Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

28Mar/100

Valor histórico de los Evangelios (2)

Valor histórico de los Evangelios (2)

Si nada ha omitido la incredulidad para arruinar, si pudiera, la veracidad de los libros del Antiguo Testamento, dicho se está que Había de esforzarse en dirigir sus más formidables golpes contra la certid umbre de los Evangelios. Quebrantar esta certi­dumbre sería quebrantar el mismo Cristianismo. ¿No son los Evangelios los que, sobre todos los otros sagrados libros, nos cuentan, á la vez que la vida, milagros, muerte y resurrección de Jesucristo, la institución de la Iglesia? Importa, pues, establecer so­bre sólidas pruebas la autoridad histórica de los santos Evangelios, esto es, su autenticidad, su integridad y su veracidad substancial.

§ I. Autenticidad

Para atacar la autenticidad de los Evangelios, la crítica independiente ha puesto en juego, sobre todo de un siglo á esta parte, todas sus armas. Irónica, primero, y mentirosa bajo la pluma de Voltaire y sus secuaces, se la vió luego afectar con Lessing y sus adeptos alemanes el severo ademán de la ciencia. Se ha hecho, sucesivamente, naturalista con Eichhorn y Paulus, mítica con Strauss, Petrinista y Paulinista con Batir y la Escuela de Tubinga. Hoy día muéstrase más bien documentaria. ¿Será éste el último grado de evolución de la crítica? A la verdad, no lo esperarnos así.

Pero sea lo que fuere, es evidente que estamos en posesión de un hecho, por todos indudablemente reconocido y es que, á medida que van sucediéndose los sistemas racionalistas, uno tras otro van cayendo también en el olvido, hasta tal punto que ha llenado ya de confusión á algunos de sus partidarios.

Por el contrario, la autenticidad de nuestros Evangelios parece cada vez más inexpugnable. Tanto es así, que la crítica ha hecho mil imposibles para retrasar la fecha ele su composición. Por esta causa empeñábanse algunos en remontar la aparición del Evangelio de San Juan. Pero he aquí que Tischendorf escribe sin titubear: «Nos creernos autorizados para colocar hacia el fin del siglo l, no sólo el naci­miento o composición de los Evangelios, sino su compilación en un cuerpo canónico.» El mismo M. Harnack declara que todos los hombres competentes acabarán por reconocer que «el cuadro cronológico, según el cual ha dispuesto la tradición los antiguos monumentos del cristianismo, es exacto en todas sus líneas principales, y, por consiguiente, obliga al historiador á rechazar toda hipótesis que esté en oposición con él». (1)

TESIS. -LOS EVANGELIOS FUERON ESCRITOS EN EL SIGLO DE LA ERA CRISTIANA POR LOS AUTORES CUYO NOMBRE LLEVAN ESTO ES, POR LOS APÓSTOLES O POR SUS INMEDIATOS DISCÍPULOS,

PRIMER ARGUMENTO. -Los testimonios positivos er favor de esta autenticidad son' tan numerosos y cons tantes, que desafían toda seria contradicción. Tene mos, en efecto, sobre este punto:

1. El acuerdo unánime de todos los autores cristia­ nos de los primeros siglos. Si desde fines del siglo II nos remontamos hasta los tiempos apostólicos, veremos sucederse sin interrupción un sin fin de testimonios, irrecusables todos, de la autenticidad de nuestros Santos Evangelios. «El Verbo, habiendo aparecido en medio de los hombres, escribe San Ireneo, nos ha dado un cuádruple Evangelio, animado de un mismo espíritu.» (Contra Haer. III, XI, 7, 9.) No solamente el santo obispo de Lyon nombra los cuatro Evangelios, sino que los cita continuamente en sus obras. Tanto es así que se encuentran en ellas 231 textos sacados de San Mateo, 13 de San Marcos, 125 de San Lucas y 94 de San Juan; además contiene un análisis del Evangelio de San Lucas que responde, punto por punto, al libro que nosotros tenemos de este nombre. Esto supuesto advertimos que San Ireneo se halla unido á los tiempos apostólicos por medio de San Policarpo, el cual fué discípulo del mismo San Juan. Clemente de Alejandría, que fué también de su época, da el mismo testimonio. Respondiendo á uno de sus adversarios, en el libro III de sus Stromates, escribe: «Esta palabra no está escrita en ninguno de los cuatro Evangelios transmitidos hasta nosotros, mediante la tradición, sino sólo en el de los Egipcios.» En otras de sus obras copia gran número de textos sacados de los cuatro Evangelios. En cuanto á Tertuliano, puede decirse que todas sus obras están llenas de alusiones á los sagrados textos, hasta tal punto que Reuss, sabio alemán que los ha entresacado, ha creído deberlos publicar con éste significa­tivo título: El Nuevo Testamento sacado de los escritos de Tertuliano. En esta misma época, ó sea, hacia el año 170, poseía la Iglesia de Roma un catálogo de los libros sagrados en el cual encontramos nuestro cuatro Evangelios. Este es el catálogo descubierto en el siglo XVIII, en la biblioteca Ambrosiana por Muratori, y que por este motivo ha tomado el nom­bre de Canon de Muratori.

Tenemos, pues, que en la mitad del siglo II eran nuestros cuatro Evangelios conocidos en las Galias, en Asia, en África, en Roma, y aceptados y atribuídos por todos á los Evangelistas del siglo I.

Ahora fácilmente podremos dar un paso adelante, hasta tocar más de cerca sus orígenes.

San Justino, filósofo pagano convertido al cris­tianismo, y que sufrió el martirio entre los años 163 á 167, escribió dos apologías en favor de los cristia­nos. Lo que refiere, pertenece, pues, á la primera mitad del siglo Ir. Pues bien, él nos dice ya de su tiempo que «las memorias de los Apóstoles llamadas Evangelios, eran leídas en las reuniones de los cristianos.» (Apol. I, 67.) Dice también que «en estas memorias han escrito los Apóstoles las órdenes que dió Jesús concernientes á la Eucaristía y al Sacerdocio» (Apol. I, 66.) Después de esto, aún hace veinte veces el mismo santo mención de estas memorias, sin dejar lugar á duda ninguna sobre su procedencia. (Dial. 103.)

Hacia el año 170, Téófilo y Tacieno, ambos escritores eclesiásticos, compusieron una Armonía, que es lo que hoy llamaríamos una Concordancia de los Evangelios. El título de la obra de Tacieno «Diatessaron», es decir, obra de los cuatro, atestigua lo que por otra parte ya sabemos, es decir, que este autor conocía los cuatro Evangelios. De la obra de Teófilo escribe San Jerónimo «que forma una combinación de los cuatro Evangelios, reduciéndolos a un todo». (2)

Lo mismo se deduce de los escritos de los discípu­los inmediatos de los Apóstoles, llamados Padres apostólicos (3), á saber, que todos ellos Conocieron nuestros Evangelios canónicos. Cierto que San Clemente, en la 1ª Carta que se le atribuye (93 á 95), no se remite jamás á los Evangelios, pero con todo no se puede negar que hace á ellos frecuentes alusiones. F. X. Funck, á quien nos reconocemos deudores de la mejor edición crítica que se ha hecho de los Padres Apostólicos, nota, en esta primera carta, 24 pasajes, de los cuales 10 visiblemente parecen inspi­rarse en San Mateo, 3 en San Marcos, 4 en San Lucas y 7 en San Juan. Se ha notado además que San Ignacio Mártir, sin tratar ex profeso la cuestión de los Evangelios, remítese con frecuencia, en las 7 cartas que de él nos quedan (110, 117, á los «Archivos», ó sea (pues también usa varias veces esta palabra), al «Evangelio». Tengo entendido, escribe á los Filadelfios (VIII, 2), que hay quienes dicen: si no encuentro (esto) en los Archivos, en el Evangelio, no lo creo. Y como yo les dijese: pues esto está escrito, ellos me respondían: eso es lo que hay que probar. En cuanto á mí mis archivos son Cristo Jesús...» A dvierte Funck en las epístolas de San Ignacio, 16 citas de nuestros Evangelios. La sola epístola de San Policarpo á los habitantes de Filippos contiene 11. Papías, contemporáneo de San Juan, en los fragmentos de su Explicación, que nos han sido conservados por Eusebio, menciona expresamente la Logia, ó sea los rélatos de San Mateo y de San Marcos. Finalmente «la doctrina de los doce Apóstoles», cuya redacción quieren los críticos que se remonte á fines del 1º siglo, y que no se ha publicado hasta el año 1883, no solamente nombra cuatro veces los Evangelios, sino que toma manifiestamente veinte pasajes de San Mateo y á lo menos dos de San Lucas.

2. La con formidad de los herejes de los primeros siglos. Desde los tiempos apostólicos, los Gnósticos conocían nuestros Evangelios, de los cuales se sirvieron con harta frecuencia para sus dañados inten­tos. Marción, que vivió en Roma entre 117 y 138, no pudo negar su origen apostólico, si bien no quiso admitir más que el de S. Lucas, y esto después de alterarlo, con el fin de hacer de él el fundamento de su nueva religión. Valentín, que enseñó en Roma entre 138 y 161, aceptó la autoridad de los cuatro Evangelíos, aunque tuvo marcada preferencia por el de S. Juan. Su discípulo Heracleón llegó hasta componer un comentario sobre este mismo Evangelio. Hacia el año 120 encontramos también, en Alejandría, á Basílides, el cual, no solamente cita á tres de los Evangelios como Sagrada Escritura, sino que los comenta, según el espíritu de su gnosis. A ejemplo de estos heresiarcas, los Ebionitas y los Ofitas se apoyan igualmente en los Evangelios. Lo curioso del caso es que estos herejes, cuyo blanco era establecer sistemas que contradijeran á los Evangelios, no encuentran otro medio de lograr su objeto, que el de fundarse en estos mismos libros, invocando á cada paso su autoridad. Tan incontrastable era la autenticidad de estos libros y tan grande la autoridad de que ya entonces gozaban. No puede negarse que entre este concierto unánime de voces, percíbese una nota discordante: la de los Alogos, que atribuían á fraude la composición del Evangelio de S. Juan; pero es sabido de todos que el único móvil que los impul­saba era de orden puramente dogmático, es decir, porque no querían reconocer que fuese obra de un apóstol un escrito que abiertamente afirma la existencia y los atributos del Verbo de Dios. Con todo, ellos mismos colocan su origen en la época en que vivió S. Juan. Prueba manifiesta de que el cuarto Evangelio estaba en manos de la Iglesia cristiana desde el Final de la época apostólica. (5)

3. La conformidad de los paganos. Celso, en su Verdadero discurso, escrito hacia el año 178, ataca los sagrados Libros, y los Evangelios en particular; acusa á Cristo de ser un mago, y á los apóstoles de impostores, pero ni por sueños se le ocurre negar la, autoridad de los libros que transmiten sus doctrinas. Lo mismo vinieron más tarde á decir Porfirio, Hierocles y juliano el Apóstata. Estos encarnizados y sagaces enemigos de la religión cristiana, se esforzaron en sacar del estudio de los Evangelios objecio nes con que demostrar su falta de inspiración divina, pero jamás les pasó por pensamiento combatir su autenticidad. Ahora bien, de ser posible, indudablemente no hubieran dejado de recurrirá este medio, de ataque, siendo, como es, á no dudarlo, el más eficaz y breve para echar por tierra la Iglesia de Cristo.

SEGUNDO ARGUMIENTO. -Los Evangelios tienen todos los caracteres intrínsecos de autenticidad. Lejos de encontrar en ellos nada que sea opuesto á las leyes, usos, instituciones, lenguaje, costumbres, caracteres, gustos, prejuicios y, en una palabra, al estado social y religioso de la Judea en aquella época, todo se halla escrito con tan escrupulosa exactitud y tan precisos pormenores, que es fácil convencerse de que tales hechos no pudieron ser referidos más que por testigos oculares. Otro tanto debe decirse con respecto á la historia, geografía, topografía y numismática de aquellos tiempos. Los ingleses Lardner y Paley han demostrado que la conformidad de los Evangelios con el estado de la sociedad romana, tal como la conocemos en el tiempo de Augusto, se verifica hasta en sus más ínfimos detalles. Ahora bien, esto no sería posible si los Evangelios hubiesen sido redactados por escritores posteriores á dicha época; pues no hu­bieran podido menos de incurrir en equivocaciones, especialmente en ciertos puntos complicados y obscuros de aquel primer siglo (6). -Manifiestamente se ve, por una multitud de pasajes, que los judíos, á los que S. Mateo dirige su Evangelio, habitaban en Jerusalén, antes de la ruina de esta ciudad (año 70). La Jerusalén de Agripa aparece en este Evangelio tan viva, que los racionalistas no se atreven á retrasar la composición de este escrito más allá de los años que inmediatamente sucedieron á la destrucción de la ciudad santa: si así no fuera, ¿cómo explicar que la desaparecida ciudad hubiese dejado un recuerdo tan indeleble? Por lo demás, si algunos encarnizados enemigos de nuestros Sagrados Libros han querido fijar, para la composición de nuestro primer Evangelio, una fecha posterior al año 70, no es porque tengan motivos intrínsecos que hacer valer, sino sólo porque encuentran en él anunciada la ruina de Jerusalén y del Templo; y como no quieren admitir la profecía, por eso se ven constreñidos á declarar que se escribió después de tal acontecimiento. (7)

TERCER ARGUMENTO. -Las pruebas que preceden serían suficientes para dejar, al menos perentoriamente, establecida la autenticidad de nuestros Evangelios. Sin embargo, aun podemos decir algo más, y demostrar que es imposible que estos libros no sean auténticos. En efecto: de los testimonios ya indicados; resulta que estos libros eran universalmente reconocidos por auténticos en el comienzo del segundo siglo, y aun en el primero (8). Si, pues, hubiera habi­do alguna impostura, necesariamente debiera haberse cometido, ó en vida de los apóstoles, ó poco tiempo después de su muerte. Cualquiera de estas dos hipótesis es igualmente inadmisible, por las vivas reclamaciones que se hubieran levantado, ó de parte de los apóstoles, tan atentos á conservar la fe en toda su pureza, ó de parte de sus inmediatos discípulos, ó de parte también de los gentiles y de los herejes, por lo muy interesados que estaban en desenmas­carar el engaño. Pues bien, nada de esto se produjo. Los fieles jamás dudaron en recibir estos escritos como venidos por mano de los apóstoles; mientras que la aparición de los evangelios apócrifos levantó al punto las protestas de los más autorizados doctores del cristianismo.

De todos estos argumentos puede concluirse que nuestros Evangelios son auténticos. Las pruebas, sobre este punto aparecen tan convincentes, que han obligado á decir al mismo Renán: «En suma, admito como auténticos los cuatro Evangelios canónicos. Todos ellos, según siento, se remontan al siglo I y son, más ó menos, de los autores á quienes se atribuyen.»

Notas:

(1) Histoire des livres du nouveau Testament, por Jac­quier, Lecoffre, 1905. Se admite hoy día que los sinópticos (S, Mateo, S. Marcos, S, Lucas) trabajaron sobre un documento anterior que se llama Logia, ó compilación de las enseñanzas de Jesucristo, el cual más exactamente se refleja en el Evangelio de S. Marcos. S. Juan escribió sin duda su Evangelio en Efeso, con una sublimidad de miras que denota en él una elevación particu­lar, muy visible, sobre todo, si se la compara con la sencillez de los otros.

(2) «Puede decirse que, en la actualidad, así los protestantes como los racionalistas están conteste; en colocar la composición de los tres primeros Evangelios en la segunda mitad del siglo I, y la del cuarto Evangelio en los primero, años del siglo II. -Desde San Ireneo, la tradición eclesiástica está conforme en colocar la composición ele los tres primeros Evangelios entre los años 50 y 70, y la del cuarto entre los 80 y 100. Y ésta es la cronología más generalmente admitida por los escritores católicos de nuestros días. -«La Iglesia no ha dado definición de fe respecto al origen humano de nuestros escritos sagrados, sino solamente respecto de su origen dlvino, es decir, de su carácter inspirado.» Lepin, Jesús Messie el fils de Diere, 2.a edic., Letouzey, París, Introduction, pág. X, XXX y en la nota. Cf. Etu­des de 5 de Julio 1897, l'Evaugile el la critique; Abril 1400, La théorie documentaire dans te Noveau Testament.

(3) Cf. Epist. 121; Migne, t. XXII.

(4) Nos quedan, de los Padres apostólicos, un cierto número de escritos de autenticidad absolutamente incontestable; la céle­bre carta dirigida á los fieles cíe Corinto por s. Clemente, contemporáneo de S. Pedro; la Epístola atribuída (sin razón) á San Bernabé, fiel compañero y amigo de S. Pablo; el libro del Pastor, de Hermas; las Siete cartas de S. Ignacio de Antioquía; la Carta de S. Policarpo á la Iglesia de Filippos; los Fragmentos de Papías, insertos en la historia eclesiástica de Eusebio, y la Doctrina duodecim Apostolorum.

(5) Cf. Lepin, Jesús Messie et Fils de Dieu, d'aprés les Evangiles synoptiques, Letouzey, París, 1905, pág. XII; L 'ori-gine du quatrième Evangile, ídem, 1906; wallon, De ta croyance dite à l' Evangile; Mgr. Freppel, Les Péres Apostoliques, t. I, pág. 41, 45; Gondal, La provenance des Evazzgiles; P. Didon, ,jésus Christ, Introduction; Etudes, L' authenticité des Evazzgiles et les philosophes païens, 1857, t. I, pág. 321; Meignan, Les Evangiles ella critique au XIX siécle; Poulin et Loutil, Les Evangiles el la critique, París, 1903; Dict. bibl., art. Evangiles; abbé Frémont, Lettr e s à l' abbé Loisy, 1904, L'au­thenticité de l'Evangile selon S. Jean n'est ni ne pent étre scientiquement ébranlée (Lettre 5.e, pag. 112); Historie anenne de L' Eglise, por Duchesne, Fontemoing, París, 1906, t. I, pág. 136.

(6) El mundo de Palestina reflejado en nuestros Evangelios, no es precisamente aquel que sucedió á la ruina de Jerusalén, sino más bien el que precedió á la catástrofe acaecida en el año 70. Este es el que se encuentra en estos escritos, allí se ve la situación política, social y religiosa, contemporánea del Salva­dor, tal como ha sido reconstruida por la crítica moderna. Allí se tratan, con la mayor viveza, las delicadas relaciones del poder romano y las autoridades judaicas, el conflicto de las atribu­ciones judiciales del Sanhedrín con las del procurador de Roma. Fariseos, Saduceos y Escribas se mueven y palpitan al rededor de la persona de Jesús. Jerusalén se nos revela con sus monumentos aún en pie, con sus venerandos y sumos sacerdotes, y con su vida religiosa en pleno ejercicio. Solamente los contemporáneos que hayan estado metidos en este mundo palestino, y vivido en medio de los hombres y de las cosas, hubieran sido capaces de describir con tal puntualidad un estado en muchos puntos tan complejo. Después del profundo trastorno causado por la catás­trofe del año 70, ningún otro era capaz de hacer una reconstitución tan exacta de un pasado que ha desaparecido para siempre. Lepin, op. cit., pág. XXV.

(7) Vigouroux, Le Nouveau Testament et tes découvertes modernes; Meignan, L'Evangile et la critique au XIX , siécle; Lepin, op. cit.

(8) No es esto decir que todos los libros fuesen universalmente conocidos y reunidos en cuerpo canónico. Claro está que no se pudieron difundir inmediatamente por todas las Iglesias: mas lo que no se puede negar es que cada uno de los libros del Nuevo Testamento puede invocar testimonios que garantizan su autenticidad. -Véase en los Etudes del 20 de Dic. de 1900 por qué los racionalistas atacan principalmente el Evangelio de S. Juan, pág. 800. Cf. Lepin, L'origine du quatrième Evangile, 1906.

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