Existe Dios? Existencia de Dios: preguntas, argumentos y testimonios

28Mar/100

Veracidad de los Evangelios

Veracidad de los Evangelios

Resta probar que los autores de los Evangelios: A) no se han podido engañar sobre los acontecimientos que nos refieren; B) que no han querido engañar; C) que, aun cuando hubieran querido engañar, no lo hubieran logrado. De este conjunto de pruebas, resultará la incontestable exactitud de sus relatos.

A) Los escritores de los Evangelios no se han podido engañar, porque no cuentan más que lo que vieron ú oyeron de testigos oculares completamente dignos de fe. Además, refieren hechos recientes, sensibles, materiales, que se realizaron á la luz del día y, con frecuencia, delante de considerables muchedumbres; más aún, delante de enemigos de Jesús, que estaban dispuestos, no tanto á darles crédito, cuanto á atribuirlos á intervención diabólica. Tratá­base de hechos de imporlancia cápital para las ins­tituciones y para la religión del pueblo judío, y, por consiguiente, de cosas sumamente interesantes para todos ellos; por fin, los tales hechos eran mu­chas veces extraordinarios y maravillosos; y, por lo mismo, natural era que llamasen poderosamente la atención. ¿Quién se atreverá á decir que los autores de los Evangelios fueron todos ellos ciegos, ó sor­dos, ó alucinados? En este caso, podría afirmarse lo mismo de otros contemporáneos, entre los cuales se contarían muchos de los enemigos de Jesús, puesto que todos ellos admitieron también sin protesta los relatos evangélicos. Queda, pues, probado que estos escritores no pudieron engañarse.

B) ¿Han querido engañar?- No: porque eran hom­bres sencillos, irreprochables, llenos de franqueza y lealtad. Basta leer, sin prejuicios, los Evangelios, para convencerse de que á sus autores no puede tildárselos de impostura; el tono honrado y cándido de sus narraciones es la mejor garantía de su vera­cidad. Por otra parte, tampoco tenían ningún interés en cometer acto tan odioso; y, sin motivo alguno, ningún hombre es impostor. Lejos de poder esperar provecho alguno de tal fraude, que hubiera sido no menos perjudicial á los judíos que á los gentiles, no veían por delante otra cosa que lo que, en efecto, consiguieron luego, á saber: menosprecios, ultrajes, persecuciones y la muerte. Quién no sabe que tal since­ridad les cortó toda su sangre? Razón tuvo Pascal cuando dijo: «Creo de muy buen grado á testigos que se dejan degollar.» Por todas estas razones, la críti­ca actual conviene absolutamente en reconocer la veracidad de los Evangelios.

C) Finalmente no hubieran podido engañar. -En efecto, nuestros autores escribieron los hechos evangélicos cuando aún vivían muchísimos de los testigos que presenciaron todos aquellos acontecimientos, los cuales no hubieran dejado de desmentir, caso de ser falsa, la impostura de los Evangelistas.

Los judíos, especialmente, debían tener mayor interés en desenmascararlos. Los jefes de la Sinagoga, impotentes para negar los hechos, tuvieron buen cuidado de sofocar la nueva religión, imponien­do silencio á los Apóstoles, pero se vieron en la imposibilidad de contrarrestar la verdad de los rela­tos evangélicos. Si se hubiera intentado propalar una impostura, las protestas hubieran sido mucho más vivas y numerosas; tanto más cuanto que se trataba de hechos públicos v de la más alta importancia, de sucesos patentes, que se habían realizado á la faz de toda la Judea, en la misma ciudad de Jerusalén y en presencia de numerosos testigos, cuyos nombres se citan: de actos, en fin, que, en su mayor parte, tenían por actores á hombres que estaban colocados en los más altos puestos, enemigos de Jesús é interesados en descubrir, acerca de El, cualquier embuste, Pero veamos también ahora los muchos absurdos que habríamos de admitir, si pretendiéramos sostener que los autores del Nuevo Testamento inventaron lo que cuentan.

1.° En este caso, dichos escritores habrían idea­do un héroe de carácter tan grande y de vida tan pura, que el mismo J . J. Rousseau se vió obligado á admirarse y decir públicamente que «si la muerte y la vida de Sócrates son de un sabio, la vida y la muerte de Jesús son de ,un Dios». Si estos escritores hubieran sido los que inventaron este héroe, ellos fueran también los que le habrían atribuido su doctrina, la cual supone tal santidad, sublimidad y profundidad, que aventaja á cuanto pudo concebir jamás el más afamado filósofo del paganismo. «Para inventar á un Newton, dice Parker, se necesita ser otro Newton. ¿Cuál es el hombre que pueda haber inventado un Jesús? Jesús solo era capaz de esto.»

2.° De ser impostores, ¿cómo es posible que desdijeran los Evangelistas de la costumbre de aquéllos, trazando la vida de su héroe imaginario, de modo que pudieran precisarse los menores detalles de tiempos, lugares, personas, dando con esto ocasión á que les opusieran un solemne mentís? Pero además, de ser así, resultaría una impostura tan bien disimulada, que tendría á su favor la verosimilitud más perfecta, y una conformidad absoluta con todo lo que nosotros conocemos de los tiempos evangélicos.

3.° Estos hombres, tan ignorantes como perversos, hubieran escrito estas fábulas, forjadas en su imaginación, en un estilo de un candor y simplicidad verdaderamente inimitables, sin afectación, sin énfasis ni la menor exageración en los relatos, sin nada que descubra la pasión ni el deseo de agradar. Des­criben con la mayor sencillez hechos los más porten­tosos, sin reflexiones personales, sin otra preocupación que la de decir lo que realmente es. No ocultan estos historiadores ni la bajeza de su origen, ni la estrechez de sus ideas, ni las reprensiones que de su Maestro recibieron. En una palabra, el acento de verdad de todas estas páginas, escritas, no obstante, por diversas plumas, es tan manifiesto, que no puede menos de convencer á todo hombre verdaderamente sincero. Por eso el mismo Rousseau no ha podido menos de escribir: « ¿Diremos que la historia del Evangelio ha sido inventada por el capricho? ¡Vano recurso! No es éste el modo de inventar: los hechos de Sócrates, de cuya personalidad no puede dudarse, no están tan atestiguados como los de Jesucristo. Decir esto, sería esquivar la dificultad sin destruirla. Más inconcebible fuera que cuatro hombres se hubiesen puesto de acuerdo para componer este libro, que no que uno solo hubiese ideado su argumento. Nin­gún autor judío es capaz de adoptar ese tono ni esa moral: tiene el Evangelio caracteres tan grandes de verdad, tan claros, tan inimitables, que el inventor sería más maravilloso que el mismo héroe» (1).

4.º Los diversos escritores de los Evangelios, de los Hechos, de las Epístolas, bien que separados unos de otros por el espacio y por el tiempo, ¿hubiéranse puesto tan perfectamente de acuerdo en sus imagina­rios relatos, que, siendo por una parte, como son, de formas tan diferentes, por otra, no se pudiera descubrir en ellos ninguna contradicción real? En cuanto á las discordancias y contradicciones aparentes que se encuentran en las narraciones de los cuatro Evangelios, si algo prueban, es que los escritores no se convinieron para inventar los acontecimientos referidos.

5.º ¿Habrían todos estos escritores sellado con su sangre, sin tener en ello ningún interés, ni temporal ni eterno, lo que sabían que no era más que invención suya; y tras ellos habrían muerto también millares de mártires, para atestigua ¿la misma mentira?

6.º Estos hombres hubieran podido lisonjearse de haber alcanzado el triunfo más grande y más estupendo que imaginarse puede: á saber que, por sí solos y sin ningún apoyo humano, lograron hacer triunfar plenamente su impostura, de suerte que no sólo dieron al traste con el viejo y arraigado judaísmo, sino aun con el paganismo, el cual tenía á su favor las riquezas, la ciencia, el poder y el aliciente de una moral favorable á las pasiones; habrían llegado á hacer que el mundo se prosternara arrepentido á los pies de un criminal clavado en la cruz, é inducido á una infinidad de hombres á dejar todo lo que hasta entonces habían creído y practicado, para seguir una religión que brindaba al espíritu insondables misterios, y á la voluntad una moral contraria á todos los instintos de la naturaleza sensual.

7.º Una religión que ha regenerado á la humanidad, creado el mundo moderno sobre las ruinas del antiguo, inspirado sus costumbres, sus instituciones y sus leyes; una religión que ha sido, además, fuente inagotable de verdades, de virtudes y de inefables consuelos; que cuenta entre sus discípulos una infinidad de sabios y de santos; que después de tantos siglos tiene aún virtud para endulzar los más acerbos dolo­res, ¿no tendrá otro fundamento que una mentira, inventada por no sé qué pescadores de Galilea?

8.º Dios, en fin, habría confirmado el fraude de estos impostores haciendo que se cumplieran las profecías por ellos inventadas, y falsamente atribuídas á Jesús; y con la realización de innumerables milagros obrados en favor de sus discípulos, hubiera además contribuido á engañar al género humano.

Á la verdad, si tales imposibles se hubiesen realizado, sin duda estaríamos en el caso de escribir con Ricardo de San Víctor: «Señor, si estoy en el error, es porque Vos me habéis engañado; porque la religión cristiana está confirmada por tan claras y numerosas señales, que no puede venir sino de Vos. Domine, si erro, a te ipso deceptus sum, nam isla in nobis tanlis signis et talibus confirmata sunt, quae non nisi per te fieri possint (2).

RESUMEN Y CONCLUSIÓN. -Para resumir todo lo dicho en este capítulo, plácenos transcribir aquí una hermosa página de M. de Broglie (La Iglesia y el Imperio romano en el siglo IV): «Los hechos que el Evangelio nos presenta no son como los hechos que nos refieren los fastos de las antiguas religiones, acaecidos en lejanos tiempos, semiheróicos y semibárbaros, y que tuvieron lugar allá en playas remo­tas ó en regiones desconocidas. El sitio donde Jesu­cristo vivió, predicó, instituyó su Iglesia y sacrificó su vida, está en el seno de una sociedad plenamente civilizada, en la capital de una provincia romana, que fué visitada ayer por Pompeyo y que ha de ser el día de mañana descrita por Tácito. La biografía de Jesús no ha llegado hasta nosotros por transmi­sión oral, ni por informes rapsodias, ni engrosada en su camino por el entusiasmo y la credulidad popular. Cuatro relatos, sencillos en su forma, precisos y conformes en sus aserciones, redactados por testigos ocu­lares y contemporáneos, y en una lengua perfecta­mente inteligible, tales son los documentos sobre que se establece la historia de Jesucristo. La conformidad unánime de los antiguos testimonios, la pronta difusión, la semejanza de los textos por todo el mundo repartidos, la conformidad de los relatos con la cronología contemporánea, títulos son todos estos que avaloran los evangélicos escritos, para que puedan colocarse entre los documentos auténticos del pasado. Nunca se han conocido mejores bases para establecer cualquier hecho histórico, ni pudo jamás la crítica de los textos afectar más exigencias. Nosotros conocemos á Jesucristo por sus discípulos Juan y Mateo; á San Pablo por Lucas, compañero de sus viajes. ¿Conocemos á Alejandro ó á Augusto por otros relatos que los de sus compañeros de armas ó de sus cortesanos? Porque estos hechos interesen más ó menos á la fe y superen á la razón, porque traigan consigo consecuencias morales, ¿tendremos motivo legítimo para rehusarles las reglas ordina­rias de los humanos juicios? No pedimos para el Evangelio otro favor que el que no se le excluya del derecho común de la ciencia y de la erudición.» «Si se tuviera, dice á su vez M. Wallon, al final de su recomendable obra sobre la creencia debida al Evangelio, si se tuviera con los libros antiguos ó modernos las exigencias que se tienen para con el Nuevo Testamento, la historia estaría aún por escribir, á falta de testimonios debidamente autenticados: siempre nos parecería estar en la época mitológica.»

RESPUESTA GENERAL A LAS OBJECIONES CONTRA LA AUTORIDAD DE LOS EVANGELIOS

Como no entra en nuestro plan el responder á todas las dificultades particulares que pueden hacerse contra la veracidad de los Evangelios, ya que sus soluciones pueden verse en las obras de especialización, nos limitaremos á esclarecer solamente alguna que otra, de carácter más marcadamente histórico. Para lo cual nos ayudarán algunas reflexiones, seguidas de breves notas sobre ciertos puntos más importantes. Extractaremos las primeras del citado M. de Broglie.

Cuantas objeciones se formulan de ordinario, ya contra la autenticidad de los Evangelios, ya contra la verdad de los hechos que en él se cuentan, se reducen necesariamente á uno de los tres puntos siguientes:

1.º El carácter milagroso de los hechos referidos.

2.º La discordancia entre los diversos relatos evangélicos.

3.º La oposición entre ciertos hechos contados por los Evangelistas y los hechos ó la cronología de la historia contemporánea, tal como nos la ofrecen los historiadores profanos.

¿Qué pensar de estos capítulos de acusación?

1.º El carácter milagroso de los hechos Evangé­licos no prueba absolutamente nada contra su autenticidad ni su verdad, á menos que se pretenda rechazar como imposible, a priori y sin prueba alguna, cualquier milagro. Una vez admitida, según lo exige no sólo la lógica, sino el simple buen sentido, la posibilidad del milagro, ya no es lícito invocar contra los Evangelistas los hechos milagrosos que refieren; pues los tales pueden constar evidentemente, al fin como cualquier otro, en primer lugar por los testigos, y después, en ausencia de los que los presenciaron, por el testimonio. Ya más adelante hablaremos de propósito de la posibilidad de los milagros y de su justificación.

2.º Cuanto á las diferencias que aparecen en los Evangelistas, las hay de dos clases: diferencias por omisión, cuando un Evangelista omite lo que el otro reproduce, ó calla cuando el otro habla; y diferencias por contradicción, cuando varios Evange­listas hacen, del mismo hecho, relatos que parecen irreconciliables (3).

Dicho se está que de estas desemejanzas, las pri­meras no tienen ningún valor, y éste es el caso de la mayor parte de las discordancias que contra los Evangelios se aducen. Bien sabido es, además, que los Apóstoles, cuya enseñanza, según los usos de los rabinos judíos, y según la orden que de Jesús habían recibido, era esencialmente oral, escribieron únicamente por ocasión, sin tener intención preconcebida de formar un cuerpo completo de doctrina, ni de referir todos los hechos de Jesús. Los Evangelistas declaran abiertamente que están muy lejos de haber escrito todo lo que sabían sobre la persona del Sal­vador.

Las desemejanzas por contradicción ofrecen más serias dificultades. Pero téngase muy presente que las contradicciones entre dos relatos de un mismo hecho, aunque se presentasen debidamente probadas, únicamente podrían hacernos dudar acerca de la exactitud de ciertos pormenores, pero no rechazar ni la substancia de dicho hecho, ni los otros puntos sobre los cuales concuerdan las narraciones. Ahora bien, las aparentes contradicciones que entre los Evangelistas se presentan, todas se refieren á puntos, insigni­ficantes ó detalles sin importancia (4). En cuanto al conjunto de la historia y á las preciosísimas y con­movedoras verdades que se desprenden de la simple exposición evangélica, el acuerdo es completo jamás escritores diversos han descrito tan bien la mis­ma persona; jamás han andado más unidos, con aque­lla perfecta unidad que es patrimonio de la verdad.

3.º Por lo que toca al desacuerdo del Evangelio con la historia general de aquel tiempo, las mismas advertencias de antes nos llevarán á idéntico resultado. Estas advertencias que, por lo demás, son bien escasas en número, pueden dividirse también en omisiones ó contradicciones.

Las omisiones no prueban nada, sobre todo por­que, en la historia evangélica, se trata, no de hechos que en aquella época debieran absolutamente ser conocidos de los historiadores de Roma y figurar en los anales contemporáneos, sino de la historia de un carpintero que habitaba en un pueblecillo de provincia, y cuya influencia fué al principio sobrado limitada para llamar la atención de Tácito y de Suetonio. Solamente vinieron los grandes analistas á hacer mención de los cristianos, cuando éstos fueron ya tan numerosos en la misma Roma, que llamaron la atención de los filósofos y de la policía romana: es decir, unos treinta años después de la muerte de Cristo. Y éste es precisamente el momento en que Tácito nos muestra á los cristianos (secuaces de Cristo) perseguidos en Roma por Nerón.

Restan las contradicciones que pueden encontrarse entre el escaso número de datos mencionados en la historia evangélica y la cronología general de la his­toria de aquellos tiempos. Como ya hemos dicho, aun cuando no pudiéramos explicar satisfactoriamente estas dificultades, ni hacerlas desaparecer mediante cualquier plausible suposición, sólo resultaría de ello una duda sobre la data de ciertos hechos evangélicos, sobre el nombre de tal ó cual gobernador de Judea, en aquella época, y sobre alguno que otro punto por el estilo, absolutamente secundario ; mas no por eso sufrirían detrimento los hechos verdaderamente esenciales, ni sería menos cierto que Jesu­cristo ha venido al mundo, que ha obrado milagros, que se han cumplido en las profecías, que ha muerto en la cruz, y finalmente que ha resucitado.

Ahora bien, los puntos que permanecen firmes y sobre los cuales no hay divergencia alguna, no son menudencias cualesquiera, sino hechos incontestables y capitales que nos sirven para probar la divinidad de la misión de Jesucristo y de su obra la religión cristiana.

¿Qué hombre dotado de juicio y razón puede ex­trañarse de que nos hallemos tal vez perplejos en la interpretación de un texto, sobre todo tratándose de pueblos cuyas costumbres, usos y lenguaje eran tan diferentes de los nuestros? ¡Cuántas cosas, sin duda muy claras y comprensibles para los contemporáneos, son para nosotros completamente obscuras, y hasta nos parece que envuelven contradicción! Los progresos de la lingüística, de la geografía, de la epigrafía, de la numismática, realizados en nuestros tiempos, nos han prestado ya importantes servicios, esclareciendo bastantes puntos que habían perma­necido, hasta el presente, envueltos en la oscuridad.

RESPUESTA Á ALGUNAS OBJECIONES PARTICULARES.

1.ª OBJECIÓN. -Existe n Evangelios falsos: luego los nuestros podrían serlo igualmente.

Respuesta. 1.-Esto valdría tanto como decir: existe moneda falsa: luego no existe moneda legíti­ma. Cabalmente la argumentación verdadera es la contraria, y Pascal tiene razón cuando dice: En lugar de concluir que no hay Evangelios verdaderos porque los hay falsos, más bien hay que decir lo con­trario: que hay Evangelios verdaderos porque los hay falsos, y que no los habría falsos si no hubiera ver­daderos. Los Evangelios apócrifos no han podido ser sino falsificaciones de los verdaderos, y, en este sen­tido, lo que hacen es servirles de testimonio.

En efecto, si los autores de los Evangelios apócrifos lograron, no sin éxito, contar hechos parecidos á los de los Evangelios auténticos, fue porque estos hechos estaban más ó menos en consonancia con los de aquéllos, de los cuales puede decirse que tomaban su tinte de autoridad; así es como venían los falsos, á semejanza de los verdaderos, á ponerse de acuerdo con los acontecimientos recientes, con la tradición, con los monumentos y con los recuerdos contemporáneos de la Judea.

2. Tenemos pruebas ciertas de que los evangelios llamados apócrifos son realmente tales; y por otra parte, respecto de la autenticidad y verdad de nues­tros cuatro Evangelios, tenemos también pruebas del todo positivas. Tan claramente reúnen estos últimos todos los caracteres de absoluta veracidad, cuanto los otros, abiertamente de carácter mítico, están marcados con el sello de la inverosimilitud ó de la mala fe. «Estas composiciones, dice Renán, no deben en modo alguno ponerse al lado de los Evangelios canónicos, pues no son más que vulgares y pueriles amplificaciones, que, teniendo de ordinario á los canónicos por base, nada nuevo añaden que sea de algún valor» (5).

3. Los Evangelios apócrifos jamás han sido admitidos por la Iglesia, y se perdieron muy pronto en el olvido, mientras que nuestros cuatro Evangelios han sido siempre distinguidos como los únicos auténticos, no sólo por la Iglesia, sino por los mismos herejes y paganos. «La Iglesia, dice Orígenes, tiene cuatro Evangelios; la herejía los tiene en mucho mayor número.» (6).

2.ª OBJECIÓN (7). En los griegos y romanos, así como en los germanos y los indios, toda religión, dice Straus, comienza con mitos, esto es, por ciertos relatos fabulosos donde se expone una idea moral, un hecho físico, etc., bajo la figura de un hombre que jamás existió. Lo mismo pretende este autor que ha sucedido en la religión cristiana, en la que, lo que era propio de toda, la humanidad, se ha atribuído á un héroe único, Jesucristo.

Respuesta. 1. -Lo que hemos dicho (pág. 323), hablando de las consecuencias absurdas que resultarían de suponer tal impostura en los Apóstoles, se aplica perfectamente á la suposición de un mito. En este caso tendríamos que un mito, un relato fabuloso habría bastado para fundar una institución tan viva y tan indestructible como la Iglesia; un mito habría conseguido realizar la conversión del mundo, y por un mito se habrían dejado degollar los mismos que lo habían inventado y, tras ellos, millones de hombres.

2. Que las otras religiones se funden sobre rela­tos fabulosos nada tiene de extraño, ya que también ellas son falsas. Por eso sus autores han tenido buen cuidado en colocar su origen en los tiempos prehistóricos, es decir en una época de oscuridad en que la imaginación de los poetas ha podido espaciarse libremente. Pero aquí sucede todo lo contrario: el cristia nismo pertenece á una época de plena luz histórica, de actividad intelectual y hasta de escepticismo; á una época, por consiguiente, en que cualquier relato fabuloso no hubiera tenido más garantías de éxito que el que hoy mismo alcanzara si se propusiera ­¿Cómo pueden compararse los personajes míticos de otras religiones con la excelsa figura de Jesucristo, tan viva, tan radiante y de tan dulce y sencilla majestad? ¿Quién no ve la distancia inmensa que media entre los insulsos relatos de la mitología, siempre nebulosos é indecisos, donde se confunden tiempos, lugares y personas, y una narración tan detallada y tan concreta de los actos del héroe, como acaece en el Evangelio? El observador más superficial reco­nocerá al punto, en ella, signos indudables de verdad histórica.

3. Aplicar el sistema mítico á Jesucristo es destruir la historia entera. Seguramente no hay nadie que se atreva á poner en duda la existencia y brillantes hechos de Napoleón. Sin embargo, recurriendo al mito, lograría tal vez hacerse muy verosímil que el gran conquistador de los tiempos modernos no ha existido nunca. En una obra de Marcadé «Etudes de science religieuse», puede verse un ensayo de este género, como respuesta á Strauss y á sus partidarios. Si se contesta que las obras de Napoleón le sobreviven y protestan enérgicamente contra la hipótesis de un mito, no seremos ciertamente nosotros quien lo niegue; pero estas dos obras de Jesucristo, la Iglesia y toda la cristiana sociedad, brillan también, hace ya más de diez y nueve siglos, con destellos tan fúlgidos que su misma existencia, constituye la prueba más palmaria de que Jesucristo, tal como se nos muestra en el Evangelio, ha sido la figura más grande y la realidad más vigorosa que jamás ha exis­tido en el mundo (8).

CONCLUSIÓN.-Los Evangelios poseen, pues, considerados como documentos históricos, una autoridad irrefragable; por lo cual bien podemos apoyarnos en ellos para probar la divina misión de Jesucristo y de su obra, la religión cristiana.

Notas:

(1) Sobre el estilo de los Evangelios, véase á Mgr. Le Courtier: La Passion de J.-C., pág. 40. V. en la Revue pratique d'Apolog., núm. de 1.° de Enero 1906, Pourquoi Jésus-Christ n'a pas écrit.

(2) De Trinit. 1, 2; V. el panegírico de San Andrés, por Bos­ suet.

(3) Si se quieren conocer y apreciar los diferentes sistemas á que se ha recurrido para explicar las semejanzas y divergencias entre los Evangelios, puede, con utilidad, consultarse la obra del abate Fillion, Les Saints Evangilies, t. 1, págs. 39 y sig.

(4) Tratándose de un historiador inspirado, no se le puede atribuir ningún error; pero no debemos olvidar que aquí consideramos la veracidad de los Evangelios únicamente desde el punto de vista histórico.

(5) Vie de Jésus, Introd., pág. LXXXIII.

(6) «En todos los Evangelios apócrifos que, en su conjunto, pertenecen á los siglos III y IV, y aun hasta el V, no hay un solo Hecho maravilloso cuyo relato pueda ponerse en parangón con los de los milagros evangélicos.» Lepin, Revue pratique d'Apolog., 1.° y 15 Die. 1905, 15 de junio, 1.° de Agosto y 1.° de Septiembre 1906; Vigouroux, Dict. de la Bible, 1899, t. II, col. 2114. El mismo escritor pone muy de relieve en los citados artículos, y mediante el contraste de los relatos, la autenticidad de los Evangelios canónicos y la sinceridad de sus autores; Cf. Freppel, Les Péres apostoliques, pág. 44; Abbé Variot, Evangiles apocry el cristia phes; Corluy S. J., Evangiles apocryyphes, art. del Dice. apol. de Jaugey, pág. 1172.

(7) No ignoramos que los sistemas de Strauss y Renán están hoy dia universalmente abandonados por los mismos racionalistas. Sin embargo, no será inútil recordar estas objeciones que poco ha pasaron por invencibles, ya que se ven aún mencionadas en obras de segundo orden y á las que no cesa de exhumar, de vez en cuando, la prensa impía.

(8) V. Lacordaire, Conf. 43, 1846; Valroger, Introd. aux livres du Nouveau Testarnent. Por lo demás es inútil hablar de la Vie de Jésus escrita por Renán, la cual no es sino una pura novela subjetiva, universalmente reconocida como tal por amigos y enemigos.

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