinato de los portugueses con las mujeres del país. Javier predicó la moralidad cristiana, demostrando que no contradecía ni al sentido común, ni a los instintos verdaderamente humanos. Para instruir a los pequeños y a los ignorantes, el santo solía adaptar las verdades del cristianismo a la música popular, un método que tuvo tal éxito que, poco después, toda Goa cantaban las canciones que él había compuesto.

Misionero con los paravas

Cinco meses más tarde, se enteró Javier de que en las costas de la Pesquería, que se extienden frente a Ceilán desde el Cabo de Comorín hasta la isla de Manar, habitaba la tribu de los paravas. Estos habían aceptado el bautismo para obtener la protección de los portugueses contra los árabes y otros enemigos; pero, por falta de instrucción, conservaban aún las supersticiones del paganismo. Javier partió en auxilio de esa tribu que «sólo sabía que era cristiana y nada más». El santo hizo trece veces aquel viaje peligroso, bajo el calor del sur de Asia. A pesar de la dificultad, aprendió el idioma nativo y se dedicó a instruir y confirmar a los ya bautizados. Los paravas, que hasta entonces no conocían siquiera el nombre de Cristo, recibieron el bautismo en grandes multitudes. A este propósito, Javier informaba a sus hermanos de Europa que a veces tenía los brazos tan fatigados por administrar el bautismo, que apenas podía moverlos. Los generosos paravas, que eran de casta baja, dieron a Javier una acogida muy calurosa, en tanto que los brahamanes, de clase alta, recibieron al santo con gran frialdad, y su éxito con ellos fue tan reducido que, tras un año, sólo había logrado convertir a un brahamán.

Por su parte, Javier se adaptó plenamente al pueblo con el que vivía. Con los pobres comía arroz y dormía en el suelo de una choza. Javier regresó a Goa en busca de otros misioneros y volvió a la tierra de los paravas con dos sacerdotes y un catequista indígena y con Francisco Mansilhas a quienes dejó en diferentes puntos del país. El santo escribió a Mansilhas una serie de cartas que constituyen uno de los documentos más importantes para comprender el espíritu de Javier y conocer las dificultades con que se enfrentó.

El escándalo de los malos cristianos: espina en el corazón
Nada podía desanimar a Francisco. «Si no encuentro una barca- dijo en una ocasión- iré nadando». Al ver la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar comentó: «Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar». Deseaba contagiar a todos con su celo evangelizador. El sufrimiento de los nativos a manos de los paganos y los portugueses se convirtió en lo que él describía como «una espina que llevo constantemente en el corazón». En cierta ocasión, fue raptado un esclavo indio y el santo escribió: «¿Les gustaría a los portugueses que uno de los indios se llevase por la fuerza a un portugués al interior del país? Los indios tienen idénticos sentimientos que los portugueses». Poco tiempo después, San Francisco Javier extendió sus actividades a Travancore. Algunos autores han exagerado el éxito que tuvo ahí, pero es cierto que fue acogido con gran regocijo en todas las poblaciones y que bautizó a muchos habitantes. En seguida, escribió al P. Mansilhas que fuese a organizar la Iglesia entre los nuevos convertidos. En su tarea solía valerse el santo de los niños, a quienes divertía mucho repetir a otros lo que acababan de aprender de labios del misionero. Los badagas del norte cayeron sobre los cristianos de Comoín y Tuticorín, destrozaron las poblaciones, asesinaron a varios y se llevaron a otros muchos como esclavos. Ello entorpeció la obra misional del santo. Según se cuenta, en cierta ocasión, salió solo Javier al encuentro del enemigo, con el crucifijo en la mano, y le obligó a detenerse. Por otra parte, también los portugueses entorpecían la evangelización; así, el comandante de la región estaba en tratos secretos con los badagas. A pesar de ello, cuando el propio comandante tuvo que salir huyendo, perseguido por los badagas, San Francisco Javier escribió inmediatamente al P. Mansilhas: «Os suplico, por el amor de Dios, que vayáis a prestarle auxilio sin demora». De no haber sido por los esfuerzos infatigables del santo, los badagas hubieran exterminado a los paravas. Hay que decir, en honor de esa tribu, que su firmeza en la fe resistió a todos los embates.

El reyezuelo de Jaffna (Ceilán del norte), al enterarse de los progresos que había hecho el cristianismo en Manar, mandó asesinar ahí a 600 cristianos. El gobernador, Martín de Sousa, organizó una expedición punitiva que debía partir de Negatapam. San Francisco Javier se dirigió a ese sitio; pero la expedición no llegó a partir, de suerte que el santo decidió emprender una peregrinación, a pie, al santuario del Apóstol Santo Tomás en Milapur, donde había una reducida colonia portuguesa a la que podía prestar sus servicios. Se cuentan muchas maravillas de los viajes de San Francisco Javier. Además de la conversión de numerosos pecadores públicos europeos, a los que se ganaba con su exquisita cortesía, se le atribuyen también otros milagros.

Carta de protesta al rey

En 1545, el santo escribió una carta desde Cochín al rey de Portugal. En ella habla del peligro en que estaban los neófitos de volver al paganismo, «escandalizados y desalentados por las injusticias y vejaciones que les imponen los propios oficiales de Vuestra Majestad . . . Cuando nuestro Señor llame a Vuestra Majestad a juicio, oirá tal vez Vuestra Majestad las palabras airadas del Señor: “¿Por qué no castigaste a aquellos de tus súbitos sobre los que tenías autoridad y que me hicieron la guerra en la India?”». El santo habla muy elogiosamente del vicario general en las Indias, Don Miguel Vaz, y ruega al rey que le envíe nuevamente con plenos poderes, una vez que éste haya rendido su informe en Lisboa. «Como espero morir en estas partes de la tierra y no volveré a ver a Vuestra Majestad en este mundo, ruégole que me ayude con sus oraciones para que nos encontremos en el otro, ciertamente estaremos más descansados que en éste». San Francisco Javier repite sus alabanzas sobre el vicario general en una carta al P. Simón Rodríguez, en donde habla todavía con mayor franqueza acerca de los europeos: «No titubean en hacer el mal, porque piensan que no puede ser malo lo que se hace sin dificultad y para su beneficio. Estoy aterrado ante el número de inflexiones nuevas que se dan aquí a la conjugación del verbo “robar”».

Malaca

En la primavera de 1545, San Francisco Javier partió para Malaca, donde pasó cuatro meses. Malaca era entonces una ciudad grande y próspera. Albuquerque la había conquistado para la corona portuguesa en 1511 y desde entonces se había convertido en un centro de costumbres licenciosas. El santo fue acogido en la ciudad con gran reverencia y cordialidad, y tuvo cierto éxito en sus esfuerzos de reforma. En los dieciocho meses siguientes, es difícil seguirle los pasos. Fue una época muy activa y particularmente interesante, pues la pasó en un mundo en gran parte desconocido, visitando ciertas islas a las que él da el nombre genérico de Molucas y que es difícil identificar con exactitud. Sabemos que predicó y ejerció el ministerio sacerdotal en Amboina, Ternate, Gilolo y otros sitios, en algunos de los cuales había colonia de mercaderes portugueses. Aunque sufrió mucho en aquella misión, escribió a San Ignacio: «Los peligros a los que me encuentro expuesto y los trabajos que emprendo por Dios, son primavera de gozo espiritual. Estas islas son el sitio del mundo en que el hombre puede más fácilmente perder la vista de tanto llorar; pero se trata de lágrimas de alegría. No recuerdo haber gustado jamás tantas delicias interiores y los consuelos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de los obstáculos que me oponen los enemigos declarados y los amigos aparentes». De vuelta a Malaca, el santo pasó ahí otros cuatro meses predicando, y entonces oyó hablar del Japón a unos mercaderes portugueses y conoció a Anjiro, un fugitivo de Japón. Javier desembarcó nuevamente en la India, en 1548. Pasó los siguientes quince meses viajando sin descanso entre Goa, Ceilán y Cabo de Comorín, para consolidar su obra (sobre todo el «Colegio Internacional de San Pablo» en Goa) y preparar su partida al Japón, en el que hasta entonces no había penetrado ningún europeo.

Japón

En abril de 1549, partió de la India, acompañado por otro sacerdote de la Compañía de Jesús y un hermano coadjutor, por Anjiro (que tomó el nombre de Pablo) y por dos japoneses que se habían convertido al cristianismo. El día de la fiesta de la Asunción desembarcaron en Kagoshima, Japón. San Francisco Javier se dedicó a aprender el japonés y logró traducir una exposición muy sencilla de la doctrina cristiana que repetía a cuantos se mostraban dispuestos a escucharle. Al cabo de un año de trabajo, había logrado unas cien conversiones. Ello provocó las sospechas de las autoridades, las cuales le prohibieron que siguiese predicando. Entonces, el santo decidió trasladarse a otro sitio con sus compañeros, dejando a Pablo al cuidado de los neófitos. Antes de partir de Kagashima, fue a visitar la fortaleza de Ichku; ahí convirtió a la esposa del jefe de la fortaleza, al criado de ésta, a algunas personas más. Diez años más tarde, Luis de Almeida, médico y hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, encontró en pleno fervor a esa cristiandad aislada.

San Francisco Javier se trasladó a Hirado, al norte de Nagasaki. El gobernador de la ciudad acogió bien a los misioneros, y en unas cuantas semanas pudieron hacer más de lo que había hecho en Kagoshima en un año. El santo dejó esa cristiandad a cargo del P. Torres y partió con el hermano Fernández y un japonés a Yamaguchi, en Honshu. Ahí predicó en las calles y delante del gobernador; pero no tuvo ningún éxito y las gentes de la región se burlaron de él.

Javier quería ir a Miyako (Kioto), que era entonces la principal ciudad de Japón. Después de un mes en Yamaguchi, donde apenas cosechó algo más que afrentas, prosiguió el viaje con sus dos compañeros. Era diciembre y las lluvias, la nieve y los abruptos caminos hicieron el viaje muy penoso. En febrero llegaron a Miyako. Ahí se enteró el santo de que para tener una entrevista con el gobernador necesitaba pagar una suma mucho mayor a la que poseía. Por otra parte, como una guerra civil hacía estragos en la ciudad, Javier comprendió que, por el momento, no podía hacer ningún bien ahí, y volvió a Yamaguchi quince días después. Viendo que la pobreza de su persona se convertía en un obstáculo para llegar al gobernador, se vistió con gran pompa y fue al gobernador escoltado por sus compañeros, con toda la regalía de su título de embajador de Portugal. Le entregó las cartas que le habían dado para el caso las autoridades de la India y le regaló una caja de música, un reloj y unos anteojos, entre otras cosas. El gobernador quedó encantado con esos regalos, dio al santo permiso de predicar y le cedió un antiguo templo budista para que se alojase mientras estuviese ahí. Habiendo obtenido así la protección oficial, San Francisco Javier predicó con gran éxito y bautizó a muchas personas.

Habiéndose enterado de que un navío portugués había atracado en Funai, el santo partió para allá y resolvió partir en ese barco a visitar sus comunidades cristianas en la India antes de hacer el deseado viaje a China. Los cristianos del Japón, que eran ya unos 2.000 quedaron al cuidado del P. Cosme de Torres y del hermano Fernández. A pesar de las dificultades que sufrió, Javier opinaba que «no hay entre los infieles ningún pueblo más bien dotado que el japonés».

Regreso a la India y expedición a la China

La cristiandad había prosperado en la India durante la ausencia de Javier; pero también se habían multiplicado las dificultades y los abusos, tanto entre los misioneros como entre las autoridades portuguesas, y todo ello necesitaba urgentemente la atención del santo. Javier emprendió la tarea con tanta caridad como firmeza. El 25 de abril de 1552 se embarcó nuevamente, llevando por compañeros a un sacerdote y un estudiante jesuitas, un criado indio y un joven chino. En Malaca, el santo fue recibido por Diego Pereira, a quien el virrey de la India había nombrado embajador ante la corte de China. San Francisco tuvo que hablar en Malaca sobre dicha embajada con Don Alvaro de Ataide, hijo de Vasco de Gama, que era el jefe en la marina de la región. Como Alvaro de Ataide era enemigo personal de Diego Pereira, se negó a dejar partir a Pereira y a Javier, tanto en calidad de embajador como de comerciante. Ataide no se dejó convencer por los argumentos de Javier, ni siquiera cuando éste le mostró el breve por el que había sido nombrado nuncio apostólico. Por el hecho de oponer obstáculos a un nuncio pontificio, Ataide incurría en excomunión y finalmente Ataide permitió que Javier partiese a China. El santo envió al Japón al sacerdote jesuita y sólo conservó a su lado al joven chino, que se llamaba Antonio. Con su ayuda, esperaba poder introducirse furtivamente en China, que hasta entonces había sido inaccesible a los extranjeros. A fines de agosto de 1552, la expedición llegó a la isla desierta de Sancián (Shang-Chawan) que dista unos 20 kilómetros de la costa y está situada 100 kilómetros al sur de Hong Kong.

Muerte a las puertas de China

Francisco Javier escribió desde ahí varias cartas. Una de ellas iba dirigida a Pereira, a quien el santo decía: «Si hay alguien que merezca que Dios le premie en esta empresa, sois vos. Y a vos se deberá su éxito». En seguida, describía las medidas que había tomado: con mucha dificultad y pagando generosamente, había conseguido que un mercader chino se comprometiese a desembarcarle de noche en Cantón. En tanto que llegaba la ocasión, Javier cayó enfermo. Como sólo quedaba uno de los navíos portugueses, el santo se encontró en la miseria. En su última carta escribió: «Hace mucho tiempo que no tenía tan pocas ganas de vivir como ahora». El mercader chino no volvió a presentarse. El 21 de noviembre, el santo se vio atacado por una fiebre y se refugió en el navío. Pero el movimiento del mar le hizo daño, de suerte que al día siguiente pidió que le trasportasen de nuevo a tierra. En el navío predominaban los hombres de Don Alvaro de Ataide, los cuales, temiendo ofender a éste, dejaron a Javier en la playa, expuesto al terrible viento del norte. Un compasivo comerciante portugués le condujo a su cabaña, tan maltrecha, que el viento se colaba por las rendijas. Ahí estuvo Francisco Javier, consumido por la fiebre. Sus amigos le hicieron algunas sangrías, sin éxito alguno. Entre los espasmos del delirio, el santo oraba constantemente. Poco a poco, se fue debilitando. El sábado 3 de diciembre, según escribió Antonio, «viendo que estaba moribundo, le puse en la mano un cirio encendido. Poco después, entregó el alma a su creador y Señor con gran paz y reposo, pronunciando el nombre de Jesús». San Francisco Javier tenía entonces cuarenta y seis años y había pasado once en el oriente. Fue sepultado el domingo por la tarde. Al entierro asistieron Antonio, un portugués y dos esclavos.

El cuerpo se conserva incorrupto. Uno de los tripulantes del navío había aconsejado que se llenase de barro el féretro para poder trasladar más tarde los restos. Diez semanas después, se procedió a abrir la tumba. Al quitar el barro del rostro, los presentes descubrieron que se conservaba perfectamente fresco y que no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto y sólo olía a barro. El cuerpo fue trasladado a Malaca, donde todos salieron a recibirlo con gran gozo, excepto Don Alvaro de Ataide. Al fin del año, fue trasladado a Goa, donde los médicos comprobaron que se hallaba incorrupto. Ahí reposa todavía, en la iglesia del Buen Jesús.

Francisco Javier fue canonizado en 1622, al mismo tiempo que Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Felipe Neri e Isidro el Labrador.

El Papa Pío X lo nombró patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe. Sir Walter Scott comentó: «El protestante más rígido y el filósofo más indiferente no pueden negar que supo reunir el valor y la paciencia de un mártir con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental y la habilidad del mejor negociador que haya ido nunca en embajada alguna».

Biografía distribuida por la arquidiócesis de Pamplona de san Francisco Javier, patrono mundial de las misiones. Tomado de Zenit, ZS05120412.

Una madre que abortó: Varias chicas han cambiado de idea al oír mi testimonio

Esperanza Puente, una de las protagonistas del libro ‘Yo aborté’, asegura que no tuvo libertad para decidir, y apuesta por “romper la ley del silencio” El libro “Yo aborté”, una recopilación de testimonios de mujeres que se han sometido a esta práctica y también de otras personas implicadas, se presentó este jueves por la tarde en el Hotel Husa Avenida Palace de Barcelona. Intervinieron en el acto Sara Martín García, periodista y autora del trabajo, Carmina García-Valdés, presidenta de la Asociación de Víctimas del Aborto (AVA), Luis Vericat, coordinador de Proyectos de HazteOir.org, y Esperanza Puente, portavoz de las víctimas del aborto y uno de los testimonios recogidos. Justo cuando el volumen acaba de ponerse a la venta, Esperanza Puente repasa para ForumLibertas.com algunas de las cuestiones que afectan a este drama orquestado por la cultura de la muerte. A sus 38 años, esta toledana entusiasta “sonríe a la vida”, como se dice en el libro, porque ha superado con ayudas y cariño humano el trauma del aborto al que se sometió hace más de diez años en Madrid.

-Esperanza, ¿qué explica el libro Yo aborté?

-El libro presenta, por primera vez en España, testimonios de mujeres que han abortado y para las cuales ese paso ha supuesto y supone un sufrimiento, como sucede de hecho con todas. Viene a demostrar que el síndrome post-aborto existe, tanto si se es consciente como si no, y que esto sucede en todas las mujeres más allá del credo, la raza o el estatus social en que se encuentra. En todas, el síndrome post-aborto es real. Puede manifestarse desde principio, justo tras abortar, hasta años después. También puede suceder que una mujer lo viva sin saber que el detonante de esa pesadilla o forma de vida es un aborto.

-Uno de los argumentos que utilizan los defensores del aborto es el de la “libertad de decidir”. ¿Puede demostrar usted, desde su testimonio, que los abortos que se practican hoy en España no responden a decisiones libres?

-Desde mi testimonio y como portavoz y colaboradora de las víctimas del aborto, puedo asegurar que no me sentí libre para decidir. A mí no me dieron ningún tipo de información y tampoco alternativas, que es lo mínimo que se pide desde la Asociación de Víctimas del Aborto (AVA). Ciertamente yo era mucho más joven que ahora, pero independientemente de las circunstancias que pueden rodearte, desde problemas psicológicos hasta económicos, no tuve las condiciones de libertad. En algunos casos, incluso, se sabe que hay mujeres que han sido obligadas a abortar. A la asociación, están llegando testimonios de chicas de 16, 18 y 20 años cuyos padres e incluso novios o parejas las llevan forzadas a abortar. También existen mujeres de más edad obligadas por los maridos a deshacerse del feto. Eso no es libertad, sobre todo porque todos son ejemplos sin información y sin alternativa.

-¿Existe demanda de esa información entre adolescentes y jóvenes que se quedan embarazadas?

-Sí. Y eso es un problema mayor. Las chicas entre 15 y 20 años, cuando se ven embarazadas por una relación esporádica o con su pareja pero sin desear la concepción de un hijo, van muchas veces a un centro de planificación familiar pidiendo información, pero no se les da nada y, sin ningún tipo de reflexión, se ven casi directamente en una clínica abortando.

-¿Esta falta de libertad puede ser denunciado? ¿Se ha emprendido alguna acción legal?

-Hay una ley del silencio desde que se aprobó la ley del aborto en España. No interesa hablar de esta normativa. Y desde la AVA, lo que se está intentando es romper esa ley del silencio y decir a gritos, a quien quiera escucharnos, que no se cumple la legalidad vigente, que es clara en lo que se refiere a lo que debe hacer una mujer o una chica cuando se encuentra en una situación de embarazo con los condicionantes despenalizadores que contempla el texto. En las clínicas abortistas, además, tampoco te dan ningún tipo de información. Hay un documento que se llama “consentimiento informado”, que es el que hay que firmar y en el cual, en principio, lo que viene son consecuencias físicas (no todas) pero no aparece ninguna consecuencia psicológica. Y eso es ilegal. Por otro lado, esos centros no dan ninguna información porque no les interesa. El aborto, en cualquier parte del mundo y en España también, es un negocio redondo.

-De hecho, la ley despenalizadora del aborto es restrictiva porque sólo afecta a casos de violación, malformación del feto y peligro para la salud física o psíquica de la madre. ¿Verdad que, si se aplicase con rigor, no se producirían los más de 70.000 abortos anuales que tenemos ahora?

-Evidentemente que no. Si tú explicas a una mujer, también las mayores de 29 años (cada vez son más las que abortan a partir de esa edad), lo que realmente es la intervención, muy probablemente se replantearía su decisión de abortar si es que ya la tiene tomada. Desde la industria abortista, siempre te cuentan que la intervención es sencilla, rápida y nada dolorosa. Enseguida te dicen que no te preocupes porque “el problema se acaba en cuanto pase la intervención”. No cabe mayor falsedad, porque precisamente el problema empieza cuando finaliza la intervención. En una operación de esta envergadura, no hay marcha atrás. Y eso la mujer lo siente precisamente cuando ya ha abortado.

-A partir de los casos que recoge el libro Yo aborté, ¿cuáles son los principales problemas psíquicos después del aborto?

-Por supuesto depresión, ansiedad, pesadillas, el recuerdo constante de la edad que podría tener tu hijo cuando ves a un niño, el autocastigo… Yo precisamente me autocastigaba, porque no quería ver bebés pero, cuando sabía que los tenía cerca, volvía la cabeza para verlos. Era una manera de decirme: “¡Mira lo que has hecho!”. Es algo inconsciente. De todas formas, cada caso es distinto en uno y otro sentido. Hay chicas que se han suicidado porque no han soportado el síndrome post-aborto.

-Cuéntenos lo que quiera de su testimonio personal. ¿Qué explica en el libro?

-En el libro, cuento la realidad que yo viví. No fui libre a la hora de tomar la decisión de abortar, porque tuve todavía mucha menos información que la que existe ahora. Nadie me dijo que existían ya entonces asociaciones pro vida que ayudaban a mujeres a tomar una decisión beneficiosa para ellas, como siguen haciéndolo ahora. En mi caso, no fue así. Me pasaron directamente el teléfono de la clínica y me dieron muy poco tiempo para decidir. Éste, por cierto, es otro de los grandes problemas. Mis circunstancias personales son muy concretas. Yo arrastraba un trauma anterior, ya que tuve un hijo a los 18 años. Ese embarazo y maternidad prematura me hizo vivir una pesadilla, un verdadero infierno por ser madre soltera en mi pueblo de la provincia de Toledo. Luego, en el momento de volver a quedarme embarazada, reviví todo aquello y los trágicos hechos se precipitaron. No tuve ningún tipo de ayuda y no sabía dónde buscarla. Estaba sola en Madrid con un hijo pequeño, muy asustada y sin saber dónde acudir. En la clínica abortista a la que fui, el psicólogo que debía atenderme prácticamente no me atendió. La entrevista duró 10 minutos escasos, y lo único que me dijo es que todo saldría muy bien, sin dolores, y que todo se acabaría.

-Vaya, que se lo pusieron muy fácil…

-Sí. Pero aun así, me sorprendió porque yo, que no conocía el funcionamiento del centro médico y no sabía que iba a hablar con un psicólogo, esperaba que este profesional me diese algún tipo de explicación: que me preguntase si era soltera o casada, si tenía algún problema, si era una cuestión económica… Seguramente no me esperaba que me propusiese no abortar, pero sí que hubiera un mínimo de interés.

-¿Le dijeron algo de la ley?

-Por supuesto. Y ése es el problema que engloba todo lo demás. Todas nos acogemos a la ley bajo el paraguas de la salud psíquica de la madre. Aunque no lo explico en el libro, ahora puedo decir que he pasado por las dos circunstancias, siempre sola: la de tener un hijo y la de no tenerlo. A pesar de las adversidades de la vida, para mí ha sido mucho más satisfactorio tenerlo, criarlo, perder sueño y pasar fatiga que el no haberlo tenido. Esto último, desde luego, lo que seguro que no me ha producido es libertad y prosperidad. En cambio, me ha dado más pesadillas todavía.

-¿Y usted ha superado todo esto?

-Nunca se supera totalmente pero, gracias a la fe, me siento mucho mejor y miro adelante. Pedí ayuda psiquiátrica privada (la Seguridad Social no te la proporciona), y lo hice porque llegó un momento en que me di cuenta de que había un problema serio y yo no podía con mi vida. Luego, una vez inmersa en ese proceso de algo más de un año, me puse en manos de Dios, que fue y sigue siendo mi gran ayuda para dar la cara. El gran problema de ahora es que, por mucha libertad y mucha modernidad que se dice que tenemos, vivimos instalados en la mentira. De estos temas no se habla. Una mujer que aborta no lo cuenta, y la mayor parte de los testimonios no quieren dar la cara porque sus familias y sus entornos no lo saben. Además, también existe mucho cinismo. Se habla alegremente del aborto como si fuera algo natural o normal, pero a la hora de la verdad, cuando aborta una amiga o te enteras de que la vecina ha pasado por ello, el juicio es radical. Y eso es precisamente lo que da más miedo al ser humano: ser juzgado.

-¿Cuántos años tiene ahora su hijo?

-18. Lo he pasado muy mal en muchos momentos, pero llevo 19 años con él, desde el embarazo hasta ahora, y puedo decir que estoy muy contenta, lo cual me ayuda a superar, aunque sea lentamente, la terrible experiencia posterior: la del aborto. Y aquí también mi fe mueve montañas. Uno de los grandes problemas con que se encuentra la mujer que aborta es que no se perdona a sí misma. No es un acto cualquiera porque, si las mujeres nos deshumanizamos, ¿por qué nos va a extrañar la violencia, por ejemplo, de nuestros hijos? Quiero decir, con esto, que el aborto es un acto violento que cometemos las mujeres desde nuestro propio cuerpo. Y eso te acaba deshumanizando también porque te lo ponen muy fácil. Por eso la juventud, que recibe constantemente mensajes en los que se sustituye la palabra aborto por anticoncepción, todavía lo ve más normal.

-¿La soledad es la gran culpable de lo que le pasó a usted?

-Sin duda. Yo estuve siempre sola, ya desde que pasé por la experiencia anterior de tener un hijo con 18 años. Luego, cuando aborté, el padre había desaparecido. Me faltaba afecto, y eso es decisivo porque anula cualquier posible alternativa que yo habría podido valorar frente a la posibilidad de deshacerse de un hijo concebido aunque no nacido.

-¿Cómo valora usted la edición de este libro Yo aborté?

-Es una buena muestra de lo que han vivido muchas mujeres y sus familias. Los testimonios son más o menos cortos. El libro, con una letra grande y asequible, es ameno y tiene el atractivo de la variedad de los casos. Entre las personas que comentan sus experiencias, también hay hombres que han pasado por el síndrome post-aborto. Esto ciertamente sucede porque muchos hombres también se han implicado en el aborto, bien porque han obligado a la novia o bien porque se ha enterado después. Y aquí se destapa otro de los problemas de la legislación actual: que se deja todo en manos de la mujer. No interesa extender esa responsabilidad al hombre y, además, nadie quiere reivindicarlo. También es verdad que, en la mayoría de los casos, el padre de una criatura concebida desaparece cuando la mujer decide seguir adelante con su embarazo. Los testimonios masculinos del libro, en cualquier caso, cuentan lo que ha supuesto para ellos el haber acompañado a su novia o su mujer a abortar e incluso el no haberse enterado a tiempo. También escriben prestigiosos psiquiatras, como Aquilino Polaino, y otros profesionales. Recomiendo leer los testimonios por separado.

-¿Se siente ahora más comprometida que nunca con la defensa de la vida?

-Sí, sobre todo porque, en marzo, estuve en la sede de la ONU, en Nueva York. Expliqué mi caso en lo que ha sido el primer testimonio de este tipo expuesto públicamente ante el organismo internacional. La experiencia de hablar ante gente de todo el mundo me ha ayudado a estar más convencida de que los argumentos de los defensores del aborto no tienen ninguna base. Se trata de dar la cara de una vez y reconocer que el problema del aborto no afecta sólo a las mujeres, sino a toda la sociedad. Si la solución es hacer que la mujer sufra más, estamos provocando un mal a la sociedad. Esto no es bien común y, por tanto, nunca puede ser positivo.

-¿Y cómo podemos acabar con esta lacra?

-Sobre todo con la educación. Es sorprendente que nuestros jóvenes no tengan ni idea ni de cómo defender el aborto ni de cómo no defenderlo. Hace unos meses, di una charla a unos jóvenes toledanos que tenían entre 18 y 21 años. Me sirvió para comprobar que no tienen criterio, lo cual les convierte en mucho más manipulables. Los medios de comunicación, por otro lado, no favorecen tampoco que esta situación cambie. El error está en que se considera el aborto una conquista social. No es así sencillamente porque hace daño y no es salud.

-¿Aumenta el número de personas que ha pasado a la causa pro vida después de abortar o realizar esa práctica?

-Sí, porque el aborto crea problemas para todo el mundo. Después del niño no nacido, la primera víctima es la mujer y, luego, todas las personas de su entorno. Ahí está el ejemplo del doctor Nathanson, la primera persona que creó una clínica abortista en el mundo y luego cambió cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Dejó la clínica y se fue a estudiar fetología, para ver con sus propios ojos todo lo que había hecho. Pero una de las razones por las que abandonó el negocio del aborto es que, sobre todo en las comidas o en las fiestas de empresas, las parejas de la gente que trabajaba con él le contaban las pesadillas y los problemas psicológicos que tenían sus subordinados. Es decir, que el drama afecta incluso al personal de los centros médicos donde se practican abortos. De hecho, a esos trabajadores, los cambian cada cierto tiempo porque es insoportable. Hay que contarlo todo, y lamentablemente no se hace.

-Seguro que usted ha pedido a mujeres embarazadas que no aborten…

-Sí. El primer domingo de febrero de este año, salí en el programa de TVE-2 Últimas preguntas, y allí expliqué mi testimonio. Después de aquella intervención, he sabido que, aunque tengo un hijo en el cielo, ya tengo al menos tres en el mundo. Tres chicas que tenían cita para abortar esa semana cambiaron de opinión tras escucharme. Esto es muy importante para mí. Es el mayor triunfo.

Tomado de http://www.forumlibertas.com/

Edith Zirer: Karol Wojtyla me salvó la vida en 1945

Edith Zirer, casada hoy y con 2 hijos, que vive en Haifa, en una colina del Monte Carmelo, quiso estar con el Papa (59 años después de lo ocurrido) en su histórico viaje a Tierra Santa para darle personalmente las gracias justamente en el Memorial del Holocausto Yad Vashem. Fue un día inolvidable para ella y para toda la población judía, así como una lección universal de humanidad.
Edith Zirer narra el episodio como si hubiera sucedido ayer. Era una fría mañana de primeros de febrero de 1945. La pequeña judía, que todavía no era consciente de ser el único miembro de su familia que sobrevivió a la masacre nazi, se dejó llevar en los brazos de un sacerdote de 25 años, alto, fuerte, que sin pedirle nada, simplemente le dio un rayo de esperanza.

Hoy aquel sacerdote, según ella, es el obispo de Roma. Edith quería agradecer finalmente aquel gesto. «Sólo un pequeño gracias en polaco por aquello que hizo, por la manera en que lo hizo, para decirle que nunca me olvidé de él», dice desde su hermosa casa ubicada en las colinas del Carmelo, en la periferia de Haifa.

Edith tiene 66 años y dos hijos. Reconstruyó su vida en Israel, donde llegó en 1951, cuando todavía padecía las lacras de la tuberculosis y los fantasmas de la guerra alteraban sus sueños.

Durante todo este tiempo se ha guardado esta historia. Cuando en 1978, Karol Wojtyla subió a la cátedra de Pedro, comenzó a sentir la necesidad de hablar, de contarlo a alguien, de mostrar su agradecimiento. La pregunta surge inmediatamente: pero, ¿cómo puede estar segura de que aquel sacerdote es el Papa? ¿Por qué ha esperado tanto?. Estos interrogantes se los han planteado también los periodistas de «Kolbo», el semanario de Haifa que hoy publica un artículo sobre este asunto. «El relato es convincente. No trata de hacerse publicidad, todos los detalles que ofrece parecen creíbles», dicen los redactores. Tan convincentes que la embajada israelí ante la Santa Sede ya está moviéndose para tratar de poner en contacto a la señora Zirer con la secretaría del Papa.

La narración habla por sí misma. «El 28 de enero de 1945 los soldados rusos liberaron el campo de concentración de Hassak, donde había estado encerrada durante casi tres años trabajando en una fábrica de municiones –explica Edith, quien entonces tenía trece años–. Me sentía confundida, estaba postrada por la enfermedad. Dos días después, llegé a una pequeña estación ferroviaria entre Czestochowa y Cracovia». Precisamente en Cracovia, Wojtyla acababa de ser ordenado sacerdote. «Estaba convencida de llegar al final de mi viaje. Me eché por tierra, en un rincón de una gran sala donde se reunían decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los uniformes con los números de los campos de concentración. Entonces Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida caliente que había podido probar en las últimas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro polaco, divino. Pero yo no quería comer, estaba demasiado cansada. El me obligó. Después me dijo que tenía que caminar para coger el tren. Lo intenté, pero me caí al suelo. Entonces, me tomó en sus brazos, y me llevó durante mucho tiempo. Mientras tanto la nieve seguía cayendo. Recuerdo su chaqueta marrón, la voz tranquila que me reveló la muerte de sus padres, de su hermano, la soledad en que se encontraba, y la necesidad de no dejarse llevar por el dolor y de combatir para vivir. Su nombre se grabó indeleblemente en mi memoria».

Cuando finalmente llegaron hasta el convoy destinado a llevar a los detenidos hacia Occidente, Edith se encontró con una familia judía que le puso en guardia: «Atenta, los curas tratan de convertir a los niños hebreos». Ella tuvo miedo y se escondió. «Sólo después comprendí que lo único que quería era ayudarme. Y quisiera decírselo personalmente».

Tomado de Zenit, 6.II.04

Kazimierz Majdanski: Un sacerdote superviviente al campo de concentración nazi de Dachau

Entrevista con monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien
La muerte del 20% de los 10.017 sacerdotes polacos que había al inicio de la segunda guerra mundial (incluidos cinco obispos) parece haber sido olvidada por muchos libros de historia, reconoce un obispo que sobrevivió a las torturas del campo de concentración de Dacha.

Monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien, fue arrestado por los nazis cuando era alumno del seminario de Wloclawek, el 7 de noviembre de 1939, junto a otros alumnos y profesores del seminario, y encerrado en el campo de concentración de Sachsenhausen, en un primer momento, y de Dachau, después.

En Dachau fue sometido a criminales experimentos pseudocientíficos. Tras la guerra, fue ordenado sacerdote en París. Sus superiores le enviaron después a continuar sus estudios en Friburgo (Suiza). Al regresar a Polonia, fue nombrado vicerrector del seminario, obispo auxiliar de Wroclawek y arzobispo de Stettino-Kamien.

Participó en las sesiones de trabajo del Concilio Vaticano II y en 1975 fundó el pionero Instituto de Estudios sobre la Familia en Lomianki.

Para recordar el testimonio de aquellos hombres, la Iglesia católica en Polonia celebró el 29 de abril la Jornada del martirio del clero polaco durante la segunda guerra mundial.

En esta entrevista concedida a Zenit, Vladimir Redzioch recoge el testimonio del arzobispo Majdanski.

–Excelencia, ¿por qué le arrestó la Gestapo justo al inicio de la guerra?

–Monseñor Majdanski: Fui arrestado, al igual que otros alumnos y profesores del seminario, porque llevaba sotana. Los alemanes que nos arrestaron no nos preguntaron nuestras señas (lo hicieron después, en la prisión). Se puede decir, por tanto, que fui arrestado como sacerdote católico.

–¿Cómo era la vida en el campo de concentración de Dachau?

–Monseñor Majdanski: En la entrada del campo, estaba escrito «Arbeit macht frei» («El trabajo hace libres»), pero en realidad el trabajo inhumano en el frío del invierno y en el calor del verano, con insuficientes razones de comida, con golpes y humillaciones, buscaba destruir al hombre.

Al final, cuando la persona ya no era capaz de trabajar, era conducida con los así llamados «transportes de los inválidos» en las cámaras de gas.

–Usted fue uno de los prisioneros que fueron sometidos a experimentos médicos.

–Monseñor Majdanski: Sí. En Dachau un tal profesor Schilling hacía pseudoexperimentos científicos. En pocas palabras, experimentaba con los prisioneros la reacción del hombre a las diferentes substancias que nos inyectaban.

Antes de ir a someterme a los experimentaos, había pedido a mi profesor del seminario que informara a mis padres de mi muerte y le dejé mi «tesoro», dos rebanadas de pan duro.

Si sobreviví, fue un auténtico milagro. Por desgracia, el padre Jozef Kocot, mi compañero de habitación, profesor de filosofía en el seminario, murió en silencio, sufriendo de manera inenarrable.

–¿Qué significaba para ustedes, sacerdotes, el campo de concentración?

–Monseñor Majdanski: Creíamos que habíamos vuelto a los tiempos de Nerón y Diocleciano, a los tiempos del odio por el cristianismo y por todo lo que representaba el cristianismo. El campo de concentración era la encarnación de la civilización de la muerte: no es casualidad que en los uniformes de los alemanes había calaveras.

Nuestros verdugos alemanes blasfemaban contra Dios, denigraban a la Iglesia y nos llamaban los «perros de Roma». Nos querían obligar a ultrajar la cruz y el rosario. Para ellos no éramos más que números que había que eliminar.

Nos quedaba la alianza con Dios, la oración recitada a escondidas, la confesión sin que nos vieran. Echábamos mucho de menos la Eucaristía. En esta «máquina de muerte», los sacerdotes eran llamados al sacrificio de la vida, a ser fieles hasta la muerte.

El padre Stefan Frelichowski y el padre Boleslaw Burian crearon una especie de alianza en la que sus miembros se comprometían a soportar de la manera más coherente con el Evangelio todas las humillaciones y sufrimientos del campo, y ha rendir cuentas de todo ello a la Virgen a las nueve de la noche.

El padre Frelichowski, cuando estalló la epidemia de tifus, se ofreció como voluntario para servir a los enfermos. Murió dando la vida por los demás, como san Maximiliano Kolbe (canonizado por el Papa).

–¿Vio morir a muchos compañeros?

–Monseñor Majdanski: Murieron la mitad de los sacerdotes polacos encerrados en Dachau. Vi cómo morían muchos sacerdotes de manera heroica. Fueron fieles a Cristo, quien había dicho a sus discípulos: «Seréis mis testigos». Morían como sacerdotes católicos y como patriotas polacos.

Algunos hubieran podido salvarse, pero ningún negoció pactos: en 1942, las autoridades del campo ofrecían a los sacerdotes polacos la posibilidad de un trato especial, a condición de que declararan su pertenencia a la nación alemana. Ninguno dio el paso adelante.

Cuando al padre Dominik Jedrzejewski le ofrecieron la libertad si renunciaba a sus funciones sacerdotales, serenamente respondió «no». Y murió.

El martirio del clero polaco durante el infierno nazi fue una página gloriosa de la historia de la Iglesia y de Polonia. Es una pena que se haya cubierto con un velo de silencio.

Zenit, ZS04050205

Beverly McMillan: Confesiones de una ginecóloga

A veces ser católico y tratar de estar a la altura de las enseñanzas morales de la Iglesia puede resultar un poco opresivo. Así es como me sentí cuando, en 1990, regresé a la Iglesia Católica. Había sido una larga ausencia para mi.
Beverly McMillan, M.D., Jackson. Mississippi.

Aunque había crecido en una familia católica tradicional de los años cincuenta (seis niños, escuela parroquial, misa todos los domingos), yo había dejado la Iglesia a los 19 años siendo estudiante de pre-medicina, pensando que Dios era irrelevante a la ciencia que estaba empezando a estudiar y a la generación de “ahora” de la que yo formaba parte. Por unos cuantos años parecía que todo me iba muy bien sin Él. Me gradué de la Facultad de Medicina en la Universidad de Tennesee en 1966, hice el internado en Menphis, y salí a la Clínica Mayo para especializarme en obstetricia y ginecología. No sólo me sentía útil, sino que me consideraba una persona buena y dedicada. ¿Quién necesitaba a Dios o a esa arcaica Iglesia Católica?

En 1969, como residente de segundo año, fui enviada para seis meses de prácticas al Hospital de Cook County en Chicago. Por seis semanas fui asignada al ala llamada el ala de “Obstetricia Infecta”. Con sorpresa, me encontré con que las 15 a 25 mujeres admitidas cada noche eran clientes recientes de las factorías de abortos clandestinas de Chicago. Llegaban a nuestra sala de emergencia sangrando, con fiebre alta, y, bajo examen físico, presentaban úteros ensanchados y temblorosos. Cada mañana el médico interno y yo teníamos que llevar a cabo otro procedimiento de dilatación y curetage (DAC) en ellas (dilatando el cérvix y el útero y luego haciendo vacío) para remover todo el tejido infectado que el “abortista” había dejado en el interior del útero, para que ellas pudieran recuperarse y regresar a casa.

Al final de la rotación de seis semanas, yo estaba indignada. Viendo aquello desde el punto de vista de una agnóstica, concluí que la legalización del aborto era la respuesta. Yo quería que la profesión médica empezara a ofrecer “procedimientos” seguros a las mujeres que los necesitaran. De este modo cuando en 1973 la decisión Roe vs Wade del Tribunal Supremo legalizando el aborto en todos los Estados Unidos fue anunciada, me sentí feliz. La celebré saliendo a la calle y comprando una máquina de succión y empecé a ofrecerme para la realización de abortos de primer trimestre en mi propio dispensario.

Me trasladé a Jackson en 1975, sin pensar que Dios estaba poniendo en marcha aconteceres que no sólo iban a sacarme del negocio del aborto sino que iban a tomar mi rebelde corazón “feminista” de vuelta a Él y a las maravillosas y no cambiantes verdades acerca de la vida y el amor preservadas en las enseñanzas católicas. Mi primer año en Jackson no reflejaba esa Providencia en ningún signo externo. Estaba casada, tenía tres niños pequeños, operaba en solitario en un establecimiento médico de obstetricia y ginecología, y estaba tratando de ajustarme a mi nuevo ambiente, lejos de mi familia y mis amigos. Ese mismo año se me acercó un grupo de “ciudadanos comprometidos” y clérigos (presumiblemente protestantes) para que les ayudara a poner en marcha la primera clínica abortista libre del estado. Acepté, y en el otoño de 1975 me convertí en directora de “Servicios de Salud para la Familia”, clínica abortista que ofrecía realizar abortos por succión de primer trimestre del embarazo.

En enero de 1976 me encontraba extrañamente deprimida con mi “éxito” en la vida. Mi matrimonio parecía estable, a pesar de un procedimiento de esterilización al que me había sometido contra el deseo de mi marido. Mis hijos, de edades 5, 3, y 1, eran saludables y ruidosos. Mi práctica privada y la clínica abortista iban bien. Sin embargo, a pesar de todo ello, me encontré a mi misma debatiéndome entre pensamientos de suicidio. En busca de una solución fui a la librería local donde finalmente me decidí por un libro sobre “El poder del pensamiento positivo”, por el Dr Norman Vincent Pale,…, y me agradó la lista de diez cosas para hacer al final del primer capítulo… Con cierta excitación seguí la lista de cosas a hacer, una por una hasta que llegué a la número 7, que me pedía recitar 10 veces al día la frase “Yo lo puedo todo en Cristo que me conforta” (Filipenses 4;13). Disgustada de haber tropezado con aquella “basura” religiosa, dejé el libro, y no leí más.
Pero quince años después: Catolicismo Quince años después y tras haber entrado en contacto con “Jackson Right to Life”, la autora de este relato personal, fue recibida de nuevo en la fe de sus padres. Y su relato continúa:

Con la alegría y excitación de haber vuelto a los Sacramentos no había prestado atención a mi vida profesional. La primera semana que estuve de vuelta en mi despacho después de volver a casa empecé a ver a mis pacientes casados para los exámenes anuales y recetas de píldora y me di cuenta de que tenía una conversión final que hacer. Si yo iba a disfrutar de los beneficios del Catolicismo, también tenía que soportar las cargas. Volví a leer la “Humanae Vitae”, con su llamada a los laicos católicos y a la gente de ciencia a promover la verdad moral de que hay un lazo inseparable, puesto por el Creador, entre los aspectos unitivo y procreativo del acto matrimonial. Esto llevaba consigo por mi parte el no participar de forma alguna en la prescripción de anticonceptivos o esterilizantes, y sí promover la Planificación Natural de la Familia (PNF). Afortunadamente recibí extraordinario apoyo del Centro de Planificación Natural del Hospital de Oales River, y de mis colegas médicos de mi propio despacho. No vino mal para ello que yo fuera el miembro más veterano del grupo.

¿Cómo resulta esto en una cultura predominantemente protestante? . Muy bien. Después de treinta años de acceso ilimitado a los anticonceptivos y a la tecnología abortista, hombres y mujeres se están dando cuenta de las promesas vacías del “sexo libre” y están empezando a esperar que ellos sean capaces de tener relaciones más plenas de sentido, incluso dentro del matrimonio. Puedo prometer honradamente a mis pacientes un matrimonio mejor si practican la PNF. Ello les ofrece eficacia, seguridad, y economía, y un notablemente bajo índice de divorcios. Los métodos modernos de PNF, que no deben confundirse con los de los viejos ritmos usando el calendario, tienen un índice de embarazos imprevistos inferior al de la píldora anticonceptiva. En 1994 el “British Medical Journal” informó de un índice de embarazo imprevisto de 30 por 1000 mujeres para la píldora, y sólo 4 por 1000 mujeres para el método de PNF-Billings. A diferencia de los anticonceptivos orales, la PNF no produce coágulos de sangre, ni hipertensión, ni dolores de cabeza (migrañas), ni tumores de hígado, y es virtualmente gratis. Además el hecho de requerir el mutuo acuerdo de ambos, marido y mujer, promueve la virtud de la castidad marital, que es la fuerza de voluntad y el carácter requerido para poner nuestra capacidad sexual al servicio del amor genuino. Es cierto, la PNF requiere abstinencia periódica si se quieren espaciar los niños, pero todos sabemos que la abstinencia es una realidad en cualquier matrimonio. Las dificultades vendrán, pero también vendrá la gracia, la paz y la entereza que experimento como PNF (y sólo como PNF) ginecóloga y obstetra, que es mi agradecido regalo personal.

Tomado de www.unav.es/capellaniauniversitaria

Madre Teresa de Calcuta: Una vida volcada en los demás

La Madre Teresa de Calcuta ha sido beatificada el 19 de octubre de 2003 por Juan Pablo II. Ha sido el proceso de beatificación más rápido de la historia de la Iglesia, un dato que testimonia su fama mundial de santidad.
La vida de Ganxhe Bojaxhiu –futura Madre Teresa- comenzó en el seno de una familia católica albanesa. Fue dentro de la familia, y sobre todo gracias a la intensa religiosidad de su madre, Drana, que Leer el resto de esta entrada »