¿Da igual una religión que otra?

Tener una mente abierta

es como tener la boca abierta:

no es un fin, sino un medio.

Y el fin es cerrar la boca sobre algo sólido.

G. K. Chesterton

El síndrome del muestrario

«Aunque crea que Dios existe, hay muchas religiones para elegir. Soy de los que piensan que todas las religiones son buenas. Quitando algunas degeneraciones extrañas que vienen a ser como la excepción que confirma la regla, todas llevan al hombre a hacer el bien, exaltan sentimientos positivos, y satisfacen en mayor o menor medida la necesidad de trascendencia que todos tenemos.

»En el fondo, da igual una que otra. Además, ¿por qué no va a poder haber varias religiones verdaderas?».

Ciertamente hay que ser de espíritu abierto, y apreciar –como lo hacía el autor del comentario que acabo de recoger– todo lo que de positivo haya en las diversas religiones, pero me parece que no se puede pensar seriamente que haya varias que sean igualmente verdaderas. Si solamente hay un Dios, no puede haber más que una verdad divina, y una sola religión verdadera.

Porque una cosa es tener una mente abierta, y otra muy distinta decir que cada uno se fabrique su religión y que no se preocupe porque todas van a ser verdaderas. Por eso decía Chesterton que “tener una mente abierta es como tener la boca abierta: no es un fin, sino un medio. Y el fin –decía con sentido del humor– es cerrar la boca sobre algo sólido”.

No es serio decir que pueden ser verdad al mismo tiempo religiones diversas, que se oponen en muchas de sus afirmaciones y sus exigencias. Si dos y dos son cuatro, y alguien dijera que son cinco, habría caído en un error. Pero si además dijera que una suma es tan buena como la otra, podría decirlo, porque afortunadamente hay libertad de expresión, pero habría incurrido en un error aún más grave.

Acertar con la verdad

La sensatez de la decisión humana sobre la religión no estará, por tanto, en elegir la religión que a uno le guste o le satisfaga más, sino más bien en acertar con la verdadera, que solo puede ser una. La religión no es como elegir en un supermercado el producto más atractivo.

—Pero la religión verdadera debería ser atractiva…, si tan buena es, ¿no?

Depende de qué se entienda por atractivo. Si te refieres a lo superficial, guiarse por el atractivo de la presentación exterior llevaría a juzgar por el envoltorio o por la apariencia.

Sería como intentar distinguir entre un buen libro histórico y otro lleno de manipulaciones, fijándose solo en lo atractivo de la portada y la presentación. O como distinguir entre un veneno y una medicina por lo agradable del color o del sabor (esto podría ser incluso más peligroso).

Cuando se trata de discernir entre lo verdadero y lo falso, y en algo importante, como lo es la religión, conviene profundizar lo más posible. La religión verdadera será efectivamente la de mayor atractivo, pero solo para quien tenga de ella un conocimiento suficientemente profundo.

—Entonces, ¿tú crees que el cristianismo es la verdad para todos?

Sí, naturalmente, pues soy cristiano. Si uno no cree que su fe es la verdadera, lo que le sucede entonces, sencillamente, es que no tiene fe.

—¿Dices entonces que todos los que profesan una religión distinta a la cristiana están completamente equivocados?

Completamente, no. La adhesión a la verdad cristiana no es como el reconocimiento de un principio matemático. La revelación de Dios se despliega como la vida misma, y toda verdad parcial no tiene por qué ser un completo error.

Muchas religiones tendrán una parte que será verdad y otra que contendrá errores (excepto la verdadera, que, lógicamente, no contendrá errores). Por esta razón, la Iglesia católica –lo ha explicado el Concilio Vaticano II– nada rechaza de lo que en otras religiones hay de verdadero y de santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. La Iglesia honra cualquier verdad que pueda ser descubierta en el mundo de las religiones y las culturas.

¿Puede uno salvarse con cualquier religión?

La verdad sobre Dios es accesible al hombre en la medida en que este acepte dejarse llevar por Dios y acepte lo que Dios ordena. Es decir, en la medida en que el hombre quiera buscar a Dios rectamente.

—¿Quieres decir que los que no son cristianos no buscan a Dios rectamente?

No. Decir eso sería una barbaridad. Hay gente recta que puede no llegar a conocer a Dios con completa claridad. Por ejemplo, por no haber logrado liberarse de una cierta ceguera espiritual. Una ceguera que puede ser heredada de su educación, o de la cultura en la que ha nacido.

—Entonces, en ese caso, no serían culpables.

Dios es justo y juzgará a cada uno por la fidelidad con que haya vivido conforme a sus convicciones. Es preciso, lógicamente, que a lo largo de su vida hayan hecho lo que esté en su mano por llegar al conocimiento de la verdad. Y esto es perfectamente compatible con que haya una única religión verdadera.

—¿Y qué dice la Iglesia católica sobre la salvación de los que no profesan la religión católica? Porque algunos la acusan de exclusivismo.

Dice que los que sin culpa de su parte no conocen el Evangelio ni la Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.

Como ha señalado Peter Kreeft, el buen ateo participa de Dios precisamente en la medida en que es bueno. Si alguien no cree en Dios, pero participa en alguna medida del amor y la bondad, vive en Dios sin saberlo.

—Entonces, si se puede ser moralmente bueno sin creer en Dios, ¿para qué creer en Dios?

Es que no debemos creer en Dios porque nos sea útil, o porque nos permita llevar una vida moral, sino, sobre todo, porque creemos que realmente existe.

—¿Y dices que Dios me juzgaría con arreglo a la religión en que yo creyera, aunque fuera falsa?

Depende de tu rectitud, pues podrías estar en el error de modo culpable o voluntario. Bernanos decía que no se puede perder la fe como se pierde un llavero, y se mostraba bastante escéptico ante las crisis intelectuales de fe, que consideraba mucho más raras de lo que muchos pretenden. Por eso, si una persona se fabricara una religión propia, a su medida, porque le resulta más cómodo; o hiciera una interpretación acomodada de su religión, para rebajar así sus exigencias morales; o no se preocupara de recibir la necesaria formación religiosa adecuada a su edad y circunstancias, u otras causas semejantes; cuando se diera alguna de estas cosas –y me parece que se dan con cierta frecuencia–, se ve que la pretendida crisis intelectual bien puede tener otros orígenes.

—¿Pero eso de formarse no es propio más bien de gente de poca personalidad, que se deja influenciar fácilmente?

No tiene por qué ser así, pues, como ha señalado Aquilino Polaino, formarse no es nada más que fundamentar la propia autotransformación (y no, por cierto, de modo egoísta, sino para ser, a su vez, una realidad transformante de los demás).

Por eso, si una persona no se preocupara de formarse y de reflexionar suficientemente para llegar al conocimiento de la fe verdadera y de sus exigencias, estaría en un caso de ignorancia culpable. En ese caso y en todos los anteriores –es de justicia elemental–, será juzgado por Dios conforme a su grado de culpabilidad y voluntariedad.

¿Se pueden conciliar fe y razón?

Para las personas creyentes,

Dios está al principio.

Para los científicos,

está el final de todas sus reflexiones.

Max Planck

¿Puede la ciencia explicarlo todo?

Una mirada al desarrollo científico con un poco de perspectiva histórica nos deja asombrados de la rapidez con que las máquinas se trasladan a los museos. Bastantes afirmaciones de las revistas científicas actuales probablemente sean motivo de hilaridad o de asombro para las generaciones futuras, quizá dentro de no tanto tiempo.

La historia de las ciencias nos advierte, con terca insistencia, de un hecho irrefutable: pocas teorías científicas logran mantenerse siquiera unos pocos siglos; muchas veces, tan solo unos años; y en algunas ocasiones, todavía menos. La mayoría de las afirmaciones de la ciencia van siendo sustituidas, una tras otra, poco a poco, por otras explicaciones más complejas y contrastadas de esa misma realidad. Eran hipótesis que fueron consideradas como ciertas durante una serie de años, o de siglos, y que un día quedan superadas. A veces, son englobadas dentro de teorías más completas, de las que la antigua hipótesis es un corolario o un simple caso particular. Otras, quedaron obsoletas y desaparecieron por completo del ámbito científico. La postura propia de la ciencia experimental ha de ser, por tanto, extremadamente cauta en sus afirmaciones.

«Una insidia perniciosa –escribía John Eccles poco después de recibir el Premio Nobel por sus investigaciones en neurocirugía– surge de la pretensión de algunos científicos, incluso eminentes, de que la ciencia proporcionará pronto una explicación completa de todos los fenómenos del mundo natural y de todas nuestras experiencias subjetivas. Es una extravagante y falsa pretensión que ha sido calificada irónicamente por Popper como “materialismo promisorio”.

»Es importante reconocer que, aunque un científico pueda formular esta pretensión, no actuaría entonces como científico, sino como un profeta enmascarado de científico. Eso sería cientifismo, no ciencia, aunque impresione fuertemente a aquellos profanos que piensan que la ciencia suministra incontrovertiblemente la verdad.

»El científico no debe pensar que posee un conocimiento cierto de toda la verdad. Lo más que podemos hacer los científicos es aproximarnos más de cerca a un entendimiento verdadero de los fenómenos naturales mediante la eliminación de errores en nuestras hipótesis. Es de la mayor importancia para los científicos que aparezcan ante el público como lo que realmente son: humildes buscadores de la verdad.»

En cambio, la inmodestia suele ir unida a la ignorancia. La suficiencia con que algunos hablan se presenta como una actitud muy poco científica, pues los científicos sensatos nunca dan categoría de dogma a sus hipótesis. El cientifismo altivo ha hecho siempre muy flaco servicio al rigor de la verdadera ciencia.

¿Científicos pontificando sobre filosofía?

Los científicos sensatos –además de vigilarse a sí mismos para no convertirse en personajes dogmatizantes– procuran basar siempre sus afirmaciones científicas en comprobaciones que sigan con rigor el método científico. Así se guardan de imponer como científicas afirmaciones que, en el fondo, se apoyan más bien en razones de orden filosófico.

—Me imagino que, si son científicos, lo que digan estará basado en el método científico, que es el que conocen, ¿no?

Ciertamente, la mayoría de los científicos así lo hacen, y con gran honestidad. Pero hay algunos que son menos honrados en sus afirmaciones, aunque a veces –para desprestigio de la verdadera ciencia– sean más conocidos en los medios de comunicación. Son personajes que tienen una cierta habilidad para saltar furtivamente al vecino campo de la filosofía. Y no hay que extrañarse de que esto suceda, pues ya decía Einstein que todo investigador científico es una especie de metafísico oculto, por muy positivista que se crea.

—Pero tienen todo el derecho del mundo a hacer filosofía si les apetece, ¿no?

Por supuesto. Ni las ciencias especulativas ni las experimentales entienden de exclusivismos. Están abiertas a todos. Pero en todas debe exigirse que se cumplan las reglas y el método propios de la ciencia en la que se está trabajando. No es legítimo que pretendan imponer especulaciones filosóficas en nombre del método científico.

Si alguien, como científico experimental, hace una afirmación científica, debe aportar datos empíricos que avalen esa afirmación. Si la afirmación no es experimental, sino especulativa, debe aportar las razones necesarias conforme a las normas del buen hacer filosófico. Pero no goza de ningún privilegio en ese campo, por muy buen científico que sea. Lo que no sería lícito es que hiciera conjeturas de razón y las presentara como demostradas experimentalmente. Y eso es lo que hacen algunas personas, que, de un sigiloso salto, se cuelan de rondón en campo ajeno y hablan desde allí queriendo hacernos ver que hablan desde otro sitio.

—O sea, es como un regate al método científico.

Exacto. Y no es que lo hagan continuamente. Lo hacen solo algunos, y solo en algunas ocasiones, y a veces inadvertidamente incluso para ellos mismos. Lo malo es que suelen moverse torpemente en el campo de la filosofía, y pasan por él como caballo por cacharrería, haciendo conjeturas filosóficas sumamente curiosas.

—De todas formas, tampoco es malo hacer conjeturas de vez en cuando. No vamos a estar siempre limitados a lo estrictamente demostrado.

Por supuesto, pero entonces hay que distinguir bien entre las conjeturas y las afirmaciones de la ciencia. Igual que, por ejemplo, un principio ético elemental exige a los profesionales de los medios de comunicación distinguir lo que es propiamente la noticia de lo que es su opinión sobre esa noticia, los científicos están obligados a hacer también esa diferenciación entre lo que han comprobado científicamente y lo que es una especulación de su pensamiento.

¿Desaparecerá la fe al madurar la sociedad?

Cuenta López Quintás en uno de sus libros cómo un día, al atardecer, después de visitar la catedral de Notre-Dame, mientras callejeaba por el viejo París, se encontró sin querer con un pequeño edificio abandonado, con sus sórdidas ventanas cruzadas por listones de madera. Aquella construcción semirruinosa resultó ser el famoso “Templo de la Nueva Religión de la Ciencia”, que hacía siglo y medio había erigido el filósofo francés Augusto Comte.

El contraste fue tan brusco como expresivo. El templo con el que se pretendió dar culto al progreso científico se hallaba arrumbado. La vieja catedral, en cambio, lucía sus mejores galas, como en sus grandes tiempos medievales. La música se acompasaba en ella con la armonía de los órdenes arquitectónicos, con el buen decir de los oradores, con el magnífico juego litúrgico que un día navideño había conmovido años atrás al gran poeta Claudel hasta llevarlo a la conversión.

La historia de aquel templo olvidado está emparentada con la de la Ilustración, que en su día se alzó con la ilusión de “despojar al hombre de las irracionales cadenas de las creencias y saberes supersticiosos basados en la autoridad y las costumbres”. El pensamiento ilustrado de la Enciclopedia consideraba los conocimientos religiosos como “simples e ingenuas explicaciones de la vida dadas por el hombre no científico”. Multitud de pensadores, en su aversión a la fe, se complacían en dar al sentimiento religioso el origen más bajo posible. Se figuraban a nuestros antepasados como “seres perpetuamente atemorizados, empeñados en conjurar las fuerzas hostiles del cielo y de la tierra mediante prácticas irracionales”. Veían a Dios como un simple “producto del miedo de las civilizaciones primitivas, cuando todavía la fábula tenía cabida en esos espíritus atrasados”.

Se sentían llamados a “liberar a toda la humanidad de aquel lamentable estado de ignorancia”. La fe acabaría por desaparecer a medida que la sociedad fuera madurando: “La diosa Razón arrinconaría esa ignorancia, iluminaría el camino, y dirigiría con mano segura los destinos de la Humanidad”.

Pensaban que la tendencia a buscar en los dioses una razón de existir pertenecía a un estado primitivo de la vida humana, que daría paso al pensamiento filosófico, y, más adelante, acabaría por ceder su puesto al conocimiento científico, que otorgaría al hombre su primacía absoluta en el universo y le situaría en su mayoría de edad.

Esta teoría de Comte sobre la evolución humana a través de los tres estados –religiosidad, pensamiento filosófico y conocimiento científico– gozó en su tiempo de una gran acogida, y en su honor se erigió aquel templo dedicado a la “Nueva Religión de la Ciencia”.

—Es curioso que la ciencia tomara esa representación religiosa, ¿no?

Fue efectivamente un curioso fenómeno de sustitución. El hombre, fascinado por la ciencia, la eleva hasta ocupar el lugar de lo sagrado. Pero no era un simple conflicto entre ciencia y fe. De hecho, entronizar a una guapa muchachita parisiense en la catedral de Notre-Dame –como hicieron–, dándole el título de “Diosa Razón”, no parece que formara parte de las ciencias experimentales. Detrás de todo aquello latía el empeño ateo de proclamar la salvación de la humanidad por sí misma, y la llegada de una sociedad iluminada por solo la razón humana.

Han pasado menos de dos siglos, y el estado de abandono en que se encuentra hoy aquel templo laico es quizá un fiel reflejo del abandono de aquella concepción de hombre que tanta fuerza tuvo en esa época. Aquella ilusión según la cual el advenimiento de la era científica permitiría eliminar el mal del mundo ha venido a resultar un doloroso engaño. Sus hipótesis resultaron estar preñadas de más ingenuidad que la que ellos achacaban a las épocas históricas anteriores.

¿Quién protege al hombre de su tendencia al mal?

El combate que el hombre libra contra el mal excede infinitamente los medios de la sola razón. Puede demostrarse en hechos tan actuales como el racismo, la droga o el alcohol. O en todos esos horribles crímenes cometidos por totalitarismos ateos sistemáticos a lo largo del siglo XX: desde el genocidio nazi de Hitler hasta el de Pol Pot en Camboya, pasando por los del leninismo, el estalinismo o el maoísmo.

Lo peor es que la mayor parte de esos crímenes masivos se cometieron en nombre de teorías que en su momento recibieron el aplauso de millones de personas. Fueron auténticos infiernos fabricados por unos hombres que buscaban un mundo que se bastaba a sí mismo y no tenía ya necesidad de Dios.

Y del mismo modo que leyendo a Lenin podía verse que los derechos del individuo no iban a ser respetados en un sistema comunista, estudiando las premisas de la Ilustración aparece bien claro que la Modernidad no cubriría las necesidades globales del ser humano. No basta con la razón –ha escrito Luis Racionero– para que una sociedad sea justa, solidaria y equilibrada. Para que haya equilibrio en la persona y en la sociedad, se necesita atender, junto con la razón, a la voluntad y a la sensibilidad. La persona y la sociedad deben proponerse buscar lo bueno, lo verdadero y lo bello; y eso supone hablar de voluntad, inteligencia y sentimientos; y a su vez de la ética, la ciencia y el arte. Cuando se idolatra un método de la inteligencia, como es la razón, sin encumbrar a su altura la ética y la estética, se desequilibra al individuo y la sociedad. Ese ha sido el fracaso de la Ilustración.

Fracasó por creer que de la razón se deriva automáticamente la ética, lo cual se ha demostrado falso al contrastarse con la realidad. La razón no puede ser salvada por la razón. Eso sería ilusorio. Esos crímenes han demostrado lo que puede llegar a hacer el hombre. Y hemos visto cómo la razón no ha impedido nada.

Los ilustrados creían que mostrando al hombre lo razonable, este lo adoptaría, y la razón sería suficiente para organizar la sociedad. Pero no ha sido así. No basta con proclamar lo razonable para que los hombres lo practiquen.

El comportamiento humano está lleno de sombras y de matices ajenos a la razón, que campan por sus respetos moviendo resortes de la voluntad y el corazón. Es salvar el honor de la razón –asegura Jean-Marie Lustiger– reconocer los peligros que encierra. La razón está en los hombres concretos, y está por tanto sujeta a errores. Puede ofuscarse, puede llegar al extravío, incluso a la perversión. Concebir la razón como la gran soberana, independiente del bien que debe buscar el hombre, es quizá como ponerse en manos de un ordenador: es un instrumento muy capaz, procesa gran cantidad de datos que toma del exterior, todo su desarrollo es perfectamente lógico, pero alguien tiene que asegurar que está bien programado. La verdadera fe es una guía insustituible, pues la razón puede extraviarse.

No quiero con esto menospreciar la razón, sino lo contrario. La razón es una de las más nobles capacidades que distinguen a la especie humana, y nos alegra ver sus triunfos, y las conquistas de la ciencia, y su lucha por construir un mundo mejor. Pero conviene recordar siempre la limitación humana, así como el orden natural impuesto por Dios, que permite al hombre preservar su dignidad y evitar muchos errores.

La historia está llena de cadáveres ideológicos, y a nadie le extraña encontrarlos perfectamente alineados cuando vuelve la vista atrás para aprender de la historia. Y entre ellos, salpicados a lo largo de los siglos, puede verse a toda una legión de profetas que han ido asegurando –sobre todo en los últimos doscientos años– la pronta y definitiva desaparición de la religión y de la Iglesia.

Sin embargo, la historia muestra que son precisamente los que con tanta pasión hacen esas condenas y esas profecías quienes desaparecen uno tras otro, mientras la Iglesia continúa adelante después de dos mil años, y la religiosidad sigue siendo una constante en todas las civilizaciones de todos los tiempos.

La Iglesia, que ha presenciado catástrofes que barrieron imperios enteros, atestigua con su mera subsistencia la fuerza que late en ella. “Los pueblos pasan –observaba Napoléon–, los tronos y las dinastías se derrumban, pero la Iglesia permanece.” Algo que hace sospechar que el hecho religioso forma parte de la naturaleza del hombre, y que la Iglesia está alentada por un espíritu que no es de origen humano.

¿Son compatibles ciencia y fe?

El hombre encuentra a Dios

detrás de cada puerta

que la ciencia logra abrir.

Albert Einstein
¿Puede la ciencia controlarse a sí misma?

El físico alemán Otto Hahn, inventor de la fisión del átomo de uranio, se encontraba recluido en un campo de concentración inglés, junto con otros eminentes hombres de ciencia. Cuando en agosto de 1945 le llegó la noticia de que Hiroshima había sido arrasada por una bomba atómica, sintió una profundísima culpabilidad. Sus investigaciones sobre la fisión del uranio habían acabado por utilizarse para producir una terrible masacre. Tal fue su desazón que intentó abrirse las venas con los alambres de espino que rodeaban el campo.

Una vez que sus compañeros lograron disuadirle, el viejo profesor les hizo, desolado, la siguiente confesión: “Acabo de advertir que mi vida carece de sentido. He investigado por puro deseo de revelar la verdad de las cosas, y todo aquel saber científico acaba de convertirse en un enorme poder aniquilador”.

La experiencia personal de Otto Hahn fue, en realidad, la experiencia amarga de toda una época. Una sobrecogedora impresión de fracaso invadió los espíritus de todos cuantos habían luchado año tras año con tanta tenacidad para llevar el conocimiento científico a la máxima altura posible, convencidos de hacer con ello un gran bien a la humanidad. Habían trabajado afanosamente –comenta López Quintás– con la profunda convicción de que el aumento del saber teórico y el incremento de la felicidad humana estaban inequívocamente vinculados. Confiaban en que fomentar el saber científico tomaría siempre un valor positivo, que significaría automáticamente cotas más elevadas de felicidad y de dignidad. Pensaron que se trataba de un bien incuestionable y que, por tanto, se traduciría ineludiblemente en bienestar y plenitud para el hombre.

Pero esta ilusión multisecular, que ya había hecho quiebra en las trincheras de Verdún, se vino estrepitosamente abajo con los horrores de la Segunda Guerra Mundial. El terrible poder destructor de las armas nucleares, los intensísimos bombardeos sobre población civil, el exterminio sistemático y profundamente cruel de toda una raza, y un saldo de cincuenta millones de muertos pusieron trágicamente de manifiesto que el saber teórico puede traducirse en un saber técnico, y este a su vez en un amplio poder sobre la realidad, pero –por desgracia– todo ese dominio no conduce automáticamente a una mayor felicidad de los hombres si quienes ostentan ese poder carecen de una conciencia ética adecuada a su responsabilidad.

Después de siglos de febril incremento del saber científico, la idea de que el progreso humano es siempre continuo y no puede haber retroceso, se había revelado como irritantemente falsa. El ideal del dominio científico, y la forma consiguiente de humanismo, saltaron en pedazos al entrar en colisión con la terca realidad de la historia. Era patente que el futuro no debía caracterizarse por esa ingenua credulidad en el progreso como principio motor de una civilización, sino que resultaba necesario cimentarlo sobre valores más elevados y seguros.

Historia de un desengaño

El psiquiatra austriaco Victor Frankl, tras su experiencia personal en los campos de concentración, llegó a la conclusión de que no fueron los ministerios nazis de Berlín los verdaderos responsables de aquellas atrocidades, sino la filosofía nihilista del siglo XIX. Si el hombre es un simple producto de una naturaleza cambiante, un simple mono evolucionado, entonces, igual que al mono se le puede enjaular en un zoológico, al hombre se le podrá encarcelar en un campo de exterminio. Si el hombre es un simple animal, aunque extraordinariamente adiestrado, y hacemos jabones con grasa animal, ¿por qué no hacerlos con grasa humana?

Husserl, aleccionado por el hundimiento del mito del eterno progreso con motivo de la conmoción bélica mundial –en la que vio, entre otras cosas, aquella racionalización perfecta de la matanza en masa de millones de inocentes–, se percató claramente de que la ciencia, por razón de su método, no puede ser una instancia rectora de la vida humana. “El mundo de la objetividad científica –escribió– es un mundo cerrado e inhóspito. La forma en que el hombre moderno se dejó, en la segunda mitad del siglo XIX, determinar totalmente por las ciencias positivas y cegar por la prosperity a ellas debida, significó dejar de lado las cuestiones decisivas para una humanidad auténtica. Ciencias que solo contemplan puros hechos, hacen hombres que solo ven puros hechos.” Buscar el conocimiento científico objetivo de las cosas es lícito y fecundo. Pero considerar ese modo de conocer como el modélico, como el único riguroso, constituye una parcialidad inaceptable, por cuanto empobrece enormemente al hombre.

La Ilustración perseguía el ideal renacentista de entregar al hombre a sí mismo, de hacerlo libre permitiéndole vivir bajo el imperio de la sola razón. La esperanza de que el hombre alcanzaría la felicidad para siempre en un mundo dominado y sin secretos, por medio de una ciencia que lo sabría y lo podría todo, resultó ser un sueño que nunca lograba alcanzarse, y que el horror gigantesco de dos guerras mundiales convirtieron en algo peor que una pesadilla. El dominio de la realidad se escapaba del estrecho molde del pensamiento racionalista. Y el peligro no provenía de la ciencia en sí, sino de esa mentalidad que llevaba a considerar que solo puede conocerse aquello que es medible, controlable, verificable, y a despreciar los aspectos de la realidad que se resisten a tal género de control y cálculo. Esa pretensión de dominio sin límites dejaba al hombre en una situación de desamparo. Pronto se vio que la ciencia, que había llenado con su prestigio el Siglo de las Luces, no podía colmar ella sola por completo la vida del hombre. No era su misión. La ciencia no habla de valores, de sentido, de metas ni de fines, y de todo eso necesita el ser humano para preservar su dignidad y ser feliz.

El optimismo ilustrado había previsto horizontes paradisíacos. Pero la utopía científica mostraba como nunca su impotencia.

No hay duda en que el progreso científico ha sido grande, y que ese desarrollo es algo bueno, o que, al menos, no tiene por qué ser malo. Pero hoy día ya pocos creen que todo eso sea la panacea, que pueda hacer algo más que trasladar la inquietud de unos temas a otros. El dominio de las cosas es muy elevado, pero es necesario un humanismo válido que dé sentido a todo ese avance científico. Porque, de lo contrario, puede embriagarse con sus propios éxitos y crecer en direcciones aberrantes para la dignidad del hombre.

La técnica permite poner a punto medios de comunicación muy poderosos, rápidos, atractivos, sugerentes…, pero estos medios pueden ser un arma de primer orden para manipular las mentes, troquelar las voluntades y los sentimientos de los hombres. La ciencia necesita de unos límites a su pretensión de soberanía. Toda gran conquista –explica López Quintás– supone una inevitable ambivalencia: un avance en un aspecto y un retroceso en otro, quizá no menos valioso. El aumento de poder no corre siempre paralelo al aumento del dominio del hombre sobre tal poder. La ciencia no puede abandonarse a su propia dinámica, sino que debe ser regulada por una instancia externa que la oriente y dé sentido.

¿El progreso científico implica un declive religioso?

La Edad Moderna comenzó cultivando insistentemente las cuestiones de método. Bacon, Descartes y Spinoza, por ejemplo, centraron su filosofía en torno a la búsqueda de un método riguroso que les permitiera llegar a la verdad y asentar la vida sobre convicciones sólidas, inquebrantables, inexpugnables.

Como las ciencias avanzan sobre datos seguros y contrastados, verificados por la experiencia, fueron surgiendo pensadores que tenían el convencimiento de que cada vez que la ciencia descubría un secreto, la religión daba un paso atrás.

A sus ojos parecía como si el progreso de la ciencia redujera inexorablemente el dominio de lo religioso, más constreñido cada día. En contraposición a lo que consideraban un dócil espíritu medieval, el hombre habría de encontrar, con la fuerza de su razón, un método sin fisuras. Y el gran modelo del pensamiento auténtico era, para ellos, el saber matemático.

Si se procede con la debida lógica –afirmaban–, articulando bien los diversos pasos del razonar, se llega en matemáticas a conclusiones apodícticas, incuestionables. El orden en el razonar viene a ser la clave del recto pensar y conocer. Y este orden lo establece la razón, pues la razón es el gran privilegio del hombre. Por este camino –acababan por concluir–, el hombre se basta a sí mismo, puesto que la razón le ofrece recursos sobrados para descubrir las leyes de la realidad y lograr un rápido dominio sobre ella.

Pero de nuevo el paso del tiempo ha venido a mostrar cómo ese dominio es solo posible en términos cuantitativos, en aquello que puede someterse a cálculo y medida. Pero el espíritu se escapa del método matemático y de la lógica cartesiana. El espíritu, al hacer posible la opción libre, hace posibles muchas cosas que denuncian la insuficiencia del modelo racionalista.

Se podrían poner muchos ejemplos. Uno de los más característicos es el intento racionalista de explicar la inteligencia humana. Es difícil saber exactamente lo que es el pensamiento –explica José Ramón Ayllón–, pero si reduzco el problema a una cuestión de neuronas, puedo lograr una tranquilizante impresión de exactitud: 1.350 gramos de cerebro humano, constituido por 100.000 millones de neuronas, cada una de la cuales forma entre 1.000 y 10.000 sinapsis y recibe la información que le llega de los ojos a través de un millón de axones empaquetados en el nervio óptico, y a su vez, cada célula viva puede ser explicada por la química orgánica… Así, puedo pretender explicar la inteligencia en clave biológica, la biología en términos de procesos químicos, y la química en forma de matemáticas.

Ahora bien, cualquier lector medianamente crítico se estará preguntando qué tienen que ver los porcentajes de carbono o hidrógeno, las neuronas y toda la matemática asociada a esos procesos con algo tan humano y tan poco matemático como charlar, entender un chiste, captar una mirada de cariño o comprender el sentido de la justicia.

La ciencia moderna, con sus descubrimientos maravillosos, con sus leyes de una exactitud asombrosa, ofrece la tentación –un empeño que se dio en Descartes con una fuerza irresistible– de querer conocer toda la realidad con una exactitud matemática. Pero suele olvidarse algo esencial: que las matemáticas son exactas a costa de considerar únicamente los aspectos cuantificables de la realidad. Y reducir toda la realidad a solo lo cuantificable es una notable simplificación.

Se podría responder como aquel viejo profesor universitario cuando un alumno hacía alguna afirmación reduccionista: “Eso es como si yo le pregunto qué es esta mesa, y usted me responde que ciento cincuenta kilos”. Las magnitudes matemáticas han prestado y prestarán un gran servicio a la ciencia, y a la humanidad en su conjunto, pero siempre han hecho muy flaco servicio cuando han querido emplearse de modo exclusivista.

La totalidad de lo real nunca podrá expresarse solo en cifras, porque las cifras únicamente expresan magnitudes, y la magnitud es solo una parte de la realidad. Y no es cuestión de dar más números, o con más decimales. Por muchos o muy exactos que sean, presentan siempre un conocimiento notoriamente insuficiente. Tú pesas 70 kg., pero tú no eres 70 kg. Y mides 1,80 metros, pero no eres 1,80 metros. Las dos medidas son exactas (el ejemplo vuelve a ser de José Ramón Ayllón), pero tú eres mucho más que una suma exacta de centímetros y kilos. Tus dimensiones más genuinas no son cuantificables: no se pueden determinar numéricamente tus responsabilidades, tu libertad real, tu capacidad de amar, tu simpatía hacia tal persona, o tus ganas de ser feliz.

No querer reconocer una realidad aduciendo que no puede medirse experimentalmente sería algo parecido a que un químico se negara a admitir las especiales propiedades de los cuerpos radiactivos –es algo que pudo perfectamente suceder a muchos en la época medieval–, con el pretexto de que no obedecen a las mismas leyes que explican lo que sucede a los demás cuerpos ya conocidos. Si las leyes que maneja no explican algo, lo más probable es que esas leyes no valgan.

Más allá de la ciencia, hay otra cara de la realidad: la más importante, y también la más interesante del ser humano, aquella donde aparecen aspectos tan poco cuantificables como, por ejemplo, los sentimientos: no se pueden pesar, pero nada pesa más que ellos en la vida.

Un pensamiento, o un sentimiento, no son algo que honradamente podamos calificar de material. No tienen color, sabor o extensión, y escapan a cualquier instrumento que sirva para medir propiedades físicas. “Los fenómenos mentales –asegura John Eccles, premio Nobel de Neurocirugía– trascienden claramente de los fenómenos de la fisiología y la bioquímica.”

“La ciencia, a pesar de sus progresos increíbles –escribe Gregorio Marañón–, no puede ni podrá nunca explicarlo todo. Cada vez ganará nuevas zonas a lo que hoy parece inexplicable. Pero las rayas fronterizas del saber, por muy lejos que se eleven, tendrán siempre delante un infinito mundo de misterio.”

¿Demostrar que Dios no existe?

Narrando la historia de su conversión, C. S. Lewis explicaba cómo advirtió, en un momento concreto de su vida, que su racionalismo ateo de la juventud se basaba inevitablemente en lo que él consideraba como los grandes descubrimientos de las ciencias. Y lo que los científicos presentaban como cierto, él lo asumía sin conceder margen a la duda.

Poco a poco, a medida que iba madurando su pensamiento, se estrellaba una y otra vez contra un escollo que no lograba salvar. Él no era científico. Tenía, por tanto, que aceptar esos descubrimientos por confianza, por autoridad…, como si fueran, en definitiva, dogmas de fe científica. Y esto iba frontalmente en contra de su racionalismo.

Lo relataba a la vuelta de los años, asombrándose de su propia ingenuidad de juventud. Sin saber casi por qué, se había visto envuelto en una credulidad que ahora le parecía humillante. Siempre había creído a ciegas en prácticamente todo lo que apareciera escrito en letra impresa y firmado por un científico. “Todavía no tenía ni idea entonces –decía– de la cantidad de tonterías que hay en el mundo escritas e impresas.” Ahora le parecía que ese candor juvenil le había arrastrado hacia una inocente aceptación rendida de un dogmatismo más fuerte que aquel del que estaba huyendo. Los científicos, ante el gran público, tienen a su favor una gran ventaja: el tremendo complejo de inferioridad frente a la ciencia que tiene el hombre corriente.

—¿Y si la ciencia demostrara un día que Dios no existe? Porque mucha gente piensa que llegará un día en que la ciencia logrará que se prescinda de lo que llaman la hipótesis de Dios, forjada en los siglos oscuros de la ignorancia…

Es un viejo temor, que surge a veces incluso entre los propios creyentes, avivado por la fuerza divulgativa del ateísmo cientifista. Sin embargo, el temor del creyente ante la ciencia no tiene ningún sentido. Si demostrar con seriedad la existencia de Dios puede ser una tarea laboriosa para la filosofía, demostrar su inexistencia es para la ciencia una tarea imposible.

El objeto de la ciencia no es más que lo observable y lo medible, y Dios no es ni lo uno ni lo otro. Para demostrar que Dios no existe, sería preciso que la ciencia descubriera un primer elemento que no tuviera causa, que existiera por él mismo, y cuya presencia explicara todo lo demás sin dejar nada fuera. Y si lo pudiera descubrir –que no podrá, porque está fuera de su ámbito de conocimiento–, sería precisamente eso que nosotros llamamos Dios.

Robert Jastrow, director del Goddard Institute of Space Studies, de la NASA, y gran conocedor de los últimos avances científicos en relación con el origen del universo, decía: “Para el científico que ha vivido en la creencia en el ilimitado poder de la razón, la historia de la ciencia concluye como una pesadilla. Ha escalado la montaña de la ignorancia, y está a punto de conquistar la cima más alta. Y cuando está trepando el último peñasco, salen a darle la bienvenida un montón de teólogos que habían estado sentados allí arriba durante bastantes siglos”.

¿Científicos creyentes?

—Algunos están persuadidos de que ciencia y fe son incompatibles. Dicen, como Laplace, que “Dios es una hipótesis de la que no tienen ninguna necesidad”. Y aseguran que son precisamente los científicos quienes suelen negar que se pueda conocer a Dios.

Es cierto que algunos científicos piensan así. Sin embargo, muchísimos otros –de indudable y reconocido prestigio– no dudan en declararse creyentes, y no les parece que la fe sea contraria en absoluto al ejercicio de su investigación, sino que afirman que la verdadera ciencia, cuanto más progresa, más descubre a Dios. Los conflictos entre fe y razón han sido siempre causados por la ignorancia de los defensores de una u otra parte.

El mismo Albert Einstein, por ejemplo, autor de la teoría de la relatividad, afirmaba que “la religión sin la ciencia estaría ciega, y la ciencia sin la religión estaría coja también”.

Newton afirmaba que hay “un ser inteligente y poderoso… que gobierna todas las cosas no como alma del mundo, sino como Señor del universo, y a causa de su dominio se le suele llamar Señor Dios, Pantocrátor”.

El famoso premio Nobel alemán Werner K. Heisenberg, uno de los principales creadores de la Mecánica cuántica y formulador del conocido Principio de Indeterminación que lleva su nombre, a su paso por Madrid en 1969, afirmaba: “Creo que Dios existe y que de Él viene todo. El orden y la armonía de las partículas atómicas tienen que haber sido impuestos por alguien”.

Max Planck, otro premio Nobel alemán, formulador de la teoría de los quanta, es aún más explícito: “En todas partes, y por lejos que dirijamos nuestra mirada, no solamente no encontramos ninguna contradicción entre religión y ciencia, sino precisamente pleno acuerdo en los puntos decisivos”.

Von Braun, el hombre de la NASA que logró poner al primer hombre en la Luna, aseguraba que “cuanto más comprendemos la complejidad de la estructura atómica, la naturaleza de la vida o la estructura de las galaxias, tanto más nos encontramos nuevas razones para asombrarnos ante los esplendores de la creación divina”.

El físico británico Paul Davies asegura que la ciencia no puede responder a los interrogantes últimos, sino que ha de existir algún plan superior capaz de explicar la vida humana. Para Davies, “resulta totalmente inviable atribuir la existencia del hombre al simple juego accidental de fuerzas ciegas de la naturaleza: la asombrosa racionalidad de la naturaleza –con un grado verdaderamente fabuloso de organización en diferentes niveles que se entrecruzan y complementan– no puede ser el fruto de simples casualidades”.

Alexis Carrel, aquel premio Nobel de Medicina, inicialmente un positivista incrédulo pero convertido más tarde al catolicismo, fue testigo directo en Lourdes de una curación instantánea e inexplicable, y decía: “Poca observación y muchas teorías llevan al error. Mucha observación y pocas teorías llevan a la verdad”.

La multiplicación de este tipo de testimonios tan cualificados han acabado por provocar un vuelco en contra de esa mentalidad de agnosticismo cientifista. Parece como si los agnósticos hubieran valorado en poco el poder de la inteligencia humana para llegar a Dios a través de la ciencia. Un editorial de la revista TIME comentaba con asombro ese cambio dentro del mundo científico: “A través de una callada revolución en el pensamiento y en la argumentación –una revolución impensable hace veinte años–, parece como si Dios se estuviera preparando su regreso”.

¿Existe realmente Dios?

Quien busca la verdad

busca a Dios,

aunque no lo sepa.

Edith Stein

Una constante en la historia de los pueblos

El pensamiento de Dios ronda la mente del hombre desde tiempo inmemorial. Aparece con terca insistencia en todos los lugares y todos los tiempos, hasta en las civilizaciones más arcaicas y aisladas de las que se ha tenido conocimiento. No hay ningún pueblo ni período de la humanidad sin religión. Es algo que ha acompañado Leer el resto de esta entrada »

¿La fe católica no es demasiado exigente?

Nunca sabe un hombre

de lo que es capaz

hasta que lo intenta.

Charles Dickens

No somos héroes

Quizá recuerdes aquella gran película protagonizada por Orson Welles que se titula “El tercer hombre”.

Una gran noria gira lentamente sobre los tejados de una Viena de posguerra, bombardeada y ocupada por las fuerzas internacionales, mientras debajo, como puntos lejanos, unos niños se entretienen en sus juegos.

El protagonista de la película es un adulterador de penicilina sin escrúpulos. Desde lo alto de la noria, su amigo le pregunta si ha llegado a ver personalmente la desgracia de alguna de sus víctimas, y este le contesta cínicamente: «No me resulta agradable hablar de eso. ¿Víctimas? ¡No seas melodramático! Mira ahí abajo: ¿sentirías compasión por algunos puntitos negros si dejaran de moverse? ¿Si te ofrecieran veinte mil dólares por cada puntito que se parara, me dirías que me guardase mi dinero…, o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar tú? Y… libre de impuestos. ¡Libre de impuestos! Hoy es la única manera de ganar dinero…»

«Antes creías en Dios», le recordó su amigo.

El protagonista reflexionó un momento y dijo: «¡Y sigo creyendo en Dios, amigo! Creo en Dios y en su misericordia; pero creo que los muertos están mejor que nosotros: ¡para lo que han dejado aquí…!».

Afortunadamente, son pocos los que llegan a ese grado de cinismo. Pero, salvando las distancias, todos corremos el riesgo de ser seducidos por esa especie de ética de la normalidad, cuyos eslóganes más emblemáticos podrían ser “eso es lo normal, lo hace todo el mundo”, “hoy día ya nadie piensa así”, “no hay que complicarse la vida”, “la vida es así, qué le vamos a hacer”, u otros semejantes.

“No somos héroes”, podría ser el santo y seña de los representantes de esta mentalidad. Una seducción que, de una forma u otra, todos experimentamos de vez en cuando. Y quizá entonces, como al tercer hombre, nos asalta ese pensamiento: “No nos pongamos melodramáticos…”, y apartamos la vista de aquello que no hacemos bien.

En esas ocasiones se comprueba que para llevar una vida coherente y moral, hace falta a veces un cierto grado de heroísmo. Para acabar con la esclavitud, o con la tortura, o con la segregación racial, por citar tres ejemplos no muy lejanos, hubo un tiempo en que muchos hombres tuvieron que actuar contracorriente, con heroísmo. Y esto es aplicable a cuestiones grandes o pequeñas, porque pocos logros morales pueden alcanzarse sin esfuerzo.

Razones para obrar en la adversidad

Afortunadamente, han quedado muy atrás aquellos moralismos austeros de otros tiempos, con esa exagerada exaltación del sacrificio y con desproporcionados sentimientos de culpa. Ahora, sin embargo, habría que preguntarse: ¿es posible vivir rectamente sin sacrificio y sin una adecuada noción de culpa?

Es verdad que, habitualmente, la generosidad es preferible al egoísmo. Y que, al menos a largo plazo, el camino de la virtud es más atractivo que el del vicio. Pero esto no siempre aparece así de claro. Y es precisamente en esas situaciones, en las que lo bueno se nos presenta rodeado de inconvenientes, y en cambio lo malo aparece ante nosotros con un enorme atractivo, es entonces cuando la ética se hace más necesaria. Y esa ética debe ofrecer razones para obrar en la adversidad. Ahí está el punto débil de esa ética light que se niega a exigir el suficiente nivel de sacrificio: que luego nos deja en la estacada precisamente cuando más la necesitamos.

¿Quién no se ha encontrado en el dilema de tener que elegir entre pasar por un pobre escrupuloso o bien ceder ante el dinero fácil, la mujer del vecino o la seducción de la mentira?

Se trata de situaciones que pueden presentarse a cualquiera, antes o después, con mayor o menor frecuencia. En esos momentos, la tentación siempre nos invita, sonriente, a superar prejuicios y estrecheces morales. Y será bien fácil que nos seduzca si el propio discurso moral se reduce a corrección, buena voluntad, decencia…, pero ni el más pequeño sacrificio.

Sin embargo, el sacrificio es el gran tema de la ética. Es una ingenuidad pensar que se puede amar a alguien, repartir bienes escasos, respetar ideas distintas o proteger el medio ambiente…, sin sacrificio. Toda existencia auténtica topa en no pocas ocasiones con la contrariedad del bien arduo, pues no siempre coincide lo bueno con lo que más va en nuestro provecho o nuestro interés.

—Estás describiendo la ética como algo muy cuesta arriba…

Hay cuestas arriba, pero efectivamente no quisiera teñir la virtud de un aspecto hosco o antipático. La excelencia moral nunca debe perder su verdadero rostro, que es siempre amable y liberador. Además, la virtud es un hábito bueno, y como tal, facilita los actos buenos y permite una atenuación progresiva del esfuerzo.

¿Un talante negativo?

—Muchos tienen la impresión de que la Iglesia lanza continuamente mensajes negativos, de prohibiciones y de reacciones defensivas.

Esa impresión varía mucho según las diferentes culturas de las naciones. En tiempos de la opresión comunista en la Europa del Este, la opinión pública percibía que la Iglesia anunciaba un mensaje de libertad, que transmitía una energía que también comunicaba fuerza a los no creyentes y les inspiraba grandes valores. También en África se ve la Iglesia como una gran fuerza dinámica que sale en defensa de los derechos de todos y hace frente a las situaciones de injusticia y corrupción del Estado. La Iglesia es también el mejor valedor del Tercer Mundo, donde emprende numerosísimas iniciativas y promueve sus derechos y libertades. Y en Latinoamérica la perspectiva es también otra. Quiero decir con esto que si en Centroeuropa se ve a la Iglesia como una instancia severa, quizá se debe a que precisamente ahí es donde denuncia muchas cosas que gran parte de la sociedad ha aceptado solo porque le resulta más cómodo.

Cuando la Iglesia habla, algunos solo conservan en su memoria alguna prohibición moral –casi siempre en materia de sexo–, y les queda la impresión de que la Iglesia solo se ocupa de juzgar y restringir la vida. Esto puede suceder por falta de acierto en algunas explicaciones, o por el enfoque o la selección de noticias que hacen los medios de comunicación, o por lo que sea. Pero las prohibiciones encuentran su sentido dentro de un contexto más amplio y positivo, al que lamentablemente se presta menos atención.

¿Y si se cediera un poco?

—¿Y no sería mejor que la Iglesia cediera un poco en unos cuantos de esos detalles que a la gente le cuesta más asumir?

La Iglesia no puede ceder en cuestiones de fe. Además, no resolvería nada: ahí está, como prueba, la experiencia de muchas de las iglesias protestantes, que tomaron hace ya tiempo una opción muy condescendiente en todas las cuestiones morales más debatidas, y el resultado ha hecho evidente que sus problemas no se han resuelto, ni han disminuido, por aceptar esas prácticas que la Iglesia católica no admite. Esas “soluciones” no han hecho más atractivo el Evangelio, ni han hecho más fácil ser cristiano, ni les han mantenido más unidos. Tener claro esto es importante para no equivocar el diagnóstico de lo que sucede.

Por eso es una lástima que en muchos ambientes (a veces, por desgracia, también en algunos círculos eclesiásticos), se centre el análisis y el debate siempre en el intento de cesiones en esos mismos puntos: el celibato opcional, la ordenación de mujeres, el matrimonio de los divorciados, el uso de preservativos, etc. Y es una pena que se orillen en cambio muchas otras cuestiones de mayor preocupación para la Iglesia y que apenas suelen tomar en consideración: por ejemplo, qué podríamos hacer, como cristianos, para explicar nuestra fe al ochenta por ciento de la humanidad que espera aún el anuncio del Evangelio; qué podríamos hacer para contribuir más a resolver los grandes retos morales que tiene la sociedad de hoy; o qué podríamos hacer para aliviar el sufrimiento que produce en tantos hombres su alejamiento de Dios y de la verdad.

La solución no está en ese catolicismo débil que adopta una cobarde estrategia de repliegue, de capitulación constante hasta en lo que más atañe a sus convicciones, de miedo a expresar su fe con voz alta y clara. Es triste escuchar sus declaraciones sinuosas, elusivas, vergonzantes, cuando se les inquiere sobre sus certezas religiosas; o asistir a la declinación de esas certezas si la conveniencia así lo exige; o ver su actitud acoquinada, achantada, resignada a aceptar cualquier veredicto supuestamente mayoritario. No puede fundamentarse la fe sobre cimientos tan medrosos y claudicantes.

Siempre y en todas partes, el Evangelio será un desafío para la debilidad humana, y en ese desafío está toda su fuerza. A pesar de todas las flaquezas de los hombres, la Iglesia debe continuar incansable en su tarea.

¿Son mejores los creyentes?

La carencia de vicios

añade muy poco a la virtud.

Antonio Machado

¿De qué sirve creer?

—Hay muchas personas que no tienen fe, pero que son, desde el punto de vista moral, iguales o mejores que los creyentes: en bondad, en abnegación, en honradez o en el ejercicio de las virtudes sociales y familiares.

Esas razones sobre el comportamiento ejemplar de algunos no creyentes, son en el fondo un argumento a favor de la religión. No hay que olvidar que esos hombres, pese a no ser creyentes, en la mayoría de los casos son ejemplares precisamente porque se guían por unos valores que están inspirados en el cristianismo. Intentaré explicarme.

Por ejemplo, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de la ONU de 1948 –un documento que en el mundo occidental nadie discute– ha sido cuestionada desde amplios sectores orientales e islámicos por considerarla “de excesiva inspiración cristiana”. Ese contraste indica que el Evangelio está presente de manera muy profunda en los valores que fundamentan nuestra civilización occidental, desde sus comienzos hasta ahora. Los mismos conceptos de “libertad, igualdad, fraternidad” de la Revolución Francesa, también son en su origen valores cristianos. El concepto de libertad universal, en el sentido de núcleo originario de la dignidad de todo hombre, era desconocido en el mundo oriental, que reservaba la libertad al déspota, y permaneció también ajeno al mundo greco-romano, el cual –aun teniendo en cuenta la libertad civil– sostenía que solo algunos hombres eran libres (como ciudadanos atenienses, espartanos, romanos…), y no el hombre en cuanto tal. Y si seguimos analizando la historia, enseguida puede verse también que los regímenes fundamentados en el ateísmo sistemático han producido resultados catastróficos. Basta pensar en los totalitarismos ateos de Lenin o Stalin en el mundo soviético, el de Hitler en la Alemania nazi, el de Mao en la China, o el de Pol Pot en Camboya, por fijarnos solo en el último siglo. Nietzsche, Engels y Marx, por ejemplo, consideraban la piedad, la misericordia y el perdón como la escapatoria de los débiles. Fueron sistemas filosóficos y políticos fundamentados en la negación de Dios y de sus mandatos, que fueron sustituidos por la tiranía de ídolos diversos, expresada en la glorificación de una raza, una clase, un estado, una nación o un partido. A la luz de esas desventuras, se comprende que si se pisotean los derechos de Dios se acaban violentando también los derechos humanos, y viceversa. Los derechos de Dios y del hombre se afirman o caen juntos. Y como asegura Frossard, si Occidente ha logrado escapar, y no sin dificultades, de los horrores de esas ideologías, ha sido gracias a sus hondas raíces cristianas, que han obligado al ateísmo a tomar la forma de un laicismo más tolerante.

Quiero decir con todo esto que a pesar de la pérdida de religiosidad, muchas personas conservan los contenidos de vigencias que tienen un origen religioso. Es verdad que hay efectivamente personas que llevan una vida honesta y recta, sin el Evangelio. Pero si una vida es verdaderamente recta, es porque el Evangelio, no conocido o no rechazado a nivel consciente, en realidad desarrolla ya su acción en lo profundo de la persona que busca con honesto esfuerzo la verdad y está dispuesta a aceptarla apenas la conozca.

—Pero, ante el valor moral de algunos no creyentes, ¿no tienes la impresión de que los cristianos dan –o damos–, en general, poco ejemplo? ¿No tendríamos que pensar un poco más en este mundo y un poco menos en el más allá?

Es cierto que hay cristianos que no dan –o quizá no damos– suficiente buen ejemplo. O que parecen haber olvidado su obligación de santificar esta vida como camino para alcanzar la del más allá. Pero está bien claro que los cristianos debemos esforzarnos por mejorar el mundo en que vivimos, en medio de nuestras ocupaciones habituales, como recomienda el Concilio Vaticano II. El hecho de que no todos los cristianos sean ejemplares no tiene por qué restar valor a la fe. Indica, simplemente, que los hombres tienen debilidades, cometen errores y no cumplen todos sus buenos propósitos.

Pienso, además, que debemos ser muy prudentes a la hora de juzgar a los demás, sean o no creyentes. Las miserias y los errores de los hombres se deben en buena parte a que han recibido una formación deficiente, y por eso sus fallos han de ser para nosotros un estímulo para procurar ayudarles, respetando su libertad. El verdadero espíritu cristiano impulsa a acercarse con afecto a todos los hombres, y eso aunque sean personas que lleven una vida muy equivocada, o incluso criminal, porque en esos casos –escribe Josemaría Escrivá–, “aunque sus errores sean culpables y su perseverancia en el mal sea consciente, hay en el fondo de esas almas desgraciadas una ignorancia profunda, que solo Dios podrá medir”. “Solo Dios sabe lo que sucede en el corazón del hombre, y Él no trata a las almas en masa, sino una a una. A nadie corresponde juzgar en esta tierra sobre la salvación o condenación eternas en un caso concreto”.

—Pero al ver tantas cosas que se hacen mal, uno piensa que Dios tendría que haber hecho algo para que su mensaje fuera más eficaz entre los hombres, o al menos entre los cristianos.

Dios ha irrumpido en la historia de una forma mucho más suave y respetuosa con la libertad del hombre de lo que a muchos les hubiera gustado. Pero así es su respuesta a la libertad. Dios se ha ofrecido a guiarnos, pero sin obligarnos. A los ojos de muchos parece que ha fracasado, y se preguntan por qué se muestra tan débil. Pero Él no quiere imponerse sino que solicita nuestra libertad, porque –como dice Henri J. M. Nouwen– su amor es demasiado grande para hacer nada de eso. Dios no quiere forzar, obligar o empujar. Da libertad, sin la cual el amor no puede surgir.

Peligros de la religión

—El marxismo decía que la religión era el opio del pueblo, y que las prácticas religiosas, y en especial el cristianismo, eran algo alienante. ¿Qué dirías sobre eso?

El balance histórico de las sociedades inspiradas por el marxismo –y más aún después de la caída del bloque soviético–, demuestra dónde estaba la verdadera alienación. “En cambio –ha escrito Ángeles Caso– hay algo sorprendente en la doctrina cristiana: su capacidad para sobrevivir durante siglos, para afectar, emocionar e imponerse en una forma de vida y de cultura social en medio mundo. La ideología marxista aplicada a la realidad apenas ha durado medio siglo y ha sido un desastre. La doctrina cristiana, en cambio, lleva ya veinte de existencia, y no parece ir a menos. No es un dato que convenga desdeñar.”

Es cierto que puede a veces haber religiones y prácticas religiosas que alienan al hombre. Un ejemplo son las prácticas supersticiosas de algunas religiones animistas en África, que suponen un serio impedimento para la estructuración de la sociedad, al difundir un miedo irracional a los espíritus. Y ha habido, a lo largo de la historia, muchas religiones inhumanas con ritos plagados de sacrificios humanos. Basta recordar el culto de los incas o los aztecas, por ejemplo. También algunas divinidades griegas eran completamente negativas, como sucede aún ahora, por ejemplo, con algunos dioses del cosmos religioso indio. Y algo parecido puede decirse de la actividad de muchas sectas en nuestros días.

—No puede decirse entonces que toda religión ayude al hombre a ser bueno.

Algunos modos de entender la religión pueden hacérselo bastante difícil, como acabamos de decir. Es indudable que hay formas religiosas degeneradas y enfermas, que no elevan al hombre, sino que lo alienan. Y también las religiones a las que hay que reconocer una grandeza moral y están en el camino hacia la verdad, pueden enfermar en algún trecho del camino.

—¿También el cristianismo?

También puede suceder, cuando se deforma o se hacen reducciones sectarias. Aunque en ese caso ya no sería propiamente cristianismo, sino otra cosa.

En la religión cristiana se han dado a veces desviaciones patológicas, y la historia recoge abundantes ejemplos de errores teológicos más o menos extendidos entre los cristianos, que la autoridad de la Iglesia ha tenido que corregir. Ha habido ocasiones en las que la verdadera fe cristiana se ha mezclado con prácticas supersticiosas, o con el uso de la violencia, o con la dialéctica marxista de la lucha de clases. O se ha visto afectada por relajaciones morales de muy diverso tipo.

No todos los cristianos han vivido siempre bien el cristianismo. Pero la fe cristiana ofrece las pautas y medios precisos para la necesaria purificación de esos errores.

—¿Y en qué se distingue un buen católico de los demás hombres?

Los católicos somos como los demás hombres: unos mejores y otros peores, como sucede en cualquier religión, donde puede haber personas de gran calidad humana y otras de las que no puede decirse lo mismo. Pienso que no se trata de hacer estadísticas para ver qué proporciones hay de unos u otros. La fe católica afirma que quien viva fielmente esa fe, se purificará de sus errores y flaquezas, mejorará como hombre y alcanzará la vida eterna.

¿Son mejores los que van a Misa?

—Pero hay quienes se presentan como católicos, van a Misa…, pero luego resulta que no son buenas personas…

Está claro que el hecho de que una persona vaya a Misa no es un seguro a todo riesgo para su honestidad. Siempre será una ayuda para lograrlo, pero no una garantía. Y el hecho de que unas personas poco ejemplares vayan a Misa no resta valor a la Misa ni a la fe católica.

—Pero sería mejor para la fe católica que esas personas poco ejemplares no hicieran manifestaciones de religiosidad.

Quizá fuera un buen marketing para la Iglesia –aunque lo dudo–, pero Jesucristo dijo que no necesitan de médico los sanos sino los enfermos. La Iglesia debe acoger maternalmente a sus hijos, tanto si son grandes santos como si son grandes pecadores. Los católicos no presumen –al menos, no deberían hacerlo, y creo que pocos lo hacen– de ser una élite de la santidad o un modelo de virtud. Simplemente, se esfuerzan por mejorar.

Y ya que has mencionado lo de la asistencia a Misa, recuerdo que un viejo amigo me decía que siempre le había llamado la atención encontrar tanta gente necesitada pidiendo limosna a la puerta de las iglesias, y que, en cambio, se vieran tan pocos mendigos o personas en paro a la puerta de los casinos, los bingos, las salas de fiestas o los bancos, cuando probablemente por esos sitios pase mucha más gente y de más dinero. Y tampoco se ven apenas pobres a las puertas de los sindicatos o de los organismos políticos, pese a que en esos lugares debieran esperarse en principio más fáciles muestras de solidaridad. Y como es de suponer que esos hombres son quizá pobres pero no idiotas, cabe pensar que actúan así porque ellos sí que creen que la gente que va a Misa es, en general, más generosa que la media.

En cualquier caso, sabemos bien que para salvarse no basta con pertenecer a la religión verdadera, ni con ir a Misa cada domingo. Y también está claro que de religiones muy diversas puede recibirse aliento y enseñanza para ser mejores y alcanzar la salvación, con la ayuda de Dios.

¿La moral ayuda a pensar bien?

Quien en nombre de la libertad

renuncia a ser el que tiene que ser,

ya se ha matado en vida: es un suicida en pie.

Su existencia consistirá en una perpetua fuga

de la única realidad que podía ser.

Ortega y Gasset

¿Inculcar una moral es lavar el cerebro?

—Muchos piensan que inculcar a una persona unos principios morales preestablecidos es un modo de lavarle el cerebro. Dicen que lo mejor es que cada uno vaya sacando de su experiencia personal sus propios criterios morales.

Entiendo que lavar el cerebro a una persona consiste en disminuir su capacidad de juzgar razonadamente. Pero educar a las personas para desarrollar el hábito de ser veraces, o generosas, o justas, o respetuosas con los demás, no puede decirse que atente contra su capacidad de tomar decisiones razonables. Es justamente al revés. Los buenos hábitos morales refuerzan la capacidad de juzgar razonablemente.

Por el contrario, cuando faltan los hábitos morales resulta más fácil que se extravíe la razón. Fue Lenin quien dijo aquello de que “si queremos dominar a un pueblo, antes corromperemos su moralidad”.

¿Y si es una moral equivocada?

—Pero no siempre sabemos exactamente qué exige la ley moral, y sería triste correr el riesgo de propagar errores.

La moral es una ciencia difícil y su aprendizaje está efectivamente sujeto a errores. Pero esos posibles errores no disminuyen su importancia, ni su necesidad, de la misma manera que el hecho de que una persona se equivoque al sumar no significa que las matemáticas estén equivocadas, ni que sean poco importantes.

El fallo y el error son inherentes al obrar humano, y también a la educación y la enseñanza (incluidas las matemáticas). Pero ese riesgo no debe disuadirnos de buscar la verdad ni de ayudar a los demás a buscarla.

Además, la ley moral está más clara de lo que quizá algunos pretenden. Todo hombre percibe en su interior la existencia de una ley que no se dicta a sí mismo y a la cual debe obedecer.

—Pero no siempre tenemos una evidencia clara de lo que es bueno o malo.

Efectivamente, no siempre lo bueno y lo malo se presentan con una claridad total. Pero el hombre que busca la verdad con honradez acaba discerniendo qué es bueno o malo en cada caso.

Hay aplicaciones prácticas en las que no es fácil discernir lo mejor de lo peor, pues la ética no es una ciencia exacta, como pueden serlo las matemáticas, pero hay bastantes cosas claras y accesibles a cualquiera que busque la verdad ética con rectitud. Y en todo caso, esa búsqueda siempre será fructuosa.

Ley moral y felicidad humana

—Pero a lo largo de la historia han surgido infinidad de concepciones morales radicalmente incompatibles entre sí…

Las diversas concepciones morales que han ido surgiendo a lo largo de la historia del género humano, tienen efectivamente puntos en contradicción, pero también muchos otros en común. Algunos insisten tanto en la incompatibilidad que llegan a pensar que toda ética es una invención humana propia de cada momento o lugar. Pero la historia muestra que la intuición moral natural es bastante común a todas las grandes civilizaciones que han presenciado el paso de los siglos, desde hace miles de años.

Los grandes imperativos morales están presentes en toda la historia. Las grandes conquistas éticas de la humanidad son tan verdaderas como las conquistas de la ciencia experimental o de la técnica. O incluso más, ya que captan más profundamente la verdad y resultan más decisivas para la felicidad humana.

—¿Por qué te parecen más decisivas?

Porque la moral es decisiva para la dignidad del hombre. Despreciar la moral no hace al hombre más libre, como si fuera algo de lo que al hombre conviniera liberarse. Desatender el deber moral degrada al hombre, lo desplaza a un escalón menos humano, lo aparta de la felicidad.

La enseñanza de la religión

—¿Y qué opinas sobre la pretensión de la Iglesia de que se enseñe religión cristiana como una asignatura más en los currículos escolares? ¿No es contradictorio que haya una asignatura confesional en un Estado aconfesional?

Si esa asignatura se elige libremente, pienso que es una pretensión muy razonable, y muy respetuosa tanto con el valor educativo de la religión como con la libertad de los padres. Caben muchas soluciones, como elegir entre esas clases u otras alternativas de ética, o de historia de las religiones, etc.

«La religión –afirma Juan Manuel de Prada–, además de una elección trascendente, es una rama esencial del conocimiento, puesto que sobre ella se fundamenta nuestra genealogía cultural. Para entender cabalmente los tercetos encadenados de Dante hace falta tener una cultura religiosa; para hacer inteligible a Tiziano hace falta una cultura religiosa; para disfrutar de la música de Bach hace falta una cultura religiosa. Y, puesto que no estamos hablando de nimiedades, se impone que esa transmisión cultural sea evaluable; no creo que haya asuntos mucho más importantes que hacer partícipes a nuestros hijos de este riquísimo legado. Considero, pues, inobjetable la existencia de una disciplina que exija unos conocimientos básicos e irrenunciables sobre el fenómeno religioso. Los hombres de mañana no pueden crecer desgajados de su genealogía espiritual y cultural, como si esa herencia incalculable fuese algo inerte; si desterrásemos de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura, estaríamos condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada. Y, como católico, deseo que mis hijos reciban una educación acorde con los principios en los que creo. Puesto que la religión católica es mucho más que un mero repertorio de dogmas y liturgias, puesto que constituye el sustrato fecundo sobre el que se edifica nuestra civilización, nuestra cultura y nuestra moral, quiero que mis hijos sean instruidos en sus misterios. Quiero que sepan que hubo un hombre entreverado de Dios que se subió a una montaña para proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana, que dignificó el sufrimiento inmolándose en una cruz. Quiero que ese hombre entreverado de Dios sea la piedra angular de su formación; a nadie perjudico con esta elección y a nadie se la impongo».

El Estado debe proteger el pluralismo y el derecho de los padres a elegir la formación de sus hijos. Cuando algunos “progresistas” desean que se imponga a todos de una educación materialista, y quieren prohibir la enseñanza de la religión en la escuela, habría que recordarles que no es lícito invocar la libertad para imponer a través del sistema público de enseñanza una concepción materialista y atea de la vida. Sin la dimensión religiosa, queda amputada la visión integral de la realidad.

«Solo desde el cristianismo –recalca José Ramón Ayllón– es posible entender a Lutero y a Erasmo, a Miguel Ángel y a Bernini, a Felipe II y a Enrique VIII, a Dante y a Jorge Manrique, a Lope de Vega y a Quevedo. Gracias a la asignatura de religión han entendido aspectos fundamentales de la historia de Europa: una larga historia que pasa por el Camino de Santiago, por las catedrales románicas y góticas, por la pintura barroca, por el Réquiem de Mozart, la Pasión de Bach y el Mesías de Haendel, y también por la fundación episcopal o papal de las universidades.

»La religión tiene un efecto saludable sobre la personalidad de quienes la estudian. En realidad, no podría ser de otro modo. Porque Jesucristo, el más atractivo y exigente de los modelos que registra la historia humana, contagia generosidad y compasión, comprensión y amor, justicia y responsabilidad, limpieza de pensamiento y de vida, sentido de la vida y de la muerte, alegría y esperanza inquebrantable.

»Ya sé que el cristianismo no es una ética, pero la revolución religiosa que origina tiene, como gran efecto secundario, una extraordinaria revolución ética. Y esa nueva interpretación de la condición humana, unida al orden jurídico romano y al orden mental griego, da lugar a la civilización occidental. Jesucristo llama bienaventurados a los pobres de espíritu, que se saben nada delante de Dios. A los mansos, que no se dejan arrastrar por la ira y el odio. A los que lloran los pecados propios y ajenos. A los que tienen hambre y sed de justicia, y desean con todas sus fuerzas el triunfo del bien. A los que son compasivos y misericordiosos. A los de corazón limpio. A los que promueven la paz a su alrededor.

»Así se resume la ética cristiana. Cristo la presenta en toda su exigencia y radicalidad, afirmando que exige hacerse violencia, pero señalando al mismo tiempo que vale la pena contarse entre los esforzados que lo intentan. En la historia de la humanidad, las bienaventuranzas constituyen un cambio radical en las usuales valoraciones humanas, al poner los bienes del espíritu muy por encima de los bienes materiales. Sanos y enfermos, poderosos y débiles, ricos y pobres, torpes e inteligentes, todos son valorados por Dios al margen de esas circunstancias accidentales. Y eso tiene un enorme valor educativo, en medio de un mundo consagrado al pragmatismo del éxito.

»Además de su indudable valor cultural, la religión se diferencia de las demás asignaturas al ofrecernos este plus de sentido. Por eso, discutir su presencia en las aulas me parece tan pintoresco como discutir las matemáticas o la lengua.»

—¿Y qué dices sobre los peligros de los fundamentalismos religiosos?

Algunas personas dicen que como la religión presenta en algunos casos síntomas fundamentalistas, lo mejor es suprimir la religión como cosa de fanáticos.

No se dan cuenta –señala Ignacio Sánchez Cámara– de que con tan extravagante razonamiento habría que prohibir, entre otras cosas, el fútbol y la política. Tan perspicaces para percibir los desmanes del fanatismo religioso, son incapaces de comprender la potencia humanizadora de la religión, lo que a ella deben las grandes creaciones del espíritu humano, la íntima relación entre arte y trascendencia. Este “fundamentalismo irreligioso”, que sufre convulsiones y mareos con solo recordar la Edad Media y que suele despacharla con las simplezas al uso y las loas a una modernidad tergiversada, no acepta la enseñanza de la religión en los centros públicos. No les basta que exista una opción confesional y otra no confesional. Lo que quieren es la supresión de toda referencia religiosa en los centros públicos, el anatema sobre toda religión, reducida a la condición de patología del espíritu. Son los mismos que ríen y aplauden las blasfemias y las burlas públicas a las creencias religiosas y al sentimiento de lo sagrado y se indignan y braman con gesto plañidero si un jefe de Estado o de Gobierno reza en público. Es una vez más la tolerancia de ida pero sin vuelta, unidireccional. Ni siquiera les basta con poner al mismo nivel la piedad y la burla antirreligiosa. Hay que tolerar todo menos la expresión pública de lo trascendente.

¿Acaso Dios busca fastidiar?

Si el semblante de la virtud

pudiera verse,

enamoraría a todos.

Platón

¿Caminar sobre el agua?

Ha escrito un pensador español que quien, en aras de la libertad, pretendiera caminar sobre las aguas, solo conseguiría ahogarse. Y si esto sucede en el orden físico, algo parecido ocurre en el orden moral.

Es verdad que los efectos de transgredir las leyes morales no suelen ser tan patentes como ir en contra de las leyes físicas, pero no por eso las consecuencias son menos destructoras. Transgredir las leyes físicas –como, por ejemplo, al pretender caminar sobre las aguas– acarrea unas consecuencias fácilmente comprobables. Pero el hecho de que sean más fácilmente comprobables no implica que por eso sean más ciertas: simplemente, son más fáciles de entender.

Es cierto que somos libres. Somos libres de tirarnos volando desde un tercer piso. Somos libres de intentar caminar por el agua. Pero eso no significa que sea lo más sensato, porque no tenemos alas ni aletas.

Somos libres para caminar desnudos por el polo Norte, pero no es lo más aconsejable si la naturaleza no nos ha dado una protección térmica como la de la foca o el pingüino. Hacemos un uso sensato de la libertad solo en la medida en que asumimos libremente las leyes que rigen nuestra propia naturaleza.

Necesitamos de nuestra libertad, pero debemos contar siempre, además, con la realidad de nuestra naturaleza. Si no, podremos demostrar que somos muy libres, pero no habremos demostrado mucha sensatez.

—Pero no todo el mundo coincide en cuáles son las exigencias morales de la naturaleza del hombre.

Todo ser humano tiene un conocimiento íntimo, natural, de la ley moral, con los consiguientes deberes para con uno mismo, con los demás y con la propia naturaleza. Otra cuestión es que podamos engañarnos al percibirlo o al llevarlo a la práctica.

Cuestión de sensibilidad

—Pero de alguna manera deberíamos percibir que la transgresión de esa ley nos perjudica, ¿no?

Si en un coro hay uno que da una nota falsa, una persona que apenas entendiera de música, o que tuviera mal oído, no notaría nada. Pero si el que escucha es alguien que sabe, se dará cuenta enseguida de que hay uno que está desafinando.

Algo parecido nos sucede cuando, por las razones que sean, nos falta sensibilidad moral: no notamos hasta qué punto nos perjudica una transgresión de la ley natural (con la diferencia de que ese error tiene mayor influencia en nosotros que un fallo musical).

Cuando alguien quebranta las leyes físicas (la ley de la gravedad, por ejemplo), pronto comprueba que el verdadero quebrantado es él mismo. Con la ley moral sucede algo parecido, aunque a veces tarde en descubrirse. Cuando el hombre transgrede las exigencias morales naturales se degrada, se aleja de su pleno desarrollo personal. Por eso, si nos esforzáramos más por conocer las verdaderas consecuencias de nuestros actos, cambiaría quizá bastante nuestra forma de actuar.

¿Aguafiestas de la vida?

Hay personas que creen –como dice aquel dicho popular– que “todo lo que nos gusta, o está prohibido o engorda”. Piensan que la virtud, o la religión, son realidades que vienen a aguarles la fiesta de la vida. Las ven como una ingrata secuencia de restricciones, obligaciones y renuncias. Solo se fijan en el lado antipático que siempre presenta cualquier esfuerzo, y no advierten el lado atractivo de la virtud, su rostro amable, su efecto liberador.

“Solamente haciendo el bien se puede realmente ser feliz”, decía Aristóteles. Todo lo que Dios exige, nos lo exige precisamente porque es lo que más nos conviene.

Dios no ha señalado una serie de exigencias morales con el sencillo objeto de fastidiarnos. Sería un error asociar la voluntad de Dios, o el premio en el más allá, a una supuesta resignación a la infelicidad en esta tierra. Si la vida es un don de Dios, y la felicidad eterna es su destino, tiene razón Aristóteles cuando dice que la felicidad está unida a cumplir ese designio divino. La ética es una facilitación de la vida, no su constante entorpecimiento.

Vivir los mandatos de Dios tiene cierto parecido –aunque lejano– con seguir las instrucciones de mantenimiento de un vehículo. Esas instrucciones pueden prescribir algunas normas cuyo motivo no siempre el usuario entiende totalmente. Pero el fabricante, que conoce bien el funcionamiento, nos recomienda que, por nuestro bien, cumplamos esas normas, aunque no siempre terminemos de comprenderlas bien. Si alguna cosa nos parece inútil es porque quizá ignoramos los daños que provocaría su incumplimiento.

—Pero ya que la fe es algo razonable, lo lógico sería que entendiéramos bien por qué conviene hacer las cosas.

Siguiendo con el ejemplo del vehículo, imagina una persona que quisiera utilizar durante años un automóvil sin querer cambiar el aceite, o sin reponer el líquido de frenos, porque dice no entender bien la necesidad de hacerlo con tanta frecuencia. Acabaría por gripar el motor por falta de lubricante, o se estrellaría por falta de líquido de frenos. Y no dejaría de correr esos riesgos por el hecho de desconocerlos, o de no entenderlos bien del todo (o de no querer entenderlos).

Si desea entender bien las razones de lo que hace, lo más sensato entonces es que aprenda mecánica del automóvil. Si sabe poco de esa ciencia, el hecho de seguir esas instrucciones del fabricante no supone actuar de modo poco razonable, sino actuar fiándose de alguien. Cuando se actúa fiado en otro, también se aplica el entendimiento: uno entiende que lo que le dicen merece credibilidad, porque cree que la persona que se lo dice es digna de crédito.

Creer es propio de seres inteligentes

Creer es algo razonable. Nos pasamos la vida fiándonos de lo que alguien nos dice. Por la autoridad de otros aceptamos las creencias históricas, la mayoría de las geográficas y buena parte de las referidas a los asuntos de la vida cotidiana. Nos fiamos del manual de instrucciones del coche, y de multitud de cosas en la vida normal de cada día: de lo contrario, sería imposible vivir.

—Pero a muchos las exigencias de la fe les parecen exageradas.

Hay realidades que exigen un cierto nivel de exigencia y de compromiso. Es fácil encontrar o inventar teorías agradables al oído, cálidamente permisivas, y que incluso adornen la vida de un cierto aire trascendente, pero no basta con eso para que sean verdaderas.

—Pero decías que hacer el bien no tiene por qué ser desagradable.

Lo principal no es buscar lo agradable ni lo desagradable, sino lo que es propio de nuestra naturaleza de hombres. O lo que quiere Dios de nosotros, que en definitiva es lo mismo. Y como Dios busca siempre nuestro bien, precisamente eso será lo mejor para nosotros. Y, a la larga, también lo más agradable.

Si llegamos con sed a una fuente en la que encontramos un cartel que dice “agua no potable”, esto puede producirnos una primera reacción de desagrado, pues tenemos sed y allí hay agua fresca. Pero saciar la sed con esa agua nos llevaría a una intoxicación, que ese cartel nos ahorra. Quien pone ese cartel no busca fastidiar, sino ayudar, prevenirnos ante un mal no siempre perceptible con evidencia. Y esa agua no nos hace daño por tener el cartel, sino que han puesto el cartel para que no nos haga daño.

La fe verdadera es exigente. Y exige una conversión verdadera, del corazón. El deber moral no puede considerarse como una cárcel de la que el hombre tenga que liberarse para poder hacer finalmente lo que le venga en gana. Las normas morales no son limitaciones arbitrarias impuestas a las personas, sino verdades liberadoras que llenan de luz su existencia y constituyen su propia dignidad.