Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

13Nov/100

Un posible argumento de la existencia de Dios: la felicidad terrena

Es causa de felicidad del hombre la posesión de un bien; así como es causa de tristeza la privación del mismo. El grado de felicidad depende, en principio, de la mayor o menor calidad del bien. Es propio de un bien superior proporcionar una alegría mayor que la que proporciona otro ser inferior, salvo que se introduzca algún factor añadido que trastoque este orden. Por ejemplo, la envidia puede hacer que no alegre la posesión de un bien porque otra persona tiene otro mejor. Es lógico que un diamante cause más alegría que una piedra, que una flor cause más alegría que un helecho, o que un perro más que una rana.

Por tal motivo, la persona es el ser capaz de dar mayor felicidad entre todos los de naturaleza visible. Por eso, la relación con las personas, prestarles servicios es una gran fuente de alegría. El egoísta olvida esto poniendo su corazón en sí mismo y en las cosas materiales, de esta manera se cunfunde y buscando la felicidad es la tristeza lo que encuentra.

La virtud llena al hombre de alegría. Así como el ansia de poseer es una fuente constante de insatisfacción, el esfuerzo por ser mejor llena el alma de alegría. Y como entre las virtudes, las más altas son las que hacen referencia a Dios, la mayor fuente de felicidad es el ejercicio de las virtudes teologales, la fe, la esperanza y la caridad. La intimidad con Dios es lo que más llena de alegría al hombre. Una experiencia sobre este punto es la siguiente: los niños de países subdesarrollados normalmente son más alegres que los de los países opulentos. No tienen y son felices. Entonces ¿porque son felices? Porque no están atados a las cadenas de las cosas materiales.

Lo que causa el gozo es el bien, luego si Dios proporciona la mayor felicidad es porque es el bien Sumo. Si tenemos en cuenta la doctrina de los trascendentales habrá que decir que como el bien y el ser se convierten, si Dios es el bien supremo es también el ser supremo, luego Dios existe.

Este argumento, muy fácil de entender, puede ser difícil de aceptar. Por otra parte, si se acepta este argumento no será tanto por puros razonamientos, sino por la experiencia psicológica vital de lo que se ha afirmado. Quien dude que lo pruebe y verá que es verdadero. Un hombre que tiene a Dios podrá sufrir mucho por las contrariedades de la vida, pero en el fondo tiene una alegría profunda porque su alma está en paz con Dios. Por lo tanto: Quien vive lejos de Dios es muy difícil que acepte este argumento porque no tiene experiencias espirituales. Quien obra el bien ya puede comprenderlo porque el bien evoca al Bueno. Quien vive en Dios no tiene duda alguna. Lo experimenta. Por eso los hombres más felices son los santos. Aunque esto no impide que encuentren sufrimientos en la tierra, pero el problema del sufrimiento es su comprensión. Si se descubre el valor del dolor se experimenta la alegría porque se comprende que vale la pena.

Expresivas son las conocidas palabras de S. Agustín quien después de buscar por todas partes la felicidad acabó encontrándola en Dios hasta el punto que exclamaba de esta manera:

"Tarde os amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde os amé. Y he aquí que vos estabas dentro de mí, y yo de mí mismo estaba fuera, y por de fuera yo os buscaba; y en medio de las hermosuras quo creasteis irrumpía yo con toda la insolencia de mí fealdad. Estabais conmigo, y yo no estaba con vos. Manteníanme alejado de vos aquellas cosas que si en vos no fueran, no serian. Pero vos llamasteis, gritasteis, derrumbasteis mi sordera; centelleasteis, resplandecisteis, ahuyentasteis mi ceguera, derramasteis vuestra fragancia, la inhalé en mi respiro y ya suspiro por vos; gusté y tengo hambre y sed, me tocasteis y encendime en el deseo de vuestra paz"[1].

S. Agustín refleja en este texto las inquietudes de su alma antes del encuentro con Dios y la frustración quo le produjeron las criaturas que, aun siendo buenas, sin Dios dejan un poso amargo en el alma. Por otra parte, S. Agustín expresa, y esto es de destacar, una experiencia subjetiva de Dios que le subyuga. La felicidad de los santos no es fruto de un Dios fruto de la imaginación e incapaz de causar nada, sino la experiencia de un Dios vivo. El alma es consciente de la pasividad de esa alegría, que es una alegría que le viene de fuera. Y si fuera está la nada cómo puede ser fuente de gozo.

A semejanza del sol que ilumina y calienta de modo gratificante para quien es inundado por sus rayos, así sucede con el hombre que, en la medida en que se acerca a Dios y se deja iluminar por El, es tanto más feliz. Como el sol es capaz de calentar, así un Dios es capaz de proporcionar felicidad. La tristeza —no me refiero al dolor que tiene un tratamiento diferente— tiene por fundamento, a semejanza de las nubes que impiden recibir los rayos del sol, el pecado que aparta al hombre de Dios, es decir, la rebeldía. Ni el robo, ni el asesinato, ni la avaricia, ni la soberbia, ni la envidia, etc... dan la felicidad. En cambio da la felicidad la generosidad, el sacrificio, el buen obrar; es decir el obrar no según mentira sino según la verdad plena del hombre. La mejora de conducta eleva, su empobrecimiento llena de remordimientos y de tristeza.

A veces puede parecer que los hombres cercanos a Dios no son los más felices, pero no es así. En todo caso será una apariencia de cercanía, pues los santos aun en el dolor encuentran la felicidad. Escuchemos las palabras de Taulero en su famoso diálogo del Teólogo y el mendigo:

Un teólogo - este era el mismo Taulero - suplicó a Dios que le mostrase el camino de la verdad. Cierto día en que ardía en este deseo con más ansias que nunca, oyó una voz del Cielo que le dijo: Sal fuera y dirígete hacia la Iglesia, y encontrarás al hombre que te enseñará el camino de la verdad. Sale, pues, y halla un mendigo con los pies lastimados, desnudos y cubiertos de lodo, llevando sobre sí tan pobres vestidos que no valían tres óbolos.

Saludole diciendo: Dios os conceda un buen día. Respondiole el mendigo: no recuerdo haber tenido un día malo. Dios os haga dichoso, continuó el maestro.Nunca he sido desgraciado, continuó el pobre. Dios os bendiga, repuso el teólogo: mas explicaos, porque no entiendo lo que decís.

Con mucho gusto lo hará, dijo el pobre. Me habéis deseado un buen día, y os he respondido que no recuerdo haber tenido jamás un día malo. En efecto, cuando el hambre me atormenta, alabo a Dios; si sufro frío, si graniza, si nieva o llueve, lo mismo en buen que en mal tiempo alabo a Dios; cuando padezco necesidad, en los reveses y desprecios, alabo también a Dios; de donde resulta que no hay día malo para mí. Me habéis deseado además una vida feliz y dichosa, yo os he respondido que nunca he sido desgraciado, es esto verdad, porque he aprendido a vivir con Dios y estoy persuadido de que todo cuánto El hace no puede ser sino muy bueno. De ahí que todo cuánto de Dios recibo, y permite me venga de otra parte, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, lo miro como una verdadera fortuna, y lo acepto de su mano con alegría...[2].

En esta vida cuando se comprende el valor del dolor se es feliz; en cambio en medio de todos los placeres se puede experimentar el mayor de los hastíos. Porque como dice Santa Teresa: «Quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta».

Y es precisamente mediante el análisis del gozo como justifico esta vía. Al observar el gozo podemos darnos cuenta de que radica en la posesión de la verdad y del bien. La nada no da gozo. El pecado da cierto gozo porque tiene alguna razón de bien, luego deja un poso do amargura en el alma porque es más el bien perdido que el ganado. De manera que el pecado se presenta como una gran mentira. Es importante dejar muy claro para esta demostración que la fuente de la alegría está en la verdad y el bien.

Las realidades que hacen referencia a Dios son las que proporcionan mayores gozos. Cuánto más cerca se vive de Dios tanto más feliz se es y eso se debe a que Dios es la fuente de la alegría. La lejanía divina es sinónimo de tristeza, entre otros motivos porque no hay camino para la esperanza. Los bienes terrenos dejan muy infelices a los hombres. y es que como dice S. Juan de la Cruz las cosas de abajo no pueden dar satisfacción al hombre. Refiriéndose a los males que causan en el alma los apetitos desordenados dice:

El uno es que privan del espíritu de Dios, y el otro es que al alma en que viven la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen, según aquello que dice Jeremías: “Duo mala fecit populus meus: dereliquerunt fontem aquae vivae, et foderunt sibi cirternas dissipatas quae continere non valent aquas”. Quiere decir: “Dejaronme a Mí, que soy fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas rotas, que no pueden tener agua” (Jer. 2,13).

Los bienes de la tierra no pueden satisfacer; pero Dios sí. Y no solo en la vida eterna, sino también en esta vida aunque aquí la felicidad sea relativa, fundada en una posesión por fe y esperanza.

Todo ello lleva a los santos a explosiones de amor de Dios, de gozo con su trato, de hambre de poseerle. A modo de ejemplo recojo una manifestación de la felicidad de la Santa de Avila, tanto en la posesión como en la esperanza de Dios:

Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero

Vivo ya fuera de mi / Después que muero de amor / Porque vivo en el Señor / Que me quiso para sí / Cuando el corazón le di / Puso en el este letrero / que muero porque no muero

Esta divina prisión / Del amor con que yo vivo / Hace a Dios mi cautivo / y libre mi corazón / y causa en mí tal pasión / Ver a Dios mi prisionero / que muero porque no muero.

Por tanto, la felicidad está en relación con la posesión de la verdad y del bien; en cambio, la falsedad y el mal son fuentes de amargura. Si Dios es la suma bondad, como ya he dicho antes, es porque es el Sumo Bien y, por lo tanto el Sumo Ser. Luego, Dios existe.

Basta con que el pecador pida perdón a Dios con sinceridad y espíritu de arrepentimiento para experimentar gozo y con él la verdad de este argumento.

Pablo Ozcoidi

[1]S. Agustín, Confesiones, Libro X, capítulo XXVII.

[2] V. Lehodey, El Santo abandono, p 535
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